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Notas al margen

Normalismo rural o sobre la conciencia social

Manuel Tejada Loría

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Decía el poeta Jaime Torres Bodet, en su carácter de secretario de educación, durante una ceremonia con normalistas, en diciembre del 45, que “El heroísmo no surge exclusivamente en las guerras y entre las armas. El más puro heroísmo suele ser el que brota entre las dificultades y la aridez cotidianas, como las flores de ciertos cactus, alimentados por la abnegación y por el sentido del sacrificio”. (Torres, 1994, p.979)

Al leer las páginas de este libro intitulado Normalismo Rural: una educación por México (2020), y por ende, de conocer los testimonios de sus autores, e imaginar las mil y una formas en que sortearon dificultades propias de la singular geografía mexicana, así como constatar la valentía de enfrentar las arbitrariedades del poder que, más de una vez, entorpecieron la formación o la labor educativa; es hasta entonces, cuando uno ha visto y conocido los rostros y nombres detrás de estos veinticuatro textos, de estos testimonios vitales para nuestra historia de la educación, que uno como lector, impávido, se pregunta: ¿de qué materia…, cuál es el ADN del que están hechos, realmente, las maestras y maestros normalistas rurales?

 Porque ciertamente, algo más que vocación y voluntad implica el llegar a los rincones más distantes de México para fundar escuelas y enseñar. Como señala el profesor Macedonio Martín Hu, de la Escuela Normal Rural “Gregorio Torres Quintero”, de San Diego, Tekax (Generación 59-65) “El trabajo del profesor normalista rural no se circunscribe a enseñar a los niños a leer, escribir y sacar cuentas. Había que aplicar la praxis, o sea, poner en práctica las teorías sociales, económicas, educativas y políticas”. (Aranda et al, 2020, p.159)

Esta praxis es un denominador común en los diversos testimonios presentados en el libro: la del profesor y profesora normalista como gestores sociales de la comunidad, donde lo mismo ayudaban en la construcción de un aula, levantaban censos de la población, realizaban campañas de higiene o apoyaban en cuestiones de salud. Así lo refiere el profesor William Alfredo Novelo Novelo, de la Escuela Normal Rural “Gregorio Torres Quintero”, de San Diego, Tekax (Generación 59-65): “Ser profesor rural en aquellos años, además de enseñar a leer y escribir, es ser escribano, gestor, consultor, promotor deportivo y casi doctor; encaucé gestiones para la construcción del camino, para el agua potable y el mejoramiento de la escuela, motivé la participación social, se logró la construcción del campo de beisbol…Ser profesor rural es un compromiso social, y para ello hay que ser parte de la comunidad y sus problemas”. (Aranda et al, 2020, p. 201)

Es aquí donde podemos vislumbrar la esencia del profesor normalista, que en buena medida se debe, a su formación profesional. La dinámica de las Escuelas Normales Rurales funcionaba a modo de internado (Civeira, 2013, p.63), con una activa participación de alumnas y alumnos en las diversas labores que iniciaban a muy temprana hora con diligencias propias del aseo y mantenimiento del edificio, y posteriormente, con formación pedagógica a lo largo del día hasta caer la noche. Un papel fundamental fueron las actividades culturales y deportivas que acompañaron esta formación, y que de algún modo minaron positivamente el espíritu de maestras y maestros, quienes hicieron del arte y la cultura parte de su labor magisterial, y en muchos casos, hasta hoy, en el retiro, de su vida misma, pues aún organizan periódicamente jornadas culturales y deportivas.

Sobre la formación en las normales rurales, el profesor Heberto Laguna Caballero, de la Normal Rural Mactumactzá, en Chiapas, generación 77-81, señala: “Haber estudiado en una normal rural internado, te da una identidad propia (como seguro la tiene cualquier normalista del país), pero la del normalista rural es como un sello aparte, esa convivencia diaria, de realizar todo el proceso de formación inicial en el mismo espacio, te hace diferente”. (Aranda et al, 2020, p. 137) Y esa diferencia, en muchos de los casos, también se debió a las actividades alternas que acompañaron de manera paralela la formación académica, y que tuvieron que ver más con la formación ideológica y política de la comunidad estudiantil en las normales rurales. Esto otorgó un elemento fundamental en el desarrollo de la vocación y la praxis del maestro y la maestra rural: el análisis crítico de su entorno. Y es gracias a esta capacidad de reflexión, y de adaptación, que los maestros normalistas rurales se han podido adecuar a las diversas situaciones que les tocó vivir, dejando en relieve, ese sello único que los caracteriza.

