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Madre América: Venezuela

Ezequiel Zamora General del pueblo soberano de Venezuela

René Villaboy

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Venezuela es cuna de importantes figuras de la historia de Nuestra América. En el país del jefe indígena Guaicaipuro, nacieron también hombres y mujeres que llenaron de gloria la gesta emancipadora y popular que libra el continente desde hace más de 200 años. El zambo José Leonardo Chirinos, el precursor Francisco de Miranda, el Libertador de América Simón Bolívar,la patriota Luisa Cáceres de Arismendi, y muchas otras y otros contribuyeron a la fundación de la República de Venezuela y que a su vez, auxiliaron la independencia de otras tierras. Después  de la liberación, las luchas por las tantas tareas inconclusas de aquel proyecto generaron nuevos enfrentamientos. Esa vez entre los distintos sectores políticos que aspiraban imponer su respectiva hegemonía sobre la vida de los endebles estados nacionales latinoamericanos. La nueva etapa igualmente hizo emerger a venezolanos sobresalientes en diferentes frentes y esferas de la vida de aquella nación. En medio de la Guerra Federal (1859-1863) que enfrentó a liberales y conservadores, despuntó un intrépido jefe militar, defensor de las reivindicaciones de los sectores campesinos y líder de los reclamos por la reforma agraria: Ezequiel Zamora, nacido en 1817. A la vida y las acciones del también conocido como General del pueblo soberano de Venezuela dedico estas líneas, cuando el 10 de enero se cumplen 160 años de su muerte.

Como es conocido, los sectores que se hicieron del poder tras la independencia de Venezuela condujeron con intrigas, traiciones y conjuras a Bolívar al sepulcro. Fueron los mismos que asesinaron a su Lugarteniente Antonio José de Sucre, que condenaron al ostracismo a Manuela Saez y que hicieron sucumbir la gran Colombia. Aquellos grupos- donde se entremezclaron elementos de la vieja aristocracia mantuana con los emergentes caudillos que acumularon fama, riquezas y sobre tierras durante las luchas de liberación anticolonial-mantuvieron el control económico y político sobre el país hasta mediados del siglo XIX. José Antonio Páez, el León del Apure, vencedor de importantes batallas contra los realistas, devino en gobernante autoritario, acaudalado terrateniente y en definitivo factótumdel orden conservador plantacionista y esclavista que sobrevivió a la derrota del imperio español en América. En cambio, en la mitad del siglo confluyeron factores internacionales y locales que favorecieron la necesidad de la transformación del modelo de producción y de propiedad vigente. Esa fue la principal bandera de los sectores liberales que eclosionaron en casi toda América Latina por esos años.

 En Venezuela contra los regímenes conservadores de Páez se vertebró el Partido Liberal encabezado por Tomás Lander, en 1840.  Las acciones políticas del liberalismo venezolano no solo se desarrollaron a nivel político e institucional sino también por la vía armada. Así tras la caída de Páez se sucedieron los gobiernos de los Monagas, y luego de la Revolución de marzo de 1858 que no toleró a los dirigentes liberales más radicales. Dentro de aquellas agitadas luchas emergió un líder liberal, que logró rápidamente amplia popularidad entre los sectores llaneros, mestizos y campesinos: Ezequiel Zamora. Zamora vinculó su pensamiento liberal a peticiones más radicales que exigían la redistribución de la tierra, el cese de los prejuicios y prácticas discriminatorias por motivos raciales, la disminución de los impuestos y la limitación de los excesos y abusos de los terratenientes locales. Organizó por esos años la Sociedad Liberal de Villa de Cura en el actual estado de Aragua, cuyo lema lo hizo célebre al exigir ¡Tierra y hombres libres!

