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Uruguay en dilema, José Artigas o Luis Lacalle

René Villaboy

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El próximo 1ro de marzo asumirá la presidencia de la República Oriental del Uruguay, Luis Lacalle Pou, vencedor por el Partido Nacional en la segunda vuelta de los últimos comicios generales. Ese día no sólo cambiará de pecho la pesada banda que convierte a su portador en jefe del Estado, sino también terminan 15 años de gobierno ininterrumpido de la principal fuerza de izquierda del país sudamericano: el Frente Amplio. Lacalle Jr.- hijo del expresidente Luis Lacalle (1990-1995)- hereda el linaje político que inició su bisabuelo, Luis Alberto Herrera, caudillo histórico del Partido que hoy lo lleva al poder. Desde que fue electo el también practicante de Surf, ha mostrado notables intenciones de reorientar la política interna y la proyección internacional del pequeño estado nacido como “tapón” entre Brasil y Argentina en 1828.

El político derechista ya excluyó de su toma de posesión a los presidentes de Cuba, Venezuela y Nicaragua, al tiempo que invitó a la cuestionada mandataria interina de Bolivia, Jeanine Añez. Por otra parte, ha demostrado no querer salirse del libreto que siguen los nuevos jefes de estado contrarios al ciclo progresista latinoamericano.  En ese sentido ya se apresuró a reconocer al infame Juan Guiadó como gobernante “legítimo” de la patria de Bolívar. Por otra parte, desde diciembre del año pasado nombró un gabinete de coalición, donde los principales partidos que se le unieron para desplazar al Frente, tienen algún representante. De hecho, importantes carteras como la de Exteriores será ejercida por una figura del tradicional Partido Colorado. Aunque en los últimos días ha ofrecido puestos menores al FA.

Pero mientras este gobierno electo se prepara para dar un giro de 180 grados, las progresistas nacidos en Urguay- que reconocen la historia y los logros en política social del Frente Amplio de Líber Seregni, de Pepe Mujica y de Tabaré Vázquez- conmemoran la efeméride del 28 de febrero. Fecha en la que se recuerda el aniversario 209 del Grito de Ascencio, hecho que dio inicio a las acciones contra las autoridades coloniales en la Banda Oriental del Río Uruguay. El líder de aquel acontecimiento fue José Artigas, prócer de la independencia rioplatense y principal referente ideológico de los Tupamaros de Mujica y del Frente Amplio que deja el gobierno.

La Banda Oriental era después del siglo XVIII un territorio del Virreinato del Río de la Plata,  y entonces como ahora aquella zona no estaba densamente poblada, de modo que la colonización llegó de manera tardía. Luego de conocerse los sucesos de la Junta de Mayo que entregó el gobierno a los criollos en Buenos Aires, los grandes estancieros orientales decidieron levantarse en contra de los realistas. Afectados por las políticas agrarias coloniales, a este grupo de terratenientes se le sumaron otros sectores sociales. Entre ellos estuvo un oficial criollo llamado José Gervasio Artigas, algunos sacerdotes del clero menor y un nutrido grupo de gauchos, indígenas charrúas, peones mestizos de las haciendas, esclavos negros y otros más. La experiencia militar del Capitán Artigas y su propia personalidad lo hicieron acreedor del respaldo de la base social que nutrió este primer grito por los derechos de los criollos. Rápidamente devino dirigente del movimiento insurgente de la Banda Oriental y, sobre todo, en el artífice principal de la lucha federal e independentista de esta parte del Río de La Plata.  

