Madre América: República Dominicana
Emilio Cordero Michel: el emblemático historiador dominicano
Publicado
hace 7 añosen
A principios de 2008 recibí el encargo del entonces presidente de la República Dominicana, Leonel Fernández, de organizar un evento internacional en Santo Domingo sobre el bicentenario de la expulsión de los franceses de ese territorio. Para ello necesitaba la colaboración de un historiador dominicano y para mi satisfacción me propuso a Emilio Cordero Michel, que había sido su profesor y era un viejo amigo. Gracias a su colaboración como presidente de la Academia Dominicana de la Historia (2007-2010) pudimos desarrollar en octubre de ese año el coloquio internacional: Repensar la Independencia desde el Caribe en el bicentenario de la revolución española, 1808-2008. Varios meses después tuve también la grata encomienda del propio presidente Fernández de organizar con Cordero Michel, en 2010, un evento dedicado a Las Relaciones de Estados Unidos con el gran Caribe (1870-1945).
Emilio Cordero Michel (1929-2018) fue un destacado historiador y profesor dominicano. Graduado de abogado en la Universidad de Santo Domingo (1952), realizó posteriormente estudios de Sociología y Economía en elHunter College de la City University of New York (CUNY), así como en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). A pesar de que era un opositor de la dictadura de Trujillo, gracias a las relaciones familiares fue nombrado primer secretario de la misión permanente de su país en las Naciones Unidas.

En su puesto diplomático colaboró con grupos antidictatoriales, pero esas actividades, junto con su solidaridad a la Revolución Cubana, le trajeron represalias de los gobiernos de la República Dominicana y Estados Unidos. Imposibilitado para participar en las expediciones armadas que salieron de Cuba en junio de 1959 para derrocar a Trujillo –en la que participó su hermano José, quien fue asesinado en Puerto Plata- brindó su respaldo desde New York.
Después de la muerte de Trujillo fue expulsado de Estados Unidos y, en diciembre de 1961, pudo entrar en Santo Domingo, uniéndose al Movimiento 14 de Junio, del que fue dirigente. Dos meses después del derrocamiento de Juan Bosch, el 25 de septiembre de 1963, se incorporó como comisario político al recién abierto frente guerrillero de Las Manaclas, comandado por Manuel A. Tavárez. Hecho prisionero herido, fue milagrosamente el único sobreviviente de ese grupo guerrillero. Tras ser excarcelado, denunció el asesinato de sus compañeros y se exilió en Cuba, donde llego a combatir contra las bandas contrarrevolucionarias en la Sierra del Escambray.
Después de la revolución de abril, y la intervención de Estados Unidos en República Dominicana (1965), regresó a su patria y comenzó su labor docente en la Universidad Nacional Autónoma de Santo Domingo (UASD) en las Escuelas de Economía e Historia y Antropología. En su propia Alma Mater dirigió el Colegio Universitario, el Centro Electrónico de Cómputos y la Editora Universitaria, que fundó. También dio clases en el Instituto Tecnológico de Santo Domingo y en la Universidad Católica. Fue presidente de la sede local de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), miembro honorario del Instituto Dominicano de Genealogía y editor de la revista Clío. En 2004 recibió el título de Profesor Meritísimo de la UASD.
Escribió numeroso ensayos históricos y libros, entre estos: La Revolución haitiana y Santo Domingo (1968), Asuntos dominicanos en archivos ingleses (1993), con Bernardo Vega; La ciudad de Santo Domingo en las crónicas históricas (1998); Máximo Gómez a cien años de su fallecimiento, 1905-2005, (2005); Lilís, el sanguinario machetero dominicano (2006); Repensar la independencia de América Latina desde el Caribe (2009), coordinado conmigo, así comoDictadura y revolución en el Caribe: las expediciones de junio de 1959 (2009), en colaboración con el cubano José Abreu Cardet. Desde el 2015 el Archivo General de la Nación comenzó a publicar sus Obras escogidas. Tuve el honor de entregarle a mi inolvidable amigo, en junio de 2011 en Santo Domingo, en el X Encuentro Internacional de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC), el reconocimiento como Miembro de Honor, y de dar el discurso de recepción en La Habana, a fines de 2014, para su muy merecido ingreso como Miembro Correspondiente de la Academia de la Historia de Cuba.

