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Madre América: Ecuador

La revolución liberal alfarista de junio de 1895

Sergio Guerra Vilaboy

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La última de las revoluciones liberales latinoamericanas del siglo XIX estalló el 4 de junio de 1895 en Ecuador, encabezada por Eloy Alfaro Delgado, encaminada a sacar al país de su secular atraso y acabar con los viejos privilegios del clero y de los gamonales, esto es, los poderosos terratenientes señoriales de las serranías. La rápida victoria alfarista, gracias al amplio apoyo de las montoneras -masas de mulatos, negros costeños e indios-, permitió imponer las avanzadas constituciones de 1897 y 1906, que incluían la separación Iglesia-Estado, la secularización de bienes eclesiásticos y un cuerpo de libertades públicas y garantías ciudadanas.

Durante la campaña militar, las acentuadas preocupaciones sociales de Alfaro lo condujeron a liberar a los pueblos originarios de antiguas extorsiones y a condenar el concertaje, una esclavitud encubierta aún existente. Pero la mayor singularidad de El Viejo Luchador, como se le conocía, fue su crítica al librecambio, al que los liberales de su generación veían como una varita mágica que resolvería el atraso económico de América Latina. El líder liberal ecuatoriano defendía un desarrollo nacional sin injerencia foránea, superando las abstractas concepciones ortodoxas de sus correligionarios sobre el laissez faire, que conducían a la conformación de un capitalismo subdesarrollado y dependiente en nuestra América.

En 1908, como parte central de su proyecto modernizador, el estadista inauguró el ferrocarril de Guayaquil a Quito, que enlazó la costa y la sierra, concebido como punto de despegue de la unidad nacional de un nuevo Ecuador, más vinculado también al mundo exterior. Además, favoreció la integración hispanoamericana y abogó por una especie de internacionalismo liberal, encaminado a restablecer la Colombia bolivariana y propiciar la alianza militar y política de los revolucionarios latinoamericanos para transformar el viejo orden socio-económico y detener la insaciable penetración foránea.

Un lugar especial en su ideario ocupó la independencia de Cuba, proponiendo a Antonio Maceo en 1894 organizar una expedición, nutrida de combatientes hispanoamericanos, que desembarcara en la Mayor de las Antillas. No en balde su amigo José Martí, con quien celebró en New York el que sería su último cumpleaños, lo llamó “El bravo Eloy Alfaro, que es de los pocos americanos de creación”. Ya iniciada la guerra en la isla caribeña, el Viejo Luchador se atrevió a enviar una carta oficial a la reina María Cristina, regente de España, donde la exhortaba a reconocer la independencia de Cuba. Su misiva fue la única manifestación pública de un jefe de estado en favor de los patriotas cubanos durante esa contienda.

Para enfrentar el poderío oligárquico y del emergente imperialismo norteamericano, Alfaro firmó en 1900 un pacto secreto con los presidentes liberales Cipriano Castro, de Venezuela –a quien ya dedicamos una nota de Madre América-, y José Santos Zelaya de Nicaragua. Sin embargo, este esfuerzo unitario, en un contexto caracterizado por la política recolonizadora del capital monopolista, no alcanzó a erosionar las ancestrales bases de dominación de las viejas elites y la Iglesia. En esas condiciones, la alianza defensiva de los tres gobiernos liberales nacionalistas, decididos a resguardar sus soberanías, fracasó, al no poder impedir el derrocamiento de Castro en Venezuela en 1908, ni tampoco el de Santos Zelaya en Nicaragua justo un año después. Este fue también el principio del fin del propio Alfaro, sacado del poder a su vez por una revuelta militar financiada por la banca el 11 de agosto de 1911.

Estas mismas fuerzas oscuras, junto a la división del liberalismo promovida por los “notables” de este partido, alarmados por la popularidad y el radicalismo de Alfaro, crearon un clima político enrarecido para impedir su regreso al poder, que propició el brutal asesinato del anciano caudillo en el penal Panóptico de Quito, el 28 de enero de 1912, cuando contaba 70 años de edad. Como expresión del odio de la oligarquía hacia su persona, el cadáver del Viejo Luchador fue arrastrado por las calles de la capital y quemado en los terrenos de El Ejido. Con la muerte de Alfaro y sus más cercanos colaboradores, en la horrenda masacre quiteña que Alfredo Pareja Diez-Canseco calificara de Hoguera Bárbara, se cierra el ciclo revolucionario del liberalismo ecuatoriano. Como expresara el ex presidente Rafael Correa, hoy también perseguido con saña como ayer lo fuera el líder de la revolución liberal de 1895: “Seguir las huellas del general Alfaro significa defender la autodeterminación de los pueblos y propugnar la unidad e integración de Nuestra América.”

