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Madre América: Ecuador

Impronta de la Revolución cubana en Ecuador

René Villaboy

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La historia contemporánea de América Latina entró en nueva etapa a partir 1959 por el triunfo de la Revolución Cubana. El primer día de ese año, la isla caribeña amaneció con la noticia de la huida del dictador Fulgencio Batista y del control del país por parte de las fuerzas del Ejército Rebelde dirigido por Fidel Castro. Iniciaba así un profundo y complejo proceso de transformaciones que culminó en el establecimiento del primer estado socialista en el hemisferio occidental, a tan sólo noventa millas de los Estados Unidos. Los cambios que operaron en Cuba, dirigidos a devolver al país la soberanía y la independencia nacional, y eliminar la explotación mediante numerosas medidas de beneficio social, impactaron de manera directa en casi todos los rincones de la región.

Ecuador no estuvo exento de sentir la influencia de los vientos revolucionarios que soplaban por nuestra América. Como eco de los acontecimientos de Cuba, surgió en el país andino la Unión Revolucionaria de Jóvenes Ecuatorianos (URJE) el 27 de noviembre de 1959, agrupación integrada por estudiantes universitarios y de enseñanza media, admiradores del movimiento dirigido por Fidel Castro. De igual forma los sectores radicales de los Partidos Comunista y Socialista abogaron por la adopción de la lucha armada, como senda para cambiar el orden de cosas en el país, lo cual condujo más tarde al fraccionamiento de tales agrupaciones y al surgimiento de nuevos partidos de izquierda.

En medio de este clima, y una vez terminado el gobierno de Camilo Ponce Enríquez en 1960, regresó al Palacio de Carondelet el “eterno” presidente Velazco Ibarra, apoyado en la efervescencia social y revolucionaria que sacudía al estado sudamericano. Eso explica la posición de consentimiento que el nuevo jefe de gobierno ecuatoriano adoptó hacia el proceso que experimentaba Cuba. Sin embargo, dicha posición le costó  su abrupta salida del cargo presidencial en 1961. Según Germán Rodas, Velasco Ibarra, no sólo se negó a romper relaciones con Cuba, ante las numerosas presiones del embajador norteamericano en Quito, sino que además por mediación de su ministro de gobierno, Manuel Araujo Hidalgo, quien visitó La Habana en 1961, le transmitió al líder de la revolución cubana, Fidel Castro, una advertencia sobre la posibilidad de una invasión militar a la isla que ya se fraguaba desde el Departamento de Estadoen Washington. Mientras esto ocurría soterradamente, en la esfera pública el mandatario era presionado por los grupos económicamente poderosos que ya se sentían la inminente crisis y se manifestaban temerosos de la revuelta social que se veía venir. De esta manera el gobierno ecuatoriano entró en crisis, al mostrar un aparente cruce ideológico entre el primer mandatario y el Vicepresidente, Carlos Arosemena Monroy. Este último, realizó una visita -sin autorización del parlamento ecuatoriano, del cual era también presidente- a la Unión de Repúblicas Socialista Soviéticas (URSS). El acontecimiento fue el pretexto para que se enfrentaran ambos bandos de la administración, altercado que se extendió también al órgano legislativo y que incluyó la prisión del vicepresidente por órdenes del ejecutivo. De toda aquella circunstancia el efecto directo fue la deposición de Velasco Ibarra por parte de efectivos del ejército, en noviembre de 1961. Después del desalojo del presidente Velasco, no se interrumpió, sin embargo, el orden constitucional transfiriéndose rápidamenteel mando al Vicemandatario, Arosemena Monroy.

El nuevo presidente estuvo, al igual que su predecesor, en complejas condiciones para desempañar su gestión de gobierno. El colapso económico del país se expresaba en la caída de los volúmenes de las exportaciones de banano y café, en 1961, tras la devaluación de los precios en el mercado mundial. Ello se hizo sentir en la disminución del ingreso per cápita y en la mengua de la calidad de vida. A estas circunstancias se añadió la virulenta campaña que a través de la prensa y el púlpito desarrolló la cúpula de la Iglesia Católica ecuatoriana contra el mandatario, al que acusaba de tolerar a los comunistas y de no querer romper con Cuba. La ofensiva fue estimulada y apoyada por la misión de la CIA que funcionaba en el país, por los sectores más reaccionarios del Ejército y por la derecha nativa. Arosemena no sólo se resistía a cortar vínculos con La Habana, sino que también consentía las actividades de URJE y de otros grupos revolucionarios que abogaban por transformaciones sociales y económicas más profundas.

