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El pasado nos alcanzó

Política ambidextra

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Cerramos el 2019 con toda clase de análisis acerca del primer año de gobierno de López Obrador. Sería injusto desconocer las decisiones que han sido atinadas, como también lo sería desvivirse en alabanzas que soslayen las consecuencias de políticas aplicadas a tabula rasa. Dado que en esta columna no caben los muchos señalamientos expuesto en días recientes, partiré de dos casos emblemáticos que representan la ambivalencia del gobierno federal, y que han marcado a Morena, partido del que emanó el actual presidente (¿o Morena emanó del presidente?). Me refiero al intento de la Comisión de Honor y Justicia de dicho partido de expulsar a Lilly Téllez de su bancada en el Senado, por sostener posturas conservadoras, y a Soledad Lúevano Cantú, senadora igual de Morena, quien presentó una iniciativa para otorgar mayores atributos a las asociaciones religiosas. Líderes del partido han expresado posturas encontradas y, en ambos casos, López Obrador se ha desmarcado. Atrás quedó el tiempo en que éste acusaba enérgicamente que a Soledad Lúevano le habían arrebatado la alcaldía de Zacatecas, mediante fraude electoral, o las facilidades brindadas para que Lilly Téllez fuera candidata de Morena en Sonora sin tener que afiliarse al partido.

Y usted me cuestionará: ¿por qué involucrar el desempeño de dos legisladoras en una crítica al Ejecutivo, si son poderes distintos? Bueno, es importante recordar que, en tiempos de campaña, López Obrador vendió la idea de que era necesario un Poder Legislativo con mayoría de Morena y aliados, para poder sacar adelante las grandes reformas que necesita el país. Muchos votantes acudieron a las urnas confiando, no en quienes ocupan las curules, sino en su portavoz. El proyecto electoral de Morena no triunfó sólo por el apoyo de la tradicional izquierda mexicana, sino por incorporar a partidos tan disímbolos como el PT y el PES, o sectores opuestos como grupos campesinos y empresariales. El arca que salvaría al país ha sido tripulada por tirios y troyanos, y nos han servido políticas de chile, de dulce y de manteca. Por tal razón no me atrevería a afirmar que tenemos un régimen de izquierda ni de derecha, sino, más bien, ambidextro.

Ambidextra es aquella persona que puede emplear extremidades izquierdas y derechas por igual. En política, izquierda refiere una tendencia a gobernar bajo la regulación del Estado y en alianza con organizaciones de trabajadores y, la derecha, gobiernos que privilegian el libre mercado y la acción de las clases empresariales. Derecha e izquierda son términos de uso ordinario, por tanto, su definición no es única ni precisa. A ambas tendencias se han superpuesto posturas que oscilan entre el liberalismo y el conservadurismo. Estos términos también han trascendido al liberalismo económico y al conservadurismo político, para abarcar posturas sociales y/o éticas. Liberales ahora son quienes apoyan las reivindicaciones de grupos históricamente discriminados y medidas basadas en la libertad individual como el aborto, la eutanasia y el consumo de drogas recreativas; en tanto que conservadores son quienes desean mantener valores e instituciones dominantes del pasado, así como modelos cercanos a principios religiosos.

Así se explica que las iniciativas presentadas por los senadores morenistas Porfirio Muñoz Ledo en 2018 y Nestora Salgado en 2019, para hacer posible el matrimonio igualitario en todo el país, hayan encontrado contestatarios en su propio partido, o que la promesa de Olga Sánchez Cordero de impulsar la despenalización del aborto y el uso recreativo de la mariguana todavía no pase de eso: del impulso. Pero el proyecto de Morena es, además de ambidextro, ambivalente en otros sentidos. Por ejemplo, la ética reducida a moralismo decimonónico, con la bandera del combate a la corrupción, se trata más de una idealización del quehacer del servidor público, que de combate a la impunidad. A la par que se señala la corrupción del pasado, se exonera de toda culpa a Manuel Bartlett y a Elba Esther Gordillo, se crean carpetas de última hora para juzgar a Felipe Calderón (Estados Unidos tuvo que hacerlo primero), Sánchez Cordero acuerda “en lo oscurito” con el actual gobernado de Baja California para la extensión de su mandato, se traban alianzas con grandes empresarios evasores de impuestos mientras se persigue al pequeño contribuyente.

