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A propósito de…

Enmascarados

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito del uso de los cubrebocas con la intención de bloquear la llegada del coronavirus a las vías respiratorias a través de la nariz y la boca, surgen infinidad  de reflexiones respecto a la sensación de cubrir nuestro rostro o estar rodeados de seres irreconocibles.

Los tapabocas nos remiten a la inclinación de la humanidad, casi desde sus inicios, de ocultar la cara con máscaras de diversos tipos y materiales. Los arqueólogos han relacionado las que datan de tiempos más remotos con rituales y ceremonias. A semejanza de las que portamos hoy para protegernos del Covid 19, que es un enemigo invisible y prácticamente desconocido, las primeras tenían la defensa como finalidad y el miedo como  causa.

Les servían como  parapeto frente a fenómenos naturales, animales salvajes o aquello para lo que no tenían explicación. En África las usaban para conectar con sus antepasados o para comunicarse con ciertos animales. Es bien conocida la función de las máscaras egipcias como parte de los rituales funerarios.

En América, las civilizaciones precolombinas las empleaban para vincularse con sus deidades y rendirles culto, para rituales relacionados con la muerte y el inframundo. Los gobernantes las llevaban para evidenciar su poder; los guerreros para adquirir las características que se adjudicaban a los animales que evocaban: jaguares, leopardos, tigres y  águilas.

Entre los griegos y los romanos eran parte del disfraz que utilizaban los integrantes del teatro. En el Renacimiento italiano se usaron para diversión y son  famosos los antifaces del Carnaval de Venecia, algunos ricamente ornamentados con piedras preciosas y plumas, como un mecanismo para trasgredir los límites sociales con la licencia del anonimato.

Muchos delincuentes se han enmascarado para cometer actos vandálicos, pienso en aquellos ladrones de diligencias de las películas de vaqueros, lo que me remite a los hechos inadmisibles que han tenido lugar en diversas localidades de nuestro país, en los que, ocultos por los cubrebocas, algunos individuos atacan a los trabajadores de la salud, quienes deberían recibir todo nuestro respeto y reconocimiento, especialmente en estos momentos.

Las máscaras se han usado desde los primeros tiempos de la humanidad como parte de los rituales para ahuyentar enfermedades. Los chamanes y los curanderos las han integrado a  sus sesiones de sanación desde tiempos remotos.

La primera careta empleada como escudo frente a la enfermedad  de la que se tiene evidencia, fue la que portaban los médicos en tiempos de la segunda oleada de la  peste negra o bubónica en Italia. Era aquella que evocaba la cabeza de un pájaro, con lentes de vidrio para proteger los ojos, un largo pico que rellenaban de sustancias aromáticas como  ámbar gris, hojas de menta, estoraque, mirra, láudano, pétalos de rosa, alcanfor y clavo de olor, así como paja, que funcionaba como filtro para evitar el paso de los vapores o miasmas, a los que atribuían el contagio de la peste.

La indumentaria se completaba con sombrero, camisa, pantalón, capa, guantes y botas, todo elaborado de cuero negro, ya que se pensaba que el contagio podría darse a través de los poros de la piel. Llevaban una vara, para ahuyentar a los enfermos que pretendían acercárseles.

Lamentablemente, todo aquel uniforme lejos de protegerlos los exponía más, ya  que las culpables de transmitir la enfermedad eran unas pulgas huéspedes de las ratas que, en aquellos, tiempos convivían con las personas en calles, casas y barcos. Es posible imaginar que se hallarían muy cómodas entre el calor de aquella vestimenta y se darían gusto succionando la sangre de quienes la portaban.

Actualmente, a partir del inicio de la pandemia de Covid 19, se generalizó el uso del tapabocas a nivel mundial. Todo el que se arriesga a salir de su casa o aun dentro si manifiesta algún síntoma que pudiera insinuar el contagio, se emboza.

Que se haga un uso correcto de los también llamados barbijos es otro asunto, pero casi todos lo portan. ¿Por qué pongo en duda la efectividad de tales artilugios?, porque muchos los llevan cubriendo únicamente la barba; hay quienes tapan la boca, pero dejan la nariz descubierta, lo que es más cómodo, pero menos efectivo; he visto a alguien estirarlo y soltarlo sobre su rostro, como un juguete elástico; hay vídeos de vendedores ambulantes soplando en las bolsas de plástico para abrirlas y luego introducir los tapabocas que venderán en alguna esquina.

Los hay de colores, de neopreno, lavables, ergonómicos, con carbón activado, hipoalergénicos, de polipropileno, de algodón, artesanales, decorados con motivos infantiles, estampados a cuadros, de flores, de grecas, con bigotes, inspiradas en héroes o antihéroes de Marvel, con rostros de animales, logotipos de equipos de futbol soccer o americano. Incluso hay quien viste con ingenuidad pasmosa, humor  negro o involuntario ánimo premonitorio, una sonrisa cadavérica.

