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Editorial

La fiesta política

Miguel II Hernández Madero

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Las elecciones serán el próximo año, pero desde ahora políticos “suspirantes” ya están saliendo a ensayar sus mejores pasos, a probarse los disfraces y a ensayar sus sonrisas, aprovechando que todo es alegría en tiempos de Carnaval.

Esto no tendría nada de malo, porque se trata de una legítima aspiración de todo ciudadano, pero lamentablemente vemos un desfile de funcionarios y exfuncionarios que de una u otra forma ya están haciendo su labor de promoción personal recurriendo a viejos y gastados discursos, que a pocos convencen, a muchos menos agradan y a nadie les alegra el día.

Este desfile precarnavalezco de políticos en el ámbito local, únicamente está sirviendo para el desgaste de la imagen personal y el derroche de recursos, de una manera insultante en un estado con el 46 por ciento de su población en condición de pobreza y con 136 mil habitantes catalogados en los umbrales de pobreza extrema.

Con ese panorama de frente, ¿resulta esto sano? Difícilmente, pero hay de todo, como en botica. Tenemos a los políticos que esperan cualquier oportunidad para colgarse la bandera, pero que son dueños de una piel muy delgada y cualquier cosa les arde. Tenemos también a quienes con viejos discursos pretenden convencer; otros más se cambian de disfraz, según las circunstancias, y algunos están saliendo de su ostracismo, para tratar de hacerse notar, pero con pocos resultados positivos,

En todos los casos juegan un papel muy importante los aplaudidores, quienes le hablan bonito al oído a esos miembros de la casta política, pero lo peor de todo es que se lo creen, cerrando los ojos a la realidad social de un estado en pobreza, con ingresos por debajo del umbral de la pobreza, con trabajo mal pagado, con problemas de salud pública y con cierto nivel inseguridad, sin que haya un organismo rector que pueda poner orden.

Y para hacer más espeso el caldo, tenemos agrupaciones “ciudadanas” que pretenden meterse en la fiesta, para que les toque alguna rebanada de pastel, aprovechando que las cosas están revueltas, que no hay oposición a la vista y que ya les da lo mismo a los políticos el usar una camiseta u otra, total, lo importante es vivir del erario, sangrar las arcas públicas.

No obstante, hay un detalle que no debe perderse de vista: legalmente los legisladores y los alcaldes podrán reelegirse de manera inmediata y eso puede crear conflictos entre los grupos políticos de manera generacional, porque se corre el riesgo de que las generaciones “nuevas”, sean desplazadas al no querer ceder posiciones los políticos de viejo cuño.

El panorama se antoja interesante. Será una batalla campal que se recrudecerá conforme avance el año y definitivamente, quien quiera llegar, no encontrará el camino recurriendo a fiestas populares, para ver el viejo ritual del partido, con representantes de seccionales, políticos del pasado, casi como cadáveres insepultos y con discursos triunfantes.

Ante esto, para quien o quienes desean recurrir a esa vieja fórmula de “mostrar músculo”, la pregunta ciudadana es: ¿dónde han estado frente a los grandes temas que requieren grandes decisiones y grandes líderes? Pero además deben tener cuidado, no vaya a ser que esas muestras de músculo sólo sirvan para evidenciar la miseria de su visión y capacidad política.

Esperemos que conforme las fechas se aproximen, surjan más opciones, porque será muy triste que, de este Carnaval Político, sólo sea de comparsas, que sigan el ritmo, pero que no se atrevan a tomar decisiones.

 El panorama no es halagador y Yucatán en verdad merece algo mucho mejor. Hasta la próxima

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La política en Yucatán

Introspección histórica: la prensa y la Guerra de Castas

Mario Alejandro Valdez

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Justo Sierra O’Reilly es una de las glorias mayores de las letras yucatecas. Escritor de nivel nacional, es considerado el padre de la novela histórica, uno de los giros más importantes del romanticismo. Fue también un dedicado historiador, además de activo diplomático, político y jurisconsulto, que llegó a colaborar, al final de su vida, con el gobierno de Benito Juárez. Pero, creemos, su legado más importante lo escribió –literalmente- en el ámbito periodístico, un ramo que cultivó con pasión y asiduidad desde su juventud hasta su muerte. De hecho, sus escritos históricos y novelísticos vieron la luz en los periódicos que dirigió, entre los que destacan El Museo Yucateco (1841-1842), Registro Yucateco (1845-1846) y El Fénix (1848-1851).