El mismo profesor Heberto Laguna Caballero, en este sentido, comenta: “En este tipo de comunidades de pobreza extrema, marginación de todo tipo, acceso geográfico difícil, sin atención médica, etc., es donde muchas veces pensamos ¿de qué me sirve tanta teoría que aprendí en la normal para esta realidad en donde todo hay que inventar? Yo, hasta mucho tiempo después, entendí que ahí hay que improvisar prácticamente todo”. (Aranda et al, 2020, p. 140) La formación en las normales rurales, entonces, dota a las futuras maestras y maestros de herramientas necesarias para escenarios complejos.

Y ciertamente México es un país ambiguo y complejo, de mucha desigualdad social. Los autores y la única autora de este libro “Normalismo rural: una educación por México”, editado en 2020 por la asociación civil denominada “Normalismo rural”, apuntan sus testimonios en años difíciles para la vida social y política del país. Y estos hechos históricos, desde diferentes latitudes y horizontes de vida, quedan registrados dotando a este documento bibliográfico de un gran valor testimonial e histórico.

Es el caso de la profesora Irma Noemí González Barbosa, de la Escuela Normal Rural “Lic. Benito Juárez”, en Panotla, Tlaxcala, generación 64-69; y del profesor José Antonio Hernández Alejos, de la Escuela Normal Rural “Justo Sierra Méndez”, en Hecelchakán, Campeche, generación 74-78. La profesora Irma Noemí relata los momentos vividos durante el movimiento estudiantil del 68 que, sin duda, nutre la actual investigación (Flores, 2019) sobre el papel que tuvieron las Normales Rurales durante dicho movimiento.

Terminando el primer año del ciclo profesional [relata la profesora González Barbosa] era integrante del Club de Orientación Política e Ideológica, en Panotla. Con motivo de las vacaciones finales (1968), se nos convocó a hacer guardias, cuando aún estábamos de vacaciones, por la agitación que se observaba en el país, en contra de la represión de Gustavo Díaz Ordaz…A medianoche, escuchamos ruidos de botas que caminaban por los pasillos. Apagamos las luces y a hurtadillas, observábamos como aquellos soldados, iban recorriendo todos los dormitorios. Estábamos aterradas”. (Aranda et al, 2020, p. 117).

Por su parte, el profesor José Antonio Hernández Alejos, ofrece testimonio de otro momento trágico de la historia regional. Previo a su ingreso a la normal, cursando aun la secundaria en su municipio natal, nos narra: “En Ticul lo que más trascendió a nivel de la sociedad fue la huelga de los zapateros, organizados por el luchador social Efraín Calderón Lara “El Charras”; como la zapatería es una de las principales actividades productivas de la ciudad, el ambiente que se percibía era de incertidumbre…Cuando se dio a conocer la noticia de que “El Charras” había sido asesinado el 14 de febrero de 1974, hubo en el Estado distintas protestas sociales; en la secundaria, los líderes estudiantiles nos convocaron a una asamblea general y se decidió parar las actividades escolares. La huelga escolar tuvo una considerable duración”. (Aranda et al, 2020, pp. 129-130)

He aquí uno de los tantos valores que contiene este libro, y radica, precisamente, en este tejido de relatos, testimonios y anécdotas que conforman microhistorias necesarias para comprender la perspectiva de lo pretérito, ya no desde el centro del país, sino desde la periferia, incluso más allá de las propias capitales en las entidades federativas, ubicándonos en localidades apartadas, lejanas e inaccesibles, donde la educación es un fenómeno inequívoco de ruptura y transformación social. Hace casi 40 años, el profesor Adolfo Fernández Gárate se preguntaba sobre la existencia de la historia cotidiana de los maestros como fuente de la historia, y afirmaba que “rescatar toda esa historia negada por desconocimiento o por conveniencia es una tarea que puede ser asumida por los maestros y los educadores, de tal forma que podamos entender de manera más clara lo que cotidianamente hemos vivido en nuestras labores educativas”.

