Conecta con nosotros

A propósito de…

Iztapalapa, el epicentro del epicentro de la epidemia

Cristina Martin Urzaiz

Publicado

en

A propósito del lugar en el que se han multiplicado más velozmente los contagios del Covid 19, podría señalarse que era casi previsible, ya que Iztapalapa es la demarcación territorial con más habitantes de México, la de más alta densidad de población, la que alberga el mercado de alimentos más grande del mundo y en la que ya no creen en nada. En Iztapalapa todo sucede en superlativo.

El “Lugar donde las aguas se atraviesan”, en náhuatl, confluían los canales derivados de los lagos de Texcoco y Xochimilco, entre las chinampas, que constituyeron el método tradicional de producción agrícola de México Tenochtitlan, cuya ínsula central fue la cuna de Cuitláhuac, el penúltimo emperador, quien derrotó a los conquistadores en la famosa batalla de la Noche Triste. El Señorío de Iztapalapa fue destruido tras de la caída del imperio.

En el México revolucionario Iztapalapa ostentó el protagonismo en 1916 porque ahí comenzó la Reforma Agraria. El entubamiento del Canal de la Viga, entre otros ríos, para evitar inundaciones  determinó el final de la producción chinampera y del destino agrícola de esa parte de la ciudad en 1950.

Privados de la que fue su forma de vida tradicional y frente al crecimiento caótico y descontrolado de la ciudad, lo que fue chinampería devino en colonias populares, carentes de todo servicio, sin seguridad jurídica de la propiedad y a merced de los fraccionadores ilegales, en contubernio con autoridades corruptas. Entre 1950 y 1960 el número de habitantes se triplicó y la población perdió definitivamente su vocación agrícola; el 85 por ciento del territorio era ya urbano.

La vida de los iztapalapenses fue, a partir de ese momento, una lucha continua. Líderes de organizaciones priístas promovían la invasión de terrenos ejidales y federales estableciendo asentamientos humanos en zonas peligrosas, en lo que antes fueron cauces de ríos, en laderas, en suelos inestables. Les cobraban  “enganche y mensualidades” a quienes necesitaban una vivienda y les entregaban recibos escritos en hojas de cuadernos, sin validez legal. 

A los pocos meses, incluso semanas, tenía lugar el desalojo, la mayoría de las veces con uso de la fuerza, con intervención de la policía y presencia de funcionarios de la entonces delegación política. Con maquinaria pesada destruían y robaban. Los desalojados blandían sus “comprobantes de pago”, mientras trataban de rescatar algunas pertenencias. Finalmente, familias enteras se retiraban. Al poco tiempo se repetía el mismo modus operandi con otras víctimas en el mismo terreno.

En algún momento, las autoridades decidían reconocer algún asentamiento irregular. Iniciaba entonces la lucha por los servicios, que era otra fuente de ingresos para los dirigentes locales del PRI: las permanentes cuotas para la tramitación del agua potable, de energía eléctrica, del alumbrado público, del drenaje, de la pavimentación, del servicio de transporte, de la escuela primaria, de la regularización de los terrenos, de la escrituración.

Esas familias fueron, durante décadas, la principal fuente de aportación de acarreados a los eventos del Revolucionario Institucional en la capital del país, con lo que los fraccionadores ilegales se convertían en dirigentes partidistas, en diputados, en senadores, hasta que a mediados de los ochenta se constituyó el Movimiento Urbano Popular, con tendencia de izquierda que buscó organizar a los vecinos con independencia.

En Iztapalapa funcionó durante casi 50 años uno de los mayores tiraderos de basura a cielo abierto, el de Santa Cruz Meyehualco, con una extensión de 150 hectáreas, donde habitaban 15 mil familias que tenían en la basura su forma de subsistencia. Casi resulta una obviedad decir que también ahí surgieron líderes priístas que se beneficiaron del trabajo de los “pepenadores” y del negocio que representaba la comercialización de los desechos. Dejó de funcionar en 1984.

Otro de los gigantes de Iztapalapa es la Central de Abasto, el mayor mercado de alimentos al mayoreo del mundo. Los números son impresionantes: ocupa una extensión de dos millones de metros cuadrados; se comercializan 122 mil toneladas de productos; mueve el 30 por ciento de la producción hortofrutícola del país; acuden más de 370 mil personas al día; cuenta con más de 70 mil empleados y prestan sus servicios 10 mil carretilleros. Sus transacciones comerciales alcanzan los 9 mil millones de dólares anuales.

