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Alejandro García: sus aportes a la historia de Cuba

Sergio Guerra Vilaboy

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El historiador cubano Alejandro García Álvarez (1932-2020), fallecido el pasado 19 de junio, hizo relevantes aportes al estudio del devenir económico de Cuba, en particular los vínculos con España, la presencia del capital estadounidense, el papel de los empresarios nacionales y el negocio del banano. Uno de sus primeros textos fue El canal occidente, editado por la Universidad de La Habana (1972), donde saca a la luz los poco conocidos planes de la dictadura de Batista para partir la isla en dos. Este trabajo suyo antecedió al diseño con Oscar Zanetti de un proyecto multifacético de investigación, pionero de la historia empresarial en América Latina, sobre la United Fruit Company en Cuba, aprovechando la papelería abandonada por el monopolio tras su expropiación en agosto de 1960.

Tuve la suerte de pertenecer al grupo de estudiantes de Historia que trabajamos donde operaba la compañía en Banes y Nipe, proporcionando el material que usaron Alejandro y Zanetti en la redacción del libro United Fruit Company: un caso del dominio imperialista en Cuba (1976). Lo había conocido en 1968, cuando ingresé en la carrera y él terminaba su último año de convalidación para los graduados de la especialidad de Historia del Instituto Pedagógico Enrique José Varona. Ya acumulaba una experiencia docente en la enseñanza secundaria y laboral en el campo de la contabilidad: se había graduado en 1952 en la Escuela de Comercio de Matanzas, aunque no pudo concluir Ciencias Comerciales por el cierre de la Universidad de La Habana (1956).

Existe una foto suya, de los años sesenta, en el Instituto Preuniversitario de Marianao, del que llegó a ser director, hablando a los alumnos en el anfiteatro, vestido de miliciano y con pistola al cinto, muestra de un compromiso político del que ya había dado muestras al sumarse a la huelga del 9 de abril de 1958 y sufrir prisión en el siniestro Castillo del Príncipe. Fue precisamente en una escuela de milicias en Aguacate, en diciembre de 1968, donde se inició nuestra amistad, después que lo amonesté, en mi condición de improvisado jefe de pelotón, por moverse en formación, anécdota que siempre me recordaba con malicia cuando quería bromear conmigo.

 Terminada la investigación de la United Fruit, Alejandro y Zanetti, ya hermanados como historiadores, emprendieron otro estudio memorable, ahora sobre la historia de los ferrocarriles en Cuba, apoyados por otro equipo de estudiantes. Favorecidos por la experiencia acumulada en el estudio de empresas, elaboraron un clásico de la historiografía cubana, Caminos para el azúcar (1987), obra que obtuviera el importante lauro Elsa Gouveia, de la Asociación de Historiadores del Caribe.

Gracias a sus conocimientos empíricos, así como de su amplia labor de profesor universitario desde 1970, en las asignaturas de Demografía, Metodología de la Investigación Histórica, Estadística aplicada, Historia Socio-Económica de Cuba, Museología y Patrimonio Histórico, pudo elaborar singulares textos docentes, uno de ellos precursor de la historia oral en Cuba, incluido después en Metodología de la Investigación Histórica (1985), obra en coautoría con Aleida Plasencia y el propio Oscar Zanetti.

En 1990 publicó su libro La gran burguesía comercial en Cuba 1899-1920, fruto de su tesis doctoral, sustentada en fuentes de archivo, sobre el dinámico grupo empresarial hispano-cubano a principios del siglo XX y que mereciera el Premio de la Crítica. A ella siguieron La costa cubana del guineo. Una historia bananera (2008); Economía y colonia. La economía cubana y la relación con España, 1765-1902, (2004) y El legado de España en Cuba, (2015), en colaboración con Antonio Santamaría y Juan Andrés Blanco respectivamente. A ellos hay que agregar más de un centenar de rigurosos artículos y ensayos publicados en revistas nacionales y extranjeras –como su estudio del henequén, editado en el número inaugural de Chacmool, cuadernos cubano-mexicanos (2003)-, así como un libro inédito dedicado a Matanzas, su ciudad natal, titulado con el nombre de la calle donde residiera en su juventud: Veinte años en La Merced.