Al iniciarse la llamada revolución federalista en febrero de 1859, contra el orden conservador y centralista Zamora regresó de su exilio en Curazao. Desembarcó el día 23 de ese mes y año, con el apoyo del general liberal Juan Crisóstomo Falcón, hermano de su esposa. A partir de ese momento Zamora, reconocido como Jefe de Operaciones de Occidente, y sus fuerzas fueron protagonizando sucesivos éxitos militares que incluyeron los importantes triunfos en El Palito, Araure y Santa Inés en Barinas, abriendo el camino hacia la capital venezolana. Sus victorias armadas eran resultado también de la adopción de un programa social que marcó radicalmente los primeros años de la Guerra Federal. Contra la hegemonía conservadora se esgrimió la libertad de cultos, la abolición de la pena de muerte y las aspiraciones de una reforma agraria. Tras lograr la rendición de los reductos conservadores en la villa de San Carlos en Cojedes, el 10 de enero de 1860, una “bala perdida” apagó la vida de Ezequiel Zamora. El carácter radical que imprimió a su lucha era motivo del temor y la oposición de los conservadores, pero también de muchos liberales, de ahí que hasta hoy circulen diversas teorías sobre el origen del mortal disparo. Su muerte dejó acéfala el ala democrática, agraria y popular de la Guerra Federal. Dando paso así a que se impusieran los intereses liberales oligárquicos que llegaron a su máxima expresión con el régimen de Antonio Guzmán Blanco. Los ideales y la lucha de Zamora fueron reivindicados durante las luchas sociales del siglo XX venezolano, y guían el actual proyecto político que se impulsa en la patria del General del Pueblo Soberano.   

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El 23 de enero de 1958 en Venezuela

Sergio Guerra Vilaboy

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El 23 de enero de 1958 cayó en Venezuela la tiranía de Marcos Pérez Jiménez, una de las aborrecidas dictaduras latinoamericanas aupadas en los años cincuenta por Estados Unidos, en el contexto de la “guerra fría”, y que el escritor dominicano Juan Bosch incluyera en su libro, Poker de espanto en el Caribe, junto a las de Trujillo, Somoza y Batista.

El ascenso de este militar venezolano comenzó cuando se involucró en 1944 en la conspiración cívico-militar contra el gobierno de Isaías Medina Angarita, quien había realizado una apertura política y dictado leyes progresistas sobre hidrocarburos y tierras, que le provocaron la hostilidad estadounidense y de la elite criolla. Derrocado Medina Angarita en 1945, el Mayor Pérez Jiménez estuvo en la Junta Militar que le sucedió en el poder y de 1948 a 1952 se encargó del Ministerio de Defensa.  En el ínterin, fue uno de los protagonistas del golpe de estado de noviembre de 1948 contra el presidente Rómulo Gallegos e integró otra vez una Junta Militar, ahora presidida por el Coronel Carlos Delgado Chalbaud, que abrió una década de regímenes castrenses caracterizados por la represión, el fraude y la corrupción.

El extraño asesinato, el 13 de noviembre de 1950, de Delgado Chalbaud, eliminó el último obstáculo que separaba a Pérez Jiménez del control total del país. Dos años después, se declaró triunfador en unos amañados comicios presidenciales que obligó a los opositores a exiliarse. El 19 abril de 1953 una Asamblea Constituyente lo juramentó como primer mandatario de la República de Venezuela, pues la nueva carta magna centralista había eliminado el nombre de Estados Unidos de Venezuela, que llevaba desde 1864, cuando se estableció el régimen federal.

La dictadura de Pérez Jiménez se benefició del extraordinario aumento de los ingresos como resultado del boom petrolero, duplicados entre 1953 y 1957, cuando llegó a representar el 71% del ingreso nacional. Estos enormes recursos fueron destinadas a fortalecer el aparato militar, así como al desarrollo de la infraestructura y obras sociales, como parte del proclamado Nuevo Ideal Nacional, dirigido a modernizar el país con edificaciones monumentales y modernas autopistas.