Cabe destacar las amplias virtudes literarias de don Justo Sierra antes de analizar su legado periodístico: sus escritos poseen una extraordinaria legibilidad –cualidad que le permite atrapar al lector e inducirlo, por el interés despertado y la claridad utilizada, a concluir rápidamente la lectura del texto-, una esmerada corrección –no muy común en sus tiempos-, una notable base documental –algo también muy singular en su época-, una ingente imaginación –que en ocasiones entraba en contradicción con el punto anterior-, y una extraordinaria versatilidad temática. Sus credenciales literarias son, pues, enormes y muy legítimas.

Pero, muy aparte de sus talentos, Sierra O’Reilly era un hombre de su tiempo: hijo no reconocido de un importante sacerdote católico y de una criolla de buena posición, el periodista pasó su infancia en el pueblo de Tixcacaltuyú, Yaxcabá, una población en la que su familia, sin ser rica, representaba el predominio blanco sobre la mayoría indígena. Con el tiempo, abrazó el liberalismo y rechazó la influencia clerical, pero jamás superó su visión racista y discriminatoria. En sus ojos –y, por ende, en sus letras- sólo los criollos tienen una existencia real y protagónica. Indígenas y mestizos son meras sombras, accidentes, seres sin valor y sin futuro, degradados por su origen, sus vicios y la explotación que habían sufrido a lo largo de los siglos coloniales.

El estallido de la Guerra de Castas, en julio de 1847, encontró a don Justo en la cúspide de su accionar político, recién casado ni más ni menos que con la hija del entonces gobernador. En ese contexto, su suegro lo envió a los Estados Unidos para intentar conseguir cualquier tipo de ayuda a fin de derrotar la sublevación. Desde la desesperación de la distancia, Sierra O’Reilly fue escribiendo las letras lapidarias que le darían –desde la perspectiva de los blancos yucatecos- sentido a lo que llamó “lucha entre la civilización y la barbarie”.

Fueron estos escritos, muchos de ellos publicados en El Fénix en un largo ensayo histórico que tituló “Consideraciones sobre el origen, causas y tendencias de la sublevación de los indígenas, sus probables resultados y su posible remedio”, y que luego fuera publicado como libro con el título de Los indios de Yucatán, los que propiamente crearon el concepto popular de la Guerra de Castas como una guerra de exterminio. Fue Sierra O’Reilly, con la visión colonialista heredada de su padre sacerdote y su madre criolla, quien materializó en letras impresas los profundos temores de los blancos ante la siempre temida rebelión maya; y fue este visión reduccionista la que borró de aquella historia la presencia entre los rebeldes de decenas de líderes de diferentes grupos étnicos–incluidos los criollos-para crear la imagen de que los rebeldes eran una horda de salvajes sedientos de sangre, alcohol y sexo.

Aquejado de lepra –paradójicamente, un padecimiento que en esos tiempos provocaba una crudelísima discriminación-, Sierra O’Reilly murió joven, antes de cumplir 50 años, pero su visión racista sobre la Guerra de Castas permeó el imaginario yucateco por el siguiente siglo, lo que incluye la obra de historiadores tan destacados como Serapio Baqueiro, Eligio Ancona y Juan Francisco Molina Solís. No fue sino hasta la segunda mitad del siglo XX cuando una historia ya profesional comenzó a desmantelar muchos de los mitos sobre la Guerra, en una labor de la que aún falta mucho por hacer.

¿Cómo pudo la prensa tener una influencia tan grande en una sociedad básicamente ágrafa? Efectivamente, los periódicos de la época se editaban tan sólo por cientos, en un Yucatán en el que las personas alfabetizadas no representaban ni la décima parte de la población. Pero ello multiplicaba la influencia de los pocos leídos e instruidos, muchos de ellos sacerdotes y profesores, que en sus sermones y clases reproducían aquella ideología de exclusión, intolerancia y temor, que, además, se afincaba en bases modeladas por los siglos de dominio y explotación colonial.

Así, podemos considerar que la prensa de la época de la Guerra de Castas jugó un papel preceptivo en la construcción de una identidad anti-indígena en las ciudades, las villas y muchos pueblos de Yucatán. Un contexto en el que grandes genocidas, como Eulogio Rosado y Francisco Cantón, se convirtieron en héroes y recibieron –y aún reciben- grandes homenajes por haber perpetrado masacres contra el pueblo maya y los rebeldes de 1847. Todavía en 1906, cuando la visita de Porfirio Díaz, el dictador fue presentado como el gran vencedor de la guerra contra la barbarie.

