Conecta con nosotros

Madre América

La ALPRO y el desarrollismo latinoamericano

Juan J. Paz y Miño Cepeda

Publicado

en

Los Estados Unidos fueron el gran país imperialista del siglo XX, en el sentido dado por V. I. Lenin: gigantes monopolios que gobiernan la economía, exportan capitales y se reparten el mundo. Sólo que ese gigante llegó “tarde” a un mundo ya repartido entre grandes potencias europeas, de modo que su expansión no fue propiamente colonial, aunque sí “neocolonial”. Bajo la cobertura del americanismo monroista, aseguró ese imperialismo sobre América Latina, región en la cual logró dependencia económica y alineación política, contando con gobiernos afines a sus intereses o a través de la intervención directa, el derrocamiento de gobernantes y la promoción de dictaduras.

Al destaparse la guerra fría con la URSS y el bloque socialista después de la II Guerra Mundial (1939-1945), el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR, 1947) se convirtió en instrumento para incorporar el anticomunismo en las fuerzas armadas latinoamericanas, al mismo tiempo que la OEA (1948) serviría para la alineación de todas las repúblicas en el espíritu monroista e imperialista. Hay suficientes estudios sobre el tema. En todo caso, los EEUU nunca se esperaron que la Revolución Cubana (1959) abriera el camino al socialismo, de modo que, en reacción contra ella y el “peligro” que representaba, lanzaron la urgente guerra fría sobre América Latina. La comenzó Dwight D. Eisenhower (1953-1961), pero fue John F. Kennedy (1961-1963) quien la asumió en forma definitiva, patrocinó la fracasada invasión a Bahía de Cochinos (1961), pero tuvo éxito en el bloqueo continental al gobierno de Fidel Castro.

Al mismo tiempo que se extendieron de inmediato los programas de becas e instrucción “técnica” de las fuerzas armadas en la región y las acciones de la CIA se convirtieron en millonarios esfuerzos por impedir la propagación del “comunismo castrista” en el continente, JFK inauguró la primera campaña en la historia norteamericana destinada a promover el desarrollo económico, el cambio social y la democracia en América Latina: la Alianza para el Progreso (ALPRO).

El primer paso fue la conformación del equipo teórico, con la Latin American Task Force, integrada por Lincoln Gordon (economista de Harvard), Adolf Berle (asesor del antiguo New Deal), Robert Alexander (economista de Rutgers), Arthur Whitaker (historiador de Pennsylvania), Teodoro Moscoso y Arturo Morales Carrión (expertos puertoriqueños en desarrollo). Se contaba, además, con los estudios sobre el subdesarrollo y la modernización de renombrados académicos, como Lucian Pye, Daniel Lerner, Gabriel Almond, James Coleman y, sobre todo, W.W. Rostow, cuyas “etapas del crecimiento económico” se ajustaron perfectamente al propósito de superar las “sociedades tradicionales”.

Sobre esas bases, JFK anunció el arribo de la ALPRO en su famoso discurso del 13 de marzo de 1961 en la Casa Blanca, ante el cuerpo diplomático latinoamericano. Allí convocó a un esfuerzo conjunto y planteó 10 estrategias para “transformar la década de 1960 en una década de progreso democrático” y recalcó: “Con medidas como estas, nos proponemos completar la revolución de las Américas, para construir un hemisferio donde todos los hombres puedan esperar el mismo alto nivel de vida y donde todos los hombres puedan vivir sus vidas con dignidad y libertad” (https://bit.ly/2O6DzsE ).

Por primera vez desde los EEUU se hablaba de planificación económica desde el Estado, cambio social, industria, educación, combate al analfabetismo, adiestramiento de profesores, asistencia a universidades, promoción de la ciencia y la investigación, “modificar los arcaicos sistemas tributarios y de tenencia de tierras” (“reformas agrarias y tributarias”), integración económica, mercado de productos, “alimentos para la paz”, inversión extranjera y ayudas para el “desarrollo” (se destinarían 20 mil millones de dólares). La ALPRO inauguraba el desarrollismo como modelo para Latinoamérica (https://bit.ly/3iOfPaT). Era un programa más amplio y ambicioso que el Plan Marshal (1948), que los EEUU dirigieron para la reconstrucción de Europa en la postguerra (destinaron 12 mil millones de dólares). Como lo resumía Kennedy, se trataba de una “revolución en libertad”, en el espíritu de Washington, Jefferson, Bolívar, San Martín y Martí, al calor de una consigna claramente anticastrista “¡Progreso Si, Tirania No!”. El 5 de agosto de 1961, en la Conferencia de Punta del Este, Uruguay, 21 repúblicas latinoamericanas aprobaron la ALPRO.