Esta política ambidextra y ambivalente no debería causar sorpresa, pues ha sido una estrategia de los últimos gobiernos mexicanos para poder mantenerse en el poder. Las posturas de las senadoras Lilly Téllez y Soledad Lúevano no son “errores” ni anomalías de Morena, son parte de los pesos y contrapesos del poder, que sirven para lanzar anzuelos y luego retirarlos evitando manchar a López Obrador. La ciudadanía debe abrir los ojos y comprender que el régimen político mexicano no se inventó ayer ni está transitando a la cuarta transformación, aunque así lo establezca el discurso salvífico del gobierno federal. La pregunta para el próximo año es: ¿qué haremos con las cartas del juego?

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El pasado nos alcanzó

18 años de acompañamiento

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Una persona recién diagnosticada con VIH o Sida suele necesitar acompañamiento. En ocasiones, este proviene de familia, amistades y/o la pareja. También hay quien vive la experiencia aislándose. Pero un factor que puede facilitar el proceso es encontrarse frente a frente con sus pares, con otras personas que comparten el diagnóstico. Más allá de la información que reciba del personal de salud, cuando una persona con VIH convive con otra en la misma condición, fácilmente cobra conciencia de que puede continuar su proyecto de vida. Apegándose al tratamiento antirretroviral, es posible trabajar, estudiar, llevar una vida en familia o en pareja, con responsabilidades, expectativas y momentos de esparcimiento.

Esta necesidad fue el punto de partida para que hace 18 años naciera en Mérida la Red de Personas Afectadas por VIH (Repavih). Esta asociación civil se ha ocupa de establecer vínculos entre personas con VIH, promover la detección y prevención del VIH y otras infecciones de transmisión sexual, y participar en la defensa de los derechos humanos, en particular, el derecho a la salud. Son numerosas las actividades en su haber y las personas voluntarias que han aportado tiempo, conocimientos o recursos materiales. En un principio, el círculo estaba compuesto exclusivamente por personas con VIH, pero, con el tiempo, otras se sumaron a la labor de la Asociación, participando en actividades abiertas al público en general. Esta labor discreta, pero constante, le ha granjeado el reconocimiento de quienes hacen uso de sus servicios, así como de otras organizaciones no gubernamentales, instituciones educativas y de gobierno con las cuales existen lazos de colaboración.

Durante unos años tuve la oportunidad de formar parte de Repavih y contribuir a la gestión y planeación de sus actividades. Esta experiencia, altamente significativa y edificante, me permitió comprender por qué son importantes estas iniciativas de la sociedad civil. Las organizaciones relacionadas con el VIH/Sida surgieron en un contexto histórico donde era urgente visibilizar el estigma, la discriminación y la negación del derecho a la salud. Era una cuestión de supervivencia. Repavih se sumó en 2002 a esta causa que, el día de hoy, sigue vigente. La discriminación a las personas con VIH no ha desaparecido, sólo se ha reformulado. Todavía hay personas que reciben la noticia del diagnóstico como una sentencia de muerte, física y social, quienes abandonan el tratamiento por miedo o desinformación o temen sincerarse con personas cercanas porque han interiorizado el estigma.

Mientras estas realidades existan, Repavih representará un espacio de cobijo, alivio y solidaridad. La apuesta por el apoyo mutuo y la organización de las personas con VIH es indispensable para resolver los costos sociales de la epidemia. El mayor involucramiento de las personas afectadas en el autocuidado de su salud y la exigencia de sus derechos, es una fórmula recomendada por organismos internacionales como la ONU. Hoy por hoy, Repavih es un ejemplo de los alcances del esfuerzo colectivo de personas con y sin diagnóstico de VIH, hombres y mujeres, con una sólida base comunitaria. Ahora que la Covid-19 despierta tantos temores es también un recordatorio de que la mejor manera de enfrentar una epidemia es reforzando las estrategias comunitarias.

Post scriptum: Repavih se ubica en la calle 54 no. 414C por 47 y 49, Centro. Su teléfono de contacto es el 9991783406.

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El pasado nos alcanzó

Nuestro dictador comunista

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Foto de Julián Durán Bojórquez

Evitaré cualquier crítica al modo de manifestarse, pues cada quien puede hacerlo según sus necesidades y recursos. Tampoco haré mención a consignas clasistas de las caravanas de vehículos contra el presidente de la República, puesto que doy por sentado que toda persona tiene derecho a manifestarse, incluso si el mensaje es incoherente o prejuicioso. Trataré de huir de la generalización, porque sé que en las caravanas del 30 de mayo, 13 y 27 de junio hubo personas con diferentes propósitos y perspectivas. Lo que en realidad deseo subrayar es que le están haciendo un gran favor a AMLO, están incrementado su popularidad en medio de la pandemia.