En este sentido, la labor que ha emprendido el grupo “Normalismo Rural A.C.” con la publicación de este libro, y que esperemos sea el primero de varios, es de vital importancia para la historia de la educación, y por supuesto, de nuestra historia nacional. ¿Qué hubiera sido de tantas comunidades mexicanas sin la presencia primordial de las maestras y maestros normalistas rurales? ¿Qué hubiera sido de tantas niñas, niños, padres de familia y abuelos, sin el libro y la antorcha, símbolos del Normalismo Rural? Es acaso la heroicidad de la que habló Jaime Torres Bodet, la que brota ciertamente entre las dificultades y la aridez cotidiana, pero también, porque hay que decirlo, la que sigue surgiendo entre la guerra, las armas y la represión.

*Texto leído por su autor durante la presentación del libro “Normalismo Rural. Una educación por México”, el 21 de julio de 2021, en el Facebook de la Casa de la Historia de la Educación de Yucatán.


Referencias
Aranda, M., Barrera, R., Arjona, H., Canché, F., Cardeña M., Carrillo, F., Durán, J., Espinosa, R., Gómez, S., González, I., Laguna, H., Martín, M., Matus, R., Miss, M., Novelo, W., Ordaz, A., Pacheco, F., Pinto, H., … Vivas, V. (2020). Normalismo Rural. Una educación por México. Normalismo Rural A.C.

Civeira, A. (2013). La escuela como opción de vida. La formación de maestros normalistas rurales en México. 1921-1945. El Colegio Mexiquense A.C.

Fernández, A. (1985). La historia de la educación. ¿Una tarea de especialistas? Revista Cero en Conducta, 1 (2). 52-56.

Flores, Y. (2019). Escuelas Normales Rurales en México: movimiento estudiantil y guerrilla. Iztapalapa. Revista de Ciencias Sociales y Humanidades, 40 (87). http://dx.doi.org/10.28928/ri/872019/aot3/floresmendezy

Torres, J. (1994). Misión del maestro. Obras escogidas. Fondo de Cultura Económica.

Notas al margen

El Correo del Libro

Manuel Tejada Loría

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El fomento a la lectura es una idea que ha persistido en diferentes etapas de la historia del país. El impacto de la revolución social mexicana, por ejemplo, requirió de políticas públicas posteriores que apuntalaran la reconstrucción nacional ante el duro embate de los años de guerra civil. Hacia el inicio de la segunda década del siglo XX, “la difusión de la lectura, el impulso a la pintura, al teatro, a la música y al deporte eran parte esencial de la nueva política cultural” (Loyo, 2011, p.23). Es el marco donde en 1920, José Vasconcelos, siendo rector de la Universidad Nacional, presentó un proyecto para crear la Secretaría de Educación Pública, propuesta que luego de meses de discusión pública y debate en el congreso, se vería cristalizado el 12 de octubre de 1921, fecha de inicio de funciones de la nueva Secretaría.

El proyecto vasconcelista para la entonces naciente Secretaría de Educación Pública, descansaba sobre tres pilares fundamentales: escuela, libros y bellas artes, que en su traducción burocrática encabezarían el Departamento Escolar, el Departamento de Bibliotecas y el Departamento de Bellas Artes. Era evidente el trasfondo humanista del nuevo proyecto educativo, y la trasversalidad de la cultura y el arte como elementos renovadores. José Vasconcelos provenía de una generación que se oponía al positivismo de la época porfirista, y tenía, como miembro destacado del Ateneo de la Juventud, más cercanía con las ideas del humanismo cristiano y el espiritualismo (Cantón y Berenzon, 2011, p. 68).

El reto fue mayúsculo, principalmente por el nivel de analfabetismo en el país, pero también por la escasez de bibliotecas públicas, por lo que el nuevo proyecto educativo tendría que garantizar lo más básico como es el acceso al libro. De este modo, y basándose en la Ley Orgánica de la Secretaría de Educación, se asignó al Departamento de Bibliotecas la creación de bibliotecas populares en todo el territorio, labor que recayó en el abogado, diplomático y poeta Jaime Torres Bodet, quien, en 1924, luego de dos años finalizó su gestión con 2426 bibliotecas instaladas (SEP noventa años, 2011, p.209). El Departamento de Bibliotecas iría evolucionando con el transcurso de las décadas, generándose en 1983 el Programa Nacional de Bibliotecas y la creación de una Red Nacional.

