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Estilo de vida

Para vivir el presente de manera sana, requerimos sanar el pasado

Keren Borrás Santiago

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Afrontar el dolor requiere fortaleza y compromiso. La transición pasa por dejar de reflejarnos en los espejos del pasado y volver el rostro hacia lo que de verdad importa: ese presente que espera de nosotros que seamos valientes para sanar, para volver a avanzar en tranquilidad.

Sanar el pasado te permite avanzar. Por término medio, solemos llevarlo con nosotros; todo ese equipaje del ayer queda integrado en cada partícula del propio ser, diluyéndose en el pensamiento, incrustándose en cada actitud limitante, en cada miedo y noche de insomnio. Así, y aunque sea complejo olvidar todo lo experimentado, podemos afrontarlo para aprender a vivir con ello sin dolor.

Decía Goethe, con gran acierto, que el día es excesivamente largo para quien no lo sabe apreciar o emplear. Es cierto, y más cuando ese alguien transita por el universo psicológico de la angustia y el desánimo. En esos estados donde sólo habita el sufrimiento como resultado de un trauma o una vivencia adversa situada en el ayer, resulta muy difícil apreciar el presente.

Lo es en primer lugar, porque la memoria es obsesiva, porque tiene una tendencia casi desesperante para hacernos recordar lo que un día dolió tanto, lo que nos decepcionó o lo que llegó sin que lo esperásemos y no supimos afrontar. Ahora bien, algo que debemos entender es que quien más y quien menos ha experimentado en alguna ocasión un impacto emocional.

Hay personas que, ante unas mismas circunstancias, logran sortear lo vivido sin mayores secuelas. Otras en cambio, se llevan consigo enormes lastres que no saben manejar, que engullen y arrastran de manera prolongada sin saber qué hacer. No todos reaccionamos de igual modo ante la adversidad, es cierto, pero todos podemos darnos una nueva oportunidad para superar el pasado y apreciar el presente.

Para sanar el pasado

Cuando hablamos de nuestra necesidad de sanar el pasado, podemos estar refiriéndonos a muchas cosas. Los traumas tienen infinitas formas e infinitos orígenes. En ocasiones, el simple hecho de haber vivido una larga temporada en una situación de estrés (como el que se puede experimentar en un puesto laboral en malas condiciones) también deja grandes secuelas.

Hay, por ejemplo, sufrimientos presentes que parten de hechos muy puntuales (la muerte de un familiar, por ejemplo). Otras veces, es el resultado de un estrés continuado, como el que puede sufrir alguien que vive en un barrio conflictivo o incluso el que puede experimentar un niño durante todo un año escolar sufriendo bullying.

Sea como sea, la necesidad de sanar el pasado para vivir un presente más digno y satisfactorio es esencial. Estudios, como el llevado a cabo en la Universidad de Medicina de Nueva York, por parte de la doctora Marylen Coitre, nos señalan algo importante. Si hemos sufrido en el pasado algún tipo de trauma y no lo hemos tratado, ese estrés postraumático irá en aumento. Esa vulnerabilidad hará que corramos el riesgo de sufrir nuevos hechos adversos (rupturas afectivas, pérdida del trabajo, situaciones económicas entre otros).

Veamos ahora unas claves básicas en las que es bueno reflexionar para sanar el pasado: hablar del pasado sí, sin embargo, debemos hacerlo con las personas adecuadas. Algo que oímos con mucha frecuencia es aquello de que para superar lo que duele, hay que sacarlo. Hay que compartirlo, hablar de ello, desahogarse. Bien, esta idea tiene matices.

Debemos entender que no todo el mundo será capaz de conectar con lo que hemos vivido. A veces, compartir con ciertas personas aquello que duele tiende a empeorar más la situación. Debemos saber con quién hablar.

Tenemos, cómo no, a los profesionales especializados para estos casos, los psicólogos son las personas adecuadas para apoyarnos y conferir ayuda concreta, valiosa y capaz de generar en nosotros un cambio adecuado. Por otro lado, también es útil poder hablar con personas que han pasado por experiencias similares. Es un modo sensacional de sentir que no estamos solos en ese viaje, que hay otros que han pasado por lo mismo y lo han superado.

