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Madre América: República Dominicana

Las hermanas Mirabal, Mariposas de República Dominicana

René Villaboy

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Durante más de 30 años, la República Dominicana vivió bajo el yugo de una de las tiranías más tristemente célebres del continente en el siglo XX. El tirano Rafael Leónidas Trujillo, gobernó con puño de hierro y una controvertida proyección nacional y exterior –de 1930 a 1961– a la parte oriental de la otrora isla La Española. Los crímenes de la era trujillista, enfocados como toda dictadura moderna en la desaparición física de sus opositores, no se limitaron al territorio nacional. Su brutal política represiva traspasó las fronteras de la pequeña nación caribeña, extendiendo los crímenes de Estado a varios de los países americanos donde se refugiaron sus opositores. Oficiales de su ejército, políticos, periodistas, líderes sociales y muchos otros que tomaron el camino de la conspiración para denunciar o derrocar a Trujillo, fueron eliminados. Pero uno de los hechos que más conmocionó a la sociedad dominicana y a la opinión pública de Nuestra América y que sin lugar a dudas precipitó un clima generalizado de rechazo al régimen, fue el brutal asesinato de las hermanas Minerva, Patria y María Teresa Mirabal, el 25 de noviembre de 1960. Conocidas como Las Mariposas, las tres mujeres mártires imprimieron rostro y sangre femenina en la larga historia de la oposición antitrujillista en la República Dominicana, y devinieron en símbolo de lucha de las hijas de América por la justicia social y la libertad. En su honor se instituyó el Día Internacional de la No Violencia Contra la Mujer.

La dictadura de Trujillo tuvo sus orígenes en la primera intervención militar de Estados Unidos en el país caribeño. Como resultado de la ocupación –que se extendió de 1916 a 1924–, la Casa Blanca creó en la República Dominicana la Guardia Nacional como “fuerza criolla” que sustituyera a sus marines. De ese cuerpo emergió Trujillo, quien de segundo teniente ascendió a general, se ganó la confianza de sus compañeros de armas y logró con el beneplácito de Washington llegar al poder en 1930. El régimen que inició aquel año, fue una nefasta versión corregida y aumentada de las históricas prácticas autoritarias y caudillistas recurrentes desde la proclamación de la Independencia de la República Dominicana. La satrapía trujillista rápidamente fue estableciendo el control económico del país, concentrando en manos de la familia del dictador los principales recursos de la nación. A lo que se añadió la entronización de un exacerbado nacionalismo, que enmascaró la matanza de miles de haitianos en 1937, y un desmedido culto a la personalidad del autoproclamado Benefactor, Generalísimo, Libertador, Restaurador de la Independencia Financiera y Padre de la Patria. Pero sin lugar a dudas, uno de los rasgos más significativos de la era Trujillo fue la represión a sus opositores. Su larga permanencia en el poder se sustentó en la fuerza y la severidad hacia aquellos que ponían en peligro la estabilidad del régimen. En cambio, su sistema autoritario estuvo vinculado a los vaivenes de diferentes contextos regionales e internacionales que le hicieron enmascarar sus crímenes, dar garantías y aparentes libertades políticas, e incluso llegó a entregar el gobierno a un testaferro en varias ocasiones. Numerosos intentos de derrocar a Trujillo, incluso con apoyo de gobiernos democráticas de la región, se sucedieron sin éxito.

Con el triunfo de la Revolución Cubana en 1959, la oposición contra el tirano dominicano cobró un nuevo impulso. El fracaso de una expedición armada anti trujillista el 14 de junio 1959, dio paso a la creación de un movimiento clandestino en el que se destacaron tres mujeres. Miembros de una familia de cómoda posición económica, Patria, Minerva y María Teresa Mirabal, junto a sus respectivos esposos, fundaron la organización política 14 de junio para intensificar las acciones contra la dictadura. Los eficientes servicios de inteligencia militar de Trujillo, lograron penetrar el movimiento y tomar prisioneros a algunos de sus miembros. Dos de las Mirabal, Minerva y María Teresa –las más activas políticamente– también fueron encarceladas y torturadas. Pero la extracción social de los arrestados, pertenecientes a las clases medias altas, generaron protestas y presión internacional, lo cual llevó al tirano a liberar a varios de ellos, incluidas las dos notorias opositoras.

