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La Nación y el Mundo

De Lincon a Trump, retrospectiva republicana

Gabriel Zapata González

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Las elecciones en Estados Unidos están a la vuelta de la esquina y el país vecino se encuentra sumergido en un contexto político donde prevalecen discursos de racismo, xenofobia y resentimiento entre el electorado. Las diferencias en la contienda electoral se caracterizan no por propuestas políticas, económicas o fiscales, sino por una desemejanza en la narrativa y la visión del país al que aspiran ser.

El Partido Republicano, que hoy lidera la fórmula Trump-Pence rumbo a la presidencia, nació como resultado de la oposición del Presidente Abraham Lincon y los políticos norteños a la permanencia del sistema esclavista predominante en los estados sureños-demócratas, durante los años previos a la Guerra de Secesión (1861-1865)

La doctrina y pensamiento político del Partido Republicano se basa en la oposición a un mayor involucramiento del Estado, prevaleciendo la visión económica donde el mercado se rige por el sector privado y sus libertades. Hoy en día, el apoyo demográfico es más fuerte entre los votantes blancos, con el dominio de las elecciones en los estados del sur.

En los primeros años de su existencia, el partido fue mayoritariamente apoyado por liberales que comulgaban con la idea de la abolición de la esclavitud para permitir la liberación de los afroamericanos en el ámbito social, económico y político, mientras sus rivales, el Partido Demócrata, contaba con el apoyo del electorado blanco en el sur con características religiosas y conservadoras.

Los años de la guerra civil y el gasto del gobierno federal en ella, trajeron como resultado el que muchos empresarios en el norte se hicieran de un poder económico y se involucraran en la participación política, mediante aportaciones económicas a candidatos que favorezcan al libre mercado. Posteriormente, la comunidad republicana que salió beneficiada de los años de la guerra, consideraban que la lucha por los derechos de los afroamericanos, era suficiente, al ser un país mayoritariamente blanco.

Para 1920, el Partido Republicano se había convertido en el partido de las grandes empresas. Después de la Gran Depresión de 1929, Roosevelt (candidato demócrata), pregonó un mayor gasto público en programas sociales y resultó electo como presidente e implementó una política económica donde el tamaño y el rol del estado en la economía se incrementaron sustancialmente.

Durante la década de los 60 el tema del racismo regresa a la agenda política nacional, gracias al nacimiento del Civil Rights Movement, liderado por Martin Luther King. En 1964, Lyndon B. Johnson firma el Civil Rights Act, que dotaba de mayores derechos políticos e inclusión social a los afroamericanos. El candidato presidencial republicano, Barry Goldwater se opuso a esta decisión, argumentando que el aumento del papel y rol del gobierno aumentaba de manera exponencial.

Debido al contexto de la época, ocurre el gran cambio de simpatizantes en ambos partidos. Los afroamericanos y la izquierda transitaron a comulgar con el Partido Demócrata debido al apoyo puntual y notorio de los presidentes en el ámbito social hacia los afroamericanos. Los blancos en el sur, resintieron la mayor intervención del Estado en las decisiones político-económicas y se inclinaron hacia el Partido Republicano. En 1980, Ronald Reagan ofreció en su agenda luchar por los intereses de los empresarios, por los valores familiares tradicionales y la disminución de los impuestos.

Para el nuevo milenio, Estados Unidos se enfrentó a un inmenso cambio demográfico debido a la inmigración latina. Los demócratas se situaron a favor de una nueva reforma inmigratoria que permitiese a los latinos ilegales una ruta hacia un estatus legal que pudiese llegar a la obtención de la ciudadanía americana. En contraparte los republicanos se opusieron a una reforma inmigratoria, ya que percibieron la inmigración ilegal como un atentado a su cultura e idiosincrasia americana.