Redefine tu papel de víctima, sé resiliente y deja ir el rencor

Queda claro, por ejemplo, que en toda relación insana hay un agresor y un agredido. Asimismo, también es víctima el niño que es acosado, el trabajador que sufre mobbing y las personas que viven un desastre natural y pierden todo lo que tienen. Ahora bien, después de esas vivencias la víctima tiene dos opciones: La primera es asumir de por vida esa posición. El hecho de no reaccionar, de quedarnos quietos en el sufrimiento, no apoya a sanar el pasado. Digamos no a ser víctimas crónicas.

La segunda opción es asumir una actitud activa para con nosotros mismos. Para ello, nada mejor que aplicar una actitud resiliente, aceptando lo vivido y sufrido pero permitiéndonos avanzar convertidos en alguien más fuerte, capacitado para afrontar el presente y el futuro. Asimismo, también debemos recordar algo: el odio no ayuda. El rencor acumulado, y esa eterna pregunta de “por qué a mí” nos sitúa en una cárcel perpetua. Hay que higienizar estas emociones y liberarnos de las más adversas para abrirnos a la auténtica sanación.

Apagar el interruptor de la ansiedad

El estrés postraumático deriva a menudo en trastornos de ansiedad. Es común que los traumas acceden a través de ataques de pánico en situaciones donde poco a poco perdemos el control sobre nosotros. Para sanar el pasado hay que gestionar la ansiedad. Porque es ella quien nos retrotrae al pasado que duele, ella quien nos inmoviliza, quien nos trae las noches de insomnio, el agotamiento, el dolor de cabeza.

En estos casos, aprender técnicas de respiración, de relajación y de gestión del estrés y la ansiedad, nos serán de valiosa ayuda. No dudemos, por tanto, en solicitar ayuda si así lo necesitamos. Para concluir, decía don Ramón Gómez de la Serna, que en los ríos pasan ahogados todos los espejos del pasado. El ayer ya no existe, se lo lleva la corriente de la vida, y aunque en él queden reflejados retazos de cosas que nos hicieron daño, nuestra es la obligación de dejar de mirarnos en esos reflejos.

Porque es en el presente donde brillan las oportunidades, es en el aquí y ahora donde surge el auténtico compromiso con nosotros mismos. No lo desaprovechemos, aprendamos a sanar el pasado.

Estilo de vida

¿Cómo se reflejan las emociones en el cuerpo?

Keren Borrás Santiago

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Las emociones son reacciones conductuales, fisiológicas y subjetivas, activadas por una información proveniente del mundo externo y/o interno del individuo.

Estas reacciones pueden ser de rechazo, si vivimos esos estímulos como peligrosos o displacenteros, o bien de atracción, si los vivenciamos como atractivos o placenteros. Podríamos decir que son un sistema de señales que nos impulsan a realizar cambios para emprender alguna acción.

La función fundamental que se les atribuye es la de supervivencia, ya que nos empujan a evitar o luchar contra situaciones nocivas (predadores, comida en mal estado, agresiones) o aproximarnos a estímulos placenteros (agua, actividad sexual, refugio).

Fisiología de las emociones

Las emociones ponen en alerta a todo el organismo para que funcione como un todo y pueda responder a los retos de la vida activando múltiples respuestas cardiovasculares, esqueletos musculares, neuroendocrinas y del sistema nervioso autónomo.

Según Damasio (1994, 1999, 2000), la ocurrencia de un proceso emocional se inicia, bien con la percepción de un objeto o situación, bien con el recuerdo de ese objeto o situación; en ambos casos, el resultado es la activación de los núcleos del tronco encéfalo, el hipotálamo y la amígdala. Luego, estas estructuras liberan hormonas de varios tipos en la corriente sanguínea, que se dirigen, por una parte, hacia diversas zonas del propio cuerpo, y por otra parte, hacia distintas zonas cerebrales.

