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Editorial

Mauricio Vila y su laberinto

Mario Alejandro Valdez

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Estamos cerca de entrar al séptimo mes de la pandemia más compleja que la humanidad ha enfrentado en más de un siglo. No podemos afirmar que una sola nación esté a salvo de esta terrible embestida, ni que haya una fórmula mágica para poder “domarla”. En semanas anteriores hemos hecho referencia a Estados Unidos y Chile, dos países americanos que están viviendo momentos de gran sufrimiento y horror, y también hemos señalado como el heroico pueblo cubano ha logrado controlar el flagelo HASTA EL MOMENTO. Pero, mientras el virus esté activo en el mundo, y aún no existan tratamientos y vacunas para enfrentarlo, la amenaza seguirá en alto estatus, como lo han comprobado en días recientes países que habían logrado amplios grados de control, como China, Corea del Sur, Alemania o Nueva Zelanda.

La situación no es diferente en Yucatán. Aquí mismo, y en muchos otros medios, reconocimos la oportunidad y prontitud con la que el gobernador Mauricio Vila tomó las primeras decisiones, allá en el ya lejanísimo mes de marzo. Fuimos de los primeros en cerrar escuelas y actividades no esenciales, en disminuir la movilidad y en ordenar el uso de cubre bocas. Incluso la Ley Seca, criticada por su inoperancia respecto al tema de la violencia, en términos generales se consideró una aceptable medida de salud pública, aunque la proliferación del comercio clandestino terminó por provocar mayores desastres que los que pretendió evitar, y fue retirada entre el aplauso general. A fines de mayo, nuestro Estado se mantenía en un eficiente grado de control epidemiológico y con una incipiente tendencia a la baja.

Pero algo se torció apenas iniciando el mes de junio, y contra todos los pronósticos, e incluso desafiando disposiciones federales, Vila ordenó el inicio de la reactivación económica el 8 de junio. Habiéndola anunciado con 4 días de anticipación, el fin de semana previo, sin controles ni protocolos, muchos negocios pequeños y medianos comenzaron a abrir, por lo que para la fecha establecida, aquello fue una auténtica romería, con excursiones familiares a los establecimientos del centro de Mérida, interminables filas en los paraderos y unidades de transporte público atestadas. Como cualquiera hubiera podido anticipar, las consecuencias de todo ello se evidenciaron dos semanas después, en las cifras que estamos conociendo desde los inicios de la presente semana.

Los negocios mayores y más visibles se tomaron algunos días más para su reactivación, por lo que su gestión, que implica también una inversión mayor, apenas y va tomando forma en estos días. En esas condiciones, y ante el exponencial aumento de casos de COVID-19, comenzaron a filtrarse en las redes y los medios electrónicos testimonios de saturación de hospitales. Al menos en apariencia, lo ganado a la pandemia en tres meses de confinamiento, se está perdiendo en un par de semanas de reapertura.

Por una necesidad esencial, la tarde de este jueves salí de casa, en el poniente de Mérida. Me llamó la atención los escasos vehículos y peatones con los que me crucé. La mayoría de los giros comerciales se encontraban cerrados, y batallé para localizar el servicio que requería. Asumí que, con más de 500 casos en los últimos tres días, la ciudadanía voluntariamente vigorizaba la prevención. Al retornar a casa, mis familiares me informaron que el gobernador daría un importante mensaje en punto de las nueve de las noche. “Volveremos al semáforo rojo”, consideré, con algo de tristeza, pero también de tranquilidad.

Ya sabemos que el mensaje dijo todo lo contrario. Con inexplicable desparpajo, el joven gobernador yucateco minimizó el crecimiento del virus, afirmó –contradiciendo todas las evidencias disponibles-que la capacidad hospitalaria se encuentra en amplísima disposición y anunció que la “ola uno” seguía en toda forma. La reacción de las redes no se hizo esperar, con más del 80 por ciento de comentarios negativos, muchos de ellos exaltados. Sus correligionarios, en cambio, en su enorme mayoría, han guardado un ominoso silencio, demostrando así, probablemente, su desacuerdo con la temeraria medida.