En las elecciones presidenciales de 2012, Mitt Romney, candidato republicano, forjó una postura fuerte y rígida en contra de la inmigración y su posible reforma, como consecuencia, 71% del voto latino se encaminó a la propuesta de Barack Obama, que terminó por llevarse la carrera rumbo al Salón Oval.

Donald Trump, aprovechándose de la desconfianza, el resentimiento y la frustración del electorado blanco, impulsó su carrera presidencial con una retórica de odio y otredad que legitimó el racismo sistemático hacia las personas no blancas de Estados Unidos.

El partido Republicano ha dado bandazos ideológicos y actualmente, su discurso conservador y a veces xenófobo, carece de interés en el electorado, ya que se percibe como un partido de blancos en un país donde las minorías raciales, tales como, los asiáticos, latinos y afroamericanos amenazan con convertirse en la mayoría étnica que prevalezca en la comunidad americana.

La elección del primer martes de noviembre marcará el rumbo político y social de los Estados Unidos, el electorado estadounidense decidirá entre la permanencia del sentimiento proteccionista, antiinmigrante y nacionalista o bien, el retorno a una agenda de mayor apertura e inclusión social y económica.

Madre América: Bolivia

Bolivia y la Revolución Democrática Latinoamericana

Juan J. Paz y Miño Cepeda

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Después de su proceso independentista, la primera mitad del siglo XIX en la República de Bolivia fue inestable y bajo constantes amenazas de sus vecinos. Con el caudillo militar Andrés de Santa Cruz y Calahumana (1829-1839), primer presidente de origen indígena (en realidad, mestizo) y Protector de la Confederación Peruano-Boliviana (1836-1839), se logró imponer el orden y la institucionalización del Estado, con la profesionalización del ejército, la reestructuración de los organismos seccionales, la nueva legislación civil y penal, el arreglo y severa vigilancia de las finanzas públicas. Fue un esfuerzo modernizante y reformista temprano, beneficiado por una economía estable y creciente, basada en la diversificación agrícola y minera, los convenios y aperturas comerciales, la extensión de carreteras y otras inversiones públicas, el impulso a la educación general, incluyendo la universitaria con apoyo para estudios en Europa. A Santa Cruz le correspondió defender la Confederación, cuya derrota le obligó a salir del país, llegando a establecerse en Ecuador: primero en Guayaquil y luego en Quito.

Siguieron años de inestabilidad e incluso la pérdida del territorio boliviano que permitía su salida al mar, debido a la Guerra del Pacífico (Chile contra Bolivia y Perú, 1879-1884), claramente económica, por la disputa de territorios ricos en salitre, que pasaron bajo la jurisdicción del victorioso Chile. Al iniciarse el siglo XX, la economía minera dio un giro, al pasar de la plata al estaño, que se convirtió en el centro de las exportaciones y del poder de los “barones del estaño”. Los liberales, que desplazaron a los conservadores y sus “patriarcas de la plata”, lograron cierta “modernización” proto-capitalista del país, aunque sin superar las miserables condiciones de vida y de trabajo de la mayoritaria población indígena nacional, sometida al régimen de las haciendas. Sin embargo, a partir de la década de 1920, la legislación social y laboral, motivada por el ascenso de las luchas obreras y campesinas, así como la labor social e ideológica de los nuevos partidos de la izquierda política, e incluso con varios de los gobiernos militares nacionalistas y reformistas de los 30 y los 40, se inició en Bolivia el largo camino para la superación del régimen oligárquico, un proceso compartido con otros países como Ecuador, en el cual la Revolución Juliana de 1925 también sentó las bases para superar el Estado oligárquico.