Por su valiosa producción historiográfica y un magisterio ejemplar, Alejandro García recibió el título de Profesor Emérito de la Universidad de La Habana, la condición de Miembro de Honor de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC) y de Número de la Academia de la Historia de Cuba. En su última entrevista, a principios de este año, al recibir el muy merecido Premio Nacional de Historia, este gran amigo que se ha ido, relevante historiador y excepcional ser humano, dijo haciendo gala de su habitual sencillez: “Para mi ser historiador es mi propia vida”.

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La ALPRO y el desarrollismo latinoamericano

Juan J. Paz y Miño Cepeda

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Los Estados Unidos fueron el gran país imperialista del siglo XX, en el sentido dado por V. I. Lenin: gigantes monopolios que gobiernan la economía, exportan capitales y se reparten el mundo. Sólo que ese gigante llegó “tarde” a un mundo ya repartido entre grandes potencias europeas, de modo que su expansión no fue propiamente colonial, aunque sí “neocolonial”. Bajo la cobertura del americanismo monroista, aseguró ese imperialismo sobre América Latina, región en la cual logró dependencia económica y alineación política, contando con gobiernos afines a sus intereses o a través de la intervención directa, el derrocamiento de gobernantes y la promoción de dictaduras.

Al destaparse la guerra fría con la URSS y el bloque socialista después de la II Guerra Mundial (1939-1945), el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR, 1947) se convirtió en instrumento para incorporar el anticomunismo en las fuerzas armadas latinoamericanas, al mismo tiempo que la OEA (1948) serviría para la alineación de todas las repúblicas en el espíritu monroista e imperialista. Hay suficientes estudios sobre el tema. En todo caso, los EEUU nunca se esperaron que la Revolución Cubana (1959) abriera el camino al socialismo, de modo que, en reacción contra ella y el “peligro” que representaba, lanzaron la urgente guerra fría sobre América Latina. La comenzó Dwight D. Eisenhower (1953-1961), pero fue John F. Kennedy (1961-1963) quien la asumió en forma definitiva, patrocinó la fracasada invasión a Bahía de Cochinos (1961), pero tuvo éxito en el bloqueo continental al gobierno de Fidel Castro.

Al mismo tiempo que se extendieron de inmediato los programas de becas e instrucción “técnica” de las fuerzas armadas en la región y las acciones de la CIA se convirtieron en millonarios esfuerzos por impedir la propagación del “comunismo castrista” en el continente, JFK inauguró la primera campaña en la historia norteamericana destinada a promover el desarrollo económico, el cambio social y la democracia en América Latina: la Alianza para el Progreso (ALPRO).

El primer paso fue la conformación del equipo teórico, con la Latin American Task Force, integrada por Lincoln Gordon (economista de Harvard), Adolf Berle (asesor del antiguo New Deal), Robert Alexander (economista de Rutgers), Arthur Whitaker (historiador de Pennsylvania), Teodoro Moscoso y Arturo Morales Carrión (expertos puertoriqueños en desarrollo). Se contaba, además, con los estudios sobre el subdesarrollo y la modernización de renombrados académicos, como Lucian Pye, Daniel Lerner, Gabriel Almond, James Coleman y, sobre todo, W.W. Rostow, cuyas “etapas del crecimiento económico” se ajustaron perfectamente al propósito de superar las “sociedades tradicionales”.

