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A propósito de…

Dime cómo te llamas y te diré quién eres

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de bautizos, en muchas culturas se considera que el nombre determina el destino, y elegir el que se dará al recién llegado al mundo obedece a reglas y tradiciones, porque se considera que no solamente es un distintivo, sino un elemento definitorio.

En algunas civilizaciones se requería de la intervención de los sabios, de los sacerdotes, de los curanderos, de los chamanes, quienes tomaban en cuenta la posición de las estrellas, las características del recién nacido, las condiciones climatológicas, la estación del año, el primer animal que se manifieste, el momento de la cosecha, o una combinación de todos estos elementos, para determinar el nombre de un ser humano.

La tradición judía, por ejemplo, considera que el nombre que se recibe no es fortuito, sino profético de alguna manera, es decir, ya está destinado y será una herramienta para la vida. También existe la creencia de que llamar a una persona con el nombre de otra, un antepasado, crea una conexión entre sus almas. 

Entre los católicos prevaleció, durante muchos siglos, la costumbre de asignarle al niño o la niña el nombre del santo que se conmemorara el día del nacimiento, por la creencia de que al morir, llamarán al alma de acuerdo con la referencia del santoral. De tal manera que para evitar confusiones luego de la muerte, por ejemplo, en el caso de las mujeres, muchas tuvieron que pasar toda la vida presentándose como Leovigilda, Eberdarda, Ezequiela, Melchora, Sinforiana o Sebastiana, con la desventaja de que aun los diminutivos de algunos son terribles, como “Sebas” en el último caso. Los hombres tampoco se salvaban cuando se recurría al calendario, porque habrá que imaginarse los apuros que pasarían en la escuela los Amasvindo, Bardomiano, Cipriaco, Críspulo, Rogasiano o Sinforiano, cada vez que pasaran lista. 

Deberás cargar con el nombre con que tengan a bien registrarte tus padres durante toda la vida, o hasta la mayoría de edad, en vista de que es requisito tener más de 18 años para modificarlo legalmente. Cada año, 7 mil personas acuden al Registro Civil de la Ciudad de México con esa intención; si bien la mayoría lo hace para corregir algún error en el registro, muchos otros son los que no pueden más y deciden cambiarse el nombre en definitiva. En Yucatán lo realizan alrededor de 300 personas al año.

Sin embargo, esa transformación debe tener consecuencias sicológicas y sociales. La carga burocrática que implica corregir cada uno de los documentos emitidos con anterioridad debe ser un verdadero viacrucis: certificados de estudios, pasaporte, tal vez acta de matrimonio, licencia de manejo, factura del automóvil o escrituras de propiedades. Ir de oficina en oficina para realizar una gestión tan infrecuente debe requerir energía, tiempo y paciencia, mucha paciencia. 

Pero para entonces, el daño de pasar toda la infancia y la adolescencia con el fardo de ser un Veremundo Hernández o una Robustiana López, ya está hecho. Además, ¿cómo podría Veremundo acostumbrarse a ser Javier de un día para otro y obligar a amigos, compañeros de escuela, familiares, vecinos y colegas de profesión a aceptar y aplicar el cambio?

Por otro lado, en las familias está la extendidísima costumbre de repetir los nombres hasta el cansancio. Será por falta de imaginación o por vocación dinástica. En ocasiones varían las combinaciones, pero se mantiene el principal: Francisco Javier, Luis Francisco, José Francisco, Francisco José. Y todavía hay quien dice que se confunde con los personajes de Cien Años de Soledad de Gabriel García Márquez. ¡Y no se confunde en su casa!

En otros, se aplica una numeración para distinguirse, dado que comparten el apellido: Esteban primero, el bisabuelo; Esteban segundo, el hijo; Esteban tercero, el nieto; y Esteban cuarto, el bisnieto, en cuyo caso no puede negarse cierta reminiscencia monárquica al estilo de Carlos V, Enrique VIII, Fernando VII, etcétera. De cualquier forma, a los hijos que se llaman como su papá les dirán Carlos chico o Carlitos, hasta que sean sexagenarios.

Hay quien, guiado por un sentido práctico, prefiere ponerle a su hijo un sólo nombre, corto y común como Juan, así que nunca tendrá confusiones ni problemas de ortografía. En contraste, el nombre más largo en México se registró  en 1922; se trató de María de la Asunción Luisa Conzaga Guadalupe Refugio Luz Loreto Salud Altagracia Carmen Matilde Josefa Ignacia Francisca Solano Vicenta Ferrer Antonia Ramona Agustina Carlota Inocencia Federica Gabriela de Dolores de los Sagrados Corazones de Jesús y de María Saldívar Saldívar. A quien sin embargo toda la vida le dijeron “La Nena Saldívar.”

