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Madre América: Paraguay

Estados Unidos contra Paraguay en 1858

Sergio Guerra Vilaboy

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Los apetitos expansionistas de Estados Unidos y sus rivalidades comerciales con Inglaterra fueron las causas de este episodio poco conocido de la historia latinoamericana. Los británicos llevaban la delantera a los estadounidenses, pues habían conseguido endeudar a las nacientes repúblicas hispanoamericanas desde su independencia. Entre 1830 y 1850, Francia e Inglaterra mantuvieron bloqueado el puerto de Buenos Aires, para doblegar al dictador Rosas, que prohibía la libre navegación por los ríos. 

La política del caudillo bonaerense obstaculizaba la entrada de manufacturas e impedía el comercio exterior de sus propias provincias y de la República del Paraguay, la que no reconocía. El bloqueo anglo-francés del Río de la Plata animó en Estados Unidos el plan de apoyar a Rosas, para desplazar el comercio europeo y conseguir un arreglo entre Asunción y Buenos Aires, que impidiera el acercamiento inglés al Paraguay presidido por Carlos Antonio López. El proyecto, elaborado por el diplomático norteamericano en Buenos Aires William Brent Jr., fue auspiciado por el Secretario de Estado James Buchanan, quien declaró que Paraguay “no ha recibido del Gobierno de los Estados Unidos toda la atención que exige su importancia”.

En 1845 llegó a Asunción el primer agente estadounidense, Edgard A. Hopkins, partidario del inmediato reconocimiento de Paraguay, pues sino Inglaterra logrará “abrir la navegación del Paraná, por la fuerza contra toda ley, para beneficio de sus súbditos” y se perderá este mercado en el que “pueden introducirse sin temor a competencias manufacturas norteamericanas de todas clases por valor de varios millones de dólares anualmente.

La derrota militar de Rosas en Caseros (1852) favoreció los planes de Estados Unidos, pues la recién surgida Confederación Argentina dispuso la libre navegación por los ríos interiores del Plata y reconoció la independencia del Paraguay, cuyo gobierno se abrió al comercio internacional, autorizando la inversión extranjera. Uno de los primeros beneficiados fue Hopkins, que fundó la United States and Paraguay Navegation Company, de la que era socio el propio Secretario de Estado norteamericano James Buchanan, empresa que instaló en Asunción varias pequeñas fábricas y comercios.

Pero las desaforadas actividades estadounidenses rebasaron pronto la tolerancia del celoso Estado paraguayo, que revocó las concesiones y restableció la prohibición del doctor Francia a los inversores foráneos. Airado, Hopkins pidió ayuda a un barco de guerra de Estados Unidos, el Water Witch, que “exploraba” en aguas fluviales cercanas. Anclado en Asunción en septiembre de 1854, exigió la evacuación de los norteamericanos y sus propiedades para no cañonear la ciudad. De regreso a Washington, Hopkins pidió represalias: “El gobierno de los Estados Unidos, apenas permitiría que una tribu de indios norteamericanos o de salvajes malayos, invoque los principios del derecho internacional en su defensa. Este presidente López es peor que ellos. Hablar con ellos es pérdida de tiempo, lo que les falta es una muestra de nuestros cañones.”

Cinco meses después, el Water Witch intentó entrar sin permiso en aguas paraguayas, por lo que las baterías del fuerte Itapirú le obligaron a retroceder –dañado y con varios heridos-, perseguido por la cañonera Tacuarí. El comandante de Itapirú informó al presidente López: “Tal ha sido la retirada del Water Witch llevando una lección que hace tiempo buscaba.”

La respuesta del nuevo mandatario de Estados Unidos, nada menos que el propio James Buchanan, fue enviar una flota de guerra, la más poderosa salida hasta entonces del territorio norteamericano. A fines de 1858 la armada punitiva, integrada por once vapores y nueve veleros. Con 200 cañones y 1500 tripulantes, remontó el Paraná para escarmentar a la desafiante nación sudamericana.

