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Editorial

Legionarios de Cristo y homofobia en Yucatán

Mario Alejandro Valdez

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El escándalo comenzó a develarse hace un par de semanas, cuando El País, prestigiado periódico español, dio a conocer que José María Sabín Sabín había sido denunciado, como muchos otros Legionarios de Cristo, por abusos sexuales cometidos contra menores de edad. En aquel momento, un envalentonado Sabín desmintió las acusaciones, primero a través de sus redes, y posteriormente con un video. Pero pocas horas después de que sus declaraciones virtuales fueran publicadas, la oficina de comunicación social de los Legionarios le dio un demoledor mentís, explicando de manera pormenorizado dónde y cuándo se habían producido los abusos. En el documento, la congregación reconoció que los crímenes han prescrito, además de que, por haberse separado de la orden y del sacerdocio, la Iglesia no tiene ya autoridad sobre quien fuera rector por 17 años de la Universidad Anáhuac-Mayab, una de las instituciones de educación privada de mayor prestigio en Yucatán. Huelga decir que, después de esta confirmación, Sabín entró en un entendible silencio.

El caso es importante para Yucatán no sólo por la trascendencia académica de la Universidad ni por el cargo que Sabín ejerció durante tantos años. Es importante porque precisamente la Universidad Anáhuac-Mayab y la orden de los Legionarios de Cristo han sido de los puntales más fuertes que han sostenido y expandido la homofobia en Yucatán. Se dice que en sus aulas, y a través de cátedras, conferencias, cursos, talleres, etc., se adoctrina a la juventud en  ideas tan paradójicas como la existencia de una “familia natural” y el rechazo al matrimonio igualitario. Podemos sugerir, sin poco margen para equivocarnos, que han sido esa casa de estudios y los Legionarios algunos de los principales responsables de que hasta el momento se sigan vulnerando derechos básicos a decenas de miles de yucatecas y yucatecos que no caen en los sesgados y estrechos estereotipos que las mentes conservadoras han creado desde hace milenios.

¿Exageramos? ¿En realidad son todos los católicos en general quienes rechazan conceder derechos a la comunidad de la diversidad sexual? Es sabido que México entero es un país mayoritariamente católico, y ello se materializa en los 32 Estados de la república. Y Yucatán no es precisamente el Estado más católico, casi al contrario: según los datos más recientes del INEGI, ocupamos el lugar 26 en porcentaje de católicos. Más sin embargo, somos uno de los únicamente nueve Estados que niegan de manera terminante derechos matrimoniales por preferencia sexual. ¿Acaso los yucatecos somos más fanáticos o conservadores que los habitantes del resto de la república? Una simple observación nos lleva a considerar que somos mucho más liberales en pensamiento, ideología, expresión y hasta en conductas sexuales que la mayoría de los habitantes de otros Estados. ¿Acaso aunque no seamos muy católicos ni muy conservadores, somos muy homofóbicos? Los más recientes sondeos indican que, si bien todavía una fuerte mayoría se opone a la adopción para parejas del mismo sexo, cerca del 60 por ciento de los yucatecos apoya el matrimonio igualitario.

¿Por qué esta opinión no llega al Congreso, si hasta el propio gobernador Vila y el alcalde Renán Barrera se han mostrado pública y privadamente a favor de hacer el cambio legal? Pues ahí es donde posiblemente intervienen las influencias de los sectores más poderosos, quienes muchas veces se han formado precisamente en la Universidad Anáhuac-Mayab, y justamente durante la larga rectoría –de 1995 a 2012- del ex-padre José María Sabín Sabín, un hombre acusado de abusar sexualmente de sus alumnos, ni más ni menos que en un Seminario.

El caso de José María Sabín no es un caso aislado. Él formó parte de una auténtica colusión de sacerdotes, dirigida por Marcial Maciel, que utilizaron sistemáticamente el abuso sexual reiterado como un mecanismo que, aparte de proporcionarles placer sexual, les permitió tejer una red de poder y complicidad. La homofobia convertía sus conductas en el pecado nefando, pero ello, de una manera perversa, convertía al depredador y a la víctima en parte del esquema jerárquico de la orden. Así, estos depredadores no tenían el menor empacho en profundizar la homofobia entre los grupos de jóvenes a los que influían de manera determinante. Su oscura sexualidad los convertía, a sus enfermos ojos, en seres superiores, pero a la vez en cómplices de un secreto que jamás pensaron sería revelado.

