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El pasado nos alcanzó

A cuántos difuntos recordamos

Ricardo Maldonado Arroyo-

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La tan esperada cita anual de los Fieles Difuntos se conmemoró con un festín cargado de nostalgia. Las fotografías de quienes han fallecido estuvieron alumbradas con la tenue luz de veladoras, mientras las personas vivas nos dimos a la tarea de comer pib, xek y pan hasta el hartazgo. Seguramente cada familia tiene plenamente identificadas a las personas en cuya memoria realizaron ofrendas, y aprovecharon la ocasión para reunirse y departir. Quizás mi reflexión rompa con el espíritu emotivo de estas fechas, pero considero pertinente preguntarnos quiénes son los fieles difuntos, analizar a cuántas personas recordamos este año como sociedad, cuáles son las causas por las que estamos muriendo y qué dicen de nuestras circunstancias actuales.

De acuerdo con el INEGI, el número de fallecimientos ha aumentado en México de 539,540 en 2008 a 722,611 en 2018. Aunque pudiera ser lo esperado ante el incremento de la población, la tasa de fallecimientos, es decir, el número proporcional de muertes, también siguió una tendencia ascendente: pasó de 4.9 a 5.7 por cada mil habitantes durante el mismo periodo. En una década (2005-2015) decayó ligeramente nuestra esperanza de vida, pasando de 77.8 a 77.6 años para las mujeres, y de 72.6 a 71.9 años para los hombres. ¿Por qué está viviendo menos la población? Según el gobierno federal, porque en años recientes hubo un mayor número de muertes relacionadas con la diabetes mellitus y causas violentas. Si se observa el panorama completo, enfermedades del corazón, diabetes mellitus y tumores malignos provocaron casi la mitad de los decesos en 2018, mientras el 11.5% corresponden a defunciones accidentales y violentas.

¿Qué podemos concluir de estos datos? Enfermedades crónico-degenerativas y tumores nos están obligando a despedirnos de nuestros familiares y a reflexionar acerca de nuestros hábitos. La salud se nos ha vuelto un problema prioritario de atención (incluso si escribo esto con un pib y un refresco de cola en la mano). Sin embargo, quisiera prestar atención a quienes han fallecido de manera accidental o violenta, las víctimas de profundos problemas sociales que no hemos logrado resolver. Al respecto pienso en los altares ocupados en Yucatán con las fotografías de las 230 personas fallecidas en accidentes de tránsito ocurridos en 2018, a las 59 asesinadas el mismo año o a las 246 que se suicidaron. Pienso en las 28 víctimas de feminicidio entre 2014 y 2019, las 12 víctimas de crímenes de odio por homofobia entre 2013 y 2018, así como los 9 hombres muertos en cárceles a manos de policías entre 2018 y 2019. Trato de imaginar el dolor por las circunstancias de la muerte y la sensación de impotencia cuando la injusticia ha sido la forma de despedirse de este mundo.

Pienso, sobre todo, en las más de 37,000 personas desaparecidas en México, cuyas familias viven en la incertidumbre, sin siquiera poder ofrecer flores a quienes recuerdan con afecto. ¿Seguirán vivas, habrán muerto? ¿En qué circunstancias? Desaparecer significa nunca poder despedirse, nunca terminar de aliviar el dolor. No saber si es mejor dejar encendidas las luces de afuera para cuando regrese esa persona, o colocarle comida y chocolate para cuando su espíritu visite nuevamente el hogar. Por supuesto que he disfrutado estos días en que conmemoramos la muerte y me jacto de haber disfrutado las mejoras viandas hechas en casa, pero no podía dejar de compartir la congoja que me causan las miles de fotografías barajadas entre accidentes, violencia, suicidios y aquellas ausencias que nunca tendrán respuesta.

