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La política en Yucatán

Introspección histórica: los enigmas de Carrillo Puerto (II)

Mario Alejandro Valdez

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Felipe Carrillo Puerto nació en Motul el 8 de noviembre de 1874 en el seno de una familia acomodada. Su padre, don Justiniano Carrillo Pasos, había luchado a las órdenes de don Pancho Cantón en la represión a la Guerra de Castas y, tras sobrevivir al fragor de las batallas durante casi dos décadas, se había trasladado a la entonces Villa para alejarse del teatro de la guerra y aprovechar el crecimiento económico que comenzaba a surgir en aquellos tiempos a partir de la explotación del henequén. La familia Carrillo Puerto montó un comercio de medianas dimensiones y pudo darle a sus hijos educación básica, una muestra de que pertenecían a la clase media. Después de concluir la primaria, el joven Felipe pasó a apoyar el negocio familiar, empleándose también, y de manera eventual, como vaquero, para luego, poco antes de cumplir los 20 años, desempeñarse como conductor en la naciente empresa ferrocarrilera de don Pancho Cantón. En el ejercicio de este empleo conoció y trató cercanamente a la también joven Adela Palma, hija de hacendados medianos del mismo Motul, con quien se casó en 1898. Poco después de su enlace con Adela, y con el apoyo de su padre, Felipe se estableció como comerciante itinerante, recorriendo durante varios años el corredor Motul-Valladolid, atravesando las porciones occidental y oriental de la zona henequenera, visitando también las haciendas azucareras y los ranchos ganaderos en los alrededores de Valladolid y Tizimín. Comerciante mediano, emparentado por matrimonio con una familia de hacendados del mismo tenor, todo parecía empujar al mestizo de los ojos verdes a una vida rutinaria, como un pequeño burgués de una población floreciente.

Pero Felipe era, sin duda, de otra cuerda. Desde su primera juventud mostró que esa vida apacible y predecible no era para él. Justo después de concluir su primaria, el joven comenzó a mostrar sus reales afanes cuando, tras acudir a una función de circo en su natal Motul, se prendó de una de las artistas y se unió a la gira circense por algunos días, hasta que un atribulado Justiniano lo ubicó en Tixkokob y lo regresó a su casa con tremenda reprimenda. Unos pocos años más tarde, Felipe daría nuevas muestras de su extraño actuar cuando, por defender los derechos de un grupo de campesinos, fue detenido y encarcelado en Motul. Nuevamente don Justiniano acudió en su ayuda y lo sacó de prisión, prometiendo a la autoridad lograría domeñar al rebelde. Años después, ya en plenos tiempos de la Revolución Mexicana, y cuando aún militaba en el conservador bando cantonista, su actuar político era ya tan visible que sus rivales ordenaron su muerte, pero Felipe fue más rápido que el sicario y lo ejecutó, lo que le valió nueva prisión.

Apasionado, justiciero, hábil, valiente y decidido. No eran pocas las cualidades del muchacho, a las que se sumaba una gran inquietud por las lecturas políticas. Y el destino se encargó de poner en su camino dos notables bibliotecas, sorprendentes dentro del apabullante analfabetismo de la ruralidad yucateca de aquellos tiempos: la del sacerdote Serafín García y la del hacendado Alonso Patrón Peniche. En esos dos espacios, y con el contacto de cientos de libros de variados autores, que incluían lo mismo a Marx que a los anarquistas y algunos textos de auto-ayuda, Felipe fue afinando su bagaje ideológico, y confirmando las peculiaridades de su personalidad.

Poco a poco, el destino del burgués se fue desdibujando, surgiendo el camino del revolucionario. Y poco a poco su relación con doña Adela se fue enfriando, aunque-las evidencias son bastante fuertes al respecto-mantuvo con sus cuatro hijos una relación atípicamente cercana y amorosa, algo un tanto ajeno a las normas del duro patriarcado yucateco. El rompimiento definitivo con su esposa pudo haberse producido durante su encarcelamiento en 1911-1913, cuando mató a Néstor Arjonilla-el sicario contratado para ejecutarlo-, tiempo en el que se afirma no fue visitado por su cónyuge.