La Guerra del Chaco (1932-1935) con Paraguay, desangró tanto a Bolivia como a su vecino, por un territorio cuyo manto de horror escondió los intereses de las gigantes petroleras imperialistas Shell y Standard Oil. Desde entonces, en Bolivia se agudizaron los conflictos entre las crecientes clases trabajadoras y la elite oligárquica, profundamente racista y cada vez más antidemocrática. De hecho, esos sectores trataron de impedir e inmediatamente desconocieron el triunfo electoral de Víctor Paz Estenssoro, del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), lo cual provocó la Revolución Nacionalista (1952), una impresionante jornada popular, incluso respaldada por las armas, que retornó del exilio a Paz Estenssoro. Su presidencia (1952-1956) ejecutó un programa radical: nacionalización del estaño, estatización de minas, reforma agraria, soberanía frente a las compañías extranjeras, voto universal, reforma educativa, promoción de inversiones, bienes y servicios públicos. Le sucedió Hernán Siles Zuazo (1956-1960), quien afrontó una economía débil, pero continuó con el proyecto reformador. La Revolución Boliviana logró poner fin al dominio económico de la “rosca minero-feudal” de la plata y del estaño, favoreciendo incluso la formación de una burguesía chola (cunumis), proveniente de sectores populares emergentes.

El retorno de Paz Estenssoro (1960-1964), coincidió con el destape de la “guerra fría” en América Latina, motivada por el triunfo de la Revolución Cubana (1959), de modo que en 1964 un golpe militar se orientó por la liquidación del “comunismo”. Siguieron años de gobiernos militares anticomunistas (en 1967 es derrotada la guerrilla dirigida por Ernesto Che Guevara), aunque entre 1970-1971 el general Juan José Torres resultó un paréntesis efímero por su orientación “izquierdista” y antimperialista, comparable con los gobiernos del “socialismo peruano” del general Juan Velasco Alvarado (1968-1975) y del “Nacionalismo Revolucionario” del general Guillermo Rodríguez Lara (1972-1976) en Ecuador, quienes lograron, en estos dos países, un tipo de desarrollismo de vertiente social, que permitió superar definitivamente el régimen oligárquico característico de buena parte del siglo XX latinoamericano.

El coronel Hugo Bánzer (1971-1978) dio el golpe de Estado que instaló una dictadura hermanada con el terrorismo que implantaron las dictaduras militares del Cono Sur de la época. Esa política fue revivida por el general Luis García Meza (1980-1981), hasta que en 1982 Bolivia logra iniciar los gobiernos constitucionales. Increíblemente es Víctor Paz Estenssoro (1985-1989) quien dio inicio a la carrera neoliberal en Bolivia, continuada por los gobernantes posteriores, al mismo ritmo de lo que también ocurría en casi toda Latinoamérica, de la mano del FMI, el BM y el Consenso de Washington. Pese a los reformismos de otros momentos históricos, en Bolivia la situación de los indígenas, pobladores, campesinos, mineros, trabajadores y capas medias, no había logrado mejoras estructurales y definitivas; pero el neoliberalismo arrasó con los avances sociales y aceleró la hegemonía económica y política de elites rentistas, aliadas con los intereses del capital transnacional y diferenciadas por sus poderes regionales.

El gobierno de Evo Morales (2006-2019), primer presidente indígena (aymara) liquidó el neoliberalismo heredado, impulsó una economía social inédita, que pasó a ser ejemplar en América Latina por su crecimiento y dinamia, pero sobre todo, desarrolló políticas de amplio beneficio popular (miles de bolivianos salieron de la miseria, la pobreza y el desempleo), sobre la base del reconocimiento a la plurinacionalidad del país y la guía de los principios del Buen Vivir, consagrados por la Constitución de 2009. Estos logros, internacionalmente reconocidos por entidades como la CEPAL, pero también por el mismo FMI, el BM y las NNUU, desplazaron el antiguo poder de los clanes ricos, las elites propietarias y las “burguesías cholas”, que nunca perdonaron el camino seguido por el “indio comunista”. En 2008 los prefectos de la región de la Media Luna (Santa Cruz, Tarija, Beni, Pando) encabezaron la agresiva desobediencia civil, con la amenaza de una guerra interna. En internet han quedado las imágenes de los ataques y agresiones a los “indios de mierda”, con los que las elites supuestamente “blancas” pretendían hacer notar quiénes son los “señores”.

