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Madre América: Chile

Chile, remembranza triste de Rancagua

René Villaboy

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Los días 1 y 2 de octubre de 1819 tuvo lugar en Rancagua, territorio situado al centro sur de Chile, la batalla que constituyó uno de los desastres militares más importantes para las fuerzas patriotas durante la primera fase de las luchas independentistas en nuestra América. La Batalla de Rancagua puso fin a la llamada Patria Vieja Chilena, dejando nuevamente abiertas las puertas de Santiago a las huestes realistas comandadas por el “reconquistador” Mariano Osorio. Pero aquella derrota que hizo fenecer el primer intento de gobierno autónomo en la entonces Capitanía General de Chile, no fue sólo producto de las desigualdades estratégicas entre los bandos realista y patriota, sino sobre todo resultado de las rivalidades intestinas que minaron mortalmente la salud de los gobiernos criollos chilenos. Rancagua hace 205 años fue, como ocurre hoy, una consecuencia de las desavenencias y enfrentamientos entre hijos e hijas de nuestra América que desvirtuaron su lucha más prolongada e intensa contra un enemigo foráneo y mayor.

En Chile, la lucha hacia la independencia se inició en septiembre de 1810 cuando, siguiendo el ejemplo del resto de las colonias hispanoamericanas en la entonces Capitanía General, se estableció una Junta Defensora de los Derechos del depuesto rey Fernando VII. El gobierno que se instituyó en aquella fecha, aunque estuvo presidido al comienzo por el propio Capitán General, contó con la presencia de acaudalados criollos, clérigos y representantes de la intelectualidad, entre los que descollaba el abogado ilustrado Juan Martínez de Rozas. Esta primera administración propiamente chilena tuvo un cambio de rumbo cuando a los pocos meses falleció el anciano Mateo de Toro –Conde de la Conquista–, quien presidía el nuevo ejecutivo. Martínez de Rozas aprovechó las nuevas circunstancias para conciliar un punto medio entre la no ruptura total con España y las ansias separatistas de varios de los miembros de la junta y sus seguidores.

Tras la realización de un Congreso en julio de 1811, quedaron finalmente deslindados dos campos dentro de aquel proceso. De una parte, el ala conservadora, integrada por nobles y grandes propietarios, aferrada a soluciones autonomistas que reconocían al Rey y reclamaban mantener el comercio con Perú; y de otra, un sector radical y progresista de la aristocracia chilena entre los que figuraban el cura Camilo Henríquez, Manuel Rodríguez y el reconocido Bernardo O’Higgins, partidarios de una ruptura con España.

En esta polarización no resulta difícil imaginar que numerosos acontecimientos políticos y militares dentro de la Patria Vieja fueron protagonizados por uno u otro sector del patriciado local. Las intrépidas y contradictorias acciones de José Miguel Carrera –caudillo radical que derrocó al sector conservador de la Junta de Santiago, creó una constitución separatista y dotó a sus tropas de una bandera tricolor– y sus rivalidades con otras figuras del proceso, fueron expresión del personalismo y la falta de claridad estratégica que prevaleció en el bando patriota. Así, desde el Perú pudo organizarse la ofensiva que diera la estocada final a un intento de patria carcomido por las pugnas de sus patriotas.

La destitución de Carrera al mando de las tropas y su sustitución por O’Higgins exacerbaron las contradicciones internas. A lo cual finalmente se sumó el retorno de Fernando VII al trono español y las negociaciones de los patriotas chilenos con los realistas que derivaron en el conciliador Tratado de Lircay, firmado el 3 de mayo de 1814.  Acuerdo rechazado casi de inmediato por el Virrey del Perú y por el propio José Miguel Carrera. Finalmente, las tropas de Carrera y O’Higgins entraron en combate aún sin haber derrotado a su enemigo común: el colonialismo español. Así, reforzadas por nuevos efectivos al mando del General Osorio, las huestes realistas derrotaron en Rancagua a la Patria Vieja Chilena, que cayó hace 205 años no sólo por error de sus fusiles, sino por los enfrentamientos y contradicciones de sus propios hijos.

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