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Editorial

¿Por qué el PAN aplaude el golpe racista en Bolivia?

Mario Alejandro Valdez

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Conozco personalmente a cientos de panistas yucatecos y a varios más de otras entidades de nuestro hermoso país. A algunos de ellos los considero mis amigos y los respeto profundamente. Diferentes amigos de ese partido practicaron y continúan practicando aquella “brega de eternidad” de la que hablaba Manuel Gómez Morín, hace ya 80 años. Varios de ellos se enfrentaron al poder y a la represión, sobre todo en la lejana década de 1980, cuando ocurrieron los fraudes en Chemax y las aguerridas luchas por la alcaldía y diputaciones de Mérida. Con justicia, se consideran “luchadores por la democracia”. Han aguantado cera y pabilo, discusiones y desilusiones, y pese a todo se han mantenido fieles al blanquiazul. Se sienten orgullosos, con todo derecho, por las luchas de aquel Luis H. Álvarez, de don Víctor Correa Rachó, del “Maquío”, de Ana Rosa y de los líderes más jóvenes, incluidos el gobernador Mauricio Vila y el alcalde Renán Barrera. Esperaron temerosos la reacción gobiernista aquella noche del 2 de julio de 2000, pero salieron a celebrar, prudentes, discretos, observando con recelo a los policías que resguardaban los edificios públicos. Recuerdo que uno de ellos contaba que “alguien” muy bien informado le había asegurado que, en el Palacio de Gobierno, Víctor Cervera Pacheco, entonces  gobernador de Yucatán, tenía todo un operativo montado para “voltear” los resultados, y sólo esperaba la “orden del de arriba” para echarlo a andar. ¿Fantasía? ¿Exageración? ¿Realidad? Lo que sabemos es que el PRI aceptó su derrota, Víctor Cervera entregó el poder sin conflicto al panista Patricio Patrón -hermano de su yerno, por cierto- y que luego, a nivel nacional, vinieron los doce años de gobiernos panistas, con tan malos resultados que produjeron el inesperado aunque temporal retorno del PRI, y ahora el triunfo de AMLO, cuyo gobierno apenas inicia camino. Pero en todos esos cambios, nuestras fuerzas policiacas y militares se han mantenido expectantes, vigilantes, cumpliendo sus deberes.

El pasado 10 de noviembre, Bolivia, un país con muchos más problemas, menos recursos, menos población y más desigualdad que México, NO vivió una transición tersa, como las nuestras. Todo lo contrario. Después de unas elecciones relativamente competidas, pero ganadas holgadamente por el presidente izquierdista Evo Morales, una minoría urbana, criolla, clasemediera, comenzó a manifestarse clamando un supuesto fraude. Evo decidió NO recurrir a las fuerzas de seguridad, y SÍ permitir que las protestas continuaran sin control. Cometió el error de no medir consecuencias, y sus partidarios, que son sin duda la mayoría, se quedaron casi todos en sus casas, en sus pueblos, en sus campos, acaso un tanto divertidos de que ahora fueran los ricos urbanos los que protestaran, ante la indiferencia del resto de la nación. De pronto, un informe a todas luces interesado de la OEA –que desde que la dirige Almagro es una simple marioneta de Estados Unidos– motivó exabruptos en el Ejército y la Policía, Evo además fue amenazado de muerte, y toda la maquinaria del Golpe de Estado comenzó a funcionar de un modo horriblemente perfecto, automático, despersonalizado inclusive. Evo decidió NO seguir el ejemplo de Allende, México ofreció su asilo, y cumplió, y los golpistas, liderados por una mujer rica, fanática y racista, comenzaron a masacrar a los  partidarios de Evo Morales, quienes por fin despertaron y se dieron cuenta de que en unos cuantos minutos todas sus conquistas se habían pulverizado.

