Conecta con nosotros

Madre América: Haití

La tenebrosa dictadura de Papa Doc

Sergio Guerra Vilaboy

Publicado

en

La dictadura de François Duvalier hunde sus raíces en la prolongada ocupación norteamericana de Haití, que duró casi veinte años (1915-1934), y en sus trágicas consecuencias para la primera nación independiente en América Latina (1804). Detrás de las endémicas luchas por el poder y la persistente crisis económica de este país caribeño, se encontraban las contradicciones entre los ricos propietarios negros y los acaudalados comerciantes y agroexportadores mestizos. La fortaleza de los primeros estaba en el ejército y en su mayor capacidad para manipular a la población más humilde, para oponerla a la pretendida superioridad de la elite mulata. 

Para su ascenso político, François Duvalier (1907-1971) contó con el respaldo de distintos sectores, incluida la oficialidad del ejército, así como de los Estados Unidos, pues había colaborado con su misión sanitaria en Haití y realizado estudios en la Universidad de Michigan. Papa Doc, como se le llamaba, era un prestigioso médico negro, ex ministro a fines de los años cuarenta del gobierno democrático de Dumarais Estimé, del que se consideraba heredero. Gozaba de cierto arrastre popular por su defensa de las creencias tradicionales –basadas en sus investigaciones etnográficas sobre el vudú-y valores del campesinado, así como por su labor contra las enfermedades tropicales.

Al producirse el golpe de estado del coronel Paul Magloire en 1950, Duvalier se enfrentó al nuevo régimen militar y tuvo que pasar a la clandestinidad. Convertido en uno de los principales opositores, se benefició por la amnistía y la caída de la dictadura en 1956. Aupado por el sector negro de la oligarquía, las capas medias y el propio ejército, encabezado por el general Antoine Kebreau, para impedir el regreso al poder de la elite mulata, ocupó la presidencia el 22 de septiembre de 1957. En sus discursos electorales apeló a los valores de la negritud y el vudú, prometiendo “luchar contra el desempleo, la miseria y el hambre por medio de un aumento nacional de la producción y de las libertades civiles”.

El establecimiento por Papa Doc de una cruel dictadura fue muy rápido, tras la brutal represión de las revueltas de 1958 y 1959, que pretendían impedir su primera reelección (1961). Para conseguirlo, resultó decisivo el papel de los Tontons Macoutes, fuerzas paramilitares denominadas oficialmente Voluntarios de la Seguridad Nacional (VSN), al servicio personal de Duvalier, responsable de crímenes abominables y todo tipo de extorsiones. Los políticos, periódicos y partidos de oposición fueron perseguidos, incluyendo parte del clero católico, que debió exiliarse encabezado por el arzobispo capitalino y los dos únicos obispos del país. En 1960 las protestas estudiantiles fueron acalladas con violencia extrema, mientras la principal central obrera, la Unión Intersindical, quedó disuelta tras la huelga general de fines de 1963. La barbarie duvalierista también alcanzó a los sectores medios y la intelectualidad, por lo que a principios de los sesenta el 80% de los profesionales habían huido al extranjero.

El temor de Estados Unidos a la repetición de otra Cuba, también favoreció a Duvalier. En los primeros seis años de su satrapía, Haití recibió del gobierno estadounidense cien millones de dólares y una generosa ayuda militar, salvo en unos pocos meses de 1963 cuando fue castigado por Kennedy ante sus violaciones de los derechos humanos. Al año siguiente, Washington no objetó que Papa Doc se convirtiera en presidente vitalicio, mientras la propia Agencia Central de Inteligencia (CIA) le informaba de las acciones de Joven Haití, cuyos integrantes fueron masacrados al desembarcar en agosto de ese año, el mismo resultado de otras incursiones armadas organizadas por las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FARH), el Partido Unificado de los Comunistas Haitianos y la Coalición Haitiana de Fuerzas Democráticas.

A principios de 1971, François Duvalier sufrió un inesperado infarto y el 21 de abril de ese año falleció. Durante los últimos días de su existencia, el dictador había distribuido propaganda donde aparecía retratado al lado de su hijo de 19 años, Jean Claude Duvalier (Baby Doc), con esta frase: “Es el joven líder que les prometí”. Al morir, Papa Doc dejaba a Haití convertido en el país más pobre del continente americano, con las peores cifras del hemisferio en analfabetismo y desnutrición.

