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Editorial

La tragedia de Chile y la urgente necesidad de desmantelar el neoliberalismo

Mario Alejandro Valdez

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La pandemia ha golpeado inmisericorde a todo el planeta, causando el peor desastre global en un siglo. El gigante chino lo ha resentido y apenas se va levantando; las grandes naciones europeas van terminando de contemplar y valorar las consecuencias del colapso; el imperio norteamericano está herido de muerte; nuestro querido México lamenta cada día la muerte de cientos. Pero la tragedia más grande, la más profunda y reveladora, la está viviendo el sufrido pueblo chileno, que ha despertado dramáticamente de su sueño de país en desarrollo para mostrarse desmadejado, demolido, con todas las mentiras neoliberales reveladas, cruelmente, de golpe y porrazo.

Regresemos, para comprender la magnitud del desplome del país austral, a septiembre de 1973, cuando, por órdenes de Richard Nixon, el presidente Salvador Allende fue derrocado por un sangriento golpe de Estado dirigido por Augusto Pinochet. Tras semanas de terror, en las que fueron asesinados miles de líderes políticos, dirigentes sindicales y figuras representativas de la izquierda chilena, llegó al país sudamericano un equipo de especialistas norteamericanos para reestructurar radicalmente  la economía chilena, destruyendo las empresas del Estado, los sindicatos, cooperativas y organizaciones sociales, para implantar, bajo la estricta bota militar, el sistema neoliberal. El propio Milton Friedman, el mediocre economista que por motivos políticos recibiría el premio nobel en 1976, acudió a Santiago a revisar el proceso, entrevistándose con el dictador. Con toda la clase trabajadora sometida a una brutal opresión, la concesión de millonarios créditos y una enorme inversión extranjera, a fines de la década de 1970 Chile comenzó a mostrar datos macroeconómicos favorables, y a recibir los mayores elogios del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y, por supuesto, del gobierno de los Estados Unidos.

Pero el engaño no podía sostenerse por siempre, y las protestas populares contra la salvaje dictadura pinochetista y contra las draconianas medidas lesivas a la clase trabajadora comenzaron a escalar en la segunda mitad de la década de 1980. Con el inicio del derrumbe del socialismo en Europa, Washington consideró que podía hacer concesiones, y negoció con Pinochet una transición pacífica a la democracia burguesa. Y así fue: en aquel momento, estratégicamente, la izquierda chilena se concentró en acabar con la dictadura, propiciando gobiernos de coalición, con muy escasa capacidad de maniobra en aspectos estructurales. Incluso cuando alcanzó el triunfo con Bachelet en 2006 y 2014, la timidez de sus reformas y el uso de la represión contra el movimiento estudiantil terminaron por menoscabar su posición, permitiendo el triunfo de la derecha, en 2010 y 2018, respectivamente, con la investidura presidencial de Sebastián Piñera, un economista neoliberal radical, formado en Harvard, y que retomó las medidas neoliberales a plenitud.

Ni los primeros gobiernos de coalición, ni las gestiones moderadas de Bachelet, ni mucho menos las administraciones de Piñera, corrigieron el espeluznante rumbo del país hacia el desastre. Claro, como siempre ocurre en el neoliberalismo, los datos macroeconómicos eran positivos; la infraestructura tecnológica, exclusivamente al servicio de las empresas oligárquicas y trasnacionales, se encontraba a la altura de los países de Primer Mundo; las estadísticas educativas, construidas a modo para resaltar como avance lo técnico y como atraso lo crítico, ponían a Chile a la cabeza de América Latina. Eran el modelo a seguir para toda nuestra región, la envidia, la orgullosa joya neoliberal.

El pasado otoño la joya comenzó a mostrar su falsedad: millones protestaron en todo Chile, primero contra un desmedido aumento al transporte público, luego contra el modelo económico y un poco más tarde, cuando Piñera ordenó una represión salvaje e inhumana, contra la misma represión. Acorralado por las protestas, el presidente derechista se vio obligado a echar para atrás las medidas más impopulares, y prometer una profunda reforma constitucional. Poco a poco las protestas fueron decreciendo, aunque la movilización y la consciencia habían hecho ya su protagónica aparición.