Y como la superficialidad parece ser el sino de nuestro tiempo, me entero de que en eventos de la moda que se realizaron en algunas importantes ciudades, a principios del año – otros fueron cancelados –  se repartieron cubrebocas a los asistentes, algunos de ellos creados y firmados por  conocidos diseñadores. Entre los invitados a tales eventos, había quienes llevaban modelos especiales y personalizados.

Algunas de esas máscaras se venden hasta en 300 dólares, lo cual no deja de ser ofensivo y evidencia hasta donde pueden llegar las apariencias y el exhibicionismo, mientras el personal médico de muchos países carece del equipo indispensable. En el mismo sitio donde obtuve la información anterior publicaban “Los tapabocas de los famosos”, pero eso ya era demasiado para mí.

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A propósito de…

Se agotó la paciencia

Cristina Martin Urzaiz

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Foto de Lilia Balam

A propósito de las muchas protestas en oficinas de las comisiones de Derechos Humanos tanto nacional como locales, sería conveniente preguntarnos, ¿quién no ha sido víctima por lo menos una vez?, ¿quién no se ha sentido agraviado en algún momento?, ¿quién no ha visto lesionados sus derechos humanos?

¿Quién no ha tenido deseos de romper, de destruir, de gritar, de golpear, de manifestar su enojo, su frustración, su rabia, cuando se ha sentido impotente, porque alguien lo ha despojado de su condición de ciudadano, de persona, de ser humano y no hay una instancia que nos proteja, no hay institución que nos acompañe, no hay oficina que nos atienda?

En ese sentido, México es un país de víctimas y victimarios. Un país en el que cualquiera puede ser atacado en su persona, en sus posesiones, en su tranquilidad. Pensemos, por ejemplo, en cientos de miles de trabajadoras y trabajadores que salen de su casa al amanecer, hacen un recorrido de 2 horas, mediante transbordos de uno a otro sistema de transporte, cumplen con su jornada laboral y de regreso, sufren un asalto en el microbús donde deben entregar su pago semanal y su teléfono celular.

Esa no es una situación excepcional sino una posibilidad constante. Cada vez que una persona se dirige a su empleo corre el riesgo del despojo y de la agresión. Hoy, cuando el uso de tapabocas por la pandemia aporta un anonimato generalizado, el terror en el transporte público se acentúa y todas y todos se miran con desconfianza y miedo.

Hay casos mucho más graves, asesinatos, desapariciones, violaciones, acoso, feminicidios, agresiones sexuales, que en mayoría apabullante se dirigen contra mujeres y menores de edad. Estos últimos delitos, los que implican violencia de género o sexual, presentan el agravante de que, en muchos de los casos, los perpetradores son familiares, amigos, maestros. ¿Cabría siquiera un reproche al grupo social que toma el edifico de una institución, cuya responsabilidad es custodiar sus derechos humanos, pero no lo ha hecho en 30 años de existencia?

Y, peor  todavía. ¿Qué decir de las autoridades que reprimieron a mujeres que tomaron las instalaciones en Ecatepec, para manifestar su hartazgo ante la violencia de género, la impunidad para los agresores, la indiferencia de los impartidores de justicia, los procedimientos que parecen diseñados para revictimizar y la negación de la realidad por parte de políticos del más alto nivel?

En la ceremonia de la “Antigrita” que realizaron las mujeres agrupadas en el Frente Nacional Ni Una Menos, en las instalaciones de la CNDH en el centro de la Ciudad de México, el martes pasado se sucedieron los testimonios, cada uno más estrujante que el anterior. Uno sólo de esos hechos sería suficiente para dolerse y entender.

Pero no fue uno. Se reunieron unas 300 mujeres víctimas o madres de víctimas. Muchas de ellas han pasado años, lustros, décadas, cumpliendo cada uno de los requisitos, presentándose a oficinas, hablando con uno y otro burócrata, suplicando, pidiendo, exigiendo, sin resultados, sin respuesta, sin atención.

También la tarde del martes, colectivas feministas tomaron simbólicamente las instalaciones de la Comisión de Derechos Humanos de Yucatán donde recordaron a Henrietta, Suemi, Yazmín, Irlanda y Fernanda, víctimas de feminicidio en la entidad en lo que va del año. La nota de Lilia Balam, publicada en Informe Fracto refiere que exigieron justicia: “La que quiera romper, que rompa, la que quiera quemar, que queme, y la  que no,  que  no estorbe”, repitieron el lema de Yesenia Zamudio, madre de una joven asesinada.

