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Madre América: Haití

Charlemage Péralte, héroe haitiano contra la ocupación de Estados Unidos.

Sergio Guerra Vilaboy

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La resistencia contra el ejército norteamericano en Haití, hace un siglo, es una de las gestas desconocidas de Nuestra América y fue encabezada por Charlemagne Péralte. La intervención de Estados Unidos en la primera nación independiente en América Latina, en julio de 1915, sorprendió a Charlemagne Péralte como jefe militar de Leogane, puesto al que había accedido gracias a su origen social terrateniente y la tradición familiar. Cuando el 30 de agosto los marines pretendieron ocupar su guarnición, Péralte se negó a desarmar a sus hombres y entregar la bandera nacional, aunque al final debió abandonar el ejército y regresar a su natal Hinche.

La injerencia de Estados Unidos utilizó como pretexto la inestabilidad política y la crisis financiera existente en Haití para favorecer la libre entrada del capital y las manufacturas norteamericanas, hacerse del control del Banco Nacional, las aduanas y de la estratégica bahía de San Nicolás. Para conseguir la ocupación total, los invasores desarmaron a los cacós, bandas paramilitares de campesinos pobres que generalmente servían como guardia de corps de los grandes propietarios negros del norte. Uno de los últimos jefes cacós en caer, Ismael Codio, murió en combate en Fonds Parisien (1916).

El 12 de agosto de 1915 la Asamblea Nacional, por presión de las fuerzas estadounidenses, escogió como nuevo mandatario haitiano a Sudre Dartiguenave, quien el 16 de septiembre firmó un tratado con Washington que legalizaba la ocupación y la entrega de las aduanas, aceptando en 1917 una nueva carta magna, elaborada por el entonces subsecretario de Marina de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt. Esta constitución suprimía la disposición de 1805 que prohibía la posesión de tierras a los extranjeros, abriendo las puertas al capital norteamericano, y permitía el restablecimiento de la corvée que obligaba a los campesinos pobres a trabajar en la construcción de caminos. 

En estas condiciones se revitalizó la lucha de los cacós, enardecidos por esta especie de “reforma agraria” al revés como la calificó Juan Bosch. Ahora el movimiento era encabezado por los hermanos Saúl y Chalemagne Péralte. La sublevación se inició el 11 de octubre de 1917 con el ataque al cuartel de Hinche y terminó con la captura de los dos hermanos rebeldes y la destrucción de su casa familiar. Condenados en juicio sumario por las fuerzas de ocupación, Saúl fue ejecutado y Charlemagne condenado a prisión con trabajo forzado.

Escapado al año siguiente de la cárcel en Cabo Haitiano, Charlemagne Péralte se dedicó a reorganizar a los cacós. A partir de octubre de 1918, la rebelión de los cacós, encabezados ahora por Péralte, se extendió por todo el norte y el Artibonite. Miles de campesinos negros, armados de viejos fusiles, machetes e instrumentos de trabajo, se enfrentaron en guerra de guerrillas a los ocupantes extranjeros que se valían de modernos equipos militares, la aviación, así como la táctica del exterminio masivo y tierra arrasada. Ese propio año, Péralte redactó un dramático llamado a la lucha del pueblo haitiano contra los invasores. Además, circuló una carta, firmada por cien de sus oficiales, que era una virtual declaración de guerra a Estados Unidos. En la misiva, con la que contrarrestaba las campañas mediáticas norteamericanas que pretendían presentarlo como un vulgar bandido, acusaba al presidente Woodrow Wilson de hipócrita, pues mientras proclamaba en los foros internacionales su respeto a la soberanía de las pequeñas naciones en Europa, ocupaba sin ningún derecho a Haití.

Traicionado por uno de sus oficiales, un comando de los marines, guiado por el sargento Herman H. Hanneken, penetró en la noche del 31 de octubre de 1919 en su cuartel general y lo asesinó de dos disparos por la espalda. En medio de fieros combates, su cadáver fue sacado por sus asesinos del campamento rebelde y después fotografiado sin camisa atado a una puerta. La repugnante foto fue publicada para que sirviera de escarmiento a los rebeldes haitianos y desalentara la lucha por la liberación nacional. El fin de la resistencia de los cacós permitió extender la ocupación norteamericana de Haití hasta el 21 de agosto de 1934. Tras la retirada de los marines, los restos de Charlemagne Péralte fueron exhumados y se realizó en Cabo Haitiano, el 26 de noviembre de ese año, un multitudinario funeral de Estado al que asistió su madre y el nuevo presidente Stenio Vicent. En 1994 el gobierno de Jean Bertrand Aristide emitió una moneda con el rostro de Péralte, venerado como héroe nacional y símbolo de la resistencia popular contra los ocupantes estadounidenses.