El Ejército de Bolivia sacó a Evo de la presidencia, impuso a la mujer rica, fanática y racista, y comenzó una furiosa represión, que hasta el momento ha cobrado la vida de 30 personas, causado heridas graves a varios cientos y mandado a prisión a otros miles. Sin duda, se ha desatado la barbarie, con los solidarios médicos cubanos siendo acusados de terroristas, para luego ser liberados sin siquiera un “usted disculpe”, y teniendo que abandonar –seguramente lo más doloroso- a sus pacientes, muchos de ellos en estado de gravedad y sin la menor posibilidad de tener otra atención médica. Los golpistas día con día recurren a argumentos cada vez más falaces, más absurdos, mientras cometen una estela interminable de crímenes con tal de mantenerse en el poder. Un retroceso a situaciones que todos pensábamos superadas con la caída de Pinochet y sus émulos en todo el continente.

¿Pero por qué el PAN aplaude estos crímenes? ¿Por qué declara su apoyo a una mujer que se ha entronizado pasando sobre la sangre de su pueblo? ¿Por qué se une a la escandalosa gritería contra los médicos cubanos? ¿Acaso ha enloquecido la derecha? Quizás tengamos que buscar los motivos de esta actitud ahí donde Vicente Fox encontró justificación a sus actos contra AMLO desde 2003, los que fueron escalando hasta consumar las alianzas con el PRI de aquel tiempo y que le permitieron a Calderón despachar en Los Pinos. Tal vez no es una demencial locura de la derecha, sino ese pragmatismo amoral que hoy todo lo pervierte, y que ha convertido la política en un indigno cochinero. Con Fox, el PAN ganó la presidencia, pero perdió el rumbo, y ahora, avalando el criminal y racista Golpe de Estado en Bolivia, está terminando de perder el poco respeto que aún inspiraba el recuerdo de aquellos años de “brega de eternidad”, ahora mudados en ambición sin escrúpulos. Con un PAN anti-democrático pierden los panistas, pero, sobre todo, pierde México.

Editorial

El impuesto de seguridad ¿una rectificación tardía?

Mario Alejandro Valdez

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Lo advertimos hace un par de semanas, pero la realidad se ha precipitado de un modo mucho más ágil de lo esperado. El alud de impuestos impulsado por el gobernador Mauricio Vila, en acuerdo con diputados de su partido y de la oposición, germinó en una masiva protesta mediática, sobre todo a través de la red social Facebook, que sigue liderando el mercado comunicativo. Ante la amenaza de vigorosas movilizaciones, y el dictamen jurídico contrario de varios constitucionalistas, que señalaron la improcedencia del impuesto al ser materia federal, Vila reculó hace apenas unas horas, por la mañana del miércoles 15, aunque de forma opaca e incompleta.

Aquella mañana, apenas amaneció, se comenzó a filtrar, ambiguamente que, ante la imposibilidad de cobrar el mentado impuesto por el recibo de la CFE, Vila había decidido anularlo. Como la justificación era improcedente y absurda, en rueda de prensa, el gobernador en persona anunció la medida, aunque nuevamente sin aclarar los mecanismos. Finalmente, el jueves se difundió que sería por decreto, por el cual, sin facultades para derogar la disposición del Congreso del Estado, el Jefe del Ejecutivo optó por eximir su pago, pero sin reconocer públicamente que se trató de  un error político y una burrada jurídica, que con casi toda seguridad le iba a reventar en la Suprema Corte de Justicia de la Nación. De esta manera, Vila se quedó sin los miles de millones de pesos que pretendían recaudar, y, lo que es peor, sin la última oportunidad de recuperar al menos parcialmente su prestigio.

¿Qué habrá podido más para que nuestro joven gobernador cometiera este nuevo y doloroso yerro? ¿Su orgullo, que le impidió reconocer que se equivocó, o su terquedad, que le hace negar el fracaso de la visión neoliberal? De cualquier modo, pudo haber salvado la cara con una conferencia de prensa melancólica, en la que se enjugara las lágrimas y pidiera disculpas. No lo hizo, y ello le representará cargar con la penitencia.

