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La política en Yucatán

Introspección histórica: ¿Qué fue la Guerra de Castas?

Mario Alejandro Valdez

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Nuestro título pudiera parecer un enorme atrevimiento. Hace dos semanas planteamos desde este espacio que la llamada Guerra de Castas realmente no fue un conflicto con tintes raciales, como se le caracterizó en su tiempo. Para hacerlo, aportamos algunos argumentos, nacidos tanto de nuestros propios acercamientos al tema como de la revisión de una cantidad significativa de autores. Pero una cosa es aseverar lo que no fue, y algo muy distinto afirmar lo que fue. Trataremos de hacerlo contundentemente, pero sin petulancia.

Recordemos, en primera instancia, que han sido cientos de autores los que, desde diversas perspectivas y estrategias, se han acercado a este apasionante hito histórico. Muchos de sus actores dejaron sus vividos testimonios, otros tantos testigos, o recipiendarios de información de primera mano, nos legaron también sus propios puntos de vista. Los investigadores norteamericanos que nos visitaron durante la primera mitad del siglo XX también realizaron aportaciones fundamentales. Un poco después, Nelson Reed escribió la obra clásica, tras consultar muchísimos documentos y dejar volar la imaginación con mucha libertad. Después de este clásico, cientos de historiadores, antropólogos, sociólogos y literatos de todo el mundo han hecho sus propias pesquisas y planteamientos. El resultado es impresionante, riquísimo, diverso.

Ante este panorama, cualquiera que se atreviera a decir “soy poseedor de la verdad absoluta sobre el tema” sería calificado, con razón, como un desquiciado. Por nuestra parte, sin afán de absolutismos, pretendemos aportar una mirada integral, una perspectiva, una introspección histórica.

Vayamos, siguiendo a Descartes, de lo simple a lo complejo, partiendo de lo obvio: la Guerra de Castas de Yucatán fue, sin duda, un movimiento social. Más aún: fue un amplísimo movimiento social. La base la conformaron decenas de miles de campesinos milperos, mayas y mestizos en su enorme mayoría, pero también pasaron lista de presencia decenas, tal vez cientos de pequeños y hasta medianos propietarios rurales. Tres fueron las áreas principales de procedencia de estos grupos: la región de los Cocomes, con Sotuta y Yaxcabá como poblaciones emblemáticas; el Sur profundo, particularmente Peto y Tihosuco; el Oriente, con varias decenas de localidades situadas en los alrededores de Valladolid. Además de estos agricultores, cientos de pobres urbanos, principalmente de Valladolid, Tihosuco y Peto, fueron también parte del movimiento. Hubo, pues, representación de la ciudad y el campo; de grupos campesinos, pero también de artesanos y comerciantes urbanos.

Pero la Guerra de Castas fue también un movimiento altamente politizado. La mayor parte de sus primeros dirigentes fueron batabo’ob (líderes tradicionales) de sus pueblos, como Jacinto Pat lo era de Tihosuco, Cecilio Chí de Tepich, Manuel Antonio Ay de Chichimilá y Florentino Chan de Dzibnup. Los líderes mayas convocaron a sus comunidades, y sus comunidades les respondieron, siguiendo una tradición prehispánica milenaria. Una vez establecido el conflicto, la lucha entre los batabo’ob fue también política, y la falta de un liderazgo unificadoel motivo de la crisis del movimiento en el período 1848-1854, hasta el surgimiento de la hegemonía de Chan Santa Cruz.