Los propósitos de la ALPRO no eran tan “nuevos” en varios países latinoamericanos. En Argentina, con Juan Domingo Perón (1946-1955); Brasil, con Getulio Vargas (1930-1945 y 1951-1954) y México, con Lázaro Cárdenas (1934-1940), se implementaron cambios de estructuras fundamentales, promoviendo la industrialización sustitutiva de importaciones, reformas agrarias y tributarias, vastos programas sociales en educación, salud, vivienda y servicios públicos. Esos “populismos” tuvieron principios nacionalistas, fuerte intervencionismo estatal, definida orientación popular y laboral, además de una clara inclinación “izquierdista”. Lograron importantes avances en el “desarrollo” (https://bit.ly/2AEybcW). Brasil incluso contaba con aportes académicos singulares para Latinoamérica a través de investigadores como Roberto Simonsen, Ignácio Rangel, Caio Prado Júnior, Hélio Jaguaribe, Cândido Mendes y, sobre todo, Celso Furtado, uno de los más influyentes científicos sociales en toda la región. Bajo el gobierno de Juscelino Kubitschek (1956-1961), quien había ofrecido “50 años de progreso en 5 años de gobierno”, Brasil impulsó un claro desarrollismo que potenció al país; un modelo que también lo mantuvo Arturo Frondizi en Argentina (1958-1962).

Cuando se lanzó la ALPRO, varios gobiernos latinoamericanos querían mantener su soberanía, no vieron mal a la Revolución Cubana ni estaban dispuestos al bloqueo que los EEUU prácticamente ordenaban en contra de la isla. En Ecuador, José María Velasco Ibarra (1960-1961) se proclamó admirador de la Revolución Cubana y su sucesor, Carlos Julio Arosemena (1961-1963) tuvo que ser forzado por los militares para romper con Cuba. En Argentina, Frondizi recibió a Fidel Castro y mantuvo conversaciones secretas con el Che Guevara, lo que extremó las reacciones militares hasta que lo derrocaron (https://bit.ly/3f8S9LS). En Venezuela, Rómulo Betancourt (1959-1964) se anticipó con la reforma agraria y se vinculó a la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo), que era combatida por los EEUU. En México, Adolfo López Mateos (1958-1964) fue el único en abstenerse de votar contra la expulsión de Cuba de la OEA (1962). Colombia, en cambio, tenía en Alberto Lleras Camargo (1958-1962), el ideal del gobierno anticomunista y pro norteamericano.

Si bien los gobiernos aceptaron la ALPRO, no todos coincidían exactamente con las intenciones norteamericanas. De modo que tuvieron que imponerse otros mecanismos: en Brasil los militares dieron un golpe de Estado (1964), que les mantuvo en el poder hasta 1985; otro golpe militar ocurrió en Argentina (1962); y en Ecuador, la CIA logró una Junta Militar (1963-1966) macartista (https://bit.ly/3iD0EkJ) que, sin embargo, adoptó la ALPRO, inauguró el desarrollismo, realizó la reforma agraria, fomentó la industria y promovió el despegue empresarial, gracias al decidido amparo del Estado.

Lo paradójico de nuestra historia económica es que la ALPRO, si bien fue un programa imperialista, sirvió para levantar el capitalismo en países latinoamericanos que todavía podían considerarse “precapitalistas”. Puede ser muy ilustrativo el caso de Ecuador: tenía una de las economías más “subdesarrolladas” a inicios de los sesenta; de modo que la atrasada mentalidad de las escasas elites empresariales y de los grandes terratenientes tradicionales, se levantó contra el “comunismo” de la Junta Militar desarrollista; pero, ante todo, contra la reforma agraria (1964), que puso fin al sistema hacienda. Su poder logró derrocar a ese gobierno militar pro norteamericano, tras la “guerra del arancel” (los comerciantes se negaron a pagar nuevos aranceles y decidieron no sacar las importaciones de la aduana). La ALPRO resultaba así un programa más adelantado que esas mentalidades de las clases dominantes ecuatorianas, que también se lanzaron contra el “estatista” modelo económico de los gobiernos militares petroleros (1972-1979). Sin embargo, gracias al desarrollismo de dos décadas, Ecuador creció como nunca antes en su historia y se volvió un país “capitalista”.

