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Madre América: Panamá

Mártires del Canal de Panamá

René Villaboy

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El Canal de Panamá, una de las obras de ingeniería más célebres de Nuestra América ha marcado, sin lugar a dudas, la historia de aquel país centroamericano. Su independencia consumada en 1903, después de separarse de Colombia, estuvo también directamente ligada a los intereses foráneos de abrir por ese istmo una vía interoceánica. La importante estructura de comunicación marítima desde 1914, cuando fue inaugurada, y hasta el 31 de diciembre de 1999, estuvo bajo la administración y la autoridad de los Estados Unidos, incluyendo una extensa franja terrestre que la rodeaba, también bajo su posesión.  Bajo este esquema durante más de 80 años el Canal fue la navaja que laceró claramente la soberanía y la autodeterminación del pueblo panameño. 

En cambio, a pesar de las vías diplomáticas que lograron su recuperación con la firma de los Tratados Torrijos-Carter en 1977, fueron varias las acciones de distintos sectores sociales de la nación istmeña en contra de aquel mecanismo de dominación neocolonial. Uno de aquellos hechos de reivindicación de la soberanía panameña sobre las tierras y aguas del Canal dio origen a que se instituyera el 9 de enero como el Día de los Mártires.  Esta jornada recuerda la gallardía de los hombres y mujeres que en esa fecha, pero de 1964, fueron abatidos por las balas de los “guardianes” norteamericanos que aseguraban la vía interoceánica. ¿Cuáles fueron los orígenes de la dominación norteamericana sobre el canal? ¿Qué motivó la matanza de los mártires de Panamá? A estas interrogantes responden las líneas que siguen.

La formación de Panamá como estado independiente, a pesar de los sentimientos nacionalistas internos, estuvo precipitada por el interés de los Estados Unidos de controlar con amplias prerrogativas una futura ruta de comunicación marítima en el Istmo. En 1903 el Tratado Hay-Herrán, firmado entre el gobierno norteamericano y Colombia, concedió a Washington la adquisición de los derechos de la compañía francesa que inició los trabajos constructivos del Canal desde 1881. Además se le otorgaba la administración, el mantenimiento y  la ampliación de la vía interoceánica y de una franja de tierra de 10 kilómetros por 100 años renovables. Este convenio recibió, en agosto de ese mismo año, la negativa del Congreso colombiano al ser “abiertamente lesivo a la soberanía y la integridad territorial del país”. El inesperado rechazo parlamentario motivó presiones y amenazas de la Casa Blanca hacia la administración de Bogotá. Y ante la imposibilidad de doblegar al Congreso colombiano, que por demás entraba en receso, el presidente Theodoro Roosevelt apoyó abiertamente los viejos anhelos de algunos sectores de la oligarquía local panameña para separarse de Colombia. De esa manera el 3 de noviembre de 1903 se consumó la independencia de Panamá, y con ella la firma dos semanas después del Tratato Hay-Bunau-Varilla, sin dudas mucho más oprobioso que su predecesor al conferir “a perpetuidad” los derechos de los norteamericanos sobre el canal y ampliar a 10 millas las áreas de la franja que bordearía las exclusas. De esta manera surgió un enclave que no sólo reportó incalculables ganancias económicas a los Estados Unidos desde 1914, sino que también operó como base militar estratégica para el control del Caribe y de Centroamérica. Panamá perdió su soberanía y se convirtió en la práctica de un protectorado norteamericano.

Durante las décadas siguientes el reclamo por la revisión del abusivo acuerdo llevó a modificar algunas de sus cláusulas, pero no su esencia. Los sectores populares panameños hicieron del Canal su principal motivo de lucha. Durante los años 40 y 50 del pasado siglo XX se sucedieron manifestaciones para hacer valer de algún modo la voluntad de que aquel territorio ocupado era de los nacidos en Panamá. La bandera panameña en las entrañas de la Zona del canal se convirtió en el armamento fundamental de los jóvenes y de otros sectores sociales protagonistas de la histórica reivindicación. A partir de 1959 Norteamérica dispuso que junto a la bandera de las barras y las estrellas que ondeaba dentro de un grupo de instalaciones de la zona que ocupaba la vía interoceánica, se izara la de la nación istmeña. En cambio, el 7 de enero de 1964 un grupo de estudiantes norteamericanos de la Secundaria Balboa ignoraron tal regulación y excluyeron el pabellón nacional de Panamá. Dos días después más de 150 alumnos panameños de nivel secundario marcharon hacia la Zona cargando una bandera para izarla junto a la norteamericana. Los estudiantes y la policía local llegaron al acuerdo de que ondeara también la enseña panameña.  La posición racista y arrogante de algunos de los pobladores  y estudiantes norteamericanos llevó a que la bandera istmeña fuera dañada. Esto motivó, nuevamente, la indignación de los jóvenes panameños y de muchos otros sectores sociales del país que se sumaron a la protesta contra el ofensivo suceso. De eso modo estalló la violencia de ambas partes que se extendió más allá de las cercanías de la posesión ocupada. Aquellas jornadas culminaron con la muerte de más de 20 jóvenes de aquel país y centenares de heridos. Las consecuencias inmediatas del 9 de enero de 1964, fueron el rompimiento de las relaciones entre los Estados Unidos y Panamá durante 4 meses, así como el rechazo internacional a la represión norteamericana contra la población civil panameña que reclamaba su plena soberanía. Desde esa fecha se abrió una ruta para redefinir el estatus de aquella zona administrada por los norteamericanos, así como para revisar todo el aparato jurídico que le dio origen. El Canal ha tenido muchos Mártires, desde los que murieron diezmados por la fiebre amarilla durante su tortuosa construcción, hasta aquellos jóvenes heroicos que entregaron la vida por su bandera y por la dignidad de su patria.