El pasado nos alcanzó

El feminismo como enemigo público

Ricardo Maldonado Arroyo-

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El pasado 25 de noviembre hubo una marcha silenciosa en Mérida para exigir la erradicación de la violencia contra las mujeres. Antes de iniciar, la policía estatal detuvo a 6 jóvenes por llevar consigo pinturas de aerosol y tijeras, las maltrataron y lesionaron. Esto despertó fuerte polémica porque organizaciones de la sociedad civil denunciaron que la policía realizó detenciones arbitrarias, mientras que otro sector de la población justificó la medida. Los argumentos variaron, desde quien aplaudió el uso de la fuerza pública como medida “preventiva”, hasta quienes invitaban abiertamente a agredir a las manifestantes (irónico, además, por el motivo de la protesta). Cabe mencionar que las detenciones se dieron en el marco de un operativo policiaco de proporciones inusitadas.

¿Pero cuál era el objetivo de dicho operativo? A decir de personas que opinaron en redes sociales, se estaba protegiendo el patrimonio. Y es aquí donde me embargó el asombro. El 25 de noviembre por la noche no se dañó un solo monumento, negocio o vivienda, ni siquiera las bancas públicas o la jardinería. Las mujeres en Mérida protestaron fuertemente vigiladas. Algunas que han vivido episodios de abuso por parte de policías, tuvieron que dominar la zozobra. Al finalizar la manifestación la ciudad estaba impoluta, pero en la mente de muchas personas no estaba esa marcha, estaba la pintura verde con que cubrieron el Monumento a la Madre durante la protesta de septiembre de este mismo año. A pesar de que la manifestación del 25 de noviembre en Mérida fue claramente distinta a la de la Ciudad de México, el linchamiento mediático fue el mismo. Si no hubo daños al patrimonio, ¿por qué la insistencia en apuntar con el dedo a las manifestantes?

Con esto se confirma el poderoso efecto del discurso promovido en años recientes, que ha reducido el movimiento feminista de Yucatán a un episodio irrelevante, creando una imagen distorsionada de las mujeres feministas como peligrosas e irracionales. Sin importar cuántos argumentos fundamentan la protesta, todos se desestiman recordando el Monumento a la Madre, como una especie de afrenta imperdonable que amerita repudio perpetuo y justifica el uso desproporcionado de la fuerza pública. La campaña para desprestigiar el movimiento ha suprimido décadas de lucha de las mujeres y sus múltiples formas de protesta.

En todos estos años el debate público ha prestado escasa atención a la acción colectiva por los derechos de las mujeres. Afortunadamente, hay personas que asocian el feminismo en Yucatán con mujeres que llevan más de dos décadas realizando manifestaciones año con año en el centro de Mérida, incluso, han participado o presenciado algunas de ellas. También conocen las estrategias empleadas, sus principales demandas y los cambios legislativos logrados con el cabildeo de las organizaciones feministas. Saben de casos emblemáticos de violencia por los que han exigido justicia y cuál ha sido la respuesta del gobierno, muchas veces indolente. Es decir, conocen a cabalidad los objetivos, estrategias y logros del movimiento feminista en Yucatán. ¿Usted también los conoce?

Entre tanto, medios de dudosa reputación presentan el feminismo como una amenaza para los bienes públicos y privados, desvíando la atención de todas las violencias que viven las mujeres, incluyendo la saña con que varias han sido asesinadas. Contribuyen a la criminalización de la protesta cuando magnifican el potencial destructivo de un aerosol, o a su ridiculización, como en días recientes, cuando las mujeres entonaron la canción “Un violador en tu camino”. El discurso contrafeminista caricaturiza a las mujeres feministas, las denigra, hace énfasis en su aspecto para descalificarlas a priori. Pero la realidad es esta: nadie ha sufrido lesiones en Yucatán por un ataque con aerosol. En cambio, hasta octubre de 2019 ya se habían acumulado 224 casos contra la libertad y seguridad sexual en el estado. Calcule los casos no denunciados. El feminismo incomoda porque cuestiona nuestros valores y comportamientos, pero no es nuestro enemigo, el enemigo es la complicidad social que favorece la impunidad de los agresores, legitima la violencia y la represión. No nos dejemos cegar con un poco de pintura.

