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Editorial

¿Pretende El Yunque local apoderarse del gobierno de Yucatán?

Mario Alejandro Valdez

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El pasado viernes, una combativa y nutrida marcha manifestó de nuevo la protesta popular contra el aumento de impuestos y la represión del pasado 19 de enero. Esta vez, los protestantes pudieron expresarse con toda libertad, incluso saludando con beneplácito el pacífico acompañamiento de la policía municipal meridana, dependiente del Ayuntamiento que preside Renán Barrera Concha. De parte del gobierno del Estado hubo prudencia, y las declaraciones, duras y altisonantes durante los primeros días posteriores al 19, se convirtieron, aún en las mismas bocas que antes amenazaron, en llamados a la concordia y compromisos de pleno respeto a la libertad de expresión. Incluso en sus redes sociales, los allegados al gobernador Mauricio Vila y a su partido se mostraron prudentes, sin mayores alusiones al conflicto de los días precedentes. Vaya, hasta se moderaron en sus sistemáticos y hasta en ocasiones ridículos ataques contra el presidente López Obrador. Sin nuevas marchas en la agenda, pareciera que las próximas semanas serán tranquilas para el vapuleado gobernante y los funcionarios que enfrentaron con retórica verbal la crisis de hace un mes.

Pero también ese espacio ha dado tiempo a los análisis de los politólogos de todos los colores y trincheras. Y desde dentro del gobierno local y de su partido va cobrando fuerza una hipótesis: la represión NO fue ordenada por Mauricio Vila ni por ningún funcionario de seguridad, sino fue lanzada, de manera errática y confusa, por un grupo de ultraderecha que opera en varias secretarías, pero sobre todo en la que debería estar encargada del diálogo y la armonía: la de Gobierno.

Según versiones off the record, la cabeza visible del grupo sería la abogada María Dolores Fritz Sierra, secretaria de Gobierno, pero el mayor protagonismo correspondería al contador Fernando Rosel Flores, subsecretario de Prevención y Reinserción Social, hijo del extinto y distinguido panista Benito Rosel Isaac, quien también ocupó una subsecretaría en Gobierno en los tiempos de Patricio Patrón Laviada. Pero Fritz y Rosel serían, según esta versión, sólo las puntas del iceberg. El verdadero poder detrás de ellos lo ejercería un amplio y muy acaudalado grupo de empresarios, de ideología ultraconservadora, y que representan desde hace décadas una de las principales facciones del Partido Acción Nacional.

Recordemos que El Yunque es una organización secreta de ultraderecha fundada en el Bajío y el Centro del país en la década de 1950, vinculada a los sectores más conservadores de la Iglesia Católica. De acuerdo con las investigaciones que se han realizado al respecto, El Yunque está integrado por grupos de élite, formados en escuelas religiosas, cuyos principales objetivos son contrarrestar los avances del feminismo, la diversidad sexual y la ideología progresista. Se afirma que su mayor deseo es “establecer el reino de Dios en la Tierra”, combatiendo a los NO católicos –ateos, librepensadores, miembros de otros credos y hasta a los propios católicos progresistas- como hijos de Satanás. La organización se expandió a todo el país, e incluso al extranjero, en las décadas de 1960 y 1970, y se conjetura su participación en el Golpe de Estado de Chile en 1973, en el fallido Golpe contra la democracia española en 1981, así como sus vínculos con el siniestro Marcial Maciel y sus Legionarios de Cristo, de los que hablamos en pasada colaboración.

¿Realmente se habrá establecido con fuerza El Yunque en Yucatán? ¿Serán esos poderosos empresarios de ultraderecha del grupo de egresados de los colegios legionarios? No lo podemos asegurar, pero de confirmarse, sería otro factor relevante para mantener a nuestro Estado en la ilegalidad, ante la violación del derecho humano a la igualdad para los yucatecos de la diversidad sexual. Muchas cosas cobran así sentido, tanto en la absurda negativa al matrimonio igualitario como respecto a las declaraciones contra los “fuereños” y contra los grupos progresistas. También los ataques contra funcionarios NO yunquistas dentro del propio gobierno de Vila, como las secretarias Fridman, de Fomento Turístico, y Herrera Páramo, de las Mujeres, destacadas profesionales nacidas por cierto, ambas, en la Ciudad de México, “fuereñas”, pues, según el rasero de la abogada Fritz.