Las elecciones de 2019 se transformaron en la oportunidad para que, a través del golpe de Estado interno y las maniobras con apoyo internacional (OEA a la cabeza), se impusiera la renuncia de Morales (el Vicepresidente y los colaboradores), su salida del país con asilo político inicial en México y la instauración del gobierno de Jeanine Áñes, quien recuperó el dominio del Estado para las derechas económicas y políticas, bajo inspiración del neoliberalismo (y la Biblia, a su modo). Se implantó la directa represión a los movimientos sociales (ha sido sangrienta la que sufrieron los indígenas), el autoritarismo y la política de persecución a Evo, al Movimiento al Socialismo (MAS) y a todo izquierdismo progresista. Los acelerados retrocesos económicos y sociales, que multiplicaron la pobreza y el desempleo incluso por la crisis de la pandemia por el coronavirus, no han podido ocultarse y constan en los informes que también han difundido las entidades internacionales antes mencionadas.

En medio de esas condiciones, las elecciones que se convocaron para octubre de 2020 activaron la lucha política, en la cual actuaron medios de comunicación, las manipulaciones legales y electorales, el intervencionismo gubernamental y las campañas derechistas para impedir el triunfo del binomio del MAS. Todo resultó infructuoso, pues Luis Arce Catacora y David Choquehuanca alcanzaron un aplastante triunfo con el 52% de los votos en primera vuelta.

El proceso electoral y sus resultados han producido un fenómeno de singular importancia en América Latina, porque no sólo significan el retorno del progresismo, sino la configuración de una inédita revolución democrática, que merece ser analizada y comprendida desde otras perspectivas. De la tradicional “política en las calles”, impedida por la pandemia o por la represión, se ha pasado a la movilización electoral de los sectores populares y clases medias, que asumieron, con plena conciencia, sus votos a favor de un proyecto político específico de cambio social y económico, contra el neoliberalismo y el dominio político de las burguesías y oligarquías racistas y clasistas. Un fenómeno que rebasó todos los esfuerzos oficiales e internacionales por impedir que se produzca. Además, no implica el “retorno” de Evo Morales -como han combatido los opositores-, sino la renovación en las personalidades y fuerzas políticas, con la intención de recuperar y dar continuidad a los logros que alcanzó el gobierno de Evo, pero también con el interés de responder al pronunciamiento colectivo para superar los errores y pulir el camino de construcción de una nueva sociedad.

Es tan significativo este giro en la política latinoamericana, que Bolivia pone de manifiesto una realidad que podría extenderse a otros países de la región: el triunfo de las fuerzas progresistas y democráticas, de las izquierdas de avanzada social, ha descolocado a las derechas económicas y políticas más radicales, a tal punto que ellas han pasado a cuestionar la propia democracia y a recelar de los procesos electorales; apelan al intervencionismo con golpes blandos o duros, y abiertamente manifiestan no estar dispuestas a reconocer a los adversarios, en quienes ven un peligro para la “nación” y una amenaza para la “sociedad”.

Con mucha razón, las expectativas latinoamericanas han puesto sus miras sobre Ecuador, país en el cual las elecciones de febrero de 2020 podrían ratificar la tendencia marcada por Bolivia o detenerla al menos temporalmente, porque el siglo XXI ha pasado a definir la democracia por la activa incorporación política de los sectores populares, su ascenso electoral y la confrontación directa con las elites del poder económico neoliberal.

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La Nación y el Mundo

En delitos de crimen organizado, diez estados en rojo

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Foto: https://omnitempus.com/en/2018-en/desafios-frente-al-crimen-organizado-transnacional-en-las-americas-y-el-caribe-2/

La estrategia para reducir la violencia extrema en el país no va por buen camino, señalaron integrantes del Semáforo Delictivo.

