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Vivir sin basura

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Siendo un punto de encuentro para conocer y ayudar a las personas en la mejora del cuidado del medio ambiente, Casa Savia abre sus puertas a diferentes expositores para ofrecer pláticas gratuitas que concienticen y contribuyan a la calidad de vida y del planeta. En este sentido, este sábado 13 de julio, la joven Nash Merino, miembro de la asociación Cero Basura Yucatán, ofreció la plática: Vivir sin basura, un reto que conmemora el mes en curso como el mes sin basura.

La expositora señaló que actualmente se maneja una economía lineal, la cual consiste en extraer los recursos de la tierra, producirlos en algún tipo de producto o servicio, destinarlos a los consumidores y finalmente tirarlo a la basura, cuando este residuo puede volver a procesarse para ser utilizado, sin embargo, este sistema sólo esta destinado a extraer, producir y desechar.

México, es un de los países más generadores de basura en Latinoamérica, una persona produce 700 gramos de basura al día, lo que al mes representa 21 kilogramos, y al año un cuarto de tonelada de basura. Ahora bien, si se toma en cuenta que en el país hay 120 millones de habitantes, esto equivaldría a decir que cada día se producen 86 mil toneladas de basura, lo que al mes sería 2 millones y medio de toneladas y al año más de 31 millones de toneladas de basura.

La ponente explicó que hay distintos tipos de basura, las cuales la mayoría pueden reciclarse, a pesar de ello, existe un tipo de basura que no es reciclable, incluso es tóxica para la salud y el medio ambiente. La Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales maneja esta categoría como Otros, en donde figuran los pañales desechables, toallas desechables, pilas, celulares, unicel, etc.

De este modo, la joven ponente indicó que, para iniciar una vida sin basura, las personas deben reeducarse, quitarse los paradigmas que se vienen inculcando desde la escuela, como el de tirar la basura en su lugar, por una de ya no hagas más basura. Se tiene que dejar de producir y rechazar todo aquello que no necesitamos y no es bueno para el medio ambiente, se debe buscar nuevas ideologías y soluciones que se propongan al mercado para empezar a crear un consumo consciente que prevé por una mejor calidad de vida para el planeta.

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Atender la crisis por la pandemia del Covid-19 sin no olvidar los desastres que se derivan del cambio climático

Héctor Hernández Pardo

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Los gobiernos, los científicos y la sociedad civil de todo el mundo, como es lógico, priorizan su atención sobre cómo solucionar la crisis sanitaria, económica y social que se deriva de la pandemia del COVID-19. Pero muchos expertos insisten en no descuidar ni olvidar un problema que viene afectando cada vez más a la Humanidad: el cambio climático. 

A estas alturas, incluso, algunos especulan con la posibilidad de que el nuevo coronavirus SARS-CoV-2, causante de la pandemia, haya surgido como consecuencia de los drásticos cambios que vienen produciéndose en el clima a escala global o al menos encontrara en ellos fuentes para desarrollarse.

Lo cierto es que muchas comunidades humanas, y también la fauna y la flora,  se enfrentan a situaciones que ponen en riesgos no sólo su habitat, sino su propia existencia debido a condiciones inéditas que surgen por las rápidas mutaciones climáticas.

Son muchos los ejemplos, pero bastaría con referirnos a un interesante artículo de la prestigiosa revista científica Nacional Geographic que llama la atención acerca del desastre ecológico que ocurre con el famoso lago de agua salada Poopó, ubicado en el altiplano andino a más de 3600 metros sobre el nivel del mar y considerado -hasta  hace pocos años- como el segundo más grande Bolivia y uno de los más grandes de Suramérica. 

Pues sencillamente el lago Poopó parece ahora un desierto, apenas con aguas fangosas en algunas partes, porque se ha secado. Así de dramático.

Alguna vez el lago tuvo un tamaño de unos 3,000 kilómetros cuadrados y alimentó a decenas de comunidades indígenas mediante la pesca. En los últimos tiempos tenía una profundidad de apenas tres metros, pero los científicos creen que es casi imposible revivirlo por completo.  

Hace apenas unos días veía en Telesur algunas entrevistas que ese canal televisivo, de gran audiencia en Nuestra América, le hacía a campesinos miembros de la comunidad indígena boliviana Uro-murato, que vive en las orillas del lago Poopó desde tiempos inmemoriales. Ellos se mostraban desesperados porque su supervivencia está en peligro real. La sequía del lago causó la desaparición de peces y de aves que constituían su fuente principal de sustento.

Este grupo étnico podría convertirse en los primeros “refugiados climáticos”, pues tendrán que buscar otro habitat si el hambre, la desnutrición, las enfermedades y la desesperación le dejan con vida.

Los indígenas, que se han asentado allí durante siglos, a más de 3 mil metros sobre el nivel del mar, tienen una clara consciencia acerca de cómo el calentamiento global y el fenómeno climático de El Niño cambiarán sus vidas. En el pueblo de Huari el drama es claramente perceptible, sus vecinos advierten como el lecho del lago Poopó se ha convertido en tierra salobre y arenosa.

A ello hay que añadirle la fuerte contaminación como resultado de las actividades de compañías mineras que no cuentan con tecnologías ambientales adecuadas y  que afectan notablemente a las aguas que llegan precariamente al lago. Los aportes de plomo, zinc, arsénico y plata que llegan a ese embalse natural clasifican a sus ya pobres aguas como altamente riesgosas. 