Artigas venció en la Batalla de las Piedras en mayo de 1811 a las fuerzas realistas del gobernador de Montevideo. Era el comienzo de la Revolución Oriental. Movimiento que no únicamente enfrentó a los realistas españoles y a los invasores portugueses, sino también ese dejo  de soberbia centralista de las autoridades criollas de Buenos Aires. Luego de un penoso armisticio pactado en octubre de 1812, la Banda Orienta quedó dominada por los realistas, en cambio Artigas fue declarado como jefe de los Orientales y afianzó desde Entre Ríos y de otras provincias del interior y el litoral su proyecto federalista y popular.  Al convocarse la Asamblea de 1813, Artigas instruyó a sus delegados para arrancar del cónclave la declaración de la Independencia del Río de La Plata, la adopción de un sistema federal y la libertad religiosa y de comercio. Sus Instrucciones del Año XIII y los delegados que las portaban fueron rechazados por la reunión de Buenos Aires.  A partir de ese momento Artigas, se puso al frente de un movimiento anti centralista que agrupaba a las provincias que abogaban por el federalismo, fundó la Liga Federal y fue reconocido en esta nueva etapa de lucha como Protector de los Pueblos Libres.

El artiguismo llegó a un punto de mayor radicalidad en cuanto a su avanzado proyecto de cambios sociales, teniendo como premisa que los más necesitados fueran los más favorecidos. En septiembre de 1815 dio a conocer el “Reglamento Provisorio de la Provincia Oriental para el fomento de su campaña y seguridad de sus haciendas”, lo cual constituyó una singular y novedosa reforma para la distribución de la tierra.  La lucha del Protector de los Pueblos Libres a pesar del amplio apoyo popular que ganó, terminó derrotada. Tras ser cercado por las autoridades bonaerenses que se convirtieron en  verdaderos cazadores del caudillo oriental y traicionado por otros líderes locales. Refugiado en el Paraguay, terminó sus días en un total ostracismo el 23 de septiembre de 1850, el hombre del Grito del Ascencio y Primer Jefe de los Orientales.

Artigas representó desde entonces el símbolo del pueblo oriental por la inclusión social y por la libertad. Hoy el dilema que se les viene encima a las hijas e hijos de la tierra del “Protector” es continuar su lucha frente a los espinosos momentos que promete el próximo presidente Luis Lacalle.

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¿Por qué es tan “atractivo” el FMI?

Juan J. Paz y Miño Cepeda

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La conferencia de Bretton Woods (BW, 1944) fue el punto de partida de la mundialización económica hegemonizada por EEUU. Allí nacieron el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (BIRF, conocido como Banco Mundial – BM), que concretaron dos áreas: la monetario-financiera y la relativa al desarrollo. Más difícil fue lograr un acuerdo en el campo comercial, aunque en 1947 entró en vigor el GATT (General Agreement on Tariffs and Trade), que funcionó de facto entre las partes contratantes durante cerca de medio siglo, aunque con carácter provisional y ocupándose exclusivamente del comercio de bienes. Su irregular funcionamiento condujo a la Ronda Uruguay (1986 a 1994), que dio origen a la Organización Mundial de Comercio (OMC, 1995), que acordó regulaciones obligatorias no solo de bienes, sino también de servicios y, además, sobre la propiedad intelectual.

A la época de fundación del FMI y a consecuencia de “La Gloriosa” revolución del 28 de mayo de 1944, gobernaba en Ecuador José María Velasco Ibarra; y como delegados oficiales a la reunión de BW participaron Esteban F. Carbo, Consejero Financiero de la Embajada del Ecuador en Washington y Sixto E. Durán Ballén, como Ministro Consejero, y quien fuera después presidente de Ecuador (1992-1996). Lo interesante del asunto es que la aprobación de los acuerdos sobre el FMI y el BIRF correspondió al Congreso Nacional Extraordinario (Decreto 10/diciembre/1945) y fue suscrito por Manuel Agustín Aguirre, como Vicepresidente Encargado de la Presidencia, y Pedro Jorge Vera, como Secretario (https://bit.ly/3gjhyDA). Vera fue un prestigioso literato marxista, y Aguirre, ex rector de la Universidad Central, fundó el Partido Socialista Revolucionario (PSRE, 1963).