Las evidencias están sobre el tapete. Lo que es indudable es que la represión del pasado 19 de enero es atípica para la coyuntura actual, contradice la conducta política manifestada por Mauricio Vila durante su exitosa gestión como Alcalde de Mérida, y NO es acorde tampoco con la historia del PAN yucateco. Entonces, NO podemos descartar que yucatecos muy yucatecos, pero también muy contaminados con la “fuereña” ideología de El Yunque, estén intentando imponer su agenda en las complejas circunstancias que nos ha tocado vivir.

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Editorial

En Bolivia la máquina del terror está en movimiento

Mario Alejandro Valdez

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Foto de Julián Durán Bojórquez

No compartimos las teorías conspiranoicas sobre un origen malévolo, artificial e interesado de la pandemia de COVID-19. Además de las sólidas evidencias científicas con las que se cuenta sobre su génesis zoonótica, los especialistas ya habían advertido, al menos desde hace dos décadas, sobre la latente amenaza de los coronavirus, vinculada a dos factores concurrentes: la creciente invasión humana a los cada vez más escasos reservorios de vida silvestre, y la también creciente interconectividad de la vida económica y social. El virus que hoy nos afecta ha vivido por décadas, tal vez por siglos, en poblaciones animales, y sólo recientemente ha dado el salto a nuestra especie. Una vez producido este hecho, su difusión universal ha sido vertiginosa e imparable: lo que a la peste y al cólera les llevó décadas recorrer, al COVID-19 le ha tomado unos pocos meses, y, por lo que se puede percibir de la situación de Europa Occidental, las olas subsecuentes, que antes demoraban varios meses e incluso años en producirse, ahora se han materializado al cabo de pocas semanas. Aunque la tesis de una creación artificial del virus es tan popular como el surgimiento de una cura mágica, lo cierto es que corresponden a esa legendaria idea que comúnmente brota en el pensamiento humano cuando se apodera de él la incertidumbre.

Pero es indudable que, pese a su origen natural, el virus SARS-COV-2 ha sido aprovechado por diversos actores y grupos de poder para impulsar sus propias agendas. Tal vez la manipulación más burda la tenemos en los Estados Unidos, con el presidente Trump, quien tras restarle importancia a la enfermedad, intentando mantener la economía en pleno movimiento para evitar los catastróficos efectos del cierre, de pronto cambió el discurso, pasando a un tono apocalíptico, aunque sin abandonar sus zigzagueos irresponsables. Ahora, a tres meses de las elecciones nacionales, y con una desventaja de cerca de 15 puntos respectos al candidato demócrata Joe Biden, apuesta todo a lograr una “vacuna nacional”, es decir, una preparación de origen norteamericano, que se aplique en primera instancia sólo a los ciudadanos norteamericanos, y que permita alcanzar la tan preciada inmunidad ante la terrible amenaza viral. Anunciar este logro unos pocos días antes de la jornada comicial le permitiría a Trump –consideran sus estrategas- revertir cualquier desventaja.

Pero este manejo inmoral y anti-ético de la pandemia y de la vacuna es un juego de niños si lo comparamos con lo que está ocurriendo en Sudamérica, en particular en la tierra de Evo Morales, la sufrida Bolivia, en donde fuera cruelmente asesinado el inmortal “Che” Guevara hace más de medio siglo, y en donde una derecha neonazi encabezó un siniestro Golpe de Estado el pasado noviembre. La vigorosa reacción popular que siguió al Golpe dejó la situación en un impasse, en cual el gobierno interino de facto cohabitó con un parlamento mayoritariamente izquierdista, situación que debió solucionarse en las elecciones extraordinarias de mayo de este año, en las que todas las encuestas anticipaban el amplísimo triunfo del Movimiento al Socialismo. La pandemia, sin embargo, motivó una nueva inmovilidad en el proceso, provocando un primer aplazamiento para el 6 de septiembre.