En esta alcaldía viven casi 2 de los 9 millones de habitantes de la Ciudad de México, en una superficie de 116 kilómetros cuadrados, lo que la convierte en el territorio más densamente poblado del país, con 16 mil 455.4 personas por kilómetro. La proporción en la Ciudad de México es de 5 mil 967 y en el país 61.

De acuerdo con datos del censo de población de 2010 es la zona con el mayor número de nacimientos en la Ciudad de México, 34 mil 576. También la taza de fallecimientos es la más alta de la capital, 9554 en el mismo año.

El 37.4 por ciento de los iztapalapenses vivían en la pobreza hace 10 años. El 41.3 carecía de servicios de salud. El 58.6 no contaba con seguridad social. La tercera parte de la población económicamente activa de la alcaldía tenía ingresos inferiores a los dos salarios mínimos. No es aventurado asegurar que esas circunstancias son peores actualmente, dado que los niveles de pobreza, en México se acrecentaron desde entonces.

Es fácilmente explicable que más del 5 por ciento de los contagios y las defunciones por COVID a nivel nacional se concentren en esa alcaldía y que el 20 por ciento de los contagios que se han registrado en la Ciudad de México  y más del 22 por ciento de los fallecimientos correspondan a Iztapalapa, cuyas cifras son 5008 casos confirmados y 548 decesos, hasta el pasado martes.

Y, dada la historia de fraudes, engaños y mentiras contra los iztapalapenses, es explicable que, a estas alturas, muchos de ellos piensen que el coronavirus es un invento, por lo que no están dispuestos a cumplir con las medidas de seguridad, frente a lo que consideran una nueva trampa a saber con qué aviesos  propósitos.

En el epicentro del epicentro existe la creencia de que la pandemia es un engaño. No importa que hayan votado abrumadoramente por el actual presidente de la República, ni que la alcaldesa Clara Brugada, quien hace tiempo fue también delegada política, haya surgido de una de las organizaciones populares de la demarcación, donde conocen su trayectoria hace más de 30 años: “En Iztapalapa tanto se han quemado con atole, que hasta al jocoque le soplan

También te puede interesar: Jugar a la ruleta rusa en tiempos de Coronavirus

A propósito de…

¿Qué comíamos antes de estar tan enfermos?

Cristina Martin Urzaiz

Publicado

en

A propósito de los mucho decesos por Covid en México a causa del deterioro de la salud de la población, debido a los cambios de hábitos alimenticios en las últimas cuatro décadas, tras la apertura comercial con los Estados Unidos, mi reflexión es en torno a ¿qué comíamos antes de enfermar tanto?

Es bien conocido el aporte de la milpa a la alimentación de los mexicanos desde culturas prehispánicas. Este sistema de cultivo se conoce como la triada mesoamericana, integrada por el maíz, el frijol y la calabaza y productos asociados, como los tomates, diversos tipos de quelites y de chiles, la flor de calabaza y hasta el huitlacoche, ese hongo que surge del elote.

Durante la Colonia, los españoles introdujeron ingredientes que modificaron relativamente la forma de comer en México, aunque la mayor parte de los habitantes, radicados en el campo, mantuvieron el consumo de los tres elementos fundamentales. La comida virreinal, desarrollada en  los conventos y  monasterios, se dedicó a las clases económicamente favorecidas, porque se trataba de platillos muy complejos, elaborados a partir de ingredientes caros y difíciles de conseguir, que constituyeron una suerte de comida barroca.

Sin embargo, pienso en la forma en que se alimentaron nuestros abuelos, nuestros padres y los miembros de mi generación, antes de la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), a partir del cual se ha introducido al país una cantidad absurda de productos chatarra.

¿Qué comíamos antes de enfermar tanto?, ¿es que los niños de entonces llevábamos apio, pepino y jícamas para la hora del recreo?, ¿acaso se servían grandes porciones de ensaladas de lechuga, berros y espinacas en las mesas de los mexicanos?, ¿empezábamos siempre nuestras comidas con sopas de verduras diversas?, ¿disfrutábamos del arroz al vapor?

