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Voz de la Península

ESTIGMA (Cuento)

José Antonio Gutiérrez Triay

Publicado

en

A MIS ALUMNOS DE TODOS LOS TIEMPOS

INTRODUCCIÓN

Escribir crónicas, ensayos, novelas, poesías, cuentos, tienen una complejidad distinta y, aunque un novel escribidor -que no joven persona- quiera incursionar en todos esos campos, no siempre contará con los dones efluvios del Parnaso, pero ante todo con la experiencia de los más distinguidos habitantes en la República de las Letras; de aquellos que se desenvuelven con gran competencia en los diversos campos del arte de escribir. Sin embargo, aun así, cuando existe la voluntad y la decisión para incursionar con frecuencia en la práctica de componer textos, es posible llegar a la producción de un cuento y compartirlo con el público. Es la intención.

Componer un cuento, tanto como una poesía, requieren, de colocar las palabras más precisas en un espacio no muy extenso, para que el lector penetre con interés en el contenido del texto y pueda contagiarse con lo que transmite el escritor.

Para que se aprehenda esa transmisión emocional o simplemente despierte cierto grado de interés, el cuentista debe recordar siempre que el cuento es a la novela, lo que la fotografía al cine, tal y como como dijera Cortázar. Lo esencial para el autor es el ensueño y mirar lo que los otros ven también, aunque de otra forma.

El admirado hombre de letras mexicano, Juan Rulfo, dijo que todo escritor que crea es un mentiroso y lo enfatizó al decir que la Literatura es mentira, empero, de esa mentira sale una recreación de la realidad.

Y continuando con la sabiduría del autor de la universal obra, Pedro Páramo: “Si uno entra a la realidad de las cosas conocidas de oído o vista, y las describe tal como fueron, estará haciendo Historia”. Ya sea ésta con mayúscula o minúscula.

Estigma, es un cuento. Unos de sus acontecimientos fueron ciertos, otros imaginados. Se escucharon por tradición oral o son testimonios presenciales. Todos entrelazados desde distintos tiempos, a partir de la infancia del firmante.

Si no es el propósito escribir una obra científica o informativa con sensatez, lo primordial consiste entonces en narrar lo que ocurrió en la imaginación, en la intuición. Pueden parecer como verdades aparentes porque surgen de las vivencias, anécdotas, mitos, experiencias, que trascienden en la vida de quien escribe y de su entorno comunitario.

Los personajes de Estigma fueron seres vivos, a los que se conoció, con quienes se trató, pero, sobre todo, son como llegaron a la imaginación a partir de algunos detalles que se fueron urdiendo para amalgamar esta argumentación. Por supuesto, es una ficción. Ratifico: es un cuento.

Si alguien dijera, al hacer el favor de leernos, que determinado personaje se parece al difunto don fulano, o que los chicos protagonistas son zutano y perengano, y la señora, tal vez se trata de… Sólo se les responde una vez más: es un cuento.

Sucede todo en un ambiente pueblerino, donde nace y crece; del que no se desarraiga, con el que se identifica, al que pertenece,

El autor.

ESTIGMA

Llegar al mundo en el día de la Navidad siempre ocasiona que surjan presagios de los agoreros en la vida comunitaria. Para algunos puede resultar una anatema, por más santo que fuese el día, porque el maligno anda suelto por todos lados en la eterna lucha entre el bien y el mal…

Más adelante, si surgiera alguna circunstancia en el devenir de aquellos marcados por su natalicio, cualquiera de esos entrometidos tendrá la oportunidad de decir:

-¡Yo lo dije! – Aunque nunca hubiese augurado nada al respecto.

 -Lo anuncié por la fecha de su nacimiento. -Insistirá.

Aquella madrugada tan fría, con fuertes vientos y lloviznas del norte, no evitó que las mujeres mayores del vecindario acudieran en auxilio de una parturienta primeriza. ¡Qué mejor socorro! Las ancianas del pueblo son poseedoras de vasta sabiduría. Saben asuntos de mujeres, tanto de su cuerpo como de su espíritu; de la educación de los niños, administración del hogar y de curaciones mágicas o con el auxilio de plantas medicinales. Entienden de todo. Son las consultoras de las mujeres de la familia durante el proceso de aprendizaje para cuando sea menester sustituirlas.

