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Madre América: Chile

Salitre y la Sangre: La masacre de Iquique

René Villaboy

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Las protestas sociales y la brutal represión de los carabineros en Chile han sido noticia durante varias semanas en Nuestra América. El presidente Sebastián Pinera ha desoído durante todo este tiempo el clamor popular que exige una asamblea constituyente que remueva la actual carta magna: legado de dictadura de Augusto Pinochet. Las imágenes de los heridos y los muertos víctimas del enfrentamiento de los chilenos contra las fuerzas de orden público en las calles le han dado la vuelta al mundo. En cambio, la historia de la lucha social y la represión en aquel país se remonta a tiempos pretéritos, incluso mucho antes del régimen de terror impuesto tras el derrocamiento de Salvador Allende en 1973. La realidad de hoy es un acontecimiento más en la tradición de represión del estado chileno contra las peticiones sociales de su pueblo. En medio de las bombas lacrimógenas, las balas de goma y la personas que han perdido uno de los ojos por protestar en las calles de Santiago recuerdo en estas notas un acontecimiento iniciador de la historia del movimiento social chileno. El 21 de diciembre de 1907 tuvo lugar en aquel país la masacre en la Escuela de Santa María de Iquique acotamiento que evidencia que la fuerza y poder han cobrado en aquel país muchas más víctimas que las que aún no se contabilizan por los sucesos actuales. A rememorar el brutal suceso en la patria de Pablo Neruda dedico las líneas que siguen.

Los orígenes de la matanza de Iquique se remontan al auge de la economía salitrera en Chile y al desarrollo del movimiento obrero en aquel país. La explotación del salitre, importante recurso utilizado cono fertilizante, se convirtió luego de la Guerra del Pacifico (1879-1883) en el principal sostén económico chileno.  Como resultado de aquel conflicto bélico contra Perú y Bolivia, Chile se anexó importantes territorios que acogían las mayores reservas del preciado recurso, entre ellas la región de Tarapacá, que devino centro de la economía salitrera. En cambio, la industria del salitre fue contralada por inversionistas extranjeros, inicialmente en su mayoría británicos y luego norteamericanos. El apogeo del salitre generó a su vez la modernización de la infraestructura, y por tanto la demanda de fuerza de trabajo. Así se fue forjando un sector obrero que desde fines del siglo XIX se organizó para garantizar sus derechos.

Las condiciones de los obreros en las salitreras eran deplorables. A la brutal explotación del trabajo se añadía el pago en fichas o bonos sólo válidos en las pulperías asociadas a las compañías explotadoras del mineral. Las oficinas salitreras devinieron en los años de mayor beneficio de ese recurso en verdaderas “devoradoras” de hombres, máxime cuando el gobierno desprotegía totalmente a los que allí laboraban. Como resultado de todo aquello estallaron desde los primeros años del siglo XX diferentes huelgas para exigir un pago justo y mejoras en los entornos laborales. El 16 de diciembre de 1907 miles de trabajadores del salitre abandonaron más de 30 oficinas y marcharon sobre la ciudad puerto de Iquique, importante núcleo del auge salitrero nacional. Los líderes de aquellas manifestaciones eran dos dirigentes anarquistas José Briggs y Luís Olea.  Las compañías afectadas presionaron rápidamente al gobierno para que actuara y garantizara el “orden y el progreso”. En principio administración del entonces presidente Pedro Montt intentó medias entre los obreros en huelga y las oficinas salitreras, a través de las gestiones del intendente, Carlos Estman. Pero las intransigentes posiciones de las compañías salitreras, negadas a negociar bajo la presión de los miles de obreros amotinados, fueron secundadas finalmente por el gobierno nacional.

El 21 de diciembre en la Escuela Domingo Santa María, ocupada por miles de obreros y otros muchos que se agolpaban en la plaza fueron ametrallados por las fuerzas militares bajo las ordenes de Roberto Silva Renard. La cifra de las víctimas llegó a más de dos mil. Aquella masacre era un acto de Guerra Preventiva al decir del historiador chileno Sergio Grez. Una guerra del estado chileno- como garante de los intereses de los inversionistas extranjeros- contra las demandas de sus ciudadanos. Con la matanza de Iquique el gobierno de Santiago “resolvió”, como lo hace 102 años después, la cuestión social en Chile.