 Severio Ríos Choque narra que su casa se encontraba antes a orillas del lago. Cada mañana salía con su barco y pescaba hasta 11.5 kilos de pescado. Hoy día su bote se encuentra boca abajo en el traspatio de su vivienda y los niños trepan sobre él jugando. “Desde hace años se seca el lago y no hay nada”, dice.

Noventa familias vivían allí de la pesca. Ahora sólo comen algunos alimentos básicos que les da el Estado, como arroz y fideos. Sueña con un sistema de riego para poder volver a sembrar y no pasar hambre, comenta. “Hasta los flamencos se fueron”. Y es verdad. Cientos de flamencos rosados prácticamente se han trasladado del Poopó, que había sido siempre su medio natural por excelencia,  para la laguna de Uru Uru, próxima a la ciudad boliviana de Oruro, a pesar de que allí hay poco agua y está muy contaminada, pero al menos hay agua. Muchas aves andinas que tenían en el Poopó su lugar de descanso y alimentación prácticamente están en peligro de desaparecer.

Los expertos indican que hay una clara relación entre lo que está pasando con el lago Poopó,  el cambio climático y la degradación ambiental. Hay pocas lluvias, las temperaturas han aumentado drásticamente, la evaporación del agua alcanza cifras extraordinarias, han bajado a extremos los caudales que le alimentan, los  ríos tributarios registran cada vez más  altas tasas de salinidad (y además muy contaminantes por la actividad de la sobreexplotación minera) Y esto es sólo un ejemplo de un problema mucho mayor que la Pandemia del COVID-19, pero que se multiplica en diversas regiones y que viene afectando dramáticamente a millones de personas en el mundo desde varios años.

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Nacen ocho crías de lobo mexicano, especie en peligro de extinción

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Se trata de una de las camadas más grandes de esta especie que se han registrado en el país.

En plena pandemia surge una buena noticia para nuestra biodiversidad. El Museo del Desierto de Saltillo, Coahuila, anunció el nacimiento de ocho crías de lobo gris mexicano (Canis lupus baileyi), una especie en peligro de extinción y prioritaria para su conservación en México.

El alumbramiento de los ocho lobeznos, cuatro machos y cuatro hembras, ocurrió en abril de 2020, siendo la camada más grande y la quinta que se reproduce en el lugar.

El Museo del Desierto indicó que es un acontecimiento de gran trascendencia, ya que se suma a los esfuerzos internacionales de conservación de esta especie. Desde el 2009, el Museo forma parte del Comité Binacional para la Recuperación del Lobo Gris Mexicano, donde participan más de 50 instituciones de México y Estados Unidos.

De la nueva camada, todas las crías han recibido los cuidados y la alimentación adecuada y se integran a los programas de medicina preventiva, nutrición y enriquecimiento establecido para esta especie.

El lobo gris mexicano es la especie que corre más riesgo de desaparecer y la subespecie de menor talla en Norteamérica, según el museo, el cual tiene actualmente bajo resguardo un total de 18 ejemplares de lobo mexicano en sus albergues.

Vale la pena recordar que a mediados del siglo XX, una agresiva campaña de erradicación implementada en Estados Unidos y México llevó al lobo mexicano al borde de la extinción. Sin embargo, en los años 70 ambos gobiernos colaboraron para recuperar a la especie.

A finales de 2019 se dio a conocer que el lobo mexicano abandonó la categoría de especie “Probablemente extinta en el medio silvestre”, para ser incluida en la categoría de “En Peligro de Extinción” de la Norma Oficial Mexicana. De ahí la importancia del reciente nacimiento de ejemplares para la conservación de esta especie.

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Pasión por el lenguaje

Idalia Cabrera

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En los últimos tiempos he podido observar que el mal uso del adverbio literalmente se ha extendido, tanto en medios formales como prensa radial y televisiva, como en el ámbito coloquial. Casi siempre la intención es hiperbolizar o intensificar una idea. Sin embargo existen muchas otras palabras que pudieran evitar el error.

Al parecer muchos de los hablantes que la emplean desconocen  literalmente el significado de este adverbio, de modo que se forma añadiendo el sufijo mente al adjetivo literal y que significa, según la Real Academia Española de la Lengua (RAE): en su primera acepción aquello que conforme a la letra del texto, el sentido exacto y propio y no lato ni figurado de las palabras empleadas en él. Y en su segunda, adverbio de modo que debe entenderse en la plenitud de su sentido a la palabra a la cual acompaña.

De modo que cuando un comentarista deportivo informa que un jugador “dejó la piel en el terreno literalmente“, ¿debemos comprender que quedó desollado? Leí un texto de alguien de buen decir que, haciendo loas a un libro leído, expresaba: “Lo devoré literalmente“. ¿Será que padece de foliofagia o síndrome de las personas con manía de comer papel? Al salir del Ballet, alguien lleno de emoción exclama sobre la bailarina protagonista: “Dejó los pies literalmente en el escenario”. En los tres casos la intención del hablante ha sido intensificar su expresión, hiperbolizarla; pero han escogido la palabra equivocada. Las metáforas no son literales, son lo contrario.

Abundan los ejemplos y el propósito no es enumerarlos todos, sino reparar en el uso correcto de las palabras y de ese modo no desvirtuar el sentido de lo que se quiere transmitir. Para hiperbolizar: metáforas o superlativos, literalmente. 

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