Madre América: Panamá
Ricaurte Soler, un gran pensador de Nuestra América
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hace 7 añosen
Conocí a Ricaurte Soler (1932-1994) en ocasión de su visita a Cuba, a mediados de los setenta, como jurado del Premio Casa de las Américas. Interesado en dialogar con colegas cubanos, lo recibí junto con otros profesores en la entonces Facultad de Humanidades de la Universidad de La Habana. Me impresionó descubrir en aquel hombre impecablemente vestido, con cierto aire de los cincuenta, una extraordinaria modestia, poco usual en una personalidad de su talla, pues con algo más de cuarenta años ya era considerado uno de los intelectuales más lúcidos de Nuestra América.
Egresado de la Universidad de Panamá, doctorado en filosofía en París, con estudios de Historia en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Ricaurte ya había publicado entonces sus sólidos ensayos: Pensamiento panameño y concepción de la nacionalidad durante el siglo XIX (1954); El positivismo argentino (1959); Estudio sobre historia de las ideas en América (1961) y Formas ideológicas de la nación panameña (1963). Gracias a este primer encuentro con Soler comencé a recibir Tareas, una de las revistas de pensamiento latinoamericano con más tradición del continente -su número inaugural había aparecido en octubre de 1960- y que él sostendría, contra viento y marea, hasta su último aliento.
Con frecuencia me lo encontraba en congresos y reuniones internacionales de historiadores o en su propia tierra natal, cuando a solicitud suya ofrecí un curso de postgrado en su Alma Mater y en el cual, como muestra de sincero compañerismo, asistió a todas las conferencias. Quizás fue en esa temporada, a fines de 1986, que lo conocí mejor, descubriendo facetas de su personalidad ocultas por una elegante timidez y su proverbial introversión, permitiéndome aquilatar toda su extraordinaria condición humana y entender el reconocimiento universal que gozaba entre alumnos y coterráneos.
De su propia voz supe de su compromiso con las luchas antimperialistas y por la unidad de nuestros pueblos, sentimientos nacidos al calor del profundo impacto de la Revolución Cubana, a la que siempre acompañó, y de la reivindicación panameña del Canal, que lo contó entre sus más firmes defensores desde los trágicos sucesos de 1964, que Ricaurte sufrió en carne propia. Su decidido respaldo a las mejores causas de Nuestra América no sólo puede advertirse en sus múltiples textos de incisiva perspicacia política y en la orientación antimperialista y latinoamericana que imprimió a Tareas, sino también en hechos concretos poco conocidos, entre ellos su temprana vinculación con la insurrección antisomocista a la que serviría de nexo para la contribución del general Torrijos a la Revolución Sandinista.
Esa postura vertical, junto a la permanente indagación de las raíces de lo nacional latinoamericano que lo obsesionó, aparece nítidamente reflejada en sus valiosos trabajos sobre Justo Arosemena y otros próceres latinoamericanos (Mariano Otero, Manuel Ugarte), así como en todos sus libros, entre ellos: Clase y Nación en Hispanoamérica (1976); La nación hispanoamericana, estudio histórico-crítico sobre la idea nacional hispanoamericana (1978); Idea y cuestión nacional latinoamericana. De la independencia a la emergencia del imperialismo (1980); Clase y Nación. Problemática latinoamericana (1981); Cuatro ensayos de historia sobre Panamá y Nuestra América (1987); El pensamiento político en Panamá en los siglos XIX y XX (1988); Panamá, historia de una crisis (1989) y, La invasión de Estados Unidos a Panamá. Neocolonialismo en la postguerra fría (1991), cuyo subtítulo, por cierto, brotó durante una larga tertulia nocturna con Oscar Zanetti en Sao Paulo. En el Congreso de la Asociación de Historiadores de América Latina y el Caribe (ADHILAC) en Querétaro (México) en junio de 1994, donde compartimos por última vez, resultó reelegido vicepresidente de la organización de la que era fundador, la misma que hoy sigue sosteniendo sus ideales y aspiraciones de redención latinoamericana, que son su mejor legado.
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Madre América: Panamá
La olvidada expedición a Panamá de 1814
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hace 5 añosen
mayo 21, 2021
En noviembre de este año se conmemora el bicentenario de la independencia de Panamá y su incorporación a la Colombia de Simón Bolívar. La expedición libertadora enviada a principios de 1814 por la república de Cartagena de Indias constituye el preludio de su emancipación de España. Olvidada por la historiografía tradicional, este episodio es el eje de la documentada investigación del joven historiador chileno Daniel Báez Trujillo para su magister por la Universidad de Los Lagos, en cuyo tribunal académico participé on line el mes pasado, invitado por el doctor Patrick Puigmal.
