Conecta con nosotros

Madre América

La guerra contra España de los países surandinos en 1866

Sergio Guerra Vilaboy

Publicado

en

La política colonialista desarrollada por España a inicios de la segunda mitad del siglo XIX se expresó en su intervención en Indochina (1857-1862), junto con Francia, en la guerra de Crimea y en África en 1859. Otra expresión del expansionismo hispano, como ya comentamos en una nota de Madre América, fue la firma del Tratado Mont-Almonte (1859) con las fuerzas conservadoras mexicanas sublevadas contra la constitución liberal de 1857 y el presidente Benito Juárez, que comprometió al gobierno de Madrid a suministrarles abundante ayuda militar y económica.

Como se sabe, después de la victoria juarista, España sumó sus efectivos navales a una especie de nueva Santa Alianza, como la denominó Carlos Marx, vertebrada con Francia e Inglaterra, que en diciembre de 1861 bloqueó el puerto de Veracruz -con 38 barcos artillados y cerca de seis mil hombres- para doblegar a México ante las reclamaciones financieras europeas. Aunque la inconsulta decisión de Juan Prim permitió la retirada a tiempo del ejército hispano, la expedición tripartita devino en la antesala de la invasión francesa a México y del efímero Imperio (1864-1867) de Maximiliano de Habsburgo.

La llamada Unión Liberal, recién llegada al gobierno en España, intentó aprovechar ese contexto internacional y la coyuntura favorable a las aventuras colonialistas en América Latina creada por la Guerra Civil (1861-1865) de Estados Unidos, para recuperar un mayor espacio como potencia colonial mediante acciones agresivas. Por eso, en 1860 los buques de guerra españoles Blasco de Garay y Habanero se presentaron en el puerto venezolano de La Guaira exigiendo indemnizaciones a sus ciudadanos, proceso que condujo a la interrupción de las relaciones diplomáticas entre Venezuela y España desde marzo de 1863. En forma casi paralela, se había restablecido la dominación colonial española en Santo Domingo (1861-1865) y en Ecuador fue estimulado el proyecto antinacional del dictador conservador Gabriel García Moreno para convertir a este país en el llamado Reino Unido de los Andes, bajo protectorado francés.

A estas descarnadas agresiones contra la soberanía de los países latinoamericanos se sumó la ilegal ocupación por una expedición española, comandada por el general Luis Hernández de Pinzón, de las islas Chinchas del Perú el 14 de abril de 1864, codiciadas por sus valiosos yacimientos de guano. De manera arrogante, el sustituto del general Hernández Pinzón al frente de la propia escuadra española en el Pacífico sudamericano, general José Manuel Pareja, declaró entonces que los gobiernos de Francia, Inglaterra y Estados Unidos “habían manifestado al de España su aprobación a una política firme contra el Perú, no para atacar su soberanía, sino para hacer a los países hispanoamericanos respetuosos de los intereses extranjeros.”

La descabellada aventura hispana en el Pacifico sudamericano conduciría a las repúblicas de Chile, Perú, Bolivia y Ecuador a un grave conflicto con su antigua metrópoli. El 5 de diciembre de 1865 se constituyó la alianza antiespañola entre Perú y Chile, que declaró la guerra a España, a la que se sumó desde principios de 1866 los gobiernos de Ecuador y Bolivia. El 7 de febrero de 1866, la flota aliada peruano-chilena derrotó en el archipiélago de Chiloé a la escuadra del general Pareja, que había bloqueado desde fines de 1865 los principales puertos chilenos. En una acción de represalia, barcos de guerra españoles bombardearon Valparaíso y El Callao, de donde fueron obligados a replegarse tras el combate del 2 de mayo de 1866.

Las intervenciones colonialistas europeas en América Latina reanimaron los intentos de unidad hispanoamericana como no se había registrado desde el congreso de Panamá convocado por Simón Bolívar en 1826. Con esa finalidad, el 14 de noviembre de 1864, se inauguró en Lima una Conferencia Internacional Americana –a la que Estados Unidos no fue invitado- contra las intervenciones y ataques franceses y españoles, que contó con la participación de las repúblicas de Perú, Chile, Bolivia, Ecuador, Colombia, Venezuela y El Salvador, así como Argentina y Guatemala en calidad de observadores. Este cónclave, reunido en Lima hasta el 13 de marzo de 1865, aprobó cuatro tratados, entre ellos uno de unión y alianza defensiva de los países hispanoamericanos y fue el último intento de unidad siguiendo el legado bolivariano hasta los impulsados en el siglo XXI por los gobiernos progresistas de América Latina.