Las negociaciones y un plebiscito sobre la reforma se vieron interrumpidos por la pandemia. El primer caso fue detectado el 3 de marzo, y durante las siguientes 7 semanas todo parecía bajo control. Hasta la John Hopkins University, la más prestigiada universidad estadounidense en materia de salud, destacó en aquel momento que el manejo de Chile era el mejor de toda América Latina, con su población altamente educada y su robusto sistema de salud. Pero de pronto todo cambió: a partir del último día de abril, los casos y las muertes comenzaron a crecer exponencialmente, el “robusto” y casi totalmente privatizado sistema de salud colapsó, y la idea de una impoluta gestión de la pandemia quedó en el olvido. Fiel a su autoritarismo, Piñera decretó el toque de queda y puso a los militares a vigilar el confinamiento, en un intento tardío, desesperado y fracasado por detener el desastre.

Menos de una semana después de decretado el toque de queda, decenas de miles salieron a las calles desafiando la ordenanza y las armas de los militares. “Preferimos morir de coronavirus o a balazos que de hambre”, gritaban las multitudes de mujeres y hombres en el centro de Santiago. Piñera prometió ayudas, guardó temporalmente a su ejército y creó albergues emergentes, con distribución de comida y medicamentos. Las protestas disminuyeron, pero los contagios se desbordaron. Con una brutal sinceridad, el ministro de salud declaró a la Televisión Nacional: “Hay áreas de Santiago de las que no tenía consciencia de la magnitud de la pobreza y el hacinamiento”. El escándalo provocado por estas declaraciones, más el descubrimiento de que se ocultaban más de 30 mil casos y dos mil muertes llevó al funcionario a renunciar.

¿Qué fue lo que ocurrió que Chile pasó de país modelo a nación más azotada del mundo en cuestión de días? Pareciera que lo que pasó es que, así como el ministro de salud, todo el gobierno de Piñera creían las enormes mentiras de la propaganda gubernamental, y mantenían la idea de que estaban ya en el Primer Mundo, con sus maravillosos hospitales y sus fantásticas empresas con altísima tecnología. Pero lo cierto es que el neoliberalismo ha sumido en la pobreza y la precariedad a unos ocho millones de chilenos, de los que cuatro millones viven en la informalidad y, por ende, perdieron todo ingreso al decretarse el confinamiento absoluto. Esos millones se las arreglaron para seguir saliendo a conseguir alimentos pese a las prohibiciones y los peligros para su salud. Cien mil de ellos fueron encarcelados por horas, días y semanas, pero aun así, el horror del hambre y el sufrimiento de sus familias los orilló a desafiar los riesgos.

Después de cambiar a su ministro, Piñera dio dos pasos contradictorios: por un lado endureció el confinamiento, por otro, anunció una ayuda de aproximadamente mil dólares para cada una de las familias que vive en la informalidad o ha perdido su empleo. Aún sin perder el estilo derechista, la realidad lo ha obligado a retroceder un tanto en su radicalismo neoliberal. Pero lo cierto es que Chile es, con sus más de 220 mil contagios y sus alrededor de 6 mil muertos  –recordemos que su población es de 19 millones de habitantes, la séptima parte de la de nuestro país-, proporcionalmente, el país más infectado del mundo. Con su sistema al 85 por ciento de ocupación hospitalaria –a manera de comparación, en México tenemos dos semanas anclados en el 45 por ciento, un nivel tenso, pero manejable-, y la epidemia aún en ascenso, la tragedia escalará, desgraciadamente, en las próximas semanas. Si alguien aún duda de la urgencia de desmantelar el neoliberalismo, ahí están los datos: duros, y en agravamiento.

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Editorial

La visita a EU: jonrón plenario de AMLO

Mario Alejandro Valdez

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Verano de 1992, noche calurosa en el Parque Kukulcán. En el campo nuestros Leones pierden 5 carreras a 2 frente a los temibles y odiados Diablos Rojos del México. Novena entrada, dos outs en la pizarra, a Diablos, que pelea el liderato de la Liga con sus archienemigos Tigres del México, le basta dominar a sólo un jugador más para alzarse con el triunfo. Al bate el norteamericano Tommy Hinzo, un gringo atípico, de breve estatura y muchísima velocidad. Los fanáticos esperamos que Hinzo logre llegar salvo a primera y mantenga el ataque, para que bateadores más poderosos acerquen a nuestro equipo. Pero el estadounidense tiene otra idea: ataca con ferocidad una recta en el centro, lanzada por Salomé Barojas, el mejor relevista de todo México, con una experiencia de cinco años en las Grandes Ligas, y ¡PUM!… ¡la pelota viajó más de 150 metros, por encima del graderío! En una sola jugada, con duración de menos de cinco segundos, Leones, que perdía 5 carreras a 2, ganó por 6 a 5. ¡La locura se apoderó de las tribunas y del terreno!