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Madre América: Haití

El endeudamiento haitiano

Sergio Guerra Vilaboy

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Sólo dos repúblicas latinoamericanas nacieron sin deudas: Paraguay y Haití. Curiosamente las dos únicas del continente donde la emancipación política estuvo acompañada de profundas transformaciones sociales y económicas. Paraguay se endeudó, como contamos en Madre América, después de la desastrosa Guerra de la Triple Alianza (1864-1870).

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A la historia de la deuda de Haití, contraída en 1825 por el gobierno de Jean Pierre Boyer, dedicamos la presente nota.

Este presidente haitiano, hijo de un rico colono francés y de una esclava africana traída del Congo, participó junto a otros plantadores mulatos en la revolución que estremeció Saint Domingue a fines del siglo XVIII. Tras la victoria sobre Inglaterra y España, enemigas de la República francesa, estalló en 1799 la lucha entre los antiguos esclavos y los mestizos, lo que obligó a los derrotados jefes mulatos, los generales André Rigaud, Alexander Petion y al propio Boyer, a huir a Francia (1800).

Todos regresaron a Saint Domingue en 1802 en las filas del ejército de Leclerc, enviado por Napoleón Bonaparte para recuperar el control de su valiosa posesión americana. La llegada de los líderes mestizos puso de su lado todo el Sur, opuesto a Toussaint Louverture, que gobernaba la isla. Sin embargo, las represalias adoptadas por Leclerc contra los oficiales negros y los propios mulatos, junto al descarnado plan de restablecer la esclavitud, propiciaron la reconciliación de los dos bandos criollos y su alianza para expulsar a los franceses y proclamar la independencia (1804). En octubre de 1806, tras el asesinato del primer gobernante haitiano Jean Jacques Dessalines, la nueva nación se dividió en dos estados, uno monárquico al Norte, encabezado por el general negro Henri Christophe, y otro republicano al Sur, gobernado por el mulato Petion.

Al morir este mandatario en 1818, Boyer fue elegido presidente y, después del suicidio de Christophe, dos años más tarde ocupó el territorio septentrional. En 1820, su fortalecido ejército invadió la parte hispana para volver a hacer efectiva la unidad de la isla proclamada por Louverture en 1801, basada en el Tratado de Basilea (1795). Durante las siguientes dos décadas, hasta 1844, la República de Haití comprendió a toda La Española.

El gobierno de Boyer se distinguió por extender al Este las avanzadas leyes haitianas, entre ellas la abolición de la esclavitud, el reparto de tierras entre los desposeídos y la expropiación de bienes de la Iglesia. Como parte de su política revolucionaria adoptó disposiciones contra los privilegios de los ricos hateros y la ganadería extensiva. A esta época también corresponde el apoyo de Boyer a la independencia de Cuba en alianza con México: en 1829 recibió a un enviado del presidente Vicente Guerrero, comprometiéndose con los proyectos de la Gran Legión del Águila Negra.

Con la finalidad de quebrar el aislamiento de Haití por las potencias esclavistas y permitir la recuperación económica, Boyer cayó en la trampa de aceptar una deuda por “daños y perjuicios” a Francia de 150 millones de francos. El fatal acuerdo, alcanzado en abril de 1825 con el monarca Carlos X, evitó una nueva intervención militar colonialista y permitió cierto reconocimiento internacional, pero sometió al país a una erogación insoportable. Apremiado por la necesidad de recursos para pagar a Francia, Boyer estableció un severo régimen de trabajo para recuperar las abandonadas plantaciones, así como penosas cargas tributarias a toda la población, que no pudo aliviar ni siquiera cuando en 1838 se logró la reducción de la deuda a 60 millones de francos. La brutal depresión nacional, junto al rígido centralismo impuesto por Boyer, avivaron las luchas intestinas y las viejas rivalidades de las elites, lo que terminó por fomentar protestas y rebeliones. El 13 de marzo de 1843 finamente estalló una sublevación generalizada que expulsó al presidente Jean Pierre Boyer. Al año siguiente se constituyó la República Dominicana en la parte oriental, mientras Haití quedaba postrado ante una deuda impagable que marcó el trágico destino de la primera nación independiente de América Latina.