Por otro lado, en Sonora está prohibido registrar a los niños como Hermione, Harry Potter, James Bond, Pocahontas, Lady Di, Robocop, Rambo, Terminator, entre una larga lista. No faltan los que hacen referencia a series de televisión o videojuegos: Athena Sahori de los Caballeros del Zodiaco, Eowin del Señor de los Anillos o Arkantos el almirante de la Artántida del juego Edge of Mythology, entre otros.

Pero, respiremos, tranquilicémonos, pues los nombres más frecuentes entre los varones siguen siendo: Juan, José, Francisco, Antonio, Jesús, Miguel, Pedro, Alejandro, Manuel; y entre las mujeres: María, Guadalupe, Juana, Josefina, Carmen y Leticia. 

Las modas cambian, y de los Kevin, Brandon, Brenda y Melissa se ha transitado a María Fernanda, Ximena, Valentina, Sofía, Santiago, Emiliano, Diego, Leonardo, Mateo y Sebastián, que han sido los más socorridos en los últimos años. 

Y como nadie puede abstraerse del universo cibernético, no han faltado los intentos de registrar a un “Facebook” o “Twiter”. ¿Y a ti te gusta tu nombre o preferirías llamarte Instagram Mendoza?

A propósito de…

Abastecerse en tiempos de coronavirus

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de las maneras en que la emergencia sanitaria afecta no solamente nuestra cotidianeidad, sino incluso nuestros procesos mentales, el abastecimiento de alimentos y artículos de primera necesidad, actividad que en condiciones regulares se realiza en automático, puede convertirse en una disyuntiva que se sitúa en el nivel del “Ser o no ser”.

¿Cuándo habría imaginado, que aprovisionar la alacena y el refrigerador me significaría una noche de insomnio cavilando sobre la conveniencia de acudir a realizar la compra o hacer el pedido en línea?

He probado ambas maneras, desde que la opción a domicilio está disponible, hace ya muchos años, y nunca me había representado problema alguno decidir en el momento si tomar mis bolsas reutilizables o sentarme frente a la computadora, con mi lista en mano a comprar lo necesario.

Esta vez fue distinto. Hay tantas variables a considerar, tantos peligros a los que enfrentarse, tantos preparativos para acometer la difícil tarea que, si no se tratara de un asunto en el que prácticamente se juega la salud o la vida, movería a risa, a carcajadas. De hecho, en el momento de redactar esta columna, no puedo evitar reír un poco, solamente de recordar lo que hoy se podría titular “Una aventura en el Supermercado” y convertirse en el guion de una comedia humorística.

Sin embargo, la realidad hace que la farsa jocosa tome visos de película de terror al estilo de Alien el Octavo Pasajero, esa cinta tan famosa a finales de los setenta, de un ser extraterrestre que aterroriza y destruye a seis de los siete pasajeros de la  nave espacial Nostromo. Sólo que el Alien ahora se llama COVID 19 o Coronavirus, la nave es el comercio.

La primera opción, por ser la más segura, fue ordenar en línea  y esperar, sin riesgo aparente, como miles de personas decidieron lo mismo en esa fecha, el sistema era lento y en cada artículo seleccionado aparecía un mensaje de “no disponible por el momento”. Había alternativas más caras o en presentaciones enormes. Entre una y otra cosa, tardé 20 minutos en elegir ¡cuatro artículos!, a ese ritmo, requeriría una jornada laboral, unas 8 horas, para completar mi lista.

Las circunstancias me obligaron a acometer el Plan B: hacer las compras personalmente. Cuento con varias tiendas relativamente cerca, ¿a cuál voy, a la más  pequeña que me garantiza terminar rápido o a la más grande donde es posible guardar la “sana distancia”?, ¿voy a la que tiene mejores precios dado que voy a gastar más que de costumbre o a la más cara que debe tener menos clientela pero con estacionamiento subterráneo en donde no se dispersan fácilmente las partículas?

Una vez tomada la decisión me encuentro con que es necesario presionar el botón para obtener el boleto de estacionamiento y ¿cuántos dedos lo habrán tocado antes del mío?, afortunadamente llevaba un bolígrafo a mano. Dentro de la tienda, había dispensadores de gel antibacterial por todos lados, entregaban los carritos con las barras desinfectadas, había círculos verdes marcados en el suelo para conservar la distancia indicada –que no todos obedecían- y muchos productos estaban envueltos individualmente.

