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Madre América: Ecuador

El médico quiteño Eugenio Espejo

Germán Rodas Chaves

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Acosado por el Poder colonial llegó a Santa Fe de Bogotá el médico quiteño Eugenio Espejo en enero de 1789, luego de un largo viaje que lo inició a finales de 1788. Su desplazamiento se produjo debido a que en junio de ese año el Ministro de la Corte de Madrid, Antonio Porlier, comunicó al Virrey de la Nueva Granada que el Rey había dispuesto que se hiciese cargo, con el carácter de inmediato, del proceso que las autoridades locales de Quito formularon en contra de Espejo. De tales acusaciones, posteriormente, el quiteño fue absuelto en Bogotá, el 2 de diciembre de 1789.

La persecución al ilustrado quiteño se había iniciado años atrás. Hubo diferentes artificios para ello, entre los cuales citaré dos. El primero se refiere  a la postura indeclinable de Espejo, en 1785, para no modificar sus opiniones, que le fueron solicitadas por el Cabildo, sobre el instructivo enviado por el Rey de España, en relación a las medidas sugeridas desde Madrid  -particularmente por el Doctor Francisco Gil- para combatir la viruela.

Dicho informe, contenido en 179 páginas, fue designado por su autor como “Reflexiones sobre la viruela”. Allí el médico Espejo se refirió, con sagacidad, pero al propio tiempo con claridad, sobre las causas que propiciaban las enfermedades en Quito. Sus puntos de vista cuestionaron, indirectamente, a las autoridades de la Colonia, puesto que su comportamiento no había contribuido para redimir a la población de “una conducta impropia que favorecía la propagación de las epidemias”.

La segunda circunstancia que enojó a esas mismas autoridades, fue la actuación de Espejo, en 1787, cuando publicó un alegato denominado “La defensa de los Curas de Riobamba”, escrito por medio del cual  -luego de haber permanecido en esa ciudad andina- demostró que las inculpaciones a los curas-en el sentido de que los religiosos propiciaban fiestas entre los indígenas para obtener lucros-fueron falsas. Tal exposición, adicionalmente, dejó en claro la forma infamante con la cual se trataba a los indígenas de esa región por parte de algunos de los representantes de la metrópoli española.

A causa de estas dos situaciones, Espejo fue conducido preso desde Riobamba a Quito en 1787; tiempo después viajó –como queda dicho- a Bogotá para defenderse de las acusaciones que pesaban en su contra.

Cuando el médico quiteño llegó a Santafé de Bogotá era ya un erudito. Su producción bibliográfica era conocida por importantes sectores de intelectuales bogotanos, tanto más que el ilustrado quiteño había logrado relacionarse, tiempo atrás, con Antonio Nariño y con Francisco Antonio Zea. Por estas razones la presencia de Eugenio Espejo en dicha ciudad no fue ignorada; por el contrario los núcleos de Ilustrados estuvieron atentos a sus ideas y prontamente lo invitaron a formar parte de su entorno.

Uno de los más conspicuos  actores de la vida Ilustrada en Santa Fe de Bogotá fue el patriota Antonio Nariño y Álvarez quien, pese a su juventud, conocía el pensamiento enciclopedista francés. Nariño adquirió una casa en la Plazoleta de San Francisco, en cuya planta baja funcionó un centro de pensadores, de escritores y de lectores que se cobijaron bajo el nombre de “El Arcano Sublime de la Filantropía”. A este centro fue convidado Espejo y su participación fue motivo de interés de sus contertulios, más allá que el médico quiteño debió nutrirse del debate que ocurrió en este importante núcleo ilustrado.

En dicho centro, como dice el historiador colombiano Antonio Cacua “se conspiró,  se habló de revolución, de independencia, de libertad, se estudiaron las Constituciones de Estados Unidos de América y de Francia y  se conocieron los Derechos del Hombre y del Ciudadanos”.

En efecto, al “Arcano Sublime de la Filantropía” –institución que para algunos estudiosos, particularmente colombianos, fue una logia masónica-concurrieron a discutir y a propiciar debates de trascendencia, distintos personajes bogotanos.