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Los 12 días de la República Socialista en Chile

Sergio Guerra Vilaboy

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La reciente derrota del presidente Sebastián Piñera, que ha sido obligado por el congreso a entregar anticipadamente a la población chilena el 10% de los recursos de los Administradores de Fondos de Pensiones (AFP), creados durante la dictadura de Pinochet, es resultado de una profunda crisis nacional, agravada por los efectos de la Covid 19. La inestabilidad del país austral nos recuerda la de los años treinta, cuando surgió allí el primer gobierno socialista en la historia de América Latina.

Chile fue uno de los países del continente más golpeados por la gran depresión económica de 1929, al caer en forma brusca sus exportaciones en un 85%. Las ventas del salitre, principal renglón productivo desde la Guerra del Pacífico (1879-1883), que en 1929 habían sido de 3 millones 200 mil toneladas, tres años después eran sólo de 400 mil. Los artículos esenciales desaparecieron y fue necesario utilizar las reservas del país para poder importar.

La terrible situación despertó un extendido movimiento opositor contra el régimen del general Carlos Ibáñez, establecido en 1927 con el apoyo de la banca norteamericana, que había endeudado el país, quien debió dimitir el 26 de julio de 1931. A pesar de la distracción electoral urdida por el gobierno que le sucedió, un mes después estalló una huelga general convocada por la Federación Obrera de Chile (FOCH), a lo que se sumó la imprevista insurrección de la marina de guerra.

El 1 de septiembre de 1931 la escuadra chilena se sublevó en Coquimbo, Talcahuano y Valparaíso. Reprimida con crudeza por efectivos gubernamentales, los marinos tuvieron que capitular. No obstante, durante los primeros meses de 1932 siguieron las huelgas obreras, los motines y conspiraciones militares, así como las tomas de tierras por los hambreados campesinos y mapuches.

A mediados de ese año cobró fuerza un singular complot militar, apoyado por las emergentes agrupaciones socialistas, encabezado por el nuevo jefe de la aviación coronel Marmaduke Grove, encaminado a recuperar la economía y mejorar la dramática situación de los trabajadores. Enterado del movimiento en su contra, el gobierno de Juan Esteban Montero destituyó a Grove el 3 de junio de 1932, lo que precipitó la toma del poder por los conspiradores. Al día siguiente se constituyó una junta que estableció la denominada República Socialista con el objetivo declarado de “Alimentar al pueblo, vestir al pueblo, domiciliar al pueblo”.

De inmediato, se prohibieron los desahucios y fueron devueltos a sus dueños los objetos empeñados en la Caja de Crédito Popular, así como requisados alimentos para ser repartidos por el ejército entre los más desamparados. Se implantó un impuesto a las grandes fortunas, fueron expropiados los depósitos en moneda extranjera y oro, creados dos nuevos ministerios (Trabajo y Salubridad Pública), repuestos los maestros cesanteados por causas políticas, disuelto el congreso nacional y promulgada una amplia amnistía.

Para acabar con la República Socialista, que ya perfilaba un área estatal en la economía y el control del comercio, la reacción interna, encabezada por el vetusto Partido Conservador, abogó abiertamente por la intervención de Estados Unidos. Al ataque de la derecha, se sumó el del influyente Partido Comunista, que desconoció al gobierno socialista, llamando a la formación de soviets, tal como ocurrió en Cuba durante el Gobierno Revolucionario de 1933.

En la noche del 16 de junio de 1932, tras una gran concentración obrera en Santiago en apoyo a la República Socialista, se produjo el contragolpe encabezado por Carlos Dávila. Grove y otros líderes fueron apresados en La Moneda, cuando dirigían una alocución radial al pueblo, y enviados como prisioneros a la isla de Pascua. Santiago quedó bajo la ley marcial y el toque de queda, mientras se establecía una rígida censura de prensa y eran derogadas las libertades sindicales y políticas. Pero el primer gobierno socialista de Chile, que sólo duró doce días, dejó como secuela la fundación del Partido Socialista, el mismo que integrado a la Unidad Popular llevaría a Salvador Allende a la presidencia en 1970, hace ahora justamente medio siglo.

