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Madre América: Puerto Rico

Hostos: 181 años del “Ciudadano de América”

Edwin Sierra González

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Las personas ilustres son aquellas que dejan un legado profundo, trascendental y universal que va más allá de todo tiempo o frontera. A pesar del poco reconocimiento que muchos ilustres puertorriqueños puedan tener, cortesía del colonialismo y la desidia gubernamental, muchos de ellos se han destacado más allá del país, sirviendo a una sociedad internacional que ha tenido oídos para escuchar lo que tenían para decir.

Entre ellos se encuentra Don Eugenio María de Hostos y Bonilla, intelectual, educador, filósofo, sociólogo, escritor y, aunque conocido por pocos, libertador puertorriqueño nacido en la ciudad de Mayagüez, el 11 de enero de 1839, quien consagró su vida a la independencia de Puerto Rico, la Confederación Antillana, la unidad de América y la educación de los pueblos. Hijo de Don Eugenio de Hostos y Rodríguez de Velasco, quien era escribano y secretario de Isabel II y Doña Hilaria María Bonilla y Cintrón, es enviado a estudiar a Bilbao, España en 1852 para regresar a su patria en 1855, donde estudia en el Seminario Conciliar de San Ildefonso, en San Juan. Más adelante, en 1858, se mueve a la capital española para comenzar estudios en Derecho, Filosofía y Letras en la Universidad Central, hoy Complutense. Este privilegio que pocos puertorriqueños podían disfrutar, pues España se negaba a fundar una universidad en la menor de las Antillas, lo llevó a conocer a un sinnúmero de intelectuales, pero en particular, a su profesor, Don Julián Sanz del Río, un académico soriano que introdujo en España y su vida el krausismo, lo que marcó su vida intelectual y pedagógica. Hostos mismo abandonó sus estudios madrileños ya que no se sentía conforme con la metodología a través de la cual era instruido. Algunos arguyen su desapruebo a la rúbrica monárquica que acompañaría su diploma.

Durante su estancia en Madrid, comienza a interesarse en la política, por lo que comienza a asumir posturas que irán transformándose con los hechos que le tocará vivir. En principio, apoya decididamente la instauración de una república federal en España, razón por la que algunos arguyen su desapruebo a la rúbrica monárquica que acompañaría su diploma, por lo que desistió de terminar su carrera universitaria. Respecto a Puerto Rico, se volvió un ferviente autonomista, reclamando mayores derechos para sus compatriotas e incluso escribió su célebre novela “La peregrinación de Bayoán” (1863), un relato que pretendía que la metrópolis se hiciera consciente de la indigna situación de Puerto Rico y Cuba bajo la dominación colonial. Junto a ello, se vuelve miembro de la Sociedad Abolicionista Española, fundada por el compatriota sanjuanero Julio Vizcarrondo Coronado en 1864, buscando abolir la esclavitud en Puerto Rico y Cuba. Además, fue testigo de la caída de Isabel II en la Revolución Gloriosa de 1868 y días más tarde, del la revolución puertorriqueña bautizada como el Grito de Lares. Aunque vio el triunfo peninsular, no así el patrio, por lo que trabajó por un indulto para sus compatriotas.

Con la constitución española de 1869 y la negación a Puerto Rico y Cuba de los derechos que cobijaban a los peninsulares, Hostos sale desilusionado de España para nunca regresar, no sin antes dictar su célebre discurso en el Ateneo de Madrid en el que señaló que: “Si España quiere ser digna de su historia: si quiere conservar los restos de aquella gran familia que le dio la conquista, que le arrancó su tiranía, piense hondamente en su deber, repare las injusticias cometidas, sea menos avara de su libertad, extienda hoy la que acaba de conquistar, la que ha prometido, la que, so pena de indignidad, no puede negarse a aquellos pueblos”.