¿Por qué destruyen, rompen, pintarrajean, toman instalaciones, las convierten en refugios, deciden que ya no obedecerán más, retan a la autoridad, exigen la presencia de los más altos funcionarios y se niegan a recibir la misma respuesta que les han dado cientos de veces? Porque hoy,  la paciencia, virtud que se ha endilgado a las mujeres, como si fuera obligatoria de la condición  femenina, se nos agotó.

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Okupas en la Comisión Nacional de Derechos Humanos

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de la toma de las instalaciones de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, el miércoles 2, a cargo de familiares de personas a quienes se han violado los derechos humanos, hartos de enfrentarse a burocracias insensibles, cabe preguntarse si las propias autoridades federales abonaron  a la escalada de este conflicto, primero con respuestas insuficientes y en los últimos días con intentos de desacreditar a los genuinamente inconformes.

Cerca de dos decenas de personas que acudieron a entrevistarse con Rosario Piedra Ibarra, titular de la CNDH, para exigir su actuación en los casos de violación a los derechos humanos como desaparición forzada y abuso sexual contra una niña en una escuela de San Luis Potosí, decidieron permanecer en las instalaciones del organismo hasta la resolución de sus demandas.

Ese día solicitaron entrevistarse con el subsecretario de Derechos Humanos de Gobernación, Alejandro Encinas y la intervención directa del presidente de la República, Andrés Manuel, López Obrador. La CNDH señaló ese mismo día en un comunicado que no obligaría a los manifestantes a abandonar el inmueble, para no victimizarlos nuevamente, reconociendo su vulnerabilidad.

Silvia Castillo,  madre de un joven asesinado en 2019 también en San Luis Potosí y Mónica Alemán, madre de la pequeña atacada  en 2017 en un colegio privado de la misma entidad, informaron el jueves 3 que Encinas las recibió a las 8 de la mañana de ese día. Expusieron su determinación de continuar con la ocupación hasta obtener la garantía de la Suprema Corte de Justicia de castigar a los culpables de los delitos.

Los familiares, no obstante abandonaron más tarde el edificio de República de Cuba N° 60, en el Centro Histórico, ante la respuesta de las autoridades, con excepción de Silvia Castillo a quien se sumaron varios colectivos feministas que a la una de la tarde del viernes ingresaron a las instalaciones.

 Integrantes de las organizaciones Frente Nacional Ni una Menos México, Aequuus, Promoción y Defensa de los Derechos Humanos  agregaron la  petición de reconocimiento de los hijos de víctimas de desaparición y de feminicidio, a fin de que reciban atención integral. Ahí mismo, advirtieron acerca de su decisión de multiplicar las tomas de instalaciones públicas, especialmente las relacionadas con la impartición de justicia, porque su desinterés o complicidad han alimentado la impunidad.

El domingo 6, el grupo feminista Bloque Negro se sumó al movimiento. Se explicó que no devolverían las instalaciones, en cuanto que el movimiento se constituía en “okupa”. Sustituyeron el nombre de la CNDH por el de “Ocupa, Casa de Refugio Ni Una Menos México” para albergar a familiares de víctimas de  feminicidio, desapariciones, ejecuciones extrajudiciales y homicidios dolosos, así como mujeres que sufren violencia de género.

Para no dejar duda de su indignación, lanzaron por las ventanas y quemaron algunos muebles y mostraron un retrato de Francisco I Madero, que intervinieron con pintura en aerosol, con la intención de subastarlo para recolectar fondos destinados a  sostener el movimiento, al que, más adelante, se sumaron retratos de Miguel Hidalgo, José María Morelos y Benito Juárez, en las mismas condiciones.

El lunes, la Comisión expuso su deseo de recuperar expedientes que se encontraban en el edificio para evitar que se desatendieran los casos de víctimas de distintas violaciones de derechos humanos. El martes 5, las ocupantes lanzaron algunos documentos por el balcón y sacaron la mayor parte a la calle. Por la noche, personal de la dependencia los recogió trasladándolos en cajas hacia una camioneta para su resguardo.

El presidente Andrés Manuel López Obrador ha calificado como conservador el  movimiento, al tiempo que la presidenta de la CNDH Rosario Piedra Ibarra manifestó su sospecha de intereses detrás de la toma de instalaciones. Ayer, miércoles, algunas integrantes de esta ocupación se reunieron con Olga Sánchez Cordero, Secretaria de Gobernación. Hasta aquí la cronología de los hechos.