Pero así como fue el Porfiriato el marco para dar por concluida la Guerra de Castas, también fue la época de los grandes proyectos de desarrollo y de las grandes luchas interoligárquicas. La prensa fue también escenario privilegiado de estos nuevos encuentros, como veremos en nuestra próxima colaboración.   

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Editorial

NO PUEDO RESPIRAR

Frei Betto

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Fueron las últimas palabras de George Floyd: “No puedo respirar”. Yo tampoco. No logro respirar en este Brasil (des)gobernado por militares que amenazan las instituciones democráticas y exaltan el golpe de Estado de 1964 que implantó 21 años de dictadura; elogian a torturadores y escuadrones de la muerte; establecen un toma y daca con notorios corruptos del Centrão; plagian ostensiblemente a los nazis; manipulan símbolos judíos: traman, en reuniones ministeriales, cómo actuar fuera de la ley; profieren palabrotas en reuniones oficiales, como si estuvieran en un antro de facinerosos; se burlan de quien observa los protocolos de prevención de la pandemia y salen a las calles, indiferentes a los 30 mil muertos y sus familias, como para celebrar tamaña letalidad. 

 “No puedo respirar” cuando veo la democracia asfixiada; la Policía Miliar protegiendo a neofascistas y atacando a quien defiende la democracia; al presidente más interesado en liberar armas y municiones que recursos para combatir la pandemia; al Ministerio de Educación dirigido por un semianalfabeto que amenaza con repetir la “noche de los cristales” de los nazis, proclama que odia a los pueblos indígenas y propone encarcelar a los “vagabundos” del Supremo Tribunal Federal.

“No puedo respirar” al ver a los comandantes de las Fuerzas Armadas callados delante de un presidente desaforado que no esconde que tiene como prioridad de gobierno su protección y la de sus hijos, todos sospechosos de graves crímenes y de complicidad con asesinos profesionales. 

No puedo respirar” ante la inercia de los partidos que se autocalifican de progresistas, mientras la sociedad civil se moviliza en contundentes manifestaciones de indignación y en defensa de la democracia.

No puedo respirar” ante ese empresariado que, con los ojos puestos en el lucro e indiferente a las víctimas de la pandemia, presiona para que se abran de inmediato sus negocios, mientras que los lechos hospitalarios están llenos y se multiplican en los cementerios las fosas comunes como encías desdentadas de Tánatos.

“No puedo respirar” cuando en Brasil y en los Estados Unidos se agrede, encarcela, tortura y asesina a ciudadanos por el “crimen” de ser negros y, por tanto, “sospechosos”. Me falta el aire al ver a João Pedro, un muchacho de 14 años, perder la vida dentro de su casa al recibir un tiro de fusil por la espalda mientras jugaba con sus amigos. O a repartidores asesinados por policías que nos consideran imbéciles cuando tratan de justificar la muerte de tantos civiles desarmados.

No puedo respirar” al pensar que el bárbaro crimen cometido contra George Floyd se repite diariamente y esos asesinatos permanecen impunes porque no hay una cámara para filmarlos. O al ver a Trump, desde lo alto de su arrogancia, reaccionar a las protestas antirracistas amenazando con callar a los manifestantes acusándolos de terroristas y haciendo intervenir las tropas del ejército.  

¿Cómo oxigenar mi ciudadanía, mi espíritu democrático, mi tolerancia, al verme cercado por imitadores del Ku Klux Klan; por generales improvisados como ministros de Salud en plena tragedia sanitaria; por manifestantes que infringen impunemente la ley de seguridad nacional; y por una Bolsa de Valores que sube mientras millares de ataúdes bajan a las tumbas que reciben a las víctimas de la pandemia?

 ¡Tengo que respirar! No dejar que sofoquen a la sociedad civil, los medios de comunicación, la libertad de expresión, el arte, los derechos civiles, el futuro de la generación condenada a vivir este presente nefasto.

 Respiro, a pesar de todo, cuando leo lo que el diseñador Marc Jacobs posteó en Instagram después de que las protestas en Los Ángeles destruyeran uno de sus establecimientos: “Nunca dejes que te convenzan de que los vidrios rotos o el saqueo son violencia. El hambre es violencia. Vivir en las calles es violencia. La guerra es violencia. Bombardear a las personas es violencia. El racismo es violencia. La supremacía blanca es violencia. La carencia de cuidados de salud es violencia. La pobreza es violencia. Contaminar fuentes de agua para obtener ganancias es violencia. Una propiedad puede recuperarse, las vidas no.

