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Héroes de escoba y campana

Cristina Martin Urzaiz

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Foto de Julián Durán Bojórquez

A propósito de las muchas personas que en estas circunstancias de urgencia sanitaria adquieren visos heroicos, es indispensable reconocer a aquellos que diariamente ponen en riesgo su seguridad y su salud para garantizar la prestación de un servicio indispensable: los trabajadores de limpieza.

Desde las 5 de la mañana se escuchan las ruedas de los carritos de la basura y el inconfundible raspar de las escobas de vara, de palma o de mijo, sobre el asfalto de la Ciudad de México. En la primera etapa del recorrido de cada uno de los más de 8 mil barrenderos que habrá de completar por lo menos un kilómetro cada día, recogiendo desde inofensivas flores de jacaranda hasta desechos sanitarios de las viviendas, especialmente peligrosos en estos días.

Cada barrendero tiene la responsabilidad de retirar la basura de su ruta y hacen un segundo recorrido, en el que reciben los desechos de las casas. Generalmente establecen una relación cordial con los residentes de la zona en la que prestan sus servicios.

Se calcula que el recorrido diario de cada uno de los barrenderos de la Ciudad de México es, en promedio, de 1.3 kilómetros. La flotilla de los carritos recolectores es de 7 mil 931, que consisten en 2 tambos con ruedas y capacidad de 200 litros cada uno. Sin embargo, los trabajadores de limpia, vestidos con sus uniformes anaranjados, adaptan sus “vehículos” a fin de que su cabida se multiplique y hay algunos casos en que ingeniosamente les han adaptado alguna sombrilla de jardín que alguien desechó para protegerse del sol.

Están además los tripulantes de los  2 mil 652 camiones recolectores que, generalmente, está integrada por el chofer, que es una suerte de “capitán” de la unidad y dos o tres “macheteros” o ayudantes, quienes reciben directamente los desperdicios de los ciudadanos, en esquinas predeterminadas. Este equipo incluye al “campanero” quien constituye la vanguardia que va haciendo sonar la campana como aviso de que la unidad está a punto de llegar.

En cuanto a vehículos recolectores de basura, en la alcaldía Cuajimalpa de Morelos solamente hay seis camiones, mientras que en Iztapalapa hay 110. En cuanto a  los barrenderos, su número es diferente en cada alcaldía: en Tlalpan hay un trabajador de limpia por cada 2 mil 170 habitantes, mientras que en Cuauhtémoc, la proporción es de uno por cada 709 pobladores.

Tanto los barrenderos como las cuadrillas de los camiones recolectores trabajan de lunes a domingo. Prácticamente a la misma hora todos los días se escucha primero la campana que anuncia la llegada del vehículo y, pocos minutos después, el estridente claxon que hace imposible no darse cuenta de  su arribo. También es puntual el vozarrón de bajo del barrendero: “¡la baaasuuuuraaaaa!”

Pienso que si mi oficio consistiera en recolectar el material que otros quieren sacar de su casa lo más pronto posible: empaques, cartones, botellas, latas, recipientes, plásticos, papeles, envolturas de todo tipo, en el mejor de los casos; cáscaras de vegetales y de frutas fermentados, pellejos y huesos de pollo, grasa de carne, pedazos de pescado; y hasta papeles higiénicos, servilletas, pañuelos desechables, chiles masticados, colillas de cigarros, cepillos dentales, lo haría de muy mal humor, con un semblante poco amable y de mala manera.

Sin embargo, en general, los trabajadores de limpia son amables y se dirigen a las personas con amabilidad: “páseme su basurita”, recuerdo que me dijo alguno  de ellos en una ocasión, así, en diminutivo, casi con afecto hacia la materia prima de su oficio.

 El barrendero de la potente voz de barítono que recorre mi calle es un buen hombre. Habla con entusiasmo de sus hijos, estudiante de medicina uno, de derecho otro  “y todo ha salido de aquí”, asegura señalando su carrito repleto de desechos, que ha sido su medio de subsistencia durante tres décadas. La mayor parte de ese tiempo, siguiendo la misma ruta día tras día.