Sobre esas bases, JFK anunció el arribo de la ALPRO en su famoso discurso del 13 de marzo de 1961 en la Casa Blanca, ante el cuerpo diplomático latinoamericano. Allí convocó a un esfuerzo conjunto y planteó 10 estrategias para “transformar la década de 1960 en una década de progreso democrático” y recalcó: “Con medidas como estas, nos proponemos completar la revolución de las Américas, para construir un hemisferio donde todos los hombres puedan esperar el mismo alto nivel de vida y donde todos los hombres puedan vivir sus vidas con dignidad y libertad” (https://bit.ly/2O6DzsE ).

Por primera vez desde los EEUU se hablaba de planificación económica desde el Estado, cambio social, industria, educación, combate al analfabetismo, adiestramiento de profesores, asistencia a universidades, promoción de la ciencia y la investigación, “modificar los arcaicos sistemas tributarios y de tenencia de tierras” (“reformas agrarias y tributarias”), integración económica, mercado de productos, “alimentos para la paz”, inversión extranjera y ayudas para el “desarrollo” (se destinarían 20 mil millones de dólares). La ALPRO inauguraba el desarrollismo como modelo para Latinoamérica (https://bit.ly/3iOfPaT). Era un programa más amplio y ambicioso que el Plan Marshal (1948), que los EEUU dirigieron para la reconstrucción de Europa en la postguerra (destinaron 12 mil millones de dólares). Como lo resumía Kennedy, se trataba de una “revolución en libertad”, en el espíritu de Washington, Jefferson, Bolívar, San Martín y Martí, al calor de una consigna claramente anticastrista “¡Progreso Si, Tirania No!”. El 5 de agosto de 1961, en la Conferencia de Punta del Este, Uruguay, 21 repúblicas latinoamericanas aprobaron la ALPRO.

Los propósitos de la ALPRO no eran tan “nuevos” en varios países latinoamericanos. En Argentina, con Juan Domingo Perón (1946-1955); Brasil, con Getulio Vargas (1930-1945 y 1951-1954) y México, con Lázaro Cárdenas (1934-1940), se implementaron cambios de estructuras fundamentales, promoviendo la industrialización sustitutiva de importaciones, reformas agrarias y tributarias, vastos programas sociales en educación, salud, vivienda y servicios públicos. Esos “populismos” tuvieron principios nacionalistas, fuerte intervencionismo estatal, definida orientación popular y laboral, además de una clara inclinación “izquierdista”. Lograron importantes avances en el “desarrollo” (https://bit.ly/2AEybcW). Brasil incluso contaba con aportes académicos singulares para Latinoamérica a través de investigadores como Roberto Simonsen, Ignácio Rangel, Caio Prado Júnior, Hélio Jaguaribe, Cândido Mendes y, sobre todo, Celso Furtado, uno de los más influyentes científicos sociales en toda la región. Bajo el gobierno de Juscelino Kubitschek (1956-1961), quien había ofrecido “50 años de progreso en 5 años de gobierno”, Brasil impulsó un claro desarrollismo que potenció al país; un modelo que también lo mantuvo Arturo Frondizi en Argentina (1958-1962).

Cuando se lanzó la ALPRO, varios gobiernos latinoamericanos querían mantener su soberanía, no vieron mal a la Revolución Cubana ni estaban dispuestos al bloqueo que los EEUU prácticamente ordenaban en contra de la isla. En Ecuador, José María Velasco Ibarra (1960-1961) se proclamó admirador de la Revolución Cubana y su sucesor, Carlos Julio Arosemena (1961-1963) tuvo que ser forzado por los militares para romper con Cuba. En Argentina, Frondizi recibió a Fidel Castro y mantuvo conversaciones secretas con el Che Guevara, lo que extremó las reacciones militares hasta que lo derrocaron (https://bit.ly/3f8S9LS). En Venezuela, Rómulo Betancourt (1959-1964) se anticipó con la reforma agraria y se vinculó a la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo), que era combatida por los EEUU. En México, Adolfo López Mateos (1958-1964) fue el único en abstenerse de votar contra la expulsión de Cuba de la OEA (1962). Colombia, en cambio, tenía en Alberto Lleras Camargo (1958-1962), el ideal del gobierno anticomunista y pro norteamericano.