Conocí personalmente a José María Sabín Sabín. Lo conocí como un hombre afable, pulcro, de hablar suave, al menos en su vida pública. Lamento mucho que esté atravesando por esta situación, pero es muchísimo más lamentable lo que le ocasionó –según el documento de la propia congregación- a varios jovencitos que confiaron en él para seguir el camino de la religión. Y también es mucho más lamentable que continúe viva la perniciosa influencia de quienes impulsaron y siguen impulsando la homofobia, acarreando sufrimientos, tristezas y tragedias en muchas miles de vidas.

Editorial

Feminicidios y violencia de género en Yucatán

Mario Alejandro Valdez

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Como todo México, Yucatán quedó impactado por la noticia del secuestro, violación y asesinato de Fátima, una pequeña de apenas siete años, ocurrido la semana pasada. Descubierto el cuerpo el sábado anterior, todo el país estuvo en vilo, entre la furia, el miedo y la indignación, hasta que, este miércoles, las autoridades lograron la detención de los responsables, esclareciendo que fue el abuso sexual la motivación del crimen, convirtiéndose en otra de las historias espeluznantes de nuestro sufrido México.

Cuando los responsables aún estaban prófugos, circuló en las redes sociales de manera insistente el rumor de que habrían llegado a Yucatán aprovechando el clima de tranquilidad de nuestra región. Laura, una joven madre soltera, que vive y trabaja como policía municipal en una comunidad del centro del Estado, publicó horrorizada: “NO vamos a permitir que los delincuentes agarren a Yucatán como escondite”. La esforzada empleada de Seguridad Pública reproducía así el mito de la tranquilidad yucateca y, sobre todo, de que estamos libres de abusos, violencias y feminicidios.

El mito es muy antiguo, y tiene profundas raíces. Incluso españoles de los primeros tiempos, como Diego de Landa, transmitieron esa visión del maya pacífico, ingenuo e inocente, que se mantendría hasta las primeras investigaciones serias sobre nuestro pueblos originarios, en la segunda mitad del siglo XX, cuando se dieron a conocer la enorme violencia, incluso crueldad, que caracterizó a la vida social y religiosa del Mayab antiguo. Más recientemente, la singular participación que Yucatán tuvo en la Independencia y la Revolución, abonó al equivocado concepto de Yucatán sin violencia. La eficiente labor, así como la continuidad en el cargo, del Comandante Luis Felipe Saidén Ojeda como responsable de la Seguridad Pública, también ha contribuido a una percepción que no incluye a toda la realidad.

Y la realidad es que en nuestro Estado se viven niveles MUY ALTOS de violencia de género, especialmente intrafamiliar, así como de abuso sexual contra las mujeres, y particularmente contra niñas y adolescentes. El fenómeno es transversal a la situación social, y lo mismo afecta a las grandes ciudades, las pequeñas y el ámbito rural. Y lo peor es que ESTÁ CRECIENDO.

¿Recuerdan las protestas feministas del año pasado? ¿Recuerdan la violencia mediática, y hasta la represión policiaca que provocaron? El machismo yucateco se manifiesta dramáticamente tratando de negarse, de invisibilizarse, argumentando que AQUÍ NO HAY VIOLENCIA, porque NO HAY FEMINICIDIOS. Por ello el machismo yucateco es más violento, porque no ha sido consciente de que existe, de que es un cáncer y de que debe ser erradicado.

AQUÍ LAS MUJERES SI SE SABEN COMPORTAR, pero si no, ME LA DEJAS UNOS DÍAS Y YA VERÁS COMO APRENDE, es una frase muy común, y que se escucha continuamente en todo tipo de conversaciones entre hombres yucatecos. De manera concomitante a ese machismo cotidiano y abrumador, las organizaciones feministas que han surgido en los últimos años NO trascienden a los grupos más vulnerables, ni siquiera son percibidas como una opción para mujeres de ideología conservadora, o que sufren cualquier tipo de marginación. Así, la mayor parte de las mujeres violentadas, con su silencio, perpetúan el mito del Yucatán sin violencia.

El espantoso crimen de Fátima se originó en el abuso sexual, pero, sobre todo, en el enraizado crimen del macho adulto que abusa de niñas menores. Y en pleno siglo XXI, sigue siendo un SECRETO A VOCES que eso es una realidad cotidiana en Yucatán, sobre todo en localidades rurales, donde es común que un hombre adulto abuse sexualmente de sus hijas, en ocasiones incluso con el forzado auxilio de la madre. Decenas de casos semejantes se encuentran en el CAIMEDE, pero muchísimos más se quedan entre las paredes de las casas de poblaciones fuera de la capital estatal. No es raro que este abuso también sea llevado a cabo con varones, y también en ocasiones es realizado por los hermanos mayores.