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Madre América: Ecuador

La independencia del “estado de Quito”

Germán Rodas Chaves

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El 4 de diciembre de 1811 se instaló el “Soberano Congreso de Quito” compuesto por 18 miembros, en representación del Cabildo, del clero, de las ordenes religiosas, de la nobleza, de los barrios de Quito y de las poblaciones de Ibarra, Otavalo, Latacunga, Ambato, Riobamba, Guaranda y Alausí. El Congreso en referencia, asimismo, el 11 de diciembre del mismo año, declaró la independencia del Estado de Quito frente a España.

Adicionalmente, este mismo Congreso Constituyente, el 15 de febrero de 1812, promulgó la Constitución denominada “Artículos del pacto solemne de sociedad y unión entre las provincias que forman el Estado de Quito”.

Las deliberaciones del Congreso de Quito se produjeron en el contexto de abiertas confrontaciones entre quienes defendían los intereses de la metrópoli y quienes las combatían. Tal contradicción provocó que los criterios divergentes y de confrontación se expresaran en posiciones extremas y radicales.

En efecto, los seguidores de Carlos y Pedro Montufar, quienes fueron denominados montufaristas, habían expresado la validez histórica de la independencia frente a España, no obstante, al mismo tiempo, señalaron la conveniencia de seguir fieles a Fernando Vll. De otro lado, la “bancada congresil”, conocida como la de los “Sanchistas”, adhirió y defendió la propuesta del marques de la Villa de Orellana, Jacinto Sánchez, quien reclamó la independencia integral frente a España y de sus Reyes y propugnó un gobierno Republicano, formulando, de esta manera, una actitud de absoluta ruptura con el coloniaje.

La circunstancia descrita expresó una confrontación trascendental entre los monárquicos y los republicanos, realidad que debe ser valorada en su dimensión histórica, pues estuvo atravesada no sólo por intereses y reacomodos internos, sino por una carga ideológica de enorme significación que denotaba, de una parte, la adhesión a las ideas de cambio y, de otro lado, la presencia de composturas conservadoras.

Tal fue el denuedo en la confrontación, que los llamados Sanchistas abandonaron el Congreso de Quito y se instalaron en otra localidad, en la Latacunga, desconociendo el Pacto Solemne y al Gobierno. Luego, con un ejército al mando del cubano Francisco Calderón avanzaron hacia Quito con el objetivo de imponer sus ideas.

La confrontación  entre las fracciones señaladas favoreció, finalmente, para que las tropas realistas –movilizadas desde Santa Fe de Bogotá y desde Lima- retomaran el control de las diversas regiones que habían adherido a la propuesta y a las determinaciones emanadas en el Congreso de Quito.

En suma, las contradicciones de los Patriotas fueron aprovechadas para debilitar y, luego, derrotar al movimiento libertario. En este entorno llegó el fin de la “Revolución Quiteña”, ciudad símbolo de esta lucha, a la que las tropas encargadas de impedir la independencia la reconquistaron el 8 de noviembre de 1812.

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Madre América: Ecuador

Cubano precursor de la independencia del Ecuador

José Antonio Quintana García

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A la ciudad de Guayaquil arribó el cubano Francisco Xavier Calderón, al parecer cuando el siglo XVIII  expiraba, la fecha exacta aún es desconocida por los historiadores. Había nacido en La Habana el 3 de diciembre de 1770. Era hijo del español José Calderón, natural de Santur, provincia de Navarra y de la habanera María Ignacia Díaz Núñez.