Unos minutos antes de las diez de la noche, del 30 de mayo de 1961, fue ejecutado el dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo por un comando de siete personas, organizado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos. Ese día, que luego sería declarado “gesta nacional”, el aborrecido tirano viajaba hacia una de sus fincas en su Chevrolet azul celeste de 1957, sólo acompañado por el chofer, cuando cayó en la emboscada preparada por los conspiradores, que lo aguardaban en tres autos.
Según la versión del conductor, el capitán Zacarías de la Cruz, tras los primeros disparos Trujillo le dijo que estaba sangrando y que detuviera el automóvil, lo que hizo de inmediato, cegado por los faros de los vehículos agresores. En plena carretera y parapetados detrás la carrocería del encerado Chevrolet, ambos respondieron el intenso fuego de los atacantes hasta que cayeron heridos. El dictador, que agonizaba en el pavimento con seis tiros en su cuerpo, recibió un disparo de gracia de Antonio de la Maza, cuyo hermano había sido asesinado por órdenes directas de Trujillo, quien al efectuarlo exclamó “¡Este guaraguao no come más pollos!”. Se calcula que el tiroteo duró unos diez minutos, durante los cuales el auto del sátrapa recibió sesenta impactos de bala de diferentes calibres.
Existen numerosas pruebas del papel jugado por Estados Unidos en estos sucesos, desde las propias memorias del presidente Dwight D. Eisenhower, las declaraciones del director de la CIA William Colby ante el congreso de su país en 1975, hasta el propio informe oficial presentado al Senado norteamericano, el 20 de noviembre de ese mismo año, sobre actividades de inteligencia para eliminar líderes extranjeros. En este último documento se reconoce que: “Funcionarios americanos claramente deseaban el derrocamiento de Trujillo y ofrecieron tanto estimulo como armas a los disidentes locales que buscaban su caída y cuyos planes incluían asesinato. Los funcionarios americanos también les entregaron a esos disidentes pistolas y rifles.”

Trujillo y Anastasio Somoza
El gobierno de Estados Unidos, que durante tres décadas había apoyado la tiranía trujillista, descubrió de repente, como declaró poco antes de la ejecución el subsecretario de Estado Douglas Dillon que: “Trujillo es un tirano, un torturador y asesino”. La causa de este giro de 180 grados no eran los últimos crímenes del viejo dictador, como el brutal asesinato de las hermanas Mirabal, el 25 de noviembre de 1960, o el de los exiliados españoles Jesús de Galíndez y José Almoina, verdaderos escándalos internacionales, sino porque se había convertido en un obstáculo para alinear a todos los gobiernos latinoamericanos en la política norteamericana contra la Revolución Cubana.
Por eso Washington pasó de intimidar a Trujillo para que hiciera concesiones democráticas a tomar medidas drásticas contra su persona. Como parte de esa nueva postura, Estados Unidos suspendió la venta de armas y consiguió que la propia Organización de Estados Americanos (OEA), el 21 de agosto de 1960, adoptara sanciones colectivas contra la República Dominicana. Las mismas incluían el rompimiento de las relaciones diplomáticas después del atentado trujillista en Caracas contra el presidente venezolano Rómulo Betancourt, el 25 de junio de ese año, uno de los enemigos jurados del gobernante dominicano, como bien describe Eliades Acosta en su libro La telaraña cubana de Trujillo (2012).
Ante la negativa del dictador dominicano a dejar el poder, Estados Unidos envió a Santo Domingo a William D. Pawley, el mismo emisario que dos años atrás realizara similares gestiones con el dictador cubano Fulgencio Batista, las que también fracasaron, dejando sólo la alternativa del magnicidio. La acción fue ejecutada con éxito por un grupo de militares y políticos de los propios círculos trujillistas, contando con la complicidad de los generales Juan Tomás Díaz y José René Román Hernández (Pupo), a la sazón secretario de las Fuerzas Armadas.
El plan preveía formar después una junta cívico-militar, pero la rápida reacción de los órganos represivos, encabezados por el propio hijo del dictador Ramfis Trujillo, quien rápidamente regresó de Francia, impidió el golpe de estado y todos los conjurados, excepto dos, fueron torturados salvajemente y asesinados. Todavía durante siete meses la dictadura logró prolongarse sin “el jefe”, pero imponentes protestas y manifestaciones populares, junto a la presión norteamericana, terminaron por hacer huir del país a sus familiares y los representantes más connotados de la vieja dictadura, que se llevaron hasta el cadáver de Trujillo.
