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Editorial

Coronavirus, dimensión política

Mario Alejandro Valdez

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Con la pandemia firmemente instalada en el continente europeo y en vías de desarrollo en América y África, todos los ojos están puestos en este minúsculo –aunque grande en el universo de los virus- miembro de la familia de los SARS, que se ha vuelto noticia mundial desde los últimos días del pasado año. Es, entonces, un tema de salud pública, que hasta el momento de escribir estas líneas había provocado cerca de 250 mil contagios y casi diez mil muertes en más de 150 países de todas las regiones del orbe. Pero también, sin duda, es el tema político más caliente del momento.

Con 13 casos detectados en Yucatán, nuestra entidad ha sido, hasta ahora, una de las regiones más afectadas del país, pero hay que señalar que el gobernador Mauricio Vila Dosal ha sabido jugar muy bien sus cartas, y ha recibido, por la prontitud y eficiencia del manejo de la crisis, el amplio reconocimiento de propios y extraños. Ello, por supuesto, es extraordinariamente positivo, pues los ciudadanos yucatecos nos sentimos confiados de las noticias que de la autoridad emanan, así como en plena sincronización con las medidas que ha adoptado.

En cambio, a nivel federal, una mezquina y absolutamente condenable campaña de desinformación ha cundido en un amplio sector ciudadano, que, manipulado por varios de los mayores medios de comunicación, están descalificando el manejo de la crisis por parte del presidente López Obrador. Pese a que Andrés Manuel ha cedido los reflectores al Dr. Hugo López-Gatell, un epidemiólogo experto, con altísimo reconocimiento internacional y una larga carrera en la administración pública federal, a la que ingresó en tiempos de Felipe Calderón Hinojosa, la oposición política se ha centrado en algunos dichos del presidente y no en las expertas recomendaciones del funcionario, perfectamente alineadas a las disposiciones de la Organización Mundial de la Salud, y acusa al tabasqueño de conducir al país a una catástrofe. Evidenciados cuando prácticamente “celebraron” el primer muerto –que resultó una absoluta falsedad-, políticos vinculados al PAN y a Movimiento Ciudadano, así como decenas de editorialistas de los que fueron consentidos en anteriores sexenios, están operando políticamente en medio de la crisis con un cinismo que raya en lo criminal. El presidente, por su parte, ha decidido continuar con sus maneras comunicativas. ¿Lograrán los enemigos de López Obrador crear por fin un amplio boquete en la enorme popularidad del tabasqueño? La respuesta la dará, con toda seguridad, el desarrollo de la contingencia. Por lo que podemos observar, el gobierno mexicano está tomando las mismas medidas de todos los países, incluso con cierta anticipación, por lo que es previsible que la pandemia pueda ser contenida, aunque claro, para ello la actitud de todos y cada uno de nosotros será incluso mucho más crucial que lo que las autoridades puedan hacer.

Ciertamente, a muchos mexicanos nos indigna que los enemigos políticos de López Obrador estén usando una crisis de salud pública para sus intereses. Pero no es muy distinto de lo que está ocurriendo en prácticamente todo el orbe. En España, por ejemplo, la oposición de derecha está acusando a Pedro Sánchez de haber retrasado las medidas de distancia social para permitir las multitudinarias marchas feministas del 8 de marzo, cuando para esa fecha ya se habían diagnosticado casi 700 casos y habían fallecido 17 personas. Sánchez, entre tanto, se escuda en señalar que su gobierno se apegó a los estándares internaciones. En otro debate escandaloso, el ministro de salud de Holanda, Dr. Bruno Bruins, se desmayó en el parlamento flamenco tras sostener una aguda discusión con el diputado neonazi Geert Wilders, quien estaba exigiendo la expulsión de todos los extranjeros y el confinamiento de toda la población. Después de recuperarse, Bruins incluso pidió disculpas y explicó que hacía una semana que no dormía, trabajando intensamente en las medidas de prevención. El neonazi quedó así descalificado. Mención aparte merece la siempre solidaria e internacionalista actuación de Cuba, que en esta crisis mundial está prestando auxilio en varias naciones, incluso en Brasil, de donde su brigada médica había sido ignominiosamente expulsada por el demente de Jair Bolsonaro cuando tomó el poder. Ahora que, lamentablemente, el gigante sudamericano se encuentra en la dramática coyuntura de la expansión del coronavirus, los profesionistas cubanos de la salud están prestos a brindar su apoyo a los más necesitados y sufridos. Y ese es tan solo uno de los gestos de nuestros admirados hermanos caribeños, que honran cada día los ejemplos de Martí y de Fidel.

