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Madre América: Haití

Haití en palabras de Gérard Pierre-Charles

Sergio Guerra Vilaboy

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La mayor parte de la producción intelectual del destacadísimo sociólogo y economista haitiano Gérard Pierre Charles (1935-2004) estuvo dedicada al estudio del Caribe y de Haití, su atribulada patria, donde desde muy joven, pese a las limitaciones impuestas por la poliomielitis que lo atacó de niño, se involucró en la lucha sindical contra la dictadura duvalierista. Bajo el impacto del triunfo de la Revolución Cubana se radicalizó e ingreso en el Partido de Entente Popular, de orientación marxista.

Perseguido por los cuerpos represivos duvalieristas, precisó huir de su país en 1960, radicándose en México junto a su esposa, la destacada historiadora Susy Castor. En el país azteca pudo completar su formación académica en la Escuela de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), que había iniciado en Ciencias Sociales y Administración en la Universidad de Haití. Durante su prolongado exilio mexicano, contribuyó a vertebrar una red internacional de exiliados antiduvalieristas, participando en campañas de solidaridad con la Revolución Cubana y contra la invasión de Estados Unidos a la República Dominicana. En 1968 contribuyó a la organización del Partido Unificado de los Comunistas Haitianos (PUCH), que defendía la línea de la lucha armada popular.

En México alcanzó gran prestigio como profesor en la propia UNAM. Impartió clases en las facultades de Filosofía y Letras, de Ciencias Políticas y Sociales y en la de Economía, así como en el Centro de Estudios Latinoamericanos (CELA). También laboró en el Instituto de Investigaciones Sociales y ofreció cursos en la Escuela Nacional de Antropología e Historia y en el Colegio de México.

Durante esos años dio a conocer sus principales obras, entre ellas La economía haitiana y su vía de desarrollo (1965); Radiografía de una dictadura: Haití bajo el régimen del doctor Duvalier (1969); Para una sociología de la opresión (el caso de Haití), editado en Santiago de Chile (1973) por la editorial Quimantú durante el gobierno de Salvador Allende; Problemas dominico-haitianos y del Caribe (1973); Política y sociología en Haití y la República Dominicana, México (1974); “La crisis ininterrumpida (1930-1975)”, en América Latina: historia de medio siglo, compilado por Pablo González Casanova (1977); El Caribe contemporáneo (1981); El pensamiento sociopolítico moderno en el Caribe (1985); Génesis de la Revolución Cubana, (1985) y Haití pese a todo la utopía, (1997). Además, colaboró en numerosas revistas de México y otros países.

Impresionado por su extraordinaria producción intelectual-en 1980 obtuvo el Premio Casa de las Américas con El Caribe a la hora de Cuba- tuve la oportunidad de conocerlo en 1984, cuando lvisité su casa en Ciudad México invitado por Susy Castor. En aquella agradable velada también estuvieron el conocido historiador argentino Sergio Bagú y mis colegas cubanos Francisco Pérez Guzmán y Oscar Zanetti. Diez años después lo vi por última vez, en la inauguración del congreso de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe en Querétaro (1994), organizado por Norma de los Ríos, donde sostuvimos una larga conversación en el brindis inaugural junto con Alfonso Vélez Pliego, el inolvidable ex rector de la Universidad de Puebla y mi entrañable amigo Feliciano García, ambos ya fallecidos.

Tras la caída del régimen duvalierista, Gerard Pierre Charles y su esposa regresaron a su tierra natal, con el propósito de contribuir a la democratización haitiana. Para obligarlos a abandonar el país fueron hostilizados de muchas maneras, como el incendio y destrucción de su domicilio particular y del Centro de Investigación y Formación Económica y Social para el Desarrollo (CRESFED). Con su salud muy quebrantada, Gerard debió trasladarse a Cuba, donde murió en un hospital de La Habana el 10 de octubre de 2004. Por sus valiosos aportes a México, un año antes había recibido la Orden del Águila Azteca, la máxima condecoración que otorga el gobierno mexicano a las personalidades extranjeras.

Madre América: Haití

La olvidada rebelión de Ogé

Sergio Guerra Vilaboy

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La revolución haitiana no comenzó con el levantamiento de esclavos en agosto de 1791, sino con la rebelión del mulato Vincent Ogé, ocurrida un año antes. Desatada bajo los primeros compases de la revolución francesa, que estremecieron la colonia de Saint Domingue desde 1789, la revuelta fracasó y su jefe fue ejecutado, mediante el terrible suplicio de la rueda, en la plaza central de Cap Français, el 7 de febrero de 1791, hace ahora 270 años.