Hace algunas semanas le pregunté acerca de las medidas de protección frente a la epidemia de Coronavirus: “Pues, ya mandaron a su casa a los mayores de 60 años, a los enfermos, hay algunos diabéticos, aunque la mayoría estamos muy sanos, debe ser por tanto caminar, casi no estamos gordos

“Yo – presume – así como me ve, estoy como si tuviera 18 años, bien de peso, bien del azúcar, bien de la presión y como me faltan todavía unos años para los 60, no me consideran factor de riesgo. Ya nos dijeron que tenemos altas probabilidades de infectarnos por todo el material que manejamos”.

Noto que habla mirando hacia un lado, como si tuviera tortícolis. Le pregunto si le duele el cuello y me dice, aunque se encuentra a una distancia de más de dos metros de mí, “no, lo que pasa es que tenemos que proteger a los ciudadanos”.

En cambio, nosotros no los protegemos a ellos. Toda la basura sanitaria, deberíamos separarla y colocarla en una bolsa de plástico cerrada, para que ellos, los trabajadores de limpieza, cuya función es definitivamente indispensable, no tengan necesidad de tocarla, pero no todos lo hacen.

Me conmueve enormemente el compromiso de este hombre, que lleva 30 años conviviendo con la basura, con aquellos a quienes nos presta un servicio tan esencial, que no ha faltado a su trabajo un sólo día en estos tiempos, que lo realiza con dedicación, que siempre tiene una frase amable, un saludo a distancia, aun sabiendo que su tarea lo coloca directamente en zona de riesgo. Es uno de esos héroes de escoba y campana.

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¿Qué comíamos antes de estar tan enfermos?

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de los mucho decesos por Covid en México a causa del deterioro de la salud de la población, debido a los cambios de hábitos alimenticios en las últimas cuatro décadas, tras la apertura comercial con los Estados Unidos, mi reflexión es en torno a ¿qué comíamos antes de enfermar tanto?

Es bien conocido el aporte de la milpa a la alimentación de los mexicanos desde culturas prehispánicas. Este sistema de cultivo se conoce como la triada mesoamericana, integrada por el maíz, el frijol y la calabaza y productos asociados, como los tomates, diversos tipos de quelites y de chiles, la flor de calabaza y hasta el huitlacoche, ese hongo que surge del elote.

Durante la Colonia, los españoles introdujeron ingredientes que modificaron relativamente la forma de comer en México, aunque la mayor parte de los habitantes, radicados en el campo, mantuvieron el consumo de los tres elementos fundamentales. La comida virreinal, desarrollada en  los conventos y  monasterios, se dedicó a las clases económicamente favorecidas, porque se trataba de platillos muy complejos, elaborados a partir de ingredientes caros y difíciles de conseguir, que constituyeron una suerte de comida barroca.

Sin embargo, pienso en la forma en que se alimentaron nuestros abuelos, nuestros padres y los miembros de mi generación, antes de la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), a partir del cual se ha introducido al país una cantidad absurda de productos chatarra.

¿Qué comíamos antes de enfermar tanto?, ¿es que los niños de entonces llevábamos apio, pepino y jícamas para la hora del recreo?, ¿acaso se servían grandes porciones de ensaladas de lechuga, berros y espinacas en las mesas de los mexicanos?, ¿empezábamos siempre nuestras comidas con sopas de verduras diversas?, ¿disfrutábamos del arroz al vapor?

Ninguna de las preguntas anteriores tiene una respuesta positiva. He indagado con personas de una generación anterior, quienes me aseguran que el desayuno y la cena de los niños consistían en leche y pan, no pan integral, no pan bajo en azúcar, sino conchas, bigotes, moños, cocoles, banderillas, besos, garibaldis, orejas, cuernos, etcétera.

