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El pasado nos alcanzó

Iconoclastas contra Zapata en tacones

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Un broncíneo Emiliano Zapata en pose seductora, vistiendo apenas sombrero charro rosa y tacones negros, mientras cabalga portentoso corcel blanco, ha desatado uno de los pasajes más surrealistas de este año. La Unión Nacional de Trabajadores Agrícolas bloqueó el día de ayer, 10 de diciembre, las puertas del Palacio de Bellas Artes donde se expone la obra descrita, que lleva por título “La Revolución”, exigiendo retirarla en un plazo no mayor de 48 horas o, de lo contrario, amenazan con destruirla. Previamente, Jorge Zapata, nieto del caudillo, anunció públicamente su intención de interponer una denuncia por considerar que la imagen es “denigrante”. Las autoridades de cultura están mediando y llamando a la mesura, pero el grupo campesino parece no ceder. Es una estampa digna de película de Luis Estrada.

Antes de encender los ánimos, quienes protestan deberían considerar al menos tres aspectos. Primero, es ofensivo que, en pleno siglo XXI, la representación feminizada de un personaje histórico se considere denigrante. ¿Por qué espantarse de hombres representados con rasgos masculinos y femeninos (lo cual varía según la sociedad)? Pensar que lo femenino “denigra” y los masculino es una virtud, saca a flote el machismo más profundo. Por ejemplo, el coraje y la gallardía de las soldaderas no motiva polémica. Emiliano Zapata ha sido hipermasculinizado en incontables ocasiones, le han atribuido muchas conquistas, sean verdaderas o falsas, se le ha caricaturizado (no es un secreto que sirvió de inspiración para dibujar a Speedy González), pero parece que la mayor afrenta es homoerotizarlo. Muchas mujeres, sí, muchas pistolas, también, tacones, no.

Segundo, el arte es un proceso creativo que implica libertad. El arte no pretende ajustarse a los parámetros morales de alguien, sino generar una experiencia estética a través de diversos elementos. Esta libertad abarca la crítica social y la reformulación de nuestro pasado. La exposición Emiliano. Zapata después de Zapata, donde se puede visitar el polémico cuadro, incluye otros tantos de diverso formato y contenido, pero el único que parece disgustar es donde calza tacones. Se puede inferir que su autor, Fabián Cháirez, desea provocar al espectador, remover las fibras más sensibles de nuestros imaginarios de género, por tanto, cumplió su propósito. Y está muy bien si no gusta, el espectador puede continuar su camino. El arte es una alternativa, no una obligación. Esta pintura en particular tampoco es una incitación al odio ni al exterminio de algún grupo (como sí lo han sido otras), si se razona con detenimiento, puede ser hasta un lindo afiche revolucionario. No existe razón alguna para censurarla o destruirla. En lugar de hablar sobre qué tan femenino luce Zapata, deberíamos debatir la calidad pictórica de la imagen y si es digna o no de nuestra atención.

Tercero, es necesario reconocer que cada sector de la sociedad mexicana se ha apropiado de la historia y la ha reinterpretado. Nuestra historia nacional se asentó sobre mitos y personajes históricos a quienes se atribuyó un dechado de virtudes. Con la crítica al nacionalismo, resaltó el vacío histórico donde deberían estar representados mujeres y colectivos de la diversidad sexual. Nuestra historia se ha construido con hombres, todos supuestamente heterosexuales. Más allá de la dificultad de documentar las prácticas sexuales de un personaje del pasado, ha surgido la necesidad de reivindicar la disidencia sexual, que también es revolucionaria. Ese es uno de los mensajes que puedo inferir del cuadro de Cháirez. En esta tónica, colectivos de la diversidad sexual se han apropiado de las figuras de Emiliano Zapata y Maximiliano de Habsburgo, de las letras de Sor Juan Inés de la Cruz y Salvador Novo. No se trata de revelar verdades o falsedades históricas, sino del valor de hacer partícipes de la historia a quienes antes parecían no existir.

¿Qué ofende a quienes protestan? ¿El cuestionamiento a la historia o a la masculinidad hegemónica? Nadie se ofende por los hijos de los curas Miguel Hidalgo y José María Morelos, porque es una transgresión religiosa, no a su “hombría”. Pero a la luz de la diversidad sexual, qué mas da si el sombrero de Zapata es negro o rosa, o si usa tacones. Emiliano Zapata, no el abuelo ni el padre, sino el personaje histórico, pertenece a la historia nacional que hoy se reinterpreta en el arte. Y así como nos ha ayudado a comprender la opresión de los campesinos, hoy nos ayuda a comprender la opresión derivada del machismo. Esperemos que la Secretaría de Cultura actúe conforme a la libertad de leer, representar y apropiarnos de nuestra historia.

Post scriptum: Agradecemos a la Unión Nacional de Trabajadores Agrícolas, pues con su intento de censurar el cuadro de Zapata han logrado el efecto contrario: ahora todo el país lo ha visto.

