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El pasado nos alcanzó

Tragicómica guerra mundial

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Es ampliamente reconocida la capacidad de la población mexicana de reírse de todo. Hay una necesidad y una suerte de mecanismo de defensa que nos lleva a construir realidades hilarantes, y la guerra no es excepción. La amenaza de confrontación entre Estados Unidos e Irán, que se ha traducido en los primeros ataques armados, es un asunto de la mayor seriedad, pero nuestra percepción oscila entre el análisis de las complejas relaciones internacionales, que se miran distantes, y una crítica ácida al imperialismo estadounidense, que se siente tan cercano. Me permito sugerir una explicación de por qué la amenaza de una guerra mundial se expresa como las dos caras de una misma moneda.

Según la politóloga británica Mary Kaldor, en Estados Unidos y Europa han vivido las últimas décadas entre nuevas formas de guerra y “guerras imaginarias”. Paralelo a los costos humanos y materiales de los enfrentamientos bélicos posteriores a la Segunda Guerra Mundial, emergió una narrativa de “guerra imaginaria” que ha servido para justificar las decisiones de los estados involucrados. Desde la Guerra Fría se insistió en una posible conflagración a escala global cuya consecuencia más temida es el holocausto nuclear. No es que esto no pueda suceder, sino que dicha narrativa ha construido comunidades políticas imaginadas que, representadas como actores de guerra, se clasifican en buenos y malos, terroristas y víctimas, enemigos y aliados, que no son sujetos aislados, sino masas, pueblos enteros.

Bajo esta lógica, hay afuera de Estados Unidos y Europa grupos “árabes”, “terroristas” y “extremistas” que se imaginan como una masa sedienta de venganza. El cine ha contribuido a consolidar esta “guerra imaginaria” con sus escenarios apocalípticos y distópicos. La mayor parte de la población estadounidense y europea siente la amenaza, pero desde sus casas y ciudades, donde rara vez son perturbados por los estallidos de las armas. Mientras tanto, en Medio Oriente esta “guerra imaginaria” permite justificar bombardeos con proyectiles de largo alcance, la instalación de bases militares, daños “colaterales” en civiles que, al fin y al cabo, son parte de esos pueblos “árabes”, “terroristas” y “extremistas”.

En México, donde la historia ha estado marcada por la expansión territorial y económica de nuestro poderoso vecino del norte, entendemos perfectamente esta simplificación de la amenaza que sostiene a la “guerra imaginaria”. Todavía en años recientes, el presidente de Estados Unidos nos retrató a todos como criminales y abusivos. Por supuesto que el Estado mexicano apuesta por la paz y no desea una tercera guerra mundial, pero siempre cabe la duda: ¿es Irán una poderosa potencia nuclear armada hasta los dientes?, ¿su capacidad destructiva supera a la de Estados Unidos?, ¿escalará la confrontación hasta abarcar a todos los actores mundiales o se suprimirá al actual gobierno iraní para instalar uno proclive a Estados Unidos?, ¿está Estados Unidos eliminando una amenaza mundial o, sencillamente, protege sus intereses económicos? Sabemos que se aproxima una tragedia, pero desconocemos su dimensión. Mientras tanto, y dudando del imaginario que siembra el terror en nuestros vecinos, las redes virtuales se llenan de bromas al respecto, demostrando que la única cosa que nos interesa aportar en una guerra, son memes.

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El pasado nos alcanzó

Nuestro dictador comunista

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Foto de Julián Durán Bojórquez

Evitaré cualquier crítica al modo de manifestarse, pues cada quien puede hacerlo según sus necesidades y recursos. Tampoco haré mención a consignas clasistas de las caravanas de vehículos contra el presidente de la República, puesto que doy por sentado que toda persona tiene derecho a manifestarse, incluso si el mensaje es incoherente o prejuicioso. Trataré de huir de la generalización, porque sé que en las caravanas del 30 de mayo, 13 y 27 de junio hubo personas con diferentes propósitos y perspectivas. Lo que en realidad deseo subrayar es que le están haciendo un gran favor a AMLO, están incrementado su popularidad en medio de la pandemia.