 Hago míos los versos de Cora Coralina: quiero “más esperanza en mis pasos que tristeza sobre mis hombros”.

Frei Betto es autor, entre otros libros, de la novela histórica Minas de Ouro (Rocco).

 www.freibetto.org/>    twitter:@freibetto.

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El pasado nos alcanzó

Salvar las instituciones públicas de salud

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Entre mis recuerdos más recurrentes de infancia está el acudir a consulta de la mano de mi madre, al hospital regional del ISSSTE ubicado en Mérida. Mientras esperaba a ser atendido, admiraba el elevador y el aire acondicionado, tecnologías que no formaban parte de mi cotidianidad. Desde muy pequeño supe qué era un carnet de consulta, una orden de laboratorios y un expediente clínico. En mi cabeza todas las personas tenían que hacer lo mismo para recibir atención médica. En ningún momento consideré que atenderme en el ISSSTE fuera un problema, por el contrario, comprendía perfectamente que, de esa manera, mi madre podía destinar su salario a otras necesidades de la casa.

Conforme crecía, aprendí que un amplio sector de la población prefiere no consultar en instituciones públicas de salud porque teme malgastar el tiempo en burocracia, empeorar su estado de salud durante la espera o, sencillamente, morir en el intento. Aprendí que en esas instituciones no existe personal médico, sino “matasanos”, o que programar una cirugía es una proeza. Y también comprendí, en carne propia, que esta percepción tiene su razón de ser en prácticas que niegan el derecho a la salud, así como las carencias materiales y humanas de clínicas y hospitales.

También he visto a familias perder gran parte de su patrimonio pagando servicios privados de salud que están fuera de su alcance. Las he visto endeudarse, empeñar y vender sus pertenencias, con tal de que sus seres queridos no caigan en el IMSS o el Hospital O’Horán. He escuchado su angustia por no poder pagar una noche más de hospital o el costoso tratamiento de una enfermedad terminal. El llamado gasto catastrófico en salud es una mal que empobrece todos los días a quienes menos tienen.

Pero esto no debería suceder en un país donde el derecho a la salud se procura a través de la seguridad social y la inversión pública, y con un enorme gremio de profesionales altamente preparados. Las instituciones públicas de salud deberían despertar confianza y ser motivo de orgullo para la población mexicana. Hoy que una pandemia nos amenaza, el Estado únicamente ha podido hacerle frente a través de dichas instituciones, que son el pilar del sistema nacional de salud. ¿Qué pasaría si las todas las personas enfermas de Covid-19 tuvieran que pagar las cuentas de un hospital privado? ¿Cuál sería el impacto de la contingencia sin los hospitales de la Secretaría de Salud, el IMSS, el ISSSTE, la SEDENA y PEMEX?

Ahora bien, las dramáticas escenas que hoy nos preocupan, las condiciones laborales que agobian al personal de salud, las limitaciones materiales y humanas para atender la demanda de pacientes, no se originaron con esta pandemia, más bien, se potenciaron y volvieron plática obligada. El abandono de la infraestructura hospitalaria y el racionamiento de los insumos es añejo y no ha cambiado con el gobierno actual. Es un abandono justificado con el desprestigio, con la propagación de la idea de que al hospital público sólo se va a morir. A la clase política no le ha interesado remediarlo, porque ni siquiera se atienden en las mencionadas instituciones, y contribuyen a su deshonra evitando que sus familias pongan un pie en clínicas públicas.

Es de dominio popular que el mayor problema de los servicios públicos de salud es el presupuesto, constantemente insuficiente, no pocas veces recortado. Pero ¿qué sería del IMSS si los legisladores tuvieran que atenderse en él u obtener una incapacidad como cualquier otro ciudadano? ¿Qué sería del Hospital O’Horán si la familia del gobernador tuviera que atenderse en él? ¿Qué sería del servicio de urgencias del ISSSTE si los funcionarios federales del alto rango ahí llevaran a sus hijos(as)? Son instituciones que nunca valorarán ni mejorarán si las elites políticas no corren la misma suerte que el resto de la clase trabajadora, si su salud, vida e integridad, no dependen de la calidad de la atención en el sector público, en vez de pagar por la atención del mismo médico en un consultorio privado. Yo aprendí que mi vida estaba atada a las instituciones públicas de salud cuando mi madre me llevaba a consultar al ISSSTE, cuando estuve hospitalizado en el IMSS, cuando me valoraron la vista en el O’Horán. Si no las fortalecemos, cualquier crisis sanitaria será incontrolable.

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