La política también estuvo presente en otro sentido: como comentamos en colaboración previa, en sus inicios el movimiento estuvo estrechamente relacionado con la lucha de facciones que se daba en las ciudades principales de Yucatán. Tras algunas semanas ambiguas, varios de los políticos barbachanistas que habían impulsado la rebelión quedaron atrapados auténticamente entre dos fuegos, y algunos de ellos, como el propio Jacinto Pat y José María Barrera, optaron por permanecer en el bando rebelde y validar el discurso de guerra racial. Por temporadas, líderes derrotados en revueltas políticas encontraron refugio y se adhirieron parcial o totalmente a los hombres de Chan Santa Cruz. Por lo general tuvieron fugaces momentos de gloria en la sublevación, pero casi siempre terminaron pagando con su vida su osadía, en algunos casos capturados por el gobierno yucateco, pero más frecuentemente ajusticiados por los líderes rebeldes, que nunca se confiaron del todo ante advenedizos y oportunistas.

La Guerra de Castas fue también un conflicto internacional. Desde un principio, Inglaterra observó las grandes oportunidades que la rebelión les permitía, y jugó siempre un doble papel, con un activo comercio con los rebeldes de Chan Santa Cruz, pero también manteniendo un juego diplomático con los gobiernos de Yucatán, México y Guatemala, vendiendo la falsa idea de que deseaban concluir con una guerra que producía violencia y calamidad en el territorio de Belice. Su premio final fue, precisamente, el reconocimiento de la jurisdicción británica sobre dicho territorio. En el siglo XX, cuando el rumbo de la Revolución Mexicana constituyó un motivo especial de preocupación para el gobierno norteamericano, el carácter internacional del conflicto renació, cuando los investigadores que estudiaban con motivos académicos el devenir del pueblo maya, realizaron a la vez labores de espionaje para el Departamento de Estado del país vecino. En actitud que hoy juzgaríamos de falta de ética e inescrupulosa, algunos de estos investigadores incluso llegaron a ofrecer ayuda militar a los descendientes de los líderes de Chan Santa Cruz, lo que ha sido conocido después de la desclasificación de los archivos correspondientes.

Aún queda mucho por explorar sobre este extraordinario tema. Apuntamos dos aspectos: la relación que hubo durante décadas entre los rebeldes y los habitantes de los pueblos fronterizos, y el papel de las mujeres en el conflicto. Sobre el primer punto, hay fuertes evidencias, aún no elucidadas firmemente, de que existían vigorosas redes,alimentadas tanto por lazos familiares como por intereses económicos; en cuanto al segundo, sólo se conoce parcialmente la historia de María Uicab, quien fuera líder durante algunos años de un grupo asentado en Tulum. Muchos pequeños datos, aún fragmentarios, apuntan a que el papel femenino fue mucho más importante que lo que los relatos actuales nos indican.

Sin duda no fue una Guerra de Castas. Fue, es, mucho más que eso. Es una herida abierta, que nos habla de las injusticias pasadas y actuales, pero también es esperanza viva de un futuro de paz y justicia para todas y todos los habitantes del Mayab.    

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La política en Yucatán

Introspección histórica, la mentalidad campesina

Mario Alejandro Valdez

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En estos días de pandemia, uno de los temas torales que han surgido en la opinión pública es el de las energías limpias; ello debido a un acuerdo federal para restringir temporalmente, justo durante la contingencia sanitaria, la participación privada en este rubro. En el curso del debate, uno de los tópicos adláteres que salió a relucir es el hecho de que en Yucatán una parte significativa de los espacios destinados a la producción de energía eólica había sido obtenida de manera ilegal e inmoral, a partir del despojo a los campesinos. Ello, a su vez, apuntó a otro tema aledaño, que es el que trataremos en esta introspección: la mentalidad del campesino yucateco.

En la discusión actual, se enfrentan dos posiciones antagónicas: la que pudiéramos llamar de izquierda o popular, que considera que las apropiaciones ilegales deben echarse para atrás, y que la gestión de la energía eólica debe realizarse de manera comunitaria, por los campesinos que son legítimos propietarios de las tierras; y la postura de derecha, pro-empresarial, que aduce que “palo dado, ni Dios lo quita”, y que, además, dado que el campesino yucateco “es flojo, ignorante, alcohólico, corrupto y conformista”, es absolutamente incapaz de gestionar una empresa, por lo que cualquier intento de apoyarlos en este sentido está de antemano condenado al más absoluto de los fracasos.