A pesar del espectacular auge económico y constructivo, se agudizaron las diferencias sociales y la pobreza de la mayoría de la población –incrementada por la entrada masiva de inmigrantes y la proletarización del campesinado-, lo que unido a la despiadada persecución a la oposición alentó el descontento, sobre todo después que Pérez Jiménez, ascendido sucesivamente a General de Brigada (1955) y de División (1957), intentara extender su mandato hasta 1963 mediante el manipulado plebiscito del 15 diciembre de 1957.

A los pocos días, los estudiantes universitarios se lanzaron a las calles en airadas protestas, duramente castigados por los cuerpos policiales, mientras las organizaciones clandestinas vertebraban en contra de la dictadura una Junta Patriótica, que incluía al Parido Comunista. Aunque el inesperado alzamiento liderado por el Coronel Hugo Trejo en Maracay fracasó el 1 de enero de 1958, el apoyo militar al régimen se debilitó. Finalmente, el 21 y 22 de ese mismo mes se produjeron impresionantes manifestaciones populares, procedentes sobre todo de los barrios humildes de los cerros de Caracas, y se declaró una huelga general. En la madrugada del día 23, mientras los militares rebeldes tomaban el Palacio de Miraflores, así como las emisoras de radio y televisión, Pérez Jiménez huía del país en avión con toda su familia.

Un papel especial en estos acontecimientos le cupo al Contraalmirante Wolfgang Larrazábal, a la sazón jefe de la Marina, quien quedó al frente del gobierno provisional, convertido pronto en un carismático líder popular. A ello contribuyó qué, durante su breve mandato, consiguió reducir el desempleo, aumentar sustancialmente los ingresos del Estado, legalizar los partidos disueltos por la dictadura, promover el regreso de los exiliados, intervenir las propiedades de Pérez Jiménez y democratizar el sistema electoral. También Larrazábal sobresalió por su respaldo a los revolucionarios cubanos encabezados por Fidel Castro, facilitando sus campañas públicas en Venezuela e incluso el envío de recursos y armas, como el avión bimotor C-46 que llegó el 8 de diciembre de 1958 a la propia Sierra Maestra. Ello explica que el 23 de enero de 1959, en el primer aniversario de la caída de Pérez Jiménez, Fidel Castro visitara Caracas para agradecer el respaldo venezolano a la Revolución Cubana, ocasión en que recibió un apoteósico recibimiento popular, solo comparable al que se había producido quince días antes en su entrada triunfal en La Habana.

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Madre América: Venezuela

La rebelión esclava de Venezuela en 1795

Sergio Guerra Vilaboy

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Como referimos en nuestras dos notas anteriores de Madre América, la Revolución Haitiana de 1791 causó un efecto telúrico en el Caribe, provocando por todas partes sublevaciones de esclavos, como fue el caso de la Capitanía General de Venezuela, donde tuvo como epicentro las serranías de Coro y como líderes a José Caridad González y José Leonardo Chirino.

El primero, José Caridad González, era un negro libre procedente del reino del Congo, que gozaba de gran prestigio porque había ganado un litigio de tierras, tenía cierta cultura y dominaba, junto con su lengua africana, el castellano y el francés. Además, era el líder natural de los loangos, antiguos esclavos de esta etnia congolesa, llegados a través de Curazao, y que habían conseguido su libertad. El segundo, José Leonardo Chirino, era en la jerga de la época un zambo, esto es, hijo de una indígena libre con un esclavo al servicio de la familia Chirino. Por su condición de zambo nació libre, pudo contratarse como jornalero y luego, al servicio de un comerciante de Coro, navegar por el Caribe y visitar Saint Domingue, donde conoció la Revolución Haitiana desde sus comienzos.