Liberado de su prisión cuando el juez de amparo reclasificó el delito de homicidio en riña a legítima defensa, Carrillo Puerto aprovechó la oportunidad para salir del país, dirigiéndose a Nueva Orleans en compañía de su entonces amigo Carlos Ricardo Menéndez González. Después de estar juntos unos pocos días en ese puerto, Menéndez regresó a México, mientras Carrillo consiguió empleo como estibador y entró en contacto con líderes obreros y representantes del Partido Socialista estadounidense.

Cuando Felipe regresó a Yucatán, en el otoño de 1915, era un hombre nuevo: sus ideales libertarios, su pasión, su arrojo por fin estaban encontrando un cauce. Tras militar durante algunas semanas en el movimiento zapatista, el mestizo de los ojos verdes retornó al terruño. Por su procedencia de una zona enemiga, fue encarcelado inicialmente, aunque su figura y fama, pese a lo incipiente de su construcción, llegó a los oídos del gobernador Salvador Alvarado, quien ordenó su libertad y su incorporación al grupo de agentes de propaganda de su gobierno. Su trabajo implicaba recorrer las haciendas y poblaciones de una región, reunir a los trabajadores y las familias, y discursar generalmente en la lengua originaria, que el  motuleño aprendió desde la infancia como segunda lengua, y perfeccionó en sus años de comerciante. El rutinario burgués terminó por desfigurarse, y el gran líder comenzó a emerger…

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Introspección histórica: la violencia cotidiana y los orígenes de la Guerra de Castas

Mario Alejandro Valdez

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Mural de don Fernando Castro Pacheco. Palacio de Gobierno.

Según la narrativa tradicional, la Guerra de Castas inició el 30 de julio de 1847, cuando campesinos armados, dirigidos por Cecilio Chí, el batab de Tepich, masacraron a los pobladores blancos y mestizos de este pueblo. De ahí que el penúltimo día de julio sea tomado como el aniversario de dicha conflagración, pero la realidad es mucho más compleja. En esta introspección nos proponemos comenzar una serie de reflexiones sobre la violencia como un elemento fundamental en la historia política de Yucatán, a contracorriente de la visión propalada por la Historia Oficial, que afirma que nuestra región, desde los tiempos de los antiguos mayas, se ha caracterizado por su paz y armonía. El discurso, que parte de la idea de unos idealizados mayas que vivían en una sociedad en la que prevalecía el respeto e incluso la igualdad de género, continúa vigente hasta nuestros días, en los que los algunos de los actuales actores políticos se vanaglorian de las bondades de nuestra vida social, tan distante de los violentos y cotidianos espectáculos que conmueven un día sí y otro también a otras regiones de México.

Por nuestra parte, sostenemos que estas ideas constituyen una falacia: si bien hoy en día la violencia en Yucatán parece contenida, y se distingue tanto cuantitativa como cualitativamente de la que se vive en el resto del país y en buena parte de Centroamérica, ello no siempre ha sido así. Nuestra región ha pasado por ciclos de enorme y reiterada violencia, y la posibilidad de que ello vuelva a ocurrir está latente. Para ejemplificar nuestro planteamiento hemos escogido precisamente la coyuntura del origen de la Guerra de Castas, uno de los conflictos sociales más graves, violentos y prolongados en toda la historia de nuestra América, y que tuvo por escenario principal el Oriente de Yucatán.

El proceso empezó mucho antes del emblemático 30 de julio de 1847. Fue en el verano de 1834 cuando Agustín Acereto, un importante líder criollo de Valladolid, recorrió las poblaciones del Oriente, invitando a los campesinos a levantarse para lograr la anulación de los impuestos personales. Miles le respondieron, pero cuando la revuelta fue derrotada, regresaron a sus tierras rumiando su fracaso y frustración. Unos pocos años después, en 1839, fue Santiago Imán, un caudillo de Tizimín, quien agitó la región con las mismas promesas, logrando el mismo apoyo y, ahora sí, una victoria fulgurante. Pero las promesas quedaron en el olvido, lo mismo que ocurrió en las temporadas de sublevación de 1842, 1843, 1844 y 1846. Un nuevo levantamiento a fines de este último año, dirigido por un tal Domingo Barret, obtuvo de nuevo un apoyo multitudinario, pero esta vez los resultados fueron muy diferentes.

