Madre América
Eusebio Leal, el imprescindible historiador de La Habana
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hace 6 añosen
La primera vez que escuché el nombre de Eusebio Leal Spengler (1942-2020) fue en un Consejo de Dirección de la desaparecida Escuela de Historia en 1975, que debatía su admisión a la carrera en los recién creados cursos nocturnos para trabajadores. Aunque carecía de título de bachiller, venía avalado con valiosas recomendaciones por su labor como Director del Museo de la Ciudad de La Habana, entre ellas de Raúl Roa y Juan Marinello.
De familia muy pobre, tuvo que trabajar desde niño para ayudar a su madre, a la que idolatraba. Al triunfo de la Revolución, leyó en un periódico que su padre, de igual nombre, al servicio de la dictadura de Batista, había huido del país. Católico y de formación autodidacta, con apenas 16 años comenzó a laborar en el gobierno municipal y alcanzó el sexto grado (1959), apoyado por el historiador de La Habana Emilio Roig Leuchsenring. En 1967, tres años después del fallecimiento de su mentor, lo sustituyó en ese cargo, pese a la reticencia de algunas figuras del gremio.
En 1975 matriculó la Licenciatura en Historia, en un grupo muy numeroso al que di clases, en el que se distinguía, vestido siempre de gris, por no tomar notas, de lo que se encargaba Raida Mara, sentada al lado y durante mucho tiempo su ayudante en la Oficina del Historiador. Mucho después de graduado, tuve la oportunidad de escuchar su erudita disertación doctoral (1997) con El diario perdido de Céspedes y la reconstrucción de La Habana Vieja. Su primer logro había sido la restauración del antiguo Palacio de los Capitanes Generales, seguido desde 1981 de parte del centro histórico y sus fortalezas, en un proyecto integral que promovía en su popular programa de televisión Andar La Habana. Recuerdo su satisfacción cuando renació la primera calle hasta el mar y la urbe fue declarada Patrimonio de la Humanidad (1982). A continuación, consiguió comprometer al presidente Fidel Castro con su causa, quien una madrugada-para sortear cualquier oposición-firmó un decreto otorgando plenas facultades a la Oficina del Historiador.
En 1987 fuimos los dos únicos cubanos en el I Seminario Internacional de Historia Latinoamericana en Perú. En un inmenso salón repleto de ponentes, público y prensa, pidió a los organizadores mencionar el XX aniversario de la caída del Che en Bolivia. Rechazada la propuesta, al hacer uso de la palabra echó a un lado su ponencia original e improvisó una conferencia magistral sobre el guerrillero argentino cerrada con una ovación. El revuelo obligó a un receso para calmar a los asistentes encendidos por su elocuencia. Fue en esos mismos días que me hizo recorrer Lima, arrastrándome a una antigua iglesia, abierta por un sorprendido párroco a dos supuestos sacerdotes centroamericanos en peregrinación. También allí me regaló su primer libro, Regresar en el tiempo (1986), en el que estampó, aludiendo a que su hijo Javier era entonces mi alumno, “Para el Amigo que ha enseñado a dos generaciones de Leales”.
Además de esta obra, y de muchos ensayos, artículos y prólogos –como el que le hizo en 2002 a La Habana-Veracruz, las dos orillas– Eusebio Leal fue autor, entre otros libros, de Detén el paso caminante; Verba Volant; Fiñes, La Luz sobre el Espejo, Poesía y Palabra, Para no Olvidar, Fundada Esperanza, Patria Amada, Legado y Memoria, Hijo de mi Tiempo y Aeterna Sapien, lo que explica que se le dedicara la Feria Internacional del Libro de la Habana (2018).

Para la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC), de la que era Miembro de Honor, fue un verdadero mecenas. Puso la Casa Benito Juárez, su segunda gran obra restaurada en La Habana Vieja, como sede permanente, abriendo siempre los coloquios con su impresionante verbo. También dio entusiasta respaldo a Chacmool, Cuadernos de Trabajo Cubano-Mexicanos, revista editada por el historiador yucateco Carlos Bojórquez Urzaiz y el autor de esta nota, cuyo Consejo Asesor integraba desde su fundación (2003), acompañándonos en todas las presentaciones.
