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Madre América

Mariana Grajales Maternidad y Patria

René Villaboy

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No hay en la historia de Cuba una mujer que más hijos ofreciera a la causa de la independencia que Mariana Grajales Coello. Inmortalizada como la Madre los Maceo y reconocida por los cubanos y las cubanas como la Madre de la Patria. “Una Mariana” es el adjetivo con que popularmente se identifica en la isla caribeña a las féminas de voluntad firme y entereza sin límites. “Las Marianas” fue el nombre escogido por Fidel Castro para nombrar al pelotón femenino que creó en 1958 durante la lucha guerrillera en la Sierra Maestra. ¿Quién fue aquella mujer que tanto se venera en la mayor de las Antillas? ¿Qué hizo por la libertad de su patria? ¿Cómo enfrentó la condición de mujer y parda en la realidad de su época? A Mariana Grajales se dedica esta nota de hoy.   

La Cuba colonial del siglo XIX vio nacer a Mariana Grajales Coello, en la oriental provincia de Santiago de Cuba el 12 de julio de 1815. Sus padres fueron José Grajales y Teresa Coello, emigrantes dominicanos que salieron de la vecina Quisqueya ante la compleja situación política y social que vivió ese territorio por aquellos años. Su condición de parda o mulata libre, e hija de una familia de bajos recursos le permitió obtener una educación básica, reducida fundamentalmente a los espacios del hogar. En 1831, contrajo nupcias con Fructuoso Regueiferos, con quien tuvo cuatro hijos: Felipe, Fermín, Manuel y Justo. En cambio, las dificultades comenzaron a ser más duras para la joven Mariana; con poco más de 30 años enviudó y las penurias de mantener económicamente a sus vástagos la llevaron incluso a tener que retornar a la casa de sus padres. 

La firmeza de carácter, y sobre todo su voluntad férrea condujeron a la Grajales a recomponer su vida sentimental y familiar. Aún en contra de los prejuicios y cánones morales de su época. En 1843 se unió a Marcos Maceo, un santiaguero que ostentaba la condición de “separado” de su anterior esposa Amparo Téllez, y que tuvo seis hijos de esta última. Así Mariana y Marcos se juntaron para crear una nueva familia integrando a sus descendentes de sus respectivas relaciones anteriores. Esta pareja poco usual, cargaba además una condición racial que superaba socialmente cualquier condición económica. Los Maceo- Grajales tuvieron nueve hijos, entre ellos los reconocidos generales de las guerras emancipadoras cubanas Antonio de la Caridad y José Maceo, a los que se añadían dos hembras y cinco varones más. La numerosa familia se dedicó a la agricultura, la cual practicaban en la finca propiedad de Marcos. Además, contaban con una casa en la ciudad de Santiago de Cuba y luego adquieren otras tierras dedicadas al cultivo. De ese modo eran una familia campesina con buenos ingresos, pero su estatus de no blancos condicionaba su inserción y desarrollo en la sociedad de entonces. Mariana en cambio se convirtió en el pilar fundamental de su prole, a los cuales educó con pasión, pero con férrea disciplina.  

En 1868, las contradicciones del sistema colonial que regía en la isla llegaron a su máxima expresión. Luego de un arduo proceso conspirativo el 10 de octubre de aquel glorioso año se inició la Revolución de Independencia en la región oriental de Cuba. A penas se conoció la noticia del alzamiento libertario, los Maceo-Grajales se dispusieron a sumarse al proceso nacional liberador. Se dice que ante la euforia que invadía a sus hijos, prestos a partir a los campos de batalla, Mariana tomó un crucifijo e hizo jurar de rodillas a su marido y a sus vástagos liberar a la patria o morir por ella ante el primer hombre liberal que vino al mundo.