Al mismo tiempo, estas estructuras envían, de modo simultáneo, señales electroquímicas mediante neurotransmisores, por una parte, hacia las glándulas adrenales, que liberarán hormonas con repercusión posterior en el cerebro, y, por otra parte, hacia otras regiones cerebrales, tales como la corteza, el tálamo, y los ganglios basales, con lo cual se modificará el estado cognitivo y la forma de procesar la información.

No es de extrañar, por tanto, que cuando experimentamos una emoción, se evidencien diferentes cambios corporales, teniendo en cuenta que algunos de estos cambios son comunes a varias emociones diferentes.

Así, por ejemplo, ante una situación de peligro que active la respuesta de huida, el corazón late rápida y fuertemente para bombear más sangre al cerebro y los músculos, la respiración se acelera para aumentar la oxigenación, las pupilas se dilatan para aumentar el campo visual, los intestinos se vacían (diarreas o vómitos) para hacernos más ligeros a la hora de correr o movernos.

Si la respuesta activada es de lucha, se liberan sustancias que ayudan a coagular la sangre más fácilmente por si se producen heridas, los músculos se tensan para entrar en acción, lo que puede dar lugar a temblores y contracturas.

El mapa corporal de las emociones

El cuerpo es un mapa que nos apoya a saber qué estamos sintiendo. Seguro que te ha pasado alguna vez, que has notado un nudo en la garganta cuando había algo que no estabas diciendo a tu pareja. O por ejemplo, has notado un dolor de estómago, al sentir miedo a enfrentarte a un examen. Estas son señales que te da el cuerpo para que expreses tus emociones.

En un reciente estudio finlandés, (Nummenmaa,  Glerean, Hari y  Hietanen, 2013) pidieron a 701 participantes de diversas nacionalidades que señalaran en un dibujo de una figura humana las zonas del cuerpo que se activaban al sentir determinado estado emocional y en otra figura, las zonas en que sentían menos activación,  mediante un código de colores (colores cálidos = activación, fríos = desactivación). Para ello les presentaron palabras, historias, películas y expresiones faciales que representaban 6 emociones básicas o primarias (enojo, miedo, asco, felicidad, tristeza y sorpresa) y 7 secundarias o complejas (recogidas en la imagen inferior).

Los resultados obtenidos en este experimento confirmaron que somos capaces de ubicar en diferentes áreas de la anatomía corporal las variaciones en el estado emocional, independientemente de la nacionalidad del sujeto.

Con los resultados obtenidos, se elaboró el siguiente “Mapa corporal de emociones” publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences:

mapa-emociones

La mayoría de las emociones básicas, están asociadas con sensaciones de alta actividad en la zona alta del pecho, que corresponde a cambios en la respiración y ritmo cardiaco.

De igual modo, casi todas las emociones generaron cambios en el área de la cabeza, lo que sugiere la importancia de la zona de la cara (activación de la musculatura facial, cambios en la sonrisa, lacrimación, o la temperatura de la piel).

Las sensaciones en el aparato digestivo y alrededor de la garganta estaban presentes en el asco. En contraste con las demás emociones, la felicidad activa prácticamente todo el cuerpo, dando la sensación de “plenitud”. En contrapartida, en la depresión el cuerpo parece desactivado y sugiere un “vacío” que se concentra en el tórax.

En el amor y el enojo se ven reflejadas las extremidades, tal vez porque en ese momento se está listo para abrazar o golpear. En la ansiedad, la energía está concentrada desde el tronco hasta la cabeza, mientras que las extremidades permanecen inactivas.

Los autores del estudio sugieren que la evidencia del papel que juega el cuerpo en el proceso emocional, nos puede ayudar a entender los cambios en los estados de ánimo, así como servirnos de biomarcadores de los trastornos emocionales.

El cuerpo y las emociones van de la mano, cuando uno habla el otro reacciona. Existen numerosas investigaciones científicas que avalan la influencia de las emociones en el dolor y el cuerpo físico y cómo estas se relacionan constantemente. De hecho, se ha demostrado que se activan varias áreas del cerebro cuando experimentamos un dolor físico y un dolor emocional.