En aquella gélida amanecida salieron de sus casas apenas cubiertas con sus rebozos las cuatro decanas del rumbo. No hubo convocatoria, era cuestión de solidaridad. Estaban al pendiente. Llevaron unas antiguas telas, pero limpias y con ellas forraron un huacal para convertirlo en cuna. Pusieron a hervir el agua en una vieja olla de barro sobre un muy modesto fogón y le añadieron hierbas aromáticas. La espigada doña Natalia, con el rostro y brazos acanalados por el paso de los años, dirigía las acciones. Prepararon la hamaca y acercaron la palangana de peltre. Hirvieron entre alcohol unas tijeras, luego sobaron el vientre de la futura madre. Le mostraron cómo pujar. Fue un parto eutócico.

Después del alumbramiento, dieron de beber a la recién parida un atolillo hecho de maíz, cocido con anís en grano y una copa de vino fortificante, famoso en la región como Wampole. Era un tonificador del calostro. Según decían las matronas, ese primer lácteo era indispensable para el desarrollo sano del niño y, por tanto, imperioso fortalecerlo. Además, cada una de las veteranas señoras llevó consigo una cerveza negra como obsequio a la nueva madre; servirían para que al ingerirlas en los días posteriores le fluyera leche en abundancia.

Después de limpiar al pequeño, lo acomodaron en el cajón preparado y a prudente distancia lo acercaron al calor del fogón. Doña Concepción, mujer rica, su antigua patrona, había obsequiado unas frazadas para la madre y el neonato. La parturienta no tenía familiares en el pueblo, sólo a su marido.

Piquín, -así pusieron por nombre al niño- nació el 25 de diciembre en un hogar donde imperaba la pobreza en grado extremo. Su padre, además de ampáyer de béisbol, era un artesano, empleado en uno de los obrajes donde se confeccionaban implementos apícolas; asimismo un melómano empedernido y, como casi todos los bohemios, éste combinaba su arte con la ingesta de alcohol. Costumbre que lo convirtió en dipsómano noctámbulo.

La madre, mujer enfermiza con una delgadez muy acentuada, había decidido unir su vida a la de don Cayetano Paredes para salir de la pobreza y vejaciones que padeció desde su nacimiento. Este matrimonio procreó cinco hijos, el mayor fue Paquín, Natanael el segundo y Nanda la tercera. Los dos últimos, unos gemelos, que fallecieron siendo muy pequeños cuando un brote de cólera asoló a la población.

La vivienda de la familia estaba en deplorables condiciones, era un jacalón con raída techumbre de paja que no protegía del todo el paso de las aguas cuando la despiadada época de las lluvias. Durante el invierno, con periódicos y cartones rellenaban las rendijas que quedaban entre las rústicas maderas que hacían de paredes. Era de una sola pieza, piso de tierra, un fogón entre tres piedras, una olla vieja, algunas ropas y deshiladas hamacas. Era el escaso patrimonio.

Don Cayetano, salía de sus labores al ocultarse el sol y antes de llegar a su casa compraba un litro de alcohol en una tienda o botica. Su costo era de nueve pesos y le sobraban 6 de su salario para la manutención familiar.

Doña Justa Romeno, la esposa, tenía que hacer milagros para hacer rendir el recurso. El marido trabajaba circunstancialmente por las noches como músico en las novenas católicas o los oficios pentecostales. Ejecutaba muy bien la guitarra, la armónica y el marimbol.  El ingreso adicional por ese trabajo nunca llegó a la familia.

Doña Justa se levantaba muy temprano y salía en busca de leña, alistaba su nixtamal y preparaba para los niños un atole con fécula de maíz o los frutos del Ramón; luego los enviaba a la escuela. Posterior escudriñaba para la comida del mediodía, entre chaya, tomates silvestres, raíces como yuca o makal, frutos del bonete o lo que hallase en el gran solar de la vivienda. Lavaba y planchaba ajeno. Nunca faltaron patronas que le obsequiaran comida para sus pequeños, así como ropa y, en caso necesario, apoyo con medicamentos durante las enfermedades propias de la niñez.

En la casa contigua nació también un varón primogénito. Fueron casi coincidentes los alumbramientos, en apenas cuestión de minutos la diferencia, pero esta familia sí pudo pagar el estipendio de una comadrona. La vivienda vecina era también de tipo maya, sin embargo, con paredes de mampostería, característica que hacía clasificarla en la categoría de ripio para el pago arancelado del impuesto predial. Como sucede siempre: las peculiaridades de la morada demuestran la condición social de sus ocupantes.