La Guerra de los Diez años contó con Mariana y su familia, 12 de sus hijos participaron en ella.  En la contienda cayó su esposo y varios de sus descendientes, otros como Antonio y José ascenderían en una brillante carrera militar al servicio de la libertad. Fue Mariana una mambisa más, ofreció sus servicios en los hospitales de campaña, donde también incorporó a sus dos hijas y a los varones menores. Al concluir la guerra tras la ignominiosa Paz del Zanjón en 1878, Mariana partió al exilio. Se refugió en Jamaica. Ya era una mujer de 63 años y llevaba consigo las heridas abiertas por la muerte de una buena parte de la familia que había fundado, y los efectos de la hostil vida en la manigua.  Pero sin dudas un dolor mayor llevaba la Grajales en su corazón: Cuba aun no era independiente de España. En Kingston experimentó las carencias y hasta la pobreza.

A la capital de la Jamaica llegó José Martí, como parte de la preparación de su guerra necesaria y la visitó en 1892. Luego escribió el Apóstol cubano una crónica donde sentenciaba: ¿qué epopeya y misterio había en esa humilde mujer, qué santidad y unción hubo en su seno de madre, qué decoro y grandeza hubo en su sencilla vida, que cuando se escribe de ella es como desde la raíz del alma, con suavidad de hijo, y como de entrañable afecto? Esa era Mariana Grajales, la mujer que antes de morir -el 27 de noviembre de 1893- pidió que su cadáver solo volviera a la patria cuando fuera libre. Hoy sus restos descansan en el Cementerio Patrimonial de Santa Ifigenia, en la provincia donde nació, junto a los de Carlos Manuel de Céspedes, de José Martí y de Fidel Castro. Allí está y en el alma de los cubanos la venerable mujer que se convirtió en madre de Cuba.

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Dictaduras camaleónicas de los cuarenta

Sergio Guerra Vilaboy

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Las consignas antifascistas de la Segunda Guerra Mundial, obligaron a varios dictadores latinoamericanas a reinventarse ante la oleada democratizadora y la nueva política de Estados Unidos. Eso explica las sorpresivas aperturas de Anastasio Somoza en Nicaragua, Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana, Fulgencio Batista en Cuba y Getulio Vargas en Brasil, para remodelar la imagen represiva de sus regímenes, así como borrar sus devaneos fascistoides, los coqueteos con los nazis y el falangismo español.

Para ponerse a tono con la situación internacional, los dictadores camaleónicos se apresuraron a legalizar a los partidos de oposición y fuerzas de izquierda–incluyendo al Partido Comunista-, estableciendo relaciones con la Unión Soviética. El primero que dio este giro teatral de ciento ochenta grados, y el que más lejos llegó, fue Batista, verdadero hombre fuerte de Cuba desde 1934. Tras su visita a Estados Unidos (1938), ordenó a su presidente títere Federico Laredo Brú, la excarcelación de más de tres mil presos políticos, el regreso de los exiliados, el reconocimiento de la autonomía universitaria y la libre actividad de los partidos políticos. Para ganar las elecciones de 1940, Batista tejió una alianza electoral con el Partido Comunista, que bajo la influencia del browderismo,-corriente dominante en su homólogo norteamericano-, adoptaría el nombre de Partido Socialista Popular (PSP), al que favoreció con la incorporación de dos de sus dirigentes a su gabinete, permitiéndoles tener su propia prensa, una emisora de radio y el control de la recién creada Confederación de Trabajadores de Cuba (CTC).

El sanguinario dictador de la República Dominicana fue otro que hizo cambios cosméticos a su régimen, inaugurado en 1930. Trujillo aparentó dejar el gobierno entre 1938 y 1940, para recuperarlo en amañados comicios. En mayo de 1945 ofreció garantías a sus acorralados opositores, favoreciendo la creación de partidos, entre ellos uno marxista, denominado, como en la isla vecina Partido Socialista Popular (PSP). Con el consentimiento del tirano, los comunistas dominicanos fueron asesorados por los experimentados camaradas cubanos. Pero la distensión trujillista, que incluyó el reconocimiento de la Unión Soviética, sería efímera.