También te puede interesar: Tigres asiáticos y oligarquías latinoamericanas

Madre América

Militares desarrollistas y reformistas

Juan J. Paz y Miño Cepeda

Publicado

en

Después de la independencia, la mayoría de países latinoamericanos iniciaron su vida republicana con gobiernos militares. Sus caudillos formaron parte esencial de la historia de la región, bien como dictadores o patrocinando gobernantes civiles, al servir de instrumento en las confrontaciones por el poder entre las elites liberales y conservadoras.

El caudillismo militar cambió con el avance del siglo XX, por una serie de factores. De modo que las intervenciones de los militares se volvieron institucionales. En países como Ecuador, con la Revolución Juliana (1925); en Chile, con el “Comité Militar” (1924); o en Brasil, con el “tenentismo” (iniciado en 1922, culminó con la Revolución de 1930 que llevó al poder a Getulio Vargas), la joven oficialidad jugó un papel fundamental para iniciar procesos históricamente destinados a superar el régimen oligárquico, que se caracterizó por la hegemonía despótica de la elite terrateniente, comercial y financiera en el poder, que impedía la modernidad capitalista. Esos militarismos tempranos fueron socialmente reformistas, nacionalistas, con orientación popular. Incluso hubo militares socialistas.

Las orientaciones institucionales cambiaron con la guerra fría. Bajo el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR, 1947), los militares latinoamericanos pasaron a formar parte de las estrategias de seguridad continental de los EEUU, fueron técnicamente asesorados e ideológicamente orientados en el anticomunismo, especialmente a raíz del triunfo de la Revolución Cubana (1959), cuando las fuerzas armadas de todos los países quedaron preparadas para impedir cualquier proceso parecido. De modo que durante la década de 1960 las dictaduras militares que se sucedieron en distintos países (como Argentina, 1962 y 1966; Ecuador, 1963; Brasil, 1964; Bolivia, 1966) estaban convencidas del cumplimiento de una trascendental misión anticomunista y, al mismo tiempo, desarrollista. El surgimiento de una serie de guerrillas en varios países latinoamericanos parecía justificar las posturas militares. Sin embargo, el desarrollismo, convertido en modelo económico por esas mismas dictaduras, sirvió doblemente: de un lado, para superar los vestigios del régimen oligárquico; de otro, para impulsar la definitiva consolidación del capitalismo en sus países.

El rasgo anticomunista se reprodujo, en forma brutal, una década más tarde: en Chile, con la implantación de la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990), en Argentina, con Jorge Videla (1976-1981); Uruguay, con Juan María Bordaberry (1972-1976); Bolivia, con Hugo Banzer (1971-1978), a quienes hay que sumar Alfredo Stroessner (1954-1989) en Paraguay. Los estudios sobre la época han calificado, con exactitud, de dictaduras terroristas a las que dominaron el Cono Sur del continente, mediante la institucionalización de los asesinatos, torturas, desapariciones y violaciones sistemáticas de los derechos humanos. La perniciosa “Doctrina de la Seguridad Nacional” sirvió de fundamento para encontrar “enemigos internos” (siempre las izquierdas y especialmente el marxismo), lo que incapacitó a los militares para comprender las dinámicas políticas derivadas de las sociedades civiles latinoamericanas, profundamente fraccionadas por diversos intereses de clase. En consecuencia, las dictaduras terroristas inevitablemente atacaron a los sectores populares, clases medias y laborales, para consolidar una vía capitalista de exclusivo beneficio para las elites empresariales y los capitales transnacionales.

 Pero hubo dos dictaduras que se colocaron lejos de esos modelos de terrorismo de Estado: una fue la “Revolución Peruana” encabezada por el general Juan Velasco Alvarado entre 1968 y 1975; y otra, el “Gobierno Revolucionario y Nacionalista de las Fuerzas Armadas” en Ecuador, presidido por el general Guillermo Rodríguez Lara, entre 1972 y 1976. La dictadura de Omar Torrijos (1968-1981) en Panamá, no tuvo los rasgos que caracterizaron a las del Perú y Ecuador, si bien impulsó parcialmente el desarrollismo y algunas políticas sociales, aunque su logro más trascendente fue el acuerdo con los EEUU para la “panameñización” del canal. Su muerte, en un raro accidente de aviación (31/julio/1981), ha sido comparada con el similar accidente aviatorio que sufriera el expresidente ecuatoriano Jaime Roldós (24/mayo/1981), lo que despertó las sospechas de que estas dos personalidades fueron víctimas del “Plan Cóndor”, orquestado por el dictador Augusto Pinochet.