Ya de vuelta en América, en Nueva York, radicalizado por su experiencia, Hostos emprende una larga lucha de la mano del Partido Revolucionario Cubano, junto a Betances, Padre de la Patria, Basora, Cisneros y del Monte, entre otros, a favor de la Independencia de Cuba y Puerto Rico. Por esta razón, en 1871 emprende una gira para difundir su ideario antillano por Colombia, Perú, Chile, Argentina y Brasil. Así mismo, su larga labor pedagógica lo llevó a dirigir instituciones en Venezuela, Chile y República Dominicana, donde fundó la Escuela Normal de Santo Domingo para la preparación docente y dirigó sendas reformas educativas en los últimos dos. En su largo recorrido y fructífero quehacer, el 25 de julio de 1898, día en que Estados Unidos invade a Puerto Rico, hasta hoy, funda la Liga de Patriotas para fomentar aún más la independencia, fundado el primer capítulo en el pueblo de Juana Díaz, esto de cara a un plebiscito para decidir el futuro político de la isla. Junto con sus compatriotas Manuel Zeno Gandía, Rafael del Valle y Julio J. Henna, integra una comisión puertorriqueña que se reúne con el presidente McKinley en enero de 1899 para reclamar y reivindicar los derechos de los puertorriqueños, pero fracasa en su intento pues Estados Unidos convierte a la isla en una colonia mediante la Ley Foraker, principio político que perdura hasta hoy.

Ante el fracaso, el prócer puertorriqueño y se retira a la República Dominicana a continuar su labor pedagógica, una labor que proponía una educación capaz de liberar y sostener la democracia, de desarrollar al ser humano y su moral, así como las instituciones llamadas a la representación ciudadana en Hispanoamérica. El desarrollo de su pensamiento hostosiano, que posee un Instituto de Estudios Hostosianos en la Universidad de Puerto Rico, al igual que sus decenas de obras como Moral Social (1888), Lecciones de Derechos Constitucional (1887), Geografía Evolutiva (1895) y Tratado de Sociología (1901), entre tantas otras, le llevaron a ser considerado como uno de los más grandes genios latinoamericanos en el siglo XIX. Siendo reclamado como hijo por muchos países, la 8va Conferencia Internacional Americana le honra con el título de Ciudadano de América en la víspera de su centenario en 1938. De igual manera, su pensamiento fue incluido, a principios de este siglo en el libro “Fifty Mayor Thinkers on Education: From Confucius to Dewey”, de la editorial inglesa Routledge. En el mismo, comparte honores con pensadores de la talla de Platón, Sócrates, San Agustín, Kant, Nietzche y Rousseau, entre otros.

Muere rodeado de su familia el 11 de agosto de 1903, en Santo Domingo, República Dominicana y descansa en el Panteón de la Patria, siendo el único puertorriqueño y extranjero en dicho Mausoleo Nacional. Su deseo fue descansar en tierras dominicanas hasta que su patria, Puerto Rico, fuese libre de toda dominación extranjera. Así se le ha cumplido al Ciudadano de América. Gracias, maestro.

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Madre América: Puerto Rico

Puerto Rico 2020: espanto y posibilidad del año electoral

Edwin Sierra González

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El hervidero político en la colonia más antigua del mundo, más de cinco siglos de yugo, comienza a hacer sus galas en un modelo desgastado de bipartidismo que se hunde cada vez más antes la crisis que azota al archipiélago caribeño. Un país con múltiples posibilidades, se ve lastrado con la incapacidad que su condición de colonia le impone. Incapaz de defender sus recursos, incapaz de defender su mercado y economía, incapaz de defender su propio modelo de existencia ante la imposición extranjera.

Como cada cuatro años, la danza política y los cantos de sirena, harán su mejor alarde para prometer a los colonos una colonia mejor. Sí, una colonia mejor, porque los partidos de mayoría se han vuelto adoradores de la vaca sagrada del colonialismo que les permite escurrirse entre los millones del presupuesto y gastarlo a su antojo para beneficiar a aquellos que engrosaron las campañas e hicieron de los sueños del pueblo un lupanar al mejor postor. Las candidaturas a administrar el presupuesto colonial deben realizarse antes del 31 de diciembre de 2019, para que a partir del 1 de enero de 2020 comience la agonía electoral de atosigar al país con sus verbos vacíos, como en el pasado.

Sin embargo, parece haber algo distinto. La crisis que lleva con sus botas puestas sobre el país más de una década, ha profundizado en el malestar general. El exilio de cientos de miles de puertorriqueños, el cierre de escuelas públicas, la falta de atención y servicios médicos, los constantes golpes a la cultura que ha sido siempre la mendiga del gobierno, el encarecimiento del costo de vida y la falta de justicia salaria al trabajador son algunas de las hieles que día a día golpean al ciudadano común mientras el gobierno favorece a sus amigos y lucra a sus allegados con los recursos disponibles. Como si fuera poco, la nueva cita electoral promete un nuevo referéndum profético, de los muchos que se han celebrado ya, para, según ellos, acabar con el problema colonial. Un nuevo proyecto para cumplir a cabalidad la definición de lo que son las ideologías, que mas que defender un conjunto de ideas, buscan generar una movilización basada en la emoción y no en la razón. Interesante estrategia en un partido de gobierno desgastado que se presenta nuevamente sin novedades, sino con la misma plantilla de líderes que han socavado la viabilidad del país en pos de una sumisión ciega hacia la metrópolis.