Es singular el caso del FMI. Su primer historiador oficial fue Keith Horsefield, quien estudió los primeros 20 años de vida institucional. Le sucedió Margaret Garritsen de Vries, quien siguió los sesenta y setenta. Entre 1992 y 2012 el historiador oficial fue James Boughton, (PHD en Duke University), antes profesor en Indiana University y autor de varios libros que estudian al FMI en la época más crítica de sus actuaciones: los ochenta, noventa e inicios del nuevo milenio, cuando América Latina sufrió las imposiciones de las consignas monetaristas del Fondo y el decálogo del “Consenso de Washington” (WC, 1989). El estudio más conocido en América Latina es el de Oscar Ugarteche (investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM, México) titulado Historia crítica del FMI. El gendarme de las finanzas (2016, https://bit.ly/2ZCgTqV), que amplió en su texto a la obra que, con igual título, publicó en 2009. Y hace poco apareció la Historia del Fondo Monetario Internacional (2019), de Pablo Martín-Aceña, historiador económico español de la Universidad de Alcalá.

El primer préstamo del FMI fue para Francia, en 1947, por US $ 25 millones. En las siguientes décadas crecieron los préstamos a varios países. Pero en los setenta hubo algunos cambios: en 1971 los EEUU abandonaron el “patrón oro”, en 1973 comenzó el crecimiento de los “petrodólares” y enseguida la presión de los gigantes monopolios bancarios privados para que los países latinoamericanos adquirieran fáciles y baratas deudas, que en 1982, con México a la cabeza, se volvieron impagables, cuando las tasas de interés se elevaron del 2% original al 20% (https://bit.ly/2L64L95).

Fue el momento decisivo para que el FMI ingresara en América Latina con préstamos salvadores para los sucesivos gobiernos, independientemente de la ideología política que cada uno proclamó a su tiempo. Las “cartas de intención” pasaron a ser los instrumentos para los cambios “estructurales” de la región, que, con el derrumbe del socialismo en el mundo y el triunfo de la globalización transnacional, abiertamente consolidaron el decálogo del WC. Entre 1983 y 2003 Ecuador suscribió 16 documentos con el FMI, que sirvieron para garantizar el pago de la deuda externa y la afirmación del modelo empresarial-neoliberal en la economía, que sólo trajo buenos noegocios, pero graves consecuencias sociales y laborales.

Supuestamente, el FMI había brindado una ayuda “técnica”. Pero en una entrevista, el mismo J. Boughton, reconoció que en la década de los noventa, cuando la institución fue cuestionada en Asia y América Latina por promover el WC, había sido incapaz de prever lo que ocurría, “porque no teníamos datos”; y agrega: “Una cosa que me llamó mucho la atención… fue que Stanley Fischer —uno de los macroeconomistas mejores y más reconocidos del mundo, y en aquel entonces Primer Subdirector Gerente del FMI— me dijo que cuando entró al FMI se sorprendió al ver que el personal técnico realmente no tenía ni por lejos la cantidad de información que él se había imaginado sobre lo que ocurría. Fischer pensaba que nosotros sabíamos todo, que había gente fuera que no sabía nada. Pero resultó que nadie sabía lo suficiente” (https://bit.ly/2X4HlYD).

Lo cierto es que, como lo demostró el estudio de Alexander E. Kentikelenis, Bernhard Reinsberg, Timon Forster, Thomas H. Stubbs y Lawrence P. King titulado How structural adjustment programs affect inequality: A disaggregated analysis of IMF conditionality, 1980–2014 (https://bit.ly/2TPH7nf), ninguno de los acuerdos con el FMI mejoró las economías en 135 países donde actuó la entidad, en los cuales se agravó la inequidad.

En América Latina la presencia del FMI de un lado ha “salvado” gobiernos, pero, de otro, ha motivado permanentes resistencias, como suele destacarse internacionalmente (https://bbc.in/2yB3hRP). Y, a pesar de las experiencias históricas, el FMI continúa atrayendo a los gobiernos conservadores de la región, también presionados por las elites empresariales que evitan así la afectación a sus intereses y a su riqueza, ya que, sin deudas externas, tendrían que adoptarse fuertes sistemas de impuestos directos internos.