Darío, el padre del otro neonato, determinó otorgar el nombre de Ligorio a su heredero. Ese apelativo le gustó cuando asistió al cine del pueblo como espectador de una película del charro Antonio Aguilar.

Darío, era un hombre rudo, empleado de una hacienda, conductor de vehículos motorizados y capataz de los peones. Muy católico, al grado de fanático. En la población lo conocían, por su trato áspero y maldiciente, como El Renegado. Se quejaba de todo, pero en especial de los que en su subconsciente consideraba superiores. Práxides, era su esposa, una mujer veinte años menor que él.

Pesaba mucho para sobrellevar la vida de Darío, que su madre tuvo muchas parejas y que su mujer fue empleada doméstica, aunque la familia donde de muchacha sirvió siempre la trató con respeto y cortesía.

Durante el crecimiento de aquellos chicos, las comparaciones fueron inevitables, se daban por todas partes. Así los niños empezaron a competir entre ellos, pero se exacerbaba la conducta en Ligorio por las exigencias paternas con altas dosis de violencia.

Paquín fue un niño muy apreciado, era obediente, estudioso, buen deportista. Su rostro reflejaba la inocencia, la humildad. Como que clamara conmiseración. Se daba a querer.

Ligorio era grosero, muy mal estudiante y extremadamente envidioso de su vecino, incluso se burlaba por que no estrenara ropas durante la fiesta del pueblo, del alcoholismo del padre o la flacura de la madre, a quien apodaba con saña, como Cacalbaak. Externaba así un inculcado padecimiento arrogante de aporofobia hacia el vecino y perenne competidor. Imperaba en él una perspectiva determinada por los atavismos a la cultura humillada, machista y rencorosa del padre.

Se grabó en el cruel niño la persuasión violenta de su padre, quien le decía:

-Llévate siempre con los del centro, ellos tienen algo para aportar en tu formación, y aprenderás a vivir mejor con el ejemplo de esas amistades. No seas como las cabras, no tires al monte.

Cuando los pequeños vecinos concluyeron el sexto grado, los padres de Ligorio se instalaron en el festival y ocuparon la primera fila, después que Darío exigió para su familia aquel lugar, pues dijo no ser menos que nadie.  Los maestros cedieron ante la violencia verbal, para evitar más escándalos, aun cuando los espacios estaban reservados para las autoridades.

Durante el evento se entregó un reconocimiento a Paquín, con un diploma por ocupar el tercer lugar en aprovechamiento de toda la generación en egreso. No se nombró a Ligorio, y cuando entregaron la boleta de calificaciones, el padre leyó: “La directora de este plantel educativo hace constar que el alumno, Ligorio Itzincab González, no aprobó el curso.”

¡No pudo alcanzar los seis puntos en Lengua Nacional, ni en Aritmética y Geometría! ¡Es un pendejo!  -Gritó a Práxides, el encolerizado padre.

Histérico el progenitor, alcanzó al chico en el parque del pueblo y después de vociferaciones, lo cundió de cintarazos hasta saciar su arrebato. Los vecinos quisieron intervenir para evitar la salvaje agresión al púber, pero se detuvieron. Los policías tampoco lo hicieron. Aquella respuesta paterna era parte de los malos usos y costumbres en la vida comunitaria, aunque el progenitor, a todas luces, se había excedido.

Los padres de Paquín no acudieron al festival de clausura. Durante la tarde habían trasladado por ferrocarril hasta la ciudad de Mérida, a doña Justa. Se le había recrudecido añejo malestar: un carcinoma, que la tenía en estado de suma gravedad. Ante el padecimiento, cuya noticia cundió entre toda la población, los hermanos masones se organizaron para donar y hacer una colecta, casa por casa. Con lo obtenido se pudo llevar al hospital a la enferma. Fue vano el esfuerzo, era imposible: falleció al día siguiente.

La noticia hizo llorar al pueblo. Era un inmenso drama que consternaba a todos.

¿Qué sería de los pequeños? -Se preguntaban.

El sacerdote católico trasladó a los niños a la ciudad para que asistieran al sepelio de su madre. Era imposible, por la falta de recursos, que el cadáver fuera inhumado en el pueblo.