A la escuela llevábamos en nuestra lonchera, la clásica torta de frijoles o de huevo revuelto; algunas veces, una manzana completa que comíamos a mordidas. En un termo, agua de limón o, en su caso, tomábamos agua natural del bebedero. Recuerdo que en la primaria a la que acudí, se formaban largas filas para comprar un taco de frijoles refritos con salsa verde, como una alternativa saludable, cuyo costo era similar al de cualquier golosina.

A la hora de comer, en las casas, el plato inicial era una sopa de pasta, de fideos, de municiones, de pipirín, en un caldillo hecho en casa, con jitomate real, cebolla, ajo, cilantro. El plato fuerte consistía, muchas veces, en milanesa con ensalada, chile relleno, tortas capeadas de calabaza o coliflor, o carne asada o pollo guisado y frijoles, todo acompañado de tortillas y agua de fruta de temporada.

Así comieron muchas generaciones de mexicanos, algunos con sobrepeso, pero nunca a los niveles actuales: el 75 por ciento de la población, según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición de 2018.

De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en México, en las últimas cuatro décadas se han transformado las pautas alimentarias de los mexicanos afectando gravemente su salud. Alerta que mientras el 21 por ciento de los niños de menos de 5 años de las zonas rurales padece desnutrición crónica, el sobrepeso afecta al 24 por ciento de los menores de 12 años, casi la cuarta parte.

 México se encuentra en primer lugar de los países de América Latina en venta de productos altamente procesados, con un consumo per cápita de 214 kilos anuales, con elevado contenido de preservantes, estabilizadores, emulsificantes, aglutinantes, endulzantes, resaltadores sensoriales, colorantes y saborizantes, como el peligroso jarabe de maíz de alta fructuosa, sustancias a las que se atribuyen enfermedades como diabetes, hipertensión y algunos tipos de cáncer.

En muchas ocasiones, se ha satanizado a los antojitos: tacos, tostadas, tlacoyos, tamales, panuchos, papadzules, salbutes, sopes y enchiladas, pero hoy sabemos que no es la comida tradicional, sino el consumo elevado de productos industrializados lo que nos ha enfermado.

Me pregunto: ¿Todavía tendremos salvación, dado que cada vez mayores superficies se utilizan para la siembra de maíz forrajero y se impulsa la utilización del grano transgénico por encima de las especies originarias?, ¿algún día recuperaremos la riqueza de la milpa y, con ella, la salud?

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Maricarmen Graue: Soy una persona con ganas de crear, con palabras, sonidos o formas

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de talento, capacidad creativa y fuerza vital, hace algunos días conversé con la violonchelista, pintora, escultora, escritora, actriz, maestra, bailarina y maratonista, Maricarmen Graue Huesca. Le manifesté mi necesidad de una pausa respecto al tema sanitario y mi interés en entrevistarla; con su gran sentido del humor me preguntó ¿quieres saber cómo vivo el confinamiento?

Maricarmen Graue ha sido artista desde niña, “siempre me gustó la música” afirma, sin poder establecer el momento exacto del descubrimiento de su vocación musical. Refiere que su padre, arquitecto y melómano organizó un coro familiar en el que, por supuesto, ella participó. Inició su preparación académica primero en la danza, en el canto y a los 15 años ingresó al Conservatorio Nacional de Música para estudiar guitarra.

Poco tiempo después, tras la muerte de su padre,  cambió de instrumento “el sonido del chelo tiene la calidez de una voz casi humana”, afirma. Específicamente-sostiene-me recuerda la voz de mi padre y lo toco como un homenaje a él.

En 1987 recibió una beca para continuar su educación musical en la ex-Unión Soviética, donde estudió en Moscú y Kiev. En 1991, ingresó en la Orquesta Sinfónica Carlos Chávez, de la cual fue co-principal de la sección de violonchelos hasta 1999. Fue becaria del FONCA en el área de ejecutantes.

