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Editorial

Feminicidio y Estado en México

Mario Alejandro Valdez

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En un entorno en el que la ultraderecha ha mostrado su presencia en México, el gravísimo problema de los feminicidios está nuevamente reventando el cariz popular, democrático y comprometido del actual gobierno. La violencia en general, y la violencia de género en particular, continúan escalando en todo el país, y definitivamente han rebasado abrumadoramente cualquier cálculo, estrategia y política diseñados para combatirla o, al menos, contenerla. Y, ante esta pavorosa realidad, AMLO y sus principales colaboradores, incluidas Olga Sánchez Cordero y Claudia Sheinbaum, dos mujeres extraordinarias, sólo han ido de desatino en desatino, surgiendo así un frente conflictivo que cada día se va profundizando y para el que no pareciera haber solución.

Es indudable que el nuevo feminismo mexicano se ha radicalizado en los últimos años, tiempo también en el que la violencia de género-uno de los principales motivos de la actual lucha feminista-se ha expandido desmesuradamente. Las manifestaciones feministas cada día escalan hacia acciones más vigorosas, y han pasado de lo simbólico a lo categórico, como lo manifiestan las recientes tomas de varias sedes de la Comisión Nacional de Derechos Humanos y de algunas de sus pares estatales y municipales. Pero ello no ha provocado de ningún modo un avance en la situación real del tema, sino todo lo contrario: El gobierno neoliberal, que reprimió con violencia las primeras manifestaciones feministas vigorosas en tiempos de Calderón y Peña Nieto, ha sido sustituido por un gobierno moderado en el uso de la fuerza, pero la reacción ante las mismas protestas, la incomodidad ante el reclamo y, sobre todo, la ineptitud de la administración para responder a las demandas, continúan en la misma situación.

 El presidente y la Jefa de Gobierno han clamado públicamente que el movimiento feminista está infiltrado. ¿Será cierto? ¡Por supuesto que está infiltrado! Algunas evidencias han salido a la luz pública, como los nexos de algunas líderes con grupos de ultraderecha y con empresas corruptas y violadoras de derechos humanos. Sería infantil negar esos nexos, así como la enorme alegría que está provocando entre la oligarquía más reaccionaria que el gobierno “comunista” esté siendo acorralado por sectores populares situados a su extrema izquierda. Quienes más celebran el conflicto entre el gobierno y el neo feminismo son, precisamente, los grupos anti-abortistas, los enemigos de los derechos humanos y los partidarios descarados de la represión salvaje. ¿Alguien cree que tan sólo están aplaudiendo “desde la barrera”? La infiltración de los movimientos populares es una de las tácticas más viejas y conocidas de la ultraderecha, y por supuesto que la están usando en el caso del neo feminismo, así como se ha hecho desde siempre con los movimientos campesinos, obreros, estudiantiles, etc.

Pero esa infiltración no representaría ningún problema si en realidad el gobierno de la Cuarta Transformación estuviera transformando la situación de la violencia de género. No habría infiltración que valiera si los mexicanos nos enteráramos que se ha desterrado la impunidad, y ahora se castiga cada asesinato, cada violación, cada abuso sufrido a lo largo de estas terribles décadas de agresiones demenciales y colapso gubernamental.

El Estado mexicano es responsable por cada feminicidio, por cada violación, por cada abuso sufrido por mujeres y hombres. Y eso incluye a cada uno y cada una de los funcionarios y las funcionarias del Estado, y, por supuesto, al presidente de la república, al actual y a cada uno de sus antecesores. Mientras haya un solo feminicidio, una sola violación, un solo abuso impune, el Estado continuará cargando con ese lastre.

Yerran de nuevo el presidente y sus colaboradores al defenderse de los ataques. En este tema, cada defensa, aún contenga razón, tiene un efecto bumerán. No son las infiltradas ni las manifestaciones vigorosas las que están ocasionando la desestabilización, sino la ineficiencia, la desatención y el desatino del propio gobierno lo que legitima cada toma de edificio, cada pinta, cada martillazo.

Hasta ahora, a casi dos años de la toma de posesión de AMLO, el feminismo y la violencia de género son los mayores dolores de cabeza del presidente. Las protestas son cada vez más fuertes, como también lo es la violencia feminicida. Si no hay un radical golpe de timón en el tema, las cosas sólo continuarán empeorando día con día. Y aquí si que se juega el tabasqueño su papel ante la historia: no con chistecitos como el FRENA, o con la oposición de pacotilla representada por el PRIAN… La Cuarta o es feminista, o no será… así de fácil, así de grave.