Entendemos que Mauricio Vila se encuentra en un laberinto. Empresario y pro-empresarial, ordenó la reactivación económica justo en el peor momento posible, pulverizando los avances logrados en los tres primeros meses de la epidemia. De golpe y porrazo, Yucatán pasó de ser uno de los cinco Estados que estaban en franca desaceleración de contagios, a ser uno de los cinco con alzas más vertiginosas. Con su desordenada apertura, contribuyó a producir lo que se conoce como “una segunda curva”, mucho más acelerada y peligrosa que la que se tenía originalmente. Es exactamente el mismo error en que incurrieron los Estados norteamericanos de California, Texas, Florida y Arizona, y que tienen al imperio norteamericano “de rodillas frente a un pequeño virus”, como declaró el Dr. Robert Redfield, director de los Centros para el control y prevención de enfermedades del país vecino.

Desesperado por reabrir la economía, Vila probablemente haya desencadenado males peores, y la latente posibilidad de un nuevo cierre, mucho mayor y prolongado, además de las consecuencias para la salud de los yucatecos. No ayuda, definitivamente, que su Secretario de Salud, el Dr. Mauricio Sauri Vivas, sea “su cuate, con el que jugaba fútbol en la adolescencia” –según declaraciones de este destacado profesionista-, y NO, como debiera ser, un experto en salud pública. Sin una autoridad científica que lo respalde, el médico Mauricio no puede oponer muchos argumentos al gobernador Mauricio.

Aún se puede rectificar. Hacemos votos porque se haga. Vila tiene un compromiso para con todos los yucatecos, y estamos convencidos de que desea honrarlo. Probablemente le cueste reconocer sus errores –no lo hecho en una sola ocasión en casi dos años de mandato-, pero nunca es tarde para una primera vez. De lo contrario, el panorama puede pasar, en cuestión de pocos días, de la incertidumbre al desastre.

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Editorial

La visita a EU: jonrón plenario de AMLO

Mario Alejandro Valdez

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Verano de 1992, noche calurosa en el Parque Kukulcán. En el campo nuestros Leones pierden 5 carreras a 2 frente a los temibles y odiados Diablos Rojos del México. Novena entrada, dos outs en la pizarra, a Diablos, que pelea el liderato de la Liga con sus archienemigos Tigres del México, le basta dominar a sólo un jugador más para alzarse con el triunfo. Al bate el norteamericano Tommy Hinzo, un gringo atípico, de breve estatura y muchísima velocidad. Los fanáticos esperamos que Hinzo logre llegar salvo a primera y mantenga el ataque, para que bateadores más poderosos acerquen a nuestro equipo. Pero el estadounidense tiene otra idea: ataca con ferocidad una recta en el centro, lanzada por Salomé Barojas, el mejor relevista de todo México, con una experiencia de cinco años en las Grandes Ligas, y ¡PUM!… ¡la pelota viajó más de 150 metros, por encima del graderío! En una sola jugada, con duración de menos de cinco segundos, Leones, que perdía 5 carreras a 2, ganó por 6 a 5. ¡La locura se apoderó de las tribunas y del terreno!

Esa jugada, que cambia dramáticamente el escenario en un abrir y cerrar de ojos, se llama jonrón plenario, y es, probablemente, la acción más espectacular de todo el béisbol. Pues bien, sin lugar a dudas, el presidente López Obrador ha conectado un jonrón plenario este miércoles durante su exitosísima visita a la Unión Americana. Acompañado de los empresarios más poderosos de México, recibido con todos los honores y racimos de elogios por el actual capitán del Imperio, López Obrador dejó anonadados, en silencio sepulcral, a sus eternos y obsesivos enemigos de la derecha fanática, que repiten un día sí y otro también que ya somos Venezuela, que AMLO es hijo de Chávez, que su gobierno es una dictadura comunista.

El triunfo fue inmaculado: en Washington lo vitorearon importantes multitudes, pese a las restricciones propias de la emergencia sanitaria; en la Casa Blanca dictó cátedra en breve pero certero discurso; en la cena de honor, elegante pero austera, en la que los platos mexicanos dieron el toque de distinción, halagó a los grandes capitanes de la industria y el comercio de ambos lados de la frontera, aplastando los argumentos de que su gobierno desincentiva la inversión y ocasiona nerviosismo en el capital.