Es emblemática su imagen cargando el pesado estuche del chelo por los andenes del Metro, su medio de transporte, tan es así que uno de los promocionales del documental del director  Sergio Morkin “Maricarmen”, basado en la vida de la artista, presenta justamente esa estampa con su violonchelo en una mano y su bastón en la otra, ya que perdió la visión de un ojo desde la niñez y la totalidad del sentido de la vista hace 14 años.

Recuerda que, en ese tiempo pasó 6 meses encerrada “Quedé ciega y fue como si afuera no existiera nada” No obstante, su fortaleza se impuso y luego de dos o tres meses de rehabilitación empezó a ajustarse Te adaptas a lo que sea–asegura–yo resurgí libre, capaz, autosuficiente.

En la interpretación musical, la carrera de Maricarmen dio un giro definitivo porque cuando dejó de ver, no le fue posible continuar en la Orquesta Sinfónica Carlos Chávez en tanto que no podía leer las partituras ni observar las indicaciones del director, por lo que se inclinó hacia la improvisación, al jazz, aunque reconoce su amor por lo clásico “disfruto mucho a Bach

A juzgar por la intensidad de sus jornadas, sus días deberían tener 48 horas: realiza proyectos con otros artistas, da clases de violonchelo–en estos meses a distancia-en la Escuela de Iniciación Artística Número 4 del INBA y presenta un concierto virtual desde la Casa del Lago con el ensamble de jazz e improvisación “No tan Cuerdas”. Todo ello en medio del confinamiento, porque a Graue Huesca ni la pandemia la detiene.

En 2019, por ejemplo, se estrenó el largometraje “Maricarmen”-que también musicalizó-en el Festival de Cine de Morelia, donde obtuvo el Premio del Público, posteriormente, consiguió una mención honorífica en el festival É Tudo Verdade, en Brasil; presentó su libro “Mirar mirándome” que contiene relatos autobiográficos; inició un proyecto audiovisual,   mediante una beca del Programa de Apoyo a la Producción e Investigación en Arte, Medios y Discapacidad otorgado por el CENART y el Consejo Británico, con dos miembros más del colectivo “Discreantes” al cual pertenece y que en este momento está en pausa por motivo de la pandemia.

Siempre dispuesta a encontrar la oportunidad aun en situaciones que devastarían a otros, como la pérdida de la visión, se congratula de que el confinamiento le permite dedicarle más tiempo a la escultura: “Me encanta descubrir formas con mis manos, sentir que tengo ojos en  las manos. Confío en que si mis manos me dicen que una pieza está bien, es que está bien, porque la proporción perfecta no existe y no es necesario obedecer cánones que no sé quién puso. Mi escultura es un espejo de lo que percibo

Tras asegurar que la actividad artística le permite a cada quién mostrar lo que es, ya que “la diversidad es valiosa si uno defiende su postura”, Graue comparte su gusto por la experimentación, “es una búsqueda para encontrar lo que yo soy: una persona con ganas de crear ya sea con palabras, con sonido o con formas

Otra de las actividades que la apasiona es fundamentalmente física: entrenar y participar en medios maratones. “Correr es moverme a otra velocidad, de lo que suelo moverme cotidianamente, me hace volverme ágil, libre. Es liberador sentir a mi cuerpo haciendo un esfuerzo, al moverse así

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¡Y además tiembla!

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de la vulnerabilidad de los seres humanos, la tierra nos vino a confirmar cuán frágiles somos. Y si después de la pandemia del COVID 19, de las terribles inundaciones que dejó la tormenta tropical Cristóbal en el estado de Yucatán, donde se emitió Declaratoria de Desastre Natural para 75 municipios y del sismo de 7.5 grados, con epicentro en Crucecita, Oaxaca que se sintió el martes, seguimos creyéndonos los dueños del planeta, no tenemos remedio.

