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Reconocernos en el otro

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de los excesos policiacos en Estados Unidos y en México, del movimiento mundial en demanda de desterrar definitivamente el racismo, de las desbordadas reacciones de autoritarismo de algunos personajes que se encuentran en posiciones de poder, mi interrogante es en torno a ¿qué hace surgir la falsa idea de superioridad en algunas personas?

Esta pregunta me lleva a recordar una de las escenas cinematográficas que más me han impresionado: En la película La Misión de 1986 se recrea el fragmento de un juicio entre los representantes de los imperios español y portugués para determinar la forma en que se dividirían el territorio sudamericano en la zona selvática de lo que hoy son Argentina, Paraguay y Brasil, ante un emisario papal, quien tendrá la decisión en sus manos.

El momento más estremecedor, desde mi punto de vista, es cuando el misionero jesuita Gabriel, interpretado por el actor británico Jeremy Irons, intenta convencer al emisario del jerarca católico de que los habitantes de la selva, los guaraníes, son seres humanos, mostrando las habilidades musicales de un niño que canta extraordinariamente. Pero, no es la única voz privilegiada de la comunidad, como se demostrará en diversos momentos en que interpretan a coro piezas sacras, creadas por el genio del italiano  Ennio Moriconne.

La primera vez que vi La Misión, en la que Robert De Niro
encarna a Rodrigo, pecador arrepentido que se une a la Misión de San Carlos, uno de los territorios en disputa,   me estrujó la idea de que un ser humano tenga que demostrar su humanidad. Especialmente porque, si bien es una ficción, está inspirada en hechos reales: Los guaraníes tenían que justificar que eran personas y no animales de la selva, ante una serie de individuos con un comportamiento que podría calificarse de todo, menos de humano.

Los pobladores originales  se acercaban a las misiones jesuitas como un medio de sobrevivencia. Las leyes portuguesas permitían la esclavitud en los territorios ocupados, mientras que las españolas los consideraban súbditos del rey y, en teoría, no podía ser esclavizados y debían recibir un trato digno. En la práctica, ambos eran igualmente crueles, en su empeño de desconocer legalmente la esencia humana de los guaraníes para poder explotarlos sin restricción.

Esos juicios se realizaron en 1750 y tuvieron como consecuencia el trazo de una frontera arbitraria   y el desmantelamiento de la misión, mediante el exterminio de sus ocupantes, incluidos los sacerdotes jesuitas. Históricamente los guaraníes se alzaron y resistieron durante algunos años. El papa Clemente XIV suprimiría más tarde la Compañía de Jesús.

¿Por qué un ser humano tendría que comprobar su calidad de humano, entonces, pero, peor aún, por qué tiene que seguir probando hoy que vale tanto como otro o más? La supuesta superioridad establece una relación de fuerza en la que una de las partes está obligada a justificar permanentemente su derecho a existir frente a quien se empeña en “evidenciar su inferioridad”.

Y se vale de cualquier absurdo para lograrlo, el color de la piel, por ejemplo. Pero, también,  la condición social, el origen étnico, el lado de la frontera en que nació, la actividad que desarrolla, su género,  la zona en que vive, la forma en que habla, la manera cómo se viste, su estatura, sus capacidades diferentes, su complexión, su peso, sus preferencias sexuales, su manera de pensar.

Sabemos que una de las técnicas que se utilizan  para adiestrar a los cuerpos represivos – a las policías, a las fuerzas armadas – se centra en despojar de su humanidad a aquel contra quien actúan, a fin de que no puedan establecer empatía alguna, ni albergar dudas, ni experimentar sentimientos de culpa al someterlos.

Así lo evidenciaron los policías estadounidenses que asesinaron a George Floyd, por su color,  en Minessota y los de Ixtlahuacán  de los Membrillos en Jalisco,  que golpearon y mataron a Giovanni López, por no usar tapabocas y los de la Ciudad de México que agredieron a Melanie de 16 años durante los actos de protesta de la semana pasada. Apenas ayer policías municipales de Acatlán de Pérez, en Oaxaca, asesinaron a balazos a Alexander de 16 años. En todos los casos, los uniformados ignoraron que estaban tratando con seres humanos como ellos.

La señal esperanzadora la han dado los cuerpos policiacos norteamericanos que se han arrodillado frente a las protestas pacíficas, en un acto de humildad y reconocimiento a los ciudadanos y  la  inmediata  detención y procesamiento de los agentes que violentaron a la menor en la capital.

Si hubiera algún punto de partida para un cambio en el mundo en medio de esta  crisis de salud, social y económica, escogería que ningún ser humano se viera en situación de tener que demostrar que lo es y que todos fuéramos capaces de reconocernos en el otro como iguales.