Madre América

Cuauhtémoc y la rendición de Tenochtitlan en 1521

Sergio Guerra Vilaboy

Publicado

en

Cinco siglos se cumplen este año de la prolongada resistencia de Tenochtitlan al asalto de las huestes de Hernán Cortés, que en abril de 1521 pusieron sitio a la ciudad con el apoyo de miles de guerreros tlaxcaltecas aliados de los españoles. La destrucción de los canales de agua que abastecían la capital azteca y la falta de alimentos sellaron la suerte de los defensores, vencidos por la sed, el hambre y las epidemias, algunas de ellas, como la viruela y la sífilis, desconocidas en América y traídas por los conquistadores. La heroica lucha de sus habitantes, dirigidos por Cuitláhuac-Moctezuma había muerto tratando de calmar la sublevación de su pueblo-, y después por el legendario Cuauhtémoc, se prolongó hasta el 13 de agosto de 1521.

El primer testimonio de la caída de Tenochtitlan procede de las extensas Cartas de Relación del propio Hernán Cortés, dirigidas a la Corona. Son cinco, escritas desde 1519, aunque la inicial nunca se encontró y sólo se conoce por el resumen incluido en la obra Segunda parte de la crónica general de las Indias que trata de la conquista de México (1552) de Francisco López de Gómara. Se trata de la misiva que envió Cortés a Carlos V, junto con regalos entregados por Moctezuma, cuando marchaba hacia el altiplano central de México, en la que prometía un nuevo reino “con título y no menos mérito que el de Alemania, que por la gracia de Dios vuestra sacra majestad posee”.

Las cuatro cartas se conservan en la Biblioteca Imperial de Viena. Tres se publicaron por primera vez en Sevilla (1522-1523) y Toledo (1525) y fueron muy difundidas, mientras la última estuvo inédita hasta 1842. En la segunda de ellas, fechada el 30 de octubre de 1520, Cortés relata el sometimiento del cacique de Zempoala y su alianza con los tlaxcaltecas, el avance hacia el territorio azteca y el encuentro con Moctezuma, incluyendo la tremenda impresión de los europeos al llegar a la espectacular Tenochtitlan, que denomina Temixtitan. El conquistador la describe con amplias calles que por un lado dan al agua, por donde andan canoas, y que es “tan grande y de tanta admiración, que…es casi increíble, porque es muy mayor que Granada y muy más fuerte, y de tan buenos edificios y de muy mucha más gente que Granada tenía al tiempo que se ganó, y muy mejor abastecida de las cosas de la tierra, que es de pan y de aves y caza y pescados de los ríos, y de otros legumbres y cosas que ellos comen muy buenas. Hay en esta ciudad un mercado en que cotidianamente, todos los días, hay en él de treinta mil ánimas arriba vendiendo y comprando, sin otros muchos mercadillos que hay por la ciudad en partes.

Es en la tercera de las Cartas de Relación, fechada el 15 de mayo de 1522, donde Cortés narra, en un lenguaje más agresivo y crudo que en la anterior misiva, los acontecimientos de la rebelión azteca, que obligó a los conquistadores a huir de Tenochtitlan el 30 de junio de 1520 (la “Noche Triste”), hasta la ocupación de la urbe y la captura, el 13 de agosto del año siguiente, de Cuauhtémoc: “Y los bergantines entraron de golpe por aquel lago y rompieron por medio de la flota de canoas, y la gente de guerra que en ellas estaba ya no osaba pelear … un capitán de un bergantín, … llegó en pos de una canoa en la cual le pareció que iba gente de manera; y como llevaba dos o tres ballesteros en la proa del bergantín e iban encarando en los de la canoa, hiciéronle señal que estaba allí el señor, que no tirasen, y saltaron de presto, y prendiéronle a él y a aquel Guatimucín …  señor de la ciudad y a los otros principales presos; el cual, como le hice sentar, no mostrándole riguridad ninguna, llegóse a mí y díjome en su lengua que ya él había hecho todo lo que de su parte era obligado para defenderse a sí y a los suyos hasta venir a aquel estado, que ahora hiciese de él lo que yo quisiese; y puso la mano en un puñal que yo tenía, diciéndome que le diese de puñaladas y le matase”.

Cortés mantuvo en cautiverio a Cuauhtémoc durante cuatro años, para asegurar la colaboración de los mexicas, aunque lo sometió a crueles torturas, quemándole los pies y las manos. En 1525, como relata el propio conquistador español en su quinta Carta de Relación a Carlos V, lo llevó, junto a cientos de indígenas, en su expedición a las Hibueras (Honduras). Durante la travesía ordenó su ejecución, acontecimiento que se conmemora como duelo oficial en México cada 28 de febrero. En el lugar de la capital mexicana donde Cuauhtémoc fue apresado por los invasores europeos, en las inmediaciones del actual mercado de Tepito, hay una placa en un muro de la iglesia de la Concepción con este texto: “Tequipeuhcan. Aquí fue hecho prisionero el Emperador Cuauhtemotzin la tarde del 13 de agosto de 1521”.