El gobierno peruano se orientó por las “Bases Ideológicas” y el ecuatoriano por la “Filosofía y Plan de Acción” inspirada en los conceptos de sus vecinos. Ambos proclamaron “ni capitalismo, ni comunismo”; pero el que pasó a llamarse como “socialismo peruano” adquirió rápidamente fama internacional; y, si se lee con detenimiento, la “Filosofía…” de los militares ecuatorianos sorprende, porque, sin utilizar un lenguaje marxista, prácticamente contiene principios que habían sido reivindicados por las izquierdas. De modo que los militares de los dos países resultaron ejecutores históricos de la liquidación definitiva del régimen oligárquico tradicional, impulsaron la industrialización y afianzaron un tipo de capitalismo social, pues claramente llevaron adelante políticas que favorecieron el mejoramiento de las condiciones de vida y de trabajo de la amplia población, aunque bajo un marco autoritario, jerárquico y controlador, que nunca llegó a los extremos antihumanos de las dictaduras del Cono Sur.

Los dos gobiernos fortalecieron al Estado, formularon planes de desarrollo, colocaron los sectores estratégicos en manos estatales y coincidieron en llevar una política nacionalista en materia petrolera, que despertó las reacciones de los EEUU: Perú nacionalizó al sector, claramente afectó a la International Petroleum Co. y creó PETROPERÚ; en Ecuador se revisaron contratos petroleros, concluyó la refinería, el Estado controló las exportaciones petroleras, también la mayoría accionaria del consorcio Texaco-Gulf y se creó CEPE. En los dos países, el “estatismo” requirió de numerosas entidades públicas que aumentaron la burocracia; pero también sirvieron para proveer amplios servicios públicos y para desarrollar infraestructuras que, de otro modo, no se habrían logrado. En Perú se hizo una reforma agraria que afectó a la oligarquía serrana y particularmente a la azucarera costeña; en Ecuador esa reforma ya fue iniciada por la Junta Militar de 1963-1966, pero el Nacionalismo Revolucionario todavía la planteó para suprimir los últimos vestigios del sistema hacienda (aunque suspendió la aplicación de uno de los artículos radicales de la ley). Perú fue más lejos: nacionalizó la banca, estatizó la industria pesquera, impuso el control estatal sobre la radio, la televisión y llegó a nacionalizar todos los medios de comunicación; creó el “Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social” (SINAMOS) e incluso las “comunidades industriales”, con participación de los trabajadores en la administración de las empresas. Además, estableció relaciones diplomáticas con la URSS (adquirió allí adelantadas armas de guerra), la República Popular China, Corea del Norte y los países socialistas de Europa del Este.

Resultan coincidentes las reacciones oligárquicas y de las elites empresariales contra los dos gobiernos militares, así como las sensibilidades despertadas en los EEUU que, en cambio, respaldaban abiertamente a los otros regímenes terroristas en la región. La política petrolera nacionalista de Rodríguez Lara, que había frenado la voracidad privada, fue combatida permanentemente. En los dos países no faltaron acusaciones de “comunismo” y  “estatismo”. La relativa crisis económica por el derrumbe de los precios del petróleo llegó en 1975. En agosto de ese año, un golpe de Estado colocó en el poder al general Francisco Morales Bermúdes (1975-1980), quien abandonó la “revolución” y se propuso erradicar a la izquierda radical que supuestamente había adquirido excesiva influencia. En Ecuador, el 1 de septiembre de ese mismo año el general Raúl González intentó un golpe de Estado, que, pese a su fracaso, fue determinante para que las fuerzas armadas decidieran el recambio a través de un “Consejo Supremo de Gobierno” (1976-1979), que dio un giro derechista, pues abandonó la filosofía nacionalista en materia petrolera, adoptó políticas represivas e inició el endeudamiento externo que repercutió gravemente sobre los gobiernos constitucionales iniciados en agosto de 1979.