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Madre América: Haití

Rebeldía de Haití

René Villaboy

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Desde hace casi dos meses la caribeña República de Haití se debate en un estallido social que cobra más de 40 personas muertas y otro número importante han sufrido heridas, como resultado de los disturbios y manifestaciones en contra del actual presidente Jovenel Moise. Este último -al parecer- implicado en casos de corrupción, y sobre todo incapaz de resolver los problemas estructurales de ese país. Los haitianos piden la salida de Moise quien se ha mostrado aferrado al poder, pretendiendo atenuar la actual crisis con un llamado a la reconciliación nacional. Las protestas en Haití no han tenido el impacto mediático de las que ocurren en Chile o en otros puntos de la geografía continental, sin embargo, tienen lugar en una pequeña pero rebelde nación que por estos días recordará uno de los acontecimientos más relevantes de la historia de la primera revolución social de Nuestra América.

El 18 de noviembre de 1803, hace ya 216 años, los antiguos esclavos y los mulatos libres de Saint Domingue-hoy Haití-, derrotaron en la Batalla de Vertieres a las poderosas tropas francesas enviadas por Napoleón Bonaparte para someter a los “negros rebeldes” y restituir de paso la esclavitud, abolida por la acción de los propios esclavos. En enero de 1802 frente a las costas de la Bahía de Samaná llegó la poderosa flota enviada por el Cónsul de Francia, al mando de su propio cuñado el General Víctor Emmanuel Leclerc y con más de 20 mil hombres. Saint Domingue entonces gozaba de un gobierno autónomo encabezado por Toussaint Louverture, figura que lideró todo el proceso revolucionario desde la gran rebelión de esclavos de 1791. Los reconquistadores franceses por una parte aprovecharon los arraigados sentimientos racistas que aun enfrentaban a negros y mulatos en aquella sociedad. Y, por otro lado, potenciaron los latentes descontentos que generaron los métodos establecidos por el Gobernador Vitalicio de la Isla para restablecer la economía y reducir los efectos de la guerra.

Así, varios representantes de los sectores mulatos recibieron a Leclerc y sus tropas como libertadores de la “dictadura” del antiguo esclavo de la plantación de Breda. Tras meses de enfrentamientos entre las tropas francesas, auxiliadas por los líderes “de color” y los ejércitos negros de Louverture, finalmente este último fue capturado, destituido y enviado como prisionero a Francia. En cambio, el propio padre de la Revolución en Saint Domingue partió a su futuro sepulcro convencido de que con su cautiverio solo se había derribado el tronco del árbol de la Libertad, mas no las “sus raíces que son profundas y numerosas”. El líder haitiano moriría abatido por el frio y la humedad del fuerte de Joux el 7 de abril de 1803.

La derrota de Louverture hizo pasar a Leclerc a una nueva fase destinada a imponer en la Isla un régimen de terror, que incluyó la persecución y deportación a sus antiguos colaboradores mulatos, el desarme de los ejércitos negros y sobre todo el restableciendo de la esclavitud. En cambio, aquella situación generó que por primera vez coincidieran en las intenciones de derrotar a los ocupantes franceses los dos grupos sociales más importantes de Saint Domingue: los negros y los mulatos. Sucesivos levantamientos de líderes y oficiales de ambos sectores radicalizaron la insurrección popular contra las tropas napoleónicas. Jean Jacques Dessalines, reconocido general negro devino en dirigente de ese nuevo bloque nacional, anticolonial y antiesclavista forjado entre mulatos y negros. Tal alianza se simbolizó con la eliminación del blanco de la bandera tricolor francesa y la adopción de un pendón de color rojo y azul bajo el lema de Libertad o Muerte. La combinación de las fuerzas negras de Dessalines y los mulatos de Alexander Petion, favorecidos por los efectos que generó en las huestes enemigas la fiebre amarilla, lograron derrotar al ejército agresor y llegar con la victoria a la Batalla de Vertieres. 

 216 años después los hijos de aquellos vencederos claman en las calles porque la libertad que conquistaron sus ancestros se revierta hoy en igualdad de oportunidades, inclusión, alimentación, educación, salud y justicia. Los haitianos de hoy exigen a sus gobernantes que cumplan y nunca olviden el legado histórico y la gran lección que dio al mundo la patria de Louverture en la Batalla de Vertieres.