Continuar Leyendo

Madre América

Gobierno nacionalista de J.J. Torres en Bolivia

Sergio Guerra Vilaboy

Publicado

en

Uno de las víctimas más connotadas de la tenebrosa Operación Cóndor, que mencionamos la semana pasada en Informe Fracto, fue el expresidente de Bolivia general Juan José Torres (1920-1976).  A principios de los años setenta, bajo el tremendo impacto de la malograda guerrilla del Che Guevara, se fue vertebrando en la república andino-amazónica un grupo militar partidario de transformar la atrasada estructura socioeconómica y la dependencia del país. Encabezado por el jefe del estado mayor general J.J. Torres, esos altos oficiales estaban influidos por las acciones revolucionarias de los militares peruanos vecinos, llegados al poder en 1968 con el general Juan Velasco Alvarado.

Torres era un militar de carrera, que en 1946 había estudiado artillería en la Argentina, presidida entonces por el coronel Juan Domingo Perón. Opuesto cinco años después al golpe del alto mando para impedir la victoria electoral del Movimiento Nacionalista Revolucionaria (MNR), el joven oficial fue dado de baja del ejército y volvió a la Argentina peronista exiliado, hasta que pudo regresar a Bolivia, al triunfar la revolución de 1952, y reincorporarse a la vida militar.

Después del ascenso al poder del general Alfredo Ovando, en septiembre de 1969, Torres y otros oficiales impusieron al nuevo presidente boliviano el titulado Mandato Revolucionario de las Fuerzas Armadas de la Nación, que mezclaba postulados nacionalistas con viejos clichés anticomunistas. Sometido a esa presión, Ovando tuvo que derogar el entreguista Código Davenport y nacionalizar, el 16 de octubre de 1969, la empresa norteamericana Gulf Oil Corporation. El propio general Torres se encargó de ocupar manu militari las instalaciones de la empresa estadounidense y de organizar una concentración popular en la Plaza Murillo para respaldar la medida.

La oposición de Estados Unidos no se hizo esperar, en forma de presiones diplomáticas y sanciones económicas. A partir de marzo de 1970, luego de la visita a La Paz de Charles A. Meyer, secretario auxiliar del Departamento de Estado norteamericano, Torres fue apartado de la jefatura del ejército en medio de una ofensiva de la derecha contra las fuerzas progresistas. El colofón fue un golpe fascista, el 4 de octubre de ese mismo año, paralizado tres días después por la enérgica reacción del general Torres desde la base aérea de El Alto, apoyado por los sindicatos obreros, que se declararon en huelga y ocuparon las principales instituciones del país.

Nombrado presidente de Bolivia, Torres no se atrevió a aprobar el programa revolucionario de 21 puntos que le presentaron los trabajadores, aunque firmó una serie de medidas progresistas en los nueve meses de su mandato. Entre ellas estuvo la reversión al estado de las concesiones de tres empresas mineras norteamericanas y la liberación del periodista francés Regis Debray y cinco guerrilleros presos desde 1967. Además, expulsó a los llamados “Cuerpos de Paz”, que encubría a agentes de espionaje estadounidenses, incorporó a Bolivia al Movimiento de los No Alineados, estableció contactos con los gobiernos de Salvador Allende y Fidel Castro, a la vez que permitía sesionar desde el 22 de junio de 1971, en el antiguo parlamento de La Paz, un congreso obrero antimperialista devenido verdadero “poder dual”, al decir del sociólogo René Zavaleta.

La conspiración que dio al traste con el breve gobierno de J.J. Torres, el 21 de agosto de ese año, fue preparada por el propio embajador de Estados Unidos Ernest Siracusa, con el respaldo de los círculos oligárquicos de Santa Cruz encabezados por el coronel Hugo Banzer, quien estableció un gobierno fascista, para impedir que el mandatario consiguiera su declarado objetivo de forjar “la alianza de las fuerzas armadas con el pueblo boliviano”, para construir “la nacionalidad sobre cuatro pilares: trabajadores, universitarios, campesinos y militares”.

Expulsado del país, debió buscar refugio en el Perú de Velasco Alvarado, en el Chile de Allende y finalmente en la Argentina, tras el regreso de Perón (1973). Tres años más tarde, al salir de su casa en Buenos Aires, fue secuestrado (1 de junio) y al día siguiente su cadáver apareció baleado debajo de un puente. El alevoso crimen fue una acción de la Operación Cóndor, organizada por los gobiernos fascistas de Bolivia y Chile, y con la descarnada complicidad de los militares derechistas argentinos y la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos.