Debo aclarar que no guardo especial simpatía ni antipatía por nuestro gobernante. Me considero un ciudadano en libertad de ejercer la crítica, razón por la cual observo con desconfianza los mensajes desorganizados y de mayúscula torpeza tratando de expresar rechazo. ¿Pero el rechazo a qué o a quién? Como una especie de “Sabadazo” cada quien grita lo que se le ocurre: consignas anticomunistas sacadas de los arcones de 1960, líderes pro vida que aprovechan cualquier espacio para pedir que penalicen el aborto o que desprecian el contenido de los libros de texto gratuito (sin haber leído uno tan siquiera), personas temerosas de que les expropien sus empresas y cuentas bancarias, pitonisas de nuestro inminente destino como Venezuela del Norte.

En medio de este variopinto espectáculo, el único punto en común es la exigencia de destituir al Presidente. Como bien señaló un manifestante en León: “tenemos todo el derecho a pedirle que se vaya”. Tal vez ignora que apenas en 2019 se aprobó la revocación del mandato en México y que aún hoy el juicio político no aplica para el Ejecutivo Federal. El artículo 108 de la Constitución contiene vagos conceptos que podrían llevar a la destitución como “traición a la Patria” o “delitos graves”, sin especificar cuándo ni cómo. Entonces, si existe una genuina preocupación por limitar las administraciones presidenciales que oprimen a la población, la primera exigencia tendría que ser un marco legal que lo permita. Y mire que hemos tenido más de un presidente merecedor de juicio político. Por otra parte, reemplazar a un presidente a mitad de su gestión, es un proceso altamente complejo y con costos políticos y económicos. ¿Es lo que nuestro país necesita ahora?

El ejercicio electoral con vías a la revocación del mandato, cuando el Presidente conserva gran popularidad, es un arma de doble filo. Si de por sí López Obrador juega con un peligroso balance entre su voluntad y las instituciones, llevarlo a un escenario de triunfo electoral únicamente lo hará sentirse con mayores atribuciones. Además de que estratégicamente confronta y dirige la mirada a sus adversarios políticos, con nombres jocosos como FRENA o BOA, para proyectar la imagen que desea: una oposición conservadora, clasista y divorciada de los intereses de sectores históricamente marginados. Las caravanas han sido un éxito para AMLO, le han servido de parodia, de caricatura política para invisibilizar críticas más severas y fundamentadas.

Ahí están las comunidades que se oponen al Tren Maya, organizaciones feministas que acusan la forma en que se desestima la violencia contra las mujeres, informes ciudadanos sobre la inseguridad que crece incesantemente, personal de salud padeciendo toda clase de carencias, actos de corrupción de altos funcionarios, desaparición de activistas defensores del medio ambiente, trivialización de las obligaciones del Estado con los derechos humanos, dudosas políticas en ciencia, tecnología, artes y cultura, descalificación del gremio periodístico, por mencionar algunas de las observaciones hechas al desempeño del Presidente.

La mayoría de las organizaciones que han exhibido tales situaciones no piden su destitución, sino que se apegue a las leyes y dirija con formalidad y transparencia las instituciones del Estado mexicano. Porque ahora no está en duda la legitimidad del gobierno, no es un turbio proceso electoral el origen de la relación con la Presidencia, sino un ejercicio del poder que arrastra vicios y genera nuevos. No, López Obrador dista mucho de ser un dictador y, aún más, de ser comunista, pero sí es un gran estratega de la comunicación confusa. Propagar la idea de que la oposición se reduce a un grupo de manifestantes en vehículos de lujo lanzando mensajes erráticos, le viene bien, muy bien.

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El pasado nos alcanzó

Comprender el pasado

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Hace unos ayeres asistí a la presentación de un libro acerca de La Siempreviva, revista literaria publicada entre 1870 y 1872, pionera del feminismo en Yucatán. El mismo nombre recibió la sociedad literaria y la escuela para niñas que funcionó hasta 1886. Usualmente se ensalza la gestión y el trabajo intelectual de La Siempreviva, en particular, de su fundadora, Rita Cetina. Me llamó la atención, sin embargo, que a uno de los presentadores del libro preocupaba sobremanera que las publicaciones de La Siempreviva reflejaran un sesgo racial hacia los pueblos mayas. El presentador no estaba equivocado; Cristina Farfán calificó a la maya como “esa indígena raza malediciente” y Gertrudis Tenorio se lamentaba de los enfrentamientos en Peto de la siguiente manera: “Del indio la mano aleve quema, destruye y desola, y es de un mar de sangre la ola en que enviendolo está”.