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El pasado nos alcanzó

Pero los anteriores también lo hacían

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Ha sido un penoso descubrimiento percatarme de que, ante las críticas a la actual administración estatal, es cada vez más recurrente obtener como respuesta: “pero los anteriores también lo hacían”. Palabras más, palabras menos, esta idea se desprende de los labios de personas que, por diferentes motivos y basados en experiencias poco afortunadas, tratan de poner punto final a incómodas charlas acerca de política. Si bien están refiriendo algo cierto, no deja de ser un termómetro de la decepción y el hartazgo social con el que hemos tenido que lidiar en nuestro complejo régimen político. En este sentido, me referiré, en primer lugar, al contenido y, en segundo lugar, al contexto de esta afirmación.

¿A qué prácticas aluden las personas cuando se refieren a aquello que hacían en gobiernos anteriores y que continúan haciendo en el gobierno actual? Entre otras, al manejo de la administración estatal para beneficiar a cúpulas empresariales donde está inmersa la misma clase política; el uso dudoso de los recursos, proclamando austeridad para los trabajadores y la ciudadanía, mientras se despilfarra en otros gastos; la creación de impuestos, derechos y trámites para recaudar más, sin que sea convincente el destino de tales recursos; la colocación de compromisos políticos en el aparato estatal; la vendettas políticas y “quema de brujas”, que no sólo abarca a servidores públicos de alto rango, sino también a trabajadores a quienes se descalifica públicamente para poder despedirlos alegando corrupción o que no tienen preparación profesional; la negación de la crítica y la inconformidad, blindando al gobernador para que no escuche más que aplausos y alabanzas; el abuso de poder por parte de la policía que únicamente protege a ciertos políticos y empresarios; las “mordidas” que median en trámites de toda índole y permiten la consabida elusión de infracciones y multas.

Esta no es una lista exhaustiva ni acabada, pero da una idea de los temas que están sobre la mesa. Y sí, es cierto, no son prácticas nuevas, tanto el PRI como el PAN, que han ocupado la silla del Ejecutivo estatal, retomaron y pulieron estas deshonrosas estrategias de gobierno. Lo lamentable es que el argumento ya no sea demostrar cómo se están erradicando, sino legitimarlas con la fórmula de que “los anteriores también lo hacían”. Este argumento nos lleva a la conclusión de que, al haber sido siempre así, la actual administración estatal tiene la prerrogativa de continuar en el mismo sentido. Es casi una venia inmoral para resignarnos a lo mismo. La exhibición del régimen político ha llegado a tal grado que es imposible rebatir las prácticas que lo corrompen. En sentido opuesto, sería ingenuo pensar que la clase política cambiará de un día para otro. Pero la ciudadanía sí está cambiando y juega un rol cada vez más activo. ¿Nos ocuparemos de cuestionar y actuar o les daremos a este y futuros gobiernos la autorización de hacer lo que los anteriores también hacían?

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Una cortina de gas lacrimógeno

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Arrojar gas lacrimógeno a quienes se manifestaban el pasado 19 de enero, previo al informe del gobernador del estado, fue, por sí misma, una decisión autoritaria y torpe. Pero lo que más ha sorprendido son los intentos de las autoridades por justificarse Subestimando la inteligencia de la ciudadanía, se ha difundido el argumento de que existe una campaña de desprestigio contra el gobernador. El asunto ha sido ampliamente discutido, por lo que únicamente haré explícitos tres razonamientos insostenibles de la supuesta conspiración del gas lacrimógeno:

Primer chivo expiatorio: el agresor solitario. Ante el inmediato y evidente descontento por la agresión policiaca, el Secretario de Seguridad Pública, Luis Felipe Saidén, declaró el mismo día que, en efecto, un agente arrojó la granada de gas lacrimógeno, pero que actuó de manera aislada, sin recibir órdenes de sus superiores. Además, aseguró que el agente fue suspendido en tanto se realiza la investigación correspondiente. La estrategia de cargar toda la responsabilidad a un servidor público de bajo rango es tan conocida, que las palabras del comandante Saidén fueron contestadas con incredulidad y enojo. El Gobierno del Estado tampoco consideró que buena parte de los manifestantes son trabajadores despedidos de la administración pública y pensionados, por lo que responsabilizar a otro trabajador que no toma decisiones, resulta ofensivo, por decir lo menos.

Segundo chivo expiatorio: los “fuereños”. Tanto el gobernador como la Secretaria de Gobierno, María Fritz, acusaron a personas que vienen de fuera de querer “cambiar las cosas”, de alterar las formas pacíficas de la población yucateca, de usar la manifestación para agredir a policías. Por una parte, se trata de desafortunados posicionamientos xenofóbicos de las máximas autoridades del estado. ¿Qué opinan los más de 50,000 habitantes del estado que provienen de otras partes de la República? ¿Tienen menos derecho a manifestarse? ¿Estarán de acuerdo con el estereotipo de que son personas agresivas? Por otra parte, numerosos testimonios y videograbaciones de quienes participaron en la manifestación dejan claro que el contingente estaba integrado por personas descontentas, la mayoría de origen yucateco, ejerciendo su legítimo derecho a manifestarse. Error de estrategia del Gobierno: en 1970 pudo haber dado su versión de los hechos en los escasos medios impresos de la época, sin mayor posibilidad de cuestionarla. Pero en pleno 2020 la ciudadanía es un ejército armado con cámaras e internet. ¿En serio pensaron que prevalecería la versión oficial?