Malos modos de rectificar y, pensamos, tardíos. Surgió ya la convocatoria a la primera mega-marcha de protesta en su contra, y dos importantes gremios –los profesores y los trabajadores de la salud- han confirmado su presencia. Para colmo -¿habrá sido casual? nos advierte el radar conspiranoico-justo minutos después de terminada la conferencia de Vila, estalló un nuevo escándalo, pues cientos, tal vez miles de profesores de educación básica no recibieron su pago quincenal, lo que fue arreglado en horas de la tarde, pero después de otro mar de protestas mediáticas y sin fin de mentadas para nuestro otrora popular gobernante. Otro escándalo más, que aún no ha llegado plenamente a los medios, se gesta, pues a muchos funcionarios que no pertenecen al PAN, pero que se mantienen en sus cargos, se les disminuyeron sensiblemente sus ingresos, sin que hasta ahora hayan recibido la menor explicación. Antes, en los últimos días de diciembre, la guillotina volvió a funcionar contra los NO panistas, cercenando muchas cabezas muy valiosas, sin la  menor consideración.

No dudamos, sin embargo, que los operadores panistas estén negociando a marchas forzadas, en un intento desesperado por desbarrancar la mega-marcha de protesta, convocada para este domingo. También es cierto que algunos de los líderes de los gremios que se han mostrado más activos, ya en otras ocasiones han pasado de las amenazas al silencio, sin que se sepa exactamente porque. Pero también es indudable que, al menos a nivel mediático, miles ya comprometieron su asistencia, en tanto que en las plataformas virtuales ya ha surgido el movimiento “renuncia Vila”, algo que nos parece desaforado, pero que da cuenta del sentir de un importante sector popular, que está, por cierto, fuera de los partidos políticos.

¿Logrará el anuncio de Vila y las negociaciones de sus partidarios minimizar el movimiento de protesta? ¿Será que la bola de nieve ya se puso en marcha, y no se detendrá tan fácilmente? Los signos son confusos, y las movilizaciones en los frágiles tiempos del internet, absolutamente impredecibles. Poco vivirá quien no lo vea; entre tanto, las expectativas se van cumpliendo, con mucho más vigor y dinamismo del previsto.

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A propósito de…

Vivir en el horror

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de los hechos ocurridos en una escuela primaria de Torreón Coahuila el viernes pasado y que no es necesario volver a narrar, porque seguramente para este momento todo México los conoce y reproducir los detalles resulta morboso y dañino para la salud emocional, tengo tantas interrogantes, tantas inquietudes, tantos cuestionamientos, que esta columna será una larga lista de preguntas.

¿Hasta qué punto nuestra sociedad, nuestro país, están irremediablemente heridos, al punto de que un niño siente que su única salida es matar y morir, lastimar y lastimarse, aniquilar y aniquilarse?, ¿Por qué estamos reproduciendo lo peor de los Estados Unidos y prácticamente nada de sus virtudes, desde que inició la llamada integración económica de América del Norte en 1994?

Al parecer todos somos especialistas en cualquier materia. ¿Por qué nos sentimos capacitados para dar nuestro diagnóstico respecto a un asunto tan delicado, empezando por las autoridades como el gobernador de ese estado Miguel Ángel Riquelme, quien cometió la pifia de dar a conocer la identidad de los menores afectados y luego, desenfadadamente adjudicó los hechos a la práctica de un video juego?

Pero, no solamente él. Por todos lados hay comentarios, opiniones, señalamientos y hasta una suerte de juicios sumarios en contra del niño, a quien incluso se le calificó de “homicida” en algunas publicaciones, que podrían considerarse serias, culpando a los familiares de quienes desconocemos todo, señalando responsabilidades de la institución educativa. ¿Por qué los seres humanos somos tan rápidos para condenarnos unos a otros?