¿Cómo valorar entonces la obra de La Siempreviva? ¿Debería vetarse a Farfán y Tenorio, haciendo a un lado su obra en favor de otras mujeres? ¿A Cetina también por difundir este pensamiento? Antes de enjuiciar apuradamente, hay que comprender el contexto histórico de la revista. Aunque la Guerra de Castas había entrado en una fase de relativa calma, sus autoras pertenecían a las clases medias liberales que veían con temor el avance de los rebeldes indígenas, por consiguiente, no compartían su sentir ni sus intereses. A la luz de nuestro presente, sus palabras pueden leerse racistas y clasistas, pero en su tiempo tenían otros significados.

Aplicar nuestro sistema de valores al pasado puede derivar en tres errores. El primero es enjuiciar los actos del pasado con parámetros del presente. Prácticamente cualquier gobernante, intelectual o líder social del siglo XIX puede ser fácilmente tachado de misógino, racista o clasista, categorías con las que ahora pretendemos construir una sociedad incluyente e igualitaria, pero que antes no existían. ¿Qué hacer con ellos? ¿Dejar de leerlos, escucharlos o borrar sus nombres de todo homenaje y registro? El segundo es reducir la vida de una persona a los aspectos más oscuros, sin pensar en la complejidad de sus múltiples ideas y acciones. El arquetipo de esta contradicción es la celebrada música de Wagner que contrasta con sus posturas antisemitas.

El tercero es perder de vista nuestra posición respecto al pasado. No es lo mismo valorar el papel de los conquistadores europeos, cuya distancia temporal exige situarnos en su tiempo, espacio y mentalidad, que valorar las dictaduras latinoamericanas del siglo XX, cuyas acciones y consecuencias se resienten hoy en día y sus víctimas y partidarios son personas vivas. Cuando es así, no solo podemos, sino que debemos aplicar nuestro sistema de valores para transformar todo aquello que nos aqueja. El juicio de los chilenos a Pinochet o de los guatemaltecos a Ríos Montt fue pertinente. Igualmente retirar las placas de Díaz Ordaz del metro de la Ciudad de México. Pero ¿qué se obtiene de vetar a personas que vivieron en el siglo XVI o el XIX?

En Mérida este debate es polémico, en buena medida, porque un grupo de hispanófilos trasnochados colocaron una estatua de los Montejo, conquistadores de la península de Yucatán, en pleno 2010. Un acto fuera de lugar. El debate no es nuevo ni se circunscribe a estas tierras. Estos días se ha reavivado con las movilizaciones antirracistas por las que derribaron las estatuas de Leopoldo II en Bruselas y Edward Colston en Bristol, por participar del tráfico y ejecución de esclavos. También hubo que remover una estatua de Gandhi en Accra y proteger la de Churchill frente al Parlamento de Londres, ambos acusados de racistas. Nadie se salva. El argumento central es que se han vuelto símbolos de opresión. Pero es habitual que nuestros vestigios del pasado sean símbolos de opresión. Grandes obras arquitectónicas y de ingeniería, edificios civiles y religiosos, son resultado del dominio y la explotación; incluso las estructuras monumentales de la antigua cultura maya fueron levantadas mediante el sometimiento de unos sobre otros.

Lo que aquí expongo no es una postura contra la acción reivindicativa de derribar estatuas. A menos que tengan un elevado valor artístico, probablemente sea innecesario conservarlas. Sin embargo, considero importante llamar a la mesura. La historia es una invitación a comprender el pasado, no a juzgarlo. Tampoco la función de la historia es dotar de alegatos contra los opresores del pasado, sino analizar cómo éste ha contribuido a la formación de nuestro presente. Antes de demoler vestigios, hay que comprenderlos. El porqué una avenida lleva el nombre de un presidente, un gobernante maya fue enterrado con fastuoso ajuar funerario o una hacienda está llena de objetos suntuarios, nos confronta con estructuras heredadas que sí podemos transformar aquí y ahora. Es más importante depositar nuestros esfuerzos en erradicar la discriminación y las desigualdades que actualmente vivimos. Por ahora solo espero que cuando más gente lea las publicaciones de La Siempreviva el busto de Rita Cetina no ruede por los suelos.