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Dos luchadores contra el VIH/Sida

Ricardo Maldonado Arroyo-

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El 1 de diciembre es el Día Mundial de la Lucha contra el VIH/Sida, ocasión para evaluar la articulación de acciones desarrolladas en el orden global, nacional y local dirigidas a frenar una epidemia que no deja de crecer. Al cierre de junio de 2019, existían 207, 369 casos notificados de VIH/Sida en México. Baste este dato para ponderar la dimensión del problema, pues esta vez, en lugar de analizar las políticas públicas en la materia, quiero dedicar las siguientes líneas a hacer un breve homenaje a dos activistas que contribuyeron tempranamente a la visibilización de la discriminación por VIH/Sida, legándonos un camino abierto hacia la organización de la sociedad civil y la defensa de los derechos humanos. Ambos fallecieron en la presente década, cuyos días están por agotarse.

En 2011 se dio a conocer el deceso de Arturo Díaz Betancourt. Su trayectoria inició al abandonar el seminario de los carmelitas, en una época en la que la corriente de la teología de la liberación inspiraba a acompañar las causas de grupos históricamente vulnerados, como la población homosexual. En 1984 fundó Cálamo, considerada la primera asociación mexicana abiertamente gay, a la que acudieron, inicialmente, hombres homosexuales pero, con la detección de los primeros casos de VIH/Sida, comenzó a atender a personas diagnosticadas con el virus. Arturo Díaz fue uno de los impulsores de la creación de la organización Mexicanos contra el Sida (1990), el suplemento periodístico Letra S (1994), la Comisión Ciudadana contra Crímenes de Odio por Homofobia (1998) y el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (2003). El amplio conocimiento de Arturo Díaz, junto con una actitud firme, pero negociadora, lo convirtieron en protagonista del diálogo con las instituciones gubernamentales y entre organizaciones de la sociedad civil, incluso, en reuniones internacionales.

Otro protagonista de la lucha contra el VIH/Sida fue el escritor potosino Luis González Alba, cuya intensa vida está asociada a las letras, la ciencia y el activismo. Fue uno de los líderes del movimiento de 1968, razón por la que estuvo dos años preso en Lecumberri, donde plasmó su versión de los hechos en la obra Los días y los años. Líder igual de las primeras movilizaciones de los colectivos de la diversidad sexual, junto con figuras como Nancy Cárdenas y Carlos Monsiváis. A principios de la epidemia, en la década de los ochenta, González de Alba fundó la cantina El Vaquero y la discoteca El Taller, que, aparte de ser espacios lúdicos dirigidos a la población LGBTI, sirvieron para proporcionar información respecto a sexualidad y VIH/Sida. Las ganancias de ambos establecimientos le permitieron financiar la Fundación Mexicana de Lucha contra el Sida, creada en 1987. González de Alba se suicidó en 2016, simbólicamente, un 2 de octubre.

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Recordar el trabajo y la entrega de ambos luchadores sociales es, además de un tributo para construir y fortalecer la memoria histórica, una síntesis de los logros de la sociedad organizada en contra del estigma y la discriminación. A casi cuarenta años de los primeros casos identificados de Sida, es importante caer en la cuenta de que han sido años difíciles, que han representado un desgaste personal y social para las personas con VIH/Sida, así como para sus familiares, amistades y aliados, que, afortunadamente, ahora son más. Por eso no es posible cejar en este esfuerzo, porque las políticas públicas no han sido, no son ni serán dádivas del gobierno, son fruto de la lucha de ciudadanas y ciudadanos organizados. ¿Cómo pintan las políticas actuales en salud, particularmente, en la prevención y atención del VIH/Sida? La respuesta amerita una nota adicional, pero puedo resumir que los desafíos continúan. La memoria de quienes dedicaron su vida para detener el estigma y la discriminación, es una lección de que los cambios en nuestro país son impulsados por el espíritu combativo de la sociedad civil.