¿Con qué autoridad, con qué elementos sentenciamos? ¿Quién se considera  un padre o una madre perfectos que nunca han cometido un error en la crianza de sus hijos al punto de enjuiciar a otros que se encuentran en medio de una tragedia? ¿Qué familia es irreprochable, impoluta, como para señalar a los demás  con dedo flamígero?

Como sociedad, ¿no nos correspondería preguntarnos en qué clase de país vivimos donde un niño de primaria tiene posibilidad de obtener no una sino dos armas? ¿Quién se las proporcionó, de dónde obtuvo los conocimientos para utilizarlas? ¿Cómo le fue posible sacarlas de su casa y portarlas en la mochila, para luego introducirlas a la escuela?

Se recrimina a la escuela por no tener los controles necesarios y a los padres de familia de ese colegio, de quienes se asegura que se negaron al establecimiento del programa “mochila segura”, cuya aplicación es una violación a los derechos de los menores. ¿Qué clase de comunidades hemos construido en las que es necesario registrar las  pertenencias de  los alumnos de primaria? ¿Qué sigue, que cacheen a los alumnos, que se instalen detectores de metales en las puertas de los jardines de niños?

También se adjudica la responsabilidad al montaje de la “guerra” contra el narcotráfico que encubría  un turbio negocio organizado y manejado desde la cúpula del poder y que sumió a todos los mexicanos chicos y grandes en un ambiente de violencia cotidiana y permitió la entrada de miles de armas de todo tipo al país.

¿Y qué decir de los cárteles que pusieron a los  alumnos de un jardín de niños en situación de tener que resguardarse debajo de las mesas del salón de clases, mientras se escuchaban las balaceras a pocos metros o a observar cuerpos colgando de los puentes en las mañanas cuando se dirigían a la escuela o enterarse, continuamente, de secuestros en contra de familiares y amigos?

Todas las preguntas, críticas, teorías, recriminaciones, juicios, sentencias, que se han emitido, me hacen reflexionar que un niño a quien las circunstancias llevan a actuar violenta y destructivamente es una de las víctimas más visibles de la tragedia nacional que enfrentamos cotidianamente.

Continuarán los análisis de los especialistas, se sucederán los testimonios, se multiplicarán las teorías, se propagará todo tipo de especulaciones, tal vez se den a conocer los resultados de las investigaciones, ¿no obstante, hasta cuándo seguiremos condenados a vivir en el horror?

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Editorial

La política en Yucatán

Mario Alejandro Valdez

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Introspección histórica: los orígenes mayas

Igual que los hombres de Francisco de Montejo hace casi 500 años, en la actualidad nos asombramos y maravillamos ante la espectacular y artística arquitectura de los mayas. Ciudades como Chichén-Itzá, Uxmal, Ek Balam y otras muchas, nos siguen provocando enorme admiración y muchas preguntas, lo mismo que la precisión calendárica, la numerología o la complejidad de la escritura. Pero, como aquellos españoles de hace cinco siglos, el influjo de la cultura occidental nos lleva a disociar estas magníficas realizaciones materiales de la gente de carne y hueso que las creó y utilizó, y cuando pensamos en política creemos encontrar sus orígenes en aquellos europeos conquistadores y el sistema que construyeron antaño, casi considerando que lo trasplantaron desde su país de origen. En el imaginario que la Historia Oficial nos ha creado ordinariamente, los españoles llegaron para gobernar y enriquecerse, y los mayas sobrevivientes a la conquista sólo languidecieron en la más ruin miseria y la más salvaje opresión. Incluso científicos actuales, de origen maya, reivindican dicho pensamiento, pensando así hacer justicia a sus antepasados.

Pero la realidad profunda, procedente de múltiples y serias investigaciones durante los últimos 50 años, nos refleja cosas muy diferentes. Es cierto que los españoles llegaron a Yucatán, como al resto de América –las Indias le llamaban- para gobernar y enriquecerse, pero aquello no fue coser y cantar. La conquista de Yucatán fue una de las más penosas y difíciles de todo el continente, y aún así, quedó inconclusa durante los tiempos coloniales. De hecho, hasta los inicios del siglo XX, prácticamente un tercio del territorio peninsular –la célebre “montaña”, primero, la región cruzo’ob posteriormente- se mantuvo ajeno al dominio español. Y aún en los espacios conquistados, los invasores europeos fueron obligados a negociar, a transigir, a pactar, para poder hacer viable su empresa de conquista.