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Los indoblegables mapuches

Sergio Guerra Vilaboy

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Entre las noticias que llegan sobre las impresionantes manifestaciones populares en Chile, que no se han apaciguado ni con la Covid 19, sobresalen las airadas protestas mapuches contra las injusticias cometidas a este legendario pueblo originario de Nuestra América. La heroica resistencia de los también llamados araucanos comenzó a resonar en los albores de la conquista de América, cuando las huestes de Diego de Almagro, seguidas después por las de Pedro de Valdivia, invadieron la tierra austral.  

En el valle del Mapocho, Valdivia fundó el 12 de febrero de 1541 la villa de Santiago de Chile, capital de la llamada Nueva Extremadura, de la que se proclamó Gobernador. Sin embargo, la nueva colonia no nació en un lecho de rosas, pues los mapuches esparcidos en la región entre el valle de Aconcagua y la isla de Chiloé se enfrentaron sin tregua a los ávidos conquistadores españoles.

A fines de ese mismo año se desató la primera gran ofensiva araucana encabezada por Michimalonco, que logró destruir Santiago. La precaria situación de los conquistadores obligó a los primeros colonos a trabajar la tierra para sobrevivir. Pero el arribo de refuerzos permitió a los españoles avanzar hacia el sur y fundar la villa de Concepción (1550), junto a la desembocadura del Bio bío. La penetración europea intensificó la resistencia de los pueblos originarios, amenazados con ser expulsados de sus propias tierras, aniquilados o esclavizados. 

En un movimiento defensivo, varias tribus se unieron a un valeroso guerrero llamado Caupolicán o Kalfulikan, en mapudungún, la lengua mapuche. A este se sumó Lautaro, que había vivido entre los españoles y conocía sus tácticas militares. En enero de 1554, Lautaro infligió una sensible derrota a la hueste conquistadora en Tucapel, batalla que perdió al propio Valdivia, su jefe máximo, muerto empalado.

La tenaz lucha de los pueblos originarios continuó, aunque la traición hizo caer, en abril de 1557, a Lautaro, y en febrero de 1558, a Caupolicán, cuyas heroicidades sirvieron de tema al famoso poema épico La Araucana (1569-1592). Compuesto en el propio escenario de la guerra por el conquistador español Alonso de Ercilla, su propósito original era exaltar “el valor, los hechos, las proezas de aquellos españoles”, pero terminó siendo un canto de admiración a los mapuches, cuyas hazañas y elogios a Caupolicán, Lautaro, Galvarino, Rengo, Tucapel, los convirtieron en los verdaderos protagonistas de la historia.

Ercilla denominó aquella contienda Guerra del Arauco y a sus héroes los araucanos, palabra procedente del quechua, donde significa rebelde (auka), pues los incas ya habían sido contenidos por los mapuches en el río Maule. En esa misma arteria también fueron detenidos durante largo tiempo los invasores europeos por los araucanos, que ya utilizaban caballos y manejaban arcabuces. A fines del siglo XVI una sublevación generalizada amenazó la presencia hispana en Chile –fueron destruidas todas las villas españolas al sur del Bio-bío-, en la que perdió la vida el propio Gobernador Martín García Oñez de Loyola en la batalla de Curalaba (1598).

En 1665 la Corona española se vio obligada a dejar en paz a los mapuches, firmando con ellos varios acuerdos o “parlamentos”, ampliados en 1773 al reconocerse la autonomía de la Araucanía, con el río Bio-bío de frontera con la Capitanía General de Chile. Fue precisamente en los siglos XVII y XVIII que tribus araucanas cruzaron los Andes y se mezclaron con los pueblos originarios de las Pampas y la Patagonia, entre ellos los tehuelches, pampas y ranqueles. Con el mapusugún como lengua común, a los dos lados del extremo sur de la cordillera andina, se fue conformando una especie de nación mapuche independiente llamada Wallmapu.

En la década de 1820, cuando esa integración de los pueblos originarios iba tomando cuerpo, los patriotas criollos, para conseguir que los mapuches dejaran de apoyar a los realistas, les reconocieron sus derechos ancestrales sobre el extremo meridional y la autonomía, lo que fue clave para la derrota de España. Formadas las repúblicas de Chile y Argentina, sus respectivas elites pronto reanudarían la hostilidad a los mapuches hasta llegar a cometer un verdadero genocidio, maquillado con los eufemismos de “pacificación” de la Araucanía y la “conquista del desierto”, temas de nuestra próxima nota de Madre América.