Ante la posible intervención del Instituto de Protección a la Infancia para llevar a los niños a un orfelinato, una tía materna solicitó a la pequeña Nanda, y Natanael pasó a la custodia de la familia del sacerdote católico. Paquín se negó. En el fondo se desesperaba por el futuro de su padre. Así que decidió quedarse con él.

Durante dos meses y medio, el adolescente vendió golosinas en los alrededores del centro de la ciudad de Mérida; en tanto el padre, se incorporó a un grupo de trovadores como bajista, porque el titular tuvo un accidente de tránsito. Ganaba mejor que en el pueblo, pero después de diez semanas de vivir en el anexo de la casa, propiedad de un paisano conocido, le pidieron que pagara la renta correspondiente o abandonara el cuartucho. Recogió sus pertenecías y una madrugada, en compañía de su hijo, se trasladó a la Estación Central para retornar por ferrocarril al solar natal.

Encontraron muy limpia su vivienda, fue labor de las damas de La Legión de María.

Don Cayetano se incorporó a sus labores y nuevamente cayó en el vicio, así que el muchachito estaba solo. Muchas veces fue a recoger a su padre en la calle cuando le avisaron que se encontraba tirado en la vía pública. Paquín sobrevivía porque la gente lo ayudaba, además él era muy gentil, siempre presto para ayudar. Cargaba las compras del mercado a las damas, llevaba el periódico a las casas, ayudaba a limpiar las mesas del mercado cuando concluía la venta. A cambio recibía buenas propinas, incluso sus alimentos.

Seis meses después de aquel retorno al pueblo, precisamente durante un amanecer, el padre manifestó al chico que dada la situación paupérrima en la que vivían, y siendo dignos de tener una mejor suerte, había resuelto aventurar en los Estados Unidos. Informó que su compadre Javier lo apoyaría, pero como la entrada en aquel país sería ilegal, no podía llevarlo consigo. Le explicó que nada más se acomodara, mandaría por él, total que juntos habían vivido un infierno y era necesario arriesgar; además le expresó sentirse orgulloso de tener un muchacho muy responsable que sabía enfrentar con valor los retos que la vida impone.

Tres días después partió su progenitor. Nunca más lo volvió a ver.

El joven Paquín se levantaba con el alba, ayudaba a los abastecedores a descargar sus productos en el mercado, aquellos lo invitaban a desayunar y otorgaban una gratificación. Recogía la basura en los domicilios, hacía los mandados en las casas de la gente mayor, llevaba los rollos enlatados del cine desde la estación del ferrocarril hasta el cinema. Estaba presto para cualquier actividad que lo requiriera. Por las noches una familia acomodada le obsequiaba invariablemente un vaso de leche. Nunca faltó quien lo premiara con una cena por sus amables servicios. Siempre fue atingente y recibía apoyos a cambio, tanto en especie como monetarios.

Por las noches, en la soledad de su vivienda, hacía el corte de caja con el dinero recaudado y consideraba que era mucho más que lo suficiente para satisfacer sus necesidades vitales, más aún cuando recibía sus alimentos, ropa y otros satisfactores completamente gratuitos. Así que aquel recurso era una enormidad, un exceso, -según pensó.

Decidió guardarlo para cuando se requiriera. Sin embargo, le entró la ambición y la avaricia, aunque sin perder su emblema de buena y sana persona. En el imaginario del pueblo no se olvidaba aquel sufrimiento de la niñez, y los habitantes se sentían obligados moralmente a compensar lo que el destino de sufrimiento le había determinado.

Una mañana, cuando un comerciante pesaba unas galletas para su cliente, descubrió que éstas estaban rotas, así que decidió ir por otro envase para dar la atención correspondiente.  Los bizcochos se resguardaban en empaques enlatados para su venta al menudeo.

El mercante obsequió a Paquín los que se habían despedazado por un mal manejo del producto. El joven recibió y probó para luego expresar que estaban muy sabrosos, sólo hechos añicos. Fue una expresión zalamera al donante y de indirecta al comprador. Agradeció la gentileza y pidió le vendieran el depósito vacío. Por supuesto, no se lo cobraron.

Llevó el recipiente, que era de buen tamaño, con un artesano que confeccionaba objetos de hojalata para que soldara con estaño la tapa e hiciera una incisión en el centro. Quedó funcional como una alcancía.  

El 12 de diciembre, del mismo año de la partida de don Cayetano, falleció Darío. Fue en un accidente cuando transportaba a jóvenes “Antorchistas” de una peregrinación Guadalupana. Un camión carguero los embistió en la carretera a Campeche.