Sin embargo, la inminente agresión estadounidense pudo evitarse gracias a la oportuna mediación de Justo José de Urquiza, Presidente de la Confederación Argentina, empeñado en atraer al Paraguay a la alianza que vertebraba contra la disidencia de Buenos Aires. Sometido al arbitraje internacional, el conflicto se dirimió con la retirada de la reclamación norteamericana, el pago de una indemnización y la concertación de un tratado comercial. Para los paraguayos, el episodio dejaba una enseñanza: Estados Unidos era una potencia hostil, dispuesta a conjurarse con sus enemigos, para apretar el asfixiante cerco que ya se tejía contra Paraguay y que conduciría seis años después a la mortífera Guerra de la Triple Alianza, a la que ya nos referimos en otra nota de Madre América.

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Madre América: Paraguay

La desconocida provincia gigante de las Indias

Sergio Guerra Vilaboy

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La conquista española del Río de la Plata se inició con la trágica expedición de Juan Díaz de Solís, masacrada por los charrúas en 1516. Uno de sus sobrevivientes, el portugués Alejo García, fue el primer europeo que pisó al actual territorio de Paraguay cuando iba rumbo a los Andes desde la isla Santa Catalina, ubicada en las actuales costas brasileñas. García fue también un pionero al invadir el imperio incaico desde el sur -por Santa Cruz (1524)-, llevándose telas y objetos de oro y plata, mucho antes que Francisco Pizarro lo hiciera por el extremo opuesto. Atraídos por las noticias de esas riquezas, Sebastián Gaboto en 1527 y Diego García de Moguer dos años después, navegaron por los ríos Paraná y Paraguay tratando de llegar al Tahuantinsuyo.

No fue hasta 1535 que la Corona organizó una gran expedición colonizadora a la región austral, amenazada por la expansión portuguesa, que estuvo al mando de Pedro de Mendoza. Acompañado de más de mil personas, Mendoza levantó al año siguiente en la desembocadura del Río de la Plata una villa fortificada nombrada Santa María del Buen Aire, virtual capital del imaginado Reino de Nueva Andalucía. Abandonada pronto por la hostilidad de los pueblos originarios y lo inhóspito del lugar, muchos de sus pobladores se refugiaron en el más acogedor territorio paraguayo, donde Juan de Salazar fundó al año siguiente Nuestra Señora de la Asunción, que fue en verdad el primer gobierno municipal del Rio de la Plata.

Los recién llegados, encabezados por Juan de Ayolas y Domingo Martínez de Irala, siguieron saqueando el imperio incaico, hasta que Pizarro se los impidió, dejándolos confinados en Paraguay, con la agricultura como única alternativa. Después de vencer la tenaz resistencia de los jefes aborígenes Ñande Ru, Guazú Ruvichá, Taberé y Lambaré, los españoles lograron someter a los guaraníes, uno de los pueblos más avanzados de América del Sur.

A afianzar la presencia hispana en suelo paraguayo contribuyó que los conquistadores asimilaron la costumbre poligámica de los guaraníes, amancebándose con varias mujeres, a las que obligaban a trabajar la tierra. La ausencia de minerales preciosos hizo disminuir el arribo de europeos a Paraguay, lo que impulsó el mestizaje como en ninguna otra parte del continente.

En esas circunstancias, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, quien tras un naufragio había cobrado fama por sus andanzas por América del Norte, fue nombrado gobernador de esta remota posesión hispana. Para llegar a Asunción, desembarcó en 1542 por la costa atlántica y atravesó selvas hasta tropezar casualmente con las asombrosas cataratas de Iguazú, desconocidas por los europeos. Pero Cabeza de Vaca, rechazado por los conquistadores españoles asentados en suelo guaraní por su propósito de frenar la poligamia y limitar las encomiendas de indios, fue obligado a regresar a España (1544).

Tres décadas más tarde, los descendientes mestizos de los primeros conquistadores del Paraguay, comandados por Juan de Garay, iniciaron la colonización hasta la desembocadura del Plata, con el objetivo de facilitar la comunicación al exterior de la ya floreciente colonia agrícola, que durante un tiempo sería la más extensa de América, con costas tanto en el Atlántico como en el Pacífico. En su expansión, los 9 españoles y 75 “mancebos de la tierra” o paraguayos, como ya comenzaba a ser conocidos los criollos, fundaron Villa Rica (1570), Santa Fe (1573), Bermejo (1585), Corrientes (1588) y por segunda vez Buenos Aires (1580), acontecimiento que para algunos historiadores señala el fin de la conquista española de América.