Como efecto de tantas presiones, finalmente el gobierno se vio obligado a reorientar su política exterior. En los primeros días de abril de 1962, el presidente ecuatoriano firmó la ruptura diplomática con la Revolución Cubana, más tarde también lo haría con Polonia y Checoslovaquia. Al mismo tiempo, tuvo que aceptar la represión que fuerzas del ejército, apoyadas por la misión de la CIA, llevaron a cabo contra el intento de insurrección armada que la URJE, y algunos jóvenes comunistas y socialistas pretendieron vertebrar en la zona selvática de Santo Domingo de los Colorados, al margen derecho del río Toachi.

No obstante, el cambio de rumbo de la política del gobernante, Arosemena no aplacó los resquemores que hacia él tenían la Casa Blanca y los sectores reaccionarios internos, los cuales se agravaron por el malestar nacional ante la desfachatada conducta pública del mandatario mediada por su dipsomanía declarada. Así las cosas, el 11 de julio de 1963 fue derrocado y deportado a Panamá, y de paso, sustituido por una Junta Militar. Eran las respuestas de los grupos de poder para frenar la impronta de Revolución Cubana en Ecuador.  

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Madre América: Ecuador

La Independencia esa tarea que nos convoca todos los días

Germán Rodas Chaves

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Cuando la intervención napoleónica se tomó la península Ibérica, las autoridades de los Virreinatos y de las Audiencias en América, muy a pesar suyo, se volvieron en representantes del poder usurpador. Esta circunstancia provocó la argumentación necesaria en el sentido que dichos mandos debían ser sustituidos.

En el caso de Quito, detrás del razonamiento antes referido, estuvieron convocados importantes sectores  que, adicionalmente, expresaron su afán de no responder a los objetivos de los Virreinatos de Lima y Santa Fe y que denotaron su intrepidez de gobernar por si solos y sin tutelaje alguno.

En Quito, el intento de constituir una Junta Patriótica en 1808, en el contexto de todo lo señalado, fue descubierto y tal circunstancia obligó a los propulsores de la idea a posponer aquella iniciativa. Fue en 1809, el 10 de agosto, cuando se constituyó la Junta Soberana –en remplazo del poder colonial- y fue nombrado el Marqués de Selva Alegre como su Presidente. Los hechos se precipitaron gracias a la determinación y templanza de Manuela Cañizares para que ocurriera este episodio al que se le ha denominado como la primera iniciativa independentista en el país.

La vida de  la Junta fue complicada, pues los apoyos que se esperaban desde Cuenca, Guayaquil y Pasto nunca se concretaron debido a que las autoridades españolas intervinieron para que no hubiera una “ruptura del orden” y a causa de una conducta de escepticismo de los sectores populares que no se sintieron parte de los objetivos de la coyuntura; todas estas situaciones debilitaron la acción de los criollos, quienes paulatinamente fueron sintiéndose asediados, habida cuenta que el Virreinato de Lima envió fuerzas militares para sofocar las intenciones de la Junta.

En efecto, las tropas que vinieron desde Lima en 1809 a imponer “orden” en Quito, sabían que no podían dejar vestigios de la insubordinación y menos la posibilidad que las ideas de cambio fueran difundidas en lo posterior.  Tanto lo entendieron así,  que a pesar de sus ofrecimientos de “perdón y olvido” fabricaron los argumentos para reducir a prisión a las figuras visibles de los acontecimientos del 10 de agosto de 1809 y aprovecharon las circunstancias para poner tras rejas a un número elevado de personas que de una u otra manera habían cuestionado al poder español.

Cuando se conoció que algunos de los prisioneros fueron sentenciados a muerte, y que varios de los presos serían expulsados de la ciudad, entre otras sanciones, núcleos importantes de ciudadanos propiciaron la toma de las cárceles y de los cuarteles para impedir tales circunstancias. Las tropas del Virreinato de Lima aprovecharon los sucesos comentados para desencadenar el asesinato de los reos y, también, de una parte importante de la población quiteña.