Otra obra suya fue la refundación de la Academia de la Historia de Cuba en 2010, sobre las cenizas de un problema fabricado por su sucesor en la Presidencia de la Unión Nacional de Historiadores de Cuba (UNIHC), después de resistir los ataques de que fue víctima por restituir estatuas y placas de personalidades históricas controvertidas. Lamentablemente no logramos restablecer la Facultad de Historia en la Universidad de La Habana, que incluiría la carrera de Patrimonio de su querido Colegio San Gerónimo, como imaginamos una mañana de 2014, en la calle de madera, antes de presentar un libro mío de la Editorial Boloña.
Aquejado de grave enfermedad y muy debilitado por varias operaciones, renacía al pronunciar sus vibrantes discursos, como el del acto por el bicentenario de la muerte de Francisco de Miranda en 2016 y, contra todo pronóstico, pudo brillar en el 500 aniversario de La Habana, ciudad que tanto le debe, a la que consagró su vida Eusebio Leal, ese hombre excepcional de nuestro tiempo.
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El 6 de octubre de 1821 el almirante inglés Lord Thomas Alexander Cochrane (1775-1860), jefe de la flota que había traslado el año anterior al Virreinato del Perú al Ejército Expedicionario del general José de San Martín, sublevó la escuadra, que tenía bandera de Chile, argumentando el atraso en el pago de sus servicios, y se la llevó rumbo norte. La traición de Cochrane fue un severo golpe a la causa de la independencia y debilitó al gobierno de San Martín como Protector de la Libertad del Perú.
Después de merodear con su flota por las costas de México y otros territorios hispanoamericanos del Pacifico, atacando barcos y guarniciones españolas, Cochrane volvió a Chile en junio de 1822, donde trató de indisponer a su gobierno con San Martín. Fracasado en sus propósitos, se puso a las órdenes de Pedro I de Brasil, que contrataba oficiales y soldados desmovilizados de las guerras napoleónicas. Además de dirigir la escuadra imperial brasileña en operaciones contra los portugueses, el almirante británico también reprimió a los republicanos de la Confederación del Ecuador, formada en Pernambuco en 1824, sublevados contra el absolutismo de los Braganza, por lo que fue gratificado con el título de marqués de Maranhao. Luego estuvo en Grecia entre 1827 y 1828, con los independentistas que luchaban contra el imperio otomano, para después dejar sus aventuras, al servicio del mejor postor, para regresar a su tierra natal.
Nacido en Escocia en 1775 en una familia arruinada de la nobleza, a los doce años se había enrolado como tripulante en la marina de guerra británica, donde tuvo una carrera meteórica y ganó cierta notoriedad. Se distinguió en las guerras napoleónicas y llegó a capitán de la armada real y a tener un escaño en la cámara de los lores. Acusado de un mega fraude en la bolsa de valores de Londres, fue expulsado en 1817 de la marina y el parlamento, despojado de condecoraciones, títulos e incluso condenado a prisión. Liberado, puso un aviso en un periódico para conseguir trabajo, anuncio que leyó un representante de San Martín, que lo contrató junto a otros oficiales y marineros británicos.
Al año siguiente, fue recibido por el Director Supremo de Chile, Bernardo O´Higgins, quien organizaba junto con San Martín la campaña para la liberación del Perú, recibiendo el grado de vicealmirante de la naciente flota nacional y la ciudadanía chilena. Además de contribuir a la ocupación de la base naval española más poderosa del Pacífico en Valdivia, el 3 de febrero de 1820, la escuadra de Cochrane transportó unos meses después al ejército de San Martín al Perú. En El Callao encerró a la flota enemiga y en sorpresivo combate naval se apoderó de la fragata Esmeralda, buque insignia de la marina española.
Pero Cochrane no era un patriota desinteresado, sino un mercenario obsesionado por recuperar su fortuna, por lo que cada vez que se apoderaba de una embarcación exigía su botín como si fuera un simple corsario, lo que San Martín no admitió. El tema fue enturbiando la relación entre los dos jefes militares, sobre todo desde agosto de 1821, cuando la situación hizo crisis al apoderarse sin autorización de recursos públicos del gobierno que estaban en una goleta anclada en Ancón. Indignado por el robo, San Martín le ordenó el 15 de septiembre que “restituya, a bordo de los respectivos buques, las propiedades que han sido tomadas de ellos por pertenecer, las más, al gobierno y las otras a los particulares que se hallan bajo mi protección.” Distanciados por el grave incidente, el almirante inglés, declarado en rebeldía, zarpó con la escuadra bajo su mando integrada por dos fragatas, una de ellas la propia Esmeralda, una corbeta, un bergantín y una goleta, lo que mereció el lapidario comentario de San Martín: “Este Lord metálico, cuya conducta puede compararse al más famoso filibustero”.