Somoza, aleccionado por la caída en 1944 de las aborrecidas dictaduras de Maximiliano Hernández Martínez en El Salvador y Jorge Ubico en Guatemala, decidió hacer algunos cambios en Nicaragua, que dominaba desde el asesinato de Sandino en 1934. A pesar de que había llegado al extremo de reconocer a Franco, cuando todavía se hallaba en las afueras de Madrid, en 1944 permitió la actividad legal del recién creado Partido Socialista Nicaragüense (Comunista) y promulgó un Código de Trabajo que despertó la ojeriza de las elites, permitiendo a Somoza asumir pose de “demócrata progresista”.

También Getulio Vargas, encaramado en el poder en 1930, artífice del Estado Novo, inspirado en el de Mussolini, y que tenía estrechas relaciones con la Alemania nazi y los grupos fascistas autóctonos, les dio un portazo en 1942. Declaró la guerra al Eje y al año siguiente purgó sus pecados enviando un ejército de 25 mil hombres a combatirlos en el frente italiano. En 1945, convocó una constituyente, estableció relaciones con la Unión Soviética, permitió el regreso de los exiliados y liberó a centenares de presos políticos. Entre ellos el líder comunista Luiz Carlos Prestes, cuya esposa embarazada, Olga Benario, había muerto en un campo de concentración después que Vargas la entregara a los nazis (1935). Desconfiados de las verdaderas intenciones del dictador brasileño, los principales partidos, el ejército y la embajada de Estados Unidos, lo derrocaron en octubre de 1945, aunque seis años después retornaría al poder gracias a otra de sus inesperadas piruetas. Tampoco la careta democrática permitió a Batista, atrapado en sus maquiavelismos, volver a ser el hombre fuerte en Cuba después de los comicios de 1944, lo que no impidió su regreso mediante un golpe militar (1952).

Verdaderos expertos en el arte de la metamorfosis, Somoza y Trujillo nunca perdieron el control gracias a una nueva mutación a la hora de la Guerra Fría y el macartismo. Con el mismo entusiasmo con el que habían maquillado sus regímenes, aplastaron a las organizaciones obreras y partidos de izquierda que habían fomentado, convertidos ahora en campeones del anticomunismo, aunque ambos serían ejecutados en 1956 y 1961.

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Alemanes en la conquista de América

Sergio Guerra Vilaboy

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La presencia alemana en la conquista de América es poco conocida y se remonta a 1520, cuando Carlos I, nieto de los Reyes Católicos, obtuvo el título de Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Para conseguirlo, tuvo que hacer erogaciones a los príncipes electores, endeudándose con los banqueros Welser y Fugger, a quienes ofreció concesiones en sus nuevos dominios americanos. A diferencia de los Fugger, que nunca se interesaron por la Nueva Toledo (Chile), los Welser se dejaron tentar por el lejano territorio asignado, llamado Venezuela por los primeros navegantes europeos, sorprendidos por los palafitos aborígenes del litoral que compararon con los canales de Venecia.

En Alemania se le conocería como Welserland, o sea, la tierra de los Welser, pues los derechos de estos banqueros de Augsburgo sobre esa región sudamericana habían sido plasmados en la capitulación de 1528, negociada por el suizo Heinrich Ehinger y Hieronymus Sailer, y firmada por el propio Carlos V. La colonización alemana tuvo su centro en el golfo de Coro, donde existía desde 1527 un fortín levantado por el capitán español Juan de Ampíes. El primer contingente enviado por los Welser, que salió de Sevilla el 7 de octubre de 1528 con más de doscientas personas, encabezado por Ambrosio Talfinger, llegó a Coro, tras escala en Santo Domingo, el 24 de febrero de 1529.  A Talfinger, que después fundó Maracaibo y se dedicó a expoliar cruelmente a los indígenas, le sucedieron como gobernadores Juan Seissenhofer, Nicolás de FedermannGeorg von Speyer y Philipp von Hutten.