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Madre América: Haití

Haití, historia y olvido presentes

René Villaboy

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En enero de 2010 pareciera que el mundo se enteraba de la compleja situación económica y social de la República de Haití: uno de los países más pobres de Nuestra América. Sólo después de ser centro de un terremoto que desbastó a su capital -Puerto Príncipe-cobró la vida de cientos de miles de haitianas y haitianos, y dejó a otros miles sin hogar; muchos habitantes del continente y del planeta conocieron la cruda realidad que azotaba a la parte occidental de la otrora Isla de la Española. Únicamente los efectos inmediatos de la catástrofe natural movilizaron a los grandes medios de comunicación, a la cooperación internacional y a las esferas del espectáculo y el entretenimiento. Era como si todo lo que ocurría en Haití fuera resultado de un nefasto día y no de los efectos ancestrales del colonialismo y el neocolonialismo que durante siglos cobraban a los descendientes de Toussaint Louverture el alto costo por haber llevado al triunfo la primera revolución social del Hemisferio. 

Nueve años después, la tragedia parece haber pasado al olvido y ya nadie habla de Haití. Su situación social, económica y política poco ha variado desde antes, durante y después del terremoto. Pero eso ya no es noticia, ni merece conciertos benéficos, ni artistas de la farándula buscando retratarse junto a los escombros o abrazando a los damnificados. Acaso por eso pocos recuerden que en esa pobre nación caribeña tuvo lugar en este mes de agosto, pero hace 228 años la rebelión de esclavos más grande que ha conocido la historia moderna. Levantamiento que marcó el principio del fin de esa inhumana forma de explotación de la fuerza de trabajo en la entonces Saint Domingue y que de paso abrió el camino para su definitiva independencia.

Lo que hoy conocemos como Haití en agosto de 1791 era denominado Saint Domingue. Tras una muy original ocupación francesa de la parte occidental de la Isla La Española, la Corona de Madrid reconoció de jure -mediante el Tratado de Ryswick de 1697- la soberanía gala sobre el territorio. Desde esa fecha y hasta fines del siglo XVIII aquella parte del Caribe devino en una próspera colonia – de las que más riquezas generó en el mundo de entonces-mediante la producción de grandes plantaciones de Café y Azúcar, combinadas con otras menores de Añil, Algodón y Cacao. La floreciente economía colonial de Saint Domingue tuvo como base fundamental el tráfico negrero y la posterior explotación intensiva del trabajo esclavo.

La plantación esclavista originó allí una sociedad muy peculiar que respondió mucho más a una jerarquía racial que a una estructura clasista. En la cúspide estuvieron los llamados Grandes Blancos, es decir el reducido grupo de propietarios de las plantaciones, así como también lo integraban los traficantes de esclavos, burócratas políticos y altos oficiales militares. Después un segmento formado por los funcionarios menores, los artesanos y medios comerciantes cuya posición social descansaba más en el color de la piel que en sus ingresos económicos. Seguidamente de esta casta intermedia, se organizaban los mulatos: un sector que tuvo en aquella porción del Caribe un papel social sin comparación a otros territorios de Nuestra América. Fueron en una buena parte descendientes de Grandes Blancos, algunos dueños de esclavos, o enriquecidos mediante la práctica de los oficios, victimas en cambio de la desigualdad no asociada a la propiedad sino al estatus inferior  que daba en las sociedades esclavistas llevar en algún grado la huella de África en la epidermis. Y finalmente los esclavos, única base productiva de la estructura y que en agosto de 1791 constituían más del 85% de la población de la colonia francesa.

Aquellos esclavos los que- en el contexto de la Revolución Francesa- rompieron las cadenas de la opresión, esas que venían carcomiendo mediante el cimarronaje, las fugas temporales, las sublevaciones, la automutilación de sus miembros o la ingestión de abortivos por parte de las esclavas para no dar a luz más víctimas de aquel sistema. Y movidos por los tambores del Vodú- que más que religión devino en arma de lucha y elemento de cohesión-  al llamado del sacerdote Bouckam se sublevaron aquel agosto de 1791. Con la misma violencia que habían aprendido y recibido de sus dueños blancos. La sublevación de los jacobinos negros inició el camino de la libertad esa que sólo se conquistó el primero de enero de 1804 al ser proclamada la independencia. Revolución que destruyó la base económica y social que generó el colonialismo y el racismo, pero que no pudo sobrevivir a las ansias de las potencias de borrar con la explotación y la pobreza la lucha de los esclavos y el sueño de ese Haití revolucionario e igualitario que el terremoto del 2010 y su difusión mediática no pudieron tampoco dar a conocer. 

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