Tales deliberaciones fueron complementadas con los aportes académicos del sabio español José Celestino Mutis -quien dirigió la expedición botánica de la Nueva Granada-y también del erudito francés Louis de Rieux, el mismo que, antes de que partiera Espejo de retorno a Quito, se preocupó de transmitir entre sus amigos, aunque de manera general y gracias a las informaciones que había recibido, sobre la existencia de un texto fundamental que fue aprobado por la Constituyente francesa en 1789: ”Los Derechos del Hombre”.

Cuando ocurrió esta circunstancia, “Rieux les hizo una observación a los concurrentes al Arcano sublime de la Filantropía: “difundan los Derechos del hombre”.   Aquello equivalió a decirles que lucharan por un nuevo orden para gozar, luego, de los derechos de opinión, de prensa y de conciencia; para ser libres, en suma.

Nariño, convocado por tal circunstancia y a propósito del debate que la propuesta suscitó, tradujo al español los Derechos del Hombre en 1790 y los publicó, en 1793, en la imprenta de Antonio Espinosa de los Monteros, la misma imprenta que editó el texto de Espejo “El Discurso” que fuera escrito en Bogotá a manera de antecedente de lo que, subsiguientemente, fue la “Sociedad Patriótica de Amigos” que el precursor quiteño fundó en Quito en 1791, un año antes de que pusiera en circulación  el periódico “Primicias de la Cultura de Quito”.

Por todo lo referido, no cabe la menor duda que el paso de Espejo por el “Arcano Sublime de la Filantropía” y su estancia en Bogotá, fueron vivificantes y de trascendente repercusión en la vida del ilustrado quiteño, cuya influencia en las ideas de las jornadas libertarias de Quito –en la primera década del siglo XlX- fueron germen fecundo y raíces de un nuevo tiempo.

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La Independencia esa tarea que nos convoca todos los días

Germán Rodas Chaves

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Cuando la intervención napoleónica se tomó la península Ibérica, las autoridades de los Virreinatos y de las Audiencias en América, muy a pesar suyo, se volvieron en representantes del poder usurpador. Esta circunstancia provocó la argumentación necesaria en el sentido que dichos mandos debían ser sustituidos.

En el caso de Quito, detrás del razonamiento antes referido, estuvieron convocados importantes sectores  que, adicionalmente, expresaron su afán de no responder a los objetivos de los Virreinatos de Lima y Santa Fe y que denotaron su intrepidez de gobernar por si solos y sin tutelaje alguno.

En Quito, el intento de constituir una Junta Patriótica en 1808, en el contexto de todo lo señalado, fue descubierto y tal circunstancia obligó a los propulsores de la idea a posponer aquella iniciativa. Fue en 1809, el 10 de agosto, cuando se constituyó la Junta Soberana –en remplazo del poder colonial- y fue nombrado el Marqués de Selva Alegre como su Presidente. Los hechos se precipitaron gracias a la determinación y templanza de Manuela Cañizares para que ocurriera este episodio al que se le ha denominado como la primera iniciativa independentista en el país.

La vida de  la Junta fue complicada, pues los apoyos que se esperaban desde Cuenca, Guayaquil y Pasto nunca se concretaron debido a que las autoridades españolas intervinieron para que no hubiera una “ruptura del orden” y a causa de una conducta de escepticismo de los sectores populares que no se sintieron parte de los objetivos de la coyuntura; todas estas situaciones debilitaron la acción de los criollos, quienes paulatinamente fueron sintiéndose asediados, habida cuenta que el Virreinato de Lima envió fuerzas militares para sofocar las intenciones de la Junta.

En efecto, las tropas que vinieron desde Lima en 1809 a imponer “orden” en Quito, sabían que no podían dejar vestigios de la insubordinación y menos la posibilidad que las ideas de cambio fueran difundidas en lo posterior.  Tanto lo entendieron así,  que a pesar de sus ofrecimientos de “perdón y olvido” fabricaron los argumentos para reducir a prisión a las figuras visibles de los acontecimientos del 10 de agosto de 1809 y aprovecharon las circunstancias para poner tras rejas a un número elevado de personas que de una u otra manera habían cuestionado al poder español.

Cuando se conoció que algunos de los prisioneros fueron sentenciados a muerte, y que varios de los presos serían expulsados de la ciudad, entre otras sanciones, núcleos importantes de ciudadanos propiciaron la toma de las cárceles y de los cuarteles para impedir tales circunstancias. Las tropas del Virreinato de Lima aprovecharon los sucesos comentados para desencadenar el asesinato de los reos y, también, de una parte importante de la población quiteña.