La década de los setenta resultó inédita en Ecuador porque el crecimiento económico fue espectacular (las exportaciones petroleras de dos años y medio, a partir de agosto de 1972, equivalen a los ingresos del comercio externo del país durante su vida republicana) y ciertamente mejoraron las condiciones de vida y de trabajo, por el desarrollismo, el reformismo y hasta el “populismo” militar. Pero mientras el proceso peruano ha merecido múltiples libros e investigaciones, el ecuatoriano apenas ha sido estudiado. Desde luego, su “estatismo” continúa atacado por las elites económicas, que solo admiten como válido un modelo basado en el mercado y el reinado absoluto de la empresa privada que, sin embargo, como se demostró durante las décadas finales del siglo XX e inicios del XXI, así como en la actualidad, solo ha servido para liquidar capacidades estatales, perjudicar el desarrollo nacional, reconcentrar la riqueza y deteriorar la calidad de vida y de trabajo en el país.

De otra parte, el reformismo desarrollista militar en Ecuador y Perú ha dado otra lección histórica para las mismas filas militares latinoamericanas: cuando la institución se ha colocado del lado de la población y no de las elites oligárquicas y empresariales, no solo se ha logrado avances económicos y cambios sociales, sino que se ha evitado caer en los traumáticos sistemas de represión brutal, como los que caracterizaron a las dictaduras del Cono Sur, varios de cuyos responsables, aunque sea años más tarde, fueron conducidos ante cortes internacionales y a juicios por delitos de lesa humanidad.

También te puede interesar: La ALPRO y el desarrollismo latinoamericano

Continuar Leyendo

Madre América

Fernández de Madrid, un patriota de Colombia y Cuba

Sergio Guerra Vilaboy

Publicado

en

Hace 190 años murió en Londres el patriota José Fernández de Madrid, comprometido con la independencia de Colombia y Cuba. Nacido en Cartagena de Indias (1789), entonces Virreinato de Nueva Granada, estudió Humanidades y Medicina y desde muy joven ingresó en la masonería. Estuvo entre los promotores de la Junta de Gobierno que depuso al Virrey, el 20 de julio de 1810, y fue designado síndico en Cartagena, donde participó en la proclamación de la independencia (1811) y en la redacción de su constitución. Aquí escribió a favor de la emancipación y dio a conocer algunas de sus más celebres poesías: “A los Libertadores de Venezuela en 1812”, “A la muerte del coronel Atanasio Girardot”, “Canción Nacional”, “Himno a Bolívar” y “Mi bandera”.

Desde 1812 representó a Cartagena en el congreso de las Provincias Unidas del Nuevo Reino de Granada, donde trató de conciliar a federalistas y centralistas. Integró el Triunvirato de gobierno en 1814 y dos años después sustituyó a Camilo Torres en la presidencia de Nueva Granada. Enfrentó la arrolladora ofensiva del general español Pablo Morillo, que lo obligó a dejar Bogotá. Derrotado en Cuchilla del Tambo, Fernández Madrid en unión de otros patriotas, pretendió cruzar la cordillera Oriental. Interceptado cuando se dirigía al territorio de los pueblos andaquíes, cayó prisionero de los realistas.

Condenado a prisión, fue deportado a España, pero en la escala del puerto de La Habana se declaró enfermo y pudo permanecer en la isla, gracias a la protección de destacadas figuras de Cuba, donde ejerció la medicina y el periodismo. Durante casi una década vivió en la Mayor de las Antillas, dedicado a la atención de los pobres y los esclavos africanos, experiencia que volcó en sus artículos científicos: “Memoria sobre la disentería en general y en particular sobre la disentería de los barracones” (1817), “La fiebre amarilla o el vómito preto” (1821) y”Memoria sobre el influjo de los climas cálidos y principalmente del de La Habana, en la estación del calor” (1824), que fueron el aval para su ingreso como socio de mérito en la Real Sociedad Económica de Amigos del País. También aquí continuó su labor como poeta y dramaturgo, con sobresalientes obras consideradas expresiones tempranas del romanticismo.