Más interesante que lo anterior resulta la aparición de un nuevo conglomerado político, un colectivo que se ha ido construyendo desde la base y el diálogo y en el que convergen, según postulan sus propios líderes, hombres y mujeres de diferentes plataformas políticas. Aunque no se puede negar que dentro de sus filas hay figuras que por una u otra razón han resultado polémicas, ya sea por sus maneras de ser o porque no se adaptan a lo que algunos entienden deben ser, se reconocer que hay cara nuevas nunca antes vistas y que no han tenido reparo en identificarse como viejos votantes de los partidos de la crisis.

El Movimiento Victoria Ciudadana, que ha quedado inscrito a nivel isla, según las exigencias electorales, parece venir dispuesto a hacerse un espacio dentro del anquilosado aparato político puertorriqueño que no parece ofrecer alternativas en este momento. Aunque muchos parecen subestimarlos, la reacción que ha provocado da a entender que lo están tomando en serio desde las diferentes plataformas, sobre todo porque medios de prensa hablan del pesado costo económico que representan a pesar de la crisis, pero no del daño económico y social que han perpetrado los partidos de la vieja política. En principio, la que parece será su candidata a la jefatura colonial, Alexandra Lúgaro, se presentó en las elecciones previas como candidata independiente, la primera mujer en hacerlo y para sorpresa de muchos, obtuvo el tercer lugar en apoyo en la contienda con sobre 175, 000 votos, poco más de un 11% del voto emitido, lo que le habría garantizado una reinscripción automática de haberse lanzado como partido, lo que en efecto esta vez realiza. Además, candidatos que optaron por otra plataforma política en el pasado, como Rafael Bernabe y Mariana Nogales, se han unido en la encomienda, así como Manuel Natal Albelo, quien formaba parte del tradicional Partido Popular. Cabe destacar que este último es fue el segundo representante por acumulación electo más votado en todo el país, entre 14 candidatos, con sobre 134,000 votos. Nuevos rostros, como Zayira Jordán Conde, quien se identifica como favorecedora de la total anexión de Puerto Rico a los Estados Unidos, también parecen ver en el movimiento una verdadera posibilidad de servir al país. Parece ser que varias visiones se encuentran en este nuevo instrumento político cuyo color, el negro, simboliza la unión de las tribus políticas que nos mantienen separados en trincheras por décadas. División que solo ha hecho prósperos a quienes se alimentan de los partidos mientras el pueblo languidece en la necesidad de nuevas alternativas que maximicen nuestro futuro colectivo. Solo queda esperar que este nuevo colectivo no se convierta en lo mismo que los otros y defraude al país.

Habrá que ver cómo se comporta el electorado: si se deja arrastrar por los patéticos cantos de sirena de los partidos de la crisis o si materializan su rechazo canalizado en nuevas opciones que parecen emerger, no solo como partidos, sino también como candidaturas independientes que han resultado electas en el pasado ejercicio electoral. Veamos si ese verano del 19 se manifiesta en las papeletas y se produce un batacazo que transforme el país. Si las protestas hicieron renunciar al un mandatario inepto e inservible como líder, como sería un mandato del pueblo electoralmente diferente. No lo sabemos, pero nos queda casi un año pasa saberlo y el Puerto Rico 2020 nos saluda desde la esquina. Veremos qué elige el país: nuevas alternativas o viejas tradiciones que nos lleven a un abismo más profundo.

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Puerto Rico: Patrimonio Nacional al mejor postor

Edwin Sierra González

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Ha salido a la luz pública, para asombro de muchos y nuevo capítulo de desventura para otros, que el gobierno colonial de Puerto Rico, bajo el Mandato de Alejandro García Padilla, ha arrendado a una cadena hotelera el Histórico Asilo de Beneficencia, edificado en 1840 y que hoy es sede el Instituto de Cultura Puertorriqueña, fundado en 1955 por el prestigioso arqueólogo e historiador puertorriqueño fallecido en 2011, Don Ricardo Alegría Gallardo, quien fuera además, corresponsal extranjero de la Academia Mexicana de la Historia. Alegría es considerado el Padre de la Cultura, por su defensa de las tradiciones, costumbres y herencias históricas que construyen la Identidad Nacional, esto a pesar de la gran oposición que recibió de algunos sectores e incluso académicos estadounidenses que negaron la existencia de una cultura nacional. El tiempo le dio la razón a Don Ricardo y su monumental restauración y rescate del patrimonio material e inmaterial es su mayor testigo en una prolífica gestión que aún permanece viva en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, fundado por él mismo.