Como todos los gobiernos latinoamericanos, los golpistas bolivianos decretaron un confinamiento parcial en los meses primaverales, cuando el contagio aún no se había extendido, y ahora, a partir del verano, se ha producido una epidemia descontrolada. El resultado, en términos políticos, ha sido galvanizar más aún la resistencia de los sectores de izquierda, y erosionar el apoyo que algunos sectores de la clase media le otorgaban a la derecha. En un ejercicio electoral relativamente libre, el MAS obtendría un triunfo aplastante, pero, evidentemente, ese escenario se encuentra fuera del script de la derecha. Ante ello, el órgano electoral, controlado por los golpistas, ha decretado un  nuevo aplazamiento, algo absolutamente rechazado por el parlamento y por la izquierda.

El pueblo en resistencia ha salido a las calles a defender su derecho al voto, pero la derecha ha amenazado con volver a utilizar al ejército y reprimir furiosamente las protestas., con el pretexto de la emergencia sanitaria. Se ha dicho, falsamente, que los manifestantes están bloqueando los suministros médicos, y, en los momentos en que escribimos estas líneas, efectivos militares se están posicionando frente a los miles de obreros y campesinos que se dirigen a La Paz para exigir la realización de las elecciones en el tiempo previsto.

No hay que olvidar que esta dramática crisis política fue precipitada precisamente por la derecha al derrocar, corrompiendo a los principales mandos del ejército y la policía, al gobierno constitucional y democrático de Evo Morales. No hay que olvidar que el “gobierno interino” ha pasado de las amenazas y las acciones de represión violenta, al urdido de una inmensa cantidad de mentiras y simulaciones frente a un pueblo combativo y organizado, que ha mantenido su heroica resistencia en las condiciones más difíciles imaginables. Y en el momento actual, con la epidemia descontrolada y en su peor momento, la decisión unilateral y desproporcionada del órgano electoral ha sido una nueva afrenta imposible de tolerar.

El nuevo aplazamiento electoral es un claro acto de provocación estratégicamente diseñado para motivar las protestas y, con ello, justificar la represión, nuevos aplazamientos de las elecciones e incluso actos de mayor ilegalidad, como el desconocimiento del parlamento y la privación de la libertad para diputados y dirigentes sociales. La máquina del terror ha sido puesta en marcha en la pequeña nación sudamericana como un ominoso aviso de que para la derecha la democracia y los derechos humanos son tan sólo elementos discursivos sin significado real. Ante ello, la solidaridad internacional con el pueblo boliviano es imprescindible.

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A propósito de…

Las televisoras como maestras o la iglesia en manos de Lutero

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito del anuncio de la Secretaría de Educación Pública respecto al inicio del ciclo  escolar el próximo 24 de agosto a distancia, a través de canales de la televisión abierta, es evidente que, así como sucede con la salud, la pandemia encontró a México en uno de los peores momentos de su sistema educativo.

Si la epidemia de SARS Cov-2 irrumpió en un país con un rezago de 4 décadas en la infraestructura hospitalaria, 327 hospitales abandonados o en construcciones sin terminar, prácticas corruptas en la adquisición de medicamentos y connivencia entre las autoridades anteriores y las farmacéuticas con el otorgamiento de contratos desventajosos para las finanzas nacionales y, por ende, para los usuarios, la situación educativa no está en mejores condiciones.

De acuerdo con datos del Instituto Nacional de la Infraestructura Física Educativa INIFED, el año pasado el 31 por ciento de las escuelas de educación básica presentaba un daño estructural y el 33 por ciento funcionaba con alguna estructura atípica, el 55 por ciento tenía carencias de accesibilidad y el 63 por ciento no contaba con servicios de Internet.

En primaria, el 67 por ciento de los planteles tenían al menos un estudiante con discapacidad y sólo el 33 por ciento contaba con personal especializado para darles la atención requerida. Sólo el 62 por ciento de las escuelas refirieron que todos sus alumnos tenían libros de texto gratuitos.

¿Qué puede importar eso cuando las clases tendrán lugar a distancia? Importa en tanto que los estudiantes carecen de las bases académicas para asumir la responsabilidad de su formación en adelante y hasta el final de la pandemia, teniendo al aparato de televisión como docente.