Esta desdeñada invasión patriota fue organizada en Cartagena, principal puerto y bastión militar de Nueva Granada, que desde el 11 de noviembre de 1811 era independiente, tanto de España como de Bogotá, gracias al accionar de las milicias de pardos y morenos, como ya contamos en Informe Fracto. El 15 de junio de 1812 el congreso de Cartagena había aprobado una constitución igualitarista, cónclave descrito por el irritado arzobispo neogranadino Custodio Díaz, desde su refugio en La Habana, donde “todos se hallan mezclados los blancos con los pardos, para alucinar con esta medida de igualdad, una parte del pueblo”. Al año siguiente, el propio foro dispuso la confiscación y reparto de todos “los bienes que correspondieran a los enemigos de la libertad americana.”
Fue precisamente en el Estado Libre de Cartagena de Indias donde encontraron refugio muchos patriotas hispanoamericanos y un enjambre de piratas de Haití, Francia, Inglaterra, Estados Unidos y otros países, que obtuvieron patentes de corso de esta república neogranadina, que también proporcionó a Bolívar recursos y hombres para emprender en 1813 su exitosa “campaña admirable” sobre Venezuela. Esa atrevida postura atrajo a cientos de aventureros y revolucionarios de diferentes latitudes, en especial muchos franceses, impregnados del espíritu de la revolución de 1789, como bien lo ilustrara Alejo Carpentier en su fascinante novela El siglo de las luces (1962).
Algunos eran experimentados oficiales napoleónicos llamados por Francisco de Miranda para apoyar la I República de Venezuela (1811-1812), a quienes inculcó su ideario independentista y de unidad hispanoamericana, o colombiana al decir del propio Precursor, lo que fue una de las motivaciones del audaz plan para atacar Portobelo. Uno de esos franceses era el oficial de infantería Joseph Du Cayla, que en un almuerzo con Miranda había afirmado: “Daremos nuestra sangre por la libertad de Colombia y haremos por Miranda, lo que hicieron La Fayette y Rochambeau por George Washington”, que cita Báez Trujillo para fundamentar su tesis, titulada Expedición secreta a Panamá. ¿Un intento de ejecución del proyecto mirandino de emancipación de Hispanoamérica? Encabezado por el Comandante Benoit Chassériau en enero de 1814.
Este otro oficial eraveterano de las campañas napoleónicas en Egipto y Haití, donde abandonó al ejército, pasando después de Jamaica a Venezuela. Tras la capitulación de Miranda en San Mateo, en julio de 1812, Chassériau encontró refugio en Cartagena. Bajo el mando de su compatriota Pierre Labatut, combatió a la vecina provincia realista de Santa Marta, sostenida con suministros desde Santiago de Cuba y Portobelo. Para cortar la amenaza potencial del cercano puerto panameño, Chassériau concibió una expedición militar con el concurso del ministro de guerra de Cartagena, el francés Pierre Antoine Leleux, antiguo secretario personal de Miranda, con la autorización del presidente Manuel Rodríguez Torices.
La expedición comandada por Chassériau la integraron más de cuatrocientos hombres de diferentes orígenes, muchos de ellos haitianos y franceses, junto con unos pocos hispanoamericanos. Embarcados en seis goletas y un bergantín, en su mayoría proporcionados con su tripulación por los hermanos Laffite desde la Barataria, especie de base pirata cerca de Nueva Orleáns, salieron de Cartagena el 2 de enero de 1814. Al frente de la flotilla corsaria figuraba Renato Beluche, ex oficial de Napoleón, quien una década después sería designado por Bolívar para dirigir la escuadra colombiana encargada de liberar a Cuba y Puerto Rico.
Sólo una parte de la flota con bandera de Cartagena pudo desembarcar el 14 de enero en la ensenada de Buenaventura, cerca de la bahía de Portobelo, donde los realistas, alertados por sus espías en la costa neogranadina, los esperaban parapetados en la fortaleza de San Gerónimo. Perdido el factor sorpresa, y disminuidos sensiblemente sus efectivos, el ataque fracasó y debieron reembarcarse el día 17. Tal como le había sucedido a Miranda en Coro, apenas ocho años antes, la invasión no logró su propósito de despertar la rebelión de los panameños contra España, que sólo se produciría en 1821, aunque sin ninguna relación con la olvidada expedición del Estado Libre de Cartagena de Indias.
Fue en Panamá donde se aplicó por primera vez la tristemente célebre política estadounidense del big sitck o del garrote. Este pequeño territorio centroamericano, conquistado por España y perteneciente desde 1821 a Colombia, había disfrutado en toda su historia de dos momentos de esplendor económico: el primero durante la existencia del sistema de flotas (1561-1748) y el segundo asociado a la comunicación interna de Estados Unidos a mediados del siglo XIX.