Si bien los gobiernos aceptaron la ALPRO, no todos coincidían exactamente con las intenciones norteamericanas. De modo que tuvieron que imponerse otros mecanismos: en Brasil los militares dieron un golpe de Estado (1964), que les mantuvo en el poder hasta 1985; otro golpe militar ocurrió en Argentina (1962); y en Ecuador, la CIA logró una Junta Militar (1963-1966) macartista (https://bit.ly/3iD0EkJ) que, sin embargo, adoptó la ALPRO, inauguró el desarrollismo, realizó la reforma agraria, fomentó la industria y promovió el despegue empresarial, gracias al decidido amparo del Estado.

Lo paradójico de nuestra historia económica es que la ALPRO, si bien fue un programa imperialista, sirvió para levantar el capitalismo en países latinoamericanos que todavía podían considerarse “precapitalistas”. Puede ser muy ilustrativo el caso de Ecuador: tenía una de las economías más “subdesarrolladas” a inicios de los sesenta; de modo que la atrasada mentalidad de las escasas elites empresariales y de los grandes terratenientes tradicionales, se levantó contra el “comunismo” de la Junta Militar desarrollista; pero, ante todo, contra la reforma agraria (1964), que puso fin al sistema hacienda. Su poder logró derrocar a ese gobierno militar pro norteamericano, tras la “guerra del arancel” (los comerciantes se negaron a pagar nuevos aranceles y decidieron no sacar las importaciones de la aduana). La ALPRO resultaba así un programa más adelantado que esas mentalidades de las clases dominantes ecuatorianas, que también se lanzaron contra el “estatista” modelo económico de los gobiernos militares petroleros (1972-1979). Sin embargo, gracias al desarrollismo de dos décadas, Ecuador creció como nunca antes en su historia y se volvió un país “capitalista”.

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Ola de fuertes protestas en Estados Unidos derriba símbolos que recuerdan la esclavitud

Héctor Hernández Pardo

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La ola de protestas en Estados Unidos contra el racismo imperante en ese país, movimiento que ha alcanzado una fuerza y una magnitud extraordinarias, ha tocado las puertas de muchos símbolos que recuerdan la esclavitud y la violencia segregacionista y que, hasta ahora, permanecían incólumes, sobre todo en territorios del sur.

La presión interna que esas manifestaciones provocan ha obligado a las autoridades del sureño Misisipi, a dar un paso histórico con respecto a la bandera que le representaba y que era orgullo de los nativos ultranacionalistas blancos. Hasta hace pocos días, Misisipi era el único estado norteamericano que tenía en su bandera la célebre cruz de San Andrés, símbolo de los confederados esclavistas en la llamada Guerra de Secesión librada en Estados Unidos entre 1861 y 1865.

Según informaciones que han repercutido en toda la prensa estadounidense e internacional, dicha bandera será retirada y se diseñará otra nueva sin símbolos racistas, luego de que así lo aprobara la Asamblea Legislativa de dicho territorio. Por su parte, el gobernador republicano, Tate Reeves, adelantó que apoyará la medida.

Tal decisión se inserta en el contexto una gran polémica nacional que se ha generado al calor de ataques a estatuas, monumentos y símbolos en los Estados Unidos que son calificados por muchos ciudadanos como expresiones del culto a la violencia racista, la segregación y el colonialismo.

En Alabama, Florida, Virginia o Carolina del Sur, por toda la zona del sur estadounidense, los monumentos en honor a la Confederación que defendió la esclavitud en la contienda civil llamada Guerra de Secesión están cayendo poco a poco, 155 años después de acabar las acciones beligerantes.

Hace un par de semanas se derribó una estatua del presidente confederado, Jefferson Davis, en Richmond (Virginia), que era la capital de los secesionistas, y en Montgomery (Alabama), cayó otra del general Robert E. Lee, el más destacado del sur.

