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Editorial

Flores para una armónica

Carlos Bojórquez Urzaiz

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La armónica consumida por el sarro define el fragor del blues de un verano ardiente, asaltado por el enjambre de diez celdas por donde se absorbe y suelta aire, y cuyo sonido, agudo hasta el punto de lamento, conjura el llanto como si se tratara de un aparejo capaz de desterrar los dolores que se traducen en esta música pausada y olfativa. A mí me ocurre, por lo demás, que después de interpretar el blues que alguna vez me enseñó a tocar mi padre, me siento flotando en el aire, me siento más frágil que un junco e invariablemente libero las penas que me aquejan, y a partir de ese instante prodigioso, ya nada es capaz de abatirme de nueva cuenta. Recupero el júbilo y me aseguro de no morir vacío, disolviendo las congojas en una canción de amor. Y es que mientras más nos remite al barracón que lo vio nacer, el blues hace sentir la cadencia salvífica que lo identifica, porque no es lo mismo tocar un bending que ni siquiera las armónicas cromáticas pueden lograr, en un camino cubierto de silencio, donde las melodías rompen la tranquilidad que acomodaron los pájaros, que hacerlo en un escenario agraciado, con luces características para un auditorio dispuesto al goce pleno. La armónica diatónica, o mejor, mi armónica de blues, posee la osadía del ermitaño que me invade en las noches de verano y tocarla en solitario puede representar algo más que un picaporte al cielo.

De cualquier manera, si bien la soledad apenas ofrece el ingrediente salvador que se propaga cuando uno toca, desde luego requiere de la prominencia de la guitarra, aunque esta, en justicia, jamás impedirá que la armónica se relacione con el blues más que cualquier otro instrumento. Incluso, el piano de cola, aquel que Gabriel García Márquez describió como mueble vestido de frac, a veces dispensa su sonido eminente para dar paso a la más sorprendente absorción de aire con la armónica, cuyos decibeles logran zanjar las armonías que brotan del teclado. No hace mucho tiempo, mientras tocaba la eterna Hoochie Coochie Man, del gran Willi Dixon, aguanté el aire en los pulmones tan profundamente que la resonancia de la armónica causó rayos y centellas en la sala, despertando el interés de algunas personas del público, que pretendían explicarse eso que para ellos resultaba un misterio y que no es otra cosa más que una sanación de los amores marchitos que se curan con la ejecución de la sencilla armónica, pero tocada en el registro más alto que se puede alcanzar.

Si por curiosidad, o por cualquier otro impulso turbio, se hiciera una escala de instrumentos necesarios para tocar blues, exigiría, en voz alta, que la guitarra fuera proclamada reina, en apego a lo mejor de la tradición blusista, con figuras como Robert Johnson y Muddy Waters, a quienes se añade una distinguida corte norteamericana integrada por BB King, Albert King y Freddie King, y guitarristas más jóvenes procedentes de Inglaterra, como Eric Clapton o Peter Green. En el sótano de esta escala de instrumentos, expresada a través de un quinteto compuesto por guitarra, bajo, piano, batería y armónica, acaso algún indiferente o ignaro colocaría nuestra pequeña guadaña musical hundida en el denso humo de su aparente desaliño, frente a la precisión aritmética de los compases del bajo, que, por cierto, el escritor y bajista Conrado Roche Reyes considera el instrumento más humilde, pero que después de oír a Jack Bruce, fallecido en 2014, o a Roberto Xic Arcila aquí en casa, aquel argumento pudiera ponerse en duda.

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Prefiero apelar a la modestia de la armónica, habituada como ningún otro instrumento al amanecer doloroso de una pasión distante, de una pasión que repentinamente regresó y precisa ser desalojada en cuanto salga el Sol, con una melodía tristísima parecida a Shotgun Blues, heredara por John Lee “Sonny Boy” Williamson, o a la penetrante interpretación de Just a feeling, de Charlie Musselwhite. ¿Quién pudiera contravenir las frases sublimes y sacarse del alma al monarca de la armónica, estilo Chicago, que fue Marion Walter Jacobs, mejor conocido como Little Walter?

No sé de dónde preceden esas sonoridades asombrosas que arriban de repente, pero es el caso que cuando los solos de guitarra o piano tienden a apagarse en la imaginación y sentimientos de los ejecutantes, fulminados por sus trajines nocturnos, la pequeña armónica, la armónica carcomida por el óxido y por la costumbre de llevarla enfundada en el bolsillo trasero del pantalón, alcanza lo insospechado y rompe la monotonía de los doce compases del blues y da paso a la ejecución de un bending con fraseo atacante y filoso, cuyas melodías raspan de muy cerca las pasiones. Es complicado explicarlo con palabras, y como en otras ocasiones, la pluma me arrastra a este pequeño instrumento de viento y tocando un blues, acaso el glorioso Room to Move, de John Mayal, suenan mejor las loas y las flores a la armónica que intento resumir en estos párrafos llenos de música, que es una manera de decir poesía.