Debo aclarar que no guardo especial simpatía ni antipatía por nuestro gobernante. Me considero un ciudadano en libertad de ejercer la crítica, razón por la cual observo con desconfianza los mensajes desorganizados y de mayúscula torpeza tratando de expresar rechazo. ¿Pero el rechazo a qué o a quién? Como una especie de “Sabadazo” cada quien grita lo que se le ocurre: consignas anticomunistas sacadas de los arcones de 1960, líderes pro vida que aprovechan cualquier espacio para pedir que penalicen el aborto o que desprecian el contenido de los libros de texto gratuito (sin haber leído uno tan siquiera), personas temerosas de que les expropien sus empresas y cuentas bancarias, pitonisas de nuestro inminente destino como Venezuela del Norte.

En medio de este variopinto espectáculo, el único punto en común es la exigencia de destituir al Presidente. Como bien señaló un manifestante en León: “tenemos todo el derecho a pedirle que se vaya”. Tal vez ignora que apenas en 2019 se aprobó la revocación del mandato en México y que aún hoy el juicio político no aplica para el Ejecutivo Federal. El artículo 108 de la Constitución contiene vagos conceptos que podrían llevar a la destitución como “traición a la Patria” o “delitos graves”, sin especificar cuándo ni cómo. Entonces, si existe una genuina preocupación por limitar las administraciones presidenciales que oprimen a la población, la primera exigencia tendría que ser un marco legal que lo permita. Y mire que hemos tenido más de un presidente merecedor de juicio político. Por otra parte, reemplazar a un presidente a mitad de su gestión, es un proceso altamente complejo y con costos políticos y económicos. ¿Es lo que nuestro país necesita ahora?

El ejercicio electoral con vías a la revocación del mandato, cuando el Presidente conserva gran popularidad, es un arma de doble filo. Si de por sí López Obrador juega con un peligroso balance entre su voluntad y las instituciones, llevarlo a un escenario de triunfo electoral únicamente lo hará sentirse con mayores atribuciones. Además de que estratégicamente confronta y dirige la mirada a sus adversarios políticos, con nombres jocosos como FRENA o BOA, para proyectar la imagen que desea: una oposición conservadora, clasista y divorciada de los intereses de sectores históricamente marginados. Las caravanas han sido un éxito para AMLO, le han servido de parodia, de caricatura política para invisibilizar críticas más severas y fundamentadas.

Ahí están las comunidades que se oponen al Tren Maya, organizaciones feministas que acusan la forma en que se desestima la violencia contra las mujeres, informes ciudadanos sobre la inseguridad que crece incesantemente, personal de salud padeciendo toda clase de carencias, actos de corrupción de altos funcionarios, desaparición de activistas defensores del medio ambiente, trivialización de las obligaciones del Estado con los derechos humanos, dudosas políticas en ciencia, tecnología, artes y cultura, descalificación del gremio periodístico, por mencionar algunas de las observaciones hechas al desempeño del Presidente.

La mayoría de las organizaciones que han exhibido tales situaciones no piden su destitución, sino que se apegue a las leyes y dirija con formalidad y transparencia las instituciones del Estado mexicano. Porque ahora no está en duda la legitimidad del gobierno, no es un turbio proceso electoral el origen de la relación con la Presidencia, sino un ejercicio del poder que arrastra vicios y genera nuevos. No, López Obrador dista mucho de ser un dictador y, aún más, de ser comunista, pero sí es un gran estratega de la comunicación confusa. Propagar la idea de que la oposición se reduce a un grupo de manifestantes en vehículos de lujo lanzando mensajes erráticos, le viene bien, muy bien.

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El pasado nos alcanzó

Comprender el pasado

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Hace unos ayeres asistí a la presentación de un libro acerca de La Siempreviva, revista literaria publicada entre 1870 y 1872, pionera del feminismo en Yucatán. El mismo nombre recibió la sociedad literaria y la escuela para niñas que funcionó hasta 1886. Usualmente se ensalza la gestión y el trabajo intelectual de La Siempreviva, en particular, de su fundadora, Rita Cetina. Me llamó la atención, sin embargo, que a uno de los presentadores del libro preocupaba sobremanera que las publicaciones de La Siempreviva reflejaran un sesgo racial hacia los pueblos mayas. El presentador no estaba equivocado; Cristina Farfán calificó a la maya como “esa indígena raza malediciente” y Gertrudis Tenorio se lamentaba de los enfrentamientos en Peto de la siguiente manera: “Del indio la mano aleve quema, destruye y desola, y es de un mar de sangre la ola en que enviendolo está”.