Esa jugada, que cambia dramáticamente el escenario en un abrir y cerrar de ojos, se llama jonrón plenario, y es, probablemente, la acción más espectacular de todo el béisbol. Pues bien, sin lugar a dudas, el presidente López Obrador ha conectado un jonrón plenario este miércoles durante su exitosísima visita a la Unión Americana. Acompañado de los empresarios más poderosos de México, recibido con todos los honores y racimos de elogios por el actual capitán del Imperio, López Obrador dejó anonadados, en silencio sepulcral, a sus eternos y obsesivos enemigos de la derecha fanática, que repiten un día sí y otro también que ya somos Venezuela, que AMLO es hijo de Chávez, que su gobierno es una dictadura comunista.

El triunfo fue inmaculado: en Washington lo vitorearon importantes multitudes, pese a las restricciones propias de la emergencia sanitaria; en la Casa Blanca dictó cátedra en breve pero certero discurso; en la cena de honor, elegante pero austera, en la que los platos mexicanos dieron el toque de distinción, halagó a los grandes capitanes de la industria y el comercio de ambos lados de la frontera, aplastando los argumentos de que su gobierno desincentiva la inversión y ocasiona nerviosismo en el capital.

Durante su excepcional discurso, el presidente mexicano destacó las figuras históricas de sus antecesores Benito Juárez y Lázaro Cárdenas. Por supuesto que no fue casual recurrir a dichos personajes: Cómo Juárez a mediados del siglo XIX y Cárdenas en la década de los treinta del siglo XX, AMLO ha puesto en ejercicio las artes de la diplomacia para obtener el apoyo de Washington sin sometimientos, negociando en condiciones favorables para nuestro país, algo extraordinariamente raro en una relación bilateral con un país tan hegemónico y políticamente tan cínico como los Estados Unidos.

Trump, por supuesto, juega al vecino bueno, reconociendo la amplísima popularidad de AMLO entre los ciudadanos norteamericanos de origen mexicano, que jugarán un papel crucial en la elección del próximo noviembre. López Obrador lo ha aprovechado a la perfección para capitalizar el momentum, la coyuntura específica, que le permite ponerse a la ofensiva y obtener ventajas, algo que necesariamente recuerda las estrategias del béisbol, el deporte favorito de ambos mandatarios.

AMLO regresa a México con su enorme triunfo, en circunstancias especialmente severas. Con la economía paralizada por la pandemia, el tabasqueño se trae un tratado que genera altísimas expectativas de recuperación, además de establecer, más allá de cualquier duda razonable, el buen ambiente que tiene entre los empresarios más influyentes de aquí y de allá. En el terreno político, la escena fue simplemente devastadora para la oposición de derecha, que cuando fue gobierno tuvo una actitud de abyecta sumisión a los mandatos, que no negociaciones, de los gobiernos estadounidenses. Aun para los reaccionarios más delirantes, la victoria del presidente en el mismo corazón del imperio, durante la presidencia de un líder caracterizado por el egocentrismo y la imprudencia, pero que en esta ocasión cedió humildemente el rol protagónico a su homólogo del sur, fue un auténtico frenazo.

En lo inmediato es un inmenso éxito, pero ¿qué consecuencias tendrá el nuevo Tratado de Libre Comercio en los meses y años por venir? Realmente nadie lo puede saber. En un enfoque alternativo, el pacto entre los dos gobiernos norteamericanos–Canadá está, pero la ausencia del Primer Ministro Trudeau al ceremonial es tan simbólica como real- nos dice mucho de la apuesta que se sigue precisamente frente a la pandemia. Nos queda claro que ambas naciones están apostando por una reactivación desde ya, frente a las posiciones que exigen un nuevo confinamiento. Como las apuestas de Benito Juárez y Lázaro Cárdenas, la de AMLO es muy arriesgada. Sus famosos predecesores triunfaron a toda línea y contra todo pronóstico. Por el bien de México, esperemos que López Obrador también.

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A propósito de…

¿Qué comíamos antes de estar tan enfermos?

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de los mucho decesos por Covid en México a causa del deterioro de la salud de la población, debido a los cambios de hábitos alimenticios en las últimas cuatro décadas, tras la apertura comercial con los Estados Unidos, mi reflexión es en torno a ¿qué comíamos antes de enfermar tanto?