La pregunta obligada es: ¿De verdad nos sorprende? ¿O es solo el estupor momentáneo sobreactuado de quien no quiere la cosa? La desarticulación del patrimonio histórico puertorriqueño es algo que nos viene desgarrando hace décadas. Vivimos en un país donde nuestros grandes escenarios yacen a la sombra, mendigando la atención del gobierno y del pueblo que ha sido víctima y partícipe de las gestiones del Estado Colonial por suprimir nuestra memoria colectiva. Los museos son los grandes ausentes en muchos de nuestros pueblos y ciudades, porque nunca hay quien les atienda o nos reciba para abrirnos a ese espacio de conocimiento. ¿Cuántos años llevamos sin la Galería Nacional de Puerto Rico? Muchos grandes proyectos son entorpecidos por el gobierno por su patética agenda política. Institución llamada a preservar, estudiar y exhibir lo mejor de nuestro pasado artístico desde el periodo indígena-nativo, pasando por el arte virreinal novohispano y la actualidad. Grandes obras del siglo XVIII puertorriqueño, del Padre de la Pintura Nacional, José Campeche y Jordán, permanecen sin ser disfrutadas por los puertorriqueños. Algunas incluso han sido robadas. Lamentablemente, muchos grandes proyectos son entorpecidos por el gobierno por su patética agenda política.

¿Cuántos edificios yacen en ruinas porque no hay dinero para restaurarlos? Esa siempre es la queja farisea del gobierno de turno y argumento principal para la transacción que se realizó a escondidas y despoja a la principal institución cultural del Estado de su sede. Por increíble que parezca, es como una escena macondiana donde el gobierno se atropella a sí mismo. El Cementerio Nacional del Viejo San Juan es otro ejemplo del paupérrimo estado de nuestros Monumentos. Se desploma con sus muertos año tras año, en silencio… ante la indiferencia a pesar de su privilegiado sitial en el Casco Antiguo de la Capital.

Pero claro, si se han privatizado aspectos esenciales de nuestra sociedad como la salud, porque pareciera que nos gobiernan mercaderes más que líderes,  ¿por qué el rubor ante la nueva afrenta gubernamental? Los partidos de mayoría gobiernan desde el silencio y la sombra, a su antojo y complacencia, despojándonos de lo que nos queda como país. No nos enfrasquemos en las peleas pequeñas entre los partidos Popular Democrático y Nuevo Progresista. Se vuelve urgente que entendamos que los partidos de mayoría han perdido su norte por su constante salivación al lucro. ¿Cómo es que no hay para aquellas cosas que urgen, pero sí para las campañas políticas que se avecinan? O más absurdo aún, para un caprichoso simulacro de voto presidencial en las elecciones de noviembre 2020, que en nada aminora nuestra decadencia y condición de inferioridad política respecto a los Estados Unidos. Como si al amo le importara la opinión de los colonos. Las escuelas requieren materiales y ser restauradas, los maestros mejores salarios, el ciudadano un nuevo salario mínimo, pago que no aumenta desde 2009 a pesar del abusivo costo de vida. Simplemente no hay prioridades. El día que usemos la democracia representativa para elegir con la razón y no con el fanatismo, solo ese día Puerto Rico estará seguro. Mientras, sigamos esperando los anuncios de los mercaderes que nos gobiernan donde nuestro patrimonio, en lugar de estar al servicio del pueblo y de la Nación, se encuentra al servicio de aquellos que solo viven para la acumulación de riqueza y nada más. Reflexionemos urgentemente. Actuemos rápidamente, quizás aun haya tiempo se salvar lo que quede. En el 2020 tendremos una nueva oportunidad, usémosla.