Fue el 15 de enero de 1847 cuando miles de campesinos, en unión de cientos de vecinos de Valladolid, atacaron la gran ciudad oriental. Logrado el triunfo, los líderes criollos dieron permiso-como era costumbre-para embriagueces y excesos, pero esta vez los rebeldes se volvieron incontrolables, y convirtieron su desenfreno en un feroz ataque dirigido a algunas de las familias y las figuras principales de aquella orgullosa y estratificada sociedad. Acaudalados padres de familia, jovencitas recién salidas de la adolescencia y hasta el viejo vicario de Valladolid, el explosivamente racista Padre Manuel López Constante, perecieron ante la algarabía de la multitud, dirigida aparentemente por el comerciante mestizo Bonifacio Novelo. Cuando todo aquello terminó, las élites de todo Yucatán hervían en alarma, y Bonifacio y sus lugartenientes fueron encarcelados fugazmente. Su escape, unos días después, marcó el surgimiento de una numerosa facción, por un lado rebelde al gobierno, y por otro aliada de las comunidades orientales.

A nivel estatal se confrontaban los grupos representados por Santiago Méndez, que defendía los intereses de la ciudad de Campeche, y por Miguel Barbachano, ligado a las élites de la ciudad de Mérida. Pero a nivel micro regional, los batabo’ob del Oriente y del Sur Oriente comenzaron a movilizarse por su cuenta y con sus propios objetivos, coincidiendo con los que ya preconizaba Bonifacio Novelo. En ese contexto ocurrió la detención y posterior fusilamiento de Manuel Antonio Ay, batab de Chichimilá, y los fallidos intentos por detener a Cecilio Chí y a Jacinto Pat, batabo’ob de Tepich y Tihosuco, respectivamente. El ataque de Chí a Tepich el 30 de julio en realidad fue reactivo a una brutal incursión de soldados gubernamentales durante la tarde del 28.

Así, una región sin registro de actividades bélicas durante siglos, se convirtió en el epicentro de la violencia en todo Yucatán. En las siguientes semanas a aquel 30 de julio de 1847, miles de pobladores de las regiones mencionadas se levantaron en armas y marcharon contra las villas y ciudades yucatecas, provocando un creciente pavor que se mantuvo por los siguientes meses. Muertos los grandes líderes de los orígenes-con excepción del eterno Bonifacio Novelo, que murió de anciano casi un cuarto de siglo después de los acontecimientos reseñados-, la rebelión se trasladó geográficamente a las selvas y sabanas del extremo oriental de la península- principalmente en lo que hoy es el Estado de Quintana Roo-, pero mantuvo su dinámica de violencia cotidiana sobre las regiones de Valladolid y Peto durante unos 30 años más. El ciclo de violencia consuetudinaria sólo se fue cerrando hacia 1876, cuando un anciano Crescencio Poot dejó los ataques armados para privilegiar las negociaciones con Belice, por el lado de los rebeldes, y Francisco Cantón, el más importante caudillo militar vallisoletano, abandonó el negocio de la guerra para incursionar en las más productivas vetas del Ferrocarril y la Hacienda Henequenera.

Muchos años después, en 1910, arruinado económicamente y desplazado políticamente, Cantón recurrió de nuevo a la violencia política en lo que se ha dado en llamar primera chispa de la Revolución Mexicana. Su movimiento fue aplastado furiosamente, y algunos de los líderes sobrevivientes se refugiaron entre los descendientes de los rebeldes de la Guerra de Castas. Pagaron con su vida la osadía. Los tiempos violentos habían pasado, siendo sus muertes de las últimas provocadas por la violencia política en la región. Cuando llegó la Revolución Mexicana a Yucatán, el ciclo de la violencia había concluido, y salvo contadas excepciones-que abordaremos en su momento-, Valladolid y su región se mantuvieron en paz por las siguientes décadas.  

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Introspección histórica: los enigmas de Carrillo Puerto (VII)

Mario Alejandro Valdez

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Al mediodía del 17 de abril de 1924 llegaron al puerto de Progreso fuerzas federales al mando del Gral. Eugenio Martínez. En la madrugada de ese mismo día habían huido rumbo a Campeche los últimos rebeldes delahuertistas que habían asesinado cuatro meses antes a Felipe Carrillo Puerto. En el buque en el que viajaba el Ejército Federal, llegó también el joven periodista Miguel Cantón, cabeza de la facción más radical del Partido Socialista del Sureste, a quien el presidente Obregón había prometido el gobierno interino de Yucatán. Pero en cuestión de días el panorama se transformó, y Obregón cambió de opinión, inclinándose por José María Iturralde Traconis y el ala más moderada para dirigir al gobierno y al Partido. Como hemos señalado, eso marcó el principio del fin del proyecto socialista, que había sido construido a lo largo de una década en la entidad. Cuando el bandazo se consumó, Cantón arengó ante sus partidarios en Mérida que llevaría a la Ciudad de México las pruebas y los argumentos necesarios para ser declarado gobernador y presidente del Partido. Y efectivamente viajó a la Ciudad de México, pero ya no retornó más a Yucatán.