También te puede interesar: La conspiración de los Soles y Rayos de Bolívar en Cuba

Madre América: Haití

La olvidada rebelión de Ogé

Sergio Guerra Vilaboy

Publicado

en

La revolución haitiana no comenzó con el levantamiento de esclavos en agosto de 1791, sino con la rebelión del mulato Vincent Ogé, ocurrida un año antes. Desatada bajo los primeros compases de la revolución francesa, que estremecieron la colonia de Saint Domingue desde 1789, la revuelta fracasó y su jefe fue ejecutado, mediante el terrible suplicio de la rueda, en la plaza central de Cap Français, el 7 de febrero de 1791, hace ahora 270 años.

Bajo los efectos de la revolución francesa, que abrió una verdadera Caja de Pandora en esta envidiada posesión de Francia en el Caribe, se formaron tres asambleas coloniales, dominadas por los ricos comerciantes y plantadores blancos de cada localidad, conocidos como grands blancs, que pretendían hacerse del control del gobierno local y preservar la trata, la esclavitud y todos sus privilegios. De estos foros quedó excluida la gente de color, como llamaban a los mulatos y negros libres, dueños de un tercio de todas las riquezas de Saint Domingue.

Uno de ellos era Vincent Ogé, hijo de un acaudalado plantador francés de café y una mulata criolla. Nacido en Le Dondon, en la parte norte de Saint Domingue y educado en Burdeos (Francia). Ogé se hizo cargo de las actividades comerciales familiares en Cap Français, la ciudad más importante de toda la colonia, conocida como el París de las Antillas. Por cuestiones de negocios, se encontraba en Francia cuando estalló la revolución en 1789. Junto con Julien Raimond, otro joven plantador mulato, y Etienne Dejoly, abogado francés, se incorporó a las actividades de la Sociedad de Amigos de los Negros, constituida en París en 1788, contraria a la discriminación racial. Gracias a su proselitismo, la Asamblea Nacional de Francia dispuso, el 8 de marzo de 1790, que todos los propietarios, independientemente del color de su piel, debían ser reconocidos como “ciudadanos activos”.

Armado con este decreto revolucionario, que les otorgaba derechos similares a los que disfrutaban los treinta mil blancos de la colonia–igualdad civil y derecho de sufragio, sin tocar la esclavitud-, Ogé regresó a Saint Domingue el 23 de octubre de ese mismo año, decidido a defender su participación en las asambleas coloniales recién constituidas en la isla. Ante la negativa de las autoridades coloniales, encabezadas por el nuevo gobernador francés M. de Blanchelande, Ogé escribió a los diputados reunidos en Cap Français: “Un prejuicio, mantenido durante demasiado tiempo, está a punto de caer. Les pido que promulguen en toda la colonia las instrucciones de la Asamblea Nacional del 8 de marzo, que otorga sin distinción, a todos los ciudadanos libres, el derecho de admisión a todos los cargos y funciones. No llamaré a las plantaciones para que se levanten; ese medio sería indigno de mi…no incluí en mis reclamos la condición de los negros que viven en servidumbre…¡No, no, señores! Sólo hemos presentado un reclamo en nombre de una clase de hombres libres que, durante dos siglos, han estado bajo el yugo de la opresión.

Perseguido por órdenes de la propia asamblea, a Ogé no le quedó otra alternativa que levantarse en armas en octubre de 1790, en los alrededores de Cap Français, con unos doscientos hombres de su misma condición, entre ellos Jean Baptiste Chavannes, quien había combatido en la guerra de independencia de las trece colonias inglesas de Norteamérica. La negativa a incorporar esclavos los condujo al fracaso, obligándolos a refugiarse en la parte española de la isla, cuyas autoridades los capturaron en Hinche y entregaron a los franceses. Ejecutado el 7 de febrero de 1791, muchos de sus seguidores recibieron también crueles castigos, aunque a principios del año siguiente otros levantamientos mulatos sacudieron los departamentos del Oeste y el Sur, encabezados respectivamente por Pierre Pinchinat y Louis Jacques Bauvais.

Ahora los mulatos exigían la aplicación del decreto del 15 de mayo de 1791 de la convención francesa que, en reacción a la ejecución de Ogé, había establecido claramente la igualdad política de los mulatos y negros hijos de padres libres. El nuevo levantamiento armado de la gente de color, que contó con la colaboración del mulato André Rigaud y el liberto negro Henri Christophe, no tardó en hacer causa común con los representantes de la revolución francesa en la isla, enfrentados a los grands blancs, defensores del antiguo régimen. Todos estos movimientos protagonizados por la gente de color, como la propia rebelión de Ogé, eran sólo el preludio de la gran sublevación de esclavos que en agosto de ese año cambiaría para siempre el destino de Saint Dominque.