En 1828, enriquecido y de regreso en Londres, recibió cuatro años después el perdón de la reina Victoria por el fraude cometido y se le permitió heredar el título de conde de Dundonald y recibir el rango honorífico de contraalmirante de la marina real. Al morir con 85 años de edad fue enterrado con honores en la Abadía de Westminster y sobre su tumba se puso la inscripción “Libertador de Chile y Perú”. Quizás, como anota el historiador argentino Norberto Galasso en su biografía de San Martín Seamos Libres y lo demás no importa nada (2009), en reconocimiento al mercenario inescrupuloso que contribuyó a la expansión del imperio británico.
Adenda
Sirvan estas líneas para despedirme de los queridos lectores de la revista digital Informe Fracto y, en particular, de su sección Madre América, que invoca el nombre de un texto paradigmático de José Martí. Quiero agradecer en especial al doctor Carlos E. Bojórquez Urzaiz por la oportunidad brindada, desde abril de 2019, para colaborar en esta aventura del periodismo mediático, que me ha abierto nuevos horizontes. La publicación de más de doscientas cincuenta notas cortas, dos semanales, sobre temas desconocidos, insólitos o mal contados de la historia de América Latina, fue un verdadero desafío. No sólo para mantener una entrega regular y puntual, sino también conseguir que atrajeran a un público amplio y exigente, que de una ojeada pudiera leerlas en sus celulares. Gracias a Informe Fracto, y su excelente equipo editorial, algunas de esas notas aparecen en sendos libros publicados en Chile, lo que reconoceré siempre.
Sergio Guerra Vilaboy
Madre América
El Manifiesto de Montecristi: Desarrollo del pensamiento nacionalista en el mundo colonial
Publicado
hace 5 añosen
septiembre 29, 2021
Con fecha del 25 de marzo de 1895-treinta días después de iniciada la guerra de independencia en lo que se conoce como el Grito de Baire- este es el manifiesto de una guerra anunciada, casi dos décadas después de firmada la paz de Zanjón, en Cuba. Por lo menos cuatro asuntos relevantes contiene el Manifiesto de Montecristi—suscrito en la ciudad dominicana de ese nombre– que se reiteran de principio a fin:
1-La anunciación de la guerra, necesaria e inevitable;
2-La crítica y distanciamiento de las guerras de independencia de América Latina a principios del siglo XIX;
3-La reafirmación de que Cuba cuenta con las condiciones necesarias para convertirse en una república independiente;
4-La diferenciación entre las poderosas fuerzas militares y económicas españolas que hacen inevitable la guerra, y el pueblo o las masas, incluyendo a los españoles que residen en Cuba y los soldados que son enviados a combatir a los cubanos.
No es corto en calificativos su autor, José Martí, para referirse a la guerra anunciada, cuyo objetivo es, según afirma, el saneamiento y la emancipación del país, para bien de América y el mundo. Será una guerra civilizada, juiciosa, no vengativa, ordenada, moderada, indulgente, fraternal, sin odios, respetuosa, piadosa, culta, pensadora y magnánima, sana y vigorosa, dador de vida plena, “revolución del decoro, el sacrificio y la cultura digna”, no la ineficaz y desautorizada del extranjero. Inflexible solo con el vicio, el crimen y la inhumanidad.
Tienen claro los firmantes-el Delegado del PartidoRevolucionario Cubano (PRC) José Martí y Máximo Gómez, patriota dominicano que sería General en jefe del Ejército Libertador-cuál es su aspiración política: una república democrática y popular, la fundación de un pueblo, fruto de una ‘fusión sublime’; una ‘república moral’ y un archipiélago libre; un pueblo conocedor de la práctica moderna del gobierno y el trabajo.
Es un discurso de su tiempo, influido por la modernización y articulado en momentos en que en Europa se consolidan naciones y nacionalidades. Tenemos aquí algunos anacronismos que confluyen. De un lado la colonia que quiere seguir el rumbo republicano de las naciones europeas. Pero al mismo tiempo esa colonia difícilmente puede mirarse en el espejo de la metrópoli española para tomar ‘prestado’ o mimetizar aspiraciones nacionales y sociales.
Lo cierto es que España no parece ofrecerle un modelo a los revolucionarios cubanos, no sólo porque se trata de la potencia que intenta impedir la independencia de la colonia, sino porque aquella España se ha quedado a la retaguardia del desarrollo de los tiempos.