Evidentemente la primera postura tiene una sólida base ética y legal, pero la segunda, tristemente, está muy arraigada en el imaginario del yucateco urbano, tanto entre las élites como en la mayoría de la población citadina. ¿De dónde surge tal consideración? ¿Cuáles son sus bases? ¿Cuál su realidad? Veamos.

Para poder responder a nuestras preguntas, debemos remontarnos, nuevamente, a los orígenes del Estado moderno en Yucatán, es decir, a los inicios del establecimiento colonial. Recordemos que en la península se fundaron en el siglo XVI cuatro cabildos, a partir de los cuales se pretendió organizar el territorio: la ciudad de Mérida, capital de la provincia, situada al noroeste; el puerto de Campeche, principal vía de comunicación con el exterior, al suroeste; la villa de Valladolid, cabeza de la región nororiente; y la villa de Bacalar, en el extremo sudoriental. Esta última población, rodeada de un territorio inexplorado, en realidad no llegó a establecerse como un punto importante, y quedará, por el momento, fuera de este análisis.

Tenemos, entonces, tres regiones bien diferenciadas desde mediados del siglo XVI: Mérida, Campeche y Valladolid, dividiéndose prácticamente en tercios perfectos el territorio conquistado y colonizado por los españoles. La región de Mérida fue, desde un principio, la más rica y desarrollada, de acuerdo con los parámetros del incipiente capitalismo de la época, y muy pronto generó una economía invasiva de sus comunidades campesinas, que quedaron supeditadas a las propiedades y actividades de los colonizadores. La cultura campesina de la región fue fuertemente modificada desde el siglo XVI, dando paso, ya para el siglo XIX, a una cultura francamente mestiza, con escasos rasgos originarios. En esta región campearon las haciendas, con sus tiendas de raya, su dominio señorial y la proliferación del alcohol como un medio de control social. El porfiriato henequenero llevó estas características hasta sus mayores cuotas. Al triunfo de la Revolución, tras los episodios del carrillismo y el cardenismo, la política oficial dio continuidad, en gran medida, al control patriarcal de la hacienda, combatiendo lo que aún quedaba de autonomía en el campesinado y demás grupos sociales.

La situación de la región de Campeche fue muy diversa. El puerto, con fuertes intereses comerciales y la poderosa presencia del estamento militar, estableció su propia dinámica de desarrollo, independiente y en muchos casos confrontada con la de Mérida, pero con poca influencia en las áreas rurales. Éstas, a su vez, terminaron por dividirse en dos subregiones: el llamado camino real, la vía de comunicación con Mérida, con características similares a las ya mencionadas para la capital y sus alrededores; y el sur profundo, que mantuvo una fuerte autonomía durante el período colonial y la primera mitad del siglo XIX, con una vigorosa presencia de la cultura originaria en aspectos políticos, económicos e ideológicos. En tiempos de la Guerra de Castas, muchas de las comunidades de esta subregión se levantaron en rebelión, logrando ciertos acuerdos con el gobierno en el curso del conflicto. Hoy en día, la mayoría de estas comunidades continúan manteniendo su identidad cultural y autonomía económica, gestionando, en algunos casos con gran éxito, sus recursos naturales.

En torno a Valladolid encontramos de nuevo este fenómeno de las dos subregiones, incluso más marcado: la villa, hoy ciudad, se reconcentró en sí misma, mantuvo durante siglos su organización colonial inicial, y estableció las relaciones mínimas, pero suficientes, que le permitieran a las familias vallisoletanas disfrutar de cierta riqueza y prestigio. El resto del territorio era campesino, maya e indudablemente autónomo en la mayor parte de los aspectos de su vida interior. Esta fue la región de la Guerra de Castas, que se mantuvo en rebeldía durante décadas. Con el tiempo surgieron más poblaciones criollas y mestizas, pero los campesinos conservaron –y en muchos casos conservan aún- mucho del espíritu de sus antepasados.