Monterrey, Nuevo León, a 22 de octubre de 2020.-Conforme al reporte del Semáforo Delictivo, al cierre del tercer trimestre del año, 10 estados se encuentran en rojo o doble-rojo en el Semáforo de Delitos de Alto Impacto. Esta herramienta mide específicamente los delitos de crimen organizado, como homicidio, secuestro, extorsión, narcomenudeo y robo de vehículos. Los estados en doble-rojo, los peor evaluados, son Colima, Baja California, Zacatecas, Quintana Roo y Guanajuato; y en rojo se encuentran Michoacán, Chihuahua, Sonora, Morelos y Estado de México. Por el contrario, las entidades mejor evaluadas, son Chiapas, Coahuila, Nayarit y Tamaulipas.

“El homicidio tuvo una ligera reducción en septiembre, pero aun así, este año cerraremos con casi 35,000 víctimas de homicidio. Al cierre del noveno mes ya llevamos 26,231 víctimas. El 63% del homicidio está concentrado en nueve estados: Guanajuato, Baja California, Chihuahua, Estado de México, Michoacán, Jalisco, Sonora, Veracruz y Guerrero. Es por mucho, el peor arranque de sexenio y una clara muestra de que la estrategia para reducir la violencia extrema en el país no va por buen camino”, aseguró Santiago Roel, director del Semáforo Delictivo. 

Ocho de cada diez homicidios son ejecuciones perpetradas por bandas del narcotráfico, y este delito es provocado por una sola causa, el mercado negro de drogas. “Mientras el gobierno federal siga evadiendo el tema de regulación de drogas como una estrategia para debilitar económicamente a los cárteles, seguiremos viendo tasas muy altas de homicidio en el país. Las mafias de la droga se siguen peleando el territorio con plata y con plomo”, sentenció Roel y añadió, “es una guerra contra el Estado de Derecho que colapsa a la sociedad y al gobierno e impacta negativamente en otros delitos como el secuestro, el robo de autos y la extorsión”.  

“Nos preocupa que el gobierno federal evada su responsabilidad en este tema y pretenda culpar a los estados, intentar resolverlo con más militarización y tratar de salir del paso con mensajes confusos, en lugar de hacer lo correcto que es regular las drogas que tengan mercado negro en el país, fortalecer a las policías municipales, mejorar la coordinación con los estados, aceptar los problemas y, sobre todo, aceptar las soluciones, vengan de donde vengan”, sostuvo Santiago Roel.

Reducción artificial de delitos

El 2020 es un año atípico. Algunos delitos se han reducido artificialmente en el año por la pandemia y el confinamiento, como son los casos de secuestro, extorsión, robo de vehículos, robo a casa habitación, robo a negocio y lesiones dolosas. Sin embargo, a medida que aumenta la movilidad de la población, estos delitos regresarán a los amarillos y los rojos. 

Delitos socio-familiares

El confinamiento, en cambio, ha incrementado la violencia familiar, el feminicidio y la violación a menores de edad. “Todos estos delitos se cometen en casa y el confinamiento ha incrementado el riesgo. En los últimos meses los vemos en rojo. Urgimos a las autoridades federales, estatales y municipales a una estrategia preventiva para paliar el riesgo… Es mucho más efectivo prevenir que perseguir delitos”, concluyó Roel Rodríguez.

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Madre América: Paraguay

El último general del Paraguay

Sergio Guerra Vilaboy

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El general Bernardino Caballero Melgarejo, fue un héroe de la Guerra del Paraguay contra la Triple Alianza (1864-1870), agresiva coalición formada por Argentina, Brasil y Uruguay, con el auspicio de Inglaterra. El Centauro de Ibicuy, como se le conoció por su arrojo al frente de la caballería paraguaya, fue el último general en rendirse a los invasores, tras la muerte en combate en Cerro Corá del presidente de la república mariscal Francisco Solano López, el 1 de marzo de 1870

Incorporado seis años antes al ejército, Caballero combatió en las principales batallas y combates de la Guerra Guasú (Grande) con los países vecinos, lo que le valió sucesivas promociones y reconocimientos. Como soldado, tuvo su bautismo de fuego, en diciembre de ese mismo año, en la campaña de Mato Grosso, que permitió la ocupación de este territorio brasileño, y ya alférez fue ayudante del propio mariscal López en la fortaleza de Humaitá. Por su activa participación en las descomunales batallas de Estero Bellaco y Tuyutí (mayo de 1866), entre las más mortíferas de la historia latinoamericana, fue ascendido y condecorado.