A pesar de su juventud, venía a desempeñar un alto cargo en la burocracia colonial, el de Ministro Contador de las Reales Cajas y Tesorero Oficial. Buen partido era para las jóvenes casaderas de Guayaquil. Muchas debieron fijar sus ojos en el apuesto funcionario. Pero sólo una de ellas llamaba su atención. Se llamaba Manuela de Jesús. En verdad él casi le doblaba la edad, pues ella había nacido el 8 de junio de 1784. La atracción recíproca creció durante sus visitas a Francisco Ventura de Garaycoa y Romay,  Capitán de Maestranza del Astillero y Factor de la Real Renta del Tabaco, natural de La Coruña, en Galicia, quien aceptó la relación amorosa.

El suegro era una de las personalidades más influyentes de Guayaquil, dado el desempeño de importantes cargos: Capitán de milicias, Alcalde ordinario, Procurador General, Maestre de Campo, casado con María Paula Eufemia de Llaguno procrearon 21 hijos.

Cuenca

En 1800, Francisco fue nombrado Tesorero Real de las Cajas de Cuenca. Antes de partir contrajo nupcias con Manuela, en el mes de marzo. Ella quedó embarazada al poco tiempo y el 6 de enero de 1801 nacía Mercedes, la primogénita, bautizada en la Iglesia Matriz de Guayaquil, ciudad donde vio la luz primera.

Para realizar el largo viaje en mulo, por caminos casi intransitables, debían vencer unos 200 kilómetros de distancia, o quizás más debido a lo abrupto del terreno. Por este motivo esperaron que la niña estuviera fuerte. En 1802  el matrimonio se reunió Cuenca,  ciudad fundada el 12 de abril de 1557 por el capitán Gil Ramírez Dávalos, quien cumplía órdenes del virrey español Andrés Hurtado de Mendoza,  como este era natural de la ciudad de Cuenca, en España, así quedó nombrado el nuevo poblado.

 Se hospedaron en una amplia casa que pertenecía a Margarita Torres, mujer de Francisco Paulino Ordóñez. El inmueble estaba ubicado de la Calle Real (hoy Bolívar), en la esquina opuesta al templo de San Agustín (que después fue reemplazado con el de San Alfonso)

El nuevo año de 1806 comienza feliz para Francisco y Manuela, el 6 de enero nace una robusta hija Baltazara Josefa. Al día siguiente las familias cuencanas felicitan al matrimonio que acude a la Catedral para bautizar a la niña, oficio que realiza el doctor Mariano Isidro Crespo, cura rector del templo. El padrino doctor Manuel Días de Avecillas, y testigos Pedro Heredia y Domingo Bustos.

El ambiente político que encontró Francisco en Cuenca era favorable a la independencia de España. Todavía los vecinos de la ciudad recordaban los sucesos del 25 de marzo de  1795 cuando en diferentes lugares  aparecieron letreros alegóricos a la libertad. Entre los sospechosos  detenidos por las autoridades estaban Paulino Ordóñez, Fernando Salazar y Piedra y Joaquín Tobar. Como ya hemos dicho en la vivienda de la esposa del primero de ellos se hospedó el cubano con su familia.

Acerca de la incorporación de Francisco al movimiento independentista ha relatado Rodolfo Pérez Pimentel, cronista vitalicio de Guayaquil:

Cuando iba a estallar la revolución del 10 de Agosto en Quito…el Capitán Juan Salinas, comprometió secretamente en Quito al Sargento Mayor Mariano Pozo, riobambeño de 36 años de edad, para que propagara las ideas independentistas en Cuenca, ciudad a la que tenía que viajar con una escolta de catorce soldados a su mando, a relevar a los que estaban en esa urbe. El 8 de Agosto arribaron a Cuenca y según parece el Sargento Pozo conversó con Calderón, noticiándole de los aprestos revolucionarios, que solo se conocieron días después cuando el posta Blas Santos llevó la nueva al interventor de la Renta de Correos Joaquín Tovar, regándose la novedad en toda la ciudad.

Una carta enviada a Pozo desde Quito fue requisada por José Neyra y Vélez, que la entregó al Gobernador Melchor Aymerich, quien pidió a García-Calderón que le cediera los caudales públicos a su cargo, con  el pretexto de levantar tropas e iniciar la marcha sobre Quito, pero como no presentó las respectivas libranzas legales, éste se negó”.