Nos parece que NO es posible agotar el tema en una sóla introspección, pero podemos apuntar las siguientes consideraciones: 1. NO existe en Yucatán una única mentalidad campesina. Aún en un Estado relativamente pequeño y habitado por un sólo pueblo originario, la mentalidad es subregional y diversa; 2. ES UNA ENORME MENTIRA que el campesino yucateco no sea capaz de gestionar una empresa. Lo ha hecho, y con enorme éxito, durante milenios; 3. Ciertamente hay algunos sectores rurales a los que siglos de dominación, un severo paternalismo, una expandida corrupción y un control social exacerbado han golpeado fuertemente, pulverizando las antiguas solidaridades comunitarias y fomentando la dependencia y enfermedades sociales, como el alcoholismo. Culpar a la víctima de esta situación no sólo es perverso e injusto, es también erróneo.  

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Introspección histórica, escenarios de militarización

Mario Alejandro Valdez

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Comprometimos, en nuestra anterior introspección, continuar analizando el apasionante tema de la llamada Guerra de Castas. Pero, sin dejar de cumplir la expectativa, nos pareció oportuno abordar el asunto de la militarización, ahora que el presidente López Obrador se ha apartado de sus promesas de campaña, y le está apostando, ya de manera abierta, al uso del Ejército como una respuesta a la ola de violencia que, desencadenada por el fallido gobierno de Felipe Calderón, no ha dejado de aquejar a nuestro querido México por un período que ya está llegando al final de su tercer lustro.

Dentro de esta coyuntura de violencia criminal, Yucatán ha sido, notablemente, uno de los escasos territorios en donde sus expresiones han sido mínimas. En concordancia, la presencia militar tampoco ha sido notoria, pero esto no siempre ha sido así. Si bien durante los tiempos coloniales, la milicia NO representó un poder significativo en la península, la situación varió dramáticamente con el advenimiento de la Independencia y la creciente lucha entre partidos antagónicos. Absolutamente ajena a la tradición electoral, la sociedad yucateca, como todo el país, vivió un siglo XIX plagado de revueltas, sediciones, golpes de Estado, etc.; cobrando cada vez más importancia el elemento militar en la resolución de conflictos. Así, y particularmente desde mediados de la década de 1830, las milicias cívicas –ciudadanos con un rudimentario entrenamiento, pero acceso a armamento- fueron protagonistas de cuanto movimiento político se desarrolló, sobre todo en Mérida, Campeche, Valladolid y Tizimín, las principales poblaciones peninsulares. Y, al menos desde 1839 –algunos estudiosos consideran que antes, aunque aún no tengamos las pruebas documentales de ello-, los campesinos mayas y mestizos del sur y el oriente peninsular fueron incorporados a estas luchas bajo diversas promesas, nunca cumplidas, lo que se convirtió en uno de los principales factores que desencadenaron la rebelión del 30 de julio de 1847.

La potencia de tal rebelión fue enorme, y el gobierno yucateco tuvo que recurrir a medidas desesperadas para contenerla. El desarrollo integral de Yucatán se paralizó durante las siguientes décadas, empeñada la clase dirigente en derrotar la sublevación. La mayoría de los varones jóvenes fueron enrolados en el Ejército, lo que tuvo como consecuencia el abandono de la agricultura y la ganadería, actividades que, además, fueron afectadas por las incursiones de los rebeldes. Pero esta misma parálisis, al disminuir los recursos disponibles, hacía imposible sufragar los gastos necesarios para emprender campañas definitivas. Además, los caudillos militares, dueños de un enorme poder, preferían utilizar sus privilegios y oportunidades en provecho propio, para escalar en sus propias carreras políticas y crear inmensas fortunas. La Guerra de Castas se convirtió entonces, para algunos, en un gran negocio. Yucatán entero se mantuvo en este círculo vicioso durante casi 30 años, en los que no hubo un solo día de paz, para beneficio de quienes dirigían la guerra.