De acuerdo con los resultados de la prueba PLANEA, en 2018 los niveles de desempeño de los alumnos de sexto año de primaria fueron los siguientes: en Lenguaje y Comunicación, el 49 por ciento de los estudiantes alcanzaron el nivel I, es decir, insuficiente; el 33 por ciento el nivel II, básico; el 15 por ciento, nivel III satisfactorio y el 3 por ciento alcanzó el nivel IV, sobresaliente. En cuanto a matemáticas, los resultados no fueron mejores, 59 por ciento de los alumnos se ubicaron en el nivel I; 18 por ciento el nivel II; 15 por ciento el nivel III satisfactorio y el 8 por ciento el nivel IV.

Con una formación académica tan deficiente, más de 25 millones de estudiantes y sus familias deberán depositar su confianza en aquellos que durante décadas consideramos corresponsables de la catástrofe educativa del país: las televisoras privadas.

Venimos de cuatro décadas en las que se buscó la privatización de la enseñanza y el Estado se desentendió de la obligación de mejorarla. Armaron campañas para desprestigiar a los profesores, se permitió el funcionamiento de instituciones “patito” en todos los niveles, desde  jardines de niños en viviendas unifamiliares adaptadas, hasta universidades a las que no se les escatimó el reconocimiento oficial, no obstante el paupérrimo nivel académico.

Durante todo ese tiempo, muchos identificamos a las televisoras como participantes en la decadencia educativa, con  la emisión de programas basura que nada aportaban al mejoramiento intelectual de la sociedad. Por el contrario, insistieron en la presentación de estereotipos y de contenidos de ínfima calidad. Además, coadyuvaron al desastre de salud  actual al promover el consumo de productos dañinos.

Aquellos que por décadas han bombardeado al público con mensajes misóginos, excluyentes, homófobos, discriminadores y clasistas; han contribuido a las campañas de desprestigio contra los profesores; han participado en el empobrecimiento y degradación del idioma y, en síntesis, han alimentado la ignorancia, serán los encargados de hacer llegar algo, que difícilmente podría llamarse educación, a niños y adolescentes.

Recordemos uno de los momentos más reprobables del quehacer de las televisoras en contra del bienestar de los mexicanos, cuando el conductor de noticias de Televisión Azteca, Javier Alatorre conminó a la población a “no hacer caso” al subsecretario López Gatell, como parte de una campaña de su jefe Ricardo Salinas, contra las medidas de confinamiento y sana distancia. A la fecha no se ha determinado el peso de tal mensaje en el agravamiento de la pandemia.

Se podrá argüir que “no queda de otra” en la actual situación de emergencia, cuando la prioridad es la salvaguarda de la salud de los más jóvenes, pero utilizar a las televisoras como medios para distribuir los contenidos educativos, así sea temporalmente, equivale a “dejar la iglesia en manos de Lutero”, como decían nuestros antepasados.

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La política en Yucatán

Introspección histórica: la prensa y la Guerra de Castas

Mario Alejandro Valdez

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Justo Sierra O’Reilly es una de las glorias mayores de las letras yucatecas. Escritor de nivel nacional, es considerado el padre de la novela histórica, uno de los giros más importantes del romanticismo. Fue también un dedicado historiador, además de activo diplomático, político y jurisconsulto, que llegó a colaborar, al final de su vida, con el gobierno de Benito Juárez. Pero, creemos, su legado más importante lo escribió –literalmente- en el ámbito periodístico, un ramo que cultivó con pasión y asiduidad desde su juventud hasta su muerte. De hecho, sus escritos históricos y novelísticos vieron la luz en los periódicos que dirigió, entre los que destacan El Museo Yucateco (1841-1842), Registro Yucateco (1845-1846) y El Fénix (1848-1851).

Cabe destacar las amplias virtudes literarias de don Justo Sierra antes de analizar su legado periodístico: sus escritos poseen una extraordinaria legibilidad –cualidad que le permite atrapar al lector e inducirlo, por el interés despertado y la claridad utilizada, a concluir rápidamente la lectura del texto-, una esmerada corrección –no muy común en sus tiempos-, una notable base documental –algo también muy singular en su época-, una ingente imaginación –que en ocasiones entraba en contradicción con el punto anterior-, y una extraordinaria versatilidad temática. Sus credenciales literarias son, pues, enormes y muy legítimas.