A esa altura, la gran provincia de Paraguay había comenzado a achicarse como una piel de zapa, pues en 1552 perdió su salida al Pacífico y ocho años después el antiguo territorio incaico de Santa Cruz. La condición de provincia más grande de las Indias desapareció de manera definitiva en 1671 al crearse las gobernaciones de Guairá (o Paraguay) y la del Rio de la Plata. Fue un mestizo paraguayo, Ruy Díaz de Guzmán, quien en 1612 narró toda esa epopeya, mostrando una muy temprana conciencia “protonacional”, en una obra clásica titulada Anales del descubrimiento, población y conquista del Río de la Plata, o La Argentina, como la denominó su autor, escrita para dejar constancia para la posteridad“por aquella obligación que cada uno debe a su misma patria”.

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Madre América: Paraguay

Recorrido académico por Paraguay con Richard Alan White

Sergio Guerra Vilaboy

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A fines de los setenta cayó en mis manos un libro inédito que poseía la Casa de las Américas, fechado en 1976, titulado La primera revolución popular en América, Paraguay (1810-1840) del historiador estadounidense Richard Alan White (1944-2016). La obra me impresionó, pues restituía brillo a la figura del prócer paraguayo José Gaspar de Francia, vilipendiado por la historiografía liberal positivista.

Después supe que su autor había sido alumno de Lewis Hanke, quien lo animó a especializarse en ese tema para su tesis doctoral. Gracias a becas de las fundaciones Woodrow Wilson y Fulbright-Hays, White pudo revisar archivos en España, Argentina y Brasil, así como en el lúgubre Paraguay de Stroessner. En la tierra guaraní, además de desarrollar su investigación, el historiador norteamericano ayudó a muchos perseguidos por la sangrienta dictadura que lo creía un diplomático de Estados Unidos. Soy testigo del agradecimiento que le profesan desde entonces muchos paraguayos.

Doctorado en la Universidad de California, Los Ángeles, Richard Alan fue después profesor en dos universidades californianas, colaborador del gobierno de Jimmy Carter, cuando visitó Cuba, y más tarde fue miembro de Amnistía Internacional. Su libro es considerado un clásico y después de su edición por la revista Estudios Paraguayos, de la Universidad Católica de Asunción, se convirtió en el único miembro extranjero del Instituto de Investigaciones Históricas Dr. José Gaspar de Francia. Su infinita generosidad lo llevó a donar a Paraguay la documentación recopilada –fotocopiada o digitalizada-, extraída del país tras la Guerra de la Triple Alianza.

Nos conocimos al llegar a Paraguay a fines de febrero de 2011, invitados por el gobierno de Fernando Lugo. Nuestro anfitrión era el Consejero de Administración de Itaipú, exsenador y líder del Partido Liberal Radical Auténtico, Domingo Laino, figura emblemática de la lucha contra la dictadura de Stroessner, también con una obra significativa sobre el doctor Francia. Además de nosotros dos, también estaba convidado el prestigioso historiador argentino León Pomer, muy conocido por su extraordinario libro revisionista: Guerra del Paraguay Gran Negocio! (1968). Los cuatro íbamos a disertar y debatir sobre la controvertida personalidad del fundador del Paraguay en el bicentenario de su independencia.

El debut del singular cuarteto de historiadores fue el 1 de marzo en una céntrica plaza de Asunción, frente a la Casa de la Independencia, por la conmemoración nacional del día de los héroes, en presencia de una gran concurrencia, la televisión nacional y extranjera, así como del propio presidente Fernando Lugo. Al día siguiente, tras un intento frustrado por el mal tiempo de viajar a Cerro Cora, a la ceremonia por la caída en combate del Mariscal López, almorzamos con el propio mandatario paraguayo en la residencia presidencial de Mburuvicha Róga.  Como parte del intenso programa, fuimos en avioneta fuera de la capital, lo que nos permitió, además de hablar en centros de educación y otras instituciones, conocer las ruinas de las misiones jesuitas, las impresionantes cataratas de Iguazú y la monumental hidroeléctrica de Itaipú, así como recorrer Encarnación de Itapúa y Ciudad del Este.