Por lo pronto, y muy aparte de este análisis político, invitamos a nuestros lectores a mantenerse debidamente informados por los canales oficiales, atender las recomendaciones de nuestros gobiernos municipales, estatal y federal, y, sobre todo, quedarse en casa, que es la forma más segura de cuidarnos nosotros, a nuestras familias y a nuestros conciudadanos.

Editorial

La condición viral

Rodrigo E. De los Santos

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Los malestares se agudizan con el paso de los días. Los expertos ofrecieron diferentes remedios para tratar al paciente, pero la enfermedad siguió avanzando. Con sus recetas basadas en métodos probados por la ciencia económica, nos prometieron la pronta mejora, la anhelada salud bursátil del cuerpo y alma. Y seguimos sus indicaciones al pie de la letra, sin objeciones ni cuestionamiento: compramos, vendimos, prestamos, depositamos, acreditamos y privatizamos, todo para sacar adelante al paciente. Pero los breves periodos de bienestar enmascaraban el incesante deterioro generalizado. Algunas voces nos advertían los peligros de los efectos secundarios, pero decidimos tacharles de charlatanes, de pseudocientíficos, de traidores, de revoltosos y blasfemos. Mujeres y hombres de poca fe. Al parecer nos equivocamos. Ahora se nos dice que una mutación, un ‘error’ en el código genético de un viejo conocido es la responsable de la recaída. Nos ofrecen nuevos remedios bañados en subsidios corporativos, rescates financieros, fórmulas mágicas y modelos económicos que garantizan librarnos del coma que viene. Otros, los más ilustrados, nos venden desde sus lujosas bibliotecas privadas la píldora para la transición hacia un cambio de paradigma en la forma de pensar: ‘El cambio está en uno mismo’. Tal vez hemos sido engañados. Tal vez la cura ha sido un veneno. ¿No es posible que los médicos del mercado hayan buscado beneficiarse con la enfermedad crónica? No hay que escandalizarse. Después de todo así opera la ley de la oferta y la demanda, la mano invisible de Adam.

 El actual brote de enfermedad por coronavirus (COVID-19) avanza de manera implacable. En términos de salud pública no tengo mucho que escribir. Lo que vivimos es una crisis sanitaria global que afecta de manera catastrófica los sistemas de salud, revelando la fragilidad de la infraestructura pública. Las condiciones de trabajo del personal médico y el escaso apoyo gubernamental exponen las miserias intelectuales y morales de los líderes políticos, que con sus palabras vacías buscan aplazar la inevitable ira popular. En términos económicos es prematuro estimar la gravedad de la situación, pero las expectativas son sumamente negativas. Solamente en los Estados Unidos, la cuna del Capitalismo Imperial Tardío, se proyecta que la tasa de desempleo alcance hasta un treinta por ciento al final del año. En otros países la situación no es muy diferente. El descontento generalizado podría abrir nuevos canales para la normalización de la represión, el control social y la legitimación del monopolio de la violencia por parte del Estado. La fantasía totalitaria cautiva nuevamente las mentes de las élites y del complejo industrial militar. Y como siempre, el martillo pegará más fuerte sobre los oprimidos: las clases trabajadoras, las poblaciones marginadas, las minorías étnicas, raciales, y sexuales. Ellas serán las víctimas de las atrocidades usuales de los opresores, quienes han hecho de las crisis su pasatiempo favorito.

 Decir que el coronavirus es la enfermedad a vencer es caer de nuevo en el fraude de la homeopatía neoliberal. La enfermedad a tratar es más compleja. Su cura se encuentra lejos de los aparatos de poder, lejos de los médicos del mercado, de los gurús de la academia, de los medios de comunicación, y de las redes sociales. Tampoco se haya en aislamiento comunal y las guías de autoayuda o de supervivencia. El COVID-19 desenmascara la brutalidad de nuestras estructuras sociales, económicas y políticas. Es una suerte de aparato biocultural que nos permite descubrir una vez más los síntomas que en nuestras vidas cotidianas se esconden bajo la ilusión del progreso y la búsqueda de la felicidad. Los privilegiados que tenemos la oportunidad de aislarnos cómodamente en nuestras casas, tenemos el deber mínimo de hacernos la antigua pregunta ¿Cómo llegamos aquí? Nuevamente se nos plantea esta rebuscada reflexión, pero ahora los tiempos demandan atenderla con honestidad y valor.

 Se anuncia que ‘después de la pandemia no podremos ser los mismos’. No seamos inocentes. Si algo hemos aprendido de la historia humana es nuestra tendencia hacia la repetición. No. El cambio no va a ser un error aleatorio como ocurre en los nucleótidos de un virus. Los ensayos elocuentes sobre la condición humana, los tratados de las ciencias políticas y de los intelectuales de nuestros tiempos no materializarán el cambio que requerimos. Las ideas de cambio florecen en todas partes y en todos los periodos históricos, pero suelen disiparse en la atmósfera las tradiciones. De vez en cuando algunas se establecen como fuerzas dominantes, pero sólo después de una violenta oposición. Los opresores siempre buscarán ajustar los nuevos estilos de vida para su beneficio privado. Es por eso que la acción se vuelve ahora una necesidad de supervivencia colectiva.