Continuar Leyendo

Madre América: Haití

Dessalines, Libertador de Haití

Sergio Guerra Vilaboy

Publicado

en

El 1 de enero de 1804, ante una imponente multitud reunida en Gonaives, el general Jean Jacques Dessalines (1758-1806), un ex esclavo sublevado desde 1791 en la colonia francesa de Saint Domingue, proclamó la República de Haití, nombre dado por los arauacos a la región montañosa occidental de La Española.

Dessalines había luchado por su libertad junto a Toussaint Louverture, del que luego fue lugarteniente, y a quien acompañó en las Tropas Auxiliares al servicio de España y, desde 1794, como general de la república francesa, tras la abolición de la esclavitud por París. Con ese rango, sobresalió en la expulsión de los ocupantes españoles e ingleses de la isla. En enero de 1802, cuando Saint Domingue fue invadido por el ejército del general Víctor E. Leclerc, enviado por Napoleón para restablecer la esclavitud y el viejo orden colonial, Dessalines combatió con dureza a los invasores. Como resultado del entendimiento entre Leclerc y Louverture, en mayo de ese año, Dessalines abandonó la lucha contra los franceses y después del forzado destierro de su jefe, devino en el principal líder de los antiguos esclavos.

A fines de octubre de 1802, Dessalines levantó sus tropas y organizó lo que se llamó la Armée Indigène, denominación que enlazaba la guerra contra los franceses con la resistencia aborigen a la conquista. Aliado a los jefes mulatos que habían sido sus enemigos, también sublevados contra las huestes de Napoleón, que aplicaban una represión indiscriminada, logró organizar un amplio movimiento de liberación. En el Congreso de Arcahaie, reunido a mediados de mayo de 1803, la jefatura de Dessalines fue confirmada y se adoptó como bandera haitiana la tricolor de la revolución francesa, despojada del color blanco, y con el lema Libertad o Muerte.

La ofensiva dirigida por Dessalines acorraló a las tropas europeas, ya diezmadas por las derrotas y la fiebre amarilla, en Cap François y Mole Saint Nicolas, que se rindieron tras la batalla de Vertieres, el 18 de noviembre de ese año. Como consecuencia, los restos del ejército napoleónico se retiraron a la antigua parte española de la isla, bajo soberanía francesa desde el Tratado de Basilea (1795), mientras se vertebraba la primera nación independiente de América Latina y la única del planeta sin esclavitud.

El 6 de octubre de 1804, al conocer la coronación de Napoleón en París, Dessalines, para equipararse a su principal enemigo, asumió en la ciudad del Cap el título de Emperador, con el nombre de Jacques I. Al frente de Haití, el gobernante haitiano impulsó transformaciones revolucionarias que impidieran el restablecimiento de la esclavitud, expropiado plantaciones y repartiendo tierras. Además, por la constitución sancionada el 20 de mayo de 1805 se estableció que: “Ningún blanco, cualquiera que sea su nacionalidad, pondrá pie en este territorio con el título de amo o propietario, y en el futuro no podrá adquirir ninguna propiedad”.

Ante la amenaza de una nueva invasión francesa, Dessalines fortificó las ciudades costeras, trasladó su capital a Marchand y ordenó al general Henri Christophe la expulsión de las tropas napoleónicas concentradas en la parte oriental de la isla, ahora encabezados por el general Jean Louis Ferrand. La exitosa ofensiva del ejército haitiano acorraló a las fuerzas enemigas en la ciudad de Santo Domingo, pero el sitio tuvo que ser levantado ante el próximo arribo de una escuadra francesa.

Para defender a la nueva nación y alcanzar una precaria igualdad social, en medio de la ruina dejada por las incesantes contiendas armadas y el abandono de las plantaciones, Dessalines implantó un fuerte autoritarismo militar revestido de monarquía. Algunas de sus disposiciones, en particular las dirigidas a restablecer la economía mediante la obligación del trabajo agrícola, unido a las rencillas entre las elites mulata –a la que amenazaba con inspecciones en el verano de 1806- y la emergente de los generales negros, avivaron el descontento. En ese enrarecido ambiente prosperó una conspiración militar en Port-au-Prince, incitada por agiotistas y traficantes, que el 17 de octubre de 1806 condujo al asesinato en Pont Rouge, mediante una descarga de fusilería, del Libertador de Haití.