Editorial

Nuevas lecciones desde Bolivia

Mario Alejandro Valdez

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Hace justo once meses, Evo Morales fue derrocado por un Golpe de Estado impulsado por el gobierno de Donald Trump y la oligarquía racista boliviana. El suceso sorprendió al mundo, pues Morales, pese a ocupar la presidencia de la república desde hacía 14 años, continuaba siendo uno de los mandatarios más populares del planeta, caracterizándose su gestión por espectaculares logros económicos, políticos y sociales. De su rápido derrocamiento, muchos observadores progresistas dedujeron lecciones para la izquierda y los movimientos populares, destacando, entre otros señalamientos, el culto a la personalidad que el líder aimara fomentó o al menos toleró, la facilidad con la que los partidos políticos de derecha, supuestamente democráticos, se prestaron a un ardid absolutamente autoritario y racista, y la proclividad de los mandos del ejército a cambiar de bando y atropellar la legalidad sin el menor resquemor.

El domingo pasado nos han llegado nuevas lecciones desde Bolivia. Un pueblo agredido violentamente por los golpistas, vulnerado por la pandemia, acosado por una espantosa crisis económica, amedrentado por los mismos cuerpos de seguridad que lo había reprimido en innumerables ocasiones durante once meses, salió a votar masivamente y puso en orden el estado de las cosas, restaurando la democracia y devolviendo el poder, de manera contundente, al Movimiento al Socialismo, el partido de Evo Morales. El mundo entero se admira de esta impresionante victoria popular, de la que, nos parece, debemos extraer aprendizajes fundamentales.

Una primera lección es sobre el carácter del movimiento popular. Es sabido que el MAS no es un partido político tradicional, sino una coalición de movimientos de base, de obreros, campesinos, estudiantes, mujeres y que, por tanto, no obedece a la lógica de las élites políticas, sino los auténticos y profundos intereses de cada conglomerado. Este carácter popular es lo que le permitió resistir la andanada de la violencia militar y policiaca, así como la embestida de todos los medios de comunicación e incluso de la Iglesia Católica. Con su gran triunfo del pasado domingo, el MAS no sólo recupera el poder, sino restablece la senda de la transformación de Bolivia hacia una sociedad más justa.

Una segunda lección ya se vislumbraba desde noviembre pasado: la derecha NUNCA es democrática y jamás juega “limpio”. Cuando está en la oposición, se queja ensordecedoramente de persecuciones y fraudes-reales o ficticios-, pero cuando detenta el poder, utiliza sin el menor escrúpulo toda la fuerza del Estado para mantenerse en el privilegio, cueste lo que cueste, sin ninguna consideración por los derechos humanos, las leyes o los compromisos políticos. Ese carácter anti-democrático de la derecha en ocasiones, como en noviembre de 2019, se presenta como una ventaja, pero en otras, como ahora, en octubre de 2020, se revierte por su incongruencia y notoria falsedad.

Una tercera lección también se apuntó desde el inicio de la crisis: los mandos militares se mueven por dinero y ambición, y no por motivaciones como la ideología, la lealtad o el cumplimiento de la ley. Estratégicamente, Evo los apapachó durante su largo período de gobierno, manteniéndolos como un grupo aparte, dotado de privilegios y condiciones ausentes en el resto de la burocracia. Morales pensó así asegurar su apoyo, pero tristemente, y con el riesgo de su vida, de la de sus principales colaboradores y de la de los miembros del movimiento popular en general, constató lo contrario.

Una cuarta lección es probablemente la más dolorosa, pero también la más valiosa: los movimientos que en su radicalismo caen en la intolerancia y la exclusión, pese a su raigambre legítima y popular, terminan traicionándose a sí mismos y provocando un empeoramiento de las condiciones que dicen combatir. Así, tristemente, no pocas líderes feministas y dirigentes indígenas y obreros justificaron el Golpe de Estado, aduciendo errores y desviaciones de Evo, al que acusaron de dictador. Y aún cuando el ejército golpista asesinó y violó a cientos de mujeres y hombres en resistencia, continuaron durante los meses del terror racista afirmando que “todo fue por culpa del macho indígena”. La derecha sabe muy bien que la única formula para vencer al pueblo es “divide y vencerás”, por lo que la lección aquí es que toda exclusión, por legitima que parezca, ayuda al opresor y agrede al oprimido.

Lecciones de validez universal, pero de especial significado para Nuestra América, y particularmente para nuestro país, donde el gobernante MORENA no ha podido-o no ha querido-construir un auténtico movimiento de base, donde la derecha anda desbocada y descaradamente jugando al golpismo, donde el gobierno popular de López Obrador está manteniendo, y en algunos casos incluso acrecentando, el poder del ejército, y donde muchos movimientos populares, con una idea de “purismo” que roza el fanatismo religioso, promueven la intolerancia y la exclusión. ¡Nuestra admiración al pueblo boliviano! ¡No desdeñemos el valor de sus lecciones!