 Es momento de volver a escuchar a aquellas voces que hace tiempo trataron de ofrecernos respuestas alternativas, aquellos que decían que la cura se encontraba en la acción prolongada de las minorías oprimidas. Ellos presagiaban que sólo así el espíritu de comunidad despertaría. En tiempos de temor e incertidumbre nos recuerdan que ‘el valor, la devoción, y el espíritu de sacrificio son tan contagiosos como la cobardía, la sumisión, y el pánico’. Tal vez la cura se encuentra en este tipo de pandemia.

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El pasado nos alcanzó

Contagio y juicios colectivos

Ricardo Maldonado Arroyo-

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¿Deben ser sancionadas las personas que salen a la calle durante la contingencia por Coronavirus? ¿Avalaría que personas con Covid-19 sean vigiladas y forzadas al confinamiento? ¿Estaría de acuerdo en exhibir nombres y domicilios para alertar del riesgo? ¿Ha pensado que hay quienes están propagando el virus deliberadamente? Estos días la consternación mundial ha orientado el debate público hacia la responsabilidad individual y colectiva sobre la salud, contemplando escenarios que, en otras circunstancias, serían impensables. Las interrogantes no son nuevas, surgen cada vez que una enfermedad desconocida o una epidemia altera la vida cotidiana y tiene elevado costos económicos y sociales.

Tratar de hallar responsables de una epidemia o sus efectos cae en una esfera ética que no debe tomarse a la ligera. Dado la creciente polarización de las opiniones, es pertinente analizar cómo las personas estamos entendiendo el riesgo y a quiénes se les está adjudicando, pues parece que la gran preocupación de hoy es señalar sujetos culpables. La furia de una sociedad atemorizada se vuelca sobre personas “irresponsables”, que “ponen en peligro” a las demás, porque en alguien habrá de recaer “la culpa” del contagio y los decesos. Esto apenas comienza ¿Cómo reaccionaremos cuando las estadísticas nos revelen el saldo de la pandemia en nuestras comunidades? ¿A quiénes lincharemos para calmar nuestro disgusto?

No me malinterprete, sé que hay personas que desestiman las medidas de prevención, pero, en materia de salud, es un error participar de juicios colectivos en torno a decisiones individuales. Hay que comprender que no son decisiones aisladas, sino las que todas y todos tomamos en conjunto, lo que nos expondrá o protegerá del nuevo Coronavirus. De acuerdo, salir de casa, si no es necesario, es una decisión riesgosa, pero ¿no tienen el mismo efecto las acciones que merman nuestra salud y nos vuelven vulnerables al virus o que pueden contribuir a la saturación de los hospitales? ¿No soy irresponsable cuando fumo cinco cigarros al día o me mantengo sedentario, a pesar de que tengo sobrepeso (el confinamiento no es pretexto para la inactividad física)? ¿Fue irresponsable comer el domingo ese delicioso mondongo o mi torta de lechón sabiendo que soy hipertenso(a), beber ese café tentador o la botella de licor que guardaba hace tiempo? ¿Sigo consumiendo pan dulce y refrescos azucarados sabiendo que padezco diabetes? ¿Estoy tomando las pastillas de mi tratamiento que llevo hace años o, extrañamente, se me “olvidan”? ¿Debería confesar que participé del “asalto” a supermercados y farmacias por el que escasean tapabocas y gel antibacterial?

Respecto al confinamiento, ¿debo señalar al vecino por salir a comprar su cerveza o él a mi por hacer una visita “rápida” a un amigo aprovechando que está en casa? ¿O mejor nos unimos para castigar con la mirada a la vecina que sigue distribuyendo productos de su negocio multinivel o que saca tres veces al día a pasear a sus mascotas? ¿Qué tanto es “tantito” fuera de casa y quiénes son las personas irresponsables? ¿Qué sucederá si me diagnostican Covid-19, me quedaré en casa o indagaré quién me contagió para ver si así me curo? Este enfoque de autoexploración invita a pensar los riesgos en primera persona, para contribuir de manera efectiva a la prevención. Pretender controlar a la población mediante sanciones, vigilancia y señalamientos públicos, es un camino lleno de asperezas que fomenta el abuso y la discriminación.

