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Madre América: El Salvador

Maíz e Historia en El Salvador

René Villaboy

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Precisamente en 1989, cuando la Guerra Civil que azotaba a El Salvador llegaba a su momento de mayor intensidad un novedoso esfuerzo editorial que mostró a los habitantes del llamado “pulgarcito de América” una visión progresista y popular de su propio pasado y de su presente inmediato. En medio de las balas cruzadas- que enfrentaban a las guerrillas del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) contra los regímenes oligárquicos de turno que ingobernaban la patria del gran Roque Dalton- hace ya 30 años el Equipo Maíz publicó por primera vez su Historia de El Salvador. De cómo la gente guanaca no sucumbió ante los infames ultrajes de españoles, criollos, gringos y otras plagas. Aquel texto que tenía y conserva aún el propósito de:“mantener al pueblo como protagonista de la historia y escribir una historia sencilla que pueda ser entendida por todas y todos, y no solo por la gente estudiada”.

El Equipo Maíz surgió en 1983, como esfuerzo de un grupo de mujeres y hombres jóvenes de El Salvador, que querían ayudar a crear conciencia entre la población sobre las causas de la guerra, a pesar de vivir diariamente sus consecuencias en las condiciones de extrema pobreza y la represión imperante de esos años. Precisamente por el cierre de espacios a la crítica y el debate, Maíz focalizó los primeros procesos formativos en las comunidades eclesiales de base en algunas parroquias donde todavía se ofrecían ciertas condiciones para poder reunir grupos de personas a conversar – aunque fuera furtivamente – sobre la realidad del país. Así se comprendió que para entender el presente había que recurrir al pasado, a la historia.

 De esa manera se gestó la idea del primer texto de la Historia de El Salvador, a partir de un esfuerzo colectivo, de personas formadas en ciencias sociales, aunque sin formación específica como historiadores, pero que se nutrieron además de la experiencia militante y del contacto con las poblaciones pobres y muchas veces analfabetas. A partir de lecturas y el estudio de materiales y diversas fuentes un pequeño grupo de 6 personas discutió y elaboró la obra que contó inicialmente con 18 capítulos.

El texto Historia de El Salvador del Equipo Maíz, esboza de manera didáctica el desarrollo del país desde sus primeros pobladores, y si bien en su primera edición llegó hasta 1984 y en su séptima llega  al 2009. Para ello utiliza como valioso recurso la imagen caricaturizada de los diferentes momentos y personajes de la historia salvadoreña. En abierta ruptura con las ilustraciones edulcoradas y ficticias que acompañan los textos oficiales y los manuales escolares que se encargan de difundir el pasado de la nación centroamericana. A pesar de sus numerosas reimpresiones la obra ha mantenido líneas conceptuales y metodológicas invariables.  De ella es imprescindible destacar en este comentario al menos tres de ellas.  La primera es su visión de una historia desde los vencidos o los oprimidos, que incluye la constante presencia de la explotación, la agresión e invasión externa, la exclusión social y las luchas populares como elementos de continuidad. Para ello utilizan como símbolos la conquista y colonización, la dominación interna de las oligarquías criollas conservadoras y liberales y la presencia de los Estados Unidos. Una segunda línea de la Historia de El Salvador del Equipo Maíz ha sido su enfoque de género, al presentarse desde las primeras páginas no como una historia de y para varones, sino que incorpora a las mujeres y su activo papel dentro de los cambios y dinámicas de la sociedad salvadoreña desde los tiempos precolombinos. La tercera es la visión de historia total que proyecta el discurso narrativo del texto. Para esto último se entrelazan de manera sencilla pero acertada la economía, la política y sus efectos en la sociedad; articulando como bloque histórico la base y la superestructura teorizada por el marxismo.

La Historia de El Salvador de Maíz con el lenguaje cotidiano y las expresiones de los sectores populares a los cuales se dirige ha logrado en definitiva, a lo largo de 30 años, llevar un mensaje emancipador a las lectoras y los lectores que no tienen acceso a la academia, o los cuales los medios confunden y enajenan a cada minuto. Maíz con su “texto líder” ha mostrado la utilidad de la historia para la lucha política y sobre todo para el combate contra las injusticias de nuestro presente.