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¿Qué comíamos antes de estar tan enfermos?

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de los mucho decesos por Covid en México a causa del deterioro de la salud de la población, debido a los cambios de hábitos alimenticios en las últimas cuatro décadas, tras la apertura comercial con los Estados Unidos, mi reflexión es en torno a ¿qué comíamos antes de enfermar tanto?

Es bien conocido el aporte de la milpa a la alimentación de los mexicanos desde culturas prehispánicas. Este sistema de cultivo se conoce como la triada mesoamericana, integrada por el maíz, el frijol y la calabaza y productos asociados, como los tomates, diversos tipos de quelites y de chiles, la flor de calabaza y hasta el huitlacoche, ese hongo que surge del elote.

Durante la Colonia, los españoles introdujeron ingredientes que modificaron relativamente la forma de comer en México, aunque la mayor parte de los habitantes, radicados en el campo, mantuvieron el consumo de los tres elementos fundamentales. La comida virreinal, desarrollada en  los conventos y  monasterios, se dedicó a las clases económicamente favorecidas, porque se trataba de platillos muy complejos, elaborados a partir de ingredientes caros y difíciles de conseguir, que constituyeron una suerte de comida barroca.

Sin embargo, pienso en la forma en que se alimentaron nuestros abuelos, nuestros padres y los miembros de mi generación, antes de la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), a partir del cual se ha introducido al país una cantidad absurda de productos chatarra.

¿Qué comíamos antes de enfermar tanto?, ¿es que los niños de entonces llevábamos apio, pepino y jícamas para la hora del recreo?, ¿acaso se servían grandes porciones de ensaladas de lechuga, berros y espinacas en las mesas de los mexicanos?, ¿empezábamos siempre nuestras comidas con sopas de verduras diversas?, ¿disfrutábamos del arroz al vapor?

Ninguna de las preguntas anteriores tiene una respuesta positiva. He indagado con personas de una generación anterior, quienes me aseguran que el desayuno y la cena de los niños consistían en leche y pan, no pan integral, no pan bajo en azúcar, sino conchas, bigotes, moños, cocoles, banderillas, besos, garibaldis, orejas, cuernos, etcétera.

A la escuela llevábamos en nuestra lonchera, la clásica torta de frijoles o de huevo revuelto; algunas veces, una manzana completa que comíamos a mordidas. En un termo, agua de limón o, en su caso, tomábamos agua natural del bebedero. Recuerdo que en la primaria a la que acudí, se formaban largas filas para comprar un taco de frijoles refritos con salsa verde, como una alternativa saludable, cuyo costo era similar al de cualquier golosina.

A la hora de comer, en las casas, el plato inicial era una sopa de pasta, de fideos, de municiones, de pipirín, en un caldillo hecho en casa, con jitomate real, cebolla, ajo, cilantro. El plato fuerte consistía, muchas veces, en milanesa con ensalada, chile relleno, tortas capeadas de calabaza o coliflor, o carne asada o pollo guisado y frijoles, todo acompañado de tortillas y agua de fruta de temporada.

Así comieron muchas generaciones de mexicanos, algunos con sobrepeso, pero nunca a los niveles actuales: el 75 por ciento de la población, según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición de 2018.

De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en México, en las últimas cuatro décadas se han transformado las pautas alimentarias de los mexicanos afectando gravemente su salud. Alerta que mientras el 21 por ciento de los niños de menos de 5 años de las zonas rurales padece desnutrición crónica, el sobrepeso afecta al 24 por ciento de los menores de 12 años, casi la cuarta parte.

 México se encuentra en primer lugar de los países de América Latina en venta de productos altamente procesados, con un consumo per cápita de 214 kilos anuales, con elevado contenido de preservantes, estabilizadores, emulsificantes, aglutinantes, endulzantes, resaltadores sensoriales, colorantes y saborizantes, como el peligroso jarabe de maíz de alta fructuosa, sustancias a las que se atribuyen enfermedades como diabetes, hipertensión y algunos tipos de cáncer.

En muchas ocasiones, se ha satanizado a los antojitos: tacos, tostadas, tlacoyos, tamales, panuchos, papadzules, salbutes, sopes y enchiladas, pero hoy sabemos que no es la comida tradicional, sino el consumo elevado de productos industrializados lo que nos ha enfermado.

Me pregunto: ¿Todavía tendremos salvación, dado que cada vez mayores superficies se utilizan para la siembra de maíz forrajero y se impulsa la utilización del grano transgénico por encima de las especies originarias?, ¿algún día recuperaremos la riqueza de la milpa y, con ella, la salud?