Caracterizada por tierras infértiles para sus cultivos, en ausencia de minas y otros recursos, los españoles sólo podían obtener riquezas del trabajo indígena. ¿Hubo entonces explotación? Por supuesto. ¿Muchos españoles se enriquecieron? Claro que sí. ¿Despojaron a los mayas totalmente de sus recursos y su autonomía? Ahí es donde entra la discusión, y las mayores evidencias indican que, siendo la mano de obra indígena la única fuente de riqueza en la provincia, los españoles, una ínfima minoría de la población hasta principios del siglo XIX, se cuidaron mucho de sobrepasar los límites, e incluso castigaron a quienes se “pasaban de la raya”. No lo hacían, generalmente, por sentimientos humanitarios; evitaban, podría decirse, “matar a la gallina de los huevos de oro”. Sólo cuando, poco antes de la Independencia, comenzaron a florecer el comercio, la ganadería y los cultivos comerciales, como el azúcar, el conflicto entre mayas y españoles se agudizó, las negociaciones se rompieron, y nuestro pueblo originario vio amenazada su sobrevivencia. Y entonces fue que llegó la Guerra de Castas, pero esa es otra historia.

Es cierto que Yucatán surge como una entidad político-geográfica al establecerse la Colonia, pero también es cierto que la Colonia yucateca tuvo características muy singulares, permeadas en gran medida por ese pacto fáctico que surgió en el siglo XVI: para obtener riquezas y poder gobernar, los españoles tuvieron que ceder a los mayas una parte del poder y de los recursos. No fue, por supuesto, una negociación justa: los europeos cedían, pero se quedaban  con la mayor parte del pastel. Del otro lado, tampoco había mucha equidad: el pacto lo negociaron las élites mayas, los líderes, descendientes a su vez de la antigua nobleza prehispánica. El centro de la negociación fue, precisamente, el batab, traducido por los hispanos al término caribeño de cacique, pero que en realidad era un personaje de gran historia y raigambre en estas tierras.

Aún es mucho más lo que ignoramos que lo que sabemos de ese gran pasado maya, pero de las pocas cosas que tenemos muy claras es que el batab, el líder de una comunidad de decenas de familias, fue el personaje clave, la columna vertebral de la política en los tiempos antiguos. El poder del Halach Uinic –comparable al de un gobernador español- se fundaba en la legitimidad del batab, el dirigente que era el responsable de la cotidianidad de las familias y de las personas. Un batab despótico o desobligado era inmediatamente destituido y reemplazado por su comunidad; un Halach Uinic que no respetase a sus batabo’ob (plural de batab) tenía también los días contados. Si bien los mayas no conocieron ni practicaron el concepto de democracia, sin duda que su ejercicio político era, y con mucho, más participativo, justo y equitativo que el que caracterizaba a los europeos, que en tiempos coloniales vivían bajo la monarquía absoluta y el poder de los nobles y los clérigos.

Al asentarse la Colonia en nuestras tierras, los españoles, como ya se dijo, tuvieron que negociar, y precisamente fue el batab protagonista esencial de dicha negociación. Los criollos que aquí nacieron así lo comprendieron y practicaron, siendo relativamente pocos los conflictos surgidos sobre todo después del siglo XVI. Los problemas mayores se presentaron cuando algún gobernador demasiado ambicioso o demasiado estúpido, como, por ejemplo, Rodrigo Flores de Aldana, forzaba las cosas y rompía el pacto, pero eso orillaba de inmediato el surgimiento de un alud de críticas y actos violentos de resistencia. Pero dejemos los episodios coloniales para nuestra próxima introspección histórica.  

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