Todo aquello ocurrió el 2 de agosto de 1810. Allí, con la sangre derramada de las patriotas se sembraron los objetivos de la independencia, de la libertad, de la lucha contra los poderes omnímodos. En contra de las tiranías.

Las tareas del 10 de agosto de 1809 y las que emergieron en medio del 2 de agosto de 1810, estarán siempre presentes mientras existan otras dependencias de las cuales liberarse o cuando se constaten vestigios coloniales y ausencias de libertades.

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Memoria de la Revolución Juliana en Ecuador

Germán Rodas Chaves

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La posesión de Gonzalo Córdova como Presidente de la República del Ecuador en septiembre de 1924, favoreció la presencia de una dinámica oposición que se constituyó, a manera de réplica, debido al fraude electoral instrumentado por el liberalismo en las elecciones.

Jacinto Jijón, dirigente conservador, acaudilló una revuelta armada en el norte del país que fue sofocada; el sector más radical de orientación socialista fundó el 16 de septiembre del mismo año de 1924 el “Grupo Antorcha”, mientras en las filas del ejército la joven oficialidad, también al calor de las ideas de cambio, se aprestaba a irrumpir en contra del orden -viciado de incertidumbres y de inestabilidad de toda naturaleza- bajo el nombre  de La Liga Militar.

El ambiente político en referencia fue tornándose adicionalmente dramático, tanto más que el Presidente Córdova tuvo largas ausencias de la Casa de Gobierno y del ejercicio del poder real debido a su complicada situación de salud. A la circunstancia señalada, se debe agregar que el  soporte del régimen de Córdova, el poder bancario de Guayaquil, comenzó a tambalearse como producto de la crisis del Estado liberal que habían sustentado.

Es en el marco de la realidad descrita, que el movimiento de la oficialidad joven del ejército actuó en contra de la superioridad politizada y provocó un golpe militar, el 9 de julio de 1925, que defenestró a Córdova y que en la historia ecuatoriana se conoce como la Revolución Juliana.

La referida revolución no solamente cuestionó el ejercicio del régimen de Córdova, sino que surgió como una respuesta frente al comportamiento inescrupuloso propiciado por los sectores hegemónicos del país que habían gobernado en el último periodo, lo cual, además, significó enfrentar a la bancocracia que lideraba el Banco Comercial y Agrícola.

El comportamiento lleno de corruptelas a las que me refiero, constituyó el resultado de la crisis a la que fueron conducidos los poderosos grupos oligárquicos comerciales y financieros del país a propósito de la debacle del modelo cacaotero.

La oficialidad joven del ejército fue receptiva ante la realidad descrita, en el contexto de un panorama más amplio en el cual el pensamiento crítico y las ideas de cambio comenzaron a tener un espacio notable.

Tanto es aquello así, que a los pocos días de la Revolución Juliana el Grupo Antorcha se constituyó en núcleo socialista dispuesto a dirigir, en lo posible, la Revolución Juliana y a construir el partido socialista.

Por todos los antecedentes señalados, esta etapa histórica ecuatoriana debe ser estudiada con mirada escrutadora, porque no fue un episodio aislado que se produjo en la vida nacional –tanto más que logró cambios importantes en el modelo económico y social- sino porque su presencia ha dejado una huella que debemos redimensionarla adecuadamente si estamos comprometidos a comprender los hitos que han contribuido en la construcción del estado nacional.

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Latinoamérica en Eloy Alfaro

Germán Rodas Chaves

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A mediados del siglo XlX en gran parte de Latinoamérica se desarrollaron revoluciones liberales, con tipologías propias de cada país, que en sus afanes comunes tuvieron el propósito de transformar los arcaicos arquetipos económico-sociales y, adicionalmente, articular a los grupos comerciales y financieros -que emergieron en esos años- al nuevo orden continental y mundial en ciernes.

El proceso iniciado el 5 de junio de 1895 en el Ecuador –hace ya 125 años- permitió el ascenso al poder del liberalismo y de su líder Eloy Alfaro convirtiéndose, además, en la última de las revoluciones liberales decimonónicas de la región.