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Derrota y Patria en Cancha Rayada

René Villaboy

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Quiso el azar que las planicies de Cancha Rayada, en la actual región chilena de Maule, fueran escenario de dos acontecimientos de gran trascendencia en el proceso de luchas anticoloniales de ese país. En momentos diferentes, que la historiografía nacional de Chile divide en la Patria Vieja y la Patria Nueva, los patriotas que lucharon por la independencia en 1814 y luego por consolidarla en 1818 sufrieron respectivas derrotas. Casualmente las dos tuvieron lugar en el mes de marzo. En cambio, la más conocida, y si dudas la más transcendente, por lo que significó para el triunfo definitivo sobre la corona española, fue el conocido desastre militar de 1818.  A este suceso que sin dudas encausó un revés hacia la consolidación de la libertad dedico la presente nota.

La lucha hacia la independencia en la entonces Capitanía General de Chile arrancó en condiciones análogas a las de sus vecinos hispanoamericanos en septiembre de 1810. De la creación de una Junta de Gobierno, integrada por los pujantes grupos criollos que se aprovechó de la inestabilidad en la Europa creada por la bota napoleónica, fue transitando hacia la aspiración de un estado independiente que se construyó mucho más en el pensamiento que en la praxis política de sus defensores. La incertidumbre sobre la ruptura total con España, las rencillas internas entre los caudillos y las elites que estos representaban y, sobre todo, las erráticas estrategias políticas y militares llevaron al fin de la Patria Vieja chilena tras el desastre de Rancagua en los dos primeros días de octubre de 1814. Los restos de los ejércitos patriotas tuvieron que pasar estrepitosamente al lado rioplatense, donde el estatus de autonomía todavía se mantenía en pie.

 El cruce de los andes, protagonizado por miles de hombres al mando de José de San Martín en 1817, abrió las puertas para una nueva etapa libertaria en tierra chilena. Combinando una extraordinaria movilización de recursos materiales y humanos y su original Guerra de Zapa. Ésta  sembró  desconcierto y desinformación en las tropas realistas del lado chileno, y San Martín con sus tropas propiciaron el histórico triunfo de la Batalla de Chacabuco en febrero de ese mismo año. Aquel combate puso a los libertadores del Ejército de los Andes en los umbrales de Santiago. Una asamblea o cabildo, integrado por notables miembros de la aristocracia chilena reconoció la victoria y de paso nombró a Bernardo O’Higgins como Director Supremo. Era el momento para imprimir “acento chileno” a una hazaña que algunos veían como obra invasora traída de Buenos Aires. El director O’Higgins se ocupó en reorganizar los ejércitos y sobre todo en procurar la derrota de los realistas que aun controlaban espacios del insurgente estado de Chile.

En cambio, la coyuntura de las operaciones llevó al firmante del Tratado de Lircay a enrolarse en evadir un posible desembarco proveniente del reaccionario Perú y ripostar al avance de los realistas reagrupados desde el Sur bajo el mando del sevillano Mariano Osorio. Como paso previo a la gran resistencia y justo en el primer aniversario de Chacabuco se proclamó formalmente la independencia de Chile en 1818 y se aprobó una constitución. Las fuerzas combinadas de O’Higgins y San Martín denominadas entonces Ejército Unido de los Andes,  se enfrascaron en la contraofensiva para contener el avance realista. 

El 19 de marzo de 1818, en Cancha Rayada, las huestes de Osorio atacaron sorpresivamente causando una desconcertante derrota a los libertadores de Chile. El desastre de Cancha Rayada, donde quedaron totalmente desordenadas las tropas chilenas, sembró el pánico en la capital santiaguina. En cambio, en medio de una debacle moral, Manuel Rodríguez, uno de los mas radicales patriotas de la vieja y la nueva patria, líder de las guerrillas que abrieron el paso al Ejercito de los Andes, no dudó en armar al pueblo. Al enardecido llamado de Aun tenemos patria, Rodríguez asumió el gobierno y creó un implacable cuerpo de Húsares de la Muerte para defender la independencia frente a las tristes noticias que llegaban. Días después, O’Higgins, llegó a la capital y reasumió el mando. Reorganizando las tropas, pudo entonces vencer en Maipú el 5 de abril; que dejó consolidada la independencia. Así fue que la derrota de Cancha Rayada no alejó a los chilenos de su firme decisión de tener patria.

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