La actitud del cubano eran en extremo audaz y podía constarle la vida, no sólo el cargo público que desempeñaba. Los hechos sucedieron con velocidad vertiginosa. El 24 de agosto había invitado a almorzar con su familia al  Alcalde de Cabildo Fernando Guerrero de Salazar y Piedra, y de pronto irrumpió el Teniente de Milicias Manuel Rodríguez y Villagómez. Los detuvo y los trasladó al Cuartel donde permanecieron hasta el 5 de septiembre, día en que fueron remitidos a Guayaquil.

Como represalia, además, le fueron confiscadas sus propiedades. Dejaban en la miseria a Manuela y a sus pequeños hijos. Recibió maltratos en Guayaquil por órdenes del cruel Bartolomé Cucalón. El ensañamiento no concluyó en esta ciudad. A pie, junto a otros insurrectos, fue trasladado a Quito, donde el calvario continuó. Gracias a la intervención de amigos influyentes logró la libertad. Ya no habría marcha atrás. Buscó a las huestes independentistas y se incorporó a ellas.

Francisco Calderón encontró en Quito a las fuerzas revolucionarias divididas. Un partido sólo acataba órdenes del Marqués de Selva Alegre y de su hijo, y el otro las del Marqués de Villa Orellana. Calderón pertenecía a este último partido, y era, como ha expresado el historiador Camilo Destruge, el brazo derecho del líder de la facción.

 Las rivalidades y enconos llegaron a tal extremo con motivo del primer Congreso Constituyente, que se reunió en Quito el 1ro de enero de 1812, que los ocho diputados de la minoría vencida, se trasladaron a Latacunga el 24 de Febrero, y reunidos allí comenzaron a dictar decretos y disposiciones, como si constituyeran un cuerpo soberano .En tanto, Calderón estaba acampado en Alausí, al mando de una pequeña tropa. Recibió la orden de que incorporase a sus hombres a quienes quedaban en Guaranda, luego de la retirada de Arredondo, y se presentara a toda prisa en Quito. Para cumplir el mandato del partido sanchista, así denominaban a los seguidores del Marqués de Villa Orellana, dictó una proclama dirigida a los montufaristas que comenzaba así:

Quiteños ¡albricias! El día de vuestra libertad se acerca. La estatua gigantesca del despotismo va a desaparecer precipitada. Las cadenas que habéis arrastrado ya se rompen…”

Sanchistas y montufaristas llegaron a un acuerdo transitorio, pues el rencor en apariencias sofocado, reverdecería con funestas consecuencias más tarde. Calderón al frente ya de un reforzado contingente entró en Quito, donde el ejército republicano fue reorganizado y  al cubano lo designaron su Comandante en Jefe.

Desde el punto de vista estratégico resultaba de primer orden marchar a Cuenca y desalojar de allí a los españoles. La partida no se postergó y al frente de las huestes libertadoras integradas por 1500 combatientes marchaba Calderón. Salieron de Quito el primero de abril de 1812. En el trayecto entre Lacatunga y Ambato sumaron 600 soldados. Y en Riobamba y  Guaranda completaron, con nuevos ingresos, la columna llegó a tres mil hombres. En Achupallas, Calderón  dividió en tres columnas a su ejército. Una bajo su mando directo, otra dirigida por el teniente coronel Feliciano Checa y la restante por el Sargento Mayor Manuel Aguilar. El primer encuentro con los realistas ocurrió en Paredones, donde desde una montaña recibieron el fuego artillero. Sin embargo, cuando vieron que los insurrectos avanzaban resueltamente los defensores de la Corona se retiraron, sin causar significativas bajas.

La columna libertadora siguió hasta Culebrillas. Allí acamparon. Aprovecharon el descansado para interrogar a los prisioneros del combate anterior e informarse de la situación del enemigo en el poblado de Biblián. Decido a tomarlo ordenó Calderón proseguir la marcha, amenazada constantemente por grupos de indios, armados con piedras y palos que aparecían y desaparecían en la cima de las montañas.  Quiso presentarles batalla, pero sus capitanes se negaron, aludiendo a que los caminos estaban muy lodosos. Cometió el error de aceptar la actitud de sus subordinados y continuaron avanzando hasta Bibián, donde acamparon tres días.