La Tierra existió mucho antes de que las mujeres y los hombres evolucionáramos hasta lo que hoy somos y seguirá girando alrededor del sol cuando ya no quede evidencia de que alguna vez estuvimos aquí. Al parecer, los virus ya estaban antes de nuestra llegada, adhiriéndose a los animales y vegetales de entonces, causándoles enfermedades a algunos de ellos y conviviendo con otros.

Durante décadas nos hemos sentido más fuertes que ellos, porque -listos como nos creemos –  desarrollamos todo tipo de repelentes, de métodos de defensa, de hierbajos, de químicos, de fármacos,  de vacunas, de rituales, de sortilegios, de mantras, de oraciones y hasta de invocaciones energéticas, para abstraernos de sus efectos dañinos.

Cada tanto, alguno de ellos nos sorprende. Transita desde la planta o animal del que ha sido huésped tradicional a otro en el que logra desarrollarse a sus anchas, tanto, que puede destruirlo. O se transforma, expandiendo sus áreas de influencia hasta colonizar a los representantes de supuesto eslabón más alto de la cadena alimenticia, nosotros.

El ser humano, capaz de modificar el entorno hasta no dejar huella del paisaje original, de levantarse del suelo y llegar a las nubes para trasladarse al punto más lejano de la tierra en cuestión de horas, de desentrañar casi todos los misterios de la naturaleza, de traspasar los confines del planeta y lanzarse al encuentro con otros cuerpos celestes, de utilizar los elementos de la tierra para construir y destruir y destruirse, se encuentra, en ocasiones,  con esta partícula de proteína – según nos han dicho de la que actualmente nos asola y nos azora – tan insignificante que ni siquiera cuenta, pero puede terminar con todo lo que hemos creído importante.

Dicen que no pueden sobrevivir independientemente, porque requieren del organismo hospedero para multiplicarse y mantenerse en el mundo. Es el caso de la poliomielitis, influenza, rabia, viruela, VIH, entre algunos otros. Hoy, estamos frente a uno que se nos resiste y nos atemoriza hasta el punto de dejar todo aquello que pensábamos esencial: trabajar, salir, gastar, comprar aparatos, hacer dinero, mostrarnos ante los demás y demostrarles quiénes somos.

Y, acostumbrados como estamos a imponer nuestras creencias, nos decimos “una vez que ha llegado la pandemia ¿qué más puede pasar?” mientras la naturaleza, ajena a cualquier juicio moral, indiferente a toda consideración de justicia, ignorante de las clasificaciones  humanas de “bueno y malo”, obedeciendo sólo a sus propias leyes, libera su energía en los océanos a través de algo que llamamos tormenta tropical y que debería hacer menos daño que un huracán o un ciclón, de acuerdo a nuestras clasificaciones, pero, en cambio, afecta gravemente a miles de seres humanos.

O acomoda las enormes placas tectónicas en las profundidades de la tierra –el martes fue a 5 kilómetros bajo la superficie en Oaxaca– y empavorece a otros millones que se hacinan en lo que fue lago y hoy es asfalto, haciéndolos  salir  disparados del interior de las edificaciones de concreto que los contienen.

Y miles de esas personas, atrapadas durante meses en sus propias viviendas, para evitar la cercanía con otros que podrían portar el virus, al escuchar la alarma sísmica, abandonan los que  constituían sus refugios, sin detenerse un segundo a pensarlo, y se lanzan al otrora sitio más peligroso, la calle.

En la huida, olvidan las caretas, los tapabocas, el alcohol en gel, el desinfectante y, de paso, olvidan la aversión a  los otros y se concentran, como racimos de uvas, en el lugar “más seguro”, que hasta minutos antes era el “más inseguro” y hasta se atreven a intercambiar algún comentario, a boca desnuda, con el vecino, con el paseante, con el vendedor de tamales o de bisquetes calientitos.

Y con la creencia de que el mundo está a nuestro servicio y el sol aparece en el horizonte cada mañana sólo para entibiar nuestros días, no falta una persona que exaltada reclame: ¡Y, además tiembla, esto ya es demasiado!

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