Es bien conocido el aporte de la milpa a la alimentación de los mexicanos desde culturas prehispánicas. Este sistema de cultivo se conoce como la triada mesoamericana, integrada por el maíz, el frijol y la calabaza y productos asociados, como los tomates, diversos tipos de quelites y de chiles, la flor de calabaza y hasta el huitlacoche, ese hongo que surge del elote.

Durante la Colonia, los españoles introdujeron ingredientes que modificaron relativamente la forma de comer en México, aunque la mayor parte de los habitantes, radicados en el campo, mantuvieron el consumo de los tres elementos fundamentales. La comida virreinal, desarrollada en  los conventos y  monasterios, se dedicó a las clases económicamente favorecidas, porque se trataba de platillos muy complejos, elaborados a partir de ingredientes caros y difíciles de conseguir, que constituyeron una suerte de comida barroca.

Sin embargo, pienso en la forma en que se alimentaron nuestros abuelos, nuestros padres y los miembros de mi generación, antes de la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), a partir del cual se ha introducido al país una cantidad absurda de productos chatarra.

¿Qué comíamos antes de enfermar tanto?, ¿es que los niños de entonces llevábamos apio, pepino y jícamas para la hora del recreo?, ¿acaso se servían grandes porciones de ensaladas de lechuga, berros y espinacas en las mesas de los mexicanos?, ¿empezábamos siempre nuestras comidas con sopas de verduras diversas?, ¿disfrutábamos del arroz al vapor?

Ninguna de las preguntas anteriores tiene una respuesta positiva. He indagado con personas de una generación anterior, quienes me aseguran que el desayuno y la cena de los niños consistían en leche y pan, no pan integral, no pan bajo en azúcar, sino conchas, bigotes, moños, cocoles, banderillas, besos, garibaldis, orejas, cuernos, etcétera.

A la escuela llevábamos en nuestra lonchera, la clásica torta de frijoles o de huevo revuelto; algunas veces, una manzana completa que comíamos a mordidas. En un termo, agua de limón o, en su caso, tomábamos agua natural del bebedero. Recuerdo que en la primaria a la que acudí, se formaban largas filas para comprar un taco de frijoles refritos con salsa verde, como una alternativa saludable, cuyo costo era similar al de cualquier golosina.

A la hora de comer, en las casas, el plato inicial era una sopa de pasta, de fideos, de municiones, de pipirín, en un caldillo hecho en casa, con jitomate real, cebolla, ajo, cilantro. El plato fuerte consistía, muchas veces, en milanesa con ensalada, chile relleno, tortas capeadas de calabaza o coliflor, o carne asada o pollo guisado y frijoles, todo acompañado de tortillas y agua de fruta de temporada.

Así comieron muchas generaciones de mexicanos, algunos con sobrepeso, pero nunca a los niveles actuales: el 75 por ciento de la población, según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición de 2018.

De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en México, en las últimas cuatro décadas se han transformado las pautas alimentarias de los mexicanos afectando gravemente su salud. Alerta que mientras el 21 por ciento de los niños de menos de 5 años de las zonas rurales padece desnutrición crónica, el sobrepeso afecta al 24 por ciento de los menores de 12 años, casi la cuarta parte.

 México se encuentra en primer lugar de los países de América Latina en venta de productos altamente procesados, con un consumo per cápita de 214 kilos anuales, con elevado contenido de preservantes, estabilizadores, emulsificantes, aglutinantes, endulzantes, resaltadores sensoriales, colorantes y saborizantes, como el peligroso jarabe de maíz de alta fructuosa, sustancias a las que se atribuyen enfermedades como diabetes, hipertensión y algunos tipos de cáncer.

En muchas ocasiones, se ha satanizado a los antojitos: tacos, tostadas, tlacoyos, tamales, panuchos, papadzules, salbutes, sopes y enchiladas, pero hoy sabemos que no es la comida tradicional, sino el consumo elevado de productos industrializados lo que nos ha enfermado.

Me pregunto: ¿Todavía tendremos salvación, dado que cada vez mayores superficies se utilizan para la siembra de maíz forrajero y se impulsa la utilización del grano transgénico por encima de las especies originarias?, ¿algún día recuperaremos la riqueza de la milpa y, con ella, la salud?

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La política en Yucatán

Introspección histórica: ¿racismo inverso en Yucatán?