No obstante, para el discernimiento exhaustivo del contexto histórico ecuatoriano, es indispensable señalar que también irrumpió en la construcción del pensamiento de Alfaro -a propósito de sus largas estancias lejos de su patria- su proximidad con pensadores y políticos liberales del continente, quienes moldearon algunas de las determinaciones ideológicas del ecuatoriano ilustre, más allá del reconocimiento de sus convicciones plenamente evidenciadas desde los primeros momentos en que se confrontó con poder conservador ecuatoriano.

En efecto, cuando apenas contaba con 22 años, Eloy Alfaro Delgado experimentó el exilio –desarraigo doloroso de su entorno más próximo- debido a la fallida revuelta en contra de García Moreno en 1864, asonada en la cual Alfaro estuvo involucrado. Salió entonces del país y permaneció en Panamá. Subsiguientemente retornó en el mismo año de 1864 al Ecuador para insistir en la confrontación al Presidente conservador, pero a causa del fracaso en este nuevo intento, tuvo que retornar a Panamá, en donde vivió ininterrumpidamente hasta 1882.

Su estancia en el Istmo le permitió dedicarse a las actividades comerciales y familiares, pero también constituyó el tablado para una serie de reuniones con dirigentes liberales y radicales de los más variados países del continente, como por ejemplo con aquellos que propiciaban la independencia cubana.

En junio de 1882 Alfaro volvió al Ecuador para combatir al Presidente Ignacio de Veintemilla; luego de batallar, sin éxito, en este empeño durante cuatro meses, regresó a Panamá, desde donde retornó, una vez más, a su patria a fin de incorporarse a las nuevas jornadas en contra del dictador Veintemilla, el mismo que fue sustituido en 1883 por José María Caamaño, Presidente a quien enfrentó con osadía Eloy Alfaro y circunstancia que provocó que en 1884 el luchador insigne debiera sobrellevar un nuevo ostracismo.

A causa de lo referido, Alfaro residió en 1885 en Colombia y luego en Nicaragua. Posteriormente tuvo  una estancia prolongada en Lima. Allí vivió entre 1886 y 1889. Desde esta ciudad y en el propio año de 1889 se trasladó a Buenos Aires y a Montevideo. Siguió el periplo hacia Venezuela y luego continuó hacia New York, desde donde se dirigió a Centroamérica, permaneciendo durante un lustro en diferentes países de esa región, lo cual le permitió -por el prestigio y reconocimiento que había logrado- desempeñarse como mediador de una guerra a punto de estallar, en 1890, entre Guatemala, Honduras y El Salvador.

En estos años de tránsito por América, Alfaro mantuvo acercamiento y amistad con figuras de valía y trascendencia histórica. Se encontró con el patriota cubano Antonio Maceo en Lima, conoció allí mismo al autor de “Las Tradiciones Peruanas” Ricardo Palma; amistó en Santiago de Chile con el Presidente Balmaceda; estableció relaciones políticas en Argentina con Bartolomé Mitre, fundador del Partido radical; en Venezuela se reunió con el Presidente Joaquín Crespo e inició allí su amistad con el refugiado colombiano José María Vargas Vila; en New York se acercó a los círculos independentistas de la Isla Mayor de las Antillas que dirigía José Martí y se acercó a los entornos del poder de su amigo nicaragüense José Santos Zelaya.

Fue, en resumen, un tiempo de vivificante experiencia que le sirvió a Alfaro para recibir la adhesión a su lucha por parte de quienes lo habían antecedido en igual propósito; un espacio que le permitió compenetrarse con el modelo político que se hallaba en plena construcción en algunos paises latinoamericanos; y no cabe duda que se constituyó en una circunstancia para propiciar la solidaridad activa entre los líderes del liberalismo continental, en la perspectiva de formar una red de apoyo para el ejercicio del poder.

Cuando Eloy Alfaro fue llamado en 1895 como Jefe Supremo del Ecuador, partió desde Nicaragua con el apoyo logístico y económico del régimen de Santos Zelaya. Poco antes, en enero de 1895 la Asamblea Legislativa de ese país lo designó como General de la República.

Se puede afirmar con convicción, que Eloy Alfaro Delgado en su trajín experimentó un tiempo de formación en el crisol de las experiencias de la lucha latinoamericana; por ello, y por su adhesión -cuando ejerció la Presidencia del Ecuador- a las fundamentales causas de los paises de nuestro continente, Alfaro no es únicamente un referente de su país, sino de la región.

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