Se suma a estas herencias inmediatas la inédita crisis provocada por la pandemia del coronavirus, que inexorablemente agrava las economías y sociedades latinoamericanas. Varios países han adelantado créditos con el FMI (https://bit.ly/2yI2wGG) y Ecuador no sólo suscribió una carta en marzo de 2019 (https://bit.ly/2TKn3Sl), sino que ha adoptado varias medidas económicas no contempladas en el acuerdo y que afectan al empleo (https://bit.ly/3gBx91J). De modo que los condicionamientos del FMI sobre la región no plantean políticas distintas a las conocidas en el pasado.

Ante un panorama catastrófico, Alicia Bárcena, Secretaria Ejecutiva de la CEPAL, no ha dudado en declarar: “Nosotros calculamos un desempleo de más de 12 millones de personas adicionales, de 8,1% a 8,5% de desempleo. Si no se toma ninguna medida, la pobreza aumentaría en forma dramática en la región: de 186 millones a 214 millones de personas. Y la pobreza extrema de 11% a 13,5% de la población, de 67 millones a 83 millones”; y añade: “En términos de desigualdad, también va a haber un incremento del coeficiente de Gini muy preocupante en países como Brasil, como Colombia, Argentina, Ecuador o México, que son países que ya de por sí vienen con una desventaja. Y es una región que había hecho un esfuerzo muy grande por sacar a la gente de la pobreza y habían ido avanzando en mejorar la movilidad social, y ahora tenemos un gran retroceso de nuevo, sobre todo entre los estratos medios y bajos de ingresos” (https://bit.ly/2XxUPLp).

Si ese es el panorama para América Latina, ¿por qué sigue siendo tan “atractivo” acudir a un FMI que ya no tiene las respuestas para un futuro distinto en la región?

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La desigualdad del continente es acentuada por la pandemia

Raciel Guanche Ledesma

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Una semana ha pasado desde que escribimos en Informe Fracto sobre la vida y el pensamiento de José Martí, justo cuando se cumplían 125 años de la caída en combate. En esa ocasión resaltamos su patriotismo y sobre todo la postura latinoamericanista que mantuvo, apostando siempre a la igualdad social en un continente asediado entonces por el poder ibérico.

Tantos años después, en plena modernidad y despojados supuestamente de los tiempos de Guerra Fría, el sueño del Apóstol de ver a América unida y libre de penurias sociales, continúa siendo, por increíble que parezca, un acto quimérico.

En estos días, cuando el mundo libra una batalla sin precedentes contra el nuevo coronavirus, esa realidad de la que hablábamos en el continente con mayor desigualdad, se ha acentuado con creces. Y es que la región de las Américas fue declarada hace unas pocas jornadas como el epicentro de contagios por la Covid-19, un hecho que enciende alarmas y llama a repensar el camino político-social del hemisferio más occidental.

Entre malas decisiones de gobiernos, intentos de ataques armados en Sudamérica, declaraciones injuriosas de países que buscan desviar la atención y sobre todo lamentando pérdidas humanas a causa del coronavirus, han transitado las jornadas desde que la pandemia azotó estas tierras.

Varios son los factores influyentes en este duro contexto que no solo sacude a los latinoamericanos, sino también que lo hace con fortaleza contra la primera potencia mundial, esa que paradójicamente posee “todos” los recursos. Otra vez es el rey del capitalismo y más que todo el pueblo norteamericano, son quienes sufren los mayores golpes si tenemos en cuenta que ese país supera el millón y medio de contagios y las casi 100000 muertes.

La decadencia de ese sistema político es en esencia el causante del escenario contrastable que atraviesa el continente. Miseria, hambre y un techo indigno es la triste realidad que viven millones de personas y es algo que ineludiblemente se refleja hoy en pérdidas humanas y contagios por la Covid-19.