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Maricarmen Graue: Soy una persona con ganas de crear, con palabras, sonidos o formas

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de talento, capacidad creativa y fuerza vital, hace algunos días conversé con la violonchelista, pintora, escultora, escritora, actriz, maestra, bailarina y maratonista, Maricarmen Graue Huesca. Le manifesté mi necesidad de una pausa respecto al tema sanitario y mi interés en entrevistarla; con su gran sentido del humor me preguntó ¿quieres saber cómo vivo el confinamiento?

Maricarmen Graue ha sido artista desde niña, “siempre me gustó la música” afirma, sin poder establecer el momento exacto del descubrimiento de su vocación musical. Refiere que su padre, arquitecto y melómano organizó un coro familiar en el que, por supuesto, ella participó. Inició su preparación académica primero en la danza, en el canto y a los 15 años ingresó al Conservatorio Nacional de Música para estudiar guitarra.

Poco tiempo después, tras la muerte de su padre,  cambió de instrumento “el sonido del chelo tiene la calidez de una voz casi humana”, afirma. Específicamente-sostiene-me recuerda la voz de mi padre y lo toco como un homenaje a él.

En 1987 recibió una beca para continuar su educación musical en la ex-Unión Soviética, donde estudió en Moscú y Kiev. En 1991, ingresó en la Orquesta Sinfónica Carlos Chávez, de la cual fue co-principal de la sección de violonchelos hasta 1999. Fue becaria del FONCA en el área de ejecutantes.

Es emblemática su imagen cargando el pesado estuche del chelo por los andenes del Metro, su medio de transporte, tan es así que uno de los promocionales del documental del director  Sergio Morkin “Maricarmen”, basado en la vida de la artista, presenta justamente esa estampa con su violonchelo en una mano y su bastón en la otra, ya que perdió la visión de un ojo desde la niñez y la totalidad del sentido de la vista hace 14 años.

Recuerda que, en ese tiempo pasó 6 meses encerrada “Quedé ciega y fue como si afuera no existiera nada” No obstante, su fortaleza se impuso y luego de dos o tres meses de rehabilitación empezó a ajustarse Te adaptas a lo que sea–asegura–yo resurgí libre, capaz, autosuficiente.

En la interpretación musical, la carrera de Maricarmen dio un giro definitivo porque cuando dejó de ver, no le fue posible continuar en la Orquesta Sinfónica Carlos Chávez en tanto que no podía leer las partituras ni observar las indicaciones del director, por lo que se inclinó hacia la improvisación, al jazz, aunque reconoce su amor por lo clásico “disfruto mucho a Bach

A juzgar por la intensidad de sus jornadas, sus días deberían tener 48 horas: realiza proyectos con otros artistas, da clases de violonchelo–en estos meses a distancia-en la Escuela de Iniciación Artística Número 4 del INBA y presenta un concierto virtual desde la Casa del Lago con el ensamble de jazz e improvisación “No tan Cuerdas”. Todo ello en medio del confinamiento, porque a Graue Huesca ni la pandemia la detiene.

En 2019, por ejemplo, se estrenó el largometraje “Maricarmen”-que también musicalizó-en el Festival de Cine de Morelia, donde obtuvo el Premio del Público, posteriormente, consiguió una mención honorífica en el festival É Tudo Verdade, en Brasil; presentó su libro “Mirar mirándome” que contiene relatos autobiográficos; inició un proyecto audiovisual,   mediante una beca del Programa de Apoyo a la Producción e Investigación en Arte, Medios y Discapacidad otorgado por el CENART y el Consejo Británico, con dos miembros más del colectivo “Discreantes” al cual pertenece y que en este momento está en pausa por motivo de la pandemia.

Siempre dispuesta a encontrar la oportunidad aun en situaciones que devastarían a otros, como la pérdida de la visión, se congratula de que el confinamiento le permite dedicarle más tiempo a la escultura: “Me encanta descubrir formas con mis manos, sentir que tengo ojos en  las manos. Confío en que si mis manos me dicen que una pieza está bien, es que está bien, porque la proporción perfecta no existe y no es necesario obedecer cánones que no sé quién puso. Mi escultura es un espejo de lo que percibo

Tras asegurar que la actividad artística le permite a cada quién mostrar lo que es, ya que “la diversidad es valiosa si uno defiende su postura”, Graue comparte su gusto por la experimentación, “es una búsqueda para encontrar lo que yo soy: una persona con ganas de crear ya sea con palabras, con sonido o con formas

Otra de las actividades que la apasiona es fundamentalmente física: entrenar y participar en medios maratones. “Correr es moverme a otra velocidad, de lo que suelo moverme cotidianamente, me hace volverme ágil, libre. Es liberador sentir a mi cuerpo haciendo un esfuerzo, al moverse así

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¡Y además tiembla!