¿Cómo valorar entonces la obra de La Siempreviva? ¿Debería vetarse a Farfán y Tenorio, haciendo a un lado su obra en favor de otras mujeres? ¿A Cetina también por difundir este pensamiento? Antes de enjuiciar apuradamente, hay que comprender el contexto histórico de la revista. Aunque la Guerra de Castas había entrado en una fase de relativa calma, sus autoras pertenecían a las clases medias liberales que veían con temor el avance de los rebeldes indígenas, por consiguiente, no compartían su sentir ni sus intereses. A la luz de nuestro presente, sus palabras pueden leerse racistas y clasistas, pero en su tiempo tenían otros significados.

Aplicar nuestro sistema de valores al pasado puede derivar en tres errores. El primero es enjuiciar los actos del pasado con parámetros del presente. Prácticamente cualquier gobernante, intelectual o líder social del siglo XIX puede ser fácilmente tachado de misógino, racista o clasista, categorías con las que ahora pretendemos construir una sociedad incluyente e igualitaria, pero que antes no existían. ¿Qué hacer con ellos? ¿Dejar de leerlos, escucharlos o borrar sus nombres de todo homenaje y registro? El segundo es reducir la vida de una persona a los aspectos más oscuros, sin pensar en la complejidad de sus múltiples ideas y acciones. El arquetipo de esta contradicción es la celebrada música de Wagner que contrasta con sus posturas antisemitas.

El tercero es perder de vista nuestra posición respecto al pasado. No es lo mismo valorar el papel de los conquistadores europeos, cuya distancia temporal exige situarnos en su tiempo, espacio y mentalidad, que valorar las dictaduras latinoamericanas del siglo XX, cuyas acciones y consecuencias se resienten hoy en día y sus víctimas y partidarios son personas vivas. Cuando es así, no solo podemos, sino que debemos aplicar nuestro sistema de valores para transformar todo aquello que nos aqueja. El juicio de los chilenos a Pinochet o de los guatemaltecos a Ríos Montt fue pertinente. Igualmente retirar las placas de Díaz Ordaz del metro de la Ciudad de México. Pero ¿qué se obtiene de vetar a personas que vivieron en el siglo XVI o el XIX?

En Mérida este debate es polémico, en buena medida, porque un grupo de hispanófilos trasnochados colocaron una estatua de los Montejo, conquistadores de la península de Yucatán, en pleno 2010. Un acto fuera de lugar. El debate no es nuevo ni se circunscribe a estas tierras. Estos días se ha reavivado con las movilizaciones antirracistas por las que derribaron las estatuas de Leopoldo II en Bruselas y Edward Colston en Bristol, por participar del tráfico y ejecución de esclavos. También hubo que remover una estatua de Gandhi en Accra y proteger la de Churchill frente al Parlamento de Londres, ambos acusados de racistas. Nadie se salva. El argumento central es que se han vuelto símbolos de opresión. Pero es habitual que nuestros vestigios del pasado sean símbolos de opresión. Grandes obras arquitectónicas y de ingeniería, edificios civiles y religiosos, son resultado del dominio y la explotación; incluso las estructuras monumentales de la antigua cultura maya fueron levantadas mediante el sometimiento de unos sobre otros.

Lo que aquí expongo no es una postura contra la acción reivindicativa de derribar estatuas. A menos que tengan un elevado valor artístico, probablemente sea innecesario conservarlas. Sin embargo, considero importante llamar a la mesura. La historia es una invitación a comprender el pasado, no a juzgarlo. Tampoco la función de la historia es dotar de alegatos contra los opresores del pasado, sino analizar cómo éste ha contribuido a la formación de nuestro presente. Antes de demoler vestigios, hay que comprenderlos. El porqué una avenida lleva el nombre de un presidente, un gobernante maya fue enterrado con fastuoso ajuar funerario o una hacienda está llena de objetos suntuarios, nos confronta con estructuras heredadas que sí podemos transformar aquí y ahora. Es más importante depositar nuestros esfuerzos en erradicar la discriminación y las desigualdades que actualmente vivimos. Por ahora solo espero que cuando más gente lea las publicaciones de La Siempreviva el busto de Rita Cetina no ruede por los suelos.

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