Durante su excepcional discurso, el presidente mexicano destacó las figuras históricas de sus antecesores Benito Juárez y Lázaro Cárdenas. Por supuesto que no fue casual recurrir a dichos personajes: Cómo Juárez a mediados del siglo XIX y Cárdenas en la década de los treinta del siglo XX, AMLO ha puesto en ejercicio las artes de la diplomacia para obtener el apoyo de Washington sin sometimientos, negociando en condiciones favorables para nuestro país, algo extraordinariamente raro en una relación bilateral con un país tan hegemónico y políticamente tan cínico como los Estados Unidos.

Trump, por supuesto, juega al vecino bueno, reconociendo la amplísima popularidad de AMLO entre los ciudadanos norteamericanos de origen mexicano, que jugarán un papel crucial en la elección del próximo noviembre. López Obrador lo ha aprovechado a la perfección para capitalizar el momentum, la coyuntura específica, que le permite ponerse a la ofensiva y obtener ventajas, algo que necesariamente recuerda las estrategias del béisbol, el deporte favorito de ambos mandatarios.

AMLO regresa a México con su enorme triunfo, en circunstancias especialmente severas. Con la economía paralizada por la pandemia, el tabasqueño se trae un tratado que genera altísimas expectativas de recuperación, además de establecer, más allá de cualquier duda razonable, el buen ambiente que tiene entre los empresarios más influyentes de aquí y de allá. En el terreno político, la escena fue simplemente devastadora para la oposición de derecha, que cuando fue gobierno tuvo una actitud de abyecta sumisión a los mandatos, que no negociaciones, de los gobiernos estadounidenses. Aun para los reaccionarios más delirantes, la victoria del presidente en el mismo corazón del imperio, durante la presidencia de un líder caracterizado por el egocentrismo y la imprudencia, pero que en esta ocasión cedió humildemente el rol protagónico a su homólogo del sur, fue un auténtico frenazo.

En lo inmediato es un inmenso éxito, pero ¿qué consecuencias tendrá el nuevo Tratado de Libre Comercio en los meses y años por venir? Realmente nadie lo puede saber. En un enfoque alternativo, el pacto entre los dos gobiernos norteamericanos–Canadá está, pero la ausencia del Primer Ministro Trudeau al ceremonial es tan simbólica como real- nos dice mucho de la apuesta que se sigue precisamente frente a la pandemia. Nos queda claro que ambas naciones están apostando por una reactivación desde ya, frente a las posiciones que exigen un nuevo confinamiento. Como las apuestas de Benito Juárez y Lázaro Cárdenas, la de AMLO es muy arriesgada. Sus famosos predecesores triunfaron a toda línea y contra todo pronóstico. Por el bien de México, esperemos que López Obrador también.

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A propósito de…

¿Qué comíamos antes de estar tan enfermos?

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de los mucho decesos por Covid en México a causa del deterioro de la salud de la población, debido a los cambios de hábitos alimenticios en las últimas cuatro décadas, tras la apertura comercial con los Estados Unidos, mi reflexión es en torno a ¿qué comíamos antes de enfermar tanto?

Es bien conocido el aporte de la milpa a la alimentación de los mexicanos desde culturas prehispánicas. Este sistema de cultivo se conoce como la triada mesoamericana, integrada por el maíz, el frijol y la calabaza y productos asociados, como los tomates, diversos tipos de quelites y de chiles, la flor de calabaza y hasta el huitlacoche, ese hongo que surge del elote.

Durante la Colonia, los españoles introdujeron ingredientes que modificaron relativamente la forma de comer en México, aunque la mayor parte de los habitantes, radicados en el campo, mantuvieron el consumo de los tres elementos fundamentales. La comida virreinal, desarrollada en  los conventos y  monasterios, se dedicó a las clases económicamente favorecidas, porque se trataba de platillos muy complejos, elaborados a partir de ingredientes caros y difíciles de conseguir, que constituyeron una suerte de comida barroca.

