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Madre América

Mediatización, pueblo y los hechos recientes en Cuba

Raciel Guanche Ledesma

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La matriz noticiosa internacional sigue jactándose de  titulares a raíz de los acontecimientos recientes en nuestro  país. Eso es algo normal cuando se trata de esta Cuba  socialista e irreverente en un mundo de grandes monopolios  mediáticos y neoliberales. Ahora la prosa malintencionada y repetitiva de los grandes medios vino acompañada de ese sobresalto doblemente sensacionalista a causa de hechos casi  ignotos, como los ocurridos el pasado 11 de julio en la Isla.

Lo cierto es que su ruta discursiva los condujo al mismo círculo vicioso en el que llevan empantanados hace varias  décadas. Volvieron a rondar en sus páginas las supuestas rupturas totales entre pueblo-gobierno y la hipócrita “ineficacia” estatal para lidiar con los problemas económicos y sanitarios que nos aquejan. Eso sí, ninguna palabra para el bloqueo norteamericano, causante principal de los problemas que daña a esta nación.

Pero todo este oportunismo mediático no tiene nada de rareza. Más bien constituye un acto natural, porque cualquier hecho convenientemente noticiable para las portadas extranjeras que suscite nuestra Isla, será un triunfo periodístico, sobre  todo, en los diarios y medios digitales de derecha. Da igual  a base de qué sustenten esas noticias, al final contra Cuba  todo se vale, incluida la mentira.

El caos social que han pretendido elevar y magnificar a  grados de extremismo y a costa de la malintencionada desinformación, más allá de los disturbios del 11 de julio en distintas localidades, entra en el apartado que nuestro  Presidente, Miguel Díaz-Canel, catalogó como terrorismo mediático. Sin dudas, la campaña creada en redes sociales y encadenada  a su vez con los medios de prensa internacionales para darles  un respaldo de “veracidad” y legitimidad a los hechos del domingo 11, surtió un efecto deseado dentro y fuera de Cuba por quienes apuestan a la ruptura y el odio en la Isla.

Digamos entonces que ese escenario resultó uno de los  principales detonantes para esparcir la pólvora instigadora que al final encontró lamentablemente, en algunos jóvenes, contrarrevolucionarios y personas descontentas con la actual  situación socio-económica que atraviesa Cuba, a un aliado. Los que pretendieron mostrar al mundo una imagen de protestas “pacífica” vivieron por esos días contagiados de infodemia. Porque en realidad predominaron escenas de vandalismo y  violencia, exacerbadas por las redes sociales y su eco en la matriz noticiosa que invitaban con morbo al odio y al  desorden ciudadano, principalmente, desde el centro anticubano de la Florida.

Aunque es justo no reducir la totalidad de los hechos al  bandidaje, porque también algunas personas confundidas por el momento (los menos) salieron a expresarse de forma  legítima. Sin embargo, estaban siendo ellos sin sospecharlo, objeto de un complejo entramado golpista que fue fríamente  calculado en tierras norteamericanas. Otra vez el fantasma imperial de las “Revoluciones de Colores” y de los “Golpes blandos” parecía por un momento reavivar en el Caribe una historia conocida primero en países  balcánicos y del Medio Oriente y pretendida sin éxito en tiempos recientes en naciones como Nicaragua o Venezuela. Lo cierto es que en esta cruzada que quisieron mostrar como  una guerra pueblo-Estado, no hubo un ápice de improvisación o espontaneidad práctica y sí de cinismo bárbaro. Todo parte de un manual (Guerra No Convencional), ideado por quién si no, los propios Estados Unidos. Solo basta con ver la  secuencia de hechos hasta la fecha para darnos cuenta que lo ocurrido en Cuba no tiene nada de casual.

Una conjugación de fenómenos internos, empezando primero por los fuertes embates de la pandemia (en su peor momento hoy), una economía golpeada con crudeza por las sanciones norteamericanas que causan escases de todo tipo al pueblo cubano y las limitaciones coyunturales en la generación eléctrica de los últimos días, serían utilizados como arma  externa que incitaba a la “sublevación” o desorden social.