Además de su relevante labor científica y literaria, en Cuba conspiró contra el colonialismo español con atrevidas campañas de prensa en dos de los periódicos más importantes que circularon en La Habana, durante el trienio liberal (1820-1823). En uno de ellos propuso una confederación patriótica entre España e hispanoamericana bajo principios republicanos. Desengañado del liberalismo español, promovió el separatismo en las primeras sociedades secretas habaneras, cuyas reuniones se efectuaban en su propia residencia, y al parecer se involucró en la conspiración independentista de los Soles y Rayos de Bolívar. Después del fracaso de la conspiración separatista en 1823, Fernández Madrid pudo permanecer en la isla hasta junio de 1825, cuando regresó a Colombia.

Establecido en Cartagena con su esposa y los tres hijos nacidos en Cuba, Simón Bolívar lo nombró en 1826 su representante en Francia y luego en Inglaterra. Aquejado por graves problemas de salud y abatido por la inesperada muerte de sus dos pequeñas hijas, Fernández Madrid falleció en Londres, el 28 de junio de 1830, a los 41 años de edad, poco después de reunirse con su amigo el filósofo y educador cubano José de la Luz y Caballero. En su natal Cartagena una estatua suya se levanta en una concurrida plaza que lleva su nombre y en La Habana el Archivo Nacional editó en su memoria el libro José Fernández de Madrid y su obra en Cuba.

También te puede interesar: La república farroupilha en Brasil

Continuar Leyendo

Madre América

15 años de Telesur

Adalberto Santana

Publicado

en

Desde hace mucho años he sido un fiel colaborador de nuestra emisora latinoamericana y caribeña, tanto haciendo comentarios y análisis televisivos, así como escribiendo para Blogs Telesur. Televisora multinacional de nuestra América que nació con la propuesta del presidente Hugo Chávez. Su acta de  nacimiento acontece el 24 de julio de 2005.  La misma fecha en que se cumplía un aniversario más del natalicio de  Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios Ponte Andrade y Blanco, mejor conocido como Simón Bolívar. Es decir, nace esa televisora a los 222 años del nacimiento del más grande libertador de nuestros pueblos y forjador ideológico de nuestras repúblicas. A los 237 años del natalicio del Gran Libertador, la televisora del sur sigue siendo un gran canal informativo al servicio de la emancipación latinoamericana, caribeña y del mundo.

El origen de Telesur se sustentó en generar un canal de comunicación esencialmente incluyente que se propuso desde su origen llevar a la práctica una democracia participativa para su audiencia, la cual en gran medida estaba presa o esclavizada a los canales de comunicación comercial televisiva.  Esos medios políticamente en su mayoría transmiten y vierten una imagen contraria a los intereses de participación de una audiencia que requiere medios alternativos de comunicación. Esencialmente desde la perspectiva de una audiencia participante en un proceso de emancipación, tal  como el que se desarrollaba y desarrolla  actualmente en la Venezuela bolivariana.

Así, Telesur, emerge como un medio de comunicación que ofrece al telespectador un canal alternativo frente a la lógica del consumo degradante que impregna a la mayoría de los monopolios televisivos de las cadenas comerciales. Pero sobre todo la televisora del sur por sus informaciones, opiniones, reportajes y editoriales,  brinda al televidente un medio electrónico que hace patente esa democracia participativa e incluyente a través de su propia imagen que busca en el ideario que nos legó Simón Bolívar, una verdadera integración comunicacional que nos hermane a los pueblos y naciones de nuestra América con el mundo.

Fue así como hace 15 años, en el mes de julio de 2005, cuando el presidente venezolano Hugo Rafael Chávez Frías, inspirado en lo mejores anhelos del Libertador puso en marcha Telesur. Proyecto comunicacional  nació con un ideario bolivariano. Es decir, como un instrumento emancipador que contribuyera a ampliar la información para los pueblos y países de nuestra América. Su señal se gestó siguiendo las ideas y el ideario del gran Libertador cuando apuntaba: “Un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción”. Sin duda, Telesur, hasta nuestros días se ha convertido en una emisora que ha generado historia no únicamente en el campo de la comunicación alternativa, pero también en el campo del imaginario político de los pueblos de nuestra América.

Podemos reconocer que esa emisora es la expresión de la comunicación televisiva que respaldada en un pensamiento  crítico,  pero sobre todo sustentada en una filosofía emancipadora, emerge para hacer llegar a todos los  pueblos latinoamericanos y caribeños la información necesaria que brinda una serie de elementos informativos, precisos, claros y educadores de las realidades y problemas de nuestro tiempo. Pero que también lleva su imagen y la voz a otros pueblos del orbe. Sin duda, los cambios generados por el  avance tecnológico en las comunicaciones digitales, coadyuvó en gran medida a hacer posible  llevar el discurso emancipador a todos los rincones de la tierra. 