Según trascendió en declaraciones de la Secretaria Ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), Alicia Bárcenas, la pobreza en estos meses de pandemia se ha incrementado en la región y se pronostica que continúe en ascenso. Dijo, además, que las medidas de los gobiernos aún no son suficientes y que esta situación también es causada por un mal manejo histórico.  

Todo se pudiera resumir entonces en una desidia casi colectiva que ahoga en la tragedia a varias naciones. Por ejemplo en Ecuador, un país que vivió grandes progresos durante la Revolución Ciudadana liderada por Rafael Correa, vimos ahora con dolor cómo fueron desprotegidas varias familias y los cadáveres en las calles de Guayaquil nos hacían recordar los momentos de mayor inoperancia política en América.

Don dinero vuelve a hacer de las élites gobernantes su más fiel secuas. Sí, porque desafortunadamente no sólo en Ecuador el capital está hoy por encima de las vidas humanas, sino que en países como Colombia, Perú, Chile y principalmente en Brasil la historia se repite.

En el caso del gigante suramericano, quien lo preside un sujeto más que todo irresponsable como Jair Bolsonaro, la situación ante la pandemia es crítica y se vislumbra por las aceleradas estadísticas como el hipotético país epicentro global de contagios por la Covid-19.

 Cuando nos tomamos la atribución de llamar irresponsable al mandatario brasileño, quien además se declara fiel seguidor de las ideas bélicas y ultraconservadoras de Trump, es porque la actitud pública no es digna de su figura como líder de un gobierno. Varias son las veces que ha salido en la televisión sin protección, restando importancia ante la audiencia de los reales efectos del coronavirus y se va en medio de la crisis sanitaria a la playa, se toma fotos y todo para dar síntomas de normalidad y recobrar la confianza popular necesaria para reabrir el país. 

Sin embargo, en este escenario, los números hablan por sí solos. Sobrepasando los 300000 contagios y las 20000 muertes, y es Brasil en ese sentido la nación que más sufre los embates del virus en Latinoamérica, algo que intentan disimular muy bien los altos funcionarios pero que conocen de sobra a quienes más les duele, es decir a su gente.

En este contexto de lucha también han salido a relucir nuevos intentos de dominación en el continente. Era hora de buscar la unidad para resguardar la salud, concertar la solidaridad regional, sin embargo, los deseos de poder de algunas naciones aliadas a los Estados Unidos han sido mayores.   

Las incursiones armadas en Venezuela y el peligro potencial de una escalada de tensiones políticas en el Caribe representan el clímax de estos meses. Y es que la ambición de algunos pasa por encima de las vidas humanas, no cree en pandemias y hace perecer cualquier intento de salvación social. Lo cierto es que la América que soñó el Apóstol cubano aún nos la debemos quienes habitamos estas tierras de libertadores. Ni siquiera el drama de la pandemia ha logrado todavía poner al hombre un paso por delante de los intereses. Mucho queda pero hacer en este contexto y posterior a él, pero lo que está claro hoy es que la unidad del continente es la única vía del progreso y de la igualdad social, algo que seguimos soñando todos los martianos.

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Pacificación de la Araucanía y conquista del desierto

Sergio Guerra Vilaboy

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Las campañas militares contra los mapuches en Argentina y Chile, encubiertas con los nombres de “conquista del desierto” y “pacificación” de la Araucanía, fueron dos caras de la misma moneda, dirigidas al exterminio de los pueblos originarios del extremo sur del continente. El modus vivendi alcanzado con los araucanos desde fines de la colonia, respetados por los libertadores durante la independencia, comenzó a alterarse cuando Argentina y Chile consolidaron la organización estatal y lograron la indispensable estabilidad interna para imponer su soberanía sobre las regiones indígenas autónomas.

