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Editorial

El derecho al Fuego

Otto Cuauhtémoc Castillo González

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El Fuego tiene la propiedad de hipnotizarnos. Podemos ver la llamita bailar y bailar en completa concentración sin mayor dificultad. Tan fuerte y misterioso es su velo que hasta Heráclito de Éfeso determinó que el fuego es la primera materia y la primera fuerza. Su filosofía tenía la idea central de la lucha indisolube de contrarios, una protoconcepto de la dialéctica marxista.

En cierto sentido, el fuego tiene una suerte de purificación.

Las raíces socioculturales profundamente misoginas y machistas de México aún siguen persistiendo en el 2020. Esto es evidente desde la negativa de un amplio sector que se niega y horroriza del uso de un lenguaje incluyente y no sexista, hasta la perpetración de los crímenes en razón de género más perturbadores.

Esta semana muchas personas nos levantamos con la noticia de Fátima, víctima de violencia de género a los 7 años. Fátima fue secuestrada, torturada y asesinada. México, machista hasta los huesos, revíctimiza a la madre de familia que llegó 20 minutos tarde por su hija, en vez de focalizar la atención en la persona agresora y el sistema sexista que mantiene y reproduce la violencia. Muchas personas volvimos a sentir la desesperanza de estar viviendo en un Estado de Derecho inservible, en un país roto de la médula hasta la esperanza. El desasosiego, el miedo y la indignación ya son una constante.

Slavoj Žižek, citando a Frederich Jameson, afirmó que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, horizonte y origen que comparten todas las violaciones de derechos humanos. Dicho de otro modo, parecierá más sencillo -y más realista- aniquilar todas nuestras estructuras que reformarlas.

El presidente (inusualmente, con mínusculas) durante la mañanera ha pedido a las feministas que no pinten las paredes y las puertas, dando a entender que “no son las formas” de exigir la efectividad de los derechos. Se atrevió a publicar un decálogo estéril en contra de la violencia de género cuando en su propia administración se recortó el presupuesto para refugios a mujeres víctimas de violencia.

Pintar paredes y puertas es lo menos. El presidente y muchísimas personas no entienden que no existe objeto ni manifestación artística, pintura, escultura u obra arquitéctonica, que sean más valiosas que la dignidad humana. Los daños y destrucción de éstos no son más que una respuesta ante la indignante situación que atraviesa el país, y que afecta especialmente a las mujeres.

Regresando a las “formas” de exigir los derechos, José Martí, el Apóstol cubano, durante un brindis celebrado en honor del periodista Adolfo Márquez Sterling, el 21 de abril de 1870, en los altos del restorán El Louvre, de La Habana, exclamó: Los derechos se toman, no se piden; se arrancan, no se mendigan.

Es necesario quemar todo. Están en su derecho. Empecemos, por supuesto, por el lenguaje. Continuemos por el sexismo. Terminemos, claro, por quemar todo.

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El pasado nos alcanzó

La irresponsabilidad mata

Ricardo Maldonado Arroyo-

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La frase que sirve de título al presente texto es lema de una campaña del Gobierno del Estado de Yucatán relacionada con el Covid-19. Apareció en espectaculares de varios puntos de la ciudad, acompañada de imágenes de personas hospitalizadas con mensajes como “¿ya no aguantabas el encierro?”, “¿tantas ganas tenías de ir a la playa?”, “¿disfrutaste esa fiesta con amigos?”. En un principio consideré desafortunado que gastaran nuestros impuestos en una estrategia de comunicación cuyo objetivo es echar más leña al fuego en una sociedad polarizada, temerosa y en duelo, y que tampoco proporciona información valiosa para prevenir el Covid-19.