Para los manifestantes de Montecristi, España es lenta, desidiosa, viciosa, con un ‘trono mal sujeto’, inepta, corrupta, una ‘monarquía inerte y aldeana’. España es lo viejo en todo sentido. De ahí que en el documento se recaba el apoyo de los españoles, no sólo por la relación filiar hijos-padres que se establece allí, sino que se argumenta que, después de todo, la masa es también víctima en la metrópoli de los mismos que sojuzgan a los cubanos en la colonia.
Esa distinción pueblo oprimido-gobierno opresor, trasladada ahora al propio pueblo español, es una de las expresiones más lúcidas por lo profunda, de este documento. Pero, claro, no se trataba del poderoso y moderno imperio británico que dominaba en la India y en buena parte del planeta, cuna de la Revolución Industrial y dueña de los mares, además que escenario del avance republicano y liberal. Por lo que, es de suponer que la aportación del imperio español al discurso ideológico de los revolucionarios buenos-republicanos y demócratas-se daría por la vía de la negación, apropiándose en vez de la experiencia de Inglaterra, Francia y otras naciones europeas donde sentaron sus bases las ideas ‘modernas’ del siglo XIX.
Ese deslinde ideológico es notable también en la caracterización que se hace en el Manifiesto de Montecristi de las luchas de independencia de América Latina, a principios del siglo pasado. Se dice que de esas luchas surgieron ‘repúblicas feudales y retóricas’, se critica el mimetismo pasivo de moldes extranjeros, la inexperiencia de las elites cultas que dirigieron el proceso independentista y que estaban amarradas a las costumbres de la colonia, que abandonaron a su suerte a los indios y han dado como resultado repúblicas atrasadas económicamente.
Antes que Mariátegui en sus Ensayos, ya Martí está señalando las carencias fundamentales de las naciones nacidas de aquellas luchas decimonónicas y aclarando que esa no es su aspiración para Cuba; reflejo del carácter selectivo que hace el colonizado de las ideas de su época, emanadas de Europa en lo fundamental, para construir su propio discurso diferenciador. Para no dejar de serlo, lo es hasta de las colonias cuyas luchas le han precedido en el tiempo.
Pero Cuba ya es, en opinión de Martí y de quienes respaldaban del Manifiesto de Montecristi, cívica y culta, benigna y moderna, con convicciones democráticas y nacionalidad definida, fruto de la unión de diversos grupos y sectores. A riesgo de la utopía que pueda estar implícita, se habla allí del pueblo cubano como uno homogéneo y unido en el propósito republicano; capaz de hacer la revolución y transformarse en una sociedad superior. Superior incluso a la sociedad de la metrópoli.
Tanta seguridad proyectan estos que anuncian la guerra, que definen su patria como eje del comercio mundial, crucero del mundo y a ellos mismos como fundadores de la patria y la nación.
Este es un ejemplo de lo que Chaterjee denomina nacionalismo positivo, es decir, un nacionalismo que se convierte en instrumento de liberación, en herramienta para dar el salto del colonialismo a la república. Es la típica formación nacional que se da en el marco colonial, lo que suele ocurrir en el mundo no europeo y particularmente en el mundo dominado por Europa.
Ocurre además una contradicción que evidentemente es aprovechada por los revolucionarios cubanos en su favor. El atraso histórico de no haber alcanzado la independencia en las primeras décadas del siglo XIX, frustrando las aspiraciones bolivarianas en ese sentido, le ha permitido a los cubanos aprender de los errores y desaciertos de aquellas primeras naciones latinoamericanas. Mientras tanto, se iban articulando los cimientos de la nacionalidad, forjándose una literatura y unas tradiciones diferenciadoras de la metrópoli, que desembocarían en la Guerra de los 10 años y en la conflagración que estaba por iniciarse a mediados de los noventa.
O sea, que fueron madurando las condiciones que daban forma a la nacionalidad, las pugnas económicas con la esclavitud negra, cuyas contradicciones fundamentales Martí da por resueltas en el Manifiesto, la cubanización de la lengua ‘materna’ y el deslinde de aspiraciones políticas y sociales con la metrópoli.