Bajo una “libertad” vigilada, las valerosas mujeres continuaron exigiendo la excarcelación de sus esposos y del resto de los presos políticos, convirtiéndose así en una dura espina para el sátrapa. La eliminación física de las Mirabal fue ordenada finalmente. El 25 de noviembre de 1960, Minerva y María Teresa, acompañadas de su hermana Patria, se dispusieron a visitar a sus esposos presos en el penal de Puerto Plata. Rufino de la Cruz, un amigo de la familia, fue el único chofer que se arriesgó a trasladarlas, pues era público el peligro que corrían sus vidas diariamente. Antes de llegar al presidio, el auto fue interceptado y todos sus ocupantes fueron detenidos y salvajemente asesinados. Las Mirabal no pudieron ver el fin de la dictadura, pero sus muertes marcaron el principio del fin del oprobioso régimen trujillista. El nombre clandestino de Las Mariposas sigue hoy inspirando novelas, filmes, poemas y canciones, y continúa siendo un imprescindible referente para la lucha en contra de la violencia hacia las mujeres.  

Madre América: República Dominicana

Emilio Cordero Michel: el emblemático historiador dominicano

Sergio Guerra Vilaboy

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A principios de 2008 recibí el encargo del entonces presidente de la República Dominicana, Leonel Fernández, de organizar un evento internacional en Santo Domingo sobre el bicentenario de la expulsión de los franceses de ese territorio. Para ello necesitaba la colaboración de un historiador dominicano y para mi satisfacción me propuso a Emilio Cordero Michel, que había sido su profesor y era un viejo amigo. Gracias a su colaboración como presidente de la Academia Dominicana de la Historia (2007-2010) pudimos desarrollar en octubre de ese año el coloquio internacional: Repensar la Independencia desde el Caribe en el bicentenario de la revolución española, 1808-2008. Varios meses después tuve también la grata encomienda del propio presidente Fernández de organizar con Cordero Michel, en 2010, un evento dedicado a Las Relaciones de Estados Unidos con el gran Caribe (1870-1945).

Emilio Cordero Michel (1929-2018) fue un destacado historiador y profesor dominicano. Graduado de abogado en la Universidad de Santo Domingo (1952), realizó posteriormente estudios de Sociología y Economía en elHunter College de la City University of New York (CUNY), así como en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). A pesar de que era un opositor de la dictadura de Trujillo, gracias a las relaciones familiares fue nombrado primer secretario de la misión permanente de su país en las Naciones Unidas.

En su puesto diplomático colaboró con grupos antidictatoriales, pero esas actividades, junto con su solidaridad a la Revolución Cubana, le trajeron represalias de los gobiernos de la República Dominicana y Estados Unidos. Imposibilitado para participar en las expediciones armadas que salieron de Cuba en junio de 1959 para derrocar a Trujillo –en la que participó su hermano José, quien fue asesinado en Puerto Plata- brindó su respaldo desde New York.

Después de la muerte de Trujillo fue expulsado de Estados Unidos y, en diciembre de 1961, pudo entrar en Santo Domingo, uniéndose al Movimiento 14 de Junio, del que fue dirigente. Dos meses después del derrocamiento de Juan Bosch, el 25 de septiembre de 1963, se incorporó como comisario político al recién abierto frente guerrillero de Las Manaclas, comandado por Manuel A. Tavárez. Hecho prisionero herido, fue milagrosamente el único sobreviviente de ese grupo guerrillero. Tras ser excarcelado, denunció el asesinato de sus compañeros y se exilió en Cuba, donde llego a combatir contra las bandas contrarrevolucionarias en la Sierra del Escambray.

Después de la revolución de abril, y la intervención de Estados Unidos en República Dominicana (1965), regresó a su patria y comenzó su labor docente en la Universidad Nacional Autónoma de Santo Domingo (UASD) en las Escuelas de Economía e Historia y Antropología. En su propia Alma Mater dirigió el Colegio Universitario, el Centro Electrónico de Cómputos y la Editora Universitaria, que fundó. También dio clases en el Instituto Tecnológico de Santo Domingo y en la Universidad Católica. Fue presidente de la sede local de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), miembro honorario del Instituto Dominicano de Genealogía y editor de la revista Clío. En 2004 recibió el título de Profesor Meritísimo de la UASD.