Precisamente durante la difícil década de los ochenta, complicada por la crisis económica, surgió una idea innovadora paralela a las bibliotecas públicas para difundir y comercializar libros. Se trató del programa denominado “El Correo del Libro”, el cual, de acuerdo a Meyer y Yankelevich (1992), en sus inicios consistía en facilitar, principalmente al público docente, un listado mensual de novedades bibliográficas a manera de catálogo, con títulos y precios, para que previa solicitud pudieran ser remitidos de vuelta por correo postal. “Luego el proyecto se materializó en forma de pequeños módulos a la manera de quioscos, diseminados por toda la república, que vendían directamente las publicaciones de la SEP.” (Meyer y Yankelevich, 1992, p.81).

En Yucatán, dos quioscos del programa “El Correo del Libro” se ubicaron en la ciudad capital. El primero en el espacio donde hoy se encuentra el Centro Cultural Olimpo, y que en aquella década era un estacionamiento; y otro, en el parque Eulogio Rosado. En el libro Reseña histórica de la Delegación de la Secretaría de Educación Pública en Yucatán 1974-1997, de Wilberth Gutiérrez y Espadas puede apreciarse una fotografía en blanco y negro que nos refiere el citado “módulo para vender libros a los transeúntes”. El autor también señala que fue un programa prioritario para la SEP.  

Ambos módulos del programa “El Correo del Libro” ubicados en nuestra entidad habrán contribuido a una mayor difusión del libro y la lectura en años muy complejos para la producción editorial. Por lo mismo, hacia 1987 los recursos y funciones de este programa fueron transferidos a Educal S.A. de C.V., empresa del gobierno federal que tenía como encomienda llevar a los maestros, y al público en general, libros de entidades oficiales y editoriales privadas” (SEP noventa años, 2011, p.253). Así se fue gestando lo que hoy conocemos como las librerías Educal, y es un antecedente directo de programas posteriores como el Librobús que en años recientes recorrió poblaciones de la península yucateca.

La implementación del programa “El Correo del Libro” en Yucatán sería fundamental para la apertura de nuevas librerías en la entidad, y en este sentido, contribuiría a que el público lector tuviera mayor acceso a publicaciones sobre diversos temas y autores.

Referencias
-Cantón Arjona, V., Berenzon Gorn, B. (2011). Noventa años de Educación en México. Planes educativos y concepciones pedagógicas. En SEP noventa años. 1921-2011. Cimientos de la Nación. Instituto Nacional de Antropología e Historia.
-Gutiérrez y Espadas, W. (2010). Reseña histórica de la Delegación de la Secretaría de Educación Pública en Yucatán 1974-1997. Talleres gráficos de impresos La Ermita.
-Loyo B., E. (2011). La política educativa de los gobiernos posrevolucionarios (1920-1940). En SEP noventa años. 1921-2011. Cimientos de la Nación. Instituto Nacional de Antropología e Historia.
-Meyer, E. y Yankalevich, P. (1992). Los desafíos contemporáneos. En México, un libro abierto. Memoria de la feria internacional del libro.
http://ru.ffyl.unam.mx//handle/10391/3859 SEP noventa años. 1921-2011. Cimientos de la Nación. (2011). Instituto Nacional de Antropología e Historia.

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Notas al margen

El arte límbico de Raúl Gasque Sansores

Manuel Tejada Loría

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Seamos honestos,
los fantasmas no existen.
Existen sólo mis fantasmas.
Jaime Augusto Shelley

Suena una notificación ya entrada la noche. A media madrugada, entre los insomnios del confinamiento, reproduzco el mensaje de voz conectando los auriculares para no despertar a nadie. Al tacto con la pantalla, a lo lejos se escucha la resonancia de un arroyo o riachuelo que me proyecta una paz imperecedera, pero también, puedo escuchar entre el dulce bullicio del agua, un silencio distinto. Entonces irrumpe la voz grave del artista mexicano, Raúl Gasque Sansores, a casi 14, 000 kilómetros de aquí.

Hace poco más de un lustro que Raúl cambió su residencia a Taiwán. Ahora, instalado en una montaña en Taipéi, donde con una diferencia de 14 horas, sin duda es de día, me envía un cordial audio mensaje de amistad, siempre preocupado por lo que sucede en su ciudad natal, que este enero cumplió 479 años de ser fundada.