 Si se prefiere como lo apunta la misma misión de Telesur:   “Es un multimedio de comunicación latinoamericano de vocación social orientado a liderar y promover los procesos de unión de los pueblos del SUR. Somos un espacio y una voz para la construcción de un nuevo orden comunicacional”.

En otras palabras podemos decir que Telesur emergió como un medio alternativo de comunicación, precisamente como un vehículo comunicacional para evitar el desarrollo de la ignorancia. Eso que señalamos como lo planteó Bolívar y lo reiteramos, un instrumento de información crítica y veraz que evite que los pueblos de nuestra irredenta América,  vivan en el desconocimiento y la apatía. Por el contrario que eleven su nivel de conciencia informativa para dejar de ser un instrumento “ciego de su propia destrucción”.   

También Telesur, con una historia de década y media, pensamos que comunicacionalmente, ha generado una identidad de nuestros pueblos y naciones propia del siglo XXI. Con  la propuesta informativa y alternativa, Telesur en su imagen televisiva y en sus canales de opinión (editoriales y blogs) contribuye también a mejorar la información  que requiere un pueblo para dejar atrás su ignorancia informativa. Si se prefiere, la comunicación alternativa que propone y lleva a cabo Telesur, emerge como una propuesta emancipadora, que se convierte a su vez en un instrumento que contribuye a la eliminar la ignorancia y la manipulación comercial de lo que acontece en el mundo real.  En nuestro tiempo Telesur, difunde la información objetiva y emancipadora. Esto es, difunde lo que realmente pasa en el mundo real, sin manipulación informativa,  fortalece la capacidad del sujeto social que se encuentra en un proceso de transformación. Con ella se contribuye al combate de la ceguera informativa, propia de los medios comerciales y con discursos manipuladores y acríticos

En el momento actual, de inicios de la tercera década del sigo XXI, condicionado por la pandemia de la covid-19, los medios de comunicación alternativos deben estar esencialmente al servicio de los pueblos y de su emancipación, pero también de sus propuestas informativas de salud. Una tarea esencial es elevar la conciencia política en momentos que se intensifica masivamente la lucha de las ideas. Figuran por un lado y atosigan reiteradamente aquellas que propugnan por el sometimiento. En el lado opuesto, emergen las que buscan la emancipación informativa. En la historia política latinoamericana la vital importancia que tuvo Radio Rebelde, emisora que el comandante Ernesto Che Guevara fundó el 24 de febrero de 1958 en los Altos de Conrado en la Sierra Maestra. Aquella estación inalámbrica funcionó como un instrumento de emancipación que funcionó para acumular  fuerzas  y organizar al campesino cubano al proceso revolucionario que encabezaba el Movimiento 26 de Julio, situación que finalmente llevó a la victoria el 1 de enero de 1959. Hoy en el dial radiofónico sigue estando presente Radio Rebelde y otros canales informativos de la Revolución Cubana. Tarea semejante es lo que ha hecho Telesur para la Revolución Bolivariana y la transformación social latinoamericana y caribeña.

Así, en los inicios del siglo XXI, comunicacionalmente el sentido de informar para la integración latinoamericana pero en la senda de la emancipación y no de la opresión y la enajenación de los medios comerciales, es lo que ha fortalecido y dando más impulso a Telesur. La red informativa multinacional originalmente respaldada por los gobiernos progresistas latinoamericanos  prevalecientes en un determinado momento en Argentina, Bolivia, Cuba, Ecuador, Nicaragua, Uruguay y Venezuela, hicieron posible ese canal televisivo de integración regional. Hoy en 2020, esa empresa multinacional al servicio de los pueblos de América Latina y el Caribe sigue haciendo presencia en el mundo. Su ejemplo, ha sido retomado por otros medios informativos en  otros países y regiones culturales del mundo. Conviene con orgullo afirmar que Telesur a 15 años de su nacimiento sigue siendo un excelente ejemplo a emular  para la emancipación informativa del siglo XXI.

También te puede interesar: 15 años de Telesur

Continuar Leyendo

RECOMENDAMOS