Por ejemplo, si no gestionas un enfado o el estrés de tu trabajo, esto puede generarte, a veces, una contractura o tensión en la mandíbula. Son emociones no expresadas, que se quedan incrustadas en tu cuerpo, esperando que las dejes salir. Como no pueden manifestarse, van a intentar expresarse de algún modo, y terminan haciéndolo en forma de tensiones o malestares físicos.

Tu cuerpo es sabio y sabe lo que requieres

Si gestionamos nuestras emociones de una forma sana, podremos escuchar y entender el mensaje que nos envía nuestro cuerpo. Identificaremos las emociones asociadas a los síntomas físicos, y aprenderemos a gestionar estas emociones para que no se conviertan en dolores físicos insoportables. 

Piensa que tu cuerpo te apoya a conocerte mejor si aprendes a interpretar sus mensajes emocionales ocultos y le das lo que necesita (descanso, atención, deportes, entre otras actividades).

Solo queda abrir la mirada a tu parte física para que esta sea una parte importante de tu vida. Tu cuerpo es sabio y sabe lo que requieres. Si cuidas a tu cuerpo también cuidas a tus emociones. Recuerda que con tu cuerpo vas a convivir toda la vida, por tanto, vale la oportunidad prestarle más atención y cuidado. Así, no solo fortalecerás tu inteligencia emocional, sino también tu consciencia corporal.

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Estilo de vida

Cuando las personas hablan de lo mucho que trabajan

Keren Borrás Santiago

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¿Qué hacer con personas que constantemente hablan de lo mucho trabaja? Todos conocemos a varias personas que hablan con frecuencia de lo mucho que trabaja. Ahora, ¿qué decirles? Si esa persona somos nosotros, ¿cómo puede este hábito condicionar nuestras relaciones?

Dentro de los discursos de auto ensalzamiento, muy positivos en momentos determinados para la autoestima, destacan los de aquellas personas que sólo hablan de lo mucho que trabajan. Parecen vivir por y para el sacrificio.

Es natural que en el discurso se cuelen nuestras preocupaciones y el trabajo suele ser un contexto proclive a generarlas. Sin embargo, más allá de algo que podamos compartir con otras personas, pocas veces lo que hacemos en el trabajo es de interés para otros.

Si antes de llegar a casa, en la última conversación del día, otra amiga te habla de la responsabilidad tan grande que tiene y de lo difícil que es cumplir con las responsabilidades asociadas a su puesto, es normal que sientas que la información que está compartiendo te aburre. De manera especial, cuando habla de lo mucho que trabajan como una muestra de virtud y sacrificio.

Una necesidad de comunicación e información

Normalmente, como apuntábamos, las preocupaciones suelen encontrar huecos en nuestro discurso de la misma forma que los suelen encontrar en nuestro diálogo interno.Las personas que sólo hablan de lo mucho que trabajan tienen, por norma, tres motivaciones: comentar con otros lo que no se atreven a decir a sus superiores, validar con los demás sus emociones frente a lo que ocurre u obtener información, Hy hablar con los demás ante el miedo de hablar con un jefe.

Normalmente, las motivaciones de nuestros quehaceres siguen el curso de un rio sencillo. Si alguien no para de hablar de lo mucho que trabaja, mostrándose preocupado por su situación, quizás sea porque en realidad necesita hablar con su jefe. Si ya lo han hecho, quizás necesite hablar con un sindicato para revisar sus condiciones laborales. Asímismo, esta persona puede estar pidiendo ayuda frente a una serie de demandas que no se ve capaz de cubrir de manera autónoma con los recursos de los que dispone. Puede que en estos casos se requiere hablar con un profesional.

Un medio de validación ante los demás

El trabajo es una de las vías que utilizamos con más frecuencia para validar nuestras capacidades. En la medida en que una persona esté más o menos condicionada por la sociedad y por su educación, el trabajo habla de la persona como ser productivo, aunque lo productivo no sea útil ni para ti ni para nadie.

Se equipará el hacer, con el ser y valer. El trabajo proyecta en el escenario social una imagen mejor de nosotros. Cuanto mejor salario tengas y más merecido esté, serás más respetado.

Por ello, personas que tienen la opinión de los demás muy en cuenta y que han asimilado completamente, sin matices, el modelo de meritocracia; creen que decir que trabajan mucho les valida ante la sociedad.