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El pasado nos alcanzó

Usar el género

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Controversial, pero de ningún modo accidental, fueron las declaraciones de la senadora del PAN por Guanajuato, Alejandra Reynoso, quien acusó a Hugo López-Gatell, Subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, de haber ejercido violencia política contra ella. López-Gatell compareció ante el Senado el pasado 27 de mayo, para responder cuestionamientos por el manejo de la pandemia de Covid-19 en México. El PAN calificó la respuesta a la senadora como “evidentemente misógina y arrogante”, lo que ameritó que el grupo parlamentario de dicho partido emitiera un extrañamiento.

Para tener un mejor panorama, conviene escuchar los primeros minutos de la comparecencia -de acceso público en YouTube- y no únicamente el fragmento reproducido hasta el cansancio en ciertos medios televisivos. Fragmento en el que el Subsecretario hace alusión a las facultades mentales superiores, particularmente, la atención. A continuación (y esto casi no se difunde), él desarrolla su argumento: “¿Por qué lo digo? Porque veo el reto[…], un reto de comunicación, cuando nos enfrentamos a una población con distintas perspectivas[…], pero también cuando nos enfrentamos a la necesidad de comunicar un mensaje que, anticipadamente, parecieran estar algunos segmentos de la población en poco deseo de escuchar”. Y señala que la senadora formuló interrogantes “preorientadas” y “prefabricadas” en las que habla de asumir “errores del Presidente”, “arrepentimiento” y “mentiras”. Cierra haciendo comentarios respecto a la responsabilidad en la compra y distribución de medicamentos.

No es mi pretensión abogar por el Subsecretario, pues cuenta con una hora diaria de palestra pública, más bien, me uno a las voces que reprueban el oportunismo detrás del uso y abuso del género en los partidos políticos. Si bien el PAN podría tener algo de razón en señalar la arrogancia de López-Gatell, a la vez demuestra profundo desconocimiento del significado de la violencia política y la misoginia. De acuerdo con el Protocolo para Atender la Violencia Política contra la Mujeres, esta “comprende todas aquellas acciones y omisiones (incluida la tolerancia) que, basadas en elementos de género y dadas en el marco del ejercicio de derechos político-electorales, tengan por objeto o resultado menoscabar o anular el reconocimiento, goce y/o ejercicio de los derechos políticos o de las prerrogativas inherentes a un cargo público”. En la mencionada comparecencia no se identifica violencia simbólica, verbal, patrimonial, económica, psicológica, física ni sexual que menoscabe los derechos políticos de la senadora Reynoso.

¿Por qué la actitud del PAN es oportunista? Porque en México existen cientos de organizaciones de mujeres que durante décadas han trabajado para visibilizar y denunciar las múltiples expresiones de la misoginia. Por tanto, resulta deleznable usar el género, en el sentido más pedestre, para atacarse entre partidos. Peor aún, si proviene de uno que ha contribuido a obstaculizar los derechos sexuales de las mujeres. Apenas días antes, el 23 de mayo, Alejandra Reynoso promovía la Novena Marcha Virtual por la Vida para penalizar el aborto, medida que ha sido ampliamente estudiada como causante de violencia contra las mujeres porque obliga a niñas y adolescentes a ser madres, incrementa la vulnerabilidad de mujeres que sufren violencia sexual y económica, así como la brecha respecto a las que sí pueden acceder a la interrupción legal del embarazo. Un mes antes, en abril, la misma senadora presentaba reservar a la Ley de Amnistía, por su postura a favor de criminalizar el aborto. Es decir, exige respeto a su investidura y, simultáneamente, cárcel para las mujeres que interrumpen un embarazo. Cabe señalar que lo segundo sí implica una carga de misoginia.

El oportunismo tampoco es nuevo. Baste recordar que Acción Nacional se sumó al paro nacional de mujeres del 9 de marzo cuando este logró atraer la atención pública, pero reiteró su oposición a una de las principales demandas de las organizadoras: la despenalización del aborto. Nuevamente, contradictorio, pero no accidental. Ahora la causa de la igualdad de género conviene a todos los partidos políticos, así se cuelguen de ella con un pañuelo azul celeste. Y es oportunismo porque no existe el compromiso con las mujeres. Los feminicidios, la violencia sexual, la violencia doméstica, la violencia política, se gestan en políticas donde las mujeres no pueden decidir respecto a lo más básico: sus cuerpos. Hay muchas mujeres expertas que podrían ampliar este punto, yo únicamente deseo destacar que el altercado entre Reynoso y López-Gatell es un juego de poder. Asociarlo con misoginia es reducir causas de gran trascendencia social a frivolidades y egos.

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