Casi al finalizar la gira académica, ofrecimos una conferencia de prensa que debía cerrar después de White, quien entusiasmado no paraba de hablar. Laino me hizo una seña para que mi intervención fuera breve, por lo que me limite a decir que no me quedaba tiempo, pero que podían palpar las consecuencias del boqueo norteamericano a Cuba, inesperada broma que provocó la risa de los asistentes. Richard Alan White, a quien todavía alcance a ver otra vez en Asunción, en un congreso de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC) donde ofreció una conferencia magistral, falleció el 6 de julio de 2016 en su residencia de Maryland, y sus cenizas fueron trasladas al Paraguay, país al que estaba unida su vida y su obra.

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Madre América: Paraguay

En recuerdo del paraguayo Joel Atilio Cazal y su inclaudicable Koe-yú

Sergio Guerra Vilaboy

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Fue a fines o a principios de julio de 1983 cuando lo conocí. Me encontraba en Caracas para participar en las sesiones del congreso sobre el Pensamiento Político Latinoamericano, con motivo de las actividades conmemorativas por el bicentenario del Libertador Simón Bolívar. La delegación cubana, encabezada por Flavio Bravo, entonces presidente de la Asamblea Nacional de la República de Cuba, estaba integrada por un nutrido grupo de intelectuales, entre ellos Francisco Pividal y Manuel Galich. Tuve la suerte de compartir la habitación con el doctor Galich, quien era director del Departamento de Teatro de la Casa de las Américas y mi maestro y compañero de cátedra en el Departamento de Historia de la Universidad de La Habana.

Galich, además de laureado dramaturgo y exitoso escritor, había tenido una destacada participación en la Revolución Guatemalteca de 1944, desarrollando durante los gobiernos de Juan José Arévalo y Jacobo Arbenz una extraordinaria labor política y diplomática que, tras la grosera intervención norteamericana en 1954, lo llevaron a radicarse en Argentina y luego en Cuba. En aquellos días en Caracas, hace más de treinta años, pude comprobar lo conocido que era Galich entre los latinoamericanos y la admiración que despertaba su postura vertical y verbo encendido, ahora en defensa de la Revolución Cubana.

Por eso no me extrañó que una tarde tocara en la puerta de nuestra habitación del Caracas Hilton un joven periodista paraguayo exiliado en Venezuela, trigueño y muy flaco, cargando una pesada grabadora de cinta, para solicitar una entrevista a Galich. Se trataba de Joel Atilio Cazal.

Fue la primera vez que lo vi y que tuve en mis manos un ejemplar de Ko-eyú, la prestigiosa revista que con tanta devoción, como pocos recursos, editaba con su esfuerzo personal, el apoyo de toda su familia y el generoso concurso de leales amigos. Ese mismo día nació mi colaboración con Ko-eyú y, al mismo tiempo, fue el comienzo de una entrañable amistad con Joel que se hizo más firme con el paso del tiempo, forjada en la solidaridad humana, el compromiso con el movimiento revolucionario latinoamericano y la lealtad a la Revolución Cubana.

Recuerdo que en esa oportunidad le entregué para la revista mi ponencia La Revolución Cubana y la Revolución Sandinista en el proceso liberador de Nuestra América, presentada en el propio congreso del Pensamiento Político Latinoamericano en que estábamos participando, y un artículo recién terminado titulado Guatemala: raíces históricas de la insurrección popular.

Ante la frecuencia de mis colaboraciones en la revista, supuestos guardianes de la pureza y la ortodoxia marxista-leninista no tardaron en hacerme llegar el sibilino mensaje de que Ko-eyú era una publicación “antisoviética”. La caída del socialismo europeo y la desaparición de la Unión Soviética pondrían definitivamente las cosas en su sitio: algunos de aquellos detractores y oportunistas se pasaron al otro bando; mientras Ko-eyú siguió consecuente con su línea revolucionaria radical que le caracterizó a los largo de sus treinta años de existencia, al servicio permanente de las mejores causas del continente y al lado de la Revolución Cubana. Basta solo revisar el índice de esta publicación, que honra al periodismo y la intelectualidad latinoamericana, para percatarse de la irreductible postura de Ko-eyú y cuanto le debemos a esta revista y a Joel Atilio Cazal (1941-2010), siempre firme en sus principios y convicciones hasta el último minuto de su apasionada existencia.

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