Bajo la dirección de colonos como von Hutten o Horge Horhemut, los primeros habitantes de Nueva Augsburgo (Coro) intentaron fomentar una de las primeras economías de plantación del continente americano, trayendo cientos de esclavos africanos para al cultivo de la caña de azúcar; aunque los alemanes se sentían más atraídos por las riquezas y productos que arrebataban a los pueblos originarios. Las enfermedades tropicales y la obstinada resistencia de los indígenas, con los que chocaban en sus constantes incursiones en busca de oro por Maracaibo, Cumaná y los llanos del Apure y Casanare, hicieron estragos entre los ávidos conquistadores al servicio de los Welser.

De esas voraces exploraciones por el interior de Venezuela conocemos el pormenorizado relato de la efectuada a fines de 1530 y principios de 1531 por Nicolás Federmann. En 1555, trece años después de su muerte, el texto fue publicado por su cuñado Hans Kiefhaber como Historia Indiana. Una preciosa y amena historia del primer viaje de Nicolás Federman, el joven natural de Ulm, emprendido desde España y Andalucía a las Indias del mar Océano, y de lo que allí le sucedió hasta su retorno a España. Escrito brevemente y de amena lectura. De gran valor etnográfico, la obra describe los diferentes pueblos indígenas que conoció en el interior de Venezuela. 

Federmann también estuvo al frente de la más increíble de todas las expediciones alemanes, de la que no dejó testimonio. Nos referimos a la que condujo por los Andes, entre 1536 y 1539, en busca del mítico El Dorado y que culminó en el territorio de los muiscas o chibchas. La leyenda de un cacique que se espolvoreaba oro en una laguna y ofrecía piedras preciosas a sus dioses, despertó también la codicia de dos partidas de españoles procedentes de Quito y Santa Marta, dirigidas respectivamente por Sebastián de Benalcázar y Gonzalo Jiménez de Quesada. En los alrededores de la actual ciudad de Bogotá, fundada el 6 de agosto de 1538, tuvo lugar el triple encuentro fortuito, que obligó a un compromiso entre las tres expediciones, cada una con más de cien personas, para repartirse el botín.

Las riquezas arrebatadas a los chibchas por Federmann y sus hombres no pudo salvar de la crisis a la única colonia alemana en América, fracasada en su intento de imitar a las exitosas factorías portuguesas. En 1546, Carlos V le asestó el golpe final al cancelar la concesión a los banqueros de Augsburgo. El último gobernador de Welserland, von Hutten, seguido por Bartholomeus Welser y unos cuantos sobrevivientes, se refugiaron entonces en un valle al sur de Quibor, en el actual estado Lara, donde surgiría en 1554 el poblado de Cuara. Todavía hoy algunos de sus habitantes llevan apellidos alemanes y conservan características fenotípicas y costumbres de sus ambiciosos ancestros.

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Reformas y Milicias en siglo XVIII hispanoamericano

René Villaboy

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La Guerra de los Siete Años (1756-1763) que enfrentó inicialmente a Inglaterra y sus aliados contra Francia y otro conjunto de reinos europeos, fue la evidencia más reveladora de que la fortaleza militar de España era cosa de un pasado remoto. Consciente de sus debilidades la monarquía española se mantuvo neutral en el conflicto hasta 1761. Después de la firma del tercer pacto de familia entre los Borbones, Madrid le declaró la guerra a Londres ese mismo año. La entrada a la contienda bélica, aun en sus últimos tiempos, demostró al monarca español, Carlos III, el débil estado de las capacidades ofensivas de sus ejércitos. Sin duda, la desastrosa defensa de La Habana, que cayó con facilidad en manos inglesas en 1762 fue una de las mayores pruebas.