La larga dictadura de Rafael Leónidas Trujillo surgió de la ocupación militar de Estados Unidos en la República Dominicana (1916-1924). Al retirarse, los norteamericanos dejaron establecida la Guardia Nacional, en la que descolló Trujillo entre los nóveles oficiales, convertido en 1928 en su general en jefe. Dos años después participó en el derrocamiento del presidente Horacio Vázquez, quien pretendía reelegirse, allanándole el camino a la primera magistratura, en comicios de un sólo candidato. En 1931 fundó su propio partido, el único legal durante toda su larga dictadura, salvo excepciones coyunturales.
Desde entonces, Trujillo fue el protector de las inversiones norteamericanas, eliminando cualquier obstáculo a sus intereses y expansión. Al mismo tiempo, utilizando recursos estatales, se fue haciendo de una impresionante fortuna, con negocios en todas las ramas de la economía, llegando a tener en su patrimonio 10 de los 14 ingenios existentes y más de la mitad de toda la riqueza de la nación.
Valiéndose de un plan de austeridad, el dictador consiguió en 1935 reanudar el pago de los préstamos foráneos y cinco años después recuperar el control de las aduanas. El incremento de los ingresos fiscales, junto con la subida de los precios del azúcar durante la Segunda Guerra Mundial, le permitieron liquidar la deuda externa y restablecer el peso como moneda nacional en 1947, el mismo año en que inauguró un fastuoso Palacio Presidencial. Ese fue el aval para ser declarado Benefactor, Generalísimo, Libertador, Restaurador de la Independencia Financiera y Padre de la Patria Nueva y poner su apellido a la capital (Ciudad Trujillo), al pico más alto, así como a numerosas calles y poblados. Además, desde 1940 todos los documentos oficiales debían llevar la frase: “Era de Trujillo”.
Para perpetuarse en el poder, sobredimensionó sus fuerzas armadas, devenidas en una de las más poderosas del Caribe, que incluyó la erección de su propia industria militar, de donde saldría el armamento enviado a Cuba en 1958 para apoyar a la acorralada dictadura de Fulgencio Batista. La brutal represión a los opositores se hizo cotidiana y los asesinatos de los sicarios trujillistas, conocidos como caliéses, presentados como simples accidentes, mientras cualquier disidente podía ser encarcelado, desaparecido o torturado por ellos sin explicación alguna. Ese fue el trato que recibieron los expedicionarios que desembarcaron en Luperón en 1947 o en Constanza, Maimón y Estero Hondo en junio de 1959. Incluso ordenó ejecuciones en el exterior, entre ellas al líder obrero Mauricio Báez, asesinado en Cuba (1950), al mandatario guatemalteco Castillo Armas, ejecutado en 1957, y a Rómulo Betancourt, que resultó herido (1960).
Para frenar la entrada incontrolada de braceros haitianos, Trujillo desató en 1937 la “reconquista de la frontera”, en la que el ejército masacró a machetazos varios miles de indefensos trabajadores negros del país vecino. En cambio, para blanquear la nación, favoreció la inmigración de cientos de judíos y varios miles de republicanos españoles, entre los cuales figuraban el vasco Jesús de Galíndez y el gallego José Almoina, ambos eliminados en 1956 y 1960 por sus denuncias contra la tiranía trujillista. Uno de sus crímenes más escandalosos fue el brutal asesinato de las tres hermanas Mirabal, el 25 de noviembre de 1960, que terminó alejando del gobierno a muchos sectores de la burguesía y las capas medias. La propia iglesia católica, hasta entonces aliada al dictador, se pronunció en Carta Pastoral contra la represión y por cambios democráticos.
Fue sólo entonces que Estados Unidos varió su postura hacia el desprestigiado sátrapa dominicano, ante el temor de una revolución popular similar a la que acababa de triunfar en Cuba. Por ello suspendió la venta de armas y consiguió que la Organización de Estados Americanos (OEA) adoptara sanciones contra la República Dominicana en agosto de 1960, que incluían el aislamiento diplomático. Ante la negativa del dictador a dejar el poder, el propio gobierno norteamericano, encabezado por John F. Kennedy, organizó el magnicidio con un grupo de altos oficiales y políticos trujillistas. En la noche del 30 de mayo de 1961, mientras viajaba en un automóvil hacia el interior del país, Trujillo cayó en una emboscada preparada por los conspiradores y ultimado a balazos. La mayoría de los involucrados fueron salvajemente torturados y asesinados por su hijo Ramfis, quien regresó de inmediato desde París, tal como cuenta en La fiesta del chivo (2000) el novelista Mario Vargas Llosa, aunque esos eran los últimos estertores de la terrible “Era de Trujillo”.