Ninguna de las preguntas anteriores tiene una respuesta positiva. He indagado con personas de una generación anterior, quienes me aseguran que el desayuno y la cena de los niños consistían en leche y pan, no pan integral, no pan bajo en azúcar, sino conchas, bigotes, moños, cocoles, banderillas, besos, garibaldis, orejas, cuernos, etcétera.

A la escuela llevábamos en nuestra lonchera, la clásica torta de frijoles o de huevo revuelto; algunas veces, una manzana completa que comíamos a mordidas. En un termo, agua de limón o, en su caso, tomábamos agua natural del bebedero. Recuerdo que en la primaria a la que acudí, se formaban largas filas para comprar un taco de frijoles refritos con salsa verde, como una alternativa saludable, cuyo costo era similar al de cualquier golosina.

A la hora de comer, en las casas, el plato inicial era una sopa de pasta, de fideos, de municiones, de pipirín, en un caldillo hecho en casa, con jitomate real, cebolla, ajo, cilantro. El plato fuerte consistía, muchas veces, en milanesa con ensalada, chile relleno, tortas capeadas de calabaza o coliflor, o carne asada o pollo guisado y frijoles, todo acompañado de tortillas y agua de fruta de temporada.

Así comieron muchas generaciones de mexicanos, algunos con sobrepeso, pero nunca a los niveles actuales: el 75 por ciento de la población, según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición de 2018.

De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en México, en las últimas cuatro décadas se han transformado las pautas alimentarias de los mexicanos afectando gravemente su salud. Alerta que mientras el 21 por ciento de los niños de menos de 5 años de las zonas rurales padece desnutrición crónica, el sobrepeso afecta al 24 por ciento de los menores de 12 años, casi la cuarta parte.

 México se encuentra en primer lugar de los países de América Latina en venta de productos altamente procesados, con un consumo per cápita de 214 kilos anuales, con elevado contenido de preservantes, estabilizadores, emulsificantes, aglutinantes, endulzantes, resaltadores sensoriales, colorantes y saborizantes, como el peligroso jarabe de maíz de alta fructuosa, sustancias a las que se atribuyen enfermedades como diabetes, hipertensión y algunos tipos de cáncer.

En muchas ocasiones, se ha satanizado a los antojitos: tacos, tostadas, tlacoyos, tamales, panuchos, papadzules, salbutes, sopes y enchiladas, pero hoy sabemos que no es la comida tradicional, sino el consumo elevado de productos industrializados lo que nos ha enfermado.

Me pregunto: ¿Todavía tendremos salvación, dado que cada vez mayores superficies se utilizan para la siembra de maíz forrajero y se impulsa la utilización del grano transgénico por encima de las especies originarias?, ¿algún día recuperaremos la riqueza de la milpa y, con ella, la salud?

También te puede interesar: ¿Y ahora qué sigue?

Continuar Leyendo

A propósito de…

Maricarmen Graue: Soy una persona con ganas de crear, con palabras, sonidos o formas

Cristina Martin Urzaiz

Publicado

en

A propósito de talento, capacidad creativa y fuerza vital, hace algunos días conversé con la violonchelista, pintora, escultora, escritora, actriz, maestra, bailarina y maratonista, Maricarmen Graue Huesca. Le manifesté mi necesidad de una pausa respecto al tema sanitario y mi interés en entrevistarla; con su gran sentido del humor me preguntó ¿quieres saber cómo vivo el confinamiento?

Maricarmen Graue ha sido artista desde niña, “siempre me gustó la música” afirma, sin poder establecer el momento exacto del descubrimiento de su vocación musical. Refiere que su padre, arquitecto y melómano organizó un coro familiar en el que, por supuesto, ella participó. Inició su preparación académica primero en la danza, en el canto y a los 15 años ingresó al Conservatorio Nacional de Música para estudiar guitarra.

Poco tiempo después, tras la muerte de su padre,  cambió de instrumento “el sonido del chelo tiene la calidez de una voz casi humana”, afirma. Específicamente-sostiene-me recuerda la voz de mi padre y lo toco como un homenaje a él.

