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Madre América: Haití

Rebeldía de Haití

René Villaboy

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Desde hace casi dos meses la caribeña República de Haití se debate en un estallido social que cobra más de 40 personas muertas y otro número importante han sufrido heridas, como resultado de los disturbios y manifestaciones en contra del actual presidente Jovenel Moise. Este último -al parecer- implicado en casos de corrupción, y sobre todo incapaz de resolver los problemas estructurales de ese país. Los haitianos piden la salida de Moise quien se ha mostrado aferrado al poder, pretendiendo atenuar la actual crisis con un llamado a la reconciliación nacional. Las protestas en Haití no han tenido el impacto mediático de las que ocurren en Chile o en otros puntos de la geografía continental, sin embargo, tienen lugar en una pequeña pero rebelde nación que por estos días recordará uno de los acontecimientos más relevantes de la historia de la primera revolución social de Nuestra América.

El 18 de noviembre de 1803, hace ya 216 años, los antiguos esclavos y los mulatos libres de Saint Domingue-hoy Haití-, derrotaron en la Batalla de Vertieres a las poderosas tropas francesas enviadas por Napoleón Bonaparte para someter a los “negros rebeldes” y restituir de paso la esclavitud, abolida por la acción de los propios esclavos. En enero de 1802 frente a las costas de la Bahía de Samaná llegó la poderosa flota enviada por el Cónsul de Francia, al mando de su propio cuñado el General Víctor Emmanuel Leclerc y con más de 20 mil hombres. Saint Domingue entonces gozaba de un gobierno autónomo encabezado por Toussaint Louverture, figura que lideró todo el proceso revolucionario desde la gran rebelión de esclavos de 1791. Los reconquistadores franceses por una parte aprovecharon los arraigados sentimientos racistas que aun enfrentaban a negros y mulatos en aquella sociedad. Y, por otro lado, potenciaron los latentes descontentos que generaron los métodos establecidos por el Gobernador Vitalicio de la Isla para restablecer la economía y reducir los efectos de la guerra.

Así, varios representantes de los sectores mulatos recibieron a Leclerc y sus tropas como libertadores de la “dictadura” del antiguo esclavo de la plantación de Breda. Tras meses de enfrentamientos entre las tropas francesas, auxiliadas por los líderes “de color” y los ejércitos negros de Louverture, finalmente este último fue capturado, destituido y enviado como prisionero a Francia. En cambio, el propio padre de la Revolución en Saint Domingue partió a su futuro sepulcro convencido de que con su cautiverio solo se había derribado el tronco del árbol de la Libertad, mas no las “sus raíces que son profundas y numerosas”. El líder haitiano moriría abatido por el frio y la humedad del fuerte de Joux el 7 de abril de 1803.

La derrota de Louverture hizo pasar a Leclerc a una nueva fase destinada a imponer en la Isla un régimen de terror, que incluyó la persecución y deportación a sus antiguos colaboradores mulatos, el desarme de los ejércitos negros y sobre todo el restableciendo de la esclavitud. En cambio, aquella situación generó que por primera vez coincidieran en las intenciones de derrotar a los ocupantes franceses los dos grupos sociales más importantes de Saint Domingue: los negros y los mulatos. Sucesivos levantamientos de líderes y oficiales de ambos sectores radicalizaron la insurrección popular contra las tropas napoleónicas. Jean Jacques Dessalines, reconocido general negro devino en dirigente de ese nuevo bloque nacional, anticolonial y antiesclavista forjado entre mulatos y negros. Tal alianza se simbolizó con la eliminación del blanco de la bandera tricolor francesa y la adopción de un pendón de color rojo y azul bajo el lema de Libertad o Muerte. La combinación de las fuerzas negras de Dessalines y los mulatos de Alexander Petion, favorecidos por los efectos que generó en las huestes enemigas la fiebre amarilla, lograron derrotar al ejército agresor y llegar con la victoria a la Batalla de Vertieres. 

 216 años después los hijos de aquellos vencederos claman en las calles porque la libertad que conquistaron sus ancestros se revierta hoy en igualdad de oportunidades, inclusión, alimentación, educación, salud y justicia. Los haitianos de hoy exigen a sus gobernantes que cumplan y nunca olviden el legado histórico y la gran lección que dio al mundo la patria de Louverture en la Batalla de Vertieres.