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Madre América: Panamá

La Anfictionía Americana: El Congreso de Panamá a 193 años de su inicio

René Villaboy

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El 22 de junio de 1826 en la sala capitular del convento de San Francisco de la ciudad de Panamá inició sus sesiones la reunión depositaria del proyecto de unidad e integración regional latinoamericana y caribeña más trascendental del siglo XIX.  Se inauguraba aquel día el Congreso de Panamá, llamado también Congreso Anfictiónico, en clara alusión a la fundación conjunta o las ligas de las ciudades–estado de la antigüedad clásica griega. La idea del magno cónclave panameño -que reuniría a las repúblicas independientes recién constituidas tras la emancipación de la metrópolis española- fue resultado del pensamiento unionista del Libertad Simón Bolívar. Quien concibió el espacio istmeño como nodo central de una posible confederación perpetua de los estados de la región, que a su vez actuara como federación coagulante frente al amenazador riesgo de la descomposición y el desconcierto en que podían sumergirse los emergentes estados nacionales latinoamericanos.

 La realización de aquella magna reunión de Panamá, fue gestada tiempo antes. Desde 1821, Bolívar, desplegó una activa diplomacia para convocar y concertar tratados y alianzas bilaterales entre los estados vecinos que compartían espacios comunes o fronterizos desde el río Bravo hasta la Patagonia. Con ello el insigne venezolano pretendió allanar el camino para la alianza mayor que se proponía en la ciudad situada en la cintura del continente. En aquella estrategia previa quedaron fijados algunos principios básicos bolivarianos para la confederación de América Latina: la no inclusión de los EE. UU, llamados a plagar de miseria a nuestra región en nombre de la libertad -según palabras del propio Libertador; la concreción de la libertad de las Antillas hispanas aun colonizadas: Cuba y Puerto, la abolición de la esclavitud en los territorios del área,  y sobre todo la creación de la Unión, Liga y Confederación Perpetua de los estados  identificados por una historia y un sistema cultural comunes legados por la pertenencia al dominio español.  

Esta última debía convertirse en una federación regional capaz de hacer frente; mediante una fuerza mancomunada -que contara incluso con ejercito continental- a las pretensiones reconquistadoras europeas de la Santa Alianza. En definitiva, en aquella primera sesión del Congreso de Panamá asistieron representantes de Perú, Centroamérica, México y Colombia, y como invitados llegaron también delegaciones de Gran Bretaña y Holanda. Otros estados claves del área americana por razones diversas no asistieron a la cita.

El desarrollo de la reunión fue evidencia de las contradicciones que sobre el tema de la integración tenían los diferentes grupos e intereses de poder de las recién nacidas repúblicas. A lo cual se añade las presiones externas de los EE. UU, país ajeno a tal proyecto de unidad gestado por Bolívar, pero que asistía invitado por el encargado del poder ejecutivo de la gran Colombia en ausencia del Libertador, Francisco de Paula Santander, bajo el criterio del equilibrio y la pacificación continental. Aun llegando tarde uno de los representantes de aquel país-pues el otro ni siguiera pudo asistir pues perdió la vida en el viaje, el gobierno de la Casa Blanca presionó a las delegaciones asistentes y estimuló sus contradicciones internas.