Escribió numeroso ensayos históricos y libros, entre estos: La Revolución haitiana y Santo Domingo (1968), Asuntos dominicanos en archivos ingleses (1993), con Bernardo Vega;  La ciudad de Santo Domingo en las crónicas históricas (1998); Máximo Gómez a cien años de su fallecimiento, 1905-2005, (2005); Lilís, el sanguinario machetero dominicano (2006); Repensar la independencia de América Latina desde el Caribe (2009), coordinado conmigo, así comoDictadura y revolución en el Caribe: las expediciones de junio de 1959 (2009), en colaboración con el cubano José Abreu Cardet. Desde el 2015 el Archivo General de la Nación comenzó a publicar sus Obras escogidas. Tuve el honor de entregarle a mi inolvidable amigo, en junio de 2011 en Santo Domingo, en el X Encuentro Internacional de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC), el reconocimiento como Miembro de Honor, y de dar el discurso de recepción en La Habana, a fines de 2014, para su muy merecido ingreso como Miembro Correspondiente de la Academia de la Historia de Cuba.

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Hugo Tolentino y los orígenes del prejuicio racial en América

Sergio Guerra Vilaboy

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Hace unos pocos días, el pasado 15 de julio, falleció en Santo Domingo el destacado intelectual y político dominicano Hugo Tolentino Dipp (1930-2019). En 1976 la revista Casa de las América publicó un comentario mío sobre su enjundioso libro Raza e historia en Santo Domingo. Los orígenes del prejuicio racial en América editado dos años antes. La obra formaba parte de su proyecto de investigación titulado “Santo Domingo, una Isla y dos prejuicios”, dirigida a analizar las causas históricas de la discriminación racial implantada en la Isla por los españoles contra los aborígenes y los negros traídos de África. A esa altura, Tolentino ya había publicado La raza y la cultura en la idea de lo nacional en Américo Lugo (1967) y Fenómeno racial en Haití y en la República Dominicana (1973), además de Orígenes, vicisitudes y porvenir de la nacionalidad dominicana (1963); Perfil nacionalista de Gregorio Luperón (1963) –que obtuvo reconocimiento de la Academia Dominicana de la Historia- y La traición de Pedro Santana (1968), libro que le valió en 1976 el Premio Nacional de Historia de su país.

En mi comentario mencionado, reproducido en diciembre de 1976 por la revista ¡Ahora! de la propia República Dominicana, señalaba que con Raza e historia en Santo Domingo. Los orígenes del prejuicio racial en América, Tolentino aniquila las tesis idealistas sobre el origen del racismo, explicando con claridad las verdaderas intenciones de muchas de esas seudo teorías. Gracias a su sólida argumentación, la obra permite entender los mecanismos económicos que hicieron surgir el prejuicio racial en este continente y su sustentación posterior, proporcionando valiosos elementos para la lucha contra la discriminación racial en la sociedad contemporánea. Esta nota crítica, que creo fue la primera que publiqué, me facilitó conocerlo personalmente en enero de 1979, cuando como jurado del Premio Casa de las Américas lo recibí en la Universidad de La Habana –donde ya había estado tres años antes como Rector de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD)-, para ofrecer una conferencia sobre el mismo tema.

Hugo Tolentino se graduó en 1953 de abogado en la propia Universidad Nacional dominicana y con posterioridad, obligado a exiliarse por su oposición a la dictadura de Trujillo, realizó estudios de doctorado en las universidades de Madrid (1954) y de París (1959). En 1960 comenzó su labor docente en la Universidad de Londres en la materia de Historia de las Antillas en el siglo XIX. De regreso en su patria, tras el fin de la dictadura trujillista, obtuvo por concurso en 1963 la cátedra de Derecho Internacional en su alma mater, donde jugaría un significativo papel en la reforma académica e institucional de ese alto centro de estudios. Con posterioridad, entre 1970 y 1974, también impartió clases de Sociología e Historia en la propia UASD. En su valiosa producción historiográfica también figuran Historia de la Separación de Poderes en la República Dominicana (1985); La Influencia de la Revolución Francesa en la República Dominicana (1989): Los Mitos del Quinto Centenario (1992) e Itinerario Histórico de la Gastronomía Dominicana (2007).