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El poder unipersonal

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Lo que a continuación expresaré suele despertar más recelo, que simpatía. Sin embargo, le invito a brindarme el beneficio de la duda y leer hasta el final. Justo en el momento más polémico de las acciones del Estado mexicano respecto a la crisis de Bolivia, la jefa de gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum tuvo el desatino de recriminar mediante twitter a quienes se oponen al asilo político del ex presidente Evo Morales, alegando que los mismos no critican Angela Merkel por el tiempo que ha ocupado la cancillería de Alemania. Merkel asumió el cargo en 2005, Morales, al año siguiente. En lo personal, considero que la observación de Sheinbaum es valiosa, aunque desatinada, porque no quiero imaginar cuán embarazoso le resultaría saludar a la canciller de Alemania si visitara la capital del país.

Muchas de las respuestas al polémico twitter fueron viscerales, otras consistieron en análisis sesudos del sistema electoral de Alemania y la imposibilidad de compararlo con el de Bolivia. Considero que también este es un error de perspectiva. Hoy por hoy, en un sistema-mundo unipolar, sostenido a duras penas por Estados Unidos, la inmensa mayoría de sus pobladores vive bajo el ‘manto protector’ de la democracia. Democracias imperfectas, corruptas, algunas fascistas, pero todas presumen ser democracias y elegir libremente a sus gobernantes. Son comparables cuando menos en ese aspecto. La reelección indefinida es reprochable donde sea y es una imprudencia que gente de México defienda arrebatadamente a la canciller alemana. Mejor siéntase en la libertad de cuestionar a Bashar al-Asad, Paul Biya, Alí Jamenei, Aleksandr Lukashenko, Nicolás Maduro, Angela Merkel, Daniel Ortega, Vladimir Putin o a Xi Jinping.

Cuando las democracias modernas se amalgamaron con los nacientes estados-nación, entre ellos, el estado mexicano, el objetivo de los nuevos actores sociales era acabar con el Antiguo Régimen, el cual, en su aspecto político, se asentaba en la existencia de nobles que gozaban de privilegios por su ascendencia, algunos, además, tenían la posibilidad de gobernar por voluntad de la Providencia. La tesis del origen divino del poder justificaba el gobierno vitalicio. Por tanto, un cambio importantísimo en el nuevo régimen fue la participación de la ciudadanía para elegir a sus autoridades, favoreciendo la rotación tanto de personas, como de grupos de poder. Si el objetivo fuera su permanencia, ¿qué sentido tendrían las elecciones? Por eso la reflexión retomada por Sheinbaum debería invitarnos a observar cómo se están configurando las fuerzas el sistema-mundo alrededor del poder unipersonal.

No son pocos los nombres de quienes se han adherido a la silla del gobierno con el pegamento más resistente, convirtiéndola en el trono de la democracia. No me malinterprete, el objetivo no es descalificar a Morales por emprender políticas públicas en favor de los pueblos originarios, ni a Merkel por conducir exitosamente a Alemania en negociaciones económicas y diplomáticas; el objetivo es revelar que la nobleza de sangre justificada por la voluntad divina, ha sido reemplazada por una nobleza electoral justificada por la voluntad popular. Un proyecto de gobierno que tiene sólidas bases sociales no puede descansar en una sola persona. Afirmar que solo una puede dirigir el destino de un país equivale a suprimir la capacidad y empuje de otros liderazgos que den continuidad a proyectos exitosos o acaben con gobiernos infaustos. Si la democracia descansa en una sola persona, entonces no es tal o debería llamarse de otra forma. ¿Cómo le llamaría usted?

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