Madre América: República Dominicana
Las tres independencias de República Dominicana
Publicado
hace 6 añosen
agosto 14, 2020
La República Dominicana es el único país latinoamericano que declaró tres veces su emancipación. La primera, como ya contamos en Madre América, cuando el 30 de noviembre de 1821 el criollo José Núñez de Cáceres y el coronel negro Pablo Alí, al mando del Batallón de Pardos Libres, desarmaron a las tropas hispanas y proclamaron el Estado Independiente de la Parte Española de Haití. La ocupación de Santo Domingo por el nutrido ejército de Jean Pierre Boyer, el 8 de febrero de 1822, frustró la emergente nación, absorbida durante dos décadas por la república haitiana.
Para recobrar la efímera independencia, jóvenes criollos influidos por el liberalismo, como Juan Pablo Duarte, fundaron el 16 de julio de 1838 una organización secreta de matriz católica, que en honor a la Santísima Trinidad se llamó La Trinitaria. En 1843, la sublevación generalizada contra el régimen de Boyer, abrió un periodo de inestabilidad en Haití que facilitó proclamar por segunda vez la emancipación de Santo Domingo. Para lograr la separación, los trinitarios Francisco Rosario Sánchez y Matías Ramón Mella –Duarte estaba exiliado-, se aliaron al grupo aristocrático de Tomás Bobadilla, ex funcionario público de Boyer, y los prominentes hateros Pedro y Ramón Santana. Adelantándose a los planes de estos últimos para restablecer la soberanía española, y a los del rico propietario Buenaventura Báez, que buscaba la protección de Francia, el 27 de febrero de 1844 estalló la incruenta rebelión independentista que permitió ocupar la fortaleza Ozama, expulsar al ejército haitiano y fundar la República Dominicana.
Al año siguiente –al igual que en 1849 y 1855-, nuevas invasiones haitianas fueron derrotadas por las fuerzas de Pedro Santana. Gracias a su control del ejército, formado con sus propios peones, este militar depuso en 1844 al efímero gobierno provisional de Bobadilla y expulsó del país a Duarte, Sánchez y Mella. Un congreso constituyente le otorgó plenas facultades, de las que se valió para reprimir a sus opositores, entre ellos al patriota José Joaquín Puello (1847), aunque tendría que disputar el poder durante los siguientes tres lustros a su principal rival Buenaventura Báez. Finalmente, el 18 de marzo de 1861, Santana consiguió su objetivo y proclamó la anexión a España.
La historia de la recolonización española no sólo tenía que ver con el ruinoso estado de la economía y la permanente hostilidad haitiana, sino también con la amenaza expansionista de Estados Unidos, pues en octubre de 1860 unos norteamericanos se apoderaron de la isla dominicana de Alta Vela –rica en guano-, de donde fueron expulsados por Santana. Francisco del Rosario Sánchez, opuesto a la anexión a España, penetró desde Haití con algunos de sus partidarios, pero traicionado fue ejecutado el 4 de julio de 1861.
El nuevo periodo de dominación hispana en Santo Domingo fue breve. Las medidas restrictivas aplicadas por el poder colonial, entre ellas la sustitución de los funcionarios dominicanos por españoles -como el propio Santana, relevado como Capitán General (julio de 1862)- y la desilusión ante la prolongación del estancamiento económico, auparon el movimiento de restauración republicana, que comenzó con el levantamiento popular en Capotillo el 16 de agosto de 1863.
Los dominicanos hicieron una exitosa guerra de emboscadas y guerrillas que duró hasta el 3 de marzo de 1865, en la que se destacó el general mulato Gregorio Luperón. Al triunfo patriota también contribuyeron las enfermedades tropicales, que hicieron estragos en el ejército enemigo. Cuatro meses después de concluida la Guerra de la Restauración, con el restablecimiento por tercera vez de la República Dominicana, los criollos que habían combatido junto al ejército español en Santo Domingo, a las órdenes de Santana –muerto en junio de 1864-, fueron retirados por la metrópoli al oriente de Cuba. Por esas paradojas de la historia, muchos de ellos, como los oficiales dominicanos Modesto Díaz, los hermanos Marcano y Máximo Gómez, tendrían un papel muy relevante en las guerras de liberación de la Mayor de las Antillas desde el grito de Demajagua el 10 de octubre de 1868.
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