Bajo los efectos de la revolución francesa, que abrió una verdadera Caja de Pandora en esta envidiada posesión de Francia en el Caribe, se formaron tres asambleas coloniales, dominadas por los ricos comerciantes y plantadores blancos de cada localidad, conocidos como grands blancs, que pretendían hacerse del control del gobierno local y preservar la trata, la esclavitud y todos sus privilegios. De estos foros quedó excluida la gente de color, como llamaban a los mulatos y negros libres, dueños de un tercio de todas las riquezas de Saint Domingue.

Uno de ellos era Vincent Ogé, hijo de un acaudalado plantador francés de café y una mulata criolla. Nacido en Le Dondon, en la parte norte de Saint Domingue y educado en Burdeos (Francia). Ogé se hizo cargo de las actividades comerciales familiares en Cap Français, la ciudad más importante de toda la colonia, conocida como el París de las Antillas. Por cuestiones de negocios, se encontraba en Francia cuando estalló la revolución en 1789. Junto con Julien Raimond, otro joven plantador mulato, y Etienne Dejoly, abogado francés, se incorporó a las actividades de la Sociedad de Amigos de los Negros, constituida en París en 1788, contraria a la discriminación racial. Gracias a su proselitismo, la Asamblea Nacional de Francia dispuso, el 8 de marzo de 1790, que todos los propietarios, independientemente del color de su piel, debían ser reconocidos como “ciudadanos activos”.

Armado con este decreto revolucionario, que les otorgaba derechos similares a los que disfrutaban los treinta mil blancos de la colonia–igualdad civil y derecho de sufragio, sin tocar la esclavitud-, Ogé regresó a Saint Domingue el 23 de octubre de ese mismo año, decidido a defender su participación en las asambleas coloniales recién constituidas en la isla. Ante la negativa de las autoridades coloniales, encabezadas por el nuevo gobernador francés M. de Blanchelande, Ogé escribió a los diputados reunidos en Cap Français: “Un prejuicio, mantenido durante demasiado tiempo, está a punto de caer. Les pido que promulguen en toda la colonia las instrucciones de la Asamblea Nacional del 8 de marzo, que otorga sin distinción, a todos los ciudadanos libres, el derecho de admisión a todos los cargos y funciones. No llamaré a las plantaciones para que se levanten; ese medio sería indigno de mi…no incluí en mis reclamos la condición de los negros que viven en servidumbre…¡No, no, señores! Sólo hemos presentado un reclamo en nombre de una clase de hombres libres que, durante dos siglos, han estado bajo el yugo de la opresión.

Perseguido por órdenes de la propia asamblea, a Ogé no le quedó otra alternativa que levantarse en armas en octubre de 1790, en los alrededores de Cap Français, con unos doscientos hombres de su misma condición, entre ellos Jean Baptiste Chavannes, quien había combatido en la guerra de independencia de las trece colonias inglesas de Norteamérica. La negativa a incorporar esclavos los condujo al fracaso, obligándolos a refugiarse en la parte española de la isla, cuyas autoridades los capturaron en Hinche y entregaron a los franceses. Ejecutado el 7 de febrero de 1791, muchos de sus seguidores recibieron también crueles castigos, aunque a principios del año siguiente otros levantamientos mulatos sacudieron los departamentos del Oeste y el Sur, encabezados respectivamente por Pierre Pinchinat y Louis Jacques Bauvais.

Ahora los mulatos exigían la aplicación del decreto del 15 de mayo de 1791 de la convención francesa que, en reacción a la ejecución de Ogé, había establecido claramente la igualdad política de los mulatos y negros hijos de padres libres. El nuevo levantamiento armado de la gente de color, que contó con la colaboración del mulato André Rigaud y el liberto negro Henri Christophe, no tardó en hacer causa común con los representantes de la revolución francesa en la isla, enfrentados a los grands blancs, defensores del antiguo régimen. Todos estos movimientos protagonizados por la gente de color, como la propia rebelión de Ogé, eran sólo el preludio de la gran sublevación de esclavos que en agosto de ese año cambiaría para siempre el destino de Saint Dominque.