Si todas y todos somos corresponsables de la salud comunitaria, podemos contribuir a reforzar las medidas de prevención con el ejemplo, medidas notablemente sencillas y prácticas. No son necesarias patrullas, armas ni cárceles llenas de gente enferma para combatir el nuevo Coronavirus. El gobierno federal lo tiene muy claro, por lo que se ha comprometido a no militarizar la respuesta y a privilegiar el enfoque de salud pública. De nada servirá tener a un policía en cada esquina o en la puerta de cada vivienda, si en la cola de las tortillas no somos capaces de guardar un metro de distancia.

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Editorial

Mezquindad política, la derecha y el COVID-19

Mario Alejandro Valdez

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Desde que empezó la crisis del coronavirus, Felipe Calderón Hinojosa ha emprendido una tortuosa campaña de desinformación en su afán por atacar al gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador. Otros políticos de derecha, como Marko Cortés, presidente del PAN, y Enrique Alfaro, gobernador de Jalisco, han lanzado también ataques insidiosos y, en la mayoría de los casos, falsos, con tal de desacreditar al tabasqueño. El presidente los ha llamado en reiteradas veces “zopilotes”, en tanto que el líder en el combate al COVID-19, el experto epidemiólogo Hugo López Gatell, ha optado por un elegante desprecio, enviándo irónicos saludos a quienes lo atacan un día sí y el otro también. Podríamos pensar que es normal dentro del combate político utilizar cualquier coyuntura para confrontar al rival, pero un análisis un poco más profundo nos revela ciertas tendencias en este comportamiento.

Y es que en otras latitudes está ocurriendo exactamente lo mismo. En España, en los últimos días, los partidos Popular, de derecha, y Vox, de extrema derecha, han lanzado una incesante cauda de falsedades contra el socialista Pedro Sánchez, presidente del gobierno, y contra Pablo Iglesias, vicepresidente y líder del izquierdista PODEMOS. Sin el menor escrúpulo, miembros de estos partidos han lanzado mentiras, inexactitudes y falsificaciones al por mayor, con la idea de golpear a sus rivales, de irlos “doblegando”, preparando así el terreno para los futuras contiendas electorales. En una de las falsificaciones más escandalosas, los extremistas de Vox acusaron a Iglesias de haber internado a su padre en una habitación individual en el mejor hospital público de Salamanca, aduciendo como prueba una foto del político izquierdista cuando se encontraba en la cafetería del hospital. Pero resulta que, afortunadamente, el padre de Iglesias se encuentra confinado en su casa, en perfecta salud, y que la fotografía en realidad corresponde a una situación de 2016. En otras ocasiones, los populares han utilizado fotografías y videos de los efectos del coronavirus en China, o incluso de otras crisis humanitarias ocurridas en años anteriores, presentándolas como actuales y situadas en España.

La crisis del COVID-19 también ha sido utilizada por el neo-nazi húngaro Viktor Orban para desaparecer el parlamento, en tanto que el dictador filipino Rodrigo Duterte ha ordenado a su ejército disparar a matar a quien viole la cuarentena decretada para contener la pandemia. ¿Asesinar gente con el pretexto de combatir una enfermedad? Adivino Ud.: ambos políticos comulgan con las ideas de los mexicanos Calderón, Cortés, Alfaro y demás.

No nos confundamos, pues. Mentir, falsificar, derogar el estado de derecho o asesinar no es parte de la lucha política convencional. Son usos de la derecha, una visión política que se alimenta del miedo, del pánico y de la ignorancia. Son su caldo de cultivo, son su escenario favorito, su elemento natural. También lo vemos en el derechista Trump, quien después de burlarse irresponsablemente de las consecuencias de la pandemia, cambió su discurso, pero no para emprender un esfuerzo por aminorar el sufrimiento de su pueblo, sino para alentar la compra de armas como medida para enfrentar la crisis, y escalando la campaña de agresiones contra el gobierno y el pueblo venezolano, en momentos en los que Sudamérica, como todo el mundo, resienten los golpes de la cruel enfermedad.

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Por otro lado, la bloqueada y calumniada Cuba, nuestra querida Isla de la Dignidad, presta el auxilio de sus hijos en hospitales europeos de primer mundo, lo mismo que en situaciones muy distintas en Venezuela, Nicaragua y en varios países africanos, al tiempo que enfrenta con gran valor y éxito la pandemia en el propio suelo de la patria. ¿Ven como no es lo mismo la izquierda que la derecha? Justo es reconocer que el gobernador de Yucatán, emanado del PAN, está cumpliendo con una responsable y eficiente labor, en perfecta coordinación con el gobierno federal. Por supuesto que su actuar tiene ribetes de estrategia política, pero, sin duda, se ha mantenido en el terreno de la ética y el beneficio popular. ¡Hay también de derechas a derechas!

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