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de la vulnerabilidad de los seres humanos, la tierra nos vino a confirmar cuán frágiles somos. Y si después de la pandemia del COVID 19, de las terribles inundaciones que dejó la tormenta tropical Cristóbal en el estado de Yucatán, donde se emitió Declaratoria de Desastre Natural para 75 municipios y del sismo de 7.5 grados, con epicentro en Crucecita, Oaxaca que se sintió el martes, seguimos creyéndonos los dueños del planeta, no tenemos remedio.

La Tierra existió mucho antes de que las mujeres y los hombres evolucionáramos hasta lo que hoy somos y seguirá girando alrededor del sol cuando ya no quede evidencia de que alguna vez estuvimos aquí. Al parecer, los virus ya estaban antes de nuestra llegada, adhiriéndose a los animales y vegetales de entonces, causándoles enfermedades a algunos de ellos y conviviendo con otros.

Durante décadas nos hemos sentido más fuertes que ellos, porque -listos como nos creemos –  desarrollamos todo tipo de repelentes, de métodos de defensa, de hierbajos, de químicos, de fármacos,  de vacunas, de rituales, de sortilegios, de mantras, de oraciones y hasta de invocaciones energéticas, para abstraernos de sus efectos dañinos.

Cada tanto, alguno de ellos nos sorprende. Transita desde la planta o animal del que ha sido huésped tradicional a otro en el que logra desarrollarse a sus anchas, tanto, que puede destruirlo. O se transforma, expandiendo sus áreas de influencia hasta colonizar a los representantes de supuesto eslabón más alto de la cadena alimenticia, nosotros.

El ser humano, capaz de modificar el entorno hasta no dejar huella del paisaje original, de levantarse del suelo y llegar a las nubes para trasladarse al punto más lejano de la tierra en cuestión de horas, de desentrañar casi todos los misterios de la naturaleza, de traspasar los confines del planeta y lanzarse al encuentro con otros cuerpos celestes, de utilizar los elementos de la tierra para construir y destruir y destruirse, se encuentra, en ocasiones,  con esta partícula de proteína – según nos han dicho de la que actualmente nos asola y nos azora – tan insignificante que ni siquiera cuenta, pero puede terminar con todo lo que hemos creído importante.

Dicen que no pueden sobrevivir independientemente, porque requieren del organismo hospedero para multiplicarse y mantenerse en el mundo. Es el caso de la poliomielitis, influenza, rabia, viruela, VIH, entre algunos otros. Hoy, estamos frente a uno que se nos resiste y nos atemoriza hasta el punto de dejar todo aquello que pensábamos esencial: trabajar, salir, gastar, comprar aparatos, hacer dinero, mostrarnos ante los demás y demostrarles quiénes somos.

Y, acostumbrados como estamos a imponer nuestras creencias, nos decimos “una vez que ha llegado la pandemia ¿qué más puede pasar?” mientras la naturaleza, ajena a cualquier juicio moral, indiferente a toda consideración de justicia, ignorante de las clasificaciones  humanas de “bueno y malo”, obedeciendo sólo a sus propias leyes, libera su energía en los océanos a través de algo que llamamos tormenta tropical y que debería hacer menos daño que un huracán o un ciclón, de acuerdo a nuestras clasificaciones, pero, en cambio, afecta gravemente a miles de seres humanos.

O acomoda las enormes placas tectónicas en las profundidades de la tierra –el martes fue a 5 kilómetros bajo la superficie en Oaxaca– y empavorece a otros millones que se hacinan en lo que fue lago y hoy es asfalto, haciéndolos  salir  disparados del interior de las edificaciones de concreto que los contienen.

Y miles de esas personas, atrapadas durante meses en sus propias viviendas, para evitar la cercanía con otros que podrían portar el virus, al escuchar la alarma sísmica, abandonan los que  constituían sus refugios, sin detenerse un segundo a pensarlo, y se lanzan al otrora sitio más peligroso, la calle.

En la huida, olvidan las caretas, los tapabocas, el alcohol en gel, el desinfectante y, de paso, olvidan la aversión a  los otros y se concentran, como racimos de uvas, en el lugar “más seguro”, que hasta minutos antes era el “más inseguro” y hasta se atreven a intercambiar algún comentario, a boca desnuda, con el vecino, con el paseante, con el vendedor de tamales o de bisquetes calientitos.

Y con la creencia de que el mundo está a nuestro servicio y el sol aparece en el horizonte cada mañana sólo para entibiar nuestros días, no falta una persona que exaltada reclame: ¡Y, además tiembla, esto ya es demasiado!

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