Con todas sus contradicciones e injusticias, fue el Porfiriato Henequenero el que terminó con este statu quo. Don Porfirio, también un militar, por supuesto, les mostró a los caudillos locales la senda del progreso económico capitalista, a la par de las ventajas de las transiciones políticas pacíficas  y relativamente consensuadas. El Ejército se profesionalizó y se alejó, al menos momentáneamente, de la política partidista, y los viejos líderes militares, como el vallisoletano Francisco Cantón, se olvidaron de las armas y se dedicaron a fomentar rumbosas empresas. En ese contexto, la Guerra de Castas fue oficialmente terminada por un cuerpo militar ajeno y que salió del Estado apenas terminada su encomienda. Yucatán se desmilitarizó, volcado durante casi medio siglo en el episodio henequenero.

Todavía rebrotaría la militarización en el primer cuarto del siglo XX, con resultados diversos para nuestro desarrollo. Es innegable que fue de muchísimo provecho en el período 1915-1918, cuando el Gral. Salvador Alvarado impulsó una larga y ambiciosa serie de reformas, que pusieron a Yucatán a la vanguardia del país en temas como feminismo, sindicalismo, derechos obreros y educación; pero también es indudable que fue nefasta unos pocos años después, cuando el Ejército fue utilizado por la oligarquía henequenera para frenar el proceso transformador encabezado por Felipe Carrillo Puerto.

Entonces, podemos concluir que la militarización en sí no es buena ni mala. Depende de muchas circunstancias y factores. Como mexicanos, nuestro deseo es que en esta ocasión, la que está impulsando AMLO para combatir al crimen de resultados positivos. Desafortunadamente, nuestra introspección histórica no deja mucho lugar al optimismo.

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Introspección histórica: ¿Fue la Rebelión de Tepich una guerra de castas?

Mario Alejandro Valdez

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En el centro mismo del siglo XIX yucateco emerge como punto nodal la Guerra de Castas, la sublevación de miles de campesinos del oriente y sudoriente de Yucatán contra el gobierno local. El importantísimo proceso tuvo y tiene enormes repercusiones históricas, y continúa siendo tema de agitados debates y una significativa producción editorial. De ningún modo pretendemos, en esta introspección histórica, ningunear su relevancia e influencia. Todo lo contrario: nos proponemos compartir con nuestros lectores algunas breves reflexiones sobre su carácter, y, específicamente, sobre sus orígenes, aunque también abordaremos parte de su desarrollo.

En julio de 1847, cuando estalló, este movimiento fue conocido como la Rebelión de Tepich, por allí haberse producido uno de sus primeros eventos bélicos. Pero pocos meses después, cuando el gobierno yucateco y diversos líderes políticos entendieron que no podrían sofocarlo rápidamente, comenzaron a llamarlo Guerra de Castas. El término se convirtió en concepto, y hoy en día identifica históricamente a este complejo, intrincado y multifacético proceso iniciado hace más de 170 años. Pero ¿fue realmente una guerra de castas? ¿Pretendieron los mayas de mediados del siglo XIX aniquilar por motivos raciales a los descendientes de los españoles que los habían conquistado y colonizado 300 años antes? Consideramos que no, y nuestra opinión se basa en tres argumentos principales, como expondremos a continuación.