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A propósito de…

Cortesía en tiempos de COVID

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito la transformación de nuestros hábitos a lo largo de este 2020, es de considerarse cómo se han modificado algunos códigos de cortesía. ¿Quién habría imaginado a mediados del año pasado, por ejemplo, que saludar de mano sería no solamente una falta inadmisible, sino un atentado contra la salud e integridad propias y las de aquél con quién chocamos las palmas?

El significado de este acto ha sido diverso a través del tiempo y no siempre con propósitos afectuosos. La imagen más remota de la que se tiene referencia es un relieve procedente de Babilonia del 1800 AC donde se retrata a un rey asirio y uno babilonio estrechando sus diestras.

Aseguran que en la antigua Grecia, cuando dos extraños se encontraban en algún camino o en medio del campo, el primer impulso era sacar la daga y mostrarla al otro, anticipando un posible ataque. Si las intenciones no eran agresivas, se procedía a guardar el arma y tomar con fuerza el antebrazo del desconocido hasta comprobar que no blandiría un cuchillo.

El apretón de manos en sí, tuvo diferentes significados a lo largo de la historia. Para refrendar acuerdos, en la Roma antigua, para cerrar un negocio durante el Renacimiento y finalmente, como una expresión de afecto o respeto al encontrarse con alguien. Hoy, sin embargo, el solo intento  de extender la mano hacia otra persona resulta inadmisible.

Aunque me esfuerzo, no logro recordar cuándo fue la última ocasión en que estreché la mano de alguien. Posiblemente habrá sido en los últimos días de 2019 o en los primeros meses de este 2020. Sin duda, fue antes de marzo pasado, porque en ese mes empezó el confinamiento y la advertencia del peligro de acercarnos a otros.

Un abrazo constituye también un crimen contra la salud propia y ajena. Ese gratificante movimiento mediante el cual se rodean con los brazos mientras se atraen dos personas para manifestarse confianza, amistad, afecto, cariño o amor y cuyos beneficios son magníficos para la salud emocional, al punto de que existe un tratamiento contra el desánimo, la tristeza, el dolor, el enojo o la depresión, denominado “abrazoterapia”.

Personalmente, son estas muestras de afecto las que más extraño. Me declaro aficionada al abrazo. Hoy, en las contadas ocasiones de encuentro– siempre de a pocos–debo contener el reflejo de abrazar a mis seres queridos, mientras me llamo al orden para no permitir la reducción del espacio de, por lo menos, dos metros. Tal vez, podría recompensarme con un abrazo a mí misma, a manera de felicitación, porque nadie de entre mis más cercanos ha enfermado, lo cual debería constituir en sí motivo de felicidad.

En cuanto al beso, ignoro si alguien se permitiría tal trasgresión a las reglas de la sana distancia, porque besar a alguien en tiempos de COVID equivale al mismísimo beso de Judas y no es una parábola.

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La política en Yucatán

Introspección histórica: ¿liberal o conservadora? La Iglesia yucateca en los albores de la Independencia

Mario Alejandro Valdez

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Verano de 1808. A Yucatán, como a todos los confines del Imperio Español, llegan noticias infaustas: la familia real se encuentra prisionera de Napoleón Bonaparte, tropas francesas controlan Madrid y las principales ciudades metropolitanas, muchos pueblos se han levantado en armas para resistir la invasión. Pero en América ¿dónde está el poder? ¿dónde está la legitimidad? Incluso los gobernantes y las élites criollas que controlan los ayuntamientos se harán estas preguntas a todo lo largo de Nuestra América, en un tiempo en que no pocos se decidieron por la Independencia y la libertad. También la Iglesia se cuestionó su proceder, y así como de su seno salieron patriotas como Hidalgo, Matamoros y Morelos, también hubo muchos religiosos que se mantuvieron fieles a la Corona y combatieron la insurgencia.

La Iglesia yucateca no fue la excepción. Al contrario: fue de las más distinguidas en aportar al debate y a la acción, si bien en nuestras tierras no hubo combates ni declaratorias abiertas hasta la consumación de 1821. En cambio, la gran cuestión fue el rumbo que debería tomar la Nación ante el vacío de poder. Unirse al francés fue una opción con pocos adeptos. Además de significar traición, para algunos significaba algo mucho peor: novedad. Porque los franceses, jefaturados por José Bonaparte-el célebre “Pepe Botella”, hermano de Napoleón- introdujeron a España sus leyes libertarias, su constitución, su parlamento, su laicismo. Muchos se inclinaron por la expectativa: guardar las formas para cuando regresara el Rey Fernando, al que llamaban “el deseado”. Ninguna novedad, ningún movimiento, conservadurismo total, con respeto irrestricto al absolutismo, aunque faltare la cabeza. En Yucatán esta fue la postura del Obispo Pedro Agustín Estévez y Ugarte, y de muchos de sus curas españoles y criollos. Pero también hubo otros que, a despecho de pertenecer a un cuerpo tradicional y privilegiado, buscaban el cambio, la libertad, la discusión de las ideas y, sobre todo, la renovación social y política, según las tendencias que primaban en la Europa Ilustrada, el liberalismo pues.