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Madre América: Haití

Dessalines, Libertador de Haití

Sergio Guerra Vilaboy

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El 1 de enero de 1804, ante una imponente multitud reunida en Gonaives, el general Jean Jacques Dessalines (1758-1806), un ex esclavo sublevado desde 1791 en la colonia francesa de Saint Domingue, proclamó la República de Haití, nombre dado por los arauacos a la región montañosa occidental de La Española.

Dessalines había luchado por su libertad junto a Toussaint Louverture, del que luego fue lugarteniente, y a quien acompañó en las Tropas Auxiliares al servicio de España y, desde 1794, como general de la república francesa, tras la abolición de la esclavitud por París. Con ese rango, sobresalió en la expulsión de los ocupantes españoles e ingleses de la isla. En enero de 1802, cuando Saint Domingue fue invadido por el ejército del general Víctor E. Leclerc, enviado por Napoleón para restablecer la esclavitud y el viejo orden colonial, Dessalines combatió con dureza a los invasores. Como resultado del entendimiento entre Leclerc y Louverture, en mayo de ese año, Dessalines abandonó la lucha contra los franceses y después del forzado destierro de su jefe, devino en el principal líder de los antiguos esclavos.

A fines de octubre de 1802, Dessalines levantó sus tropas y organizó lo que se llamó la Armée Indigène, denominación que enlazaba la guerra contra los franceses con la resistencia aborigen a la conquista. Aliado a los jefes mulatos que habían sido sus enemigos, también sublevados contra las huestes de Napoleón, que aplicaban una represión indiscriminada, logró organizar un amplio movimiento de liberación. En el Congreso de Arcahaie, reunido a mediados de mayo de 1803, la jefatura de Dessalines fue confirmada y se adoptó como bandera haitiana la tricolor de la revolución francesa, despojada del color blanco, y con el lema Libertad o Muerte.

La ofensiva dirigida por Dessalines acorraló a las tropas europeas, ya diezmadas por las derrotas y la fiebre amarilla, en Cap François y Mole Saint Nicolas, que se rindieron tras la batalla de Vertieres, el 18 de noviembre de ese año. Como consecuencia, los restos del ejército napoleónico se retiraron a la antigua parte española de la isla, bajo soberanía francesa desde el Tratado de Basilea (1795), mientras se vertebraba la primera nación independiente de América Latina y la única del planeta sin esclavitud.

El 6 de octubre de 1804, al conocer la coronación de Napoleón en París, Dessalines, para equipararse a su principal enemigo, asumió en la ciudad del Cap el título de Emperador, con el nombre de Jacques I. Al frente de Haití, el gobernante haitiano impulsó transformaciones revolucionarias que impidieran el restablecimiento de la esclavitud, expropiado plantaciones y repartiendo tierras. Además, por la constitución sancionada el 20 de mayo de 1805 se estableció que: “Ningún blanco, cualquiera que sea su nacionalidad, pondrá pie en este territorio con el título de amo o propietario, y en el futuro no podrá adquirir ninguna propiedad”.

Ante la amenaza de una nueva invasión francesa, Dessalines fortificó las ciudades costeras, trasladó su capital a Marchand y ordenó al general Henri Christophe la expulsión de las tropas napoleónicas concentradas en la parte oriental de la isla, ahora encabezados por el general Jean Louis Ferrand. La exitosa ofensiva del ejército haitiano acorraló a las fuerzas enemigas en la ciudad de Santo Domingo, pero el sitio tuvo que ser levantado ante el próximo arribo de una escuadra francesa.

Para defender a la nueva nación y alcanzar una precaria igualdad social, en medio de la ruina dejada por las incesantes contiendas armadas y el abandono de las plantaciones, Dessalines implantó un fuerte autoritarismo militar revestido de monarquía. Algunas de sus disposiciones, en particular las dirigidas a restablecer la economía mediante la obligación del trabajo agrícola, unido a las rencillas entre las elites mulata –a la que amenazaba con inspecciones en el verano de 1806- y la emergente de los generales negros, avivaron el descontento. En ese enrarecido ambiente prosperó una conspiración militar en Port-au-Prince, incitada por agiotistas y traficantes, que el 17 de octubre de 1806 condujo al asesinato en Pont Rouge, mediante una descarga de fusilería, del Libertador de Haití.