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El 30 de octubre puertorriqueño

Edwin Sierra González

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La realidad colonial de Puerto Rico, ese sometimiento centenario a la voluntad de otros pueblos, con el beneplácito de los gobernantes de turno, ha desconectado el país de los reclamos y reinvindicaciones sociales que han ocurrido a lo largo de su historia. El silencio obligado hacia sucesos relevantes ha llevado a construir una memoria colectiva pobre, infantil y sometida. La historia que se narra, producto de un discurso oficial pro-colonial, omite deliberadamente todo hecho histórico que no se acomode al beneplácito de quienes controlan las estructuras gubernamentales. Pero eso no es exclusivo del colonialismo. Parte de la construcción de los Estados y la homogenización colectiva reside en resaltar ciertos valores y omitir otros. El problema reside en cuando estos valores van desfasados de la realidad histórico-cultural del país en cuestión. Puerto Rico, desde la invasión estadounidense, vive un proceso constante de transculturación que ha encontrado fuertes nichos de resistencia, entre ellos, el idioma.

En momentos que el país, durante el siglo XX, se vio azotado por una política de asimilación al punto que se restringió el uso del español y el uso de la bandera puertorriqueña en favor del inglés y el pabellón estadounidense, respectivamente. El afán asimilador fue tal por parte del gobierno colonial puertorriqueño que en 1948, el Senado Insular de Puerto Rico, controlado por el Partido Popular Democrático y Luis Muñoz Marín, aprobó la abominable Ley 53, mejor conocida como Ley de la Mordaza contra el independentismo y, quizás, la puertorriqueñidad misma. Esta ley se criminalizó mostrar o tener la bandera puertorriqueña en cualquier lugar, incluso en la privacidad del hogar. Igualmente, la ley prohibió so pena de delito hablar en contra del gobierno de los Estados Unidos, hablar a favor de la independencia para Puerto Rico e incluso imprimir, publicar, vender o exhibir cualquier material que buscase paralizar o destruir el gobierno u organizar cualquier sociedad, grupo o asamblea de gente con fines desapegados al gobierno colonial.

Cualquiera que fuera acusado y hallado culpable de desobedecer la ley podría ser sentenciado a diez años de prisión, una multa de 10 000 dólares o ambas. El acorralamiento arraigó en las voces disidentes, las cuales ganaron una gran fuerza que se movió más allá de simples principios socio-culturales. La necesidad de reafirmación ante las imposiciones del otro encontró una causal política que encontró oídos en los reclamos del pueblo: El Partido Nacionalista. Sin embargo, también se encontró con una fuerte oposición de aquellos que favorecían la sumisión y la entrega, o simplemente no apoyaban el camino hostil que parecía tomar las reafirmaciones político-culturales. La visión de que solo la independencia puede preservar la idiosincrasia fue construyendo toda una armadura ideológica reaccionaria que entendía en la armas la consagración de un deber: preservar lo puertorriqueño.

Con ello en mente, además de alcanzar el derecho inalienable a la libertad, grupos de puertorriqueños se alzaron contra los dictámenes coloniales y el control que buscaba redefinirnos y asimilarnos a la metrópolis a cualquier precio. Un 30 de octubre de 1950, varios  levantamientos simultáneos estremecieron el país. San Juan, Mayaguez, Jayuya y Utuado, entre otros, fueron testigos de acciones armadas que buscaban llamar la atención mundial sobre la situación colonial de Puerto Rico. Fue en Jayuya donde Blanca Canales proclamó la II República, izando la bandera puertorriqueña, acción prohibida en ese momento. El Palacio de Santa Catalina, en San Juan, fue atacado por varios nacionalistas que intentaron asesinar al gobernador colonial para deslegitimizar el proceso que daría paso al actual estatuto colonial del país. El hervidero fue tal que se activaron las fuerzas militares para controlar la situación y “restaurar” la soberanía estadounidense en la isla. Como si esto fuera poco, días después, el 1 de noviembre, dos nacionalistas atacaron la Casa Blair, en aquel momento, residencia del presidente Harry S. Truman, para asesinarlo. Aunque no asesinaron al presidente, los sucesos agravaron la crisis y llamaron la atención mundial sobre los hechos y hostilidades políticas que se vivían en el país.

Si bien no es una cuestión de ensalzar la violencia, se vuelve necesario estar conscientes de los hechos históricos que han transformado la historia del país y permanecen, en la memoria de muchos, en el olvido y la ignorancia. Nos cuentan una historia de beneficencia y resignación que se aleja de la lucha y el reclamo justo. Un afán de presentar a un puertorriqueño dócil que no es capaz de reclamar lo injusto y levantarse. Esa historia del derrotado que muchos imputan intentado minimizar al país. Cada generación tiene la responsabilidad de reescribir la historia. Adelante.

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