Para el profesor de Asuntos Sociales de la Universidad de Michigan, Ronald Hall, “derribar las estatuas no va a resolver el problema (de la discriminación o la violencia policial), pero es algo que debe hacerse…Enaltecer a personas que creían que la gente negra era inferior destruye la moral nacional y destruye al país“.

Robert E. Lee intentó separar a este país (…) Está justificado que una sociedad y la gente que influye en las instituciones” desee acabar con esos vestigios y que no se glorifique a esas personas que simbolizan un legado racista”, reflexionó el profesor Hall en declaraciones realizadas a la agencia de noticias española EFE.

En esta oleada contra los monumentos, memoriales y otros símbolos que honran a quienes defendieron la esclavitud, el racismo o posteriormente la segregación racial, está cada vez más implicada  la población en general. Las demandas incluyen eliminar los nombres de jefes confederados que tienen muchas bases militares del país.

El presidente Donald Trump se ha mostrado en contra de esas ideas y acciones. Hace pocos días hizo público su siguiente mensaje: “Mi administración ni siquiera considerará el cambio de nombre de estas instalaciones militares magníficas y legendarias. Nuestra historia como la nación más grande del mundo no será alterada. ¡Respeta a nuestros militares!“.

Sin embargo, el Comité de Servicios Armados del Senado aprobó una iniciativa, incluida en un proyecto de ley de gastos militares, que exigiría al Pentágono cambiar en un plazo de tres años el nombre a esas bases militares y eliminar los símbolos confederados que existan, lo que pondría en un aprieto al inquilino de la Casa Blanca. La iniciativa, si bien partió de los demócratas, se hizo con el apoyo de senadores republicanos, en una nueva muestra de que se está ampliando el consenso sobre este asunto, en el que Trump, al igual que en su posición con respecto a las protestas contra el racismo, parece estar cada vez más aislado.

En medio de esta situación extrema, el movimiento a favor de los indígenas se ha incorporado a las protestas. Y, así, Cristóbal Colón y otras figuras como el conquistador de la Florida Ponce de León,  también están en la mira de las manifestaciones, pues muchos los relacionan con el brutal sometimiento de los indígenas.  Informaciones procedentes de Richmond (Virginia), Saint Paul (Minesota); Miami (Florida), Boston (Massachussets) y Camden (Nueva York), señalan que estatuas del Almirante y de Ponce de León han sido objeto de actos de rechazo por parte de grupos que se vinculan a las reivindicaciones de los indígenas.

Si bien todos estos hechos constituyen una derivación de las enormes protestas contra la injusticia racial y la brutalidad policial a raíz de la muerte violenta del ciudadano negro George Floyd, muchos analistas coinciden en que se trata de una añeja demanda del movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos y que, todo indica, no tiene marcha atrás, a pesar de la oposición del presidente Donald Trump.

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Crece la fuerza del movimiento antifascista en los Estados Unidos

Héctor Hernández Pardo

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Durante las recientes protestas populares en multitud de ciudades de los Estados Unidos contra las acciones criminales racistas, se ha puesto de manifiesto el crecimiento del movimiento antifascistas en ese país, o lo que ya muchos denominan ANTIFA.

El presidente Trump calificó a ese movimiento como “una organización terrorista” y les ha acusado de radicalizar las manifestaciones por la muerte violenta del ciudadano negro George Floyd en la ciudad de Mineápolis, Minesota. Como se conoce,  Floyd  falleció luego de que un policía blanco le presionara el cuello con la rodilla durante más de 8 minutos, y tras conocerse el crimen las protestas se expandieron a decenas de centros urbanos del país, algunas de las cuales se tornaron tan violentas que obligaron a imponer toques de queda.

El Jefe de la Casa Blanca dijo entonces que los manifestantes eran anarquistas liderados por Antifa” y que este movimiento alentaba la ira en las protestas, en las que se reivindicaba un buen trato policial hacia la población afroestadounidense.