De cualquier manera,  tardé mucho más que de costumbre huyendo de los pasillos en los que circularan más de dos personas, distanciándome de los despachadores de carne o de pescado, alejándome de un salto de los empleados que recolectan los productos para el servicio a domicilio, untando y reuntando mis manos con desinfectante. Una vez en casa, el proceso de asepsia en mi persona y en cada uno de los productos que adquirí, incluyendo los empaques llevó muchísimo tiempo.

A continuación, tres anécdotas que me refirieron:

La primera: “Nunca había visto amanecer desde el supermercado” me contó una persona que, escapando de la proximidad con otros seres humanos para abastecerse de provisiones llegó a la tienda en cuanto la abrieron, a las 7 de la mañana, sin percatarse de que – se nos olvida hasta la fecha en que vivimos – ¡era el día de inicio del horario de verano, el domingo pasado!

La segunda: Para no correr riesgos de toparse con otra persona que pudiera ¡toser, estornudar, carraspear o cantar! – lo que también es peligroso según ha advertido enfáticamente el subsecretario López Gatell – otra familia decidió utilizar el servicio a domicilio.

Llamaron a una cadena comercial. Imposible comunicarse; cuando no estaba ocupado, contesta la grabadora pidiendo “no cuelgues porque tu llamada es muy importante”, aunque no tanto como para contestarla. Optaron entonces por el pedido en línea a otra tienda. ¡Lo lograron! Luego de mucho, mucho tiempo escucharon que llamaban a la puerta. Era el repartidor ¡con siete cajas y una cuenta de siete mil pesos! Equivocaron la orden, así que cancelaron ante la posibilidad de un nuevo error. Por último, lo intentaron en otro supermercado. Al momento de redactar esta columna todavía no recibían el pedido. ¡Están tardando hasta siete días! Eso sí, todas las noches les llaman para disculparse por la tardanza y asegurarles que les entregarán “lo más pronto posible”. Ojalá sea antes de que desfallezcan de inanición.

La tercera: Una pareja de jóvenes acude a un mercado público “están muy despejados en este momento, hasta encuentras lugar para estacionarte”. Los atienden, les entregan sus productos, pagan y luego de recibir el cambio,  oprimen el despachador de gel y empiezan a frotarse las manos, pero ¡está pegajoso! Revisan el contenedor ¡es gel para el cabello!, ¿Los locatarios se equivocaron al comprarlo o como el antibacterial es caro prefirieron colocar el otro más barato o se trata de una broma para aligerar la tensión y hay una cámara oculta detrás de las zanahorias?

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A propósito de…

El virus, la certeza imposible

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito del problema que enfrenta la humanidad en este momento, confieso que me fallan las palabras. Estoy azorada, así que trataré, no sin dificultad, de mantener una cierta congruencia e ilación en este texto. A alguien que ha vivido dos terremotos en la misma ciudad, en la misma fecha, con 32 años de distancia, no debería sorprenderle nada; sin embargo, en mi imaginación no tenía lugar una epidemia, mucho menos una pandemia de tales proporciones.

En los primeros momentos los descreídos dudamos, como siempre, pensamos que era un montaje para lograr a saber qué aciagos propósitos. Quienes vivimos tan lejos del sitio en que inició todo– o donde nos dijeron que inició – supusimos que se solucionaría allá en el enorme y superpoblado país asiático. Los más empáticos con el dolor humano nos condolimos y pedimos que pudieran superarlo sin demasiado dolor, casi todos seguimos con nuestra vida, nuestras actividades, nuestros quehaceres diarios.

Hoy que tenemos lo que en otros tiempos se llamó la peste – cuando no sabían de virus ni de vacunas  ni de modos de transmisión – en nuestro país, en nuestras ciudades, en nuestras calles, observamos el desarrollo de acontecimientos inimaginables y recordamos escalofriantes relatos de libros, estremecedoras escenas de películas en las que comunidades enteras se veían disminuidas por enfermedades que todavía no bautizaban y a las que no sabían cómo enfrentarse.

Pero se trataba de localidades en las que lanzaban los desechos fisiológicos por los balcones o por las ventanas, en las que las calles eran inmundos lodazales y que, en el mejor de los casos, contaban con los servicios de un médico que siempre llegaba tarde porque a su carreta se le rompía una rueda o porque su caballo presintiendo la tragedia, se negaba a avanzar al encuentro con la muerte.