Sin embargo, pienso en la forma en que se alimentaron nuestros abuelos, nuestros padres y los miembros de mi generación, antes de la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), a partir del cual se ha introducido al país una cantidad absurda de productos chatarra.

¿Qué comíamos antes de enfermar tanto?, ¿es que los niños de entonces llevábamos apio, pepino y jícamas para la hora del recreo?, ¿acaso se servían grandes porciones de ensaladas de lechuga, berros y espinacas en las mesas de los mexicanos?, ¿empezábamos siempre nuestras comidas con sopas de verduras diversas?, ¿disfrutábamos del arroz al vapor?

Ninguna de las preguntas anteriores tiene una respuesta positiva. He indagado con personas de una generación anterior, quienes me aseguran que el desayuno y la cena de los niños consistían en leche y pan, no pan integral, no pan bajo en azúcar, sino conchas, bigotes, moños, cocoles, banderillas, besos, garibaldis, orejas, cuernos, etcétera.

A la escuela llevábamos en nuestra lonchera, la clásica torta de frijoles o de huevo revuelto; algunas veces, una manzana completa que comíamos a mordidas. En un termo, agua de limón o, en su caso, tomábamos agua natural del bebedero. Recuerdo que en la primaria a la que acudí, se formaban largas filas para comprar un taco de frijoles refritos con salsa verde, como una alternativa saludable, cuyo costo era similar al de cualquier golosina.

A la hora de comer, en las casas, el plato inicial era una sopa de pasta, de fideos, de municiones, de pipirín, en un caldillo hecho en casa, con jitomate real, cebolla, ajo, cilantro. El plato fuerte consistía, muchas veces, en milanesa con ensalada, chile relleno, tortas capeadas de calabaza o coliflor, o carne asada o pollo guisado y frijoles, todo acompañado de tortillas y agua de fruta de temporada.

Así comieron muchas generaciones de mexicanos, algunos con sobrepeso, pero nunca a los niveles actuales: el 75 por ciento de la población, según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición de 2018.

De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en México, en las últimas cuatro décadas se han transformado las pautas alimentarias de los mexicanos afectando gravemente su salud. Alerta que mientras el 21 por ciento de los niños de menos de 5 años de las zonas rurales padece desnutrición crónica, el sobrepeso afecta al 24 por ciento de los menores de 12 años, casi la cuarta parte.

 México se encuentra en primer lugar de los países de América Latina en venta de productos altamente procesados, con un consumo per cápita de 214 kilos anuales, con elevado contenido de preservantes, estabilizadores, emulsificantes, aglutinantes, endulzantes, resaltadores sensoriales, colorantes y saborizantes, como el peligroso jarabe de maíz de alta fructuosa, sustancias a las que se atribuyen enfermedades como diabetes, hipertensión y algunos tipos de cáncer.

En muchas ocasiones, se ha satanizado a los antojitos: tacos, tostadas, tlacoyos, tamales, panuchos, papadzules, salbutes, sopes y enchiladas, pero hoy sabemos que no es la comida tradicional, sino el consumo elevado de productos industrializados lo que nos ha enfermado.

Me pregunto: ¿Todavía tendremos salvación, dado que cada vez mayores superficies se utilizan para la siembra de maíz forrajero y se impulsa la utilización del grano transgénico por encima de las especies originarias?, ¿algún día recuperaremos la riqueza de la milpa y, con ella, la salud?

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La política en Yucatán

Introspección histórica: ¿racismo inverso en Yucatán?

Mario Alejandro Valdez

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Foto de Julián Durán Bojórquez

Cerramos con esta colaboración nuestra incursión en el debate sobre el racismo en Yucatán. En esta ocasión abordaremos el tema por demás polémico de lo que se ha denominado “racismo inverso”, es decir, las posiciones reactivas de los grupos discriminados, que pueden ir desde expresiones ideológicas de diverso matiz, hasta la acción violenta extrema. Cabe hacer mención de que el concepto no ha sido validado por la academia, pero sí se ha sumado a las discusiones generadas entre el común de las personas, sobre todo, recientemente, en las redes sociales. Dado el carácter amplio e incluyente de este espacio, decidimos reflexionar sobre su existencia en general, y sobre su realidad para el caso de Yucatán.