Continuar Leyendo

Madre América

1821, el año en que todo cambió en Hispanoamérica

Sergio Guerra Vilaboy

Publicado

en

1821 fue un año preñado de acontecimientos que dieron un giro radical a la historia de América Latina, cuando ya Paraguay (1813), el Río de la Plata (1816) y Chile (1818) habían conseguido sus respectivas independencias. En Perú, baluarte del colonialismo español, 1821 comenzó con la deposición del virrey Jacobo de la Pezuela por la alta oficialidad de su ejército, que lo sustituyó el 29 de enero por el general José de la Serna. Cinco meses después el flamante virrey se entrevistó en Punchauca con el general José de San Martín, al frente del Ejército Libertador del Perú, que desde fines del año anterior ocupaba la costa norte, incluyendo la rica ciudad de Trujillo.

Después del fracaso de esa reunión, donde se valoró el establecimiento de una monarquía independiente en Perú–el trono se ofrecía a los Borbones-, con el consentimiento de los españoles, las tropas realistas se retiraron de Lima el 6 de julio de ese año hacia la fortaleza Real Felipe de El Callao y el Cuzco.  Ocupada la capital peruana por los patriotas, San Martín proclamó en ceremonia pública y solemne, ante la presencia del claustro de la Universidad de San Marcos de Lima, las corporaciones religiosas, jefes militares, los oidores y representantes de los pueblos originarios que “Desde este momento Perú es libre e independiente por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de su causa.”  Unos días después, el 6 de agosto, el propio San Martín asumió el gobierno como Protector de la Libertad del Perú y luego envió una delegación a Europa en busca de un monarca para el extinto Virreinato de Nueva Castilla.

Casi al mismo tiempo, en Nueva España, luego de la proclamación del Plan de Iguala, al que nos referimos en nota anterior de Informe Fracto, Juan O´Donojú, recién llegado de España con poderes equivalentes a virrey, y Agustín de Iturbide firmaban el Tratado de Córdoba (24 de agosto), que establecía: “Esta América se reconocerá por nación soberana e independiente y se llamará en lo sucesivo Imperio Mexicano”. A continuación, las fuerzas realistas de la capital virreinal, encabezadas por el mariscal español Francisco Novella, que habían depuesto hacia dos meses al virrey Apodaca, se rindieron el 13 de septiembre al Ejército Trigarante. 

Dos días después, el capitán general de Guatemala, Gabino Gaínza, ante las noticias de estos acontecimientos y bajo la presión de manifestantes callejeros, organizados por los criollos José Francisco Barrundia y Pedro Molina, promulgó también la separación de España, en una declaración redactada por el hondureño José Cecilio del Valle. El propio Gainza quedaba por el momento encargado del poder ejecutivo como Jefe Político Supremo de las Provincias del Centro de América, esto es, Chiapas–que ya había proclamado su propia emancipación-, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica, lo que casi coincidió con la proclamación por Iturbide del Acta de independencia del Imperio Mexicano (28 de septiembre).

El 28 de enero de ese turbulento año de 1821, los habitantes de Maracaibo se levantaron en armas para incorporarse a la República de Colombia, lo que de hecho puso fin al armisticio pactado con España a fines del año anterior. Reanudada la contienda, el ejercito de Simón Bolívar derrotó el 24 de junio a los realistas guiados por el marqués de La Torre –sustituto del mariscal Morillo, de regreso a España- en la batalla de la sabana de Carabobo, que permitió al Libertador entrar triunfante en Caracas cuatro días después. El 19 de agosto su lugarteniente, el general Antonio José de Sucre, procedente de Guayaquil, vencía a los realistas en Yaguachi, interpuestos en su camino para liberar Quito, territorio considerado por la constitución de Cúcuta, aprobada el día 30 de ese mismo mes, junto con Venezuela y Nueva Granada, parte de Colombia.

El 24 de noviembre de 1821, el ayuntamiento de la ciudad de Panamá, encabezado por el gobernador criollo coronel José Fábrega, proclamó también la independencia y solicitó su incorporación a Colombia, después de la partida hacia Quito del capitán general español Juan de la Cruz, acompañado de numerosas tropas realistas. Una petición similar formuló una semana después, para cerrar con broche de oro el decisivo 1821, un grupo de criollos dominicanos, liderados por el segundo gobernador de la colonia, José Núñez de Cáceres y el coronel de las milicias Pablo Alí, tras proclamar el Estado Independiente de la Parte Española de Haití.

Continuar Leyendo

RECOMENDAMOS