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Madre América: El Salvador

Monseñor Óscar Romero en la memoria de El Salvador

René Villaboy

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Desde que se aterriza en el principal aeropuerto de la República de El Salvador, un nombre acompañará de manera reiterada al que visita este país centroamericano. La más importante terminal aérea se llama, San Óscar Arnulfo Romero y Galdámez, (1917-1980) en honor a quien fuera Arzobispo de San Salvador, asesinado mientras celebraba la Eucaristía y considerado Santo por la Iglesia Católica, desde octubre de 2018. A partir de ese primer acercamiento a un hombre inseparable de la historia reciente de aquel país, será difícil no encontrar su imagen, su nombre y sus huellas por los más disimiles rincones de San Salvador, y seguramente por muchos otros lugares de los departamentos que conforman al llamado Pulgarcito de América. 

Y es que Monseñor Óscar Arnulfo Romero es un símbolo que se inmortaliza en la memoria de los salvadoreños y las salvadoreñas, y de todos los pueblos de América Latina y el Caribe, a causa del martirio provocado por la cruenta historia del enfrentamiento armado, la represión y la abierta violación de los derechos humanos provocados por el estado salvadoreño contra su población, entre 1980 y 1992. Como otros líderes y movimientos sociales que se organizaron para combatir con la lucha cívica y luego con las armas, Monseñor Romero levantó la voz desde el púlpito,  pronunciándose contra la oligarquía local, el mando castrense, y la impiedad de querer eliminar a sangre y fuego la resistencia de un pueblo ante la opresión y la pobreza. 

Óscar Romero nació el 15 de agosto de 1917, en la ciudad de Barrios, del Departamento oriental de San Miguel. Después de practicar varios oficios, en función del sustento familiar, abrazó la vocación religiosa en 1937 como seminarista del Seminario Menor de San Miguel de los padres Claretianos y en el Seminario San José de la Montaña con los jesuitas. Completó sus estudios en Roma, al recibir la ordenación sacerdotal en la sede pontificia cinco años después. De regreso a su país, se consagró al servicio de los otros a través del sacerdocio y se acercó a las calamidades de su pueblo, sin romper vínculos con los sectores poderosos que conformaban la élite económica local.

Al quedar vacante el arzobispado de San Salvador, Monseñor Romero es ya una figura destacada de la curia salvadoreña, y fue nombrado para ocupar el cargo episcopal en 1977. En cambio, el Obispo apoyado desde el poder por sus visiones conservadoras y por el acercamiento a las llamadas 14 familias que controlaban la nación, no tardó en revelar su alejamiento total en obra y palabra de la causa de los oprimidos, de los excluidos y sobre de todos con aquellos que sentían la represión de las armas que cobraba más víctimas. En este entorno adverso, Romero y Galdámez convirtió las homilías que ofrecía desde la Catedral Metropolitana de la ciudad capital en auténticas “balas” morales contra el totalitarismo y la impunidad de los uniformes que apoyaban a los gobiernos de facto usurpadores de las instalaciones del Palacio Nacional.

La riqueza, el poder y el irrespeto a la vida se convirtieron en los argumentos de Romero para acusar a los sectores de poder salvadoreño. Encarnado éste en un ejército que a nombre de la libertad y el anticomunismo se ensañó contra su propio pueblo. A ese cuerpo castrense un día Monseñor Romero exigió: les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión ¡ Fue además un difusor de la situación trágica que tenía lugar en su país ante mundo! Por eso el gobierno del General Carlos Humberto Romero desató una campaña de desprestigio y difamación en su contra, que caló profundo en los sectores oligárquicos más conservadores de El Salvador. De ahí que el Arzobispo Romero se convirtió para ellos en un peligro tan temible como el marxismo, la impronta de la Revolución Cubana o la Teología de la Liberación. Con esa saña fraguaron su suplicio, llevado a efecto el 24 de marzo de 1980, al recibir un mortal disparo en el justo momento en que oficiaba una misa en la capilla del hospital La Divina Providencia, en la capital salvadoreña.

Después de aquel día funesto, el nombre de Romero, se convirtió en símbolo de rebeldía y oposición, que debió ocultarse en la privacidad de los armarios o al resguardo de la ropa interior.  Después de los acuerdos de Paz en 1992, se inició la causa de su canonización, que no pudo contener su posición al lado de los pobres, de la justicia y del derecho a la vida. Y se convirtió en Santo, San Romero de El Salvador y de América que aún habita por todos los rincones de las ciudades y pueblos salvadoreños en una eterna lucha por la reconciliación, la no violencia y un nuevo rostro para el gran pueblo salvadoreño.  

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