Algunas importantes figuras de la vida política y jurídica de los Estados Unidos, rechazaron de inmediato el epíteto de terrorista a ANTIFA sugerido por el mandatario, y señalaron que ANTIFA es una contracción de “antifascista”, y que no es una organización con un líder, estructura definida o funciones de membresía por lo que no cabe el calificativo hecho por el Presidente. Mary MacCord, ex alta funcionaria del Departamento de Justicia de aquel país, dijo más y señaló que “Cualquier intento de tal designación plantearía importantes violaciones a la Primera Enmienda constitucional“.

En realidad, ¿qué es ANTIFA? Según analistas de política interna en los Estados Unidos, se trata sencillamente de un movimiento de activistas, cuyos seguidores comparten sobre todo ideas contra la segregación racial y la injusticia social. Medios periodísticos señalan que, incluso, es imposible saber cuántas personas integran ese movimiento o quién lo lidera. Lo que sí es evidente que ha crecido rápida y poderosamente en los últimos años en el país norteño.

Algunos estudiosos del tema aseguran que sus seguidores dicen que es un movimiento secreto organizado por células autónomas locales; otros aseguran que se trata de algo espontáneo montado a través de redes sociales. En años recientes, su presencia se ha dado a conocer –sobre todo- en protestas contra la violencia y discriminación hacia la población negra en Estados Unidos.

Una de las más sonadas –antes de las actuales- fueros los hechos provocados por una manifestación de la ultraderecha “Unite the Right” en Charlottesville, Virginia, en 2017, organizada por grupos neonazis que hacían apología del racismo. Frente a esa demostración fascista, se produjo una  reacción de protesta por parte de los grupos antisegregacionistas, que culminó con un salvaje atentado masivo con auto que se abalanzó sobre esta pacífica multitud, provocando la muerte de la joven Heather Heder, e hiriendo a otros muchos. El perpetrador fue un simpatizante nazi llamado James Alex Fields Jr. Entonces Trump no denunció ni condenó explícitamente a los nacionalistas blancos.

Frente a quienes han catalogado al movimiento ANTIFA como una organización de izquierda, muchos de sus miembros dicen que lo que les une es luchar contra la ideología neonazi y el reverdecimiento del Ku Klux Klan, en alusión a la organización de extrema derecha surgida en Estados Unidos en el siglo XIX y que promovía la supremacía blanca, el racismo y la xenofobia.

Integrantes del movimiento ANTIFA han declarado que se oponen a todas las formas de racismo y sexismo, así como a las políticas del gobierno de Trump contra la inmigración, aunque también algunos han expuesto un fuerte discurso anticapitalista.

Hay que decir el movimiento antifascista no es exclusivo de Estados Unidos. En otros países también existe. Por ejemplo en el Reino Unido funciona bajo el nombre de Anti-Fascist Action; mientras que en Alemania se llama Anfifaschistische Aktion. En realidad se trata de una respuesta ciudadana a los avances y las acciones de la ultraderecha en determinadas sociedades.

Lo que sí es evidente que, en el caso de Estados Unidos, la elección de Donald Trump y sus políticas han impulsado un potente resurgimiento del movimiento ANTIFA y sus nexos con grupos anticapitalistas. Según James Anderson, que participa en el  popular sitio web antifascista It’s Going Down, “el interés del público en portal creció desde la llegada del magnate republicano a la Casa Blanca”.

Y aseguró que ANTIFA “Se trata de poder popular. Este es un movimiento abierto que busca integrar a una amplia variedad de personas”.

¿Hasta dónde podrá llegar ese movimiento en Estados Unidos? Nadie sabe. Pero, sin duda, hay que seguirlo de cerca, porque –a juzgar por la masividad de las protestas antisegregacionistas recientes en decenas de ciudades norteamericanas- ya se siente su fuerza.

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