Finalmente, y tras varias jornadas de deliberaciones el Congreso llegó a su fin el 15 de julio de ese mismo año, su mayor acuerdo fue la firma de un Tratado de Unión, Liga y Confederación Perpetua, basado en el origen común de los estados que han conquistado su independencia, y que debía asegurar la soberanía frente a cualquier intento de reconquista europea. Se acordó igualmente seguir perfilando el proyecto de unidad en México dos años después, donde finalmente la idea se disipó.  El propio Bolívar criticó casi inmediatamente los tímidos resultados de la anfictionía que le mismo había ideado, pero que por disimiles causas se desvirtuó en el convento de San Francisco de Panamá.  La independencia de Cuba y Puerto Rico, el problema de la esclavitud y otras cuestiones sociales que debían y deben acompañar todo proceso de integración, cooperación y unidad de los países de la región, quedó fuera del acuerdo final de aquel congreso de 1826. Desde aquella jornada la idea de unir a Nuestra América sigue siendo un barco que llega a buen puerto, pero vuelve a naufragar ante las fuertes tormentas que se oponen a ella y pugnan por hundirlo.

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Madre América: Panamá

Ricaurte Soler, un gran pensador de Nuestra América

Sergio Guerra Vilaboy

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Conocí a Ricaurte Soler (1932-1994) en ocasión de su visita a Cuba, a mediados de los setenta, como jurado del Premio Casa de las Américas. Interesado en dialogar con colegas cubanos, lo recibí junto con otros profesores en la entonces Facultad de Humanidades de la Universidad de La Habana. Me impresionó descubrir en aquel hombre impecablemente vestido, con cierto aire de los cincuenta, una extraordinaria modestia, poco usual en una personalidad de su talla, pues con algo más de cuarenta años ya era considerado uno de los intelectuales más lúcidos de Nuestra América. 

Egresado de la Universidad de Panamá, doctorado en filosofía en París, con estudios de Historia en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Ricaurte ya había publicado entonces sus sólidos ensayos: Pensamiento panameño y concepción de la nacionalidad durante el siglo XIX (1954); El positivismo argentino (1959); Estudio sobre historia de las ideas en América (1961) y Formas ideológicas de la nación panameña (1963).  Gracias a este primer encuentro con Soler comencé a recibir Tareas, una de las revistas de pensamiento latinoamericano con más tradición del continente -su número inaugural había aparecido en octubre de 1960- y que él sostendría, contra viento y marea, hasta su último aliento.

Con frecuencia me lo encontraba en congresos y reuniones internacionales de historiadores o en su propia tierra natal, cuando a solicitud suya ofrecí un curso de postgrado en su Alma Mater y en el cual, como muestra de sincero compañerismo, asistió a todas las conferencias. Quizás fue en esa temporada, a  fines de 1986, que lo conocí mejor, descubriendo facetas de su personalidad ocultas por una elegante timidez y su proverbial introversión, permitiéndome aquilatar toda su extraordinaria condición humana y entender el reconocimiento universal que gozaba entre alumnos y coterráneos. 

De su propia voz supe de su compromiso con las luchas antimperialistas y por la unidad de nuestros pueblos, sentimientos nacidos al calor del profundo impacto de la Revolución Cubana, a la que siempre acompañó, y de la reivindicación panameña del Canal, que lo contó entre sus más firmes defensores desde los trágicos sucesos de 1964, que Ricaurte sufrió en carne propia. Su decidido respaldo a las mejores causas de Nuestra América no sólo puede advertirse en sus múltiples textos de incisiva perspicacia política y en la orientación antimperialista y latinoamericana que imprimió a Tareas, sino también en hechos concretos poco conocidos, entre ellos su temprana vinculación con la insurrección antisomocista a la que serviría de nexo para la contribución del general Torrijos a la Revolución Sandinista.

Esa postura vertical, junto a la permanente indagación de las raíces de lo nacional latinoamericano que lo obsesionó, aparece nítidamente reflejada en sus valiosos trabajos sobre Justo Arosemena y otros próceres latinoamericanos (Mariano Otero, Manuel Ugarte), así como en todos sus libros, entre ellos: Clase y Nación en Hispanoamérica (1976); La nación hispanoamericana, estudio histórico-crítico sobre la idea nacional hispanoamericana (1978); Idea y cuestión nacional latinoamericanaDe la independencia a la emergencia del imperialismo (1980); Clase y Nación.  Problemática latinoamericana (1981); Cuatro ensayos de historia sobre Panamá y Nuestra América (1987); El pensamiento político en Panamá en los siglos XIX y XX (1988); Panamá, historia de una crisis (1989) y, La invasión de Estados Unidos a Panamá. Neocolonialismo en la postguerra fría (1991), cuyo subtítulo, por cierto, brotó durante una larga tertulia nocturna con Oscar Zanetti en Sao Paulo. En el Congreso de la Asociación de Historiadores de América Latina y el Caribe (ADHILAC) en Querétaro (México) en junio de 1994, donde compartimos por última vez, resultó reelegido vicepresidente de la organización de la que era fundador, la misma que hoy sigue sosteniendo sus ideales y aspiraciones de redención latinoamericana, que son su mejor legado.

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