Detrás de la expansión territorial estaba el interés de ampliar el área de la producción agropecuaria de exportación para satisfacer la geofagia de sus élites -desde 1866 así lo exigía la Sociedad Rural Argentina- e impulsar el modelo de crecimiento capitalista fundamentado en el laissez faire y el régimen liberal. De paso se llevarían las fronteras a las delineadas por España en la colonia. Para conseguirlo, los primeros gobiernos republicanos de los dos países sudamericanos lanzaron con regularidad expediciones punitivas contra los mapuches y facilitaron el asentamiento de colonos en sus tierras, en un proceso semejante al que en la actualidad desarrolla Israel contra Palestina. Ya entre 1833 y 1834 el dictador argentino Rosas avanzó con sus fuerzas hasta el río Neuquén, en el centro de la Patagonia, donde esperó que el ejército chileno hiciera lo mismo del otro lado de los Andes. El naturalista inglés Charles Darwin, testigo de la despiadada ofensiva, escribió: “Aquí todos están convencidos de que es la más justa de las guerras, porque va dirigida a los salvajes. El plan del general Rosas consiste en matar a todos los indios rezagados, empujar luego todas las tribus hacia un punto central y atacarlas allí con auxilio de tropas chilenas”.

Desde la segunda mitad del siglo XIX los violentos planes expansionistas de Buenos Aires y Santiago de Chile se aceleraron bajo la impronta de dos ambiciosos generales, el argentino Julio A. Roca y el chileno Cornelio Saavedra. Ellos fueron los artífices de las campañas militares para exterminar a los mapuches, conocidas como la “conquista del desierto” en Argentina y la “pacificación de la Araucanía” en Chile, y que eran muy parecidas a la que entonces se desarrollaba en Estados Unidos, donde el único indio bueno era el que estaba muerto, en frase atribuida al General Custer.

A la brutal ofensiva gubernamental se opusieron tenazmente los pueblos originarios, destacándose los indómitos caciques Mañilwenu, el Gengis Kan del Arauco, y Calfacura, el Napoléon de las Pampas, calificativos del historiador mapuche Pedro Cayuqueo. Estos indoblegables jefes indígenas llegaron incluso a coordinar sus acciones militares a ambos lados de la cordillera andina. En 1867, Kilapán, hijo de Mañilwenu, se sumó a los ataques de Calfacura contra los fortines argentinos sembrados en territorio mapuche que facilitaron su victoria en la batalla de Quechereguas.

No obstante, desde fines de los setenta, la abrumadora superioridad militar de los ejércitos de Argentina y Chile terminó por imponerse y los mapuches no pudieron contener el alud que les cayó encima. El gobierno chileno, tras ocupar Lima en 1881 durante la guerra con Perú, pudo trasladar a la Araucanía una parte de sus tropas y cerrar su campaña militar con el fusilamiento del cacique Colipi ese mismo año y la refundación de Villarica (1883). Del lado argentino, el desenlace llegó en 1885 con la rendición ante el nuevo gobernador de la Patagonia del último jefe mapuche: Sayweque Los prisioneros fueron sometidos a privaciones y vejámenes, como los miles de indígenas obligados a desfilar encadenados por las calles de Buenos Aires.

Las tierras arrebatadas a los mapuches, entregadas a criollos blancos e inmigrantes anglosajones, sirvieron para expandir la producción de trigo, lana y carnes, mientras los sobrevivientes a la limpieza étnica eran arrinconados en reservas y convertidos en peones Era el cumplimiento del ideal racista proclamado por el escritor y político argentino Domingo Faustino Sarmiento, de remplazar a los indígenas por la “raza caucásica, la más perfecta, la más inteligente, la más bella y las más progresiva de las que pueblan la tierra”, pues como confesara impúdicamente en 1876: “Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia. Esa calaña no son más que unos indios asquerosos a quienes mandaría colgar ahora si reapareciesen. Lautaro y Caupolicán son unos indios piojosos, porque así son todos. Su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. Se los debe exterminar sin ni siguiera perdonar al pequeño, que ya tiene el odio instintivo al hombre civilizado.” 

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