¿Cuáles fueron los factores que permitieron una transformación tan radical del escenario político en tan poco tiempo? Sin el afán de agotar un tema tan complejo, pero tratando de contribuir a su esclarecimiento, nosotros identificamos cuatro como fundamentales en este proceso:

  1. Felipe Carrillo Puerto era aliado de los líderes revolucionarios Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles, pero ellos no eran aliados del yucateco, es decir, no comulgaban con su proyecto político, y muchísimo menos simpatizaban con la autonomía y poder de los que su organización hacía gala. En este sentido, el asesinato de Felipe fue una solución afortunada para los sonorenses, que ni tardos ni perezosos procedieron a descabezar a la facción carrillista, y diluir el poder entre, precisamente, los rivales internos de Felipe. El motuleño, o comprendió tarde esta realidad, o no tuvo alternativa: habiendo demandado armas para sus ligados prácticamente desde que llegó al poder, recibió largas durante meses, y cuando, ante la inminencia de la rebelión delahuertista, al fin decidió adquirirlas por cuenta propia, ya fue demasiado tarde.
  2. La guerra sucia de los conservadores, realizada fundamentalmente a través de la prensa, había calado hondo en Mérida y las principales ciudades de Yucatán. Felipe contaba con el apoyo incondicional de decenas de miles de campesinos, así como de la mayoría de los trabajadores, pero era francamente impopular entre las clases medias y, por supuesto, tenia el rechazo frontal de la oligarquía. Ante su muerte, la reacción de un gran sector de la población fue de indiferencia, y en algunos casos hasta de regocijo.
  3. El Partido Socialista del Sureste estaba profundamente dividido. La facción carrillista era la más poderosa, pero eso concitaba envidias y rechazo entre el resto de los grupos. Iturralde era uno de los líderes moderados; García Correa era cabeza de los pragmáticos, que al final se corrompieron absolutamente; Miguel Cantón se distinguía entre los radicales, pero tampoco gozó de mucho poder de convocatoria, y finalmente se alejó del Partido y del Estado. Hubo líderes, como José Loreto Baak, que inclusive traicionaron a Felipe uniéndose al golpe criminal; otros, como Juan Campos, se limitaron a salvarse, sobrevivir, y acomodarse a los nuevos tiempos.
  4. Incluso el carrillismo se fragmentó. Este grupo, que se hizo fuerte en torno a Felipe, rápidamente abandonó la política de principios y se acopló a la nueva realidad. Javier Erosa, el yerno favorito de Carrillo Puerto, fue de los primeros en amoldarse a las nuevas formas y dar marcha atrás en posiciones que antes había apoyado con calor, como el caso de la participación femenina en puestos de poder. Gualberto, el único hermano que mantuvo su actividad política, dio un giro descomunal y se convirtió en testaferro de los hacendados henequeneros.

En el fondo, la facilidad con la que el proyecto de Felipe fue barrido por los militares, la oligarquía, el gobierno federal y, finalmente, sus rivales en el propio Partido Socialista, dan cuenta de que el motuleño cometió graves errores estratégicos, dejó muchos flancos desprotegidos, careció de visión y no supo leer el sentido de los acontecimientos. Justo una década después de la ejecución del presidente Madero por la connivencia de militares corruptos e intereses oligárquicos, la historia se repitió en Yucatán, protagonizada por actores similares y en el curso de una larga y triste cauda de errores. Cada tres de enero homenajeamos a Felipe en el Cementerio General, pero cada día se siguen produciendo pasos que nos alejan de la justicia, de la dignidad y de la igualdad que su proyecto buscó con afán.