El honor de la amistad

Conocí a Raúl Gasque hace poco más de una década aquí en Mérida, tejimos lazos de amistad a través de nuestra participación en una agrupación cultural que tenía por intención promover el arte en esta parte del sureste mexicano. No fue difícil entablar una buena amistad con alguien tan empático como él, rasgo que sin duda influiría en la definición de su expresión artística. Coincidimos, posteriormente, en el taller sobre literatura yucateca que impartió el escritor Raúl Cáceres Carenzo en la Casa de la Cultura del Mayab.

Cáceres Carenzo vivía desde mucho tiempo atrás en Toluca, y a cada visita a la capital yucateca convocaba siempre a decenas de amistades a su mesa de café, quienes iban a celebrar su llegada, intercambiar libros, y sobre todo, saludarlo. Fue ese honor de la amistad con creadores e intelectuales de generaciones anteriores a la nuestra (como el propio Cáceres Carenzo, Roldán Peniche Barrera, Wilberth Mézquita, Carlos Peniche Ponce, Jorge Cortés Ancona o Carlos Bojórquez Urzaiz, entre otros) que fuimos aglutinándonos los que entonces éramos jóvenes, forjando, sobre todo, una amistad literaria.

Raúl Gasque, quien siempre iba a acompañado de una cámara fotográfica, consiguió tomar en aquel prodigioso tiempo, los retratos más fidedignos que conozco de Raúl Cáceres, en una café de la ciudad de México; y de Roldán Peniche, en un café de la ciudad de Mérida. Ambas fotografías recuperan la esencia de los escritores yucatecos. Será motivo para otro texto hablar de esas imágenes.

Hace un par de años, el maestro Roldán Peniche Barrera, algo extrañado, pero en son de broma, me preguntó por Raúl Gasque: “¿Sigue vivo Raúl Gasque?” Ciertamente el joven y barbado Raúl se había ausentado por un buen tiempo de nuestras reuniones o convites, hasta que nos enteramos que había cambiado su residencia al otro lado del mundo: Asia.

Combustión creativa

En algún momento Raúl Gasque dejó la cámara fotográfica y tomó, no el pincel, sino la vivacidad de los colores entre sus dedos. En la página web de la Dirección Ejecutiva de Diplomacia Cultural de la Secretaría de Relaciones de México, existe un video que ilustra los talleres que Raúl Gasque Sansores, como artista mexicano, desarrolló en Taiwán durante el verano del fatídico 2020. Él mismo los denomina Talleres de Arte Límbico.

En sus palabras, Gasque Sansores explica: “el arte límbico es una simbiosis entre expresionismo abstracto y un performance inmersivo que busca estimular el cerebro emocional”. Vemos, entonces, diversos talleres en dicho documento videográfico, algunos dirigidos a un público infantil, otros para un público adulto, ambos con la misma premisa de experimentar la expresión artística a través del color, de su textura, y por qué no decirlo, quizá también de su sonido y temperatura. Me recordó a los talleres de otra artista visual mexicana, Mariana Cabello Campuzano, aunque en el entorno de la arquitectura.

Si el sistema límbico en el cuerpo humano se encarga de las respuestas a los estímulos externos, es decir, esas partes del cerebro que se encargan de configurar nuestro instinto de reacción, el arte límbico pareciera proponer la expresión artística para encausar las distintas emociones de nuestra existencia. Y ciertamente, como el mismo artista señala, hay abstracción y performance en el proceso.

A la par de sus estudios de posgrado en la universidad de ese país asiático, de compartir los talleres arriba mencionados, en Raúl Gasque Sansores hay una dinámica de combustión creativa constante. Ciertamente no es el pintor convencional que instala el caballete frente a un paisaje, con el pincel en una mano y con la paleta de colores en la otra para disponerse a retratar lo que ve. Nada más alejado que eso.

Raúl parece mimetizarse con el entorno dando cauce a distintas emociones que se traducen en colores sobre un lienzo horizontal. Hay abstracción en el azar, y hay leyes físicas que desconocemos actuando sobre los colores líquidos, pero en algún momento, el artista pareciera llevar lo plasmado a un nivel de trascendencia sensorial creando una combustión sobre el lienzo, avivando la llama y el fuego creativo. Es sorprendente mirar los videos que el artista comparte en su página. El arte límbico se origina entre el fuego de la emoción y el silencio vital.