En realidad, la táctica encaminada contra Cuba desde laboratorios con centro de acción en Miami y denunciados por las autoridades antillanas, no fue nueva. Mas sí alcanzó un nivel mediático y tecnológicos pocas veces visto. A través de plataformas como Facebook o Twitter circularon etiquetas, frases cortas y videos falsos con un sentido muy claro: crear dudas en la población, tocar la sensibilidad del cubano por sus vicisitudes cotidianas para luego instigar al caos que justifique una supuesta ingobernabilidad en la Isla y claro, una “Intervención Humanitaria” como guinda del pastel.

Pensar entonces que no se esconde una intención maquiavélica contra la Isla detrás del entramado digital, es cuando menos un acto cegador de inoperancia ante lo evidente. El fin resulta preciso desde los lares anticubanos cuando piden para sus compatriotas, para sus familias y amigos: Una Intervención Militar estadounidense. ¡Vaya forma tan perversa de querer el bien!

Mientras tanto, dentro de esta Cuba auténtica, soberana, se impone otra realidad distinta a la mostrada incoherentemente en las redes digitales. Luego del 11 de julio la tranquilidad volvió a adueñarse de la vida social y el rechazo a cualquier muestra de violencia e injerencismo extranjero en nuestras problemáticas ha sido un acto generalizado.

Quizás por esto último el respaldo mayoritario al socialismo en Cuba ha quedado manifiesto a raíz de los hechos recientes. Como también la necesidad de tocar con urgencia problemas sociales como la marginalidad acrecentada por años de dificultades económicas, el burocratismo y la atención directa a los barrios para escuchar sus inconformidades con oídos firmes.

Hacia esos objetivos se mueve con prontitud el gobierno cubano, quien en medio de acosos y sanciones, se concentra en continuar el camino revolucionario de “cambiar todo lo que deba ser cambiado” en beneficio del pueblo Antillano todo.

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José Miguel Carrera, controvertido prócer chileno

Sergio Guerra Vilaboy

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Los historiadores chilenos discrepan al evaluar la actuación del libertador José Miguel Carrera (1785-1821), fusilado por los propios patriotas el 4 de septiembre de 1821, hace ahora doscientos años. Hijo de un encumbrado hacendado del centro de Chile, se destacó como oficial en la lucha contra los invasores franceses en España, donde resultó herido, y desde julio de 1811 fue la principal figura de la emancipación en la tierra austral durante la llamada Patria Vieja (1810-1814).

El 4 de septiembre de 1811 Carrera y sus hermanos Juan José y Luis, con mando de tropas en Santiago, derrocaron a la junta moderada que había sustituido un año antes al anciano capitán general. El cambio en la correlación de fuerzas fue capitalizado por el cura Joaquín Larraín, cabeza de una poderosa familia criolla conciliadora. Tras el ascenso al poder de José Miguel Carrera, el 15 de noviembre de ese año, alentado por el agente de Estados Unidos Joel R. Poinsett, se dispuso la sustitución del pabellón español por una bandera tricolor y proclamada la constitución de 1812 que organizaba un estado libre. Aunque se mantenía el reconocimiento formal a Fernando VII, el primer periódico nacional Aurora de Chile, editado por el sacerdote Camilo Henríquez, abogaba por la independencia absoluta.

La postura más moderada volvió a cobrar fuerza desde principios de 1814 al ocupar Bernardo O´Higgins la jefatura del ejército en sustitución de Carrera, que había sufridos severos reveses militares. Tras el restablecimiento del absolutismo en España, el nuevo gobierno chileno firmó el Tratado de Lircay con los representantes españoles, al que se opuso Carrera, decidido a enfrentar el pacto. El desconocimiento del acuerdo por el Virrey de Lima llevó a las dos facciones criollas a dejar sus diferencias ante la ofensiva enemiga, aunque la derrota en la batalla de Rancagua (2 de octubre) se debió a la desconfianza entre las tropas de Carrera y las de O´Higgins.