La necesidad de compararse con los demás

A veces realizamos una actividad laboral y no sabemos si la empresa cumple los convenios laborales, el derecho a vacaciones u otras cuestiones que a todo trabajador incumbe. Debido a ello, muchas personas buscan la información que les falta en la comparación con los demás. Aunque la jornada laboral sea de ocho horas, quedan muchos cabos sueltos por resolver desde la perspectiva de un trabajador si las cosas no se tienen claras.

Por otra parte, es posible que la necesidad de estar constantemente comunicando que haría las cosas de manera distinta a como lo hacen los demás.  Es una manera de sentirse importante, aunque en el fondo sabe que es una manera para quitar las frustraciones escondidas.

Cuando más que comunicarse, tienen la necesidad de agitar su ego

En no pocas ocasiones, hay personas que sólo hablan de lo mucho que trabajan no como una forma de validarse, sino de intentar mostrar una especie de superioridad social. En este sentido, estamos en todo nuestro derecho de redirigir su discurso o de explicitar nuestra hipótesis sobre lo que está sucediendo. Pensemos que el otro o nosotros, puede hacerlo sin ser consciente de su motivación.

Para concluir, una persona que constantemente dice lo mucho que trabaja puede llegar a ser tan molesta como aquella que fija el discurso de manera constante en sus logros y posesiones. Cargar de esta manera los diálogos suele debilitar los vínculos, ya que es muy difícil que el yo receptor encuentre un espacio en ese diálogo.

Por tanto, si te encuentras realmente saturado por este tipo de conversaciones, es la hora de comenzar a reconducirlas, cambiarlas o expresar a la otra persona, de forma directa y lo más asertivamente posible. Cuando es el momento de “tiempo libre”, lo más sano es sano desconectar tanto de las obligaciones laborales de los demás como de las del día a día.

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Estilo de vida

Cuando un pensamiento se convierte en obsesión

Keren Borrás Santiago

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La preocupación obsesiva rara vez apoya. De hecho, lo que se suele lograr es elevar la ansiedad y el riesgo de agotamiento psicológico. ¿Qué se requiere para no llegar a estos extremos? ¿Cómo dejar atrás el tema para que una preocupación se convierta en una obsesión? Hay veces en las que determinadas ideas producen daños en el día a día. No podemos dejar de pensar en ciertas cosas. Les concedemos valor y presencia en la mente de manera tormentosa sin poder evitarlo, sin poder eludir ese flujo de pensamientos.

El cerebro es como una fábrica que nunca descansa y es suficiente que nos digamos “no voy a pensar en un ¨elefante rosa” para que, como bien sabemos, lo visualicemos. Entonces, ¿cómo podemos desactivar esos procesos psicológicos tan desgastantes? Existen alternativas eficaces para tranquilizar las preocupaciones patológicas.

Vivimos en una sociedad que usa la preocupación obsesiva como mecanismo de afrontamiento para toda circunstancia. Sin embargo, la alternativa no está en “preocuparse mucho”, sino en pensar de manera sana.

Alternativas para que una que un pensamiento se convierta en obsesión

Hay un proverbio sueco que dice que la preocupación tiene el poder de producir grandes sombras en objetos pequeños. Es cierto. La realidad es que tenemos derecho a preocuparnos, sin embargo, se requiere hacerlo de manera sana, es decir, orientando todo ese esfuerzo mental en solucionar aquello que nos quita la calma. Es por ello que requieres ocuparte en vez de preocuparte.

Como diría Víctor Frank, cuando nos enfrentamos a una situación adversa es responsabilidad nuestra afrontarla y transformarla. Si no es posible, el siguiente paso es aceptarla. Algo tan lógico y evidente que sólo se puede lograr mediante un enfoque tranquilo, realista y centrado. Si esto es algo que nos cuesta lo indecible conseguir se debe a varios motivos.

De acuerdo a investigaciones, como los realizados en el King’s College de Londres y la Universidad de Australia Occidental, recogen datos que apoyan la idea de que buena parte de nuestras preocupaciones se apoyan en sesgos cognitivos. Son muchas las personas que piensan que al preocuparse tienen o demuestran tener un mayor control. Si dejan de hacerlo y se relajan, temen ser sorprendidos por lo inesperado.