El 24 de junio logró las primeras victorias; sin embargo, la desunión brotó de su estado mayor. Algunos oficiales no estaban de acuerdo con la férrea disciplina que estableció el cubano y lo destituyeron de la jefatura del Ejército Libertador. Acató la resolución y partió en calidad de comandante de las fuerzas del Norte en Ibarra. Con seiscientos hombres reinició los combates por la independencia de Ecuador y, en Pasto, cuando pretendía expulsar a los realistas que dirigía el coronel Juan Sámano, fue derrotado y cayó en poder del enemigo que, sin perder tiempo, lo fusiló aquel 1ro de diciembre de 1812.

Luego de este infausto suceso, la familia quedó en la pobreza. Entre los pocos bienes del Coronel Calderón que le fueron embargados, estaba un hato en Sancay, sus muebles, hasta los vestidos y todo fue rematado en provecho del erario. Su hijo Abdon siguió el ejemplo para convertirse en el “niño héroe” de la batalla de Pichincha.  

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EL ASESINATO DEL 15 DE NOVIEMBRE DE 1922

Germán Rodas Chaves

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El 15 de noviembre de 1922, en la ciudad de Guayaquil se produjo una brutal represión en contra del pueblo, como corolario a sus jornadas de lucha por lograr condiciones de vida dignas. Tal suceso–uno de los crímenes más dramáticos del Ecuador-dejó profunda huella en la historia nacional.

En efecto, los ferrocarrileros de Durán–población cercana a la ciudad de Guayaquil-en la segunda quincena de octubre de 1922, iniciaron una huelga reclamando por sus derechos. Esta huelga recibió el apoyo de distintas organizaciones de la provincia del Guayas. La huelga llegó a su final el 26 de octubre cuando se atendió los pedidos de los obreros.

Los acontecimientos señalados originaron, a partir del 8 de noviembre de 1922, que diferentes núcleos de trabajadores de Guayaquil impulsaran otras justas reivindicaciones, como las que enarbolaron los trabajadores eléctricos o los del transporte, quienes exigieron mejoras salariales y el cumplimiento de las ocho horas laborables. 

Las demandas populares demostraron el nivel de dificultades por la que recorría la sociedad de aquel periodo, como efecto, entre otras cosas, de las secuelas provocadas por la primera guerra mundial que se evidenciaron en nuestro medio, entre otras cosas, en la crisis cacaotera, en la inestabilidad bancaria, en la grave dificultad fiscal y en el empobrecimiento de las mayorías.

En este contexto, el 13 de noviembre del mentado año de 1922, los trabajadores de la ciudad de Guayaquil declararon la huelga general indefinida hasta que se atendieran las justas demandas que habían sido planteadas, lo cual provocó una reacción intransigente del Presidente de la República, José Luis Tamayo, quien el día 14 de noviembre –mediante telegrama- instruyó al Jefe de la Zona Militar de Guayaquil, General Enrique Barriga, que “cueste lo que cueste, espero que usted mañana a las seis de la tarde me informará que ha vuelto la tranquilidad a Guayaquil”.  La orden explícita de la represión llegó de esta manera artera.

Así pues, la multitudinaria marcha popular que fue convocada para el 15 de noviembre de 1922 fue dispersada a bala. Posteriormente, docenas de cuerpos inertes de los caídos fueron atravesados con bayonetas para después arrojarlos al Rio Guayas y pretender, de esta manera, esconder el crimen colectivo perpetrado por el poder.

Uno de los primeros asesinatos se produjo en una panadería ubicada en la calle Coronel, cuando adherentes a la huelga pidieron que dicho establecimiento cerrara sus actividades y que sus trabajadores se sumaran a la marcha que recorría las calles de Guayaquil. Los empleados de dicho establecimiento intentaron cerrar el local de trabajo pero fueron agredidos por su propietario–un ciudadano de apellido Chambers-y por algunos miembros de la policía. En tales circunstancias pereció el trabajador Alfredo Baldeón.

En 1946, el escritor guayaquileño Joaquín Gallegos Lara puso en circulación la novela denuncia de los sucesos del 15 de noviembre de 1922 titulada “Las Cruces sobe el agua”. El personaje central de esta novela, Alfredo Baldeón, quedó inmortalizado en dicha obra literaria puesto que los acontecimientos de 1922 se volvieron un grito permanente a la conciencia nacional–esa misma conciencia que en 1926 organizó y fundó la primera organización política de izquierda-y una clarinada para los hombres y las mujeres de la Patria en su tarea de construir mejores días para el país, a costa de todo sacrificio y por encima de toda tiranía.

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