Refugiados por separado en el campamento de José de San Martín en Mendoza, mientras O´Higgins se entendía con el jefe del Ejército de los Andes Carrera terminaba expulsado. Tras una obligada estadía en Buenos Aires, se trasladó a Estados Unidos en noviembre de 1815, donde se entrevistó con el presidente James Madison. En territorio norteamericano consiguió armas, hombres y cinco barcos para una expedición libertadora. Al arribar de nuevo a Buenos Aires en febrero de 1817, la flotilla de Carrera fue desarticulada por el gobierno de Pueyrredón, al negarse a subordinarse a San Martín, que ya combatía en Chile.

Encarcelado, Carrera escapó dos meses después, se unió a los federalistas del Río de la Plata en su contienda contra la hegemonía porteña y dio a conocer al año siguiente su Manifiesto a los Pueblos de Chile contra San Martín y O´Higgins. Casi al mismo tiempo eran apresados y ejecutados en Mendoza, el 8 de abril de 1818, sus hermanos Juan José y Luis, fracasados en su intento de pasar al territorio austral para combatir al gobierno criollo. Ese trágico final fue también el de otro conspicuo carrerista, Manuel Rodríguez, que con sus guerrillas había sido indispensable para el exitoso cruce de los Andes por San Martín. Detenido en el Palacio Directorial en Santiago, al pretender ocupar el poder tras el revés patriota de Cancha Rayada (19 de marzo), Rodríguez fue detenido y enviado a la prisión de Quillota (Valparaíso), ruta en la que se le aplicó la ley de fuga (Tiltil, 26 de mayo de 1818). El propio Carrera, cuando tres años más tarde trataba de llegar a Chile para desalojar a O´Higgins, cayó prisionero en Mendoza. En la misma plaza donde habían ejecutado a sus hermanos fue pasado por las armas el 4 de septiembre de 1821, no sin antes exclamar: ¡Muero por la libertad de América!

Detrás de todos estos hechos de sangre se encontraba la Logia Lautaro, que actuaba como mando político del ejército de San Martín y cuya filosofía era la de eliminar todo obstáculo a la emancipación. O’Higgins, enemigo jurado de los carreristas y responsable directo de estas ejecuciones, ya había escrito: “Nada extraño lo de los Carrera; siempre han sido lo mismo, y sólo variarán con la muerte; mientras no la reciban fluctuará el país en incesantes convulsiones, porque siempre es mayor el número de los malos que el de los buenos. Un ejemplar castigo y pronto es el único remedio que puede cortar tan grande mal. Desaparezcan de entre nosotros los tres inicuos Carrera, juzgueseles y mueran, pues lo merecen más que los mayores enemigos de la América.”

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Mensaje de la Sociedad Cubano-Mexicana de las Relaciones Culturales

Miguel Barnet

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Al pueblo de México:

Las campanas de la parroquia del pueblo de Dolores llamaron a misa el 16 de septiembre de 1810 y en el atrio de la iglesia se oyeron los gritos de ¡Viva México! Y ¡Viva la Virgen de Guadalupe! El pueblo fue convocado a luchar por la libertad de los habitantes de la Nueva España y se unieron al movimiento organizado por el Padre Hidalgo para iniciar la lucha por la libertad de todos los mexicanos. Unos días después el Padre Miguel Hidalgo organizó el primer gobierno mexicano independiente en Guadalajara. El Grito de Dolores fue un grito que se extendió por todo el Continente.

Los cubanos celebramos este acontecimiento como un punto de partida para la liberación de todo el Continente de la Corona Española.

¡Qué la Virgen de Guadalupe y la Virgen de la Caridad del Cobre bendigan a ambos pueblos hermanos!

¡Viva la Revolución Mexicana!

¡Vivan los pueblos de México y Cuba!

Dr. Miguel Barnet

Presidente de la Sociedad Cubano-Mexicana de Relaciones Culturales.

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Bicentenario de la independencia de Centroamérica

Sergio Guerra Vilaboy

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Cuadro del chileno Luis Vergara Ahumada de 1957

Hace doscientos años, el 15 de septiembre de 1821, se declaró la independencia de la América Central, entonces Capitanía General de Guatemala, arrastrada por los vertiginosos acontecimientos de México. En febrero de ese año se había proclamado el Plan de Iguala por Agustín de Iturbide, el 5 de julio depuesto él virrey y el 24 de agosto firmado el Tratado de Córdoba, preludio de la proclamación del Imperio Mexicano.