El pasado nos alcanzó

18 años de acompañamiento

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Una persona recién diagnosticada con VIH o Sida suele necesitar acompañamiento. En ocasiones, este proviene de familia, amistades y/o la pareja. También hay quien vive la experiencia aislándose. Pero un factor que puede facilitar el proceso es encontrarse frente a frente con sus pares, con otras personas que comparten el diagnóstico. Más allá de la información que reciba del personal de salud, cuando una persona con VIH convive con otra en la misma condición, fácilmente cobra conciencia de que puede continuar su proyecto de vida. Apegándose al tratamiento antirretroviral, es posible trabajar, estudiar, llevar una vida en familia o en pareja, con responsabilidades, expectativas y momentos de esparcimiento.

Esta necesidad fue el punto de partida para que hace 18 años naciera en Mérida la Red de Personas Afectadas por VIH (Repavih). Esta asociación civil se ha ocupa de establecer vínculos entre personas con VIH, promover la detección y prevención del VIH y otras infecciones de transmisión sexual, y participar en la defensa de los derechos humanos, en particular, el derecho a la salud. Son numerosas las actividades en su haber y las personas voluntarias que han aportado tiempo, conocimientos o recursos materiales. En un principio, el círculo estaba compuesto exclusivamente por personas con VIH, pero, con el tiempo, otras se sumaron a la labor de la Asociación, participando en actividades abiertas al público en general. Esta labor discreta, pero constante, le ha granjeado el reconocimiento de quienes hacen uso de sus servicios, así como de otras organizaciones no gubernamentales, instituciones educativas y de gobierno con las cuales existen lazos de colaboración.

Durante unos años tuve la oportunidad de formar parte de Repavih y contribuir a la gestión y planeación de sus actividades. Esta experiencia, altamente significativa y edificante, me permitió comprender por qué son importantes estas iniciativas de la sociedad civil. Las organizaciones relacionadas con el VIH/Sida surgieron en un contexto histórico donde era urgente visibilizar el estigma, la discriminación y la negación del derecho a la salud. Era una cuestión de supervivencia. Repavih se sumó en 2002 a esta causa que, el día de hoy, sigue vigente. La discriminación a las personas con VIH no ha desaparecido, sólo se ha reformulado. Todavía hay personas que reciben la noticia del diagnóstico como una sentencia de muerte, física y social, quienes abandonan el tratamiento por miedo o desinformación o temen sincerarse con personas cercanas porque han interiorizado el estigma.

Mientras estas realidades existan, Repavih representará un espacio de cobijo, alivio y solidaridad. La apuesta por el apoyo mutuo y la organización de las personas con VIH es indispensable para resolver los costos sociales de la epidemia. El mayor involucramiento de las personas afectadas en el autocuidado de su salud y la exigencia de sus derechos, es una fórmula recomendada por organismos internacionales como la ONU. Hoy por hoy, Repavih es un ejemplo de los alcances del esfuerzo colectivo de personas con y sin diagnóstico de VIH, hombres y mujeres, con una sólida base comunitaria. Ahora que la Covid-19 despierta tantos temores es también un recordatorio de que la mejor manera de enfrentar una epidemia es reforzando las estrategias comunitarias.

Post scriptum: Repavih se ubica en la calle 54 no. 414C por 47 y 49, Centro. Su teléfono de contacto es el 9991783406.

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Editorial

AMLO dos años después del triunfo ¿Cómo va la 4t?

Mario Alejandro Valdez

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De una manera absolutamente insospechada, en el marco de una universal pandemia, se ha cumplido el segundo aniversario del histórico triunfo presidencial de Andrés Manuel López Obrador, el líder más importante de la izquierda mexicana en el siglo XXI, y quien durante casi 20 años había luchado denodadamente por conseguir el cargo. Tras el horrible fracaso del panista Felipe Calderón Hinojosa en el sexenio 2006-2012, y la deleznable presidencia de Enrique Peña Nieto (2012-2018),  tal vez el peor presidente de toda la historia mexicana, López Obrador obtuvo un abrumador triunfo en las urnas, un triunfo que en aquel momento le fue aceptado sin la menor discusión, paseando su grandeza en el zócalo capitalino, el centro neurálgico de la Nación, en aquella larga noche del primero de julio de 2018. Desde una perspectiva simplista, empezaba un gran romance entre el pueblo elector y el gobierno elegido. Un análisis profundo, sin embargo, necesariamente debe incluir las complejidades y limitaciones de los actores políticos y, por supuesto, la terca realidad.