Sin embargo, tras reflexionar con detenimiento, me inclino a pensar que quizá el lema describe muy bien las decisiones tomadas por el Gobierno del Estado en los últimos meses de confinamiento. Esta es mi lectura:

La irresponsabilidad mata porque ciega ante las condicionantes socioeconómicas que impiden protegerse de los contagios. Para diseñar estrategias contra la pandemia, no bastaba con reunir a secretarias y secretarios de gobierno, encumbrados líderes de cámaras empresariales o la crema y nata de la política local. Era necesario que aquellas reflejaran la voz de obreros, amas de casa, pequeños comerciantes, albañiles, carniceros, trabajadoras domésticas, secretarias, entre otros miembros de una clase trabajadora cuya realidad es sensiblemente diferente a la de quienes están tomando decisiones. Hay consecuencias prácticas de tales decisiones que cualquier usuario(a) de transporte público con jornada completa de trabajo pudo prever. Es ahora, no sólo durante las campañas políticas, que es preciso recoger sus inquietudes.

La irresponsabilidad mata porque antepone intereses empresariales y políticos a la salud de la clase trabajadora. La insistencia en reportar disponibilidad en hospitales donde el personal de salud llevaba semanas clamando auxilio, sacó a flote los intereses que prevalecen en Palacio. El Gobierno del Estado montó un teatro mediático para anunciar la habilitación del Centro de Convenciones Siglo XXI como hospital temporal, pero omitiendo que no contaba con personal de salud. ¿De qué sirven las camillas y los ventiladores sin profesionales que atiendan? La escenografía se cayó con las contradicciones entre los semáforos del gobierno federal y local, hasta que el Gobernador admitió que los hospitales estaban saturados. En medio de la polémica, grandes empresarios aprovecharon el semáforo naranja para reactivar la producción y los servicios que les generan ganancias, sin garantizar condiciones óptimas para los trabajadores.

La irresponsabilidad mata cuando fomenta la perversa clasificación de personas en responsables e irresponsables, buenas y malas, conscientes e inconscientes. Esta visión reduccionista del Covid-19 ignora deliberadamente que nadie desea “matar” a sus seres queridos ni hay forma de saber la circunstancia exacta en que se dio el contagio. La sociedad yucateca está herida y los próximos años seguirá llorando a sus muertos. ¿Qué pensarán los familiares de las personas fallecidas cuando vean esos espectaculares? ¿Cómo se sentirán quienes visitaron a familiares o amistades, por razones que no podemos juzgar sin conocer sus motivaciones? ¿Qué sentirá la persona que estuvo encerrada a piedra y lodo y, sin embargo, fue hospitalizada de gravedad? ¿Desea el Gobierno del Estado añadir encono y remordimiento a un proceso de enfermedad que de por sí es confuso y trágico? ¿Se le habrá olvidado su otro lema: “unidos como uno solo”?

Ni sociedad civil ni gobierno causaron esta pandemia; además, nuestra respuesta es un complejo entramado de acciones individuales y colectivas. Por tanto, al Gobierno del Estado no le corresponde erigirse en juez de las primeras, sino en líder de las segundas. Es honesto admitir que ha tomado decisiones sensatas, como suspender clases o entregar despensas y apoyos económicos a personas desempleadas, pero se opacan con su displicencia ante las condiciones en que vive la mayor parte de la sociedad yucateca que, definitivamente, no se encuentra en playas ni fiestas con amigos. Estoy de acuerdo, sembrar discordia en medio de una crisis sanitaria global es irresponsable.

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Editorial

Tiempos de oscuridad y oscurantismo

Mario Alejandro Valdez

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Nuestra imagen de la Edad Media está vigorosamente vinculada con tres elementos concomitantes: el predominio de la religión, una extendida ignorancia y la abrumadora presencia de enfermedades epidémicas, la peste en particular. Es, por antonomasia, el tiempo de la oscuridad y el oscurantismo, del que, si nos atenemos a una lectura superficial, fuimos arrancados en primera instancia por el humanismo renacentista, y luego por el racionalismo ilustrado. Ingenuo optimismo: como lo está demostrando contundentemente la actual pandemia, el temor a lo desconocido y, sobre todo, el miedo a la muerte, nos llevan como humanidad, al abandono de la ciencia y el progreso, conduciéndonos a refugiarnos en explicaciones sobrenaturales, actitudes irracionales y teorías descabelladas.