1. Prácticamente desde la proclamación de la Independencia, Yucatán, como todo México, se dividió en grupos políticos contrastantes que, sin una tradición de lucha pacífica, dirimían sus conflictos con el lenguaje de las armas. Desde mediados de la década de 1830 se fueron fortaleciendo tres grupos: los liberales moderados, vinculados a la oligarquía comercial campechana; los liberales puros, conformado fundamentalmente por hacendados y ganaderos meridanos; y los conservadores, meridanos también en su mayoría, y por lo general miembros de familias que gozaron de gran poder en los tiempos coloniales. Las luchas entre estos tres grupos se fueron haciendo cada vez más crueles y violentas, y comenzaron, al menos desde 1839, a involucrar a pobres urbanos y campesinos mayas y mestizos. En el movimiento de 1847, al menos dos de los tres líderes principales estaban fuertemente involucrados en estas luchas políticas: Bonifacio Novelo, un mestizo vallisoletano, participó vigorosamente en una rebelión a favor de Santiago Méndez, líder de los liberales moderados, en diciembre de 1846; en tanto que Jacinto Pat, batab de Tihosuco, era un destacado partidario de Miguel Barbachano, el principal dirigente de los liberales puros. El otro líder, Cecilio Chí, también se había involucrado en estas luchas, militando indistintamente en ambos bandos liberales. Existen fuertes evidencias que el movimiento que luego desembocaría en la Rebelión de Tepich era, al menos en un principio, parte de una rebelión más amplia, cuyo objetivo era derrocar a Méndez e imponer a Barbachano.

 2. El carácter multirracial de la sublevación de julio de 1847 está   claramente documentado desde sus prolegómenos. Al indagar sobre las andanzas de Manuel Antonio Ay, batab de Chichimilá que fue fusilado cuatro días antes de los acontecimientos de Tepich, aparece “un hombre blanco” participando en una de las reuniones iniciales, probablemente en mayo de aquel año. Luego, desde los primeros combates, destaca el papel protagónico de soldados desertores, también identificados como “blancos”. Antonio Rajón, el hombre que denunció a Ay, fue aceptado como parte de la rebelión en 1848, si bien más adelante desertó de los rebeldes y logró ser admitido por los “blancos”, al justificar su conducta como una acción obligada por la sobrevivencia. Bonifacio Novelo era un mestizo de gran estatura y piel clara, es decir, características físicas antagónicas al maya promedio; Crescencio Poot, quien fuera el principal jefe militar de los rebeldes en las décadas de 1860 y 1870, era, según diversos testimonios, afrodescendiente; y así podríamos continuar enumerando personajes NO mayas con un rol destacado en la sublevación. En otras palabras, de ningún modo podemos caracterizar a este movimiento como una lucha de los mayas contra los “blancos”.

 3. Pero ¿Por qué fue bautizado así el conflicto? Al revisar los documentos primigenios, nos damos cuenta como, en el imaginario de los yucatecos “blancos”, incluida la oligarquía y la gente común, se estaba produciendo de nuevo el temible levantamiento de los “indios” contra sus conquistadores. Las descripciones de los primeros hechos, tanto de las acciones atribuidas a los rebeldes, como de las protagonizadas por los yucatecos principalmente en las ciudades de Mérida, Campeche y Valladolid, se asemejan sorprendentemente a los relatos de la rebelión de Valladolid, de 1546-1547, y de la rebelión de Cisteil, de 1761. El patrón es el mismo: los rebeldes de 1847 asumen la figura de caníbales crudelísimos, insaciables salvajes, hombres –las mujeres mayas se invisibilizan absolutamente en estos relatos- cuyo máximo objetivo era violar a las mujeres “blancas” para saciar su apetito sexual, pero, sobre todo, para embarazarlas y así “mejorar la raza”, exactamente lo mismo que se aseguró de los mayas del siglo XVI y de los seguidores de Canek en el siglo XVIII. El mismo miedo, transmitido de generación en generación, se encarnó en los yucatecos que, como Justo Sierra, hervían de terror ante la presencia de “la maldita raza”.

Desde nuestra perspectiva, la Rebelión de Tepich, ese complejo proceso que marcó un parteaguas justo a la mitad del siglo XIX, NO fue una guerra de castas. ¿Qué fue entonces? Ese será el tema de nuestra próxima introspección.

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