Todo aquello ocurrió el 2 de agosto de 1810. Allí, con la sangre derramada de las patriotas se sembraron los objetivos de la independencia, de la libertad, de la lucha contra los poderes omnímodos. En contra de las tiranías.

Las tareas del 10 de agosto de 1809 y las que emergieron en medio del 2 de agosto de 1810, estarán siempre presentes mientras existan otras dependencias de las cuales liberarse o cuando se constaten vestigios coloniales y ausencias de libertades.

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Memoria de la Revolución Juliana en Ecuador

Germán Rodas Chaves

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La posesión de Gonzalo Córdova como Presidente de la República del Ecuador en septiembre de 1924, favoreció la presencia de una dinámica oposición que se constituyó, a manera de réplica, debido al fraude electoral instrumentado por el liberalismo en las elecciones.

Jacinto Jijón, dirigente conservador, acaudilló una revuelta armada en el norte del país que fue sofocada; el sector más radical de orientación socialista fundó el 16 de septiembre del mismo año de 1924 el “Grupo Antorcha”, mientras en las filas del ejército la joven oficialidad, también al calor de las ideas de cambio, se aprestaba a irrumpir en contra del orden -viciado de incertidumbres y de inestabilidad de toda naturaleza- bajo el nombre  de La Liga Militar.

El ambiente político en referencia fue tornándose adicionalmente dramático, tanto más que el Presidente Córdova tuvo largas ausencias de la Casa de Gobierno y del ejercicio del poder real debido a su complicada situación de salud. A la circunstancia señalada, se debe agregar que el  soporte del régimen de Córdova, el poder bancario de Guayaquil, comenzó a tambalearse como producto de la crisis del Estado liberal que habían sustentado.

Es en el marco de la realidad descrita, que el movimiento de la oficialidad joven del ejército actuó en contra de la superioridad politizada y provocó un golpe militar, el 9 de julio de 1925, que defenestró a Córdova y que en la historia ecuatoriana se conoce como la Revolución Juliana.

La referida revolución no solamente cuestionó el ejercicio del régimen de Córdova, sino que surgió como una respuesta frente al comportamiento inescrupuloso propiciado por los sectores hegemónicos del país que habían gobernado en el último periodo, lo cual, además, significó enfrentar a la bancocracia que lideraba el Banco Comercial y Agrícola.

El comportamiento lleno de corruptelas a las que me refiero, constituyó el resultado de la crisis a la que fueron conducidos los poderosos grupos oligárquicos comerciales y financieros del país a propósito de la debacle del modelo cacaotero.

La oficialidad joven del ejército fue receptiva ante la realidad descrita, en el contexto de un panorama más amplio en el cual el pensamiento crítico y las ideas de cambio comenzaron a tener un espacio notable.

Tanto es aquello así, que a los pocos días de la Revolución Juliana el Grupo Antorcha se constituyó en núcleo socialista dispuesto a dirigir, en lo posible, la Revolución Juliana y a construir el partido socialista.

Por todos los antecedentes señalados, esta etapa histórica ecuatoriana debe ser estudiada con mirada escrutadora, porque no fue un episodio aislado que se produjo en la vida nacional –tanto más que logró cambios importantes en el modelo económico y social- sino porque su presencia ha dejado una huella que debemos redimensionarla adecuadamente si estamos comprometidos a comprender los hitos que han contribuido en la construcción del estado nacional.

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Latinoamérica en Eloy Alfaro

Germán Rodas Chaves

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A mediados del siglo XlX en gran parte de Latinoamérica se desarrollaron revoluciones liberales, con tipologías propias de cada país, que en sus afanes comunes tuvieron el propósito de transformar los arcaicos arquetipos económico-sociales y, adicionalmente, articular a los grupos comerciales y financieros -que emergieron en esos años- al nuevo orden continental y mundial en ciernes.

El proceso iniciado el 5 de junio de 1895 en el Ecuador –hace ya 125 años- permitió el ascenso al poder del liberalismo y de su líder Eloy Alfaro convirtiéndose, además, en la última de las revoluciones liberales decimonónicas de la región.