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Introspección histórica: los enigmas de Carrillo Puerto (VI)

Mario Alejandro Valdez

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El tres de enero de 1924, Felipe Carrillo Puerto fue asesinado por un pelotón de soldados, en indudable violación a las leyes constitucionales, e incluso a las normativas y usos del derecho de guerra. Desde el primer aniversario de aquel crimen, y hasta la actualidad, cada tercer día del mes de enero se conmemora esa tragedia, constituyéndose en la ceremonia luctuosa más importante del calendario cívico yucateco. Pero, ¿qué significó realmente el asesinato de Carrillo Puerto? En aquel entonces, el Partido Socialista del Sureste era -al menos en el papel- la organización más poderosa de toda la república mexicana. Sus Ligas de Resistencia se contaban por cientos, sus afiliados por decenas de miles, presumía fuertes aliados en todo el Sureste, así como el apoyo -al menos en el papel- del Gobierno Federal. En ese contexto, la ejecución de su líder principal debió ser un golpe muy fuerte, muy doloroso y significativo, pero perfectamente superable, toda vez que los autores del crimen fueron derrotados y obligados a huir ignominiosamente. Poco más de cien días después del magnicidio, el Partido Socialista del Sureste volvió triunfante a ocupar el Palacio de Gobierno, el Congreso del Estado, los ayuntamientos y todos los puestos de poder en la entidad.

Pero en realidad las balas que acabaron con la vida de Felipe Carrillo Puerto acabaron también con el socialismo yucateco. Una a una fueron abandonadas todas las causas importantes, todos los puntales de aquel proyecto, único en su género en la historia del Estado y en el país entero, y parte de un puñado de auténticos programas sociales de raigambre y compromiso populares que se hayan gestado en Nuestra América. Ya hemos visto como terminó el experimento feminista, con sus líderes despojadas de sus cargos y sus organizaciones proscritas. La Reforma Agraria fue ralentizada hasta su casi abandono, e incluso cuando fue retomada y radicalizada por el Gobierno del Gral. Lázaro Cárdenas, fueron muchos de los líderes del Partido Socialista del Sureste los que se opusieron con mayor vehemencia, destacadamente Gualberto Carrillo Puerto. El ambicioso programa de revitalización de la cultura maya también cesó, quedando como único fruto significativo la investigación arqueológica y gestión turística de Chichén-Itzá. La educación racionalista también fue dejada de lado, retornando a las aulas un acendrado tradicionalismo y, posteriormente, fomentándose desde el poder la educación religiosa en escuelas privadas.

José María Iturralde Traconis fue el primero de los enterradores del proyecto, encargándose de la persecución de las líderes feministas; pero los golpes más duros provinieron de Álvaro Torre Díaz y de Bartolomé García Correa. Torre Díaz de plano no tenía la menor simpatía por el socialismo, era un ferviente católico y un político pragmático que pronto se alió con la oligarquía henequenera; García Correa si fue un líder destacado del socialismo desde los tiempos de Alvarado, pero en realidad utilizó al partido para sacar provecho personal, pasando a la historia de Yucatán como uno de los gobernantes más corruptos que han ocupado el cargo. Él le dio la puntilla al socialismo al incorporarlo al proyecto callista de Partido Único, tras de lo cual el antes denominado Gran Partido Socialista del Sureste terminó convertido, como hasta ahora, en un triste membrete. Los pocos socialistas que intentaron continuar con el proyecto de Felipe fueron exiliados, como su hermana Elvia y Miguel Cantón; o de plano asesinados, como Rogelio Chalé y Felipa Poot. La mayoría de los consecuentes y honrados, como Lino Muñoz, se retiraron a la vida privada, asqueados de como la traición y la corrupción demolieron la propuesta revolucionaria.

Eso fue lo que pasó… Pero aún queda un último enigma… ¿Por qué pasó? ¿Por qué se convirtieron con tanta facilidad las lanzas en cañas? ¿Cómo fue que los corruptos y sinvergüenzas, que habían sido mantenidos a raya por Felipe, se apoderaron tan rápidamente del botín? ¿Por qué los hombres bien intencionados y comprometidos, como Lino Muñoz, abandonaron el escenario político y vivieron el resto de sus vidas rumiando el fracaso? ¿Por qué activistas radicales, como Elvia Carrillo y Miguel Cantón, tuvieron que trasladar sus luchas a otros lares? Ese será el tema de una postrer introspección sobre la fascinante y admirada figura de Felipe, el mestizo de los ojos verdes que conmovió hasta los cimientos las tierras del Mayab.

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