¿Cómo hacemos coincidir escenas como esa en ciudades donde los periféricos tienen tres o cuatro niveles, por los que transitan vehículos en carriles superpuestos, o donde la medicina ha avanzado de tal manera que prácticamente todos los órganos del cuerpo pueden ser reemplazados y se han desarrollado vacunas para aquellas enfermedades que en otro tiempo acababan con poblaciones enteras? Hoy que las cirugías se realizan con robots, y que un aparato puede escanear cada uno de los tejidos del organismo, y que hay especialistas de ramas de la medicina que ni siquiera sabíamos que existían.

 Resulta anacrónico que en la actualidad, cuando se realizan con frecuencia viajes fuera de nuestro planeta, nos encontremos metidos en nuestras casas, temerosos del contacto con otros porque cualquiera puede ser portador de la enfermedad y, en muchos casos de la muerte. Y los médicos de hoy, capaces de sacar el corazón de un cuerpo y hacerlo latir y bombear la sangre en otro, y que esas proezas los han hecho sentir semidioses tanto tiempo, experimentan la misma impotencia que sus antecesores de dos o tres siglos atrás.

Y los ciudadanos del mundo, con la posibilidad de acceder a la totalidad del conocimiento humano, únicamente con presionar una tecla, nos encontramos tan desprovistos de respuesta, tan indefensos, tan frágiles como lo estuvieron nuestros antepasados que habitaban en las cavernas y ni toda la tecnología, ni todo el desarrollo, ni los viajes espaciales nos sirven para frenar la devastación de un organismo microscópico.

Nos escondemos en el interior de nuestras casas, de la misma manera que, muy posiblemente, lo hacían en cuevas aquellos lejanos antepasados que se  cubrían con pieles de los animales que cazaban y cuya forma de comunicación consistía en imitarse unos a otros, asustados por la presencia de una tormenta eléctrica. Los imagino en grupos, muy cerca unos de otros, con los ojos muy abiertos,  sobresaltados con cada relámpago, estremecidos con cada trueno.

Los moradores de la tierra en el Siglo XXI, que en los últimos 50 o 100 años parecíamos participantes en una desquiciada carrera por devastar el planeta a base de transformarlo, de convertir los materiales y los seres de la naturaleza en artículos de consumo, la mayoría de ellos superfluos, nos encontramos indefensos ante un ser tan pequeño que no podemos verlo ni sentirlo cuando nos ataca, cuando ocupa nuestro cuerpo.

Hace algunos días vimos imágenes de una caravana de vehículos del ejército italiano, que aseguraban transportaban decenas de ataúdes y, de inmediato vinieron a mi mente – no puedo recordar si se trataba de la escena de una película o la descripción de un libro que muchas veces resulta más vívida – aquellas de una carreta tirada por un caballo escuálido, al que fustiga un lúgubre cochero casi tan vacío de vitalidad como sus pasajeros que se amontonan dejando colgar un miembro inerte.

¿Qué tan distantes estamos realmente de aquellos antepasados de la caverna o de los que amontonaban cadáveres en carretones si hoy, con todos los avances tecnológicos, con el enorme bagaje  de conocimiento, con la cantidad de descubrimientos científicos, con la capacidad de encontrar las causas y los efectos de casi todo lo que sucede en el mundo y con la posibilidad de crear mujeres y hombres completos a partir de una célula, somos globalmente impotentes ante este microorganismo que ha paralizado al planeta, ha desprovisto de opciones a los que se creían poderosos y nos ha dejado claro que para los seres humanos, la certeza es imposible?

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La falsa información, otro virus

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito del bombardeo de todo tipo de información, gran parte de ella falsa y mucha mal intencionada, que ha circulado a través de medios formales y redes sociales con respecto a la epidemia de coronavirus, es importante considerar el daño que esto puede provocar a la sociedad.

Así como intentamos protegernos del contagio del Covid 19, sería sano mantenernos alejados de los mensajes que, en vez de ayudarnos a transitar por esta situación de la mejor manera, nos generan estrés, alimentan nuestros miedos, nos proporcionan consejos que carecen de sustento científico o llaman a desconfiar de quienes están encargados de manejar la emergencia nacional.

¿Qué información convendría poner en duda? Pienso que aquella que carece de fuente, la que es anónima y se distribuye en las redes sociales. Se tiende a creer que si un conocido comparte determinado mensaje es verdadero. Eso no siempre es así. 