Partamos de una situación incontrovertible: la mayor parte de los 30 millones de personas que votaron por AMLO hace dos años no tenían la menor idea sobre sus propuestas de gobierno, y conocían muy poco de su trayectoria personal. Su voto fue, pues, absolutamente irracional, derivado del rechazo a los actores políticos y partidos que tenían a México sumido en una espantosa crisis, pero sin conocimiento sobre los planteamientos del candidato opositor. El triunfo de AMLO fue la gran catarsis de un México lastimado, pero de ninguna manera producto de una elección analítica y consciente.

AMLO señaló una y mil veces que pretendía cambiar de tajo el país. Afirmó en cada discurso que la corrupción era el origen de todos los males, y que una transformación hacia la honestidad sembraría un panorama totalmente distinto, de justicia, dignidad e igualdad. Pero la enorme mayoría de sus votantes no se cuestionaron sobre la veracidad de estos dichos, y mucho menos sobre la manera en la que esta opción podría materializarse. Votaron “en bola”, sin mucho análisis, y en contra de quienes habían gobernado el país durante los anteriores 30 años, en los que sólo habíamos visto retrocesos, injusticias y despojos.

México pasó entonces, de la noche a la mañana, de ser una dictadura caracterizada por la simulación y la corrupción, a un estado de esperanza. Aquel primero de julio, millones celebramos, precisamente, la apertura de nuestra esperanza. Después de habernos acostumbrado a vivir en el “peor de los mundos posibles”, por la vía electoral, sin violencia, estábamos llegando de golpe y porrazo a la democracia, con el triunfo de quien reivindicaba la justicia, la dignidad y la igualdad como sus mayores banderas.

Han pasado 24 meses de aquel momento, y 19 meses del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, lo que ha sido llamado “la cuarta transformación”. Es, por supuesto, un tiempo prudente para el balance. El tema es apasionante, e interminable. Proponemos un primer acercamiento considerando tres puntos cruciales. Veamos: AMLO diagnosticó, creemos que certeramente, que el gran problema de nuestra sociedad es la corrupción. Y planteó, sin duda, que su erradicación sería el leitmotiv de su administración. Y ciertamente se han visibilizado esfuerzos importantes en este aspecto, pero no han llegado con suficiente fuerza a la percepción pública. En este sentido, es imprescindible considerar que la mayoría de los actos gubernamentales perceptibles para el ciudadano de a pie corresponden a acciones de los niveles estatal y municipal, y NO de la instancia federal. El policía de la esquina, el funcionario de mercados o el inspector de transporte público, por ejemplo, dependen siempre de los poderes locales, y la 4T no tiene la menor influencia en su actuar. Los actos de corrupción más sensibles para la ciudadanía, aquellos que dejan más huella en la vida cotidiana, no han tenido la menor alteración en estos tiempos.

El actual presidente basó también su discurso en un gran cambio en la política de seguridad. Y, efectivamente, la violencia desencadenada por el Estado ha disminuido de manera importante, mas no así la que dimana de los grupos delincuenciales. Las cosas no han empeorado, es cierto, pero la más prudente acción de las fuerzas de seguridad pública da una idea de mayor impunidad. De cualquier modo, los índices de violencia criminal no han bajado, y ello ha sido aprovechado por tirios y troyanos para arremeter contra el gobierno. A dos años del triunfo, y a año y medio del gobierno de la transformación, no existe una mejoría en el tema.

El mundo vive, desde hace milenios, bajo el yugo del patriarcado. Este antiguo modo de vida ha evolucionado, pero conserva dos reglas fundamentales: 1. El hombre vale más que la mujer; y 2. Por el bien de la sociedad, es imprescindible controlar la sexualidad femenina. Las consecuencias sociales de estas prácticas son inmensas, y en México asumen un carácter de extrema gravedad. Nos parece que esto no fue correctamente considerado por el equipo de AMLO, y el tema no fue percibido en su debida magnitud. ¿Resultado? La violencia patriarcal se ha mantenido, y el presidente ha realizado declaraciones muy desafortunadas al respecto. Muchos grupos feministas se han pasado abiertamente a la oposición, y ello ha empeorado la situación, al arreciar las metidas de pata de AMLO al tratar de defenderse. Pero lo importante, en el fondo, es que el problema sigue sin atenderse, menoscabando el prestigio y poniendo en tela de juicio el compromiso real del gobierno por un verdadero cambio.

Como vemos, los pendientes son muchos, y los pasos para enfrentarlos han sido débiles, ambiguos, nulos, o insuficientes. Las grandes expectativas que muchos mexicanos nos hicimos hace dos años aún están lejos de alcanzarse. Lo grave, desde nuestro punto de vista, es que los reaccionarios, que pujan por el fracaso del nuevo gobierno, tienen muchos argumentos a su favor. En próxima colaboración, analizaremos los avances que ha habido, así como los apoyos con los que cuenta la actual administración, para, finalmente, presentar un balance y una perspectiva.