Laura, la mujer policía y madre soltera que mencionamos al principio, tal vez no esté enterada de todo esto, pero tal vez lo que realmente ocurra es que cierra los ojos ante una realidad demasiado dolorosa para ser aceptada. Tristemente, NO sirve de mucho que estuviéramos a salvo de delincuentes foráneos: el caso es que ya los tenemos aquí, y en gran cantidad, sobre todo hombres violentos y depredadores sexuales.

Entre los muchos errores que se le han señalado al gobernador Mauricio Vila, en este tema queremos destacar el acierto de haber escalado hasta el nivel de Secretaría al antiguo Instituto de Equidad de Género. Darle mayor presencia y poder a las instituciones involucradas en el combate a la violencia de género siempre será importante. Pero, sin duda, no es suficiente. El trabajo, además, no puede quedarse en el ámbito gubernamental: debe involucrar a todas las instancias, de manera sostenida y durante mucho tiempo para comenzar a ver resultados. Lo terrible es que entre nosotros aún ni siquiera ha empezado: creemos los yucatecos seguir viviendo en la pacífica tierra del Faisán y del Venado, cuando en medio de nosotros suceden cotidianamente miles de tragedias, guardadas entre sollozos u ocultas en suicidios inexplicables.  

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A propósito de…

La protesta enérgica única forma de hacernos escuchar

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito del hartazgo de nosotras las mujeres frente al exacerbamiento de la violencia en nuestra contra, tanto en la cantidad como en la crueldad con que se manifiesta, me parece que vemos indicios de que la fuerza y la contundencia de la protesta que ha tenido lugar en el país, en general, y en la Ciudad de México, en particular, empiezan a generar cambios, así sean insuficientes, tardíos y a cuentagotas.

Dos feminicidios han consternado a la sociedad en una semana: contra una mujer, por parte de su pareja y contra una niña, sin aclararse hasta el momento de redactar esta colaboración el móvil. En ambos casos la saña es inaudita, el imperio de la sinrazón.

Por supuesto, no me referiré a detalle alguno sobre estos dos casos, hubo quien llegó al exceso de publicar fotografías en un acto de mercenarismo periodístico, en el que prevaleció la lógica mercantil por encima del rigor y la ética; se revictimizó a la familia y se alimentó el morbo.

He leído y escuchado que estos casos no son aislados, sino constantes. Es verdad, los datos de organismos que llevan el registro de la violencia contra niñas, niños y mujeres, son alarmantes. En este espacio hemos dado cuenta de ellos una y otra vez, porque se trata de temas que, junto con las circunstancias de desventaja de las personas con discapacidad, me son especialmente importantes y sensibles, como deberían serlo para la sociedad en su conjunto.

¿Y si estos hechos lamentablemente no son la excepción, por qué estos dos casos despertaron el interés, la participación, el enojo de la sociedad y una respuesta no vista antes por parte de las autoridades de la Ciudad de México?

Tengo la impresión de que es el efecto de las movilizaciones de los últimos tiempos por parte de las mujeres, que han puesto esta dolorosa realidad en la mira de todos. Independientemente de aquellos que han satanizado las formas de la protesta, que a mí me parecen explicables y hasta necesarias, ante los oídos sordos de quienes tienen los elementos para  poner un alto a lo que explica la multiplicación de los feminicidios: la impunidad.

Contrariamente a lo que hemos visto, por ejemplo, en el Estado de México, que ocupa el número uno en la lista de crímenes en razón de género sin que autoridad alguna tome cartas en el asunto, mucho menos el gobernador – ¿hay gobernador en esa entidad o es un holograma que proyectan en los actos públicos? – en la CDMX se involucraron las dos más altas autoridades en materia de justicia, la jefa de gobierno y la fiscal.

Es la primera vez, en más de un año de gobierno, que Claudia Sheinbaum y Ernestina Godoy  intervienen personalmente, aunque no se trata de los primeros casos, ha habido muchos en lo que va de la actual administración. Insisto en que es el resultado del tamaño y la contundencia de la protesta de las mujeres.

En materia de feminicidio, de maltrato, de abuso sexual, de acoso, es fundamental que haya castigo, porque si este problema ha escalado en todo el país, es porque no hay consecuencias para los perpetradores. Lo pueden hacer una, dos, diez, treinta, cien veces y seguir con su vida sin siquiera el temor de ser atrapados porque saben que eso no sucederá.

La presencia de estas dos autoridades, mujeres por fortuna y por ello con una mayor sensibilidad ante el tema, manda una señal: en la Ciudad de México se van a aplicar todos los recursos en la investigación, la búsqueda y el enjuiciamiento de los feminicidas. Esperemos que no se trate únicamente de apariencias, sino de una verdadera convicción. 