Impactado por las leyes igualitaristas de Francia de 1790, que beneficiaban a los mulatos y negros libres y, sobre todo, por el gigantesco levantamiento esclavo en Saint Domingue al año siguiente, que obligó a Francia a abolir en 1794 ese abominable régimen de expoliación en todas sus colonias, Chirino se propuso replicar estas conquistas sociales en Venezuela. Con esa finalidad, decidió organizar un levantamiento de esclavos, mulatos y negros libres semejante al de Saint Domingue, contando con el importante apoyo de José Caridad González. Convertidos ambos en líderes principales del incipiente movimiento revolucionario igualitarista venezolano, hicieron del trapiche de la hacienda Macanillas, cerca de Curimagua, el centro de la conspiración. Fue precisamente en este sitio donde estalló la sublevación el 10 de mayo de 1795, encabezada por González y Juan Cristóbal Acosta, que les permitió apoderarse de la cercana hacienda El Socorro, en las serranías de Coro, con el objetivo de imponer “la ley de los franceses”.

Aunque los insurrectos planeaban apoderarse de todas las plantaciones de la región y ocupar la villa de Coro, el saqueo de las primeras haciendas y la alegría por la libertad recién conseguida los llevó a festejar sus primeros triunfos, sin extender y consolidar el movimiento revolucionario. La inacción de los sublevados favoreció a las autoridades coloniales que movilizaron de inmediato tropas bien equipadas con dos cañones. En el desigual enfrentamiento armado murieron unos veinte cinco esclavos, entre ellos sus líderes, y varias decenas quedaron heridos. Los que no lograron escapar de la matanza, fueron apresados y recibieron diversos castigos, incluida la muerte.

José Leonardo Chirino no pudo llegar a tiempo para participar en el combate decisivo. Enterado de lo ocurrido, se internó en la serranía con la intención de reorganizar a sus partidarios y atraerse a la población indígena. Con esa finalidad, estableció contacto con el cacique y los indios de Pecaya, prometiéndoles la eliminación de la demora, esto es, un tributo especial que agobiaba a los aborígenes y que ahora se les exigía en dinero efectivo. Tres meses después, debido a la traición de un antiguo conocido, fue capturado por las autoridades españolas y trasladado a Caracas para ser juzgado por la Real Audiencia.

El 10 de diciembre de 1796 este tribunal lo condenó a la horca, sentencia que se ejecutó en la Plaza Mayor de la capital venezolana. Para desalentar futuras rebeliones, y como escarmiento, la cabeza de Chirino fue exhibida en macabro espectáculo dentro de una jaula de hierro, colocada en el camino hacia los Valles de Aragua y Coro. Como parte de las crueles represalias, sus familiares fueron vendidos como esclavos y dispersados por distintos sitios de la colonia. En 1995, al conmemorarse el bicentenario de estos acontecimientos, el gobierno y el pueblo de Venezuela, rindieron merecido tributo a José Leonardo Chirino, ocasión en que fue develada una placa en el Panteón Nacional, a la memoria de este luchador social, uno de los grandes próceres de Nuestra América.

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Arístides Medina Rubio, padre de la historia regional en Venezuela

Sergio Guerra Vilaboy

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El mismo día que falleció Miguel León Portilla perdimos también al destacado historiador venezolano Arístides Medina Rubio. Como relaté la semana pasada, Medina Rubio atendió al ilustre mexicano durante el VIII Encuentro Internacional de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC), celebrado en Caracas (2007), ocasión en que publicó una edición popular de su clásico Visión de los Vencidos.

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Nacido en Puerto Cabello, estado de Carabobo, Arístides Medina Rubio (1937-2019) se graduó en 1969 de profesor en Historia y Geografía en el Instituto Pedagógico de Caracas, y en 1974 obtuvo su doctorado en El Colegio de México. Fue profesor en liceos y en el propio Pedagógico capitalino, en el cual desarrolló una exitosa carrera profesional y fundó la Cátedra de Historia de Venezuela (1976). También laboró en la Universidad de Carabobo y en la Universidad Central de Venezuela (UCV). Aquí sobresalió como profesor de pregrado, posgrado y doctorado y llegó a dirigir la Escuela de Historia (1986-1989).