Es momento de cambiar esas ideas, esos sesgos. He aquí algunas alternativas para quitar una preocupación  para que no se convierta en una obsesión.

1. Comprende cómo funciona el mecanismo de la preocupación

La preocupación cumple un objetivo: elevar nuestra activación para que podamos actuar ante las amenazas que nos rodean. El fin último es actuar y para ello hay que trazar soluciones. Sin embargo, las personas en lugar de actuar o aceptar una realidad concreta, magnificamos aún más las amenazas estresantes. Lo hacemos mediante la rumia, un tipo de preocupación persistente y repetitiva que, en lugar de buscar respuestas a los problemas, se hace más preguntas. La  rumiación eleva las emociones de valencia negativa y el malestar. De ese modo, vamos cayendo cada vez más en los laberintos de la ansiedad.

Para impedir que una preocupación se convierta en obsesión, debemos tener presente que al alimentar la rumiación, nos mantendremos más estancados y sin posibilidades de resolver el problema. La preocupación, la rumia y la obsesión son el resultado de un circuito de retroalimentación cerebral orquestado entre la amígdala y la corteza prefrontal.

2. Acepta el pensamiento obsesivo, sin embargo, deja de seguir el juego

Debemos tenerlo claro, de poco nos van a servir frases como “ya no voy a pensar en esto” o “esta va a ser la última vez que me pare a pensar en aquello”. Porque la mente vuelve a pensar en lo mismo.  Los pensamientos son automáticos y requieres comenzar a fortalecer pensamientos que nutran.

De este modo, lo más adecuado es dejarlos, aceptar que están ahí. Investigadores de la Universidad de Hamburgo indican en un estudio, que debemos ver esos pensamientos obsesivos como fenómenos mentales que van y vienen. Son como el flujo de un río que corre. Lo más importante es no darles importancia ni reforzarlos. Si están ahí, dejemos que tal y como lleguen se vayan.

3. No te juzgues, sé compasivo contigo mismo

El diálogo interno de manera negativa,  que juzga y que nos critica es como el motor que alimenta la fábrica de la preocupación. No es lo adecuado. Si deseamos evitar que una preocupación se convierta en una obsesión seamos amables y compasivos con nosotros mismos. Hemos pasado por mucho en esta vida, no hay duda. Confiemos en nuestra experiencia para abordar los retos que nos vienen.  En lugar de preocuparnos, ocupémonos de lo que nos inquieta emprendiendo cambios, pensando en nuevas fórmulas para resolver problemas.

4. Haz cambios en tu rutina y que vayan en contra de tu obsesión

Si temes perder el trabajo, empieza a buscar nuevas opciones laborales. Si te preocupa lo que pueda traerte el futuro, céntrate en iniciar cosas nuevas en el presente. Hacer nuevos amigos, iniciar cursos, aprender algo distinto. Todo ello es positivo. Los pequeños cambios cotidianos son nuevos estímulos para la mente, de ese modo logramos apartarla del foco de obsesión y preocupación.

5. Sal de tu universo obsesivo y expresa lo que sientes

Salir de tu mente para sumergirte en tu vida. ¿Cómo se consigue algo así? Hay puentes que conectan un escenario y otro que pueden ser realmente catárticos. El arte en todas sus formas y dimensiones resulta un mecanismo idóneo para evitar que una preocupación se convierta en obsesión. Pintar, dibujar, esculpir, tejer, coser, componer, escribir, terapia.  Hay múltiples posibilidades capaces de apoyarnos a apaciguar la mente, a permitir que vaya más allá de su laberinto de preocupación para apreciar la vida. Cada persona debe encontrar su medio, su lienzo personal.

No nos olvidemos tampoco de compartir tiempo con personas que sepan escuchar. Hablar de lo que nos ocupa y dejar fuera lo que atenaza dentro, también es necesario y saludable.  Deja de vivir en aislado en soledad mental donde sólo crece la angustia y conecta con lo que te rodea de manera activa y comenzar a confiar.

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