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Madre América: Haití

Bicentenario de la muerte de Christophe

Sergio Guerra Vilaboy

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Hace ahora dos siglos, Henri Christophe, el valeroso líder negro que contribuyó de manera decisiva al fin de la esclavitud y a la independencia de Haití, se quitó la vida, con un disparo en el corazón, en el Palacio de Sans Souci. Era el 8 de octubre de 1820 y el estado monárquico que había fundado y gobernado durante más de una década se derrumbaba como magistralmente describe Alejo Carpentier en su conocida novela El reino de este mundo (1940).

Chrisptophe había llegado como esclavo doméstico a Saint Domingue desde San Cristóbal, pequeña isla caribeña donde nació en 1767. Conseguida su libertad, participó casi niño en la guerra de independencia de las trece colonias inglesas de Norteamérica en las tropas de pardos y morenos al servicio de Francia. En 1791 apoyó la rebelión en Saint Domingue de la “gente de color”, como se llamaba a los mulatos y negros libres, que exigían la igualdad proclamada por la Revolución Francesa, y llegó a combatir junto a trescientos negros cimarrones, apodados “los suizos” para burlarse de la guardia real de Luis XVI.

En agosto de ese año, Christophe se sumó a la sublevación de los esclavos en el norte de Saint Domingue y después se puso al servicio de Madrid contra los franceses, en las denominadas Tropas Auxiliares del ejército español. Cuando Francia abolió la esclavitud (1794), Christophe, como Toussaint Louverture y Jean Jacques Dessalines, dejó la colaboración con España y respaldó a la república francesa. Sobresalió como jefe militar en la lucha contra los ocupantes españoles e ingleses, que fueron expulsados de Saint Domingue, y luego en la posterior contienda intestina contra las tropas de los propietarios mulatos.

Al desembarcar en enero de 1802 el ejército del general Leclerc, encargado por Napoleón de recuperar la colonia y restablecer la esclavitud, el general Christophe defendió la ciudad de El Cabo, la que incendió antes de abandonarla, aunque debió aceptar la tregua pactada por Louverture, que duró de mayo a octubre de ese año. Reiniciada la lucha, Christophe se unió con sus hombres a la sublevación generalizada por todo Saint Domingue que conduciría a la derrota del colonialismo francés y la proclamación de la independencia de Haití (1804).

Después del asesinato de Dessalines en 1806, Christophe lo sustituyó, en medio de las luchas por el poder entre la vieja élite mulata y la emergente de los generales negros. Al año siguiente, la región meridional de Haití quedó bajo el dominio de los primeros, que eligieron a Alexander Petion como presidente, mientras el área septentrional, a la que se unió el nordeste y el Artibonite, se mantuvo bajo la conducción de Christophe. Siguiendo a Dessalines, que imitando a Napoleón se había proclamado emperador, restableció la monarquía y se coronó como Henri I (1811).

Durante su gobierno, Christophe repartió a sus oficiales, acorde a su grado militar, los cañaverales, molinos de azúcar y cafetales del antiguo centro de la riqueza de Saint Domingue. Para impulsar la recuperación de las exportaciones implantó en 1812 un severo código que obligaba a trabajar en las plantaciones, bajo disciplina militar, a los antiguos esclavos. Con los recursos obtenidos con la reanimación de la economía, muy superiores a los que entonces conseguía el sur, Henri I pudo terminar la monumental fortaleza de la Citadelle Laferriére, concebida para enfrentar una nueva invasión francesa, y construyó para el gobierno el lujoso Palacio de Sans Souci. Al mismo tiempo, sus generales, ahora con títulos nobiliarios otorgados por el propio Henri I, levantaban mansiones como el palacete “de las 365 puertas” de Petit-Riviere en el Artibonite. 

Pero el rígido sistema implantado por Christophe no pudo resistir el desplome de las exportaciones de azúcar y el creciente descontento de los explotados trabajadores rurales, pues muchos huían a la república sureña, atraídos por la política igualitarista del presidente Petion. Para atajar el descalabro, el monarca repartió tierras a los peones, lo que le enajenó el apoyo de la nobleza negra que había fomentado. Durante el caluroso verano de 1820 por todas partes estallaron sublevaciones y Henri I quedó paralítico de una repentina apoplejía, mientras su reino se desmoronaba como un castillo de naipes.

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