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A propósito de…

Maricarmen Graue: Soy una persona con ganas de crear, con palabras, sonidos o formas

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de talento, capacidad creativa y fuerza vital, hace algunos días conversé con la violonchelista, pintora, escultora, escritora, actriz, maestra, bailarina y maratonista, Maricarmen Graue Huesca. Le manifesté mi necesidad de una pausa respecto al tema sanitario y mi interés en entrevistarla; con su gran sentido del humor me preguntó ¿quieres saber cómo vivo el confinamiento?

Maricarmen Graue ha sido artista desde niña, “siempre me gustó la música” afirma, sin poder establecer el momento exacto del descubrimiento de su vocación musical. Refiere que su padre, arquitecto y melómano organizó un coro familiar en el que, por supuesto, ella participó. Inició su preparación académica primero en la danza, en el canto y a los 15 años ingresó al Conservatorio Nacional de Música para estudiar guitarra.

Poco tiempo después, tras la muerte de su padre,  cambió de instrumento “el sonido del chelo tiene la calidez de una voz casi humana”, afirma. Específicamente-sostiene-me recuerda la voz de mi padre y lo toco como un homenaje a él.

En 1987 recibió una beca para continuar su educación musical en la ex-Unión Soviética, donde estudió en Moscú y Kiev. En 1991, ingresó en la Orquesta Sinfónica Carlos Chávez, de la cual fue co-principal de la sección de violonchelos hasta 1999. Fue becaria del FONCA en el área de ejecutantes.

Es emblemática su imagen cargando el pesado estuche del chelo por los andenes del Metro, su medio de transporte, tan es así que uno de los promocionales del documental del director  Sergio Morkin “Maricarmen”, basado en la vida de la artista, presenta justamente esa estampa con su violonchelo en una mano y su bastón en la otra, ya que perdió la visión de un ojo desde la niñez y la totalidad del sentido de la vista hace 14 años.

Recuerda que, en ese tiempo pasó 6 meses encerrada “Quedé ciega y fue como si afuera no existiera nada” No obstante, su fortaleza se impuso y luego de dos o tres meses de rehabilitación empezó a ajustarse Te adaptas a lo que sea–asegura–yo resurgí libre, capaz, autosuficiente.

En la interpretación musical, la carrera de Maricarmen dio un giro definitivo porque cuando dejó de ver, no le fue posible continuar en la Orquesta Sinfónica Carlos Chávez en tanto que no podía leer las partituras ni observar las indicaciones del director, por lo que se inclinó hacia la improvisación, al jazz, aunque reconoce su amor por lo clásico “disfruto mucho a Bach

A juzgar por la intensidad de sus jornadas, sus días deberían tener 48 horas: realiza proyectos con otros artistas, da clases de violonchelo–en estos meses a distancia-en la Escuela de Iniciación Artística Número 4 del INBA y presenta un concierto virtual desde la Casa del Lago con el ensamble de jazz e improvisación “No tan Cuerdas”. Todo ello en medio del confinamiento, porque a Graue Huesca ni la pandemia la detiene.

En 2019, por ejemplo, se estrenó el largometraje “Maricarmen”-que también musicalizó-en el Festival de Cine de Morelia, donde obtuvo el Premio del Público, posteriormente, consiguió una mención honorífica en el festival É Tudo Verdade, en Brasil; presentó su libro “Mirar mirándome” que contiene relatos autobiográficos; inició un proyecto audiovisual,   mediante una beca del Programa de Apoyo a la Producción e Investigación en Arte, Medios y Discapacidad otorgado por el CENART y el Consejo Británico, con dos miembros más del colectivo “Discreantes” al cual pertenece y que en este momento está en pausa por motivo de la pandemia.

Siempre dispuesta a encontrar la oportunidad aun en situaciones que devastarían a otros, como la pérdida de la visión, se congratula de que el confinamiento le permite dedicarle más tiempo a la escultura: “Me encanta descubrir formas con mis manos, sentir que tengo ojos en  las manos. Confío en que si mis manos me dicen que una pieza está bien, es que está bien, porque la proporción perfecta no existe y no es necesario obedecer cánones que no sé quién puso. Mi escultura es un espejo de lo que percibo

Tras asegurar que la actividad artística le permite a cada quién mostrar lo que es, ya que “la diversidad es valiosa si uno defiende su postura”, Graue comparte su gusto por la experimentación, “es una búsqueda para encontrar lo que yo soy: una persona con ganas de crear ya sea con palabras, con sonido o con formas

Otra de las actividades que la apasiona es fundamentalmente física: entrenar y participar en medios maratones. “Correr es moverme a otra velocidad, de lo que suelo moverme cotidianamente, me hace volverme ágil, libre. Es liberador sentir a mi cuerpo haciendo un esfuerzo, al moverse así

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