Durante los años de la crisis española iniciada con la invasión napoleónica a la península ibérica, la aristocracia de la Capitanía General de Guatemala, mantuvo su fidelidad a las autoridades tradicionales, temiendo un levantamiento popular como el que sacudía a México desde 1810. Pero los acontecimientos que ahora tenían lugar en el Virreinato de Nueva España provocaron manifestaciones callejeras en la capital centroamericana exigiendo la independencia, alentadas por el ala liberal criolla, liderada por el cura José Matías Delgado y el teniente de milicias José Francisco Barrundia. Bajo la presión pública, el cabildo de la ciudad de Guatemala se reunió y sin alternativas aprobó, el 15 de septiembre de 1821, la separación de España.

El acta de independencia, redactada por el intelectual hondureño José Cecilio del Valle, reconocía que, “oído el clamor a viva la Independencia que repetía de continuo el pueblo que se veía reunido en las calles, Plaza, Patio, corredores y Antesala de este Palacio”, se optaba por la ruptura con la metrópoli “para prevenir“, según indicaba el propio documento, “las consecuencias que serían temibles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo“. Para acorralar a los republicanos de El Salvador y Honduras, se propuso la incorporación al naciente Imperio Mexicano, pues la colonia carecía de fuerzas propias para defender el orden. Por ese motivo, el 5 de enero de 1822, el capitán general español Gabino Gainza, en su nueva condición de Jefe Político Supremo de las Provincias del Centro de América, aceptó el Plan de Iguala y el Tratado de Córdoba, disolvió la junta constituida en la capital en septiembre y solicitó a Iturbide la ocupación militar del istmo. Los principales núcleos elitistas de la región respaldaron el plan anexionista: consideraban al sistema monárquico la mejor garantía a sus privilegios. En Nicaragua, el propio obispo Nicolás García Jerez se había adelantado al ordenar el 13 de octubre de 1821 jurar fidelidad a Fernando VII como “Emperador americano“, lo mismo que hizo un mes después el ayuntamiento de Quezaltenango.

La anexión a México, de inspiración conservadora, coincidió con las propias ambiciones de Iturbide. El gobernante mexicano comunicó a Gainza que una división del Ejército Trigarante marchaba hacia Centroamérica “para proteger la causa de la religión, independencia y unión” y oponerse a la “manía de innovaciones republicanas”, pues “el interés actual de México y Guatemala es tan idéntico e indivisible que no pueden erigirse naciones separadas e independientes sin aventurar su existencia y seguridad.” Con la incorporación de América Central, la jurisdicción del Imperio de Iturbide se extendió desde Texas hasta la frontera de Costa Rica con Panamá.

Los proyectos anexionistas de las elites criollas de México y Guatemala, aceptadas como mal menor por los círculos peninsulares, desataron airadas protestas en toda Centroamérica –incluso Costa Rica solicitó ayuda a Simón Bolívar-, aunque la mayor resistencia se vertebró en El Salvador. Encabezados por el cura Delgado, proclamaron la independencia, tanto de España como de México. El improvisado ejército formado por el salvadoreño Manuel José Arce con los peones e indios de las haciendas, fue derrotado por las experimentadas tropas mexicanas del general italiano Vicente Filísola el 9 de febrero de 1823, victoria pírrica pues unos días después caía el efímero imperio de Iturbide. Con un análisis penetrante, José Martí anotó en sus Notas sobre Centroamérica. “Guatemala, la residencia del Capitán General, era la más poderosa y la más rica, -y por ello provocaba la envidia y el odio-. En esa situación, se proclamó la independencia, sin esa vigorosa agitación tan necesaria en las nuevas épocas políticas para sacudir y lanzar lejos de ellas el polvo de las épocas muertas. La Independencia, proclamada con la ayuda de las autoridades españolas, no fue más que nominal, y no conmovió a las clases populares…solo la forma fue alterada.

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