Arte como respuesta

Ante los aciagos momentos de nuestra existencia, derivados de un virus tan letal y diseminado por todo el mundo, que nos mantiene en confinamiento y en un estado de perpetuo desasosiego, la respuesta de Raúl Gasque Sansores es el arte. El entusiasmo y gozo es visible en los asistentes de sus talleres de arte límbico. Niños y adultos parecieran encontrar en la expresión artística un punto de fuga o, mejor dicho, de encuentro con la vida.

En el fondo, Raúl Gasque impregna su propia personalidad a la expresión artística que hoy ejecuta: en vez de garras, su sensible tacto y empatía pareciera descubrir que esta vida requiere de comunión y encuentro. Por eso a pesar de la distancia, y del arte que lo rige, Raúl tiene tiempo para preguntar por los amigos, por la ciudad que lo vio nacer. ¿Nostalgia de viajero, de inmigrante? No sé. En él hay un hálito de amistad verdadera que no conoce de distancias y sí de honestidad.

 Porque para nostalgia, la de uno mismo, caminando por las calles semivacías del Paseo de Montejo, mirando los espacios donde solíamos reunirnos con Raúl Cáceres, Roldán Peniche, Raúl Gasque y tantos. Todo hoy habita un sitio en la memoria y en la emoción del recuerdo que el tiempo se encarga de matizar con fuego.

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Notas al margen

Esto es lo que ocurre

Manuel Tejada Loría

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Perdí mi pluma Mont Blanc negra intentando sacar un encendedor de la bolsa del pantalón. Tenerla en la camisa me incomoda por varias razones, por eso prefiero engramparla en el bolsillo lateral del pantalón, donde permanece sin ser vista, agazapada en su modestia. Me incomoda que por encender un cigarro haya perdido tan importante amuleto. Sacaba la mano y clic, se precipitó al piso del auto de un amigo también escritor. El detalle es que ese vehículo en lugar de alfombra parece contener un despeñadero, un océano más bien de objetos impredecibles. Fue tanta mi agonía que le pedí que detuviera el auto unos segundos para que me ayudara a buscarla debajo de los asientos.

Y nada. Nunca apareció.

Dejé de escribir. Me había acostumbrado a ella, a su cuerpo sólido, a la suavidad de su roce con el papel, cualquiera que fuere. Y lo mismo escribía detrás del recibo telefónico, como en el bloc de notas que tenía siempre escondido en el cajón del buró junto a la cama. Expresamente escribía con ella mis textos para el periódico y otros que voy guardando junto al librero. Lo demás que tuviera que escribir, ya sea una rúbrica, una nota o cualquier informe, lo hacía con cualquier pluma o directamente en la computadora.

Parecerá una tozudez de mi parte, un engreimiento fortuito, pero escribir no es un anhelo que me entretenga sino que es algo que me ocurre, como la lluvia después de prolongados tiempos de ausencia; o como la noche, al finalizar la tarde. Y ocurre como respirar o ir por un vaso de agua para mitigar la sed. Porque mis menesteres son otros, mis formas de pagar el vestido, el alojamiento, la comida, son otros. Y por tal motivo esa pluma era importante, porque parte de ese ocurrir era en complicidad con ella.

Pero más importante aún es de dónde provino. De ahí su valor particular que no tiene nada que ver con el precio que una marca comercial puede conferirle a un objeto. Una persona muy querida, en la situación menos imaginada, me la dio como un recordatorio de algo que inevitablemente ocurre en mí y que por más que intente no puedo esquivar. Y bueno, también su olor impregnado en cada una de mis letras.

Aquel ser nutrió mi escritura con los versos que solía recitar para recrearnos. Con las diferentes lecturas que comentábamos antes, después, o durante la comida. Ese cariño que igual ocurre entre dos personas en los momentos menos pensados. Y también los finales inesperados como la Mont Blanc precipitándose al vacío una tarde de junio.

Dejé de escribir.

Esta última Navidad recibí una Parker de una persona igualmente muy querida. Aún no me acostumbro a su forma larguirucha y respingada, pero fluye bien sobre el papel. Tomo conciencia al mismo tiempo de que quizá nunca recuperaré aquella pluma ni su complicidad.

Sin embargo, la esencia persiste al igual que su recuerdo y cada texto es mi oportunidad de evocarla.

Y esto es lo que ocurre.

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