En 1987 recibió una beca para continuar su educación musical en la ex-Unión Soviética, donde estudió en Moscú y Kiev. En 1991, ingresó en la Orquesta Sinfónica Carlos Chávez, de la cual fue co-principal de la sección de violonchelos hasta 1999. Fue becaria del FONCA en el área de ejecutantes.

Es emblemática su imagen cargando el pesado estuche del chelo por los andenes del Metro, su medio de transporte, tan es así que uno de los promocionales del documental del director  Sergio Morkin “Maricarmen”, basado en la vida de la artista, presenta justamente esa estampa con su violonchelo en una mano y su bastón en la otra, ya que perdió la visión de un ojo desde la niñez y la totalidad del sentido de la vista hace 14 años.

Recuerda que, en ese tiempo pasó 6 meses encerrada “Quedé ciega y fue como si afuera no existiera nada” No obstante, su fortaleza se impuso y luego de dos o tres meses de rehabilitación empezó a ajustarse Te adaptas a lo que sea–asegura–yo resurgí libre, capaz, autosuficiente.

En la interpretación musical, la carrera de Maricarmen dio un giro definitivo porque cuando dejó de ver, no le fue posible continuar en la Orquesta Sinfónica Carlos Chávez en tanto que no podía leer las partituras ni observar las indicaciones del director, por lo que se inclinó hacia la improvisación, al jazz, aunque reconoce su amor por lo clásico “disfruto mucho a Bach

A juzgar por la intensidad de sus jornadas, sus días deberían tener 48 horas: realiza proyectos con otros artistas, da clases de violonchelo–en estos meses a distancia-en la Escuela de Iniciación Artística Número 4 del INBA y presenta un concierto virtual desde la Casa del Lago con el ensamble de jazz e improvisación “No tan Cuerdas”. Todo ello en medio del confinamiento, porque a Graue Huesca ni la pandemia la detiene.

En 2019, por ejemplo, se estrenó el largometraje “Maricarmen”-que también musicalizó-en el Festival de Cine de Morelia, donde obtuvo el Premio del Público, posteriormente, consiguió una mención honorífica en el festival É Tudo Verdade, en Brasil; presentó su libro “Mirar mirándome” que contiene relatos autobiográficos; inició un proyecto audiovisual,   mediante una beca del Programa de Apoyo a la Producción e Investigación en Arte, Medios y Discapacidad otorgado por el CENART y el Consejo Británico, con dos miembros más del colectivo “Discreantes” al cual pertenece y que en este momento está en pausa por motivo de la pandemia.

Siempre dispuesta a encontrar la oportunidad aun en situaciones que devastarían a otros, como la pérdida de la visión, se congratula de que el confinamiento le permite dedicarle más tiempo a la escultura: “Me encanta descubrir formas con mis manos, sentir que tengo ojos en  las manos. Confío en que si mis manos me dicen que una pieza está bien, es que está bien, porque la proporción perfecta no existe y no es necesario obedecer cánones que no sé quién puso. Mi escultura es un espejo de lo que percibo

Tras asegurar que la actividad artística le permite a cada quién mostrar lo que es, ya que “la diversidad es valiosa si uno defiende su postura”, Graue comparte su gusto por la experimentación, “es una búsqueda para encontrar lo que yo soy: una persona con ganas de crear ya sea con palabras, con sonido o con formas

Otra de las actividades que la apasiona es fundamentalmente física: entrenar y participar en medios maratones. “Correr es moverme a otra velocidad, de lo que suelo moverme cotidianamente, me hace volverme ágil, libre. Es liberador sentir a mi cuerpo haciendo un esfuerzo, al moverse así

También te puede interesar: ¡Y además tiembla!

Continuar Leyendo

A propósito de…

¡Y además tiembla!

Cristina Martin Urzaiz

Publicado

en

A propósito de la vulnerabilidad de los seres humanos, la tierra nos vino a confirmar cuán frágiles somos. Y si después de la pandemia del COVID 19, de las terribles inundaciones que dejó la tormenta tropical Cristóbal en el estado de Yucatán, donde se emitió Declaratoria de Desastre Natural para 75 municipios y del sismo de 7.5 grados, con epicentro en Crucecita, Oaxaca que se sintió el martes, seguimos creyéndonos los dueños del planeta, no tenemos remedio.