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Madre América: Haití

Haití, historia y olvido presentes

René Villaboy

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En enero de 2010 pareciera que el mundo se enteraba de la compleja situación económica y social de la República de Haití: uno de los países más pobres de Nuestra América. Sólo después de ser centro de un terremoto que desbastó a su capital -Puerto Príncipe-cobró la vida de cientos de miles de haitianas y haitianos, y dejó a otros miles sin hogar; muchos habitantes del continente y del planeta conocieron la cruda realidad que azotaba a la parte occidental de la otrora Isla de la Española. Únicamente los efectos inmediatos de la catástrofe natural movilizaron a los grandes medios de comunicación, a la cooperación internacional y a las esferas del espectáculo y el entretenimiento. Era como si todo lo que ocurría en Haití fuera resultado de un nefasto día y no de los efectos ancestrales del colonialismo y el neocolonialismo que durante siglos cobraban a los descendientes de Toussaint Louverture el alto costo por haber llevado al triunfo la primera revolución social del Hemisferio. 

Nueve años después, la tragedia parece haber pasado al olvido y ya nadie habla de Haití. Su situación social, económica y política poco ha variado desde antes, durante y después del terremoto. Pero eso ya no es noticia, ni merece conciertos benéficos, ni artistas de la farándula buscando retratarse junto a los escombros o abrazando a los damnificados. Acaso por eso pocos recuerden que en esa pobre nación caribeña tuvo lugar en este mes de agosto, pero hace 228 años la rebelión de esclavos más grande que ha conocido la historia moderna. Levantamiento que marcó el principio del fin de esa inhumana forma de explotación de la fuerza de trabajo en la entonces Saint Domingue y que de paso abrió el camino para su definitiva independencia.

Lo que hoy conocemos como Haití en agosto de 1791 era denominado Saint Domingue. Tras una muy original ocupación francesa de la parte occidental de la Isla La Española, la Corona de Madrid reconoció de jure -mediante el Tratado de Ryswick de 1697- la soberanía gala sobre el territorio. Desde esa fecha y hasta fines del siglo XVIII aquella parte del Caribe devino en una próspera colonia – de las que más riquezas generó en el mundo de entonces-mediante la producción de grandes plantaciones de Café y Azúcar, combinadas con otras menores de Añil, Algodón y Cacao. La floreciente economía colonial de Saint Domingue tuvo como base fundamental el tráfico negrero y la posterior explotación intensiva del trabajo esclavo.

La plantación esclavista originó allí una sociedad muy peculiar que respondió mucho más a una jerarquía racial que a una estructura clasista. En la cúspide estuvieron los llamados Grandes Blancos, es decir el reducido grupo de propietarios de las plantaciones, así como también lo integraban los traficantes de esclavos, burócratas políticos y altos oficiales militares. Después un segmento formado por los funcionarios menores, los artesanos y medios comerciantes cuya posición social descansaba más en el color de la piel que en sus ingresos económicos. Seguidamente de esta casta intermedia, se organizaban los mulatos: un sector que tuvo en aquella porción del Caribe un papel social sin comparación a otros territorios de Nuestra América. Fueron en una buena parte descendientes de Grandes Blancos, algunos dueños de esclavos, o enriquecidos mediante la práctica de los oficios, victimas en cambio de la desigualdad no asociada a la propiedad sino al estatus inferior  que daba en las sociedades esclavistas llevar en algún grado la huella de África en la epidermis. Y finalmente los esclavos, única base productiva de la estructura y que en agosto de 1791 constituían más del 85% de la población de la colonia francesa.

Aquellos esclavos los que- en el contexto de la Revolución Francesa- rompieron las cadenas de la opresión, esas que venían carcomiendo mediante el cimarronaje, las fugas temporales, las sublevaciones, la automutilación de sus miembros o la ingestión de abortivos por parte de las esclavas para no dar a luz más víctimas de aquel sistema. Y movidos por los tambores del Vodú- que más que religión devino en arma de lucha y elemento de cohesión-  al llamado del sacerdote Bouckam se sublevaron aquel agosto de 1791. Con la misma violencia que habían aprendido y recibido de sus dueños blancos. La sublevación de los jacobinos negros inició el camino de la libertad esa que sólo se conquistó el primero de enero de 1804 al ser proclamada la independencia. Revolución que destruyó la base económica y social que generó el colonialismo y el racismo, pero que no pudo sobrevivir a las ansias de las potencias de borrar con la explotación y la pobreza la lucha de los esclavos y el sueño de ese Haití revolucionario e igualitario que el terremoto del 2010 y su difusión mediática no pudieron tampoco dar a conocer. 