Con la muerte de su padre, Ligorio pasó más penurias que su vecino. ¡Hasta en esto compiten! -dijeron en el pueblo.

Era muy mala la suerte para aquellos vecinos. El hijo de Darío tuvo que desertar en la escuela, aunque era algo esperado, su indolencia ante el estudio y la mala conducta ya lo pronosticaban.

Entre tanto que Paquín era una persona apreciada en la población, la presencia de Ligorio no era bien aceptada por su fama de pendenciero y ratero. El primero hizo del asistencialismo oficial y particular todo un negocio. Siempre con su bajo perfil y su carácter humilde recibió todo tipo de ayuda. Sus hermanos lograron concluir carreras universitarias en la ciudad y ofrecieron llevarlo con ellos, pero él se negó y dijo que si querían ayudarlo lo hicieran con envíos en efectivo, pues los regalos que le mandaban no los sabía utilizar.

Natanael se encargó de pagar el cambio de la techumbre de la casa con nuevas palmas y Nanda lo apoyó con la introducción del servicio de agua potable y contrató la construcción del sumidero para el servicio sanitario. Le enviaban el dinero para mejorar sus condiciones de vida, y Paquín lo guardaba. Tenía un concepto como meta: lo que entra no sale.

Aquella lata de galletas como alcancía fue el inicio de la gran fortuna propia de un avaro, se multiplicó durante los cuarenta años consecutivos de esos ingresos sin merma alguna.

Nunca nadie pensó en entrar a robar a la casa, quizá por intuir que no había nada, incluso cuando el dueño salía, solo amarraba con un mecate las armellas donde debía colocarse un candado.

Una mañana, cuando Paquín ayudaba a limpiar las mesas de un local donde los ricos del pueblo tomaban café, en tanto charlaban, escuchó decir que ante la inestabilidad financiera lo mejor era adquirir oro, pues no se devaluaba. Afirmaron que era la forma más segura; y como siempre pensó que un rico sabe más, empezó a comprar Centenarios de oro en los bancos de una ciudad vecina. Los guardaba debajo del gallinero, en el espacio destinado para el sumidero, que nunca se concluyó.

El propio Paquín construyó una parrilla con maderas que cortó en su solar; luego tendió ramas y encima colocó tierra. Previamente determinó los espacios para acomodar dos lotes de gallinas que le obsequió la municipalidad. Contó doscientos sesenta y cinco Centenarios de oro y los guardó debajo de su improvisado corral. Estaba seguro, nadie sospecharía.

En una taberna de barrio, Ligorio tomaba la copa con sus amigos y, ese día, como siempre, denostó lo que hacía su añejo archirrival:

-Explota su fama de pobre y la gente lo sigue creyendo, siempre narran el drama que vivió en su infancia. Aunque no es el único caso, pero él ya es parte de la costumbre. Como las tiendas que tienen fama de vender a bajos precios, pero son igual de caras que las demás, -expresó con vehemencia.

-Es cuestión de fama, -espetó en tanto aporreaba el puño sobre la mesa.

Pocos le hicieron caso; era esa su plática cotidiana, pero en aquella ocasión, terminó pidiendo que observaran:

 -No gasta en nada y todo le obsequian, también le envía dinero su familia, asiste a todas las fiestas y novenarios o mítines políticos donde le dan de comer, recibe buenas propinas. Todos lo ayudan. Es un tacaño y debe tener mucha lana.

-Es un simulador, que supo administrar su drama. -Prosiguió.

Nadie dio importancia a lo dicho, era ya parte de la costumbre escuchar sus diatribas contra el vecino.

A Ligorio no lo había tratado bien la vida, hasta que poco tiempo atrás, haciendo de cicerone de un experto manipulador de los resultados electorales, que el Comité Nacional de su Partido envió a la región para atender una elección muy competida, aprendió las artimañas del fraude electoral. Desde entonces empezó a vivir un tanto mejor. Los candidatos le pedían fuese el coordinador de sus campañas para la alcaldía. Él sabía cobrar, pues conocía la importancia de sus servicios ante a ambición desmedida de los políticos.