Cabe recordar que muchos de los participantes en los grupos de comunicación digital padecen una especie de compulsión por postear todo cuanto reciben, sin analizar que ellos mismos son canales de comunicación y que aquello que difunden puede tener consecuencias. Como buscan más seguidores, más likes, etcétera, no importa el contenido; lo mismo da que un mensaje contradiga al anterior.

Todos tenemos derecho a dar nuestra opinión, así sea crítica de la autoridad, el derecho a la libre manifestación de las ideas nos pertenece. Pero, han circulado, por ejemplo audios de personas que, sin identificarse, dan a conocer datos a todas luces falsos, opuestos a los que aporta la autoridad sanitaria, no se identifican y no hay un solo elemento que les aporte credibilidad. Son mentiras con un claro propósito de generar incertidumbre.

En estos días, abundan videos de supuestos médicos que hacen recomendaciones para prevenir el contagio. Hay muchos que hablan de obviedades: alimentarse sanamente, no abandonarse al sedentarismo, no abusar de comida chatarra ni de la ingesta de bebidas alcohólicas, dejar de fumar.  Por supuesto, un organismo más sano tendrá más elementos para defenderse de la enfermedad, la trampa está en que quien los genera no es quien dice ser.

No sé hasta qué punto podría considerarse a una actriz y cantante de música pop, una voz calificada en materia de epidemias. Insisto en que no lo sé, porque tal vez en sus ratos libres entre las promociones de su material, las giras, las presentaciones y  los conciertos  haya acudido a alguna prestigiosa universidad y se  certificó como epidemióloga sin que yo me enterara, porque no soy muy afecta a los chismes del espectáculo.

En cambio, muchas personas consideraron más dignas de crédito las palabras de esta mujer que la información que nos proporcionan todos los días a la misma hora las autoridades de salud de nuestro país, cuyo programa de manejo del Covid 19 valoró positivamente la Organización Mundial de la Salud.

Tal vez si yo escuchara muchos discos o viera algunas telenovelas de esta celebridad me decantaría por atender sus recomendaciones antes que las de la Secretaría de Salud, pero como no es el caso, seguiré considerando que la opinión de una cantante millonaria que ni siquiera vive en México y que jamás ha mostrado un ápice de interés respecto a lo que sucede aquí, es respetable, sólo eso. La realidad de este país difiere enormemente de la que puede vivirse en un penthouse en Fifth avenue. Ese es uno de los ejemplos.

Se puede optar por quedarse en casa cuando la subsistencia diaria no depende de salir a trabajar cada día, sin falta, porque lo contrario implica que los hijos no tendrán alimento, que la renta no se pagará, que no habrá recursos para contratar la pipa que llena los tambos porque esa colonia no cuenta con servicio de agua potable.

Por supuesto, quienes puedan mantenerse aislados con un refrigerador bien provisto y las reservas económicas para sobrevivir ¿una semana, un mes, dos meses, tiempo indefinido? serían irresponsables si se arriesgaran y arriesgaran a otros. Esa decisión la han tomado muchos mexicanos de manera voluntaria, en especial en las zonas de más riesgo, como son las altas concentraciones urbanas.

Me declaro desconfiada. Es una de mis características representativas, quienes me conocen lo saben; sin embargo, hay circunstancias en las que no queda más remedio que admitir la necesidad de un líder que haya probado su capacidad, que nos proporcione los datos en los que basa sus determinaciones de manera que podamos entenderlos sin necesidad de ser especialistas, que respete nuestra condición de seres libres e inteligentes y que nos convenza de que lo hace por nuestro bien.

Si viajamos a bordo de un crucero, confiamos en que el capitán será capaz de tomar las disposiciones pertinentes para mantenernos a salvo. Si se presenta una contingencia a bordo, es posible que alguno de los altos oficiales difiera, porque tiene el conocimiento y la experiencia para hacerlo; pero si la encargada del karaoke propusiera un motín para remover a toda la tripulación, aun con mi gran deseo de disentir, seguiría en primer, lugar las instrucciones del marino de más alto rango, porque no se trata de una divergencia de opiniones, sino de algo más trascendente, la sobrevivencia.

En este momento, cuando hay un peligro real para la salud colectiva, decido confiar  en el subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud Hugo López Gatell quien indudablemente es el capitán del crucero metafórico en el que viajo con mi familia, con todos aquellos a quienes amo, con quienes me interesan, con mis amigos, con las personas con quienes cuento y que cuentan conmigo.

Al contrario de lo que sucede con el coronavirus, podemos vacunarnos contra la información dañina  mediante el análisis, la revisión inteligente y el conocimiento de que mucho de lo que nos transmiten es mentira.

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