También te puede interesar: La expansión territorial de Estados Unidos, un libro clave

Continuar Leyendo

Madre América: Haití

Bicentenario de la muerte de Christophe

Sergio Guerra Vilaboy

Publicado

en

Hace ahora dos siglos, Henri Christophe, el valeroso líder negro que contribuyó de manera decisiva al fin de la esclavitud y a la independencia de Haití, se quitó la vida, con un disparo en el corazón, en el Palacio de Sans Souci. Era el 8 de octubre de 1820 y el estado monárquico que había fundado y gobernado durante más de una década se derrumbaba como magistralmente describe Alejo Carpentier en su conocida novela El reino de este mundo (1940).

Chrisptophe había llegado como esclavo doméstico a Saint Domingue desde San Cristóbal, pequeña isla caribeña donde nació en 1767. Conseguida su libertad, participó casi niño en la guerra de independencia de las trece colonias inglesas de Norteamérica en las tropas de pardos y morenos al servicio de Francia. En 1791 apoyó la rebelión en Saint Domingue de la “gente de color”, como se llamaba a los mulatos y negros libres, que exigían la igualdad proclamada por la Revolución Francesa, y llegó a combatir junto a trescientos negros cimarrones, apodados “los suizos” para burlarse de la guardia real de Luis XVI.

En agosto de ese año, Christophe se sumó a la sublevación de los esclavos en el norte de Saint Domingue y después se puso al servicio de Madrid contra los franceses, en las denominadas Tropas Auxiliares del ejército español. Cuando Francia abolió la esclavitud (1794), Christophe, como Toussaint Louverture y Jean Jacques Dessalines, dejó la colaboración con España y respaldó a la república francesa. Sobresalió como jefe militar en la lucha contra los ocupantes españoles e ingleses, que fueron expulsados de Saint Domingue, y luego en la posterior contienda intestina contra las tropas de los propietarios mulatos.

Al desembarcar en enero de 1802 el ejército del general Leclerc, encargado por Napoleón de recuperar la colonia y restablecer la esclavitud, el general Christophe defendió la ciudad de El Cabo, la que incendió antes de abandonarla, aunque debió aceptar la tregua pactada por Louverture, que duró de mayo a octubre de ese año. Reiniciada la lucha, Christophe se unió con sus hombres a la sublevación generalizada por todo Saint Domingue que conduciría a la derrota del colonialismo francés y la proclamación de la independencia de Haití (1804).

Después del asesinato de Dessalines en 1806, Christophe lo sustituyó, en medio de las luchas por el poder entre la vieja élite mulata y la emergente de los generales negros. Al año siguiente, la región meridional de Haití quedó bajo el dominio de los primeros, que eligieron a Alexander Petion como presidente, mientras el área septentrional, a la que se unió el nordeste y el Artibonite, se mantuvo bajo la conducción de Christophe. Siguiendo a Dessalines, que imitando a Napoleón se había proclamado emperador, restableció la monarquía y se coronó como Henri I (1811).

Durante su gobierno, Christophe repartió a sus oficiales, acorde a su grado militar, los cañaverales, molinos de azúcar y cafetales del antiguo centro de la riqueza de Saint Domingue. Para impulsar la recuperación de las exportaciones implantó en 1812 un severo código que obligaba a trabajar en las plantaciones, bajo disciplina militar, a los antiguos esclavos. Con los recursos obtenidos con la reanimación de la economía, muy superiores a los que entonces conseguía el sur, Henri I pudo terminar la monumental fortaleza de la Citadelle Laferriére, concebida para enfrentar una nueva invasión francesa, y construyó para el gobierno el lujoso Palacio de Sans Souci. Al mismo tiempo, sus generales, ahora con títulos nobiliarios otorgados por el propio Henri I, levantaban mansiones como el palacete “de las 365 puertas” de Petit-Riviere en el Artibonite. 

Pero el rígido sistema implantado por Christophe no pudo resistir el desplome de las exportaciones de azúcar y el creciente descontento de los explotados trabajadores rurales, pues muchos huían a la república sureña, atraídos por la política igualitarista del presidente Petion. Para atajar el descalabro, el monarca repartió tierras a los peones, lo que le enajenó el apoyo de la nobleza negra que había fomentado. Durante el caluroso verano de 1820 por todas partes estallaron sublevaciones y Henri I quedó paralítico de una repentina apoplejía, mientras su reino se desmoronaba como un castillo de naipes.

Continuar Leyendo

BOLETÍN FRACTO

RECOMENDAMOS