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Madre América: Haití

Haití en palabras de Gérard Pierre-Charles

Sergio Guerra Vilaboy

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La mayor parte de la producción intelectual del destacadísimo sociólogo y economista haitiano Gérard Pierre Charles (1935-2004) estuvo dedicada al estudio del Caribe y de Haití, su atribulada patria, donde desde muy joven, pese a las limitaciones impuestas por la poliomielitis que lo atacó de niño, se involucró en la lucha sindical contra la dictadura duvalierista. Bajo el impacto del triunfo de la Revolución Cubana se radicalizó e ingreso en el Partido de Entente Popular, de orientación marxista.

Perseguido por los cuerpos represivos duvalieristas, precisó huir de su país en 1960, radicándose en México junto a su esposa, la destacada historiadora Susy Castor. En el país azteca pudo completar su formación académica en la Escuela de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), que había iniciado en Ciencias Sociales y Administración en la Universidad de Haití. Durante su prolongado exilio mexicano, contribuyó a vertebrar una red internacional de exiliados antiduvalieristas, participando en campañas de solidaridad con la Revolución Cubana y contra la invasión de Estados Unidos a la República Dominicana. En 1968 contribuyó a la organización del Partido Unificado de los Comunistas Haitianos (PUCH), que defendía la línea de la lucha armada popular.

En México alcanzó gran prestigio como profesor en la propia UNAM. Impartió clases en las facultades de Filosofía y Letras, de Ciencias Políticas y Sociales y en la de Economía, así como en el Centro de Estudios Latinoamericanos (CELA). También laboró en el Instituto de Investigaciones Sociales y ofreció cursos en la Escuela Nacional de Antropología e Historia y en el Colegio de México.

Durante esos años dio a conocer sus principales obras, entre ellas La economía haitiana y su vía de desarrollo (1965); Radiografía de una dictadura: Haití bajo el régimen del doctor Duvalier (1969); Para una sociología de la opresión (el caso de Haití), editado en Santiago de Chile (1973) por la editorial Quimantú durante el gobierno de Salvador Allende; Problemas dominico-haitianos y del Caribe (1973); Política y sociología en Haití y la República Dominicana, México (1974); “La crisis ininterrumpida (1930-1975)”, en América Latina: historia de medio siglo, compilado por Pablo González Casanova (1977); El Caribe contemporáneo (1981); El pensamiento sociopolítico moderno en el Caribe (1985); Génesis de la Revolución Cubana, (1985) y Haití pese a todo la utopía, (1997). Además, colaboró en numerosas revistas de México y otros países.

Impresionado por su extraordinaria producción intelectual-en 1980 obtuvo el Premio Casa de las Américas con El Caribe a la hora de Cuba- tuve la oportunidad de conocerlo en 1984, cuando lvisité su casa en Ciudad México invitado por Susy Castor. En aquella agradable velada también estuvieron el conocido historiador argentino Sergio Bagú y mis colegas cubanos Francisco Pérez Guzmán y Oscar Zanetti. Diez años después lo vi por última vez, en la inauguración del congreso de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe en Querétaro (1994), organizado por Norma de los Ríos, donde sostuvimos una larga conversación en el brindis inaugural junto con Alfonso Vélez Pliego, el inolvidable ex rector de la Universidad de Puebla y mi entrañable amigo Feliciano García, ambos ya fallecidos.

Tras la caída del régimen duvalierista, Gerard Pierre Charles y su esposa regresaron a su tierra natal, con el propósito de contribuir a la democratización haitiana. Para obligarlos a abandonar el país fueron hostilizados de muchas maneras, como el incendio y destrucción de su domicilio particular y del Centro de Investigación y Formación Económica y Social para el Desarrollo (CRESFED). Con su salud muy quebrantada, Gerard debió trasladarse a Cuba, donde murió en un hospital de La Habana el 10 de octubre de 2004. Por sus valiosos aportes a México, un año antes había recibido la Orden del Águila Azteca, la máxima condecoración que otorga el gobierno mexicano a las personalidades extranjeras.

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