Mario Alejandro Valdez

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Foto de Julián Durán Bojórquez

Cerramos con esta colaboración nuestra incursión en el debate sobre el racismo en Yucatán. En esta ocasión abordaremos el tema por demás polémico de lo que se ha denominado “racismo inverso”, es decir, las posiciones reactivas de los grupos discriminados, que pueden ir desde expresiones ideológicas de diverso matiz, hasta la acción violenta extrema. Cabe hacer mención de que el concepto no ha sido validado por la academia, pero sí se ha sumado a las discusiones generadas entre el común de las personas, sobre todo, recientemente, en las redes sociales. Dado el carácter amplio e incluyente de este espacio, decidimos reflexionar sobre su existencia en general, y sobre su realidad para el caso de Yucatán.

¿Existe el racismo inverso? Consideramos que, desde una perspectiva amplia, por supuesto que existe, y de una manera natural. Desde los primeros reportes de contacto humano, tenemos evidencias de que la otredad casi siempre se manifestaba como racismo. Ambos grupos desconfiaban entre sí, ambos grupos consideraban al otro una amenaza, ambos grupos interiorizaban esa amenaza con una perspectiva de inferioridad. El otro, históricamente, siempre ha sido “raro”, “exótico”, “equivocado” y “contra natura”. En la mitología de todos los pueblos conocidos, se da la autopercepción de ser “el pueblo escogido”, “el pueblo verdadero” o incluso “los hombres verdaderos”. Basta un ligero paseo por el Antiguo Testamento para encontrar notables ejemplos de racismo en el Pueblo Judío, que en su libro fundamental descalifica a todos los pueblos vecinos.

¿Y ocurre esto en Yucatán? Dadas las características opresivas de la cultura española, que estableció un lenguaje, una religión y un modo de vida, las huellas de ello son difíciles de encontrar, pero, sin duda, existen. Como hemos señalado en varias ocasiones, los mayas de los siglos XVI al XIX, durante el dominio español, expresaron infinitas veces su rechazo al blanco, al dzul. Éstos, por su parte, les daban muchísimos motivos para ese rechazo, pero, sea como fuere, aquella separación pervivió durante los siglos coloniales, gestándose así una reacción correspondiente a la discriminación europea. La separación no fue exactamente racial, pues el mestizaje era una realidad que crecía año con año, pero sí social, en la que los dzules de las ciudades y los macehuales del campo fueron recreando un abismo de distancia, temor y desconfianza, cada grupo en su propio imaginario.

En este mismo espacio hemos defendido que la llamada Guerra de Castas no fue fundamentalmente un conflicto racial, sino económico y cultural, y para probarlo señalamos la participación en el bando rebelde de decenas de criollos, cientos de mestizos e incluso afroamericanos y descendientes de migrantes asiáticos. Sin negar lo anterior, también es cierto que los líderes políticos, tanto del gobierno como de los sublevados, manejaron un discurso racista. El gobierno nunca dejó de considerar a los rebeldes como bárbaros, destructores de la civilización; en tanto que los rebeldes se llamaban “indios” a sí mismos, y calificaban a los “blancos”, como injustos, perversos y apostatas de la religión. Los actos de crueldad de uno y otro bando, evidentemente con un objetivo político, eran justificados precisamente por ese discurso racial.

¿Subsiste hoy ese racismo inverso? La cuestión es compleja, y la respuesta severamente difícil. Los apabullantes avances de la globalización en general, y de la mediática en particular, han afectado de un modo muy importante la identidad. El pueblo maya de Yucatán, agobiado por la marginación, cercado por el voraz avance del capitalismo neoliberal, y atacado por el “progresismo” –entendido como crecimiento material, no como progreso en un sentido ideológico- del Estado, mantiene heroicamente su resistencia cultural, pero en un medio cada vez más inhóspito. Por lo que hemos podido percibir en nuestras andanzas por todos los rincones de Yucatán, si subsiste, pero cada vez más tenuemente.

Pero aun así, en tibios colores, subsiste. Hace unos pocos años, me tocó trabajar con dos colegas meridanos en la comunidad de Kaua. Se trataba de valorar las potencialidades turísticas de un cenote, y al visitarlo, fuimos conducidos hasta el lugar por el propio presidente municipal y dos representantes del ejido. Durante el recorrido, uno de mis colegas preguntó ¿por estos lugares aún se pueden ver jaguares? El alcalde y los ejidatarios guardaron silencio por unos segundos, se vieron entre sí y se carcajearon sonoramente. Conversaron rápidamente en su lengua y, tras volver a guardar silencio, el alcalde contestó con un NO cortante y severo. Luego averiguamos que, por supuesto, en esos territorios, en las áreas despobladas, la presencia del jaguar es común, pero obviamente esa información no era apta para tres citadinos, así fuéramos muy yucatecos y de piel muy morena.

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