Ahora que las redes sociales nos permiten una ventana inmediata y con escasa censura a los diferentes imaginarios, nos encontramos con la reaparición de conductas y pensamientos que consideramos superados, o impropios de personas preparadas y comprometidas con el progreso. Así, cuando el gobernador Mauricio Vila anunció en días pasados sus jurídicamente cuestionables medidas de control nocturno de la movilidad, las esperadas y legalmente sustentadas protestas de un abigarrado grupo de ciudadanos fueron rabiosamente contestadas, no por el gobernador y sus simpatizantes, sino por un amplio grupo de profesionales de la salud, quienes, en términos generales, esgrimieron los argumentos de su absoluto agotamiento físico y el drama de la pérdida de compañeros para justificar la violación legal. Al cuestionarse que el control de la movilidad por unas pocas horas nocturnas no tendría mayores efectos –algo que ya estamos observando, lamentablemente- la respuesta resultó incomprensible, y se puede resumir de la siguiente manera: efectivamente las medidas no servirán, y el gobierno miente, pero ustedes son PEOR que el gobierno en su afán de salir a todas horas, hacer fiestas y emborracharse sin parar. ¡Quitemos los derechos, pues, aunque no sirva de nada!

Por otro lado, diversas iglesias han continuado, generalmente con el ilegal apoyo de los gobiernos municipales, realizando actos religiosos, si bien en menor cuantía y con algunas medidas de higiene y distancia social, pero sin duda con un efecto significativo en el crecimiento de la pandemia. Procesiones, rituales y asambleas se realizan en templos, calles y domicilios, en abierto desafío a las disposiciones sanitarias, con lo que sacerdotes y pastores mandan a su feligresía mensajes incongruentes y falsos. La idea de que una fiesta de alcohol es irresponsable, pero una asamblea religiosa es pertinente es una soberana estupidez que sólo se actualiza ante la ignorancia generalizada sobre los mecanismos de transmisión de la enfermedad que ahora nos agobia.

En el fondo, lo que encontramos es que una gran cantidad de personas se niega a reflexionar seriamente sobre esta amenazante patología, prefiriendo pensar que “portándose bien” se mantendrá al margen de la pandemia, y que sólo se contagian y mueren los irresponsables, egoístas y pecadores. Desde esa perspectiva, se niega el que enfrentemos una pandemia peligrosa por su novedad y la ausencia de vacunas y tratamientos, reduciéndose el hecho, como tantas otras veces en la historia humana, al expediente del castigo divino. Muy convenientemente, los líderes religiosos abonan a esta percepción, que les permite situarse de nuevo por encima de la ciencia y de los derechos humanos.

La situación parece insuperable. Los gobiernos están demasiado ocupados en resolver el problema sanitario y en defender y/o acrecentar su capital político. El personal sanitario está al borde del colapso; el sistema educativo se encuentra paralizado; las iglesias, en el ejercicio de sus funciones, amplían el horizonte de su influencia. Cada día nos vamos convenciendo de que la duración de la coyuntura se contará por meses y años, y aunque nos preocupe en grado sumo el retroceso generalizado que observamos en el campo de las ideas, el compromiso por sobrevivir y seguir luchando por los nuestros consume la mayoría de nuestros afanes. Tiempos oscuros, y de oscurantismo, que nos remontan a lo que vivieron nuestros antepasados medievales y nos convence de que NO SIEMPRE la Historia es magistra vitae.

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A propósito de…

Sobreviviendo Ayotzinapa

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de los nuevos datos de las investigaciones respecto a la desaparición de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural Isidro Burgos, luego de casi seis años, resurge la pregunta: ¿Cómo han podido sobrevivir los padres, las familias y las comunidades de la zona a un golpe tan demoledor, a la incertidumbre acerca de la situación de los hijos, a la indiferencia y desprecio de las autoridades de todos los niveles de gobierno durante el sexenio pasado?