 Mi reflexión es en torno al cúmulo de sufrimiento de los familiares de las víctimas de desaparición, de feminicidio, de agresión sexual, de homicidio, quienes, durante lustros, han sido ignorados, humillados, burlados por  autoridades insensibles, ineptas, irresponsables, de los tres órdenes de gobierno y de los distintos poderes, sobre todo, de los encargados de impartir justicia.

Poner en duda la legitimidad de su lucha, dificulta la resolución del problema, contribuye a radicalizar el movimiento y recrudece la calidad de víctimas de quienes lo han sido no solamente por la pérdida o daños a un ser querido, sino por una de las mayores lacras de nuestro país, la impunidad construida y solapada desde las altas esferas del poder.

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La multiplicación de los partidos políticos

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de negocios es innegable que, en México, constituir un partido político es uno de los más redituables. El próximo año, cuando se llevarán a cabo las elecciones intermedias, consideradas las más  grandes en la historia dado el número de puestos a elegir, los mexicanos entregaremos a esas organizaciones 7 mil 226 millones de pesos.

Sin tomar en cuenta la crisis económica mundial, caracterizada por el Secretario de Hacienda, Arturo Herrera, como la peor desde 1932, ni la gran cantidad de recursos que requieren los servicios de salud para enfrentar la pandemia de COVID 19 y sin que importe el deseo explícito de la mayoría de los mexicanos, expresado con su voto, de reducir el número de estas organizaciones, volverán a recibir cantidades ofensivas en un país donde todavía más de la mitad de los habitantes vive en condiciones de pobreza.

A los que operan actualmente, pretenden sumarse siete más a nivel nacional, si es que el Instituto Nacional Electoral les otorga el registro. Algunos de ellos ya recibieron la negativa de los electores a su permanencia en el mapa político nacional, cuando no obtuvieron la cantidad de votos necesarios para sobrevivir. Otros, han demostrado su propensión a la ilegalidad en múltiples ocasiones y de todas las maneras posibles.

Me parece inconcebible, por ejemplo, el intento de Felipe Calderón Hinojosa, de continuar abrevando del erario público, mediante la fórmula de liderar un partido político denominado México Libre. Ha demostrado su proclividad al fraude electoral desde 2006, con las consecuencias que todos padecemos; luego, en el 2018 con la candidatura de su esposa, Margarita Zavala, cuando también encontraron miles de firmas apócrifas y ahora, aun antes de conseguir el registro, ya fue sancionado con 2.7 millones de pesos por opacidad en el origen de sus recursos.

La historia del ocupante de la presidencia de 2006 a 2012 debería ser suficiente para  inhabilitarlo de inicio. Su secretario de Seguridad Pública está sometido a juicio en Estados Unidos por sus nexos con el narcotráfico. Periodistas como Carmen Aristegui, Anabel Hernández, Olga Wornat y Jesús Lemus han denunciado que fueron censurados, perseguidos y, en algunos casos, encarcelados, torturados u obligados a exiliarse, como consecuencia de sus investigaciones periodísticas durante el calderonato.

El ex director de Pemex, Emilio Lozoya, lo ha mencionado entre los responsables de la estrategia de privatización y desmantelamiento de la paraestatal, mediante el proyecto Etileno XXI desde 2003 como secretario de Energía y, luego desde la presidencia de la República, incluso facilitando créditos a Odebrecht a través de NAFINSA y el Banco Mexicano de Comercio Exterior.

¿Por qué los mexicanos tendríamos que seguir manteniendo a quien tanto daño ha hecho al país, a través del financiamiento público a su partido y, en el peor de los casos, pagándole un salario si, en mala hora, obtuviera alguna diputación plurinominal, considerando su experiencia en manipular los procesos electorales?

Otro de los partidos que pretende su registro es Redes Sociales Progresistas, cuyo dirigente visible es René Fujiwara, nieto de la ex dirigente sindical Elba Esther Gordillo, verdadera dirigente de la agrupación, como antes lo fue del Partido Nueva Alianza, con duración de 2005 al 2018, cuando se alió con el PRI y perdió su registro al no obtener la votación necesaria.

El Partido Encuentro Social, nació en 2014, perdió su registro federal en 2018 porque no logró el 3 por ciento de los sufragios, aunque lo mantuvo en algunas entidades. Hoy pretende recuperar su calidad de partido político nacional, no obstante el rechazo del electorado en los comicios anteriores.

Las otras cuatro organizaciones que buscan el registro son: México Partido Político Nacional, Fuerza Social por México, Alternativa PPN y Súmate, casi todos encabezados por antiguos panistas y priístas.

El sólo hecho de que tales personajes aspiren a constituir un partido político resulta indignante, si además tenemos que alimentar sus ambiciones con el dinero que hoy más que nunca requerimos para sobrevivir como nación, constituye una grave afrenta.

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