Sus aduladores hacían notar que él debería ser el alcalde, pero éste reconocía que no era muy aceptado en la población por su desprestigio, aunque sabía que, con una buena publicidad eso quedaría en el pasado; pero también carecía de recursos y de relaciones en el exterior para conseguir que su partido lo designara como candidato. No tenía fortuna para ofrecer sobornos a cambio de la nominación partidista. De lograrlo, ya sabía del quehacer para ganar en una contienda electoral.  Su encumbramiento como político le posibilitaría un ascenso socioeconómico. Era el único camino desde su perspectiva y aquello, en el fondo, le obsesionaba.

Ligorio se puso a espiar las actividades de su vecino en el interior del terreno donde estaba la humilde vivienda. Se percató que al oscurecer, el ocupante acudía invariablemente al gallinero para contar sus aves, pero luego desaparecía de su vista durante algún lapso considerable, para posteriormente retirarse.

Aquella actitud, llamó su atención e incrementó la suspicacia. Siendo un tacaño, y con ese proceder, debería existir alguna relación con su peculio. Consideró necesario esperar la oportunidad para comprobarlo y luego apropiárselo, si ese fuese el caso.

Un domingo por la noche, al concluir la Misa, le informaron que la casa de Paquín despedía un fuerte tufo:

 -Más intenso que cuando se trata de un animal muerto, -informó su compadre Tito.

Recordó que lo había percibido, pero dedujo que se trataba de una zarigüeya muerta, era lo más común por el olor característico. Luego rememoró que hacía tres días que no veía a su vecino. Así que, pensando en lo peor para su contemporáneo, y sin decir nada a nadie, se retiró.

Llegó a la vivienda de su vecino, logró entrar por la puerta trasera y con el auxilio de un foco de mano revisó y encontró un cadáver en la hamaca: Era el de Paquín, al acercarse pisó una camiseta manchada, que luego constató era sangre ya seca como con ostrones. Tuvo presente que era tuberculoso y nunca se atendió. Tirados, cerca de la hamaca, halló una hoja de papel y un lápiz. Decía lo siguiente:

“Hoy conté el equivalente, según el valor del oro, a la cantidad de cinco millones setecientos setenta y cinco mil pesos”.

¡Es el valor de lo recaudado durante toda su vida! –exclamó Ligorio.

Decía también la nota:

“Una vez que llegue a los seis millones, acudiré a Mérida para atenderme en el hospital del Estado. Creo lograrlo en el mes de julio. Estamos a 22 de enero de 20… No concluyó la escritura.

Ligorio tenía para él un tesoro, pero debía actuar con inteligencia. Aún con el insoportable hedor que le herían las fosas nasales y provocaba náuseas, revisó con esmero la vivienda y encontró un envase con tres mil pesos, luego acudió al gallinero e inspeccionó todo hasta encontrar una oquedad cubierta con hojas secas.  Se introdujo y luego fue de vuelta, varias veces, hacia su casa cargando unas latas de galletas “Aviones”.

Antes de dar parte a las autoridades, rellenó los envases metálicos con golosinas de chocolate, cuyo empaque asemejaba monedas áureas y las colocó de nuevo en el agujero. Las había enviado el Partido, entre confites y caramelos, para las festividades de fin de año, pero éste se había quedado con ellas para venderlas luego a un comerciante de chácharas y dulces del parque principal.

Recompuso el piso del corral, ordenó el cuartucho y fue de dar parte a la autoridad. Dijo que por la intolerable fetidez decidió meterse a la humilde choza y tuvo un macabro hallazgo, que el ahora difunto había vomitado sangres en grandes cantidades.

 Llegó el médico forense, realizó la autopsia y determinó que la muerte fue por hemorragia pulmonar y que la tuberculosis era muy avanzada. Aquello libró de sospechas a Ligorio, pues todos los pobladores intuían que él fuese el causante del deceso.

La orden de la autoridad fue quemar de inmediato el jacal para evitar que se propagara el mal. Así fue, pero antes Ligorio, como acto de bondadosa honestidad, sacó una lata de galletas que contenía tres mil pesos y la entregó a las autoridades. El alcalde indicó que se donara a una familia que ese día había perdido su vivienda por un incendio, cuando un volador pirotécnico cayó sobre el techo de paja.

Todos vieron como muy loable lo hecho por Ligorio, que incluso lloró a rienda suelta. Hasta los que sabían de lo farsante que era se convencieron de su sinceridad, gracias a la habilidad histriónica innata en él.