Se va forjando la tradición de una nación que ya es y que a la vez esta por ser. Pero es la visión del porvenir, que tiene como bandera la modernización, la occidentalización en su sentido mas liberal. Todo ello en el marco de una lucha revolucionaria que se planea, y que se pretende que sea revolucionaria no sólo por lo que de revolucionario tenga pasar de la colonia a la república, sino por el pliego de definiciones que tendrá esa guerra-ya lo hemos mencionado al principio-que deberán moldear luego la nación independiente que aflore de la guerra.
El rechazo claramente expresado en la crítica a las luchas del siglo XIX, a la concepción elitista de la lucha anticolonial y revolucionaria, y en su lugar el reconocimiento de que es el pueblo todo el que aspira a la libertad-por más que sea idealización del puebl-acerca a Martí y al PRC al reconocimiento de que sólo con el respaldo y la participación popular se puede alcanzar la victoria. No se refiere el Manifiesto a una clase social en particular y al hablar de los económicamente poderosos se refiere a los españoles; pero sabemos cuantas diferencias y problemas tuvo que enfrentar Martí con los señores tabaqueros cubanos, sobre todo en el exilio en Estados Unidos. No obstante, en el discurso nacional se obvian esas contradicciones para enfrentarse monolíticamente a la metrópoli, que se intenta quebrar entre opresores y oprimidos.
Es posible identificar claves de interpretación del discurso plasmado en el Manifiesto de Montecristi: una España monárquica y atrasada, una América Latina independiente a medias; unos Estados Unidos arrebatadores y en pleno apoderamiento del Caribe antillano y centroamericano; Cuba con una condición económica y social madura para el cambio, significativamente autosuficiente y estable; la experiencia de los fundadores de la patria, en el exilio y en el propio país; un grupo letrado que ha reconocido la necesidad de unir la teoría a la acción de las masas para materializar sus aspiraciones políticas nacionales.
En esas circunstancias, cabría pensar con Martí que esa guerra anunciada era tan necesaria como inevitable.
Sustraído del reformismo, el discurso independentista y revolucionario según expuesto en el Manifiesto, podría asegurar el aprovechamiento de los avances de las nuevas y viejas metrópolis, desechando lo inútil y particularmente asegurando la autodeterminación como objetivo inalienable. Quizá por eso el discurso revolucionario martiano sigue teniendo vigencia para muchos, especialmente para quienes viven en condiciones del viejo o el nuevo colonialismo.
La lectura de este documento constituye una experiencia iluminadora. Es una valiosa posibilidad para la introspección, un atentado contra el insularismo que a veces nos hace sentir aislados y náufragos, como si la nuestra fuera una situación sin precedentes.
Ha sido además un recordatorio de la urgencia de que volvamos continuamente a la historia, a los primeros procesos en que se ha constituido la nacionalidad, hayan sido estos en Europa o en las colonias, algunas de las cuales todavía, en vísperas del siglo XXI, están por escribir sus manifiestos.
Madre América
Primero los pobres, son los migrantes haitianos
Publicado
hace 5 añosen
septiembre 27, 2021
En este año de 2021 un acontecimiento que llama la atención en todo el orbe y que lo cubren diversos medios de información y genera diversas opiniones, son los nuevos casos de la migración irregular, migración forzada y/o económica, autoexilio o simplemente exilio político o social. También parecería una diáspora o destierro de amplios sectores del pueblo haitiano. Drama del pueblo que fue el primero que se liberó del colonialismo europeo en nuestra América. Sin embargo, hoy soporta la indiferencia o peor todavía, la represión de los aparatos represivos de los estados latinoamericanos al alentar la marginación social en su drama migratorio.
En la frontera sur de los Estados Unidos, ahí en su límite lindante con México, donde convergen del lado texano Del Río y Ciudad Acuña en el estado mexicano de Coahuila, se acumulan miles de migrantes haitianos (hombres, mujeres y niños). Algunas estimaciones hablan de más de 14 mil ciudadanos caribeños. Es el drama de la migración del país más pobre de América Latina y el Caribe. El que ha sufrido en los últimos tiempos el magnicidio de su presidente, la violencia de las bandas delincuenciales y de los fenómenos naturales como los terremotos como el de 2010 y el más reciente del 14 agosto de 2021, pero también de tormentas y huracanes en este mismo año, los que finalmente desembocan en desastres sociales. A la par de todo ello, los migrantes son reprimidos por los rangers texanos que nos recuerdan en el drama de sus imágenes, la era de la esclavitud en el sur de los estados de la tristemente “Cofederate State of America” (“Estados Confederados de América”) que existió de 1861 a 1865. Esta tenía como característica más notable ser una asociación de gobiernos esclavistas. Pero la policía migratoria mexicana, Instituto Nacional de Migración (INM) no se queda muy atrás. El instinto segregacionista y represivo de los agentes migratorios que tienen fama de corruptos y por sus nexos con el crimen organizado. Especialmente con las redes de la trata de seres humanos que operan en la economía sumergida donde fluyen grandes ríos de dinero, productos del mercantilismo de la mafia migratoria (“coyotes o polleros”), ponen al gobierno de la llamada Cuarta Transformación (4T) en un predicamento.