Después de la Guerra Hispano-Cubano–Norteamericana de 1898, el interés de Washington por una vía interoceánica se reactivó por estrategia comercial y militar, al adquirir posesiones en el Pacífico y tener crecientes negocios con China y los países latinoamericanos con costas al oeste del continente. Desde 1881 había comenzado la construcción de un canal en Panamá bajo la dirección de Ferdinand de Lesseps, el artífice del de Suez, aunque la compleja obra estaba detenida por problemas financieros, la enorme mortalidad causada por la fiebre amarilla y el desnivel de los océanos, no previsto en el proyecto original.
El 19 de junio de 1902, tras ser desechada la alternativa de Nicaragua, el presidente Theodore Roosevelt tramitó la compra de la obra francesa interrumpida y obtuvo del gobierno colombiano garantías exclusivas sobre la futura vía canalera. Estos derechos quedaron estampados en el Tratado Hay-Herrán, del 22 de enero de 1903, que entregaba a Estados Unidos, por el resto del siglo, una franja de tierras de diez kilómetros de ancho. Pero el documento no fue ratificado por el congreso de Bogotá, con el argumento de que lesionaba su soberanía y no se recibía una adecuada compensación.
Ante el inesperado obstáculo, Estados Unidos propició la separación de Panamá, aprovechando el interés existente por el canal. El congelamiento del tratado Hay-Herrán por Colombia era una desgracia para la empobrecida economía panameña, que podría resucitar la alternativa de Nicaragua. Eso explica que Estados Unidos pudiera aprovechar las legítimas aspiraciones emancipadoras del pueblo panameño.

Los arraigados sentimientos nacionales de Panamá se habían afianzado a lo largo del siglo XIX y, sobre todo, a consecuencia de la mortífera Guerra de los Mil Días (1899-1903) en Colombia. Los istmeños, que habían perdido su autonomía en 1886, apoyaron la causa liberal colombiana para recuperar ese estatus, aunque en Panamá la contienda adquirió un marcado carácter social con las demandas agraristas enarboladas por los cholos del guerrillero Victoriano Lorenzo.
Tras la ejecución de este líder popular en Chiriquí, el 15 de mayo de 1903, Estados Unidos pudo seguir adelante con sus planes. El 3 de noviembre de ese año, con la protección de la escuadra norteamericana –que impidió el desembarco de tropas colombianas-, se proclamó la independencia de Panamá, reconocida al día siguiente por Washington. Dos semanas después, se firmó el Tratado Hay-Bunau Varilla, que enajenaba la soberanía de la naciente república sobre la zona canalera, a la vez que se pagaba a la empresa francesa representada por Philippe Bunau Varilla, su principal accionista.
A continuación, mediante el farisaico convenio Taft de diciembre de ese año, Panamá quedó convertido en un verdadero protectorado norteamericano, con una constitución (1904) que permitía la intervención militar de Estados Unidos en su territorio, siguiendo la pauta de la enmienda Platt aplicada a Cuba tres años antes. Se había consumado el Rapto de Panamá, título de un esclarecedor libro del periodista argentino Gregorio Selser.
El canal fue inaugurado finalmente en 1914, tras resolverse los problemas financieros, de diseño y de salubridad -esto último gracias al descubrimiento del agente trasmisor de la fiebre amarilla por el cubano Carlos J. Finlay- que habían hecho fracasar el proyecto francés. La obra ingeniera reportó a Estados Unidos ganancias colosales y sus bases militares en la zona del canal se convertirían en un arma de control sobre todo el continente; hasta que el territorio secuestrado tuvo que ser finalmente devuelto a Panamá, gracias a la tesonera campaña del general Omar Torrijos, que la había convertido en una causa anticolonialista de toda Nuestra América.
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El Canal de Panamá, una de las obras de ingeniería más célebres de Nuestra América ha marcado, sin lugar a dudas, la historia de aquel país centroamericano. Su independencia consumada en 1903, después de separarse de Colombia, estuvo también directamente ligada a los intereses foráneos de abrir por ese istmo una vía interoceánica. La importante estructura de comunicación marítima desde 1914, cuando fue inaugurada, y hasta el 31 de diciembre de 1999, estuvo bajo la administración y la autoridad de los Estados Unidos, incluyendo una extensa franja terrestre que la rodeaba, también bajo su posesión. Bajo este esquema durante más de 80 años el Canal fue la navaja que laceró claramente la soberanía y la autodeterminación del pueblo panameño.