Dos sacerdotes yucatecos destacaron sobremanera como padres del liberalismo político en nuestra región: Vicente María Velázquez y Manuel Jiménez Solís, dos jóvenes presbíteros que brillaron en aquellos tiempos por su elocuencia y entusiasmo. Velázquez, que era capellán de la Ermita de San Juan, alojó en la sacristía de su templo una apasionada tertulia, en la que durante varias tardes y noches a la semana se leían y discutían las noticias y las ideas llegadas de Europa. Poco a poco aquella tertulia se fue formalizando en una agrupación conocida como Los Sanjuanistas, que buscaban, en aquellas condiciones de vacío de poder, ensanchar las libertades y la participación popular en las decisiones públicas, luchando por transformar a los súbditos en ciudadanos. Otros miembros destacados del foro Sanjuanista fueron José Matías Quintana-padre de Andrés Quintana Roo- y Lorenzo de Zavala.

El Obispo Estévez no veía con buenos ojos esas manifestaciones, y ordenó el cese de las reuniones en un espacio eclesiástico. Entonces el grupo se trasladó a una casa particular del mismo barrio, y hasta ella concurrían Velázquez y Jiménez, participando activamente en las primeras discusiones auténticamente políticas que tuvieron lugar en el Yucatán moderno. Así, cuando los liberales españoles lograron promulgar una constitución y establecer los Ayuntamientos representativos, electos en votaciones amplias, Los Sanjuanistas fueron el grupo dominante, y los padres Velázquez y Jiménez, si bien sin desempeñar cargos públicos de gobierno, continuaron siendo referentes en la ideología y consejeros en la práctica.

El Obispo Estévez y sus sacerdotes aliados, entre los que podemos mencionar a los padres Diego Hore, vicario de Valladolid, y Francisco de Paula Villegas, párroco de Hecelchakán, se mantuvieron fieles al absolutismo -aun cuando no había Rey que lo representara- y enfrentaron en debates públicos y por la vía de la prensa a los liberales Sanjuanistas, defendiendo los intereses tradicionales de la corporación, como la funcionalidad de la Inquisición y el mantenimiento de diezmos y obvenciones en su beneficio. Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que fue en el seno de la Iglesia de aquella coyuntura en donde se dieron los debates más álgidos, las discusiones más fuertes, las reyertas verbales más enconadas.

Pero “el deseado” finalmente se liberó de la prisión napoleónica, y a su regreso, desconoció todo lo hecho en su nombre por los liberales españoles. Miles sufrieron cárcel o destierro, mientras las instituciones creadas fueron hechas añicos. ¿Qué pasó con los yucatecos Velázquez y Jiménez? Ante la amenaza del gobernador Manuel Artazo de procesarlos como a Zavala y a Quintana, el Obispo Estévez se adelantó y les decretó prisión eclesiástica. Recluidos cada uno en un convento diferente, los sacerdotes liberales fueron encausados, según el derecho canónigo, pero no suspendidos, por lo que continuaban oficiando misa en sus celdas, y se mantuvieron como parte de la Diócesis. De acuerdo con los testimonios de la época, el Obispo y los demás sacerdotes les guardaron respetuoso silencio, y aquella prisión fue más bien como un retiro. Apenas la presión monárquica se diluyó, el Obispo les sugirió a ambos pedir perdón y el sobreseimiento de sus causas por motivos de salud. Así lo hicieron, y recuperaron la libertad. Y cuando una nueva crisis sobrevino, marcando el fin de los tiempos coloniales, el propio Estévez, junto con Velázquez, Jiménez, Hore, Villegas y los demás curas residentes en Yucatán proclamaron la Independencia, aunque luego se volvieran a dividir en el ejercicio político.

Escuela de vida y escuela de política, la Iglesia colonial albergó a la vez tendencias liberales y conservadoras; independistas y colonialistas; constitucionalistas y absolutistas… Pero al final, casi siempre, prevaleció el espíritu de cuerpo, el sentido de identidad, la unión en torno a la jerarquía… Aún muy lejos de ser monolítica, la Iglesia en tiempos de crisis reacciona protegiéndose sobre sí misma, como veremos en otra coyuntura grave desatada pocas décadas después de la que hoy rememoramos.

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