Pero, muy aparte de sus talentos, Sierra O’Reilly era un hombre de su tiempo: hijo no reconocido de un importante sacerdote católico y de una criolla de buena posición, el periodista pasó su infancia en el pueblo de Tixcacaltuyú, Yaxcabá, una población en la que su familia, sin ser rica, representaba el predominio blanco sobre la mayoría indígena. Con el tiempo, abrazó el liberalismo y rechazó la influencia clerical, pero jamás superó su visión racista y discriminatoria. En sus ojos –y, por ende, en sus letras- sólo los criollos tienen una existencia real y protagónica. Indígenas y mestizos son meras sombras, accidentes, seres sin valor y sin futuro, degradados por su origen, sus vicios y la explotación que habían sufrido a lo largo de los siglos coloniales.

El estallido de la Guerra de Castas, en julio de 1847, encontró a don Justo en la cúspide de su accionar político, recién casado ni más ni menos que con la hija del entonces gobernador. En ese contexto, su suegro lo envió a los Estados Unidos para intentar conseguir cualquier tipo de ayuda a fin de derrotar la sublevación. Desde la desesperación de la distancia, Sierra O’Reilly fue escribiendo las letras lapidarias que le darían –desde la perspectiva de los blancos yucatecos- sentido a lo que llamó “lucha entre la civilización y la barbarie”.

Fueron estos escritos, muchos de ellos publicados en El Fénix en un largo ensayo histórico que tituló “Consideraciones sobre el origen, causas y tendencias de la sublevación de los indígenas, sus probables resultados y su posible remedio”, y que luego fuera publicado como libro con el título de Los indios de Yucatán, los que propiamente crearon el concepto popular de la Guerra de Castas como una guerra de exterminio. Fue Sierra O’Reilly, con la visión colonialista heredada de su padre sacerdote y su madre criolla, quien materializó en letras impresas los profundos temores de los blancos ante la siempre temida rebelión maya; y fue este visión reduccionista la que borró de aquella historia la presencia entre los rebeldes de decenas de líderes de diferentes grupos étnicos–incluidos los criollos-para crear la imagen de que los rebeldes eran una horda de salvajes sedientos de sangre, alcohol y sexo.

Aquejado de lepra –paradójicamente, un padecimiento que en esos tiempos provocaba una crudelísima discriminación-, Sierra O’Reilly murió joven, antes de cumplir 50 años, pero su visión racista sobre la Guerra de Castas permeó el imaginario yucateco por el siguiente siglo, lo que incluye la obra de historiadores tan destacados como Serapio Baqueiro, Eligio Ancona y Juan Francisco Molina Solís. No fue sino hasta la segunda mitad del siglo XX cuando una historia ya profesional comenzó a desmantelar muchos de los mitos sobre la Guerra, en una labor de la que aún falta mucho por hacer.

¿Cómo pudo la prensa tener una influencia tan grande en una sociedad básicamente ágrafa? Efectivamente, los periódicos de la época se editaban tan sólo por cientos, en un Yucatán en el que las personas alfabetizadas no representaban ni la décima parte de la población. Pero ello multiplicaba la influencia de los pocos leídos e instruidos, muchos de ellos sacerdotes y profesores, que en sus sermones y clases reproducían aquella ideología de exclusión, intolerancia y temor, que, además, se afincaba en bases modeladas por los siglos de dominio y explotación colonial.

Así, podemos considerar que la prensa de la época de la Guerra de Castas jugó un papel preceptivo en la construcción de una identidad anti-indígena en las ciudades, las villas y muchos pueblos de Yucatán. Un contexto en el que grandes genocidas, como Eulogio Rosado y Francisco Cantón, se convirtieron en héroes y recibieron –y aún reciben- grandes homenajes por haber perpetrado masacres contra el pueblo maya y los rebeldes de 1847. Todavía en 1906, cuando la visita de Porfirio Díaz, el dictador fue presentado como el gran vencedor de la guerra contra la barbarie.

Pero así como fue el Porfiriato el marco para dar por concluida la Guerra de Castas, también fue la época de los grandes proyectos de desarrollo y de las grandes luchas interoligárquicas. La prensa fue también escenario privilegiado de estos nuevos encuentros, como veremos en nuestra próxima colaboración.   

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