No obstante, para el discernimiento exhaustivo del contexto histórico ecuatoriano, es indispensable señalar que también irrumpió en la construcción del pensamiento de Alfaro -a propósito de sus largas estancias lejos de su patria- su proximidad con pensadores y políticos liberales del continente, quienes moldearon algunas de las determinaciones ideológicas del ecuatoriano ilustre, más allá del reconocimiento de sus convicciones plenamente evidenciadas desde los primeros momentos en que se confrontó con poder conservador ecuatoriano.

En efecto, cuando apenas contaba con 22 años, Eloy Alfaro Delgado experimentó el exilio –desarraigo doloroso de su entorno más próximo- debido a la fallida revuelta en contra de García Moreno en 1864, asonada en la cual Alfaro estuvo involucrado. Salió entonces del país y permaneció en Panamá. Subsiguientemente retornó en el mismo año de 1864 al Ecuador para insistir en la confrontación al Presidente conservador, pero a causa del fracaso en este nuevo intento, tuvo que retornar a Panamá, en donde vivió ininterrumpidamente hasta 1882.

Su estancia en el Istmo le permitió dedicarse a las actividades comerciales y familiares, pero también constituyó el tablado para una serie de reuniones con dirigentes liberales y radicales de los más variados países del continente, como por ejemplo con aquellos que propiciaban la independencia cubana.

En junio de 1882 Alfaro volvió al Ecuador para combatir al Presidente Ignacio de Veintemilla; luego de batallar, sin éxito, en este empeño durante cuatro meses, regresó a Panamá, desde donde retornó, una vez más, a su patria a fin de incorporarse a las nuevas jornadas en contra del dictador Veintemilla, el mismo que fue sustituido en 1883 por José María Caamaño, Presidente a quien enfrentó con osadía Eloy Alfaro y circunstancia que provocó que en 1884 el luchador insigne debiera sobrellevar un nuevo ostracismo.

A causa de lo referido, Alfaro residió en 1885 en Colombia y luego en Nicaragua. Posteriormente tuvo  una estancia prolongada en Lima. Allí vivió entre 1886 y 1889. Desde esta ciudad y en el propio año de 1889 se trasladó a Buenos Aires y a Montevideo. Siguió el periplo hacia Venezuela y luego continuó hacia New York, desde donde se dirigió a Centroamérica, permaneciendo durante un lustro en diferentes países de esa región, lo cual le permitió -por el prestigio y reconocimiento que había logrado- desempeñarse como mediador de una guerra a punto de estallar, en 1890, entre Guatemala, Honduras y El Salvador.

En estos años de tránsito por América, Alfaro mantuvo acercamiento y amistad con figuras de valía y trascendencia histórica. Se encontró con el patriota cubano Antonio Maceo en Lima, conoció allí mismo al autor de “Las Tradiciones Peruanas” Ricardo Palma; amistó en Santiago de Chile con el Presidente Balmaceda; estableció relaciones políticas en Argentina con Bartolomé Mitre, fundador del Partido radical; en Venezuela se reunió con el Presidente Joaquín Crespo e inició allí su amistad con el refugiado colombiano José María Vargas Vila; en New York se acercó a los círculos independentistas de la Isla Mayor de las Antillas que dirigía José Martí y se acercó a los entornos del poder de su amigo nicaragüense José Santos Zelaya.

Fue, en resumen, un tiempo de vivificante experiencia que le sirvió a Alfaro para recibir la adhesión a su lucha por parte de quienes lo habían antecedido en igual propósito; un espacio que le permitió compenetrarse con el modelo político que se hallaba en plena construcción en algunos paises latinoamericanos; y no cabe duda que se constituyó en una circunstancia para propiciar la solidaridad activa entre los líderes del liberalismo continental, en la perspectiva de formar una red de apoyo para el ejercicio del poder.

Cuando Eloy Alfaro fue llamado en 1895 como Jefe Supremo del Ecuador, partió desde Nicaragua con el apoyo logístico y económico del régimen de Santos Zelaya. Poco antes, en enero de 1895 la Asamblea Legislativa de ese país lo designó como General de la República.

Se puede afirmar con convicción, que Eloy Alfaro Delgado en su trajín experimentó un tiempo de formación en el crisol de las experiencias de la lucha latinoamericana; por ello, y por su adhesión -cuando ejerció la Presidencia del Ecuador- a las fundamentales causas de los paises de nuestro continente, Alfaro no es únicamente un referente de su país, sino de la región.

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