Con los recursos obtenidos y su habilidad malévola, Ligorio fue alcalde en varias ocasiones y se convirtió en el hombre más rico del pueblo, aunque vivía en eterna zozobra por el origen e incremento de su fortuna, así como sus eternos exabruptos. Todos sabían de su deshonestidad, pero era un tipo habilidoso para torcer las leyes y calmar con zalamerías y obsequios a los líderes opositores. Poco el interesaba el desarrollo del pueblo y la aplicación de la justicia social, pero hacía muy buenas fiestas populares, de las que también obtenía robustos recursos como ganancias.

Mandó construir un monumento a la humildad, dedicado a Paquín, en el propio lugar que fuera la vivienda del difunto. Aquello fue del gusto de los pobladores. Por supuesto, hubo un gran baile con harta venta de cervezas.

Durante los días de los finados y para el aniversario de su natalicio le llevaban flores y veladoras, asimismo se celebraban muy concurridos rituales religiosos en el sitio. Hasta se decía que era muy milagroso.

-¡Es un beato! -dijo un cura —y aunque, ante la Santa Sede no se han iniciado los trámites burocráticos de la beatificación: La voz del pueblo es la voz de Dios.

-Por esa conducta intachable, -prosiguió el Sr. Cura-, solicitamos ya a la Arquidiócesis la elaboración de la propuesta y enviarla a Roma, para declarar al hermano Paquín formalmente como Beato.

-Tuvo un comportamiento sin mácula durante la vida terrena. Digno ejemplo para nuestros parroquianos.

-Eso de guardar chocolates en forma de monedas es una muestra de su inocencia, de la pureza de su alma, -enfatizó el sacerdote, durante una homilía de aniversario.

-Nuestra solicitud, -continuó- fue firmada por todas las organizaciones de seglares en nuestra parroquia; gestionaremos un dignatario postulante de la causa y que se sustente en los cánones estipulados en una de las cuatro constituciones vaticanas, la Lumen Gentium, del Concilio Vaticano Segundo. -Concluyo el religioso entre fuertes aplausos.

-“Fue muy abnegado, irradiaba bondad con su sola presencia”. -Se leía en una de las pancartas que portaba la Liga de la Defensa de la Fe, una de las organizaciones apostólicas más vehementes con la beatificación.

Como siempre, el primero en la fila para comulgar, con el fin de darse a notar, fue Ligorio. Abrió la boca para que le depositaran la hostia sagrada. Pensaba en su otrora archirrival y fue audible su expresión: Ge-ne- ro-si-dad. ¡Muy generoso el Paquín! ¡Dios lo tenga en su santa gloria!

-Los caminos que nos traza Dios para llegar al destino son perfectos. No tenemos la humana capacidad para comprenderlos. -dijo Ligorio a su cuarta esposa, ésta cuarenta años menor que él, cuando retornaban a su domicilio después de aquellos servicios religiosos.

Espita, Yucatán

27/11/2019

Voz de la Península

Reportan 68 nuevos casos de COVID-19 en Yucatán

Lilia Balam

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en

También se registraron seis decesos a causa del virus en las últimas 24 horas.

La Secretaría de Salud de Yucatán (SSY), registró 68 nuevos casos y seis decesos a causa del COVID-19 (coronavirus), en la entidad en las últimas 24 horas.

Los nuevos contagios fueron detectados en Mérida, donde se reportaron 40 casos; en Ticul, fueron ocho; en Valladolid, cinco; en Kanasín, tres; en Chapab y Chemax, dos casos en cada uno de los municipios; en Hunucmá, Motul, Oxkutzcab, Progreso, Quintana Roo, Temozón, Tizimín y Yobaín, un caso en cada localidad.

Perdieron la vida a causa de la enfermedad tres meridanas: una de 44 años, con antecedentes de hipertensión y obesidad; una de 59 años, con hipertensión y obesidad; y una de 85 años, con hipertensión.

Así como un varón de 58 años originario de la capital yucateca, quien tenía antecedentes de obesidad; un hombre de 75 años de Umán, con hipertensión; y un hombre de 80 años de Tekom, con hipertensión y antecedentes de contacto con un caso confirmado de COVID-19. Éste último convivía con seis personas, de las cuales una ha presentado síntomas leves.

En total, ya se han confirmado mil 500 casos y 151 pacientes con el virus han fallecido. 143 de los diagnósticos positivos se encuentran en hospitalización. Actualmente ocupan 23 por ciento de las camas para pacientes con COVID-19, y 26 por ciento de los lugares en áreas de cuidados intensivos del sector salud.