La Tierra existió mucho antes de que las mujeres y los hombres evolucionáramos hasta lo que hoy somos y seguirá girando alrededor del sol cuando ya no quede evidencia de que alguna vez estuvimos aquí. Al parecer, los virus ya estaban antes de nuestra llegada, adhiriéndose a los animales y vegetales de entonces, causándoles enfermedades a algunos de ellos y conviviendo con otros.

Durante décadas nos hemos sentido más fuertes que ellos, porque -listos como nos creemos –  desarrollamos todo tipo de repelentes, de métodos de defensa, de hierbajos, de químicos, de fármacos,  de vacunas, de rituales, de sortilegios, de mantras, de oraciones y hasta de invocaciones energéticas, para abstraernos de sus efectos dañinos.

Cada tanto, alguno de ellos nos sorprende. Transita desde la planta o animal del que ha sido huésped tradicional a otro en el que logra desarrollarse a sus anchas, tanto, que puede destruirlo. O se transforma, expandiendo sus áreas de influencia hasta colonizar a los representantes de supuesto eslabón más alto de la cadena alimenticia, nosotros.

El ser humano, capaz de modificar el entorno hasta no dejar huella del paisaje original, de levantarse del suelo y llegar a las nubes para trasladarse al punto más lejano de la tierra en cuestión de horas, de desentrañar casi todos los misterios de la naturaleza, de traspasar los confines del planeta y lanzarse al encuentro con otros cuerpos celestes, de utilizar los elementos de la tierra para construir y destruir y destruirse, se encuentra, en ocasiones,  con esta partícula de proteína – según nos han dicho de la que actualmente nos asola y nos azora – tan insignificante que ni siquiera cuenta, pero puede terminar con todo lo que hemos creído importante.

Dicen que no pueden sobrevivir independientemente, porque requieren del organismo hospedero para multiplicarse y mantenerse en el mundo. Es el caso de la poliomielitis, influenza, rabia, viruela, VIH, entre algunos otros. Hoy, estamos frente a uno que se nos resiste y nos atemoriza hasta el punto de dejar todo aquello que pensábamos esencial: trabajar, salir, gastar, comprar aparatos, hacer dinero, mostrarnos ante los demás y demostrarles quiénes somos.

Y, acostumbrados como estamos a imponer nuestras creencias, nos decimos “una vez que ha llegado la pandemia ¿qué más puede pasar?” mientras la naturaleza, ajena a cualquier juicio moral, indiferente a toda consideración de justicia, ignorante de las clasificaciones  humanas de “bueno y malo”, obedeciendo sólo a sus propias leyes, libera su energía en los océanos a través de algo que llamamos tormenta tropical y que debería hacer menos daño que un huracán o un ciclón, de acuerdo a nuestras clasificaciones, pero, en cambio, afecta gravemente a miles de seres humanos.

O acomoda las enormes placas tectónicas en las profundidades de la tierra –el martes fue a 5 kilómetros bajo la superficie en Oaxaca– y empavorece a otros millones que se hacinan en lo que fue lago y hoy es asfalto, haciéndolos  salir  disparados del interior de las edificaciones de concreto que los contienen.

Y miles de esas personas, atrapadas durante meses en sus propias viviendas, para evitar la cercanía con otros que podrían portar el virus, al escuchar la alarma sísmica, abandonan los que  constituían sus refugios, sin detenerse un segundo a pensarlo, y se lanzan al otrora sitio más peligroso, la calle.

En la huida, olvidan las caretas, los tapabocas, el alcohol en gel, el desinfectante y, de paso, olvidan la aversión a  los otros y se concentran, como racimos de uvas, en el lugar “más seguro”, que hasta minutos antes era el “más inseguro” y hasta se atreven a intercambiar algún comentario, a boca desnuda, con el vecino, con el paseante, con el vendedor de tamales o de bisquetes calientitos.

Y con la creencia de que el mundo está a nuestro servicio y el sol aparece en el horizonte cada mañana sólo para entibiar nuestros días, no falta una persona que exaltada reclame: ¡Y, además tiembla, esto ya es demasiado!

También te puede interesar: ¿Y ahora qué sigue?

Continuar Leyendo

RECOMENDAMOS