Capitán de caballería sobresalió por su bravura en Boquerón y Sauce (julio de 1866), y en la victoriosa batalla de Curupayty (septiembre), que paralizó durante un año la ofensiva enemiga, por lo que recibió la estrella de oficial de la Orden del Mérito. Impresionantes fueron sus cargas contra la caballería brasileña en Tyí y Tatayibá (octubre de 1867), que le significaron el grado de teniente coronel y otra Orden al Mérito. Al frente de toda una división, estuvo en la sangrienta segunda batalla de Tuyutí, y fue elevado al grado de coronel con nueva condecoración. Un año después, ya era general de brigada, apenas con 29 años, cuando la resistencia paraguaya adquiría rango de epopeya.

Tras luchar en Acayuazá (julio de 1868), se distinguió en la campaña de Piquisiry, en los combates de YtororóAbay y la batalla de Lomas Valentinas, en diciembre de ese  año, por lo que le fue conferida la Medalla de Amambay, último galardón conmemorativo de la contienda. En febrero de 1869 se impuso en Picada Diarte, aunque en la batalla de Acosta Ñú (agosto), protegiendo la retirada del gobierno a lugares más intrincados, no pudo impedir la masacre de cientos de niños que, con barbas postizas para parecer mayores peleaban a sus órdenes. Ascendido a general de división, fue enviado por el mariscal López, quizás para preservarlo, en busca de provisiones para los restos del ejército, acorralado en Cerro Corá.

Rodeado, junto con sus pocos hombres, por una división brasileña junto al río Apa, se rindió el 8 de abril al conocer de la muerte del presidente y sus principales allegados. Llevado como trofeo de guerra a Brasil, como el oficial sobreviviente de mayor graduación, estuvo prisionero hasta diciembre de 1870, representando con dignidad a un país derrotado, pero no vencido. Su regreso produjo una conmoción en su devastada patria, que tenía ahora menos de la mitad de sus habitantes y estaba ocupada por los invasores.

Levantado en armas en 1873 y 1874 contra el gobierno, formado por exiliados y los integrantes de la Legión paraguaya, que había combatido al lado de los extranjeros, el Centauro de Ibicuy logró despejar el camino a la primera magistratura de ex lopistas, incluyendo la suya propia entre 1880 y 1886. Pero su labor gubernamental no estuvo a la altura esperada, pues terminó plegado a los intereses de la recompuesta elite criolla y el capital foráneo, en una evolución parecida a la de otros héroes nacionales latinoamericanos de su generación como Porfirio Díaz en México o José Miguel Gómez en Cuba. Con el argumento de modernizar y reconstruir el país, enajenó a precios irrisorios el patrimonio nacional, que distinguía al Paraguay desde la época del doctor Francia, y en cuya defensa se habían inmolado centenares de miles de paraguayos en la Guerra Guasú.

Hasta su muerte, ocurrida en 1912, el general Caballero dirigió la Asociación Nacional Republicana o Partido Colorado, fundado por él en 1887, que sigue siendo fuerza política principal en la antigua tierra guaraní. Una esclarecedora biografía de esta poco conocida figura histórica de Nuestra América, qué recomiendo a los lectores, es de la autoría del actual embajador de Paraguay en Cuba, doctor Bernardino Cano Radil y se titula Bernardino Caballero. Coraje y templanza al servició de la nación (2020).

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