Sin embargo, 243 personas tienen cuadros leves de la enfermedad y 963 ya se recuperaron, es decir, no presentan síntomas ni pueden contagiar.

La SSY solicitó a la población mantenerse en su casa y seguir al pie de la letra las medidas de salud e higiene establecidas por las autoridades sanitarias.

Cabe recordar que actualmente se puede consultar información sobre el COVID-19 en la página http://www.coronavirus.yucatan.gob.mx. También se puede emplear la línea telefónica (800 982 2826), y los chats de Whatsapp en español (999 200 8489) y en maya (9991 40 6622), para obtener diagnóstico automatizado; y se encuentra disponible la aplicación “Meditoc”, disponible para su descarga en Apple Store y en Play Store.

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APUNTES DESDE MI CASA

Ya son 145 las personas fallecidas por COVID-19 en Yucatán

Lilia Balam

Publicado

en

Esta tarde la Secretaría de Salud local reportó seis decesos en Mérida, Tinum, Kanasín y Tixkokob.

A la fecha, 145 personas han fallecido a causa del COVID-19 (coronavirus), en Yucatán. Tan solo en las últimas 24 horas, se reportaron seis decesos en Mérida, Tinum, Kanasín y Tixkokob.

De acuerdo con la Secretaría de Salud de Yucatán (SSY), perdieron la vida dos mujeres, una meridana de 65 años, con antecedentes de hipertensión y enfermedad cardiaca; y una de 66 años de Kanasín, con diabetes y obesidad.

También dos hombres de la capital yucateca, uno de 33 años, con antecedentes de insuficiencia renal crónica; y uno de 66 años con antecedentes de tabaquismo, quien convivía con dos contactos, uno de los cuales presenta síntomas leves; un varón de 69 años de Tinum, con antecedentes de tabaquismo, quien vivía con 11 personas, de las cuales siete ha manifestado sintomatología leve; y un hombre de 79 años, de Tixkokob.

Hasta el día de ayer, en Yucatán había una tasa de 47.4 defunciones por cada millón de habitantes, cifra que le hacía ocupar el lugar número 11 en el mencionado rubro.

De igual forma, esta tarde la SSY registró 54 nuevos contagios del COVID-19: 27 en Mérida; siete en Valladolid; cuatro en Umán; dos en Kanasín, Kaua, Ticul; uno en Dzitás, Espita, Hocabá, Hunucmá, Seyé, Tekax, Temax, Tizimín y Tzucacab; y uno foráneo.

En total, se han confirmado mil 432 diagnósticos de la enfermedad, trece de otro país o estado. 123 personas se encuentran hospitalizadas y en aislamiento total. Actualmente 19 por ciento de las camas de hospitalización para pacientes con el virus están ocupadas, mientras que 29 por ciento de los lugares de áreas de cuidados intensivos se encuentran en uso. 242 tienen síntomas leves y 923 personas ya se recuperaron.

La SSY solicitó a la población mantenerse en su casa y seguir al pie de la letra las medidas de salud e higiene establecidas por las autoridades sanitarias.

Cabe recordar que actualmente se puede consultar información sobre el COVID-19 en la página http://www.coronavirus.yucatan.gob.mx. También se puede emplear la línea telefónica (800 982 2826), y los chats de Whatsapp en español (999 200 8489) y en maya (9991 40 6622), para obtener diagnóstico automatizado; y se encuentra disponible la aplicación “Meditoc”, disponible para su descarga en Apple Store y en Play Store.

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Crónicas de Ixil

Antiguo retrato

Miguel Ángel Orilla

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Esta foto nos dice mucho a los ixileños. ¿Cómo era nuestro pueblo hace 77 años? Por lo pronto podemos distinguir que nuestro Palacio Municipal era un poco diferente: la fachada principal era de madera tallada y los  techos de láminas de zinc. Además, en el costado izquierdo, la casa que fue de los esposos Pedro Zapata y Carmen Baquedano, era de concreto y el techo de tejas rojas. A lado del mismo predio, está una tradicional casita de paja.

También se observa la plaza principal donde apenas se distingue a tres mestizas, que cargan sus palanganas de nixtamal, rumbo al molino de granos. ¿Qué les parece amables lectores? Disfruten de esta imagen como lo  hago yo, vale la pena.

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