En cambio, a pesar de las vías diplomáticas que lograron su recuperación con la firma de los Tratados Torrijos-Carter en 1977, fueron varias las acciones de distintos sectores sociales de la nación istmeña en contra de aquel mecanismo de dominación neocolonial. Uno de aquellos hechos de reivindicación de la soberanía panameña sobre las tierras y aguas del Canal dio origen a que se instituyera el 9 de enero como el Día de los Mártires. Esta jornada recuerda la gallardía de los hombres y mujeres que en esa fecha, pero de 1964, fueron abatidos por las balas de los “guardianes” norteamericanos que aseguraban la vía interoceánica. ¿Cuáles fueron los orígenes de la dominación norteamericana sobre el canal? ¿Qué motivó la matanza de los mártires de Panamá? A estas interrogantes responden las líneas que siguen.
La formación de Panamá como estado independiente, a pesar de los sentimientos nacionalistas internos, estuvo precipitada por el interés de los Estados Unidos de controlar con amplias prerrogativas una futura ruta de comunicación marítima en el Istmo. En 1903 el Tratado Hay-Herrán, firmado entre el gobierno norteamericano y Colombia, concedió a Washington la adquisición de los derechos de la compañía francesa que inició los trabajos constructivos del Canal desde 1881. Además se le otorgaba la administración, el mantenimiento y la ampliación de la vía interoceánica y de una franja de tierra de 10 kilómetros por 100 años renovables. Este convenio recibió, en agosto de ese mismo año, la negativa del Congreso colombiano al ser “abiertamente lesivo a la soberanía y la integridad territorial del país”. El inesperado rechazo parlamentario motivó presiones y amenazas de la Casa Blanca hacia la administración de Bogotá. Y ante la imposibilidad de doblegar al Congreso colombiano, que por demás entraba en receso, el presidente Theodoro Roosevelt apoyó abiertamente los viejos anhelos de algunos sectores de la oligarquía local panameña para separarse de Colombia. De esa manera el 3 de noviembre de 1903 se consumó la independencia de Panamá, y con ella la firma dos semanas después del Tratato Hay-Bunau-Varilla, sin dudas mucho más oprobioso que su predecesor al conferir “a perpetuidad” los derechos de los norteamericanos sobre el canal y ampliar a 10 millas las áreas de la franja que bordearía las exclusas. De esta manera surgió un enclave que no sólo reportó incalculables ganancias económicas a los Estados Unidos desde 1914, sino que también operó como base militar estratégica para el control del Caribe y de Centroamérica. Panamá perdió su soberanía y se convirtió en la práctica de un protectorado norteamericano.
Durante las décadas siguientes el reclamo por la revisión del abusivo acuerdo llevó a modificar algunas de sus cláusulas, pero no su esencia. Los sectores populares panameños hicieron del Canal su principal motivo de lucha. Durante los años 40 y 50 del pasado siglo XX se sucedieron manifestaciones para hacer valer de algún modo la voluntad de que aquel territorio ocupado era de los nacidos en Panamá. La bandera panameña en las entrañas de la Zona del canal se convirtió en el armamento fundamental de los jóvenes y de otros sectores sociales protagonistas de la histórica reivindicación. A partir de 1959 Norteamérica dispuso que junto a la bandera de las barras y las estrellas que ondeaba dentro de un grupo de instalaciones de la zona que ocupaba la vía interoceánica, se izara la de la nación istmeña. En cambio, el 7 de enero de 1964 un grupo de estudiantes norteamericanos de la Secundaria Balboa ignoraron tal regulación y excluyeron el pabellón nacional de Panamá. Dos días después más de 150 alumnos panameños de nivel secundario marcharon hacia la Zona cargando una bandera para izarla junto a la norteamericana. Los estudiantes y la policía local llegaron al acuerdo de que ondeara también la enseña panameña. La posición racista y arrogante de algunos de los pobladores y estudiantes norteamericanos llevó a que la bandera istmeña fuera dañada. Esto motivó, nuevamente, la indignación de los jóvenes panameños y de muchos otros sectores sociales del país que se sumaron a la protesta contra el ofensivo suceso. De eso modo estalló la violencia de ambas partes que se extendió más allá de las cercanías de la posesión ocupada. Aquellas jornadas culminaron con la muerte de más de 20 jóvenes de aquel país y centenares de heridos. Las consecuencias inmediatas del 9 de enero de 1964, fueron el rompimiento de las relaciones entre los Estados Unidos y Panamá durante 4 meses, así como el rechazo internacional a la represión norteamericana contra la población civil panameña que reclamaba su plena soberanía. Desde esa fecha se abrió una ruta para redefinir el estatus de aquella zona administrada por los norteamericanos, así como para revisar todo el aparato jurídico que le dio origen. El Canal ha tenido muchos Mártires, desde los que murieron diezmados por la fiebre amarilla durante su tortuosa construcción, hasta aquellos jóvenes heroicos que entregaron la vida por su bandera y por la dignidad de su patria.