Los padres de los jóvenes desaparecidos han resistido con una fuerza y una perseverancia difíciles de explicar en sus circunstancias, en medio de un dolor capaz de devastar a cualquier ser humano ¿Qué mantiene su determinación, a qué se aferran para enfrentar una lucha de tales dimensiones cada hora durante más de 2 mil días? Solamente lo puedo explicar porque tienen un propósito: encontrar a sus hijos con vida, saber la verdad y cerciorarse de  que la justicia se aplique.

Con esta pregunta en la mente, me encuentro con el estudio de FUNDAR, Centro de Análisis e Investigación AC, “Yo sólo quería que amaneciera. Impactos Psicosociales del Caso Ayotzinapa”,  de un grupo interdisciplinario integrado por psicólogos, médicos, antropólogos, coordinado por  Ximena Antillón Najilis, quien se ha especializado en acompañamiento psicosocial de víctimas de graves violaciones a los derechos humanos.

Se trata de una serie de testimonios de las familias de los jóvenes heridos y  de familiares de los 43 estudiantes, así como la interpretación psicológica frente a las diversas etapas: el intento de  criminalización de los normalista por parte del gobierno; la búsqueda individual de madres y padres que los llevó a recorrer cerros y minas; la inacción de las autoridades para encontrarlos; la premura por cerrar el caso; el invento de la llamada “verdad histórica” y la lucha por conocer la verdad-verdad y por difundir lo sucedido, “para que no se repita

Los relatos de madres y padres dan cuenta de que el ingreso de sus hijos a la normal rural responde a la necesidad de acceder a una de las pocas oportunidades de educación superior, además de no representar una carga económica durante su formación, pues la escuela contribuye a la manutención de los estudiantes.

Los hechos – exponen los autores – sobrepasan la capacidad psíquica de elaboración de los familiares y aparece la negación como un mecanismo de defensa, que posteriormente da paso a la aceptación de los hechos, con una enorme dificultad para darles sentido.

Aquí, algunas de las dolorosas expresiones de los familiares:

 “Después de esto pues fue como una pesadilla y aún sigo pensando que es una pesadilla, que quisiera yo despertar de esa pesadilla y que todo eso no fuera”.

Sí, porque es un martirio de todos los días estar pensando, que si ya comerían, que si no estarán pasando frío, que si no los estarán torturando o qué pasa, o sea en la cabeza te vuelve loca, ya no sabes ni qué pensar

Siempre tenemos así como un nudo, como que nos falta algo, y la verdad que sí nos falta. Nada comparable con lo de antes, antes estábamos contentos, si una vez comíamos al día estábamos muy contentos. Hoy, aunque comemos las tres veces al día, no estamos contentos. Es por eso que así vamos llevándola, así vamos viviendo

Pues pensando que dónde estarán o qué les estarán haciendo, ¿tendrán de comer, tendrán alguna ropa para taparse? Uno qué sabe pues

“¡Qué diera yo porque ya llegara mi hijo, verlo llegar, bajar de ese carro, que ya viene! Porque siempre cuando estaba en la escuela, en la Prepa, él siempre paraba el carro ahí al frente, ya veía yo que se paraba la camioneta y ya veía que se bajaba él. Y ahora así pasa, a veces se paran luego los carros y digo: “¿Vendrá mi hijo ahí?”. Y así me la paso, pensando, esperándolo y esperándolo, por eso digo yo que esto es lo peor que le puede pasar a una madre que uno está sufriendo

“Yo sólo quería que amaneciera. Impactos Psicosociales del Caso Ayotzinapa” dedica un capítulo a la forma en que los hechos afectaron a niñas y niños.

Antes no dormían – manifiesta un menor respecto a sus padres – esperaban que él llegara, todos estábamos dormidos menos ellos. Ya jamás duermen. Mis papás estaban tristes, nosotros nos quedábamos con mi abuelita. Ahora no nos dejan platicar de él. Yo juego para extrañarlo menos.

Respecto a la pregunta inicial acerca de cómo han podido sobrevivir las familias de los normalistas a un golpe tan devastador, los autores del estudio de FUNDAR sostienen que la búsqueda de justicia es una forma de afrontamiento del duelo traumático y se convierte en el motor y el centro del proyecto de  vida.

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