Tercer chivo expiatorio: Morena. El 19 de enero hubo dos grupos de manifestantes, uno compuesto por personas de diferente extracción, a quienes la policía impidió el paso sobre la calle 60 y les arrojaron gas lacrimógeno, otro compuesto por simpatizantes de Morena, que lograron eludir el cerco policiaco y llegar a la entrada del Centro Internacional de Congresos. Tras los disturbios, el PAN acusó a Morena de organizar grupos de choque para agredir policías. Este apuro del PAN por generar un sesgo partidista a la protesta es, a mi parecer, resultado del temor de asumir el costo electoral (aunque al gobernador lo tenga sin cuidado). El PAN ataca al partido que pudiera crecer a costa de las malas decisiones que han causado descontento. Pero esta acusación, además de resultar inverosímil, distorsiona el propósito del otro grupo de manifestantes que se declaró abiertamente apartidista.

Los tres razonamientos expuestos no son tomados con seriedad porque la protesta fue consecuencia de los constantes agravios que han sufrido diferentes sectores sociales, que se sienten ignorados. Empeñado en negar esta realidad, el gobernador decidió presentar un informe a puerta cerrada, rodeado de sus más complacientes colaboradores, “protegidos” por la fuerza pública para evitar reclamos incómodos. ¿Era necesario ese formato y ese despliegue de poder? ¿Fue prudente desplegar un escenario triunfalista con los ánimos caldeados? ¿No era mejor bajarse del estrado y escuchar a la ciudanía? En la lógica del poder, es más fácil evadir responsabilidades y buscar chivos expiatorios.

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Mercadotecnia papal

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Haciendo un lado las cualidades cinematográficas de Los dos papas, que se transmite en conocida plataforma de streaming, es pertinente preguntarse por su posible impacto en la audiencia. Al Vaticano le cae muy bien una historia en la que el papa Francisco se distancia de sus antecesores, enmarcado por un supuesto carácter afable y el interés por causas sociales que han estado latentes en las últimas décadas. La película lo retrata como un luchador social arrepentido de los errores del pasado y un reformista de la Iglesia Católica.

Pero esta estrategia no es nueva. A pesar de que la película contrasta a Francisco con Benedicto XVI, en realidad, se ha intentado borrar la sombra de Juan Pablo II. De manera explícita se habla de este último como un papa conservador, guardián de la tradición. Por años se denunció el rechazo de Juan Pablo II al sacerdocio de las mujeres, el aborto, los métodos anticonceptivos, la diversidad sexual, la Teología de la Liberación, se le cuestionó la persecución contra los ministros disidentes, los privilegios otorgados al Opus Dei y los Legionarios de Cristo. Pero todo esto pasó a segundo término por una constante y machacona mediatización de su imagen, de la que México fue el mejor ejemplo. El papa bueno, el papa sencillo (porque no usaba reloj, pero sí telas finas), el amigo de México y, finalmente, el santo. A la distancia, después de saberse que tenía conocimiento de los miles de casos de pederastia en todo el mundo, su canonización parece más un acto político que espiritual.

Por su parte, Benedicto XVI tampoco salió bien librado, considerando que era el titular de la Congregación para la Doctrina de la Fe desde el papado de Juan Pablo II y, por tanto, el encargado de enjuiciar a los disidentes de la Iglesia. Benedicto XVI nunca logró ser un fenómeno de masas, su imagen rígida se sostenía más por la institución que representaba, que por carisma y liderazgo. Como igual se muestra en la película, escándalos financieros y sexuales orillaron a su dimisión. Hoy, en el silencio del retiro, espera que sus últimos años transcurran sin sobresaltos.

¿Es entonces Francisco el reformador que la Iglesia esperaba? Tengo mis dudas. Salvo algunas declaraciones entusiastas y ambiguas, la situación poco ha cambiado: sobrevivientes de abuso sexual claman justicia, las monjas mantienen un estatus subalterno respecto a los sacerdotes, sigue vetado el matrimonio para ambos, el Vaticano es un catálogo de lujo y riqueza, sus cuentas engruesan día con día, se habla de “comprensión” para las personas homosexuales mientras se mueven los hilos de política para obstaculizar sus derechos, ¿promover la despenalización del aborto?, impensable. A seis años de la coronación de Francisco, la Iglesia Católica se mueve muy lentamente, así que no viene mal una película esperanzadora. No podría asegurar que hubo acuerdo entre los productores de Los dos papas y la Curia Romana, pero sí que los primeros le han hecho un gran favor a la segunda.

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