Tolentino participó en forma activa en la revolución de abril de 1965 y en la resistencia nacional contra la ocupación estadounidense de Santo Domingo, formando parte del grupo asesor del presidente coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó. Luego estuvo al lado del desaparecido líder social demócrata dominicano Francisco Peña Gómez, dirigente nacional del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), organización que representó como diputado entre 1982 y 1990 y presidente de la Cámara. En 2014, por cuestiones electorales y en oposición a la reelección presidencial, abandonó dicha agrupación para integrar el Partido Revolucionario Moderno (2014). Pruebas de la integridad personal y cívica dio muchas a lo largo de su fructífera vida, como cuando en 2003, en desacuerdo con el envío de soldados dominicanos a Irak, renunció al puesto de canciller del presidente Hipólito Mejía (2000-2004) del PRD.

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Mi encuentro con Juan Bosch

Sergio Guerra Vilaboy

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El domingo 30 de junio se cumplieron 110 años del natalicio del destacadísimo  escritor y político dominicano Juan Bosch. Pude conversar con esta prominente personalidad de Nuestra América una sola vez, durante los primeros días del mes de agosto de 1980. Según un mensaje telefónico de Roberto Fernández Retamar, el ex presidente de la República Dominicana estaba en Cuba, y quería hablar conmigo sobre su obra De Cristóbal Colón a Fidel Castro. El Caribe frontera imperial.

Entonces recordé que hacía varios meses, a petición del novelista Antonio Benítez Rojo, había hecho una valoración de ese libro para una posible edición por Casa de las Américas. Si bien no guarde copia de aquella crítica, creo proponía cambios en ciertos pasajes, en los que discrepaba de algunas interpretaciones históricas, y sugería la modificación de varias frases que consideraba infelices, en particular una que parangonaba a Fidel Castro con Mao Zedong.

Casa de las Américas tenía mucho interés en publicar esa obra, por lo que Fernández Retamar me pidió que discutiera mis observaciones con el propio autor y viera que cambios se harían al texto. ¡Que clase de tarea!, pensé, pedirle al ex presidente dominicano, un consagrado y prestigioso escritor, a quien no conocía personalmente, que enmendara un libro ya impreso -su primera edición se había hecho en Barcelona (1970)- a petición de un desconocido historiador cubano que apenas comenzaba su carrera académica.

Al día siguiente, en horas de la mañana de aquel caluroso verano, tras concertar la cita, me trasladé al reparto habanero donde se hospedaba el ex mandatario dominicano, en una de las elegantes casas de protocolo del Consejo de Estado de Cuba. Bosch se presentó vestido con una elegante guayabera blanca de mangas largas. Lo había visto muchas veces en fotos y reportajes: un hombre flaco y alto, de abundante cabellera blanca, muy lúcido, ágil y erguido, con poco más de setenta años. Nos sentamos frente a frente en una mesa de hierro y cristal situada en el portal, y me brindó un café.

Me impresionó la facilidad con que condujo la conversación, extendida por dos ó tres horas. Desde el principio me llamó por mi nombre, y así lo hizo todo el tiempo, como entre amigos de toda la vida. Le pregunté por sus vínculos con Cuba, mucho más antiguos y profundos de los que yo suponía y, sobre todo, de su amistad con Fidel Castro. Me contó que lo había conocido a fines de los cuarenta cuando muy joven se enroló en la expedición de Cayo Confites, que se entrenaba en Cuba para derrocar al dictador Trujillo, planes que se malograrían en 1947. Después me habló de su vida en tierra cubana, donde había pasado buena parte de su largo exilio –más de veinte años-, formando una familia y escrito varios de sus libros, entre ellos: Cuba la isla fascinante (1955).  

Tras conversar sobre sobre variados temas, debí entrar al motivo del encuentro. Comencé con mucho tacto, haciéndole mis comentarios sobre la significación de su libro para la historiografía latinoamericana, el interés que teníamos de su publicación en Cuba, dejando para el final los aspectos que consideraba más escabrosos, aquellos en los que difería de su enfoque, mientras el ex presidente, con una humildad verdaderamente sorprendente, escuchaba con atención mis apreciaciones, las que a veces rebatía con una larga explicación.  Al final aceptó alguna de mis sugerencias y yo me replegué en casi todas las demás. Sólo me quedaba el espinoso asunto de la comparación del líder cubano con el dirigente chino, lo que Bosch resolvió sin chistar, tachando con mi propia pluma aquella alusión de su texto. Luego nos despedimos con un cordial abrazo. Al año siguiente Casa de las Américas publicó el libro en su colección Nuestros Países.

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