Haciéndose eco en defensa de los migrantes haitianos y de otros países latinoamericanos y del mundo que buscar transitar por territorio mexicano rumbo a los EU, los Diputados del Parlamento Europeo, especialmente los eurodiputados de la Izquierda Europea y del Grupo de los Verdes, han reclamado por el cambio de la política migratoria mexicana que “comenzó con una política migratoria de puertas abiertas y de garantías para la regularización para las personas que ingresaban, principalmente, por la frontera sur”, pero que cambió “a partir de la presión económica ejercida por el gobierno de Estados Unidos en junio de 2019” (La Jornada, 24/sept./21).
Dicha política, en palabras del represivo del Jefe del INM, Francisco Garduño Yañez, expresadas en un tono anti derechos humanos y con total desparpajado, dignas de la ultraderecha, a la pregunta que si México es un país de fronteras abiertas, respondió: “-No, nunca lo ha sido, y no hay país con fronteras abiertas, todos tienen condición migratoria. Válgase el ejemplo, que no es similar, pero hasta en el cielo hay control migratorio…” Y al preguntarle: -¿Ni por cuestión humanitaria?, llegó a responder: “-NO, hay una condición para poder entrar al país” (La Jornada, 23/sept./21).
Así, las reiteradas imágenes de los migrantes haitianos, centroamericanos y de otras partes del mundo por suelo estadounidense y mexicano, cuando son golpeados por los rangers texanos o por los agentes migratorios de la 4T, hacen todavía más crudo el drama migratorio de los pueblos más vulnerables de nuestra América. Lo testimonian los mismos migrantes como Claudia quien acompañada de su pequeño hijo de cuatro años, denunciaba: “-Regresar a Haití es condenarnos a muerte; no hay seguridad, en ningún lado, no hay comida, ni trabajo, ni atención médica. Queremos quedarnos en México y llegar a Estados Unidos para trabajar; no queremos hacerle daño a nadie” (ibíd.). Asimismo, Médicos Sin Fronteras han denunciado en un comunicado sobre el drama haitiano tanto en la frontera norte y sur de México, que “… es insostenible y de una vulnerabilidad extrema debido al fracaso de las políticas de asilo y las continuas deportaciones. En ese sentido, consideramos lamentable la decisión de retornar a la fuerza a cientos de personas en vuelos directos a Haití, de donde vienen huyendo debido a la crisis que afecta desde hace décadas al país” (Ibid). Esa organización también ha sufrido el hostigamiento de los agentes migratorios mexicanos.
En diversos países latinoamericanos, ya sea en el norte de Sudamérica y por Centroamérica, el éxodo de esos ciudadanos haitianos que proceden de Chile, Argentina y Brasil, buscan seguir subiendo al norte. Se estima que en Colombia se ubican unos 19 mil migrantes. En lo que va del año entre Colombia y Panamá, por la selva del Darién han cruzado miles de personas en lo que va de 2021. La migración irregular o exilio económico y social, es un fenómeno político que sigue siendo una constante en la realidad de gran parte de los países de nuestra América. Hoy en día los migrantes de esas enormes caravanas son los más vulnerables de nuestros pueblos, carecen de empleo, vivienda, atención médica y sufren hambre y pobreza. Pero también son los más expuestos a la corrupción de las autoridades migratorias y su perversa asociación con la delincuencia organizada. Es uno de los drama más impactantes de nuestra América, a la cual la derecha latinoamericana no le interesa ni le preocupa en lo más mínimo. Para la izquierda oficial, parece que le es un tema marginal. Sin embargo, para las organizaciones de la sociedad realmente comprometidas con los más vulnerables y para las comunidades religiosas que apoyan a los migrantes en su diáspora, se ha convertido es un deber moral y humano digno de elogiar pero también de apoyar y solidarizarse con los más humildes: primero los pobres que hoy son los migrantes haitianos.