Inglaterra también dominó con desenvoltura varias islas y territorios en el Caribe, que antes eran ocupadas por Francia o por la propia España. A la vez, atacaron puntos de la América continental, entre ellos Cartagena de Indias. De esa manera la guerra finalizó con la victoria británica en 1763.  El oneroso Tratado de París firmado ese mismo año devolvió La Habana a España pero a cambio, tuvo que ceder La Florida a la potencia vencedora. De este modo la corona de Londres afianzó su presencia en Las Antillas y ratificó su hegemonía en la parte norte de América. 

La catástrofe militar de 1762 y sus consecuencias precipitaron al rey Carlos III y a sus asesores-entre los que descolló Pedro Pablo Abarca, Conde de Aranda-a profundizar en los cambios que demandaba la estrategia de defensa del mundo colonial. Bajo la premisa de implicar mucho más en él a las pujantes sociedades de las tierras de ultramar.

En 1763 llegaron a La Habana dos de los hombres designados por la corona para planificar y ejecutar las necesarias reformas al sistema defensivo americano. Ambrosio de Funes y Villalpando, Conde de Ricla-investido al frente de la Capitanía General de Cuba-se hizo acompañar del Mariscal de Campo, Alejandro O´Reilly, como subinspector general de Milicias, del Ejército de América y su sustituto en caso de ausencia. Ambos militares de carrera formaban parte del grupo ilustrado que reunió el Conde de Aranda, y eran portadores de ideas modernizadoras aplicadas a la administración pública y por supuesto a las fuerzas armadas. A partir de 1764 O’Reilly puso en práctica su detallado y extenso “Reglamento para las Milicias de Infantería y Caballería de la isla de Cuba”, que recibió la aprobación del Rey en enero de 1769. Estas instrucciones se constituyeron en la directriz para fundar las Milicias Disciplinadas en casi todo el continente. Sucesivamente las transformaciones del modelo cubano de milicias disciplinadas se instrumentaron en la Nueva España en 1765; en Venezuela, Cartagena, Panamá, Yucatán y Campeche en la década de 1770; en el Perú y el Nuevo Reino de Granada a principios de la década de 1790, y en Buenos Aires en 1802.

 El reglamento de O’Reilly se dividió en 11 capítulos, donde se detallaron la estructura, funciones, disciplina, uniformes, armas, derechos y obligaciones para el funcionamiento interno de tales cuerpos. Los requisitos esenciales para integrar las milicias fueron ser hombre y libre, que cumpliera la condición de vecino, tener entre 15 años y 45 años, no ejercer como abogado, escribano, médico, boticario, procurador de número, cirujano, administrador de rentas  u otras ocupaciones que por su función social impedían estar disponible en caso necesario.

O’Reilly incorporó un rasgo muy peculiar de su concepción al Reglamento. La idea de convertir a las Milicias Disciplinadas en un órgano corporativo, donde su reclutamiento y sentido de pertenencia se basara en el honor, la distinción y el orgullo de participar activamente en la defensa del Rey y sus dominios. Por ello las armas, los estandartes y los uniformes tuvieron un valor simbólico extraordinario; enfocado hacia el reconocimiento individual y social de los milicianos como militares de hecho y de derecho.

Uno de los recursos más atractivos de la nueva condición de miliciano fue el disfrute del llamado fuero militar. A pesar del conjunto de amplias prerrogativas que incluía esta disposición jurídica para los hombres de armas era muy especial el derecho de llevar las causas ante los tribunales militares en lugar de los reales y ordinarios. Tal prebenda colocó a los miembros de las milicias americanas en una ventajosa posición al sustraer a sus miembros de la autoridad de la justicia civil e incluso de la jurisdicción de los cabildos y de los gobiernos locales. De ese modo con el fuero las milicias surgidas desde la segunda década del siglo XVIII devinieron en importantes espacios para la subversión del orden estamental implantado por el reino en Hispanoamérica.

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