¿Existe el racismo inverso? Consideramos que, desde una perspectiva amplia, por supuesto que existe, y de una manera natural. Desde los primeros reportes de contacto humano, tenemos evidencias de que la otredad casi siempre se manifestaba como racismo. Ambos grupos desconfiaban entre sí, ambos grupos consideraban al otro una amenaza, ambos grupos interiorizaban esa amenaza con una perspectiva de inferioridad. El otro, históricamente, siempre ha sido “raro”, “exótico”, “equivocado” y “contra natura”. En la mitología de todos los pueblos conocidos, se da la autopercepción de ser “el pueblo escogido”, “el pueblo verdadero” o incluso “los hombres verdaderos”. Basta un ligero paseo por el Antiguo Testamento para encontrar notables ejemplos de racismo en el Pueblo Judío, que en su libro fundamental descalifica a todos los pueblos vecinos.

¿Y ocurre esto en Yucatán? Dadas las características opresivas de la cultura española, que estableció un lenguaje, una religión y un modo de vida, las huellas de ello son difíciles de encontrar, pero, sin duda, existen. Como hemos señalado en varias ocasiones, los mayas de los siglos XVI al XIX, durante el dominio español, expresaron infinitas veces su rechazo al blanco, al dzul. Éstos, por su parte, les daban muchísimos motivos para ese rechazo, pero, sea como fuere, aquella separación pervivió durante los siglos coloniales, gestándose así una reacción correspondiente a la discriminación europea. La separación no fue exactamente racial, pues el mestizaje era una realidad que crecía año con año, pero sí social, en la que los dzules de las ciudades y los macehuales del campo fueron recreando un abismo de distancia, temor y desconfianza, cada grupo en su propio imaginario.

En este mismo espacio hemos defendido que la llamada Guerra de Castas no fue fundamentalmente un conflicto racial, sino económico y cultural, y para probarlo señalamos la participación en el bando rebelde de decenas de criollos, cientos de mestizos e incluso afroamericanos y descendientes de migrantes asiáticos. Sin negar lo anterior, también es cierto que los líderes políticos, tanto del gobierno como de los sublevados, manejaron un discurso racista. El gobierno nunca dejó de considerar a los rebeldes como bárbaros, destructores de la civilización; en tanto que los rebeldes se llamaban “indios” a sí mismos, y calificaban a los “blancos”, como injustos, perversos y apostatas de la religión. Los actos de crueldad de uno y otro bando, evidentemente con un objetivo político, eran justificados precisamente por ese discurso racial.

¿Subsiste hoy ese racismo inverso? La cuestión es compleja, y la respuesta severamente difícil. Los apabullantes avances de la globalización en general, y de la mediática en particular, han afectado de un modo muy importante la identidad. El pueblo maya de Yucatán, agobiado por la marginación, cercado por el voraz avance del capitalismo neoliberal, y atacado por el “progresismo” –entendido como crecimiento material, no como progreso en un sentido ideológico- del Estado, mantiene heroicamente su resistencia cultural, pero en un medio cada vez más inhóspito. Por lo que hemos podido percibir en nuestras andanzas por todos los rincones de Yucatán, si subsiste, pero cada vez más tenuemente.

Pero aun así, en tibios colores, subsiste. Hace unos pocos años, me tocó trabajar con dos colegas meridanos en la comunidad de Kaua. Se trataba de valorar las potencialidades turísticas de un cenote, y al visitarlo, fuimos conducidos hasta el lugar por el propio presidente municipal y dos representantes del ejido. Durante el recorrido, uno de mis colegas preguntó ¿por estos lugares aún se pueden ver jaguares? El alcalde y los ejidatarios guardaron silencio por unos segundos, se vieron entre sí y se carcajearon sonoramente. Conversaron rápidamente en su lengua y, tras volver a guardar silencio, el alcalde contestó con un NO cortante y severo. Luego averiguamos que, por supuesto, en esos territorios, en las áreas despobladas, la presencia del jaguar es común, pero obviamente esa información no era apta para tres citadinos, así fuéramos muy yucatecos y de piel muy morena.

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