Otra faceta de Medina Rubio fue la de editor de libros y revistas académicas y de divulgación. Estuvo al frente de la Editorial Trópicos, y en 1982 creó -con Pedro Calzadilla Álvarez y Carlos Viso Carpintero- la revista Tierra Firme, que ya ha publicado más de un centenar de números. Además, hasta 2003 presidió la Fundación Kuai-Mare, ahora llamada Red de Librerías del Sur.

Gran promotor y teórico de la historia regional, con discípulos en toda Venezuela, su influencia en este campo trascendió las fronteras nacionales. Publicó, entre otros libros, La Iglesia y la Producción Agrícola de Puebla. 1540-1800, (1984); Historia Regional. Siete ensayos de Teoría y Método, (1984); Historia Mínima de Venezuela (1994); Introducción a la Historia Regional (1995); Historia Mínima de la Economía (1999) y Lecturas de Historia Regional y Local (2002). En 2018 presentó en la Feria del Libro de Caracas la obra El pueblo venezolano. 15 000 años de Historia, que escribiera junto con Mario Sanoja, Irayda Vargas, Carmen Bohórquez y Luis Britto García.

Entre las diversas responsabilidades que desempeñó estuvo la dirección de la Casa de Nuestra América José Martí en Caracas y la Biblioteca Nacional de Venezuela (2003-2009). Fue Presidente para el Desarrollo de las bibliotecas nacionales de la Asociación de Estados Iberoamericanos y estuvo entre los fundadores de Centro Nacional de Historia, el que además dirigió. En 2001 fue elegido en Pontevedra (España), presidente de ADHILAC, contribuyendo a sacar la asociación del marasmo que atravesaba desde 1994. En esa condición, organizó en Caracas la memorable mesa de En defensa de la Memoria, de la Red de Intelectuales en Defensa de la Humanidad (2004).

La primera vez que me encontré con Arístides Medina Rubio fue en 1991 en un Encuentro Trilateral de Historiadores de Cuba, Venezuela y México organizado en La Habana por la Sección Cubana de ADHILAC, entonces presidida por Nydia Saravia. Allí, con la complicidad de José Napoleón Guzmán, de Michoacán, y del cubano Salvador Morales, Arístides se comprometió a publicar una revista de la ADHILAC, que se denominó Nuestra Historia, y de la que salieron dos números (1991 y 1992). Con esa finalidad, llevé en esos días a Medina Rubio a la casa de Digna Castañeda, tesorera de la Sección Cubana, en busca de recursos para ese noble empeño.

Cuando estuve en Caracas en abril de 1999, Arístides fue un anfitrión de lujo. Me organizó un curso de posgrado en el Instituto de Estudios Hispanoamericanos de la UCV y una conferencia en el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, instituciones entonces a su cargo, y tuvo la deferencia de sentarse entre el público asistente. Desde esa fecha, como buen sibarita, cada vez que nos veíamos terminábamos en un restorán, donde entrábamos al mediodía y no salíamos hasta bien avanzada la noche. En una ocasión en que me acompañaba Carlos Oliva, después de una de esas largas tertulias, a la que siempre se incorporaban otras personas, nos dejó en el hotel ya pasada la medianoche, pero a las 7 de la mañana volvió puntual para llevarnos a las actividades programadas, a pesar de que su casa, rotulada “Villa Nancy” por el nombre de su esposa, estaba muy lejos, en la cima de un cerro en el estado Miranda.

En 2006 compartimos en un evento internacional en Coro, por el bicentenario del desembarco de Francisco de Miranda, y al regresar en su coche a Caracas, conocimos por una inesperada llamada telefónica que se le acababa de otorgar el Premio Nacional de Cultura Mención Humanidades. Todavía lamento mucho no haber podido participar en el Congreso Nacional de historiadores venezolanos del año pasado, donde se honró como se merecía a mi inolvidable Arístides Medina Rubio con el Premio Nacional de Historia de la República Bolivariana de Venezuela. 

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