Siempre me ha asombrado la inmovilidad social y de las instituciones frente a la desaparición de mujeres, niñas y niños. ¿Por qué no estamos todos exigiendo y participando en su búsqueda?, me pregunto cada vez.

Hay quienes no aprueban el cariz de las movilizaciones, pero es el reflejo de la desesperación. Mueren mujeres y niñas, sin que a nadie parezca importarle. Hay cientos, miles de familias que llevan años buscando a una hija. Es bien sabido que la policía y los ministerios públicos desdeñan las denuncias por desaparición,  inventan teorías para no hacer su trabajo.

Cuando se trata de violencia de género, de abusos sexuales, de acoso, revictimizan a quienes denuncian, banalizan las acusaciones y dejan en la indefensión a quienes acuden en busca de protección. ¿Cuántos casos hay de mujeres que tras el menosprecio de quienes tienen la  obligación de cuidarlas se ven obligadas a regresar junto a quien las volverá a agredir, con mayor brutalidad?

La reacción del gobierno local no es espontánea sino el efecto de la visibilización que, sobre el tema de la violencia de género, han logrado las mujeres con  marchas, con pintas, con gritos, con quemas, con  insultos, con tomas de escuelas, para expresar la impotencia de décadas, de siglos. Al parecer, es la única forma de que se nos escuche.

Quienes tienen en su mano que este tipo de protesta cese o adopte la “corrección política” son justamente las autoridades que están obligadas a atender con eficacia, con seriedad, con compromiso, un problema social de tales dimensiones.

Lamentablemente, es algo que no parece estar en el panorama del presidente López Obrador, quien mantiene su discurso sobre modificar el comportamiento moral de la sociedad. Es un buen deseo de largo plazo de su parte, pero mientras tanto ¿cuántos feminicidios tendrán que pasar antes de que el Estado acate la responsabilidad de cumplir y hacer cumplir la ley?

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Editorial

El derecho al Fuego

Otto Cuauhtémoc Castillo González

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El Fuego tiene la propiedad de hipnotizarnos. Podemos ver la llamita bailar y bailar en completa concentración sin mayor dificultad. Tan fuerte y misterioso es su velo que hasta Heráclito de Éfeso determinó que el fuego es la primera materia y la primera fuerza. Su filosofía tenía la idea central de la lucha indisolube de contrarios, una protoconcepto de la dialéctica marxista.

En cierto sentido, el fuego tiene una suerte de purificación.

Las raíces socioculturales profundamente misoginas y machistas de México aún siguen persistiendo en el 2020. Esto es evidente desde la negativa de un amplio sector que se niega y horroriza del uso de un lenguaje incluyente y no sexista, hasta la perpetración de los crímenes en razón de género más perturbadores.

Esta semana muchas personas nos levantamos con la noticia de Fátima, víctima de violencia de género a los 7 años. Fátima fue secuestrada, torturada y asesinada. México, machista hasta los huesos, revíctimiza a la madre de familia que llegó 20 minutos tarde por su hija, en vez de focalizar la atención en la persona agresora y el sistema sexista que mantiene y reproduce la violencia. Muchas personas volvimos a sentir la desesperanza de estar viviendo en un Estado de Derecho inservible, en un país roto de la médula hasta la esperanza. El desasosiego, el miedo y la indignación ya son una constante.

Slavoj Žižek, citando a Frederich Jameson, afirmó que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, horizonte y origen que comparten todas las violaciones de derechos humanos. Dicho de otro modo, parecierá más sencillo -y más realista- aniquilar todas nuestras estructuras que reformarlas.

El presidente (inusualmente, con mínusculas) durante la mañanera ha pedido a las feministas que no pinten las paredes y las puertas, dando a entender que “no son las formas” de exigir la efectividad de los derechos. Se atrevió a publicar un decálogo estéril en contra de la violencia de género cuando en su propia administración se recortó el presupuesto para refugios a mujeres víctimas de violencia.

Pintar paredes y puertas es lo menos. El presidente y muchísimas personas no entienden que no existe objeto ni manifestación artística, pintura, escultura u obra arquitéctonica, que sean más valiosas que la dignidad humana. Los daños y destrucción de éstos no son más que una respuesta ante la indignante situación que atraviesa el país, y que afecta especialmente a las mujeres.

Regresando a las “formas” de exigir los derechos, José Martí, el Apóstol cubano, durante un brindis celebrado en honor del periodista Adolfo Márquez Sterling, el 21 de abril de 1870, en los altos del restorán El Louvre, de La Habana, exclamó: Los derechos se toman, no se piden; se arrancan, no se mendigan.

Es necesario quemar todo. Están en su derecho. Empecemos